Muros y cuervos

Como en medio de un desierto
me puse a clamar;
y miré el sol como un muerto
y me eché a llorar.

-Rubén Darío, ¡Eheu!

El castillo negro era una mancha pequeñísima frente al muro, un punto oscuro ante el gris azulado que dominaba el horizonte. Desde que dejaron atrás las escarpadas montañas y bosques del norte para dejar a la vista la llanura donde dominaba el muro, Mirla se había repetido una y otra vez el rostro de su hermana lloroso, con el cabello oscuro y las manos temblorosas. Ese momento se repetía sin cesar mientras sus dedos acariciaban la cajita de madera escondida entre sus ropas, no dejaba de mirarla a pesar de moverse con los demás, de atender los llamados, de comer, de dormir y de seguir, seguir y seguir. Seguía moviéndose detrás de los hombres de la guardia de la noche porque si se detenía, aunque fuera un instante, esa Sertia de sus recuerdos la arrastraría de camino al sur, de camino a ponerla en peligro y de enfrentarse a todo aquello que se pusiera en su camino.

¿Qué tan grande sería el castigo por matar a un miembro de la familia real y a su guardia? ¿Qué tan grande sería el pecado de llevar a dos hermanos a la tumba? Mirla sabía que si lo pensaba más de lo debido iba a llegar a la conclusión de que no era tan malo, había enfrentado antes los demonios de su tierra y había salido con vida.

Sacudió la cabeza y se concentró en el camino, venían bajando por la misma cuesta desde hacía dos días. No había más montañas a la vista y la llanura fría se expandía debajo igual de helada que el muro que la custodiaba, en algunos lados con esporádicos verdores como el azul y el negro manchaban el gris.

No era una buena combinación, se dijo, Sertia había ocupado su pensamiento casi cada momento de su día, pero aquel otro recuerdo, un recuerdo de gris y negro, se le metía en los instantes antes de dormir o en sus momentos de contemplación. Unos ojos tristes que la miraban con lástima y le ofrecían un baño de algo extraño, algo que ni su hermana le podía ofrecer. Y eso le asustaba, le aterraba porque había perdido a su única compañera y confidente verdadera, habían jurado estar juntas ante todo lo que se enfrentara a ellas y al final se habían separado, quizá para siempre… y en lugar de tener eternamente presente ese momento final, pensaba en él. Se maldecía cada noche por hacerlo y sin embargo cada noche, ante la incertidumbre del futuro, el dolor y el peso de su pasado se encontraba de nuevo refugiándose en aquellos ojos, en aquella mirada.

Los hombres de negro se detuvieron un momento, la sombra aprovechó para observar lo que pasaba, dos de ellos se quedaron cerca y uno salió disparado hacía el camino, llevaba una sola bolsa no muy pesada y un pergamino en la mano. Debía ser el escogido para anunciar su llegada, preparar a todos, ya se lo imaginaba "Una sombra se ha unido a la guardia, ¡Una sombra!" pero tal vez eso era tener un opinión muy alzada de sí misma, quizá nadie la tomaría en cuenta y si tenía suerte podía mezclarse entre la escoria que llevaban. Los otros tres hombres no se habían acercado a ella en todo el camino, pero sentía sus miradas, las mismas que siempre le habían perseguido, a pesar de eso Mirla estaba agradecida. Estaba profundamente agradecida por el miedo que podía inspirar su apariencia, miedo significaba estar segura y sola, los cuervos eran menos temerosos, más desconfiados, pero ellos no dudaban en acercarse a ella para invitarle a comer, a tomar unos cuantos tragos de cerveza agría u ordenarle que hiciera esto y aquello.

Después de otra pausa siguieron la marcha. Un pie tras otro y su mente volvía a mostrarle a Sertia, ojos llorosos y manos temblorosas, el cabello negro, los labios secos casi blancos, dolor, dolor infinito que le atravesaba cada parte de su cuerpo y más allá, le ahogaba el alma entera y ni siquiera el fuego tirante de la cicatriz la distraía. Un paso, un paso y más ojos verdes que la miraban destrozados, algunas veces, como ésta especialmente, cuando nadie hablaba, ni había que levantar un campamento o comer, Mirla pensaba que se echaría a llorar, que las lágrimas brotarían sin detenerse, un rio que duraría eternamente hasta convertirse en un océano, pero no, las lágrimas jamás venían. Solo había vacío en su interior, un agonizante dolor callado, seco, que la obligaba a seguir caminando. Mirar el horizonte helado y pensar que aquí estaba, este era el momento para el que había sido entrenada, esta tortura que sus entrenadores, su padre, sus hermanos sombras, todos intentaron salvarla. Esos lazos de amor sanguíneo que eran antinaturales entre los suyos, lazos que la mantenían entera mientras sus pies se movían, sus sentidos apagados, su cicatriz quemándole, recriminándole la atención que le había negado durante las últimas semanas de noches frías y días oscuros.

Estaba sola, pero Sertia estaba a salvo.

Así que caminaba, cuidándose de los tres hombres sucios que les seguían, complaciendo en silencio a los hombres de la guardia y tratando de contener las ansías que le quemaban. Ansías de salir corriendo, dirigirse al sur y buscar a su hermana entre las rocas y la arena. Ansias de llegar a Desembarco del rey y matar a la reina, a su hermano, a todos los Lannister que vivían en Poniente para que Sertia estuviera a salvo.

Mirla seguía, paso y paso hasta que esos sueños de sangre, lagunas verdes, arenas blancas y ojos llorosos se desvanecía en tonos grises, un invierno suave que le regalaba una mirada cálida, una esperanza, un recuerdo de nieve clara.

Sertia, Jon, Sertia, Jon, Sertia, Jon.

Paso, mirada, paso, mirada, paso, mirada.

"Así debe ser el infierno" pensó "Ese infierno en el que creen los hombres, un infierno que se repite sin cesar para drenar tu alma"

La cuesta comenzó a perder altura, poco a poco aquellas manchas de verdor se convirtieron en bosquecillos y el muro se alzó más grande que todo, un enorme bloque de hielo que recortaba el paisaje y tan alto que parecía volverse cielo en algún punto. Mirla lo siguió con la mirada hasta donde fue capaz, después se concentró en el camino, en la tierra húmeda, en algunos puntos congelada que la recibía con un sonido acuoso al que podía acostumbrarse.

La puerta del castillo negro estaba abierta, varios hombres entraban y salían todos ocupados, concentrados, sin humor de mirarla, sin humor de clavar sus ojos en otro chico más.

Mirla respiró en paz, el negro siempre le había quedado bien.

—O—

—¡Myr! ¡Golpéalo, maldita sea! —. El chico sombra se movió rápidamente en el patio de entrenamiento, tenía una espada de acero sin afilar en la mano, demasiado pesada para servir como ejemplo de una pelea verdadera, pero podía manejarla. Su oponente llevaba en el castillo tres semanas más que él, sin embargo, no era tan bueno, nadie era tan bueno.

El chico sintió el peso de la espada inútil y esperó a que Kalt se acercara lo suficiente. Kalt era robusto, sus golpes eran poderosos y le hacían castañear los dientes, pero era lento, asquerosamente lento, dejaba que las emociones lo dominasen y desprotegía mucho su izquierda cuando buscaba atestar un golpe. Myr se quedó quieto en su lugar, respirando acompasadamente y analizando cada paso de su oponente mientras éste se acercaba, seguro de que esta pelea sería suya. Cuando extendió sus brazos al costado para levantar su arma Myr lo golpeó con el borde de la suya en las costillas, el hombre se inclinó de dolor soltando la espada y el chico sombra lo golpeó con la bota en la espalda, lo suficientemente fuerte para derribarlo, pero sin hacerle daño verdadero.

Kalt cayó y esta vez no intentó levantarse, el chico se acercó hacia él dejando el que el arma cayera también, la pelea había terminado.

—Intenta atacar más rápido — Le susurró —y no descuides tu costado planeando un golpe, brazos cerca Kalt, brazos cerca —. El hombre asintió mientras se ponía de pie, sin decir una palabra se alejó con los gritos de Ser Alliser Thorne para despedirle.

—¡Ey chico! ¡Esta vez te tardaste! —. Thorne se acercó para palmearle la espalda como llevaba haciendo desde su primera victoria. El chico ni siquiera lo consideraba, en otro tiempo, en otra vida, aquello habría un insulto, ahora tener a alguien como Thorne de su lado le traía muchos privilegios, golpear uno que otro rostro era uno de ellos.

—Vamos a cenar, mañana quiero que estés presente para recibir a los nuevos, vamos a darles una buena lección —. No esperó a que Myr se pusiera en marcha, esa era la forma en que el hombre actuaba, como si esperara que él correspondiera sin responder. Estaba en lo correcto, de sus labios no había salido un solo reclamo, hacía lo que tenía que hacer.

Lo siguió al comedor, donde la mayoría ya estaban sentados disfrutando un platillo de Hobb. Olía a rancio, sudor y ese horrible hedor que provenía de la cocina. Myr se dirigió a su sitio, no tenía hambre, pero una sombra siempre debía comer si había la oportunidad. Se sirvió de un cuenco que reposaba en la mesa y se sentó en silencio entre las sombras. Thorne estaba del otro lado del salón, el chico había soportado una noche en su compañía mientras comían, fue algo así como una mascota, algo que el hombre podía presumirles a los demás, una sombra domesticada, lista para obedecer cada orden. Le había dado asco, quizá porque le recordaba algo, a otro hombre, en otra vida, Myr sacudió la cabeza llevándose una cucharada de algo pastoso y marrón a la boca para masticarlo y tragarlo sin registrar su sabor, su vida pasada no existía aquí, aquí era Myr, una sombra retirada, próximo a unirse a la guardia de la noche y favorito del maestro de armas, quien le dejaba golpear a los nuevos reclutas.

Así de simple.

Se terminó la comida y esperó a que la sensación de asco desapareciera de su garganta para servirse nuevamente, un par chicos, algunos años más grandes que él, lo miraron fijamente y les devolvió la mirada, aquí era libre de mirar a quien fuera, de retarlos, de amedrentarlos, nadie iba a enfrentarse a él, era demasiado bueno, demasiado peligroso, demasiado preferido. Estaba a la mitad de su segunda porción cuando Kalt entró en el salón, a pesar de ser tan grande era bueno para desaparecer, era difícil notarle en una habitación llena, creía que era por su aspecto, algo aburrido y soso que traducía en un rostro cualquiera con una personalidad temblorosa. Kalt se acercó a su mesa y se sirvió del mismo cuenco, sentándose frente a él le saludo con un movimiento de cabeza antes de sumirse en su cena en silencio. El joven apreciaba ese gesto; el silencio y la tranquilidad que el grandulón le transmitía en esos momentos era invaluable.

—Hoy estuviste mejor —. Le comentó dejando su plato a medio terminar, un bol y medio era suficiente para cualquiera.

—Muy lento —. Myr asintió ante su respuesta, seguía siendo lento, pero sus defectos en batalla se reducían con rapidez, era un buen aprendiz que se tomaba en serio cada uno de los consejos que le susurraba siempre después de cada pelea.

—Usa tu fuerza —. Le respondió encogiéndose de hombros cuando sus ojos claros se fijaron en él, una sombra debía pensar siempre en sus propias debilidades y fortalezas, y usarlas a su favor.

—Mañana — Le respondió y siguió con su cena —Tengo patrulla en el muro, pero solo hasta la media noche, puedo dormir, pensar-. Kalt se sirvió por segunda vez y lo terminó tan rápido como el primero, después una tercera y la mitad de una cuarta, para entonces Myr ya se estaba poniendo de pie. No se despidió, no lo creía necesario, grandulón no era su amigo, ¿su aprendiz? Quizá, pero nada más.

Su habitación estaba fría, como todas las noches desde su llegada. Myr se quitó la capa, las botas y el cinturón, pero se dejó la camisa y los pantaloncillos, mientras se preparaba para dormir pensó en su estadía, llevaba dos semanas en el castillo, yendo y viniendo. Golpeando a los nuevos, ayudando en la armería, patrullando el muro, aguantando a Thorne, limpiando, peleando, golpe, golpe. Le gustaba, era una rutina a la que podía acostumbrarse, tareas simples que le iban al pelo porque le traían a la memoria viejas vivencias, la casa de armas, sus entrenadores, todo aquello que permitía se colara a su mente. Había otras cosas en su pasado a las que les negaba la entrada, nombres, identidades, colores y sentimientos, esos los había enterrado en su primera noche, con las estrellas testigos de su vigilia y el creciente miedo de que alguien decidiera entrar a su pequeñísima habitación. Eso estaba muerto, nadie se atrevería a molestarla y si alguien lo hacía Myr se haría cargo de mostrarles quien era y porque debían temerle, había sido simple desde sus primeras pelas. Todos esos novatos, sosteniendo espadas por primera vez, toscos, imbéciles en trajes de cuero negro que apenas si sabían mantenerse de pie por si solos.

El joven se quedó dormido, un instante antes de consumirse en el sueño un par de ojos grises le sonrieron.

Había sido una mala noche, una noche de sueños que traían consigo recuerdos que él prefería olvidar, los nuevos debían llegar temprano, pero la mañana había venido y no había rastro de la caravana que venía desde el sur. Thorne estaba molesto, mas no lo suficiente como para decidir desquitarse con su favorito, en su lugar había formado a los reclutas que iban a tomar su juramento al final del mes para que recibieran su golpiza del día. Myr era mucho más avanzado que ellos, algunos de los mayores le predecían un maravilloso futuro como explorador, en fin, para él aquello era simple, miraba a sus oponentes, los analizaba, los dejaba avanzar, atacar, tirar el primer golpe y después los dejaba en el suelo, ese día no fue diferente. Ser Alliser se encargó de gritarles sus errores mientras el joven se paseaba por la armería, afiló espadas que nadie nunca usaba, preparó flechas que nadie disparaba e incluso se dedicó a reparar una de sus botas sombra, colocando el metal de la punta que se había soltado en el entrenamiento. El día pasó tan rápido como cualquier otro y de repente se encontraba de nuevo cenando en el gran salón, la misma comida asquerosa de todos los días, aguantando las miradas, gozando del calor humano y del hormigueo de sus músculos. Esa noche no tenía patrulla, ni trabajo, era una noche perfecta para recargarse en la pared de la esquina y dejarse llevar por las conversaciones ajenas.

—Es Benjen— Myr levantó las cejas al oír el nombre y se acercó un poco más a la mesa de al lado —Viene con reclutas nuevos y algún invitado especial, llegarán en la mañana—. Eso explica la tardanza, pensó.

—Malditos sureños, de haber venido solo ya estarían aquí, pero él quería pasearse por Invernalia —.

Myr se dejó caer en el banco, los hombres se callaron para mirarlo, pero el chico no les devolvió la mirada como todos los días; mitad desafiante mitad asesina. No, estaba perdido en un color gris oscuro, en una tristeza de invierno que se le metía en los poros, en un nombre y un momento que no tenía permitido recodarse. Respiró profundo hundiéndose en los olores del comedor, comida rancia, pestilencia de cocina y sudor, esto era su vida, una nueva bocanada de aire denso, salado y la imagen de ojos verdes le devolvieron el aliento, vivía por esos ojos, estaba aquí por esos ojos.

Algunos creían que el chico sombra estaba enamorado, las pocas mujeres que iban y venían de Villa topo le tenían en alta estima, era un joven apuesto a pesar de la cicatriz. Tal vez por la tristeza en su mirada o por la delicadeza de sus facciones, o era el peligro que inspiraba un ser que parecía tan indefenso. En fin, las mujeres lo amaban, por lo que se habían inventado una historia para él, una historia trágica de amor perdido, de rizos guardados como reliquias y de sacrificio, Myr no las contradecía porque esa fantasía era muy cercana a su vida. Respiró una vez sintiendo el torbellino de emociones volverse laxo, ¿qué importaba que un explorador regresara de Invernalia? Estaba seguro que conocía ese nombre, quizá mencionado por alguien en las últimas semanas, no había porque temer, ninguna razón para perder el control. Abrió los ojos para encontrarse en el comedor, se concentró en el calor, en la luz de las velas e intentó quitarse de la mente otros muros, unos muros grises altísimos, los cambió por un solo muro de hielo y se puso de pie.

Las noches no cambiaban aquí, todas eran iguales; heladas y solitarias. Myr se metió en su habitación y atrancó la puerta, lentamente con cuidado se desnudó por completo, sus pechos agradecieron salir de su prisión de vendas al igual que sus caderas, se quitó los moldes de tela de la cintura que le hacían parecer más un chico y los dejó caer en el suelo. No se molestó en juntarlo, ya mañana se haría cargo de preparar su cuerpo, de vestirse con todos los artefactos debajo de las ropas para evitar que las miradas curiosas vagaran por más tiempo del necesario. Estaba segura que si alguien, quien fuera, se molestaba en revisarla de cerca descubrirían su secreto y Mirla no podía permitirlo, no ahora por lo menos.

Su padre le había prometido un viaje al terminar con las lecciones en la casa de las armas, era un premio o un castigo, todo dependía de su prueba final. Mirla esperaba que de ser una recompensa la dejara ir sola, o con Sertia, la mera idea de tener que pasar todo un año a su lado, sin nadie que se interpusiera entre ambos la mareaba. Ella se había esforzado mucho desde su primera marca y esperaba ansiosa para recibir la última, su marca de graduación, pero antes debía enfrentarse su hermano y vencerle, ese era el detalle comprometedor. Era muy buena como sombra, rápida y certera en todos sus movimientos, pero él también lo era, en muchos instantes mejor. Mirla llevaba en sus cicatrices los rastros de otra derrota, una que le sabía amarga por sus acciones y las de su padre, de solo pensar en lo que podía hacerle le corrían escalofríos por todo el cuerpo, por eso entrenaba más de la cuenta, se quedaba hasta tarde, analizaba cada detalle del estilo de pelea de su oponente, buscaba debilidades y peleaba en la seguridad de su granero donde nadie podía verla o espiarla. Su padre veía con agrado todo eso, pero no sabía la razón principal; le temía por supuesto, sin embargo, no era ese temor lo que le inspiraba a levantarse cada mañana y recorrer cada escenario en su mente, cada error o triunfo, no. Era Sertia; su hermana a veces la visitaba en los entrenamientos, no le llevaba nada, no hacía nada, solo la miraba y le sonreía cuando se encontraban el verde y castaño de sus ojos. En una de esas visitas su oponente también se había fijado en la rubia, algo apareció desde el fondo de sus pupilas, un fuego que Mirla desconocía, pero que le traía desconfianza, su hermana no apartó la mirada y sonrió en una mueca que la joven castaña jamás había visto, una mueca muy parecida a la de una chiquilla coqueta. Desde ese momento sabía que tenía que vencerlo, a como diera lugar, tenía que mostrarle que era mejor que él, mucho mejor, que era capaz de hacerlo pedazos de desearlo y lo analizó, todos sus movimientos en todos los instantes que podía, buscando una debilidad, una fractura, un punto débil que atacar, atacar, atacar.

Había vencido, el viaje con su padre fue terrible y al volver, cuando ya los planes horribles de su progenitor estaban en marcha, ese chico sombra había sido de los pocos que prefirieron irse, no quedarse a ver como los líderes de ambas facciones destruían su cultura e historia, se había ido con la frente en alto, una flor a su hermana y un beso que, ella jamás vio, pero sospechaba, Sertia había recibido. No había llegado lejos, apenas unos kilómetros antes de que los hombres de su padre lo detuvieran en el puerto, el chico peleó bien, se llevó unos cuantos entre las piernas antes de que le clavaran la daga en el pecho. Mirla admiraba la tenacidad con la que había defendido sus ideales, con la que se enfrentó a su padre para decirle que lo que hacía era una vergüenza a todo lo que las sombras habían trabajado por conseguir desde siglos. Quizá por eso no le había dicho a Sertia, había dejado que se convirtiera en un recuerdo, un motivo, un bonito rayo de luz que el pasado le regalaba a su hermana.

Mirla pensó en su padre antes de dormir, no en Jon o en Sertia, recordó los momentos fugaces, instantes de felicidad a su lado, cuando le mostraba como usar los brazos para recoger las piletas de agua del molino o a correr por el sendero de regreso a casa, tan rápido como la pendiente le permitía, saltando hasta que tocaba suelo parejo y podía reírse hasta que le dolía el estómago si su alguno de los dos caía en el proceso.

Entre la bruma del cansancio y sueño el rostro de su padre se convirtió en Alliser Thorne y Mirla supo que no podía seguir siendo su favorita.