El pasado siempre vuelve
"Goza cuello, cabello, labio y frente,
Antes que lo que fue en tu edad dorada
Oro, lirio, clavel, cristal luciente,
No sólo en plata o viola troncada
Se vuelva, más tú y ello juntamente
En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada."
-Mientras por competir con tu cabello (fragmento), Luis de Góngora.
El muro lloraba, eran lagrimas como ríos que bajaban en cascadas pequeñas por las grietas del hielo. Myr se había levantado temprano y sorprendió a Kalt mientras bajaba de su turno patrullando desde las alturas, era el tercero esa semana y el chico sombra casi podía sentir el cansancio irradiar de su cuerpo. El grandulón se había sorprendido al verle cerca de la jaula, pero no dijo nada. Se acercó, lo saludó con la cabeza y masculló algo sobre desayunar. Myr aceptó porque no tenía nada que hacer hasta que la caravana llegara con los nuevos, juntos devoraron dos platos de caldo salado y un pan duro que olía a hierbas salvajes.
—Tenías razón ¿sabes? —. El joven levantó la cabeza de su ultimó tazón para mirar al hombre de frente, él lo miraba también y había en sus ojos un brillo amable.
—¿En qué? —.
—En mis ataques, brazos cerca y golpes fuertes —.
Myr sonrió con la boca llena, le gustaba que alguien tomara en cuenta sus consejos. Se encogió de hombros y se puso de pie, si tenía tiempo en los siguientes días se dedicaría a enseñarle todo lo que pudiera a Kalt, un hombre como él; grande y fuerte, podía ser de mucha ayuda si se le entrenaba correctamente.
Juntos salieron a la mañana cálida, su compañero le dirigió un último saludo antes de dirigirse a los dormitorios y él se encaminó a la armería. Alliser Thorne aún no salía, lo que significaba que tenía tiempo de sobra para dedicarse a afilar armas, su bastón sombra estaba escondido en su habitación, debajo de las tablas cerca del muro, ahí estaban mucho más seguro que a la vista de todos. Ahora llevaba consigo una espada, la mejor que pudo encontrar en el castillo, bien balanceada y de buena hechura, desde que la tuvo en sus manos se había dedicado a afilarla todas las mañanas, engrasarla, limpiarla y perfeccionarla. No era acero valyrio, pero era suficiente y con eso le bastaba.
Cuando se giró para dejar su arma un espada la cautivó, era larga, unos cuantos centímetros más que la suya. Estiró el brazo para tomarla y sentir su peso, también era mucho más pesada que la suya, la hoja era potente e incluso con la apariencia desgastada se veía que resistiría. Paso su pulgar por el filo, con un poco de presión sintió la punzada de la cortada, aún le hacía falta mucho más, tal vez una pulida y listo, estaría perfecta. Myr tomó de nuevo el paño y la grasa, primero había que engrasarla lo suficiente y después pasarla por el afilador, poco a poco el cobre opaco se convirtió en un plateado brillante, el chico pasó el borde de su mano, sin presión alguna le sorprendió la punzada que demostraba su buen trabajo.
—¿Nueva espada chico? —. Bog, uno de los tantos que iban y venían por la armería como él, se acercó para admirar su trabajo.
—No, tengo la mía —. Le respondió señalando su arma en el piso a su lado.
—¿Entonces? Es un muy buen trabajo como para dejarlo aquí —.
Bog le dio una palmada y se sentó en su propio banquillo, ambos trabajaban en reparar lo poco que les llegaba en armamento, casi todo en mal estado, viejo o destruido. Desde su llegada habían tenido que fundir y forjar más de lo que hubiera esperado. El castillo negro, todo el muro en realidad, eran el gran basurero del reino, todo lo que era indeseado o inútil se enviaba a que se congelara lentamente hasta la muerte o el olvido.
Mientras inspeccionaba su trabajo Myr pensó en Kalt, una espada de esta hechura sería buena para él, era pesada y larga lo que compensaba su falta de rapidez y destreza, con una técnica media y una espada como ésta todos podían ser grandes caballeros. Por un momento se le vino a la mente lo inapropiado que era esto, preparar un arma para alguien los haría más que aprendiz y maestro, más que compañeros de turnos o comidas, un detalle así los calificaba como amigos y el chico sombra no estaba seguro de que eso era lo que quería. El grandulón era más cercano a él que todos, pasaban mucho tiempo juntos, no hablaban, pero tenían esa rutina de encontrarse y tratar de aprender uno del otro. Una rutina que le gustaba, quizá porque disfrutaba de la compañía de un hombre sobrio, soso y común.
Una nueva espada no le haría daño, pero evitar que Kalt muriera en cualquier enfrentamiento si terminaba como explorador le pareció más importante.
La mañana aún era joven cuando salió camino al patio de entrenamiento, pensó cuál sería la mejor manera de entregarla, dejarla afuera de su habitación, en las barracas, en el comedor, antes de entrenar o después. Myr bufó, era demasiado complicado y no le gustaba lo complicado, lo mejor sería que se lo diera en cualquier momento, sin darle mucha importancia, que Kalt viera lo poco que le importaba. Antes de cruzar el patio hacía los dormitorios uno de los vigías bajó los peldaños de la torre a paso apresurado, el chico sombra no conocía su nombre pero lo había visto ir y venir cerca de Alliser Thorne, si la caravana del sur por fin se dejaba ver tendría que apresurarse a dejar todo en su cuarto antes de volver, Thorne de seguro querría tenerlo ahí cuando llegara el momento de demostrarle a los nuevos lo inútiles que eran y lo mucho que sufrirían en los entrenamientos futuros. Myr apuró sus pasos, dejó la espada de Kalt en debajo de su cama y tomó una banda de cuero larga que usaba para pelear con algunos de los nuevos. Cuando regresó al patio la comitiva ya estaba formada, algunos hombres que reconocía, otros curiosos y Ser Alliser Thorne en medio de ellos, el paje del Lord Comandante también estaba ahí. La sombra dentro de sí distinguió en sus semblantes el espectro de algo mucho más importante, algo que iba más allá de nuevos reclutas. Se apresuró a llegar junto con el maestro de armas y ponerse a su lado como un perro obediente, Thorne le miró complacido y le palmeó la espalda.
—Vamos a darles una buena lección muchacho —. Myr se limitó a asentir sin mirarlo, concentrado en el movimiento de los demás a su alrededor. Sus dudas se vieron contestadas cuando el Lord Comandante Mormont apareció entre todos ellos, se veía imponente a pesar de su cabello blanco y su cara cubierta de canas, caminaba a paso lento y se situó frente a todos ellos. Era una partida de bienvenida, la mejor que el castillo negro podía dar y eso le puso nervioso, respiró profundo y aprovechó la distracción que generó la presencia del comandante para retirarse al fondo de la comitiva. Atrás se sentía mucho más seguro y preparado para lo que se viniera encima.
Los minutos pasaron lentamente mientras los otros se acomodaban en sus puestos y el comandante gritaba instrucciones a los curiosos que se quedaban mirando demasiado tiempo. Después la caravana apareció entre el bullicio de los edificios de madera oscura y los hombres que aún caminaban por el camino principal llevando y trayendo cosas. Un hombre alto en un caballo norteño estaba al frente. Llevaba solo negro con una capa pesada que colgaba de sus hombros como si no pesara nada, Myr se fijó en su rostro y algo pequeño como una chispa se encendió en su mente… lo había visto, pero no recordaba donde.
Detrás de él aparecieron otros dos hombres de la guardia en caballos y ropas similares, entonces su pesadilla comenzó. Un par de caballeros en capas rojas y doradas entraron sobre sementales sureños, pequeños y delgados que parecían no poder más con el peso que cargaban. Un miedo helado se le metió en los huesos, era un hielo diferente al que dominaba en el muro, este miedo era viejo, una advertencia de sus días como sombra que le perseguían en todo momento. Un instante y se sintió como otra persona, alguien con otro pasado, otra vida que se le metía por las fosas nasales cada vez que respiraba. El olor del castillo cambiaba a sangre, sangre, venganza y miedo por alguien más no por ell... él. Podía escuchar los latidos de su corazón; latidos acompasados que se entremezclaban con su identidad.
Mirar, analizar, si quería escapar ahora no era el momento, tenía que esperar, esperar a que el camino principal se vaciara y que su presencia no llamara tanto la atención. Se acercó más a la caballeriza, debajo del tejado las sombras la protegían y podía mirar todo sin que nadie le viera. Un vistazo le demostró que Alliser Thorne estaba demasiado ocupado con los hombres a su lado que prácticamente no prestaba atención a su ausencia. Creía, quizá, que él estaría ahí, esperando a que ladrara sus órdenes para cumplirlas de inmediato.
Dirigió la vista a la caravana que seguía avanzando a paso lento, detrás de los dos leones otro caballo, norteño esta vez, apareció. Sobre él montaba un hombre pequeño, del tamaño de un niño. Myr maldijo entre dientes al destino, su maestra no se cansaba de ponerle pruebas, de tentarlo, de arruinarle cada oportunidad que tenía para vivir una vida relativamente normal. Tenía que estar ciego para no reconocerlo, ese hombre pequeño que les habría ofrecido un pasaje seguro al sur. Un pasaje que su hermana debía estar usando en este momento para escapar de aquellos leones hambrientos que se habían soltado tras ellas.
Myr sintió el tirón de la cicatriz como nunca en las últimas semanas, advirtiéndole y aconsejándole. Debía salir de ahí tan rápido como pudiera.
Quizá, pensó, la reina había enviado a su hermano a terminar con su vida, tal vez —oh no, por favor, que no sea así— su hermana ya estaba muerta. El chico sombra respira profundamente, se vuelve uno con la oscuridad que le rodea. El frío terrible del norte y del muro se aleja lentamente mientras su marca le infunde calor y fuego. Si vienen por ella no temerá, no se agachará de miedo como la chica en Invernalia, los matará a todos antes de que lleguen siquiera a acercarse. Es todo venganza, muerte y sangre hasta que la caravana avanza, varios hombres a pie que a los que Myr ni siquiera toma importancia, y alguien más aparece montado en un caballo norteño. En ese momento todo desaparece, se funde en un color inmaterial, en una sensación de invierno gris oscuro, terriblemente triste, sólo y hermoso.
Es entonces que su corazón se descontrola, se le nubla la vista y la piel le hormiguea con un fuego distinto.
Un fuego que descendió a su vientre y la transformó. Myr desapareció, su farsa, su nombre, sus ganas y en cambio surgió Mirla. No la sombra asesina que esperaba con ansias la venganza. No, surgió la chica joven, la que sintió que el corazón se le atrancó en la garganta y que le faltaba el aire cuando miró a Jon entrar en el patio de entrenamiento. Tenía la barba crecida, los ojos titubeantes mirando en todas direcciones. Ojos repletos de esa extraña melancolía que le llenaban el alma de unas ganas de llorar incontrolables, de olvidarse de todos los que la rodeaban: los leones, el hermano de la reina, los hombres de la guardia. Ganas de correr hacia él y fundirse en ese abrazo incomodo que perdió la última vez. Mirla cerró los ojos, respiró profundo concentrándose en las sensaciones que le provocaba el ambiente, todo aquello que le pertenecía, que era suyo, de Myr; el chico sombra que se había creado para proteger su sacrificio.
Cuando abrió de nuevo los ojos la caravana se había detenido en medio del patio. Los hombres desmotaron, los tres leones y el hombre que dirigía a todos se dirigieron al comandante, no podía escuchar desde donde estaba, pero todo transcurrió sin problemas. Una gran parte de la comitiva los acompañó hacia la torre donde se encontraban las habitaciones para los invitados importantes. Cuando el patio se despejó de los hombres importantes los demás se dispersaron por todo el castillo, los curiosos volvieron a sus tareas y la voz atronadora de Alliser Thorne llenó el espacio.
—¡Muy bien holgazanes! ¡Sigan a Vilgand para dejar sus cosas en las barracas y vuelvan aquí! —. Mirla sabía que no podiía estar en el mismo lugar que Jon. Sabía muy bien que el castillo negro no es el lugar indicado para estar en ese momento y por eso se escabulló entre los hombres para salir del patio. La jaula estaba vacía en ese momento, algunos novatos como ella se disponían a llenarle de barriles con pedruscos para llevarlos a lo más alto del muro. Sin decir nada Mirla se acercó y comenzó a cargar con ellos, para cuando llevaban diez barriles se sentía de nuevo como Myr, el chico sombra que podía refugiarse en lo más alto del muro, en la cocina, el fondo de la armería, las cabellerizas e incluso en el burdel de Villa topo, donde las mujeres lo tratarían bien y lo dejarían estar ahí para olvidarse de todo por un par de días o una semana entera.
"Puedes hacerlo Myr" pensó, apoyándose en algunos de los sacos antes de que las puertas de la jaula se cerraran. El primer jalón le hizo nudo el estómago como siempre, contuvo las ganas de vomitar mientras subían. Thorne estaría molesto, enfadado en cada mechón de cabello rojizo, pero valía la pena, podía soportar los castigos después.
El muro en la parte más alta era un mundo completamente diferente, desde ahí era cielo y solo cielo, abajo pequeñas criaturas moviéndose como hormigas entre la nieve. Le recordaba al joven Bran. Myr sintió el peso en el vientre volverse más consistente, aunque nada tenía que ver con la altura. Sentía tan lejanos esos momentos y si no fuera por los fantasmas allá en la base del muro, cobijándose en las paredes del castillo negro, pensaría que todo fue un sueño. Un sueño repleto de sensaciones extrañas que había desaparecido en la mañana como desaparecen las brumas de una noche helada. Se pusieron a descargar todo y guardarlo en el pequeño almacén cavado en el hielo. Había solo un chico, mucho más joven que él, que vigilaba el paraje desolado del norte sin parpadear siquiera, parecía tan cansado y pequeño en la punta del mundo que Myr sintió pena. Se acercó y le tocó el hombro para despertarle de ese sueño vigía.
—Baja y descansa, yo me quedo —. El chico asintió como muerto, con el rostro pálido y con ojeras de más de dos noches de guardia. Los otros hombres no se molestaron en hablarle o comentar algo por el cambio, entraron en la jaula y desaparecieron con el sonido chirriante de las cadenas moverse con dificultad por el frío.
Myr se ató la capa para que el viento no le congelara las entrañas y miró el horizonte, la planicie, el bosque encantado y más allá un borrón de montañas blancas que se fundían con el cielo nublado. Pensó en Jon Snow abajo, tan maravillosamente cerca (y tan aterrador). Tenía que concentrarse, sin embargo su mente necia se negaba a dejar ir la forma del chico, su cabello rizado y oscuro, mirando todo sin mirar, con ese porte exquisito de la realeza montado en su caballo norteño, hermoso en aquel ambiente desolador de violadores, ladrones, pobres desechos de una sociedad cruel. El único que parecía existir sin mancha en aquel agujero horrible, mucho más honorable que cualquier caballero y más destrozado que cualquier héroe de tragedia. Tenía que concentrarse, en su hermana, en esos ojos verdes, en las razones que tenía para soportar el frío tronador que surcaba el muro, con la mejilla encendida por su marca que le impartía calor antinatural y aquel otro calor que le subía por los muslos para refugiarse en su vientre. No, no debía pensar en ese delicioso sentimiento que Jon le provocaba, lo mejor era ocultarse hasta que todo pasara, hasta que pudiera pensar con claridad e idear un plan para escapar de todo, una vez más.
"¡Pero aquí está!" le gritó esa remota parte de su cuerpo que ha intentado mantener a raya. Esa mujer dentro que se rebelaba ante todos sus planes, se alzó y sacudió su interior como un barco sacudido por las olas, olas grises de invierno que la invitan a hundirse en ellas, a reconocer la calidez de un mar embravecido que clamaba el nombre de Jon. No importa, se dijo, no importa que esté aquí porque también están los leones, esperando agazapados en la nieve.
Esperando que ella se distrajera para atormentarla por siempre, para obligarle a huir y a poner en peligro a su hermana.
Por eso debía luchar, por eso presionó a su alma para que se calme mientras miraba el horizonte y sentía el frío intentando penetrar en el escudo que su cicatriz le concedía.
"Eres una sombra Mirla, piensa como sombra, piensa como Myr, lo estabas haciendo tan bien, tan condenadamente bien"
Cerró los ojos, sintiendo el muro bajo sus pies, alto e impotente, más viejo que cualquier otra cosa en el mundo. La muerte le concedió pensamientos más amargos, ¿Cuántos habían perecido en este muro? Sentía a través del viento, de sus propias emociones y de su marca la respuesta, cientos, miles, todos ellos como un regalo a su maestra que los recibía con los brazos abiertos. El muro era un lugar de magia escondida, profunda, diferente a la que la mantenía caliente en el helado paramo donde se encontraba, pero magia, al fin y al cabo.
Mirla relajó sus músculos, abrió los ojos y vigilo como cualquier sombra lo haría, mientras tanto su mente organizó los datos y las ideas. Tienes que ser una sombra, no más huir de lo que eres. Sí padre, pensó, no más huir de lo que soy.
Nadie había dado aviso sobre una partida de leones buscando por una sombra, de ser así ella se habría enterado desde antes. Las noticias viajaban rápido cuando llegaban al castillo negro y por mucho secretismo que el Lord Comandante presumiera tener ella era una sombra, la mejor de todas, entrenada por el mejor y saber los secretos de los demás era casi tan sencillo como respirar. Su posición privilegiada con Ser Alliser Thorne también le daba ventaja, privilegios que esperaba conservar cuando bajara para analizar lo que sucedía en el castillo. Por lo tanto, no se trataba de ella, cualquier cosa que el hombrecito quisiera hacer aquí nada tenía que ver con ella y podría seguir así si era lo más precavida posible. En cuando a Jon, era prácticamente imposible que él supiera a donde se dirigía. Trajo de nuevo su aspecto a su mente, intentando controlar el latir de su corazón, el chico de ojos grises parecía no tener intenciones de buscarla tampoco. Todo aparentaba no ser más que una confusión; trágica o cómica solo el tiempo diría.
En cuanto a los demás, no los conocía y dudaba que ellos la conocieran. Si tenía suerte, y lo dudaba porque últimamente el destino no se cansaba de hacerla infeliz, solo el pequeñín y Jon sabían quién era. ¿La delatarían? Esa era la pregunta crucial, si querían deshacerse de ella lo mejor que podían hacer era decirles a todos lo que sabían y poner a cada hombre de la guardia en su contra para que terminaran castigándola con la muerte (¿Castigo o salvación?). Mirla tendría que pelear con todo lo que tenía para salir del castillo y encontrar otro lugar en cual estar hasta que Sertia estuviera segura en las tierras del sur. Sería complicado, tal vez no imposible, pero sí cansado (y ella estaba tan malditamente cansada). No obstante, el hombrecillo la había ayudado a escapar de Invernalia, de sus hermanos y Jon se había portado tan amable con ella… ¿Quizá tenía esperanza? Tal vez ellos esperaraban algo de ella, una cosa a cambio de su silencio y Mirla estaba dispuesta a darlo, con el Lannister aquello sería difícil y con el chico… podría simplemente amenazarlo, decirle que tomaría su vida, sus amigos, su lobo huargo o sus labios como pago.
No Mirla, concéntrate.
Las horas pasaron encima del muro con la pasmosa lentitud de alguien que espera la noche con ansia. El aire se volvió tan frío que parecía cortar con cada tirón de viento que soplaba a su alrededor, su cicatriz la mantenía de pie, pero incluso ella sentía el hambre y el cansancio acumularse como sacos pesados en su espalda. Tomó una mejor posición, recostándose en entre las pieles, los sacos y la pequeña lampara que tenían en el almacén, sospechaba que esa sería una mala noche, mas se arremangó las quejas que tenía y dejó que su marca le diera la fuerza que necesitaba. Aquí arriba estaba segura.
El atardecer llegó con fuerza, pinto el cielo de violeta por un momento antes de volverse índigo nocturno. La lámpara iluminó el espacio un poco, a su alrededor reinaba el silencio y la oscuridad, una combinación que le gustaba, se puso de pie para encender las dos antorchas en los pilares por donde subía la jaula, después volvió a su lugar e intentó ignorar las punzadas de anticipación y miedo que le picaban las costillas. Se concentró en vigilar, estar atenta, aguantar el viento, el frío y confiar en que su naturaleza de sombra la mantendría caliente. No sabía cuánto tiempo había pasado porque por más que intentara no podía sacarse la imagen de Jon montado en su caballo, aquí, a unos cuantos cientos de metros de donde estaba, rebajado a tal nivel que podía saltar la brecha que los separaba, la tentación era fuerte y requería mucha de su concentración ignorarla. Mirla se maldijo por ser débil, por no pensar en Sertia, en su seguridad y bienestar, y solo tener espacio en su cabeza para esos ojos tristes a los que se moría por alegrar. De repente un sonido agudo llenó la noche, se sobresaltó por un instante antes de darse cuenta que las cadenas de la jaula se movían, alguien subía, el pulso se le aceleró de peor manera, intento respirar el aire helado para despejarse, pero casi podía verlo, con su cabello negro saliendo de la jaula y mirándola de frente, con ¿odio, rencor, asco, lástima o esa calidez de su última noche en Invernalia? Se puso de pie rápidamente, sacudiendo virutas imaginarias de su capa, cuando la puerta de la jaula se abrió se sintió avergonzada de estar tan decepcionada al ver como Kalt salía de ella y la miraba de reojo.
—Sabía que ibas a estar aquí —. Murmuró más para él que para ella, Mirla se relajó al instante y dejo de jugar con sus manos.
Kalt avanzó sin detenerse a su lado para refugiarse en el almacén, se cobijó con las pieles y recargó su cabeza en un saco de piedras.
—¿A qué te refieres? —. Le preguntó acercándose sin sentarse a su lado, no tenía frío y se sentía, por alguna extraña razón, más enfocada que antes.
Kalt abrió los ojos para mirarla, eran azules, tan claros que parecían brillar con el reflejo amarillento de la lampara de aceite. Había en esa mirada algo diferente, algo que le revolvió el estómago y le hizo estar alerta.
"Oh no" pensó "de verdad me agradaba Kalt"
—Pareces mortificado — Mirla se encogió de hombros, no quería seguir viendo esos ojos claros así que se limitó a mirar el horizonte oscuro, tampoco le dió respuesta. El grandulón se agitó entre las mantas para ponerse de pie, mas no acercó a ella —Como sea, Thorne estaba molesto —. Bueno esa era exactamente la reacción que ella esperaba. Qué tanto, le quiso preguntar, pero al girar se encontró de nuevo con esa mirada que parecía conocer todos sus secretos y no tuvo más palabras que salieran de su boca.
Eres débil.
—Estaba rabiando, nos hizo combatir con los nuevos, casi todos son malos excepto uno, el bastardo de un lord — Mirla sintió que el aire se le quedaba congelado en la garganta y volvió a mirar la noche vedada. Ahí dentro, pensó, ahí adentro de esos ojos claros había algo, un secreto que se revelaba y ella de repente se sintió aterrada, no de lo que le pudiera suceder sino de las reacciones, de los sentimientos, del rechazo —Nos dio una paliza a todos, conmigo tardó un poco más, pero no puedo darme el crédito por eso —. La chica sonrió, Myr miró al grandulón de reojo con una expresión traviesa en el rostro y se sorprendió al descubrir que él la miraba igual.
—Brazos cerca —. Kalt cerró los ojos y se sentó en uno de los barriles, parecía más relajado y ella pudo respirar tranquila. —¿Has venido a contarme tus casi victorias? —. Le preguntó con una sonrisa, había un deje de burla en su tono, pero nada violento. El hombre también sonrió, aunque mantenía sus ojos cerrados.
—He venido a decirte que Thorne está molesto contigo, no mucho supongo, estaba rabiando por culpa del bastardo —. La joven se contrajo al escucharlo, sentía que el nombre estaba demasiado cerca, demasiado atado a su interior.
—Mañana espera que le des una golpiza, al menos esa fue su amenaza —. Los ojos de la chica se encogieron mientras dejaba escapar un bufido, de nuevo ahí estaba, siendo el perro de Alliser Thorne.
—Y si en lugar de eso se la doy a él ¿Crees que lo disfrute? —. Kalt soltó una carcajada, era un gesto de amistad que la confundió por un segundo, esa mañana estaba segura de que solo eran compañeros, ahora, en la intimidad de una conversación que ninguno de los dos parecía querer tener antes, sentía que estaba en haciendo lo correcto. Tener alguien era bueno, aunque no pudiera contarle todo lo que le pasaba por la mente, era mucho mejor que combatir sus demonios sola.
—Fue raro —. Le dijo cuando la risa había terminado y el silencio se implantó sin incomodidad entre los dos. Ella lo miró con curiosidad.
—¿Qué? —.
—Que no estuvieras ahí —.
Con una mueca la chica se dejó caer encima de un montón de sacos, no sabía que responder y se sentía perdida ante esos ojos que la escrutaban sin mala intención. Solo tiene curiosidad Mirla, relájate.
—No me gustan las visitas —. Le contestó y el hombre pareció darse por satisfecho porque dejó de mirarla y en su lugar le dirigió aquellos ojos claros al horizonte.
—Gracias —. Mirla se enderezó para poder mirarlo bien, Kalt era tan alto que aún sentado frente a ella parecía dos cabezas más grande.
—¿Por qué? —.
—Por estar aquí —. Ella se encogió de hombros, estaba cómoda en esa posición y podía ver un gran tramo de paisaje, el hombre asintió sin darle importancia y regresó al nido dentro del almacén. Al poco rato estaba dormido y Mirla siguió observando el horizonte, confundida por su relación con Kalt y con el gris bailando en sus recuerdos como la nieve que cae en una mañana triste.
