Leaving

Me siento fuera de sentido, lloro,
me aflijo, cuando pienso, digo y recuerdo:
¡Oh, si nunca yo muriera,
oh, si nunca desapareciera!
¡Allá donde no hay muerte,
allá donde se alcanza la victoria,
que allá yo fuera!
¡Oh, si nunca yo muriera,
oh, si nunca desapareciera!...

-Nezahualcóyotl (De: Cantares mexicanos f. 17 v.d)

Invernalia era frío. Las paredes grises oscuras guardaban secretos escondidos en la piedra, esos que se arropaban entre las grietas y se descubrían por la noche cuando la protección del sol álgido se aventuraba a ir más allá de los sueños de los hombres. La muerte que antes se había apropiado de su alma estaba de vuelta, con sus vestidos largos pavorosos y trayendo consigo el recuerdo de otro lugar, otro mundo al cual Mirla pertenecía, un mundo horrible que la seducía apenas se daba la vuelta.

Jon los llevó por pasillos del castillo que le resultaban desconocidos. Lugares de rocas gélidas y cortinas de terciopelo, rojo, negro y gris repitiéndose en un ciclo que a la joven le resultaba insoportable. El jefe de los establos mantenía su mano cerca de su espalda, no la tocaba, no se atrevía a hacerlo y ella lo agradecía. No necesitaba sentir miedo, aunque lo tenía, en el fondo de su cuerpo, enterrado como los secretos en las paredes frías. Al pasar por una ventana Mirla miró los últimos rayos de luz blanquecina desaparecer, un rastro de peligro le invadió los músculos rígidos cuando pasaron a otro interminable tramo de roca y telas.

El joven de ojos oscuros llevaba consigo una vela, pero el camino era oscuro y le recordaba otro momento en su vida. Cuando era una niña y su padre la había llevado por primera vez a recorrer la casa de las armas. Este va a ser tu nuevo hogar, era apenas una chiquilla de piel blanca y cabello castaño caminando a su destino. La casa de su entrenamiento era enorme, llena de pasadizos, túneles y escondites donde siempre se ocultaba alguien en las sombras, sus compañeros y hermanos se mezclaban con ellas y aparecían cuando menos lo esperaba, blandiendo sus armas con destreza. Niños solitarios como ella que se refugiaban en los lugares de luz de su existencia, que iban y venían de sus familias porque en realidad no le pertenecían a nadie más que a la muerte, quien era su madre, amante, hermana y maestra. La muerte misma les había susurrado sus secretos a las primeras sombras, hablando oscuridad en sus oídos hasta volverlos sus hijos, sus queridos protegidos.

Mirla recordó la oscuridad total de las prácticas, cuando su entrenador la obligaba a atacar ciegamente. El dolor, la sangre y el miedo que devoraban todo lo que la rodeaba, pero sobre todo la muerte, esas sombras expectantes que avanzaban sin que ella pudiera detenerlo.

Mejor, hazlo de nuevo, hazlo, hazlo, ataca, rápido.

Nadie gritaba en aquel terrible ambiente porque no era necesario, las palabras viajaban como dagas de acero brillante que atravesaban cualquier armadura. Eres una sombra y nada más. No, les había dicho la niña castaña con los labios sangrantes y las heridas frescas en su espalda, yo no soy una sombra solamente, no lo era. Sertia la había convencido de eso, a pesar de todo lo que sus maestros le inculcaran la voz de su hermana, más fuerte que la oscuridad permanente, le llenaba el alma de esperanza. Seguridad completa y certera de no ser un arma... pero los golpes, el miedo, el dolor, las miradas, las cicatrices... ¡Oh destino! las cicatrices que dejaban. La niña mercenaria lloraba la noche entera y golpeaba siempre mejor que nadie en las mañanas. Rápida y certera, así la habían definido sus entrenadores. Una flecha, el filo de una espada o el fuego de un dragón, Mirla era capaz de consumir todo lo que la rodeaba si la muerte así se lo pedía.

Hasta que la muerte le había pedido a su hermana y el lazo sanguíneo fue más profundo, clavado con el fuego del amor más ardiente que la punta de acero valyrio cuya marca llevaba para siempre en la mejilla. La muerte había quemado su piel, pero Sertia había excavado en su corazón eternamente.

Bajaron por las escaleras laterales del gran salón y la joven escuchó las voces de los sirvientes en el cuarto que lo comunicaba con la cocina. Los hombres pasaron de largo, pero ella se giró y buscó el rostro de su hermana entre la multitud de vasallos que le regresaron la mirada con fría desconfianza. Sertia tenía los ojos rojos e hinchados, la piel pálida y el cabello suelto desarreglado, aun así lucía como un sol. La castaña refrenó con todas sus fuerzas el deseo de abrazarla, mandando al carajo a Jon y su caravana.

—Mirla —. Dijo su hermana y la palabra pareció arañar el silencio que su paso había causado. Jon y el jefe de los establos se giraron también y vieron como su hermana se acercó a la puerta con firmeza, sus ojos brillaban como luceros verdes, lagunas de fuego valyrio explotando en cada paso. El chico de cabello negro la tomó del brazo alejándola de Sertia y obligándola a caminar, las dos jóvenes se miraron y sin decir palabra se convencieron. Aquello estaba muy mal, terriblemente mal y el temblor en los labios de su hermana le reflejaba su miedo oculto.

—Sigue caminando —. susurró Jon en su oído con aspereza y la joven se giró para verlo, estaba tan cerca que el aroma de su piel la dejó mareada. Cuando miró a sus espaldas los luceros verdes la despidieron, parecieron susurrar, al igual que el chico, una letanía diferente; A donde vayas, en donde vivas y como mueras, siempre.

Mirla siguió caminando con la mano de Jon sujetándola, era reconfortante por el cosquilleo de su vientre, pero la mirada de su hermana la persiguió por los pasillos que quedaban y la llevó a pensar en unos ojos castaños y una sonrisa traviesa. El recuerdo del niño subiendo por las salientes de las rocas, ágil como ella, pero amable como Sertia. Bran le había dicho palabras que viajaron más allá del sonido, él le dio una visión: la libertad de mirar el mundo desde arriba, ajeno, distante y peligroso, con el aire rozando su mejilla marcada volviéndola limpia y pura.

Bran era diferente a todos los hijos de Lord Stark, más vivo y libre, al igual que su hermana había decidido que su destino fuera diferente de lo que se esperaba, la rubia también se había negado a la esclavitud de su alma y aunque no buscó refugio en las alturas como él, seguían teniendo el mismo espíritu.

Él era -había sido-un ave tierna de voz suave que le decía ¿Quieres subir?

Oh sí joven Bran, me hubiera encantado subir contigo, mirar el horizonte del norte pequeñísimo y mi existencia insignificante comparada con la vida que proliferaba en el mundo, oh Bran lo siento tanto. La escena se repetía una y otra vez en su mente, una escena falsa de la caída, el viento llevándose los gritos del niño, la luz de sus ojos extinguida, se torturó con ellas porque de algún modo tenía la culpa. Dioses, Jon tenía toda la razón en odiarla y desconfiar, ella había traído la muerte a Invernalia.

Giraron una vez más y sintió una vibración extraña en la tierra, habían bajado algunas escaleras en el camino y escuchó prácticamente el sonido del agua correr con violencia. El calor la envolvió de nuevo, pero no la consumió como antes, esta vez se quedó en su mente expulsando suavemente el frío en su estómago. Susurró palabras de aliento cálidas con la voz de su hermana y la joven sintió una extraña valentía sobrepasarla.

Analiza Mirla, una sombra siempre ve más allá de las simples tinieblas, mira los grises y elige como actuar.

Se detuvieron en una puerta de madera gruesa y oscura, Jon tocó dos veces antes abrir y empujarla dentro. La habitación era pequeña con una ventana simple en la parte superior de la pared de piedra húmeda, dos antorchas iluminaban los rostros de Ser Rodrick, el maestre Luwin y Robb Stark. Sus facciones firmes y frías, aunque Mirla miró en el fondo la angustia y dolor que se movía en sus ojos, su pecho se contrajo ante el pensamiento, un cuerpo pequeño cargado por varios hombres como si pesara más de lo que aparentaba, un bulto encerrado en la oscuridad del castillo. Lágrimas amenazaron con brotar, pero las contuvo, necesitaba concentrarse y a pesar de que le dolía la terrible realidad de la muerte no podía quedarse atrapada en sus sentimientos.

Detrás de ella la puerta se cerró y los dos hombres que la acompañaban se colocaron en la pared a su izquierda. Por mera costumbre analizó a sus oponentes, tres de ellos estaban entrenados en las armas, serían ellos los más difíciles de eliminar. El maestre y el encargado de los establos estaban en igualdad de condiciones, tomaría ventaja de su debilidad, quizá los otros intentaran defenderlos cuando los vieran en peligro.

Robb fue el primero en hablar con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Sabes por qué te hemos traído? —.

Mirla se encogió en su espacio como una niña, en su mente giraron los engranes de su enseñanza volviéndose clara ante sus ojos.

Analiza a tu enemigo, distínguelo de entre la multitud, enfoca tu energía en conocerlo y mide su destreza.

El recuerdo de un golpe en su espalda le aceleró el pulso.

—Lo sé mi señor, pero no lo entiendo —.

Jon a su espalda bufó con fuerza, la castaña no podía verlo, pero sentía su mirada fría y furiosa en su nuca. No la atravesaba porque su cuerpo se negaba a dejarlo ir, patéticamente retenía la sensación de estar tan cerca de él y por encima de su instinto sombra eso oscuro y primitivo que él causaba en ella la envolvía.

—Estás aquí porque fuiste la última persona en ver al joven señor Bran antes de la caída —. La muerte suspiró en sus hombros mientas susurraba cosas terribles en sus oídos. Casi sin respirar Mirla miró a Ser Rodrick que le había respondido su duda (o al menos lo había intentado). El hombre lucía fuerte a pesar de las canas que pintaban su cabello, otra imagen de un hombre viejo la obligó a bajar sus ojos.

—Creo que lo fui señor —. Robb Stark la miró con desagrado y algo parecido a la lástima, el gesto contorsionó sus facciones perfectas, empero no perdió el porte de nobleza.

—¿Por qué? —. Le preguntó. Mirla se quedó clavada en su lugar, extendió sus pulmones con una bocanada de aire húmedo.

Una sombra siempre está preparada para cualquier batalla.

—¿Por qué mi señor? -.

Todos los hombres en la habitación exceptuando al maestre Luwin resoplaron ante su respuesta, no hay mejor manera de ganar tiempo que la exasperación. Mira más allá del espacio que te rodea, la ventana era demasiado pequeña, no podría deslizarse por ella de necesitarlo, no al menos si cargaba con el horrible vestido y deshacerse de el en plena noche norteña no era la mejor idea.

—¡¿Por qué estaba contigo?! —. El mayor de los hijos Stark pasó las manos por su cabello rojizo con cansancio. Mirla casi se sintió apenada de hacerlo pasar tal momento, pero se mantuvo firme en su rol, tenía que conseguir tiempo para su hermana, aunque no sabía que pasaría con ambas, el huir era siempre una buena opción.

—No lo estaba mi señor, yo estaba trabajando en los establos cuando los hombres…—.

—Mentira — Jon se acercó más a ella con la vista clavada en Robb –Está mintiendo —. Los ojos de todos se clavaron en Mirla, ojos precavidos y airados. Ojos de peligro que le corría por la piel de sus brazos y le hacían latir el corazón acompasadamente, cada latido una advertencia.

Pulso mira, pulso respira, pulso analiza, pulso actúa.

—No miento —. Contestó la joven sin molestarse en girarse para confrontarlo, la distracción de su calor irradiando olas de cosquillas a su vientre era más que suficiente.

—¿Por qué debemos creerle? —. Jon se había acercado a Robb susurrando las palabras en el proceso. Su mano se posó amenazadoramente en el hombro de la chica, Mirla sabía que lo hacía para mantenerla en su lugar, pero el fuego en su cuerpo se encendió molestándola.

—Tenemos que tranquilizarnos — Interrumpió el maestre Luwin con el semblante cansado. Era un hombre viejo, pero al igual que Robb su rostro lucía mucho más envejecido con el lustre pálido de la angustia —Sé mi señor — se dirigió específicamente al joven pelirrojo — que es terrible sugerirlo, pero con la partida del señor de Invernalia usted necesita descansar... las tareas aumentarán con la mañana —. Los dos jóvenes se miraron antes de separarse, Jon no apartó su mano de su hombro en advertencia. ¿Para quién? Le susurró la voz de su padre si tú quisieras podrías arrancarle el brazo entero.

Mirla lo dudaba, no tenía las armas y más importante no deseaba hacerlo. Si la chica tenía que actuar para sobrevivir lo haría, aunque de todos los hombres en la habitación al que menos quería herir era al joven de las pupilas grises.

—Deje a la chica aquí y por la mañana nos encargaremos —. Todas las miradas se dirigieron a ella. Ojos precavidos con tintes de dolor, ojos de personas que habían visto la muerte y no podían concentrarse en algo más que el reflejo de su rostro mortecino. Mirla era ese reflejo, volvió a sentir un tirón en el estómago al pensar en Bran y su alma se conmovió por Robb, tan joven. La chica había estado siempre acostumbrada a la presencia inquietante de su maestra y la soportaba con el ejercicio y entrenamiento. Cuando una sombra temía o dudaba simplemente golpeaba más fuerte, pero ¿Cómo se prepara al hijo de un Lord para enfrentar al destino terrible? ¿Con qué cara podían arruinársele las fiestas, los goces, los deleites y mimos de la juventud? Pensó en su hermana, inteligente y fresca y sin embargo arrastrándose por culpa suya, podían estar en la misma situación, Robb y Sertia, ambos envueltos en la oscuridad debido a su compañía.

—Está bien — respondió Robb enderezándose con rapidez, su rostro se volvió impávido y vetusto —Quiero a dos hombres vigilando la puerta, volveremos por la mañana —. Sin decir más salió seguido de Ser Rodrick que la miró a la defensiva, sus ojos nunca dejando la cicatriz en su mejilla y el maestre Luwin con la mirada repleta de lástima. Lástima a su señor; el joven y el viejo y a ella, la niña con la cara marcada y las manos manchadas de sangre. El jefe de los establos se desvaneció tan rápido como sus piernas le permitieron, nervioso de estar solo con ella en la misma habitación, pero Jon no salió con los demás. Su mano se quedó en su hombro y el calor de su vientre se expandió al resto de su cuerpo.

Su cuerpo, aquel con ella había soñado desde la primera vez que llegó al castillo, se acercó peligrosamente. Mirla no le temía a pesar de conocer la fuerza que residía en él; los golpes y espadas eran parte del entrenamiento básico de una sombra, pero la sensación extraña que Jon le causaba con su cercanía era algo para lo que nunca había sido entrenada.

La chica se encogió cuando su aliento cálido golpeó la piel sensible de su cuello, en otro momento, en otra vida ese podría haber sido la promesa de un amante, mas no ahora —Estaremos vigilándote —. Las palabras colisionaron con su mente alerta, aunque el cosquilleo que le arremetió en la piel desnuda de su nuca y viajó por todo su cuerpo la venció sin remedio. Mirla se encogió aún más en su lugar y las rodillas le temblaron con un espasmo antes de rendirse, el golpe seco no le dolió, ni siquiera su orgullo de sombra o la voz de su padre -Patética-, lo que le llenó los ojos de lágrimas fueron los ojos fríos de Jon que la despidieron antes de cerrar la puerta.

La luz de la única lámpara que dejaron no alejó el frío de la noche en Invernalia, las paredes exhumaban lágrimas de agua dulce y caliente al igual que sus mejillas. Mirla era débil, frágil en su mente de una manera que sus entrenadores les avergonzaría, sin embargo no podía evitarlo. El corazón le latía con fuerza por su hermana, por el calor desconocido que subía por sus extremidades, por el llanto terrible que la hacía parecer más una niña que una asesina y por el gris gélido. Levántate, le ordenó la voz en su mente no obstante su cuerpo cansado la instó a quedarse en el suelo, a acurrucarse en una esquina con las rodillas entre los brazos y el peso de la muerte deslizándose por sus hombros.

La noche fría arañó la roca estática mas el calor le susurró con voces de esperanza. Una sombra no debía dudar, no debía sentir miedo, no debía inclinarse y aun así la calidez le dio visiones hermosas de fuego y agua enterradas a los ojos de los hombres. No era capaz de concebir el sueño, pero aquellas imágenes de secretos ocultos la hicieron sentir calmada mientras la oscuridad se desdibujaba y los rayos del sol iluminaron levemente la mañana. Su oído entrenado había escuchado el ruido de los pasos de los guardias, dos rondas de al menos uno de ellos ¿Tan importante era? ¿Tan peligrosa? Claro, para ellos Mirla era la principal sospechosa y una sombra, podían ahora mismo entrar y cortarle la cabeza y nadie levantaría la voz en los siete reinos, solo su hermana lloraría su muerte... Su estómago se revolvió ante el pensamiento de Sertia, se la imaginó en su habitación con los ojos cansados y llorosos mientras se retorcía de la impaciencia.

Vamos a salir de aquí, pensó, vamos a salir sin importar a cuántos de ellos tenga que llevarme entre las manos.

Apenas la niebla de la mañana inundó la vista de la ventana o lo que podía ver desde el rincón los pasos en el pasillo se volvieron erráticos. Más personas caminaron hacia su celda y la puerta se abrió rápidamente, era casi como si no les importara su presencia, más bien, era claro que no les importaba su presencia. Dos hombres entraron seguidos de la melena rojiza de Robb Stark, detrás de él la elegante figura de Lady Catelyn vestida de negro y con el cabello rojo apagado la sorprendió. Ser Rodrick también estaba entre ellos y el maestre Luwin que llevaba en las manos una canastilla de pan. El aroma la hizo levantar la mirada, pero de nuevo el peligro la obligo a quedarse quieta, el calor que la había consolado durante la noche se desvaneció y el frío recuerdo de su entrenamiento la llenó por completo.

Analiza.

El jefe de establo entró seguido de un hombre de rostro seco vestido con las ropas de la guardia Stark. El aire se le quedó atascado en los pulmones, pero no de miedo, Jon fue el último en entrar, sigiloso como un ratón se escondió detrás de los hombres, aún así Mirla podía fácilmente distinguir su figura grácil. Lady Catelyn debió notarlo también porque arrugó la nariz con disgusto mas no dijo nada.

Madre e hijo intercambiaron una mirada después de inspeccionarla, acurrucada en una esquina, sucia y pálida. La chica no era la sombra asesina que merecía el calabozo o la espada, la mujer pelirroja inclinó la barbilla hacia el maestre y la miró de nuevo, un brillo de ira, dolor y lástima cortaron sus pupilas.

Lo siento tanto, pensó.

El anciano se inclinó lentamente y dejó la canastilla en el suelo húmedo, lo suficientemente cerca de ella para alcanzarlo con la punta de sus dedos, ¿La querían ver rogar? de ser así necesitarían más de una noche de ayuno.

—Come —. Le ordenó duramente Lady Catelyn, Mirla sintió de nuevo la ansiedad previa a la batalla congelar sus músculos. Había muchos más hombres que vencer, pero sin decir nada se estiró hasta tomar la canasta. Los panes estaban secos como piedras y tenían un sabor amargo a cerveza rancia, con todo la joven no se detuvo, masticó con fuerza hasta las migajas de sus manos escondiendo la cabeza entre sus brazos cada vez que los guardias se estiraban.

Cuando terminó Ser Rodrick se acercó a ella, la chica se encogió como un gato esperando su momento, pero el golpe nunca llegó, el hombre la tomó del codo estrujando la piel desnuda con sus dedos haciéndola sisear de dolor. —Presenta tus respetos —. Le dijo con la voz pastosa y poco amistosa, Mirla no comprendió bien, podía presentar sus respetos por la muerte, pero la sensación de mareo que la realidad le producía la hizo dudar y la joven calmo su estado para mirar a su señora y bajar el rostro.

—Mi señora —. No pudo decir más, aunque quería intentarlo, disculparse por haber traído a su maestra a las tierras del norte y por haberla condenado al sufrimiento el resto de su vida.

—No voy a perder mi tiempo —Ser Rodrick la sacudió levemente y el cabello de la chica se desprendió de las trenzas torcidas y mal hechas —Voy a ser directa contigo ¿Alguien te envió para lastimar a mi familia? —. El tono de Lady Catelyn era certero, no había un atisbo de duda en la pregunta y Mirla sintió algo terrible y doloroso bajar por su garganta cerrada ¿Qué más se podía esperar de una sombra? La mujer sabía que ella era una enviada de la muerte, un verdugo con el nombre del culpable clavado en sus armas, pero la chica no tenía armas, había venido a Invernalia herida buscando auxilio; de haber querido hacer daño a los Stark... no, ella no lo deseaba, jamás. El recuerdo de sus maestros susurrando el nombre de su hermana le hizo temblar, la joven siempre había sido una sombra rebelde, yendo en contra de los deseos de su maestra cuando su corazón le ordenaba así que aún si la muerte se hubiera mostrado en todo su esplendor a pedirle la cabeza de cualquier Stark Mirla se hubiera negado. La cicatriz, que se había quedado silenciosa la noche entera, le recriminó quemándole la piel casi con la misma intensidad del primer día, las piernas volvieron a temblarle mas no se movió.

—No —. contestó Mirla, levantó el rostro para mirarla directamente a los ojos, que viera en el café de su mirada que no mentía. Su padre solía decir que eran los ojos de las personas lo primero que los traicionaba. La mujer frente a ella no se inmutó y con una mueca de fastidio se giró hacia Robb.

—¿Tú querías? —. Le preguntó sin mirarla, la cicatriz tiró de la piel sensible y la joven sintió que se movía como una serpiente por debajo de su mejilla, su cuello y el pecho.

—No —. La vista se le nubló y no pudo detener las lágrimas que escaparon de sus ojos. Aquello no era una tortura, pero aun así apenas si podía soportar el dolor en su pecho, era afilado como una daga que se deslizaba por debajo de sus costillas y detrás de sus pulmones. Mirla había abandonado su identidad desde el momento que se negó a seguir las ordenes de la muerte, sin embargo, su dueña le seguía sin problemas arrastrando consigo un pasado oscuro y sangriento.

—¿Cómo puedo creerte? —. La chica observó como uno de los guardias acariciaba la empuñadura de su espada, en ese momento más que todos los anteriores Mirla debía ser cuidadosa.

—Solo tiene mi palabra mi señora, jamás le hubiera hecho daño...—. Las palabras se quedaron atascadas en su garganta, demasiado filosas para pasar por su lengua.

—¿Qué fue lo que pasó? —. Robb interrumpió, Lady Catelyn lo miró con ojos agradecidos y a pesar de la fortaleza que había demostrado la chica notó como le temblaban los labios, la palidez de su rostro y las bolsas pesadas que colgaban debajo de sus ojos.

Mirla respiró profundo, la habitación la sofocaba al igual que todos y sentía la terrible necesidad de golpear a alguien, con los puños cerrados levantó la barbilla negándose a limpiar sus lágrimas.

—Vi a mi señor Bran correr hacia la torre durante mi descanso, Dolmie Walters ya nos había advertido que a toda costa debíamos evitar que escalara así que lo seguí — El aire frío de la mañana se coló por la ventana, era como estar ahí de nuevo con la brisa de la tarde y el aroma de la hierba en la piedra, ¿Quieres subir? La joven respiró y el aliento de la muerte se arrastró suavemente como plumas por sus muslos —Quería subir con él para traerlo abajo — Su voz no era más que un susurro, muecas de ratones que escalaban por las paredes, casi podía ver los ojos castaños del niño; vivos y amables invitándola a su libertad —Pero... me llamaron porque los caballos no estaban listos...—.

Que patética excusa, sí, pensó, patético, una niña en otro momento se habría arremangado la camisola negra de entrenamiento y en la oscura sala habría atacado o defendido. Una sombra habría hecho bajar al niño de así quererlo -pero tú no querías- no... ¿La muerte se había encargado de sus deseos? ¿La había engañado para desear libertad cuando lo único por lo que su alma clamaba era el vacío de la ausencia? —Yo no debí irme —. Ojos desconfiados la miraron sin pestañear, no importaba porque no merecía el perdón, merecía el castigo de su culpa, encontrarse con su maestra cara y cara y recibir el beso terrible de la espada en su nuca.

Lady Catelyn no dijo nada, su boca era una línea firme que contrastaban con sus manos inquietas, también tenía los ojos llorosos y las mejillas empapadas, pero no había compasión o empatía en el brillo de su mirada. Su hijo tenía el mismo semblante endurecido por su condición de hombre al igual que los guardias, el maestre Luwin se fijaba en ella con lástima a pesar de la mueca que pintaban sus labios. La piel alrededor de la cicatriz le quemó con fuerza llamando su atención, no es momento de ser débil, Mirla no creía serlo, pero las rodillas apenas si podían sostenerla, no estaba cansada, al menos no físicamente. Había estado huyendo de sí misma por tanto tiempo, había matado y liberado la furia de una sombra para escapar al norte creyendo dejar todo atrás excepto por la marca en su mejilla y al final seguía cargando con ella.

Un tirón de su mente la sacó de su estado, pequeñas dagas de fuego escarbaron su espacio entre el hielo para alojarse en su vientre, Jon la estaba mirando... fijamente, pero sus ojos grises no tenían el destello de repulsión y enojo de antes, al contrario, eran dulces, amables a pesar de seguir siendo oscuros, melancólicos y precavidos. La chica se quedó con la mente en blanco, por un segundo se olvidó de todo lo que la rodeaba, de Lady Catelyn, Robb, Bran Stark, su hermana y su pasado, por un momento Mirla no era nada más que una chiquilla con el corazón galopando lejos de Invernalia, lejos de Poniente y aún lejos de su antiguo hogar. Con el alma en un hilo miró sin mirar a las personas en la habitación y la voz de su padre le gritó desde su interior que se concentrara, que olvidara todo aquello ridículo, pero esas sombras que imitaban las paredes del castillo, con la tristeza que solo el invierno en el mar rugiente puede provocar, la aprisionaron con mayor intensidad que la primera vez.

Fue el golpe lo que la devolvió de su ensoñación, el dolor que le picó desde la cicatriz hasta las puntas de sus dedos, pero sobre todo la sorpresa. Sus ojos se desviaron de Jon rápidamente, aunque su cuerpo no reaccionó como una sombra hubiera esperado. Con la boca abierta y nuevas lágrimas de humillación Mirla miró a Lady Catelyn, sus orbes azules le devolvieron una mirada helada de furia reprimida. La joven se irguió de nuevo frente a ella, era unos centímetros más alta que ella y su porte la hacía parecer enorme, con una mueca de disgusto levantó su mano y el golpe corrió por la misma mejilla, no era como sus entrenadores ni aquellos con los que había tenido que pelear en el pasado pero le doblo las rodillas y la hizo trastabillar, ninguno de los presentes la detuvo y su espalda golpeó la pared de piedra con levedad, un destello rojizo brillante y otro golpe le hizo perder el equilibrio y caer. La piel marcada le gritaba que se defendiera, que le hiciera pagar por osar siquiera el tocarla, pero se mantuvo en su sitio, llorando y con el rostro escondido entre los mechones de cabello castaño.

No eres más que una vergüenza, una sombra ataca, una sombra pelea y asesina.

—Te quiero fuera antes del anochecer —. Fueron las últimas palabras de la mujer antes girarse, apartó a los guardias con brusquedad seguida por Robb, el jefe de los establos, el maestre y Ser Rodrick, ninguno de ellos le dirigió el mínimo vistazo, se esfumaron con tanta rapidez que la mente de Mirla comenzó a dar vueltas, no era fuerte, pensó, apenas si sentía el calor del subsuelo a través de la frialdad de sus lágrimas y el dolor en la cicatriz. Dos guardias la tomaron de los codos con brusquedad levantándola como a una muñeca de trapo, ha sido misericordiosa contigo le susurró una voz tibia, la joven concordó con ella, Lady Catelyn tenía todo el derecho de matarla porque aún si ella no había arrojado a Bran desde las alturas tampoco lo había evitado, ella que cantaba la canción de la muerte merecía ser arrullada con su propio canto.

Antes de atravesar la puerta bebió la imagen de Jon Snow entre sus cabellos, quizá la última vez, con esos ojos ahora llenos de lastima dulce y empatía que Mirla no quería abandonar. No ahora por favor, rogó, no ahora destino, por favor dulce muerte, déjame contemplarlo para siempre o al menos dame la fuerza para beberlo entero, no perderme detalle de su rostro.

Al caminar por el pasillo oscuro a pesar de la luz de la mañana con los dos guardias flanqueándola como si esperan su huida fue esa imagen la que le acompañó, esas facciones que se suavizaron inesperadamente para su locura y alivio. Regresaron por el camino que ella bien conocía, de la cocina hacía su habitación, los dos hombres la dejaron frente a la puerta violentamente, pero apenas si lo registró en su mente.

—Antes de la noche... sombra-.

No lo habría dicho así en otro momento... no importaba.

Mirla recargó su frente fría en la puerta de madera pesada y oscura golpeando con los nudillos varias veces en el ritmo que Sertia y ella habían acordado, quería llorar, reír, saltar y arrastrarse todo al mismo tiempo... que complicada parecía la vida de una joven normal en comparación al monótono estilo de las sombras, con ellas todo era oscuridad, muerte, ataque y obediencia, sin espasmos en el vientre, calor y cosquilleos en la piel y el corazón alterado ante los ojos de alguien.

Cuando la puerta se abrió un par de brazos la recibieron en un abrazo que derritió sus angustias, Sertia olía a prado fresco y la joven castaña hundió su rostro en la curva de su cuello con las manos aferradas a la tela áspera del vestido lila, su hermana retrocedió dos pasos pateando la madera y echando lo seguros con dificultad pero no se alejó de ella, unidas Mirla dejó que las lágrimas cayeran de nuevo por sus mejillas acompañadas de pequeños sollozos lastimeros como los de una animal herido ¿Eso era? ¿Una sombra no era más que un animal herido? A su hermana no parecía importarle, le acarició la espalda suavemente mientras la sentaba en el lecho, la joven se separó para mirarla entre los nubarrones salados, la rubia tenía el rostro pálido, con los labios secos y los ojos rojos, pero el cabello dorado perfectamente arreglado en una trenza y el vestido listo para salir, las manos le temblaban también y a pesar de que Mirla quería quedarse una vida entera llorando en sus brazos se obligó a separarse completamente para preguntarle.

—¿Estás bien? —. Sertia se apresuró para sentarse a su lado, solo entonces la joven castaña notó las dos bolsas recargadas en la pared de la esquina, todas sus posesiones (las pocas que habían llevado a Invernalia) entre el cuero y las ligas. Su habitación lucía limpia y desocupada como el primer día que llegaron, una presión extraña le contrajo el pecho, debían haberle dicho a su hermana mientras los hombres la llevaban, o quizá antes de que Lady Catelyn la interrogara, de nuevo iba a llevarla a la huida.

—Lo siento Sertia —. Susurro limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, concéntrate, le recordó la voz de su padre con un tirón de la cicatriz. Antes de anochecer... su hermana parecía tener todo dispuesto para...

—No — Interrumpió sus pensamientos —Fue mi culpa, solo mía —. Comentó la rubia, Mirla la miró sin comprender, las manos temblorosas retorcieron el bordillo lila de su vestido mientras sus ojos verdes bailaban nerviosamente por los pocos muebles de su cuarto.

Algo no está bien

Definitivamente algo se sentía fuera de lo normal.

—¿Qué fue tu culpa? —. Tomó las manos erráticas de su hermana obligándola a sostener su mirada inquisitiva. Las lagunas verdes no parecían brillar con la misma fuerza divertida y amable de siempre, más bien se revolvían entre las sombras, como un pantano que se alzaba sin piedad ante la castaña. Sertia nunca perdía así el control de sí porque la habían criado justamente para eso, para llevar puesta la máscara de estoicismo de la nobleza.

—Yo estaba ahí — Lagrimas extrañas se asomaron por encima del pantano revolviendo con su fuerza las pestañas rubias para caer por sus mejillas pálidas. —Yo los vi —. Mirla había visto el miedo en los ojos de los hombres cientos de veces, ese relámpago de emociones que causaba su presencia y del que siempre intentó mantener lejos a Sertia, pero ahora ese mismo miedo se reflejaba en las dagas verdosas.

—¿A quién viste Sertia? —.

Los labios antes rojizos temblaron levemente antes de afirmarse en una línea —Los hermanos Mirla, la reina y su... ¡oh pobre niño! —. Su piel se erizó en un instante, los sentidos alertas ante la mención de la reina, la mujer de ojos mordaces y sonrisa maléfica. Recordó la voz del hombre que enviaba la carta; la joven de ojos castaños le había dicho que no le interesaba aún si venía del rey ¿De dónde crees que ha venido el trabajo?, pero ella tuvo que huir, sus acciones de muerte le pisaban los talones, acechando en la oscuridad de la ciudad con el único deseo de tener sus cabezas.

—¿Ellos... donde? ¿Dónde los viste Sertia? —. Sacudió levemente los hombros delgados de su hermana, las sombras siempre se habían movido sigilosamente, debajo de la política, los reinos y las personas, pero... no, la joven se reprendió de solo pensarlo.

Una sombra nunca cree aquello que no ha visto.

—Mirla...—. Las manos frías y delicadas de la rubia le acariciaron la mejilla, la cicatriz le ardía levemente como advertencia y como recuerdo ¿Lady Catelyn habrá querido dejar marca? Bien cualquier otra parte de su cuerpo habría absorbido el golpe con facilidad, pero el costado de su rostro guardaba por siempre la fragilidad y dureza de su existencia.

—No es nada — Respondió quitando los dedos que siguieron el bordo de la carne herida —Tienes que decirme Sertia ¿Estaban en la torre? —. Mirla no los había visto ni escuchado, sus ojos apenas se separaron del niño, de su sonrisa y sus palabras... de no haber estado tan concentrada en sus desvaríos, pensó, quizá los habría visto u oído.

—Yo lo vi Mirla — Su hermana susurró las palabras tan bajo que la castaña tuvo que acercarse hasta rozar sus labios con la mejilla —Los vi cuando subían, los vi y no me oculte, no pensé... ¡Oh Mirla! es mi culpa, mi culpa, cuando el niño se despierte...—.

—¿Despertar? — Interrumpió, su mente se agitó con las palabras, la muerte era una sueño profundo y terrible del que nadie jamás despertaba, no había esperanza a menos... ¡Destino!, pensó, ¡lo has salvado! La joven sonrió alertando a su hermana, que importaba ahora que los demás pensaran mal de ella, que había sido su mano la que terminó con la vigilia del niño. —Está vivo —. No era una pregunta, porque los ojos de la rubia le contestaron sin tener que decir palabras, vivo.

—Nadie sabe si va a despertar — Sertia se puso de pie llevándola consigo, la castaña la envolvió en sus brazos sintiendo la caricia de su maestra en la mejilla. Lo ha dejado vivir para ella, para envolverse en el manto de la vida nuevamente ¡Qué importaba que mañana el niño durmiera para siempre si ahora vivía! Respiraba aquel bulto frágil que los hombres llevaron al palacio —Dolmie escucho al maestre decir que no caminaría jamás —.

—Pero ¿Qué importa eso Sertia? Está vivo-. Una alegría más grande para ella que para su hermana, incluso que para Bran. Era egoísta lo aceptaba, estaba libre de culpa ahora porque su maestra le había tenido misericordia.

Una sombra vive para morir.

Sí, pero esta sombra podía festejar sonriendo el retroceso de la muerte, hoy no había vencido y Mirla se sentía libre.

—Mirla te he dicho que los he visto —. Le repitió con indignación, la castaña le sonrió acercándose a la cama para sacar la última de sus bolsas.

—Te he escuchado destellito y ellos no te vieron a ti —. Sertia frunció el ceño y los pozos verdes brillaron de nuevo con rabia valyria.

—Pero ¿Cómo sabes eso? ¡No estás segura de que...! —.

—De haberlo hecho ya estarías muerta —. Contestó sin dejarla terminar y encogiendo los hombros, tenía razón por supuesto. Un Lannister jamás dejaría escapar a alguien que le estorbara en el camino y menos un Lannister en la realeza. Mirla lo sabía, antes de partir de Desembarco del rey había recibido una oferta jugosa que cualquier otra sombra fugitiva no dudaría en tomar, pero la oferta venía con una promesa de venganza fría y oscura, quedarse no era una opción.

—Mirla...—.

—Sertia necesitamos irnos— Se levantó para mirarla con la bolsa de cuero en la mano, quiso disculparse a través de sus ojos, una disculpa por obligarla de nuevo a salir —No podemos quedarnos más tiempo y necesitamos comida para el viaje—.

—Sí — Respondió su hermana mientras se secaba las lágrimas con la manga del vestido —Debemos irnos — Sin dudarlo tomó la bolsa y se acercó a la puerta —Iré a la cocina, puedes fijarte si he empacado todo —. Mirla ya estaba en eso, revisando con los dedos que las pocas pertenencias traídas al castillo estuvieran en su lugar, un par de libros, un cambio de ropa para cada una, algunas de las botellas con elixir que quedaban de su hogar y su daga, las bolsas más grandes contenían dos vestidos de Sertia y la joven castaña bufó justo cuando la puerta se cerraba, tres vestidos en total; en su opinión un desperdicio de espacio, pero si era para darle gusto a la rubia, bueno, se aguantaría.

Los objetos más valiosos de ambas los habían dejado una cueva por el bosque, escondidas entre las piedras para que nadie pudiera observarlas y la joven rogó que su plan hubiera funcionado. Ahora que iban de regreso al sur Mirla necesitaría sus armas y su traje, no más estúpidos vestidos. Una sonrisa traviesa le llenó el rostro y desapareció tan rápido como llegó, no le había dicho a Sertia su plan de ir a Dorne ¿Podría su hermana negarse? No lo creía, las playas cálidas le llamaban con vehemencia además de la libertad, ella ya lo había asegurado en su mente... en el sur Mirla era libre completamente, libre de su pasado y de las ataduras, libre del frío del norte y de las miradas de soslayo, libre de los ojos grises... la joven detuvo sus manos y se deslizó por la pared de piedra... lejos de Jon Snow, la mañana anterior aquello le había parecido lo más conveniente pero ahora... no Jon no le había dado nada; solamente una mirada de lastima dulce que le alteró el corazón pero nada más... aunque el pecho pareció extendérsele y el calor del subsuelo le subió de nuevo por los muslos.

Una voz cálida le habló en el oído, visiones de fuego hicieron que sus dedos vibraran y a pesar de luchar contra ello sintió el cuerpo aletargado, debía ser la falta de sueño y el trabajo, simplemente estaba cansada...

Había un mundo de fuego, un mundo ardiendo que quemaba con la simple visión. Llamas blancas, negras, rojas, azules y de todos los colores imaginados danzaban ante sus ojos, claro ante la distancia un castillo de luz se alzaba por encima del océano encendido. La niña había estado asustada, terriblemente asustada pero el sonido del agua llameante la tranquilizó apenas posaron los pies en la tierra, la mujer de ojos dulces tomó su mano y la de Mirla también ¿Estaba asustada? Su cuerpo temblaba, pero confiaba, confiaba en el fuego y en las llamas que lamían las palmas de sus manos.

Iā sȳndor gaomas daor pryjagon, iā sȳndor mīsagon se ānogar perzys

—¡Mirla! —. La luz brillante y dorada del ocaso le cegó cuando abrió los ojos, el fuego de su sueño se deslizó lentamente por su vientre como un recuerdo afectuoso haciéndola patear en medio del sueño y la realidad.

—¡Mirla! —. Gritó Sertia de nuevo, la joven castaña sacudió su cabeza para alejarse de los pensamientos extraños, pensamientos de llamas que le acariciaban la piel en lugar de quemarla. Cuando al fin pudo regresar a su mente miró los ojos verdes de su hermana llenos de lágrimas y el mismo miedo de antes, olvidó rápidamente todo y se puso de pie para quedar a su altura.

—¿Qué pasa? —.

Sertia balbuceó palabras sin sentido con la mirada perdida, sus pozos de fuego valyrio inestables en contra de la oscuridad que se cernían sobre ellas ¿Estaba ya anocheciendo? Antes de la noche, la castaña sacudió a la rubia con más violencia haciendo rebotar los mechones dorados que caían desobligados de la trenza.

—Me vio — Susurró —Él me vio Mirla —. Un escalofrío le recorrió el alma al escucharla.

—¿Quién? —. preguntó, aunque no tenía sentido preguntar, ella sabía perfectamente la identidad de la persona, alguien de cabellos tan rubios como los de su hermana y ojos verdes vacíos y felinos.

—Él me lo dijo — La joven se sentó en el borde de la cama dejando caer la bolsa de cuero con los alimentos —Tuve que limpiar el piso para que me dieran la comida…- Dijo mirando las manzanas rodar por el piso de la habitación —Él estaba esperándome, yo no… yo quise evitarlo, pero…—. Las manos blancas y delicadas se aferraron a la tela de su falda delirantes, horas antes había sido ella la que se aferró a la existencia de su hermana.

—¿Qué fue lo que te dijo? —. Acaso ¿Podría su hermana haber confundido las intenciones del hombre? Arrojaron a un niño desde la torre, hacerse cargo de una sombra y su compañía no les haría más daño.

—Él dijo que me miró, desde la torre… mechones rubios al viento, su hermana ¡Oh! … un espejo de su herencia… difícil de olvidar —. Maldita sea, pensó Mirla, la habría visto de seguro y desde mucho antes, el aspecto de su hermana a era difícil de olvidar, con esas ondas de océanos áureos y ojos verdes como los Lannister, un espejo definitivamente.

—Sabe quién eres tú, la sombra me dijo, la sombra y su amada —. Sertia lloró amargamente y a pesar del apuro que se refugió en su estómago la castaña la acunó en sus inexpertos brazos. No tenía que ser así, no debía ser así, ella peleaba y sufría después en el pecho de su hermana… la muerte no había sido misericordiosa con ella, ahora le mostraba su duro parecer, daba la vida a algunos y enviaba la amenaza sobre ellas.

—Mente clara —. susurró Mirla en su oído, tenían que salir de Invernalia rápido antes de que intentaran algo.

Respira sombra, elige sabiamente tus batallas.

Huir sonaba mejor, ya en otro momento u otra vida podría tomar venganza de las amenazas, asegurar el futuro de su hermana era lo más importante, miró por la ventana como la luz del día se extinguía y con ella el ultimátum de Lady Catelyn se repetía con la brisa.

—Tenemos que irnos Sertia —. Su hermana se encogió con las palabras, pero se puso de pie con ella. Por ahora no tenían tiempo de llorar su suerte, en el bosque bajo la seguridad de la noche y el follaje podrían lamentar lo terrible de su destino.

—Vamos, toma una bolsa —. La rubia tomó la bolsa de sus vestidos y la paso por su hombro derecho. Mirla se ató las otras cruzando las correas por el pecho para tener las manos y brazos desocupados.

Una sombra siempre está preparada.

El pasillo las recibió con oscuridad y silencio, la servidumbre debía estar en el comedor a esa hora así que las chicas se apresuraron para tomar la salida al patio central. A la castaña no le gustó el camino, pero su hermana la guiaba con confianza aparentando en esa máscara de control falso. Por el patio central estarían a la vista de todos, casi podía mirarlos en las esquinas del castillo esperando el momento indicado para atacarlas.

El patio central estaba desierto, los mozos de los establos no se veían por ninguna parte y Mirla pensó por un momento si se habrían dado cuenta de su ausencia, quizá todos sabían ya lo que había pasado y la juzgaban por eso, horas antes estaba dispuesta a aceptar todo el castigo de la ley norteña sobre su cuello, pero después de saber la verdad no podía resistirlo. Una sombra sobrevive, le recordó su cicatriz con un tirón.

Rodearon los establos tan cerca de las paredes de piedra como podían, Mirla sintió el aire detenerse y el sonido de pisadas pequeñas pero seguras la hizo detenerse, tomó la muñeca de su hermana y con un dedo en sus labios la obligó a agacharse detrás de las cabinas de entrenamiento. La última vez que estuvo ahí Jon la había llamado sombra alterando su vida ¡Qué vano parecía ese recuerdo de apenas dos noches atrás!

Casi como si el universo o el destino se burlara de ella la figura del hombre pequeño salió de las sombras, su cabello rubio como el oro brilló pálido con la luz de la luna volviéndolo casi blanco -es un Lannister- le dijo la voz de su padre. Sí, lo sabía, un león, aunque deforme no dejaba de tener dientes y garras, sus puños se cerraron en defensa preparada para saltar en ataque de ser necesario.

—Sé que las sombras son excelentes maestras del acecho, casi invisibles a sus adversarios, pero veo un mechón rubio que no se oculta del todo bien —. Su voz tenía el mismo tono burlón de la noche que Mirla lo conoció y el veneno que corrió por su garganta le quemo de deseos de contestarle,… pero tenía razón. La mitad del cuerpo de su hermana sobresalía de la pared izquierda, un error que a ella le habría costado golpes de niña.

La castaña levantó la voz antes de salir de su escondite —¿Qué es lo que quieres? —. No escuchó pasos de más ni la respiración de algún guardia que lo acompañara así que se atrevió a mirarlo de frente, era tan pequeño como siempre y al igual que antes su cicatriz vibró ante la visión de su rostro.

—Oh nada en particular —. Sus puños se cerraron con violencia, debajo de la falda sintió el frío de la cuchilla acariciar su muslo, ¿Cuánto podría tomarle terminar con el pequeñín? Nada, pensó, lo complicado sería deshacerse del cuerpo. El hombre sonrió levemente como si conociera sus pensamientos.

—Entonces déjanos —. Le respondió girándose hacía Sertia y jalando su codo para ponerla de pie, reiniciaron su camino por las orillas hasta la puerta y la castaña intentó con todas sus fuerzas ignorar la figura del hombre debajo de la luna.

—Llámalo una obsesión por ayudar a los fenómenos —. Continuó sin importarle que ella estuviera dándole la espalda, Mirla se giró completamente rechinando los dientes.

—No soy un fenómeno —. Una sombra tenía honor, un honor dedicado a la muerte y aunque ella había recibido paga por su danza sus dones permanecían puros.

—Oh por supuesto que lo eres, yo también ¿Recuerdas? —. Señaló su rostro deforme. La joven se percató de que las sombras del cabello hacían bien en ocultar su mal y que detrás de la piel estirada y abultada que cruzaba entre sus ojos tenía las mismas facciones de los gemelos.

Una sombra ve más allá.

No contestó, simplemente siguió avanzando con la espalda a su hermana sin perder detalle del paisaje.

—Vamos pequeña sombra — Entrecerró sus ojos para enfocarse en su figura —Sé de qué huyes — Las hermanas detuvieron sus pasos congelándose en su lugar -espera y actúa- —Te ofrezco un paso seguro, lo vas a necesitar —.

—No —. Ni siquiera lo pensó, él era un Lannister y no se podía confiar en ellos.

—Bueno...— Sin inmutarse se acercó lo suficiente para estirar su mano, un pequeño papel enrollado y sujeto con un listón rojo que esperaba ella tomara, sin embargo, Mirla no se movió de su lugar. En cambio una mano blanca y delicada lo tomó, su hermana miró el rostro del hombre y sus labios se movieron para susurrar un "gracias" tan quedo que no fue capaz de escucharlo.

—Considéralo —. Le dijo antes de perderse entre las sombras del castillo.

—Lo haremos —. Respondió Sertia, la castaña tomó su mano sin arrebatarle el mensaje —Debemos considerar todo Mirla —. No quiso discutir más porque sentía en su pecho a las personas del castillo moverse, preparándose para dormir y el peligro que las vigilaba la hizo seguir avanzando.

La puerta del castillo aún permanecía abierta, dos hombres estaban en guardia así que se arremango las faldas para tomar la cuchilla, pero Sertia la detuvo con delicadeza, no quería hacerlo de manera violenta pero no tenían otra opción... aunque pesaba sobre su cabeza el ultimátum de Lady Stark ¿La dejarían ir sin preguntarle nada?

Antes de que pudieran hablar una voz profunda, que le causó temblores de fuego bajo la piel, la llamó desde los establos.

—Espera —. Mirla siguió hacia donde la llamaba, su hermana y su vida en otra burbuja de su pensamiento. Jon salió de las sombras con sigilo como todo lo que hacía, llevaba puesto un traje oscuro de noche con las botas aún puestas y el cabello desordenado, su corazón se agitó ante la visión de su mentón oscurecido por la barba que esperaba salir. Tan maravillosamente como siempre la joven olvidó que tenía que estar alerta y proteger a su hermana, apenas si llegaban los sonidos a sus oídos porque solo el rostro pálido con esos ojos grises melancólicos parecía importar. Era patético, terrible, ridículo y vergonzoso, ella era una sombra y su entrenamiento debía estar siempre en primer lugar, pero... la mano de Sertia apretó su codo. Mirla se giró para mirarla a través de la bruma de sus pálpitos desenfrenados, su hermana le devolvió unos ojos desesperados que la joven no comprendió al instante ¿Tenía miedo... de Jon? El chico se quedó quieto sin atreverse a moverse en su dirección, la castaña lo agradeció en su mente, aunque no estaba segura de si lo hacía por la reacción de su hermana o por temor a ella... no, Jon se atrevió a amenazarla en la habitación a solas, él no le temía, al menos no de la misma manera que los demás.

—Está bien — Luchó con toda su fuerza para no perderse contemplándolo tomando la mano de Sertia para concentrarse —¿Qué pasa? —. Su voz era suave, miel ajena a sus labios impuros, esa dulzura hizo que su hermana frunciera el entrecejo, pero calló.

—Toma esto —. Jon se acercó lentamente, traía en la mano algo envuelto con una tela negra, la acción hizo que la rubia se tensara, pero ella no dudo en terminar la distancia entre ambos para recibirlo en su mano, no era pesado y cabía sin problemas en su palma. El regalo y él parecían arder en su visión y sintió de nuevo lágrimas en el borde de los ojos, pero no de miedo o desesperación, era algo dulce y extraño, algo en la mirada del chico que la conmovía hasta la fibra más íntima de su ser. Antes estaba segura de que Jon le provocaba solo reacciones instintivas, ahora ya no más; lo que él provocaba era cálido y seguro como la voz de sus padres en los sueños del fuego.

—Es un bálsamo... para la mejilla — El chico desvió la mirada cuando Mirla se tocó la cicatriz ¿Le había dado algo para su marca? Sonrió levemente porque era imposible curar su herida, estaba arraigada a su piel para siempre, pero la idea de que Jon se hubiera molestado lo suficiente como para hacerlo iba más allá de todo lo que ella se hubiera imaginado. —Va a estar hinchada por la mañana —. Comentó bajo, la joven tocó el borde de su herida donde los golpes de Lady Catelyn parecían haber dejado la piel enrojecida y caliente.

Él lo hizo por las bofetadas. La voz en su mente era agria pero no la escuchó, Jon se fijó en ella como si fuera la primera vez que lo hacía. Mirla debía lucir desastrosa (al menos así se sentía) con los ojos hinchados, la piel roja, pálida y aun así el chico levantó las comisuras de sus labios, solo un poco, con algo de lástima, quizá duda y ella lo aceptó por completo.

—Gracias —. Respondió sin saber que más hacer, su corazón seguía palpitando como el trote de un caballo furioso ¿Qué se supone que hace la gente cuando esto pasa? ¿Se abrazan? Pero a pesar de que su alma radiaba al imaginar estar en los brazos de Jon la sombra en su exterior se negaba, Sertia la sacó de sus pensamientos tomando su mano y la alejó torpemente de su lugar.

Cuando miró atrás a Jon y las frías paredes grises de Invernalia sintió algo crecer en su pecho, algo en aquella melancolía gélida del norte tan extraña para ellas, tan diferente a su antiguo hogar...

Mirla nunca había pertenecido en ningún lugar y aunque se aferraba con fuerza a su hermana sabía dentro de sí lo distantes que eran sus vidas. Pero el norte guardaba algo suyo, algo que no tenía que compartir con alguien más y la imagen de esto se repitió en todo el camino hacía el bosque, en la brisa de la noche y los pasos inseguros de Sertia.

Jon era el norte y el norte le había sonreído por primera vez.

N/A: Las sombras son una cultura de asesinos entrenados que sirven a la muerte como los hombres sin rostro en Braavos con algunas diferencias que van mucho más atrás en el tiempo (que se van a explicar en la historia más adelante), hay dos tipos de sombras: los nobles como Sertia que son entrenados para la corte, política y el arte de la negociación y manipulación. Y las militantes como Mirla que son entrenados desde niños para la lucha. Las sombras que escapan de su tierra y terminan en Westeros usualmente se unen a hermandades de asesinos a sueldo (aunque esto es considerado como prostitución para ellos) por esa razón todos tienen en mala estima a Mirla y sospechan de ella de inmediato.

La traducción de la frase en valyrio que escucha en su sueño sería más o menos así "Una sombra no destruye, una sombra guarda la sangre del fuego"