Reliquias
Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.
Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.
Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.
Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.
Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.
And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.
Dylan Thomas, 1914 - 1953
El bosque las rodeaba como un viejo amigo, cubriéndolas en oscuridad verdosa de los peligros que corrían en las planicies del norte. Su corazón, oscuro y vibrante, se sentía como un ave en pleno vuelo; ágil y seguro de atravesar el territorio plagado de peligros, poco importaba que el vestido de Sertia se atorara en las raíces salientes de los árboles o que sus pies resbalaran en el lodo fresco manchando su bonita falda. No, todo eso no importaba, podía levantar a su hermana cuando caía y adaptarse a los zapatos incómodos en el suelo resbaladizo pero la mirada de Jon iba con ella con mucha más presencia, mucho más importante que lo demás. Cerró el puño con cuidado sintiendo el borde de la caja que le acaricia los dedos con el toque de un amante, recordándole su posesión más preciada; Invernalia era frío y encerraba secretos grises sin embargo el fuego de esos ojos oscuros consumía el norte por completo.
Cuando ya estaban en lo profundo del bosque Mirla pudo respirar en paz, Sertia tenía el caballo rubio pegado en las sienes y al cuello por el sudor.
—¿Nos siguen? —. Le preguntó pasando la manga del vestido para limpiarse la piel húmeda, la castaña se giró para mirar en dirección al castillo. La noche había caído sobre ellas y en la oscuridad era casi imposible ver más allá de las ramas cercanas iluminadas por el leve resplandor de la luna.
—No —. Por ahora. El terreno estaba en calma, los animales no representaban amenazas; no había lobos cerca y solo la respiración elaborada de su hermana rompía el equilibrio.
—Debemos llegar a la cueva —. Le dijo mientras se arremangaba el vestido para caminar con seguridad, Sertia la siguió de cerca con una mano sujeta a la de Mirla.
La cueva había sido el primer refugio que habían tenido antes de entrar por las puertas de Invernalia buscando ayuda, estaba oculta entre algunos troncos, ramas y piedras, casi invisible a la vista y por eso era perfecta. La entrada angosta se extendía después de unos metros a casi el tamaño de su habitación en el castillo, piedra lisa cubría todo el interior. La última vez que durmieron ahí Mirla se aventuró por los corredizos hasta lo más profundo que se permitió ir; abajo, muy abajo, corrían aguas termales iguales a las de Invernalia, pero la oscuridad y el calor no le dejaron seguir su camino. Ahora con los pies adoloridos por el calzado, las piernas llenas de lodo y el cabello lleno de ramas un baño en aquellas aguas calientes le apetecía demasiado.
El trecho que quedaba a la cueva era pedregoso y repleto de raíces, los árboles que se sostenían de la pequeña cuesta habían cavado con diligencia entre los huecos de las rocas para sostenerse en la tierra debajo y eso les ayuda. Al menos a ella que se sostenía con una mano mientras empujaba a su hermana con el antebrazo, quería deshacerse de los zapatos estúpidos, pero dejar rastros tan cerca del lugar donde pasarían la noche no era inteligente, no era digno de una sombra.
Piensa como una, vive como una, mira y analiza.
Sí, pensó Mirla, el castillo se había quedado atrás, pero el peligro no, su vieja maestra la acechaba para ponerle a prueba y tenía que estar preparada. La sirvienta o la encargada de los caballos dejó de caminar a la orilla de las puertas, en el bosque su identidad volvía; una sombra no deja de ser una sombra.
Encontrar la entrada a la cueva les costó más trabajo del que hubieran querido y para cuando se pudieron refugiar en las paredes húmedas el frío ya había comenzado a filtrarse por las ropas de los vestidos aprovechándose del sudor. Sertia se apresuró a encender una hoguera en lo más profundo de la caverna donde el humo podía escapar por los túneles superiores, ambas se despojaron de las ropas enlodadas y su hermana sacó de las bolsas de piel algunos de sus vestidos, los extendió en el suelo de piedra y se tiró sobre ellos desnuda acurrucándose en la esquina. Mirla se acercó al extremo de la cueva donde comenzaba el túnel que la llevaba a las aguas termales, palpó la pared fría hasta encontrar la abertura y jaló de ella con todas sus fuerzas, la piedra cedió lentamente descubriendo un agujero oscuro, al otro lado de la pared descasaban sus posesiones; aquellas demasiado valiosas como para llevarlas consigo al castillo, sus armas estaban ahí, envueltas en un jubón de cuero negro que le servía para el uniforme de sombra, un traje completo de piel resistente y desconocida negra y gris, su armadura flexible, varias dagas y cuchillos pero por encima de todo el bastón largo de acero valyrio; negro con figuras grabadas alrededor, cada una de ellas significaba algo, una marca, un golpe, un vida y una muerte, el centro del bastón estaba cubierto con piel de dragón. Gēlenka. Aún recordaba la mirada atenta de su padre cuando lo sostuvo por primera vez, había querido que danzara con ella, con las cuchillas de doble filo que se escondían cuando el trabajo estaba terminado. Tu arma es una extensión de ti, es parte de ti. La castaña había vivido sin Gēlenka desde el momento que entraron a Invernalia y al sentir de nuevo el confortante peso del acero en sus manos la cicatriz le tiró de la piel de la mejilla con suavidad; una caricia de su antigua maestra.
Protégeme, rezó, oh muerte te he servido, cuídanos ahora.
Una sombra no servía a ningún dios, una sombra servía a la muerte solamente y ella esperaba con ansía que las protegiera. Sus entrenadores siempre le dijeron que morir era un honor, una amnistía que su maestra les concedía para habitar siempre con ella, en el olvido o la felicidad eterna; a nadie les importaba, morir era el límite y la meta de la carrera.
Sacó otros bultos con pieles, las cosas de su hermana y algunos más que no recordaba, Sertia siempre cargaba con tanto como podía para evitar los contratiempos. Colocó todo cerca del nicho que su hermana había preparado, se recostó a su lado con Gēlenka entre los dedos y cerró los ojos confiando en que la muerte la mantendría a salvo.
—O—
Su padre había estado el primer día de entrenamiento en la casa de armas, desde antes él la hacía practicar en casa, Muévete así, golpea así, vive así. Pero esto era diferente, se sentía diferente; los entrenadores eran como él y al mismo tiempo no lo eran, ninguno de ellos le dirigió la palabra, no importaba cuantas veces golpeara a sus compañeros, sus nuevos hermanos que se abalanzaban sobre ella… en otro tiempo, en otro espacio la niña habría llorado, les habría pedido que pararan mientras rogaba a su padre; ese tiempo no existía aquí, aquí era una sombra y tenía que pelear hasta la muerte. Dos hermanos le cerraron el paso y uno de ellos se lanzó para hacerla caer, la niña giró rápidamente con el corazón en un puño para evitar el impacto y lo golpeó en el rostro, sentía la presencia del segundo caminando hacia donde se encontraba. La sangre fue lo primero que registró cuando todo terminó, tenía las manos cubiertas en sangre pegajosa y caliente, su cuerpo se quejaba a gritos de dolor, pero su boca permaneció cerrada. Eres una sombra, le habían dicho los entrenadores y su padre había sonreído desde su lugar en la puerta.
El frío de la mañana se coló a la cueva, Mirla levantó la cabeza despacio y analizó el interior de la cueva; todo seguía como antes de dormir, el fuego se había extinguido hacía tiempo, pero el calor de su hermana la mantenía bien. Con el mayor sigilo posible se puso de pie, su ropa estaba preparada envuelta en tirones de cuero negro, la tela era suave en el interior y áspera por fuera, tenía que ponerse dos capas más de armadura flexible, un par de botas negras de material resistente y sujetarse el cabello para que no le molestara en la cara. Después de ajustarse las correas que sostenían su bastón en la espalda se sentía casi como si el mundo no hubiera cambiado, en Desembarco del Rey no podía darse el lujo de usar sus armas preferidas o su armadura completa; demasiado valiosa para las peligrosas calles del nido de mierda que era la ciudad, en cambio en el camino al norte había sido su identidad como sombra lo que las mantuvo con vida y ahora lo haría también.
Sertia se levantó lentamente, estirándose como un gato antes de comenzar a vestirse, su ropa era mucho más común; un vestido de faldas cortas al frente y largas por detrás con unos pantaloncillos de cuero que le protegían las piernas y unas botas cómodas de mismo tono, solo su cabello y sus ojos destacaban mientras que en ella todo era oscuridad.
Bien para quien sirves.
Por un segundo se imaginó usando las mismas ropas que su hermana, pero le pareció ridículo, la rubia no necesitaba moverse con la libertad que le exigía a ella el entrenamiento y de ser necesario su armadura y armas les venían mejor a ambas que unas faldas molestas enredándose en sus pies.
—Voy a preparar el desayuno —. Tomó los mechones dorados para sujetarlos en la nuca mirando las bolsas de cuero a su alrededor.
—Iré a revisar el camino —. Sertia le dirigió una mirada angustiada pero no dijo nada para detenerla, en Invernalia su hermana podía intentar disuadirla de sus deberes mas ahora estaban por su cuenta.
Afuera pintaban los primeros rayos del día, al aire olía a bosque; limpio y salvaje. La joven bajó por las piedras y ramas agradeciendo a su nuevo calzado, cada paso era decidido mientras saltaba siguiendo el camino que habían recorrido por la noche, sus huellas eran menos notorias pero las de Sertia estaban a la vista de cualquiera; hasta un niño sería capaz de rastrearlas. Borró las marcas en el lodo ocultando las raíces pisadas lo mejor que pudo, debajo de la pequeña colina era otra historia. El vestido de ambas arrastró consigo hojas y ramas, a pesar de que no quedaban marcas en la tierra su trayectoria parecía pintada; si lo seguían los llevaría directo a la cueva y a ellas.
Con un bufido Mirla intentó borrar el paso, recolectó hojas de los huecos entre las piedras y las dejó caer artificialmente. Un cazador experimentado las encontraría, pero nadie más y con el tiempo, si la muerte tenía piedad como se lo había pedido, el viento, la lluvia y las nevadas borrarían todo rastro.
Siguió el rastro por el bosque un trecho más hasta que estuvo satisfecha, sin embargo tendría que estar alerta en todo momento, el peligro que apelmazaban las palabras del hermano de la reina la seguían en todo momento, escalando incluso los ojos grises de Jon al dejar Invernalia. Tocó con punta de sus dedos la cajita de madera que llevaba escondida entre la armadura y los lazos que sostenían su arma, su corazón se aceleró de nuevo al pensar en la sensación de la noche anterior; tan mágica y sagrada que no se atrevía a pensar en ella, temía que se desvaneciera con las sombras de su profesión y se aferró solo a los sentimientos.
A unos cuantos pasos los escuchó, se agachó entre los arbustos deslizándose por debajo, recargó su espalda en un tronco ancho sintiendo el peso seguro de Gēlenka en su cuello, eran dos hombres de armadura brillante y capas rojas.
Leones.
Mirla se enfocó en sus movimientos, no llevaban caballos, pero no parecían cansados de haber caminado desde el castillo hasta la profundidad del bosque.
—Maldito lodo —. Escupió uno de ellos, sin prestar atención a lo que le rodeaba y eso trabajaba en su favor.
—Mira esto —. Un escalofrío le recorrió la columna cuando el más alto se puso de cuclillas sobre el rastro que había intentado ocultar.
—Malditas mugrientas — El que había escupido antes se echó a reír secamente y la castaña pudo imaginarse a través del casco la mirada burlona —No saben ni siquiera caminar derechas ¿Crees que nos dejen calentarlas un poco? —. Preguntó con lascivia a su compañero; él no tenía el casco puesto así que Mirla sí pudo ver sus ojos pequeños brillar con lujuria.
—Una de ellas es una sombra, nunca he follado una sombra —. Ambos se rieron sin mirarse, concentrados en seguir el rastro.
—Bueno si no pone mucha lucha, voy a mear mientras tú revisas eso —. El alto se giró quitando las hojas de las marcas en el lodo y asintió sin ganas.
El bajito se acercó hacia ella sin saberlo, estaba cubierta por los arbustos y el árbol, pero sabía que nada la ocultaría si el hombre decidía ser penoso y ocultarse de la vista del otro. No importaba, tenía que hacer algo, estaban demasiado cerca de la cueva, demasiado cerca de Sertia; eran leones y venían a devorarlas. En silencio desenfundó a Gēlenka, el bastón brilló con resplandores oscuros y se adaptó a sus manos con la suavidad de una caricia.
Ella era esto; una sombra y claro que iba luchar.
El hombre desató el nudo que sujetaba los pantalones y Mirla miró el rastro de orina caer cerca de ella, contó hasta tres y asestó el primer golpe; el hombre cayó hacia atrás con una maldición sujetándose su miembro con las manos, le había dado justo donde quería.
—¡Diablos! —. El soldado alto desenfundó su espada y avanzó, en tres pasos ya estaba a su lado, pero la joven estaba preparada.
Eres una sombra.
Atacó por encima, el bastón de acero negro interrumpió el golpe y la fuerza le hizo castañear los dientes, con el extremo golpeó su hombro, pero dejó descubierto su costado, el filo resbalo por la superficie y cayó en su cuello besando la piel y dejando una marca de sangre.
La cicatriz le quemó inundando su piel de calor.
Pelea como una.
El bajito estaba de pie espada en mano, Mirla accionó a Gēlenka y las dos cuchillas brillaron como plata derretida en el sol de la mañana.
—Perra estúpida —. Masculló el alto acercándose de nuevo, atacó justo por el frente sin medir la trayectoria correctamente.
No son rivales.
No, pensó, no lo eran.
—Te pido maestra — Susurró mientras se agachaba y pateaba las piernas del soldado, lo protegía la armadura, pero el acero valyrio encontró su camino en el hueco de la rodilla y se clavó con fuerza en la carne hasta el hueso, el hombre gritó en la caída, la espada se agitó con el rozando el aire cerca de su brazo.
—Toma mi humilde sacrificio — Detuvo el camino de su puño y la cuchilla barrió limpiamente con la muñeca, la espada cayó en el lodo y el león lloró con el muñón sujeto en el pecho.
—Que esta muerte te sirva — Terminó hundiendo el extremo de Gēlenka en el espacio del yelmo donde el hombre la miraba.
—Vas a pagar eso sombrita —. El bajito la miró con los ojos desenfocados, no la atacó y la castaña apreció su respeto. Giró el bastón para enfrentarlo esparciendo hilillos de sangre que le colorearon el rostro.
Siente en tu cuerpo el llamado de tu maestra, siente como te clama y te obliga, muévete a su ritmo y ella sabrá recompensarte.
La piel que rodeaba su cicatriz llameaba con fuego inexistente, el dolor era como el primer día, haciéndola fuerte, rápida y letal. El león pequeño dejó que se acercara, la sombra acechó en su lugar y los papeles se invirtieron.
—¿Quién caza a quien ahora? —. Le preguntó y el felino le mostró los dientes oscuros. Su espada era pesada, pero sus pies ligeros; la muerte estaría satisfecha con él. Se movió ágilmente golpeando el acero con acero, cada beso de los filos la hacía estremecer de algo muy parecido al placer y dejó que la golpeara en el rostro con el puño.
Sí, pensó, esto era lo que necesitaba.
Cayó con la rodilla y Gēlenka se movió por encima de su cabeza deteniendo de nuevo el peso del acero ajeno, el bastón se deslizó grácilmente hasta golpear su vientre y la castaña saltó para ponerse de pie.
—Has luchado bien —. Pero el filo de su arma acarició el cuello del hombre antes que levantará la espada.
El cuerpo cayó con un sonido seco sobre el lodo y Mirla miró el fruto de su obediencia, los cuerpos tirados con sangre rodeándolos le recordó a otras víctimas, otros nombres, otros sacrificios.
"Esta vez los escogí yo maestra" pensó con amargura.
—Mirla —. la voz de Sertia era firme y delgada como ella, parada al final del camino de hojas con ojos tristes y mirada fría.
—Tenía que hacerlo —. En un solo momento el peso de la pelea le cayó encima, tenía las muñecas doloridas por los golpes y el corte en el cuello le picaba.
—Estás herida — Su hermana se acercó para revisarle la piel abierta y suspiró —No es profunda —. Dijo más para sí misma que para Mirla, se giró lentamente absorbiendo la escena de muerte a su alrededor y la miró de nuevo con esos ojos tristes llenos de pena y lástima.
—Tenemos que ocultarlos —. La castaña señaló los cadáveres con el filo de su arma y accionó las cuchillas retrayéndolas, los rizos rubios de su hermana se movieron al compás cuando asintió.
—¿En dónde? —. Se inclinó sobre el bajito para buscar entre los bolsillos algo de valor, alguna insignia, aunque sonaba estúpido que los Lannister les dieran el recado por escrito.
—En la cueva —. Le contestó a su hermana, agachándose sobre el charco de sangre para tomar la espada —Los pasadizos son muchos y grandes, los podemos dejar en uno y sellar la entrada… tenían que venir en caballos, al menos hasta el inicio del bosque —. Sertia se entretuvo quitándole las botas al alto, no se había molestado con el yelmo.
Chica lista.
La sangre que manaba de ahí no era buen presagio de una vista placentera.
—¿Crees que los busquen? —.
Sí, le susurró la voz de su padre en un hilillo de fuego que le recorrió la mejilla, vendrán por ambas, pero más por ti.
Mirla lo sabía, había sido la que había terminado con la vida de aquellos hombres, la sospechosa de la caída del joven Bran y la peligrosa en el dúo, buscaban a la rubia, pero sabían que la sombra estaría con ella y por eso debían eliminarla primero.
"Que envíen un ejército" pensó "Los mataré a todos antes de que logren dar un vistazo a la cabellera de Sertia. Todos ellos serían buenos sacrificios para la muerte"
—Sí, lo harán, pero discretamente, si quisieran hacerlo público habrían enviado a cincuenta no a dos, nos deshacemos de estos dos y seguimos con lo planeado —.
Ir al norte y luego a este, era más fácil perderlos en las montañas y bosques altos que enfrentarlos aquí, los sureños retrocederían un paso por dos que ellas ganarán. Hasta Puerto Blanco y luego Dorne, las ciudades libres o las islas del verano, lejos de los dominios de la corona, lejos de la tierra de dónde venimos.
—Bien —. Contestó escuetamente.
Les tomó un rato largo cargar los cuerpos y las posesiones de los soldados hasta la cueva, para cuando terminaron el sol se alzaba un poco más al oeste y el frío del bosque comenzaba a correr en el viento. Ambas desnudaron los cadáveres, se quedaron con aquello que les vendría bien y arrojaron lo demás, ellos incluidos, al abismo de uno de los túneles abiertos, con suerte nadie nunca los encontraría.
Al terminar Sertia se puso a cocinar la cena y Mirla salió en busca de los caballos, esperaba no estuvieran muy lejos y la muerte escuchó sus súplicas; los dos caballos estaban amarrados a un tronco bajo siguiendo el camino por el cual habían entrado los hombres, matarlos sería un desperdicio y les vendrían bien unos buenos caballos que las llevarán al norte lo más que pudieran. Las sillas podían quedarse porque no estaban marcadas pero los cojines y mangas de seda roja y dorada irían al mismo abismo que engulló a sus jinetes. Los animales fueron dóciles y la siguieron sin oponerse demasiado.
A mitad de camino un nuevo aire frío agitó las hojas de los árboles y los primeros copos de nieve comenzaron a caer, para cuando alcanzó la cueva la nieve se habían transformado en agua medio congelada que al caer en la tierra borraba las marcas de su paso y pelea.
Mirla se sentía particularmente devota en ese momento, las sombras no tenían dioses, pero todo lo que llevara o no a la muerte era una misericordia; por vivir más este día o por dejar los sufrimientos de este mundo, siempre había algo por lo que estar agradecido.
Su hermana ya había terminado de cocinar mientras afuera el cielo rugía, los caballos se quedaron en una de las esquinas cercanas a la salida, Sertia había encontrado avena en uno de sus cuerpos y la había dejado en el suelo para que comieran. A ella le gustaban los animales especialmente los caballos, eran buenos, fuertes y atentos, sus dos nuevos integrantes se quedaron quietos sin emitir ningún sonido; era difícil culparlos por las acciones de sus amos. El único defecto que podía encontrarles era su procedencia; ambos eran sureños por lo que adaptarse al paisaje del norte les sería mucho más difícil, tal vez pudieran venderlos y obtener al menos un semental norteño.
—Mañana tendremos que comenzar a andar —. Le comentó a la rubia con media cuchara llena de lentejas en la boca.
—Mañana —. Repitió ella sin decir nada más.
En la noche mientras Mirla hacía guardia su hermana se acercó hasta ella y se recostó con la cabeza en su regazo.
—Lamento que tuvieras que matarlos —. Susurró, era la voz de una niña y la sombra se estremeció al escucharla. Ella no lo lamentaba, pero entendía el sentimiento, era el mismo que motivó a la chica a tratarla como algo más que una sirvienta de la muerte; como a una hermana.
Acarició la piel clara y lisa de la rubia hasta que cayó dormida, entre la penumbra de la cueva y la aguanieve del exterior recordó las palabras suaves que su hermana le daba como un bálsamo cuando regresaba del entrenamiento.
Tenía diez años cuando perdió su primer enfrentamiento, el chico era mayor y mucho más fuerte, usualmente eran así, pero ella siempre tenía la ventaja por ser rápida y certera en sus golpes. Ese día no, él era mejor que ella, más rápido, mejores reflejos, golpes profundos y unos ojos azul profundo que la escrutaban leyendo todos sus movimientos antes de que los cometiera. El último golpe la dejó sin fuerzas, tirada en medio de la arena con el cuerpo molido y los puños sangrando, el chico le había ofrecido su mano para levantarla y Mirla sabía que no debía tomarla, pero esos ojos brillaban y le sonreían a pesar de las miradas de desaprobación de sus entrenadores. —Lo siento— Le dijo antes de golpearla una última vez y cuando cayó al suelo no volvió a levantarse. Cuando despertó le dieron sus cosas y la mandaron a casa, apenas pudo llegar y Sertia fue la primera en recibirla, la llevó a su habitación y le limpió las heridas, los golpes tendrían que sanar solos. La sombra se refugió en los brazos de su hermana y lloró en silencio por su fracaso, desde hacía cinco años su entrenamiento había comenzado y nadie la había vencido en la arena, su derrota le sabía a miedo.
Su padre llegó al anochecer, la despertó y la llevó a la sala de entrenamiento en el granero… ¿Cuántos días había pasado en aquel lugar, con los pies sujetos por cadenas, comiendo sobras putrefactas y suplicando? Lloró y pidió clemencia cuando el dolor de los golpes que le daba sobrepasó sus defensas, pero eso no lo hizo detenerse.
Más, le gritó, encuentra tu motivación, vivir o morir, eres una sombra y no puedes cambiarlo.
Todos los que estaban en entrenamiento debían encontrar su devoción a la muerte, su destino y su tragedia, pero siempre al final de todo; cuando los entrenadores lo decidieran. Nada de eso lo detuvo, él quería que ella fuera la mejor porque él era el mejor.
Nuestro destino Mirla, no soy tu padre, soy tu hermano, tu sombra, su hijo, su sirviente y su amante y tú también.
La sombra había resurgido en la oscuridad, el hambre, el dolor y el miedo. Su maestra, madre y amante le había susurrado sus secretos; su motivación y destino tenía el cabello rubio, era dulce, cálida, viva… cuando su padre regresó Mirla se enfrentó a él, no contuvo sus golpes, sintió la velocidad y la fuerza de la muerte empujándola hacia la victoria, sus puños se tiñeron de rojo, pero no con su sangre.
Miró la entrada de la cueva, el rostro de su padre aquel día, hinchado y ensangrentado se le aparecía entre la oscuridad y sus ojos -como los míos- castaños y orgullosos le miraban de nuevo.
No puedes cambiar lo que eres.
No podía y ahora en medio de la oscuridad de la cueva sabía que no quería.
La lluvia había parado pero el mundo seguía siendo húmedo en el exterior. El calor de la hoguera la envolvió suavemente, los párpados le pesaron y al final no pudo mantenerlos abiertos, segura de que nadie podría encontrarlas después de la tormenta se quedó dormida.
La niña miraba todo, era normal en ella, siempre buena para golpear, siempre atenta para matar, pero el chico sólo se enfrentó a ella una vez y cuando aún no estaba completa; no esperaba encontrarla así. Una niña lo miraba desde la esquina de la arena, pero fue la sombra la que lo derribó, la perfecta sierva la que lo golpeó sin tregua hasta que perdió el conocimiento, la hija graduada de la muerte que entregó las armas y recibió el visto bueno de los entrenadores. El recuerdo pereció en el fuego, en el calor de las llamas que subían por la arena en la casa de armas derritiendo los rostros de los que la miraban y levantando en medio de las cenizas las formas negras y aladas de seres malditos.
"Tala hen sȳndror, vīlībāzmio morgho, istia iōragon. Sagon kostōba isse se uēpa perzys, se ānogar hen tegon"
Las voces cantaron una y otra vez al ritmo de las llamas, subían y bajaban en el mismo tono, un cántico de guerra y paz.
La mañana se coló suavemente por la entrada de la cueva. Las ramas y el follaje que la ocultaban tejían una telaraña de formas en las paredes grises de la cueva. Mirla se levantó sin muchos ánimos, el cuerpo de su hermana volvió a acomodarse cómodamente para seguir durmiendo mas ella ya había dormido demasiado. El aire que entraba era frío al igual que el ambiente fuera de su refugio, pero el calor y el fuego de su sueño la perseguían como antes, no sabía a qué se debían; iban y venían desde que era una niña, pero nunca tantas veces seguidas.
"Es el calor" pensó "Es el calor lo que me hace tener sueño y dormir"
En parte era cierto, el norte helado despedía nubes de calor desde el subsuelo y quizá eso le afectaba los sentidos. Estaba a punto de terminar con eso, se acercó a los caballos para rellenar sus cuencos y les dio de beber el agua de las cuevas, era limpia y caliente como un té, y ellos la tomaron sin remilgos. Preparó sus bolsas y se vistió con un abrigo largo por encima de su traje de sombra, sujetó a Gēlenka en su espalda; el bastón negro danzaba al ritmo de la luz del amanecer y las cuchillas afiladas destellaban limpias como si nunca hubiera caído sobre ellas sangre alguna. Sertia se levantó con un gemido lastimero, dormir en el suelo de piedra nunca se compararía con un lecho de paja en un castillo.
—Tenemos que irnos —. Se acercó para besar su mejilla y terminó de anudar dos bolsas más en el caballo gris oscuro.
—Necesitan nombres — Mirla se detuvo para mirar a su hermana de frente con el ceño fruncido —No me veas así, tu arma tiene nombre —.
"Es diferente" dijo en su mente, el bastón negro que ocultaba el filo mortífero del acero valyrio era su más preciada posesión, única e invaluable; su conexión con la muerte, la guerra y la batalla, sin ella todo recuerdo de lo que significaba su marca corría peligro de desvanecerse. Su cicatriz picó levemente la piel debajo en apoyo. Pensó en explicárselo, aunque no tenía caso, la joven rubia no lograría entender jamás, no era ella la que estaba atada para siempre a su destino.
—Ponle nombre al tuyo —. Contestó en su lugar sacando a los animales por la estrecha entrada de la cueva, bajó con ellos lentamente, cuidando de pisar siempre adecuadamente. Ya abajo Sertia se acercó al caballo que tenía las bolsas de comida; era rojo oscuro como el vino y más bajo que su compañero.
-Bayo-. le susurró tiernamente mientras montaba.
La castaña montó el caballo donde descansaban las armas, gris oscuro de temperamento menos dócil que el otro. Se parecía a Jon y aunque la joven no dijo nada mientras andaban por el bosque pensó en sus ojos, suaves, cálidos y repletos de lastima la última vez que la vio; aún conservaba en los pliegos de su ropa la cajita envuelta en el trozo de tela, aunque el bálsamo se había terminado antes de la cena la noche anterior, no en su mejilla sino en su cuello.
—Nevado —. Susurró al contrario del viento, porque Jon Snow era la nieve que caía por el bosque, el helado norte que la cobijaba.
—¿Hacia dónde iremos? —. Le preguntó su hermana cuando pasaron la aldea de Crofter, el día iba deshilachándose velozmente y corría más frío acompañado de mínimos copos de nieve fresca.
—Torre Derruida, seguiremos el camino real por el bosque y cruzaremos en el lago largo para bajar por las colinas solitarias —. Mirla traía consigo algunos mapas, el hombre se los había dado antes de su huida al norte, cuando aún estaba vivo, podía reconocer los lugares en el papel y esperaba que no fuera difícil diferenciarlos a la vista.
La tarde pasó más rápido de lo que le hubiera gustado, el bosque aún las rodeaba haciéndola sentir incómoda, no sabía cuánto habían avanzado, pero le parecía muy poco, no podían pasar la noche tan cerca de los valles sin árboles que las protegieran así que tuvieron que adentrarse más rumbo al oeste, hasta que no pudieron distinguir el fin del verde y las hojas. No había madera seca así que se conformaron con el calor que ambas podían darse, el suelo estaba lodoso y abultado lo que le consiguió unas cuantas horas de sueño sin descanso. Despertó a la hora del lobo, la noche había pasado tranquila y a pesar del frío del amanecer que se aproximaba el cuerpo de su hermana junto al suyo la reconfortaba, les tomaría unos cinco o seis días llegar a Fuerte Terror y quizá el doble hasta Puerto Blanco si tenían suerte pasarían de largo en todos los lugares donde estuvieran y nadie se fijaría en dos chiquillas huyendo de casa.
Nadie verá más que a una sombra.
Mirla se puso de pie con el pensamiento, era cierto; tenía que mantener su rostro cubierto en todo momento y tal vez … un ruido la alertó, se giró deprisa tomando el mango de cuero del bastón y tirando de las correas para desatarlo, alguien estaba cerca.
Atenta, piensa y ataca.
Tomo dos pasos hacia el espeso del bosque, lejos de su campamento, contuvo la respiración para escuchar mejor; los árboles susurraban con el viento, había algunos animales y de entre la maleza detrás de un par de troncos un hombre se abalanzó hacia ella con un cuchillo.
—¡Muere! —. La sombra dejo que diera los primeros pasos, Gēlenka cobro vida en sus manos y golpeó al hombre en el rostro cuando lo tuvo cerca, el cuchillo resbaló de su mano grasienta y sucia, la chica lo pateó con la punta de la bota a su espalda y liberó las cuchillas plateadas de su arma, el hombre sangraba por una nariz presumiblemente rota y gimoteaba sin parar.
—No, no, era la rubia, la rubia —. Mirla acercó el filo brillante a su garganta y las palabras cesaron, tenía el rostro marcado por la viruela, con labios gruesos y ojos grandes muy separados, parecía un sapo; un sapo aterrado.
—¿Quién te envío? —. Lo sabía dentro de sí, pero las palabras aún no habían sido formuladas, podía haber esperanza.
Por favor maestra, rezó, que solo sea un ladrón malaventurado.
El hombre gimió cuando la plata valyria besó la piel de su mejilla dejando un rastro leve de sangre.
—Dijo que sólo a la rubia, sólo ella —. La saliva se mezclaba con la sangre en su boca y caía en el suelo enlodado.
—¿Quién? —. Presionó más fuerte y la carne cedió sin problemas.
—El hombre ¡El hombre, piedad! El hombre león, quería que callara a la muchacha por unos venados por favor —. Las palabras salían atropelladas de su boca, pero el significado se mantuvo.
"Oh maestra ¿Hasta cuándo dejaré de correr?"
—¡Mirla! —. El grito de su hermana laceró la quietud del bosque, ni siquiera se detuvo lo suficiente para entregar la vida, un movimiento rápido y la garganta del hombre lloró lágrimas de sangre que se regaron rápidamente por el suelo.
"Tómame a mí" pensó "A mí, no a ella, fui yo quien escapé, yo quien me negué"
Las piernas le parecían torpes y lentas atravesando la corta distancia hasta su campamento, ahí Sertia estaba en el lodo, un hombre gordo se sentaba encima de ella con sus manos apretando su cuello.
Todo sucedió demasiado rápido, Gēlenka voló en el espacio y se clavó en la espalda del hombre, cayó encima de su hermana como un saco de patatas y la rubia luchó para quitárselo.
Mirla corrió a su lado, arrodillándose sin importarle el cadáver que despedía sangre por la herida.
—¿Estas bien? —. Su hermana asintió una vez y miró el cuerpo a su lado, tenía el vestido manchado de su sangre y se aferró a los brazos de la castaña mientras las lágrimas caían por sus mejillas.
—No dejamos rastro —. Le dijo entre sollozos.
No, no habían dejado rastro, pero ¿Qué tan difícil sería encontrar a una sombra y su compañera rubia? Un escalofrío le recorrió la columna al saber la respuesta, sería lo más sencillo. Acarició la espalda de su hermana unos segundos antes de levantarla por los codos, no tenían tiempo de que perder y a pesar de todo tenían que seguir moviéndose.
—Tenemos que movernos, vendrán más-.
Muchos más, siempre vienen.
Los caballos se habían angustiado en el jaleo, pero los amarres no habían cedido (gracias maestra) y a los hombres no se les había pasado por la cabeza asesinarlos. Podían seguir hasta las montañas con ellos, pero debían deshacerse de ellos cuanto antes, Nevado y Bayo solo atraerían la atención de los que las buscaran.
Montaron sin demorarse, no había hoguera ni mantas en el suelo que manejar y cabalgaron todo el día sin mirar atrás. Los caballos siguieron aún cuando la tarde cayó y la noche los sujetó a vientos fríos y nevadas pasajeras. Llegó la mañana, pero siguieron pasando de largo posibles lugares para descansar, no podían darse ese lujo, la noche las sorprendió de nuevo con el mismo cuento; fría sin consuelo. Tenía hambre, los muslos le dolían y tenía los glúteos entumecidos, para su hermana sería peor porque la tela debajo del vestido le causaría ampollas y la silla abrazaría su piel delicada.
Era su culpa, su destino que la perseguía hacia donde fuera obligándola a regresar al pasado una y otra vez, siempre la muerte y la sangre llamándola y arriesgando lo único que le interesaba: Sertia.
—Mirla—. La joven sacudió su cabeza y la luz de luna iluminó el camino que llevaban, habían salido del bosque poco antes del anochecer y aunque no veía el camino real no podía tranquilizarse; las montañas no aparecían en el norte.
—¿Qué pasa? —. No disminuyó la marcha, pero notaba a Nevado cansado y lento debajo de ella.
—Tenemos que detenernos —.
No, pensó, jamás, debemos seguir hasta que sangremos, hasta que los caballos desfallezcan para estar seguras.
—Ya no puedo más —. Su hermana gimió levemente, no le corrían más lágrimas por las mejillas pálidas por el frío de la noche, pero Mirla sentía deseos que echarse a llorar, tenían que seguir, las encontrarían si se detenían.
—Sertia tenemos que seguir —. Sin embargo, los animales se detuvieron agotados como ellas, bajó de Nevado para seguir a su hermana hasta el refugio de las ramas, los calambres en sus piernas le humedecieron los ojos, pese a eso, estaba demasiado cansada para cumplir con su deseo y llorar hasta quedarse dormida.
Eres una sombra.
Lo era, su cuerpo resistía ante todo, su mente entrenada la hizo inspeccionar sus alrededores mas su alma estaba conmocionada. La nieve que se juntaba sucia entre las raíces de los árboles le recordaban la mirada de Jon Snow y la joven añoró con todas las fuerzas que le quedaban vivir de nuevo aquel momento, abrazarlo con rareza, oler su aroma a invierno y muros de Invernalia. Quería pasar su mano por aquellos rizos recién cortados, la barba incipiente en sus mejillas y rozar con sus dedos sus labios tristes. Quería sumergirse en esa melancolía que le inspiraba todo, sentirla suya y decírselo, ser parte de él, dentro de él y rodeándolo, tanto lo quería que le dolía el pecho de imaginarlo. Debía estar pensando en su hermana y en cómo escapar de todo, pero los ojos de Jon volvían mientras se escabullía en el tronco de un árbol majestuoso.
"Puedo dormir un poco" pensó empero no dejó que el sueño la venciera, sin importar el calor que subía por sus muslos, había frío en su corazón; miedo y culpa que se mezclaban en su mente. "Debí orar por ellos, por sus vidas entregadas a la muerte" más de nada le serviría, ellos estaban muertos y ellas huían.
Sertia durmió hasta entrada la mañana, ella quiso andar de inmediato pero Nevado y Bayo se negaron a moverse, su hermana los alimentó con la avena que quedaba y los acercó a un estanque de agua clara a unos metros del sitio donde durmieron.
—Voy a darme un baño —. Le dijo, la castaña no se negó porque traía puesto el vestido ensangrentado y hasta ella se sentía incómoda al mirarlo.
—¿Quieres darte uno? —. Preguntó al mismo tiempo que se despojaba de la ropa.
—Cuando termines —. Regresó sobre sus pasos con Gēlenka bien sujeta en su espalda y reviso el perímetro dos veces antes de enfrascarse en los mapas, debían estar cerca de Torre derruida, detrás o delante no estaba segura, en la huida se habían adentrado demasiado en el bosque muy al oeste. Habían retornado al este la noche anterior pero no estaban cerca del camino real, tenían que seguir moviéndose hacía norte hasta topar con las montañas y seguir por las faldas hasta pasar el lago largo y cruzar al este.
Sonaba bien en su mente, aunque también había sonado bien dos días antes… antes de que pusieran un precio por sus cabezas. "Unos venados" había dicho el hombre, unos venados por hundir ese cuchillo mugriento en su corazón y asfixiar a su hermana. ¿Cuántos serían? ¿Dos, tres, cinco, cien, mil? ¿Todos los venados que Roca Casterly poseía? La cabeza le palpitaba con violencia y también la cicatriz, le quemaba como ácido cayendo por su mejilla, a ese dolor estaba acostumbrada; era su pena, su castigo, su recuerdo y su caricia para siempre. El sol bañaba las tierras agrestes del norte y en las praderas libres de árboles, que aparecían de cuando en cuando, corría un viento frío.
Estaban, quizá, demasiado lejos de Torre derruida, bien, ahí en medio de la espesura ¿Quién las encontraría? Ni todos los venados de Casterly. Volvió al estanque y se quedó congelada, Sertia estaba sentada en el borde, tenía puesta una túnica de lana gruesa sin pintar y se aplicaba con las manos un líquido oscuro como tinta en el cabello, sus mechones ahora negros corrían húmedos por su espalda manchando todo a su paso.
—Pero ¿Qué hiciste? —.
—Buscan a una rubia, no a mí —. Respondió sonriendo, se lavó y el agua negra que escurrió por sus hombros le recordó el paisaje en Desembarco del Rey. Cuando terminó se quitó la túnica y cubrió con ella las largas tiras oscuros de cabello, la castaña le ayudó a vestirse con su traje café grueso. Mirla se desprendió de su ropa negra para bañarse, pero no dejaba de mirar a su hermana, el agua estaba fría; reconfortante para sus músculos doloridos y sus muslos hinchados, además el frío le recordaba a Jon, podía soportarlo.
—Casi nos parecemos —. Comentó antes de hundir la cabeza y restregarse con fuerza para limpiarse del polvo, la sangre de algunos días y el olor a establo. Cuando salió su cabello flotaba alrededor de ella como una aureola castaña oscura, casi igual a la de su hermana. Y tenía razón, con ese tono era más fácil ignorar los detalles que las hacían tan diferentes y concentrarse en las similitudes; la forma delicada de la nariz, los pómulos altos, la línea fina de la mandíbula, los ojos seguían siendo diferentes; vivarachos verdes como fuego en Sertia y tórridos castaños en Mirla.
Sertia le ayudó a vestirse con nuevas piezas de su traje sombra y a lavar las sucias de lodo y sangre, de su vestido poco podía hacerse así que lo ocultó en el tronco hueco de un árbol donde nadie podría encontrarlo hasta la primavera. Limpia se sentía como nueva, capaz de enfrentarse a todos los que interpusiera en su camino, salieron hasta la pradera y siguieron el camino a pie con Nevado y Bayo siguiéndolas a paso lento. El sol bañó el nuevo tono de su hermana y desprendió brillos oscuros al igual que su bastón de acero negro, un misterio de luminosidad donde solo había oscuridad y le agradó. Ella también tendría que hacer algo para ocultarse, usar otra ropa y vendar su rostro, podía pasar como una campesina herida, del otro lado del prado el bosque volvió a recibirlas.
—Tengo que ir a terreno alto — Le dijo a su hermana mientras se fijaba en un árbol alto y grueso —Desde arriba puedo ver dónde estamos —. Escalar era parte del entrenamiento de cualquier sombra, una cualidad siempre útil para el oficio. De niña la habían obligado a escalar una pared de varios metros que se alzaba antigua en el centro de la ciudad de sombras, llegó a la cima pero no antes de ver a muchos caer, de sentir dolor de sus brazos y sus piernas, de atemorizarse cada vez que sus dedos resbalaban de la superficies lisas. Respirando profundo se impulsó a la primera rama, buscó las que fueran lo suficientemente fuerte para sostenerla y subió sin mirar atrás. El árbol era mucho más alto que sus hermanos y desde la punta el mundo se extendía verde imposible, en el norte al borde del horizonte pintaban unas montañas diminutas, muchos días de viaje, al este y oeste el bosque parecía infinito. El estómago se le hizo nudo con la vista, había un viejo temor apelmazado en sus miembros por el recuerdo de su infancia, pero no era lo que más le preocupaba… tenían que seguir al norte y al topar con las montañas moverse hacia el este aunque les tomarían unos cuatro o cinco días llegar; mucho más de lo planeado.
Siguieron caminando hasta que anocheció, ninguna de las dos quería encender una fogata, pero el frío las obligó a hacerlo, acurrucada en el calor del fuego Mirla pudo dormir profundamente sin sueños. Despertó a la hora del lobo con el amanecer casi sobre las hojas verdosas, dejó a su hermana dormida en los restos de la fogata que avivó y salió en busca de agua. El bosque estaba repleto de estanques grandes o pequeños, algunos tenían agua clara y limpia y otros agua verdosa que olía a enfermedad. Hacia el este se abría un camino natural y la joven lo siguió por un costado con Gēlenka siempre en sus manos, atenta para lo que sucediera. Siguió hasta que escuchó voces, se detuvo para mirar entre dos troncos muertos; seis hombres, tres de ellos vestían negro y los otros harapos que hedían aún en la distancia.
Cuervos.
Hermanos de la guardia de la noche, ni bueno ni malo, pensó Mirla. Pero estaban a la orilla de un estanque y ellas ya no tenían agua, aún llevaba puesto su traje de sombra, encima su abrigo de tela áspera, se sujetó el cabello en una coleta baja y se colocó la capucha para cubrirse el rostro.
Los hombres se giraron a verla cuando salió de los árboles, llevaba a Gēlenka en sus manos como bastón y sabía que podía enfrentarse a todos ellos de ser necesario, aunque los cuervos cargaban espadas largas en la cintura.
—Miren nada más, un visitante —. Uno de ellos dejó el cuenco de comida en el suelo para recibirla.
—Vengo por agua —. Les dijo acercándose al estanque con el cuero.
—Quizá la prefieras hervida —. Le comentó otro cuervo señalando la olla que descansaba en las brasas.
—Vamos chico, sírvete —. Otro cuervo se alejó del grupo para orinar en los arbustos de donde Mirla había salido. Bien, que la vieran como a un chico, le darían menos problemas. La sombra se acercó a la olla y la ladeó para dejar caer el agua limpia en su cuero, los caballos también necesitarían agua pero no podría llevarles de esta, tendrían que esperar hasta estar alejados. Cuando levantó la vista el hombre que comía la miró fijamente, la capucha dejó al descubierto su mejilla marcada y los ojos oscuros del cuervo siguieron la cicatriz con escrutinio morboso, Mirla se encogió en el abrigo intentando ocultarla de nuevo.
—No es necesario chico — El cuervo se acercó a la olla con un cuenco de madera —Todos tenemos cicatrices —.
"No como la mía, jamás como la mía"
—Sabes, hace unos días encontramos a unos hombres por el camino real, buscaban a alguien con una mejilla marcada… una sombra —. El corazón se le detuvo, alzó el rostro para mirarlo de frente, sus movimientos, sus manos y la empuñadura de su espada. "Si intenta hacer algo tendré que golpearlo" los otros dos cuervos también se giraron para mirarla, volvió sentir el escalofrío y la voz de su padre retumbó en su mente.
No puedes cambiar lo que eres, siempre van a perseguirte, todos.
Sabía que si intentaban tomarla tendría que hacerse cargo de ellos, de todos, incluso de los harapientos que comían en la esquina. Respiró profundo esperando el momento preciso, deja que ellos vengan a ti de ser posible, el ataque es otra manera de debilidad. Pero los cuervos no atacaron, se quedaron en sus lugares comiendo de sus cuencos sin la menor intención de hacer algo en su contra.
—La guardia de la noche recibe a todos, limpia a los hombres de sus crímenes —.
"¿A una chica también?" pero en ese momento no era una mujer sino un chico sombra perdido, con los ojos marrones grandes llenos de dudas; ojos de niño.
Pensó en todos a los que había enviado con su maestra, el chico de la graduación, los hombres y mujeres que susurraron para ella, el encargado de los canales, el capitán de la nave, los dos pajes en Antigua, más en Desembarco del Rey, más en el camino al norte, cuatro habían perecido en sus manos y su viaje al sur apenas empezaba ¿Cuándo iba a terminarse? ¿Cuándo retrocedería la muerte y la dejaría libre? ¿Cuántos más hasta que estuviera satisfecha?
En su mente gritaba la voz de su padre, condenándola a su destino, siempre, una sombra es una sombra eternamente. Entonces Mirla no tendría paz jamás, sus dedos estarían siempre cubiertos de sangre y Gēlenka estaría atada en sus manos sin descanso, y todos aquellos rostros ¡Oh destino! Todos esos ojos muertos que la miraban desde sus recuerdos, algunos habían pedido misericordia, pero todos, sin excepción, se congestionaban en el miedo de partir y ella siempre cortaba la cuerda.
Sus entrenadores le habían dicho que no era para sí, su maestra necesitaba ser honrada y por eso sus métodos tenían que ser un arte, pero ¿De qué servían sus movimientos preciosos como danzas cuando la luz se terminaba en ellos para siempre? No había nadie que quedará para aplaudir su desempeño, solo muerte, silencio y soledad. La chica sombra se limpió los ojos con el borde la capa, sintiéndose cansada como antes con un peso enorme que la obligaba a ir siempre agachada al acecho de sus enemigos. Su padre, su madre, sus hermanos sombras habían dicho que estaba bien, mas su alma le gritaba que no. Era buena, perfecta, rápida y certera, pero por dentro estaba deshecha. Porque al final nadie había tenido la culpa, solo ella con sus decisiones que la guiaron hasta estar sentada frente a los tres hombres cuervos más harta de huir y matar sin sentido.
"¿Qué valía mi vida?" nada, no menos que la de muchos a los que mató y aun así ellos no existían ¿Con que derecho se inclinaba la balanza de la vida hacia ella? ¿Qué podía ofrecerle al mundo que no fuera dolor y oscuridad? Miró al hombre fijamente y dentro de aquellos ojos negros como su atuendo lo entendió; su hermana nunca estaría a salvo con ella como no lo habían estado los hombres del consejo y sus familias, como el hombre amable que la recibió en Desembarco del Rey o el capitán que las llevó hasta Antigua, todos le habían entregado algo de ellos y al final Mirla, la sombra les había arrebatado el aliento y en su defensa había puesto siempre a Sertia frente a ella, basta. Nunca más, desde ese momento en adelante sería ella y solo ella la que tuviera que lidiar con el castigo de su profesión. Mirla era una sombra y su destino estaba marcado desde su nacimiento, bien pues iba vivirlo.
—¿Incluso asesinar? —. Le preguntó el chico sombra al cuervo con la voz pequeña como un ave de primavera; joven y doliente.
—Eso y mucho peor chico —.
Entonces, pensó, había esperanza, se puso de pie agradeciendo por el agua hervida y antes de entrar en el bosque se giró hacia él de nuevo.
—¿Van al Muro? —.
El Cuervo le sonrió y asintió levemente.
—Estaremos aquí esta noche y seguirnos el camino al amanecer —.
El chico sombra hizo un leve movimiento de cabeza porque entendía lo que eso significaba y salió disparada hacia su hermana.
Sertia estaba inclinada sobre la fogata revolviendo un guiso en una vasija de metal, olía a carne y sal como el olor de las playas en su tierra natal, carne, sal y fuego.
—Lo hice con lo que quedaba de carne seca —. Le sonrió cuando se sentó a su lado y bebió del cuero recién traído.
—Me encontré con unos cuervos —. Su hermana la miró buscando cualquier rastro de malas noticias en su aspecto, solo ella podía leerla de aquella manera, un libro abierto que se le ofrecía en la cara y los ojos.
—Bueno —. Comentó, debió haberlo visto en el brillo tranquilo del marrón, nada había pasado.
—Me dieron agua hervida —. Se sentó a su lado retorciendo el borde de la capa entre los dedos… tal vez pensó todo demasiado rápido ¿Y si Sertia no aceptaba? Le inspeccionó las pupilas verdes del mismo tono de los árboles que las rodeaban, los labios firmes, la frente alta y la nariz pequeña. El color del cabello había realzado otros atributos en ella, la piel cálida del rubio había desaparecido y en cambio una tonalidad pálida de mejillas sonrojadas cubría su aspecto, se había recortado un buen tramo de mechones dorados que descansaba en una bolsa de cuero y le llegaba ahora debajo de los hombros, una auténtica norteña sin parecido con la casi Lannister que estarían buscando… pero ¿Y Mirla? Aún si pudiera aclarar su cabello, oscurecer su piel o cambiar de atuendo su cicatriz estaría siempre a la vista de todos mucho más complicado de ocultar.
—Mirla — Su mano delicada cubrió las suyas —Si quieres decir algo dilo —. El tono era fuerte, pero en la bruma de agua salada que cubrió sus ojos se dispersaron sus dudas. "Ella sabe, sabe que voy a pedirle porque siempre hemos sido una y no dos" no sé había dado cuenta que estaba llorando hasta Sertia secó la humedad con la manga de su vestido.
—Te quiero tanto —. Su voz era un canto susurrado, un suelo que se rompía en mil pedazos con cada paso que dieran. "Íbamos a ser felices, pensó, íbamos a alejarnos del consejo y los militantes y buscar refugio juntas, siempre juntas" pero sus caminos habían llegado a una encrucijada.
—Mirla, yo te amo siempre, a donde vayas, en donde vivas y como mueras siempre ¿Recuerdas? —. Gimoteó como una niña pequeña sosteniéndole las mejillas con las la punta de los dedos.
—No —. Negó hasta que los dedos de su hermana se desprendieron de su rostro. —No, no como muera, tú eres mi único motivo Sertia, siempre, pero no en la muerte —.
—No Mirla, por favor no —. Pero era demasiado tarde, se aferró con todas sus fuerzas a ella; con los brazos y el alma entera, cuando la muerte la visitó de niña en ese oscuro granero, con los pies encadenados y el cuerpo débil por el hambre y el sueño fue el nombre de su hermana lo que susurró en su oído, no la gloria que su padre le había prometido o el deseo de satisfacer a su maestra, era la vida en aquella niña rubia que la consolaba y le decía cuán amada era lo que la salvó y ahora iba a salvarla del peligro que una sombra representaba.
No puedes cambiar lo que eres, siempre van a perseguirte, pero a Sertia no y eso le bastaba.
—Vas a vivir, regresa en una caravana al sur, nadie se dará cuenta, ve a Dorne y vive, por mí hermana, vive —. Ya no lloraba, no era necesario; había dolido huir y dejar todo lo que conocía, había dolido su entrenamiento, había dolido su vida, pero nada como esto. No existían lágrimas que expresarán lo que ocurría en su interior, una niña castaña repleta de heridas le rogaba que no se separara de su hermana y otra niña de mirada fría no hablaba, pero sabía que era lo mejor. "Nunca estará a salvo conmigo"
—No, no —. Sus quejas se hicieron fútiles, estaba decidido y ella también lo sabía, se abrazaron un rato más hasta que la tarde bajó y el viento del anochecer les revolvió el cabello, no tenían hambre, pero comieron, encontraron un estanque al oeste y después de lavarse Sertia le trenzó el cabello en dos, la daga estaba lo suficientemente afilada para resbalar por las hebras castañas como mantequilla y en un abrir y cerrar de ojos descansaban en su regazo. Mirla nunca había tenido una melena maravillosa, su cabello era lacio y simple, sin volumen en comparación con su hermana y la visión de las dos trenzas delgadas separadas de si le dieron una tranquilidad desconocida. Había sombras femeninas que se rasuraban completamente antes de graduarse, otras lo quemaban con baños de fuego, las que lo dejaban largo lo usaban para seducir a sus víctimas antes de la muerte, para ella no era ni uno ni otro, dejaba su cabello largo para que su hermana pudiera cepillarlo.
Ahora su hermana estaría lejos, tenía todo el sentido deshacerse de sus trenzas también.
—Mira — Volteó el cuello para verla —Te dejo el mío y me llevo el tuyo —. Sertia había guardado una trenza de hebras doradas en la caja del bálsamo, el pecho se le contrajo con la sola visión, su tesoro; Jon y su hermana en una cajita de madera y un mechón de cabello. Después tomó las trenzas que descansaban en su regazo y las envolvió en el pañuelo de tela negra que cubría la caja, las ató fuertemente y las guardó en un bolsillo interior del vestido.
—Siempre —. Le susurró y esa noche durmió aferrada a la caja.
