De cómo sobrevivir a unos ojos grises
"Sin miedo ni esperanza
aguarda el animal la muerte;
cuando a su fin se acerca el hombre,
todo lo espera y todo teme.
Muchas veces ha muerto,
y volvió a alzarse muchas veces.
Asentado en su orgullo el hombre grande
frente a los asesinos, escarnece
las amenazas de cortar su vida;
él conoce la muerte,
la conoce hasta el tuétano. Es el hombre mismo
quien la ha creado y la mantiene."
- William B. Yeats, Muerte.
El patio de entrenamiento estaba vació a esas horas, Mirla había estado evitándolo a cal y sangre por dos días. Kalt le había ayudado un poco, pero sabía que no podía seguir haciéndolo. No solo porque ponía en peligro la integridad del hombre, tres noches seguidas vigilando el muro era demasiado hasta para los más fuertes, sino porque tiene que enfrentarse a lo que sea que se lance contra ella. La noche anterior antes de subir al muro, por ejemplo; al ir a cenar al comedor tarde en la noche cuando ya casi todos habían terminado y solo quedaban sobras frías en la mesa, Alliser Thorne la esperaba.
Estaba sentado en su mesa, con dos de sus allegados mascotas mascullando en voz baja. Apenas entró todos se giraron para verla, sentía sus miradas quemar como brasas ardientes y supo en su corazón que no podría ignorarlos como lo había hecho en las últimas veces. Se había acercado a su mesa, se sirvió y comió en silencio, ni una queja, pero tampoco una invitación.
—Mañana en el patio, temprano ¿Entiendes?—. Thorne escupió las palabras con ácido, pero su "protegido" solo asintió mientras terminaba su cuenco. Al levantarse el maestro de armas la había detenido con un gruñido, algo muy parecido a una orden que le hizo cerrar los puños con fuerza. Si tan solo pudiera golpearlo con la fuerza suficiente para hacerlo callar toda su vida. —Termina la guardia temprano, este irá a remplazarte—. Le dijo señalando a uno de los hombres a su lado, Mirla lo miró y asintió sin más palabras, probablemente era lo mejor, estaba agotada y ni siquiera su marca podía sostenerla por mucho tiempo si se negaba a dormir.
El muro había estado frío como siempre, con esa bienvenida de viento helado que le cortaba las mejillas y le picaba los ojos, en cambio su habitación fue cálida, la recibió con el abrazo de los lugares horribles que nos parecen hermosos después de pasar un tiempo en algún agujero. Se quedó dormida apenas tocó las sabanas y cuando despertó en la mañana, a pesar de seguir cansada, se sintió renovada. Su marca le quemaba agradecida, fuerte y vigorosa. El desayuno la hizo casi olvidarse del encuentro que tendría en un par de horas más con Jon, el comedor estaba vacío porque aún era temprano y solo algunos se sentaban para disfrutar de esa quietud antes de los demás se pusieran en acción. Mirla se quedó en esa quietud, con la espada de Kalt a su lado y estómago propiamente lleno. El grandulón había llegado unos minutos después, tenía más ojeras a causa de los sacrificios nocturnos y algunos mechones de cabello dorado se disparaban en todas direcciones. La chica sonrió y lo saludó con un movimiento de cabeza, invitándolo a sentarse en su mesa y comer avena pastosa a su lado. Kalt aceptó, comió sin decir nada y cuando terminó el primer bol la miró fijamente.
—¿No más escabullirte? —.
—Estás de suerte anciano, no más guardias — Él emitió un sonido de satisfacción mientras se servía un segundo plato. Mirla tomó la espada, envuelta en pieles y correas y la deslizó por la mesa. Antes de que pudiera decir algo se puso de pie; lista para huir —Con eso no vas a terminar en el suelo todo el tiempo —.
No se quedó para ver su reacción, salió disparada por las puertas hacía el destino que la esperaba en el patio de entrenamiento. Con los dedos temblorosos tocó la empuñadura de su espada e intentó tranquilizarse, no importaba si por dentro sentía que el alma se le enredaba en mil nudos distintos, por fuera era Myr la sombra y tenía que sobrevivir. Si para hacerlo había que fingir ser un chico y obedecer las órdenes de Alliser Thorne estaba dispuesta, su padre había sido mucho peor y el sufrimiento de haber tenido que dejar a Sertia hacía que todo pareciese menos.
Se colocó cerca de la armería, donde descansaban las armas que se usaban para entrenar; espadas sin filo, arcos con flechas de punta chata y escudos desgastados que ya habían dado todo en las batallas y solo podían servir para recreaciones. Mirla se sentía cómoda entre esto, le recordaba su propio entrenamiento. Aunque las sombras no usaban armas inútiles porque la primera lección de todo niño en la casa de las armas era a aprender lo que podía hacer un cuchillo, daga o espada y si la usabas mal podías cortarte un dedo o rebanarte alguna parte del cuerpo. Por experiencia todos sus hermanos y hermanas sabían que se tenía que tener cuidado cuando se entrenaba, que las herramientas de la danza debían ser respetadas al igual que respetaban a la muerte. Se recargó en uno de los pilares que sostenían el tejado porque desde ahí tenía la mejor visión del ambiente. Poco a poco el patio comenzó a llenarse de actividad, los nuevos se mezclaron entre los demás que ocupaban ya un espacio para mirar las palizas del día de hoy. Dos hombres de la guardia pasaron a su lado y le sonrieron emocionados. Mirla respiró con fuerza, a veces le sorprendía más de lo debido cómo volaban las noticias en el castillo, aunque lo comprendía ¿Qué más se podía hacer en ese agujero de mierda? ¿Qué era más emocionante que ver pelear a una sombra con ocho o diez novatos? Myr ya era una sensación antes de la llegada de Jon Snow, pero si lo que le dijo Kalt era cierto y él había vencido si problemas por los últimos tres días a todos aquellos que Alliser Thorne le lanzaba encima, entonces ahí tenía a su verdadero rival, un digno oponente que les causaría más emoción a estos pobres ingratos de la había recibido en los últimos meses. Sentía la ansiedad como una creciente de agua helada que le corría por las extremidades y se refugiaba en su vientre, temía que los leones se acercaran, aunque suponía que ellos ya se habían enterado de la sombra que vivía con ellos. Un chico joven, sombra, lo suficientemente bueno para ser el arma de tortura personal del maestro de armas, un ser despreciable y si él le tenía como favorito, ella no quería ni pensar lo que se imaginarían los demás. Seguro que era un asesino a sangre fría, un demente que disfrutaba del dolor ajeno.
Myr cerró los ojos para poder tomar valor de algún lugar en su alma, todo dentro sí estaba deshecho. Cada parte sin sentido se movía inconexa; con temor, nerviosismo y un deje pequeño del calor que le provocaba la mera idea de estar cerca de Jon Snow. Ahí entre todo ese caos lo único que se mantenía inmóvil e impasible era su marca, su legado, su identidad como sombra, de ahí se agarró como pudo, enredo tentáculos imaginarios en aquellos pilares que parecían no conmoverse con nada y abrió los ojos. Inhaló profundo varias veces hasta que pudo sentir la fortaleza impartida por su cicatriz, la mejilla le tiraba de dolor por el fuego que se expandía con cada respiración, sabía lo que venía y de nuevo se encontró temiendo no las acciones sino las reacciones.
¿Cómo la vería Jon? ¿Estaría sorprendido o después de dos días de chismes y comentarios en voz baja estaría preparado para ella? ¿Les diría a todos quien era en medio de la multitud o esperaría para amenazarla cuando nadie estuviera a la vista? Mirla temía los dos resultados, pero solo uno de los dos le ponía los pelos de punta.
Sacudió la cabeza y se concentró en su respiración, en el ir y venir, en analizar cada detalle; las entradas, salidas, huidas que podían estar en su futuro. Después de unos minutos distinguió bien a los novatos, algunos más valerosos que otros se acercaban hacía las armas y pasaban las manos por el filo inexistente de las espadas, pesaban escudos y estiraban arcos. Unos cuantos parecían más experimentados con la caza por la manera en que el arco y la flecha les llamaba, otros no tenían la menor idea de que hacían. Uno de ellos se acercó con más confianza, era alto y tenía una barba de tonos rojizos al igual que su cabello, Mirla distinguió en su porte fuerza, pero sus piernas eran lentas al moverse, sus manos torpes y en el arco de su nariz rota recientemente se le reveló una derrota significativa que quizá le había enseñado a entender sus errores o reforzado. La joven volvió a mirar a los demás y entonces lo vio, venía junto con otro chico, más delgado que caminaba como si costara moverse, la sombra pudo ver una lesión reciente en el costado, quizá en las costillas, pero la chica pronto dejó todo eso ir, nada importaba. Jon estaba ahí, con la mirada baja, un paso cada vez más cerca de verla, de reconocerla entre todos. Myr se pasó la mano por el cabello ahora corto que le recibió con fastidió, no se había interesado por su aspecto en las últimas semanas mas ahora era todo en lo que podía pesar, en sus ojos con ojeras, su piel asquerosamente pálida, sus labios resecos y una nariz rojiza por el frío. El chico de rizos oscuros siguió avanzando sin detenerse, pasó entre algunos de los demás novatos y se detuvo en el filo de gente para esperar que Thorne apareciera.
Debió sentir su mirada, clavada profundamente en él porque levantó la cabeza y buscó el origen de aquella incomodidad. Cuando sus ojos se clavaron en los de ella Mirla sintió que el mundo se derretía, había una guerra de sentimientos, una batalla en su mente que le dejo sin aliento mientras sus ojos grises la analizaban, un instante después se abrieron con la sorpresa del reconocimiento. La chica se volteó rápidamente, evitando el otro escrutinio; el que vendría con él sabiendo quien era. Quería fundirse con la madera en su espalda, volverse invisible y desaparecer, quería, oh muerte, anhelaba que esta fuera una situación diferente; una donde no estuviera huyendo, donde se viera perfecta y como una dama, donde todo su ser le deslumbrara por completo. Pero no, ahí estaba entre todos aquellos infelices, como ella, que esperaban la furia de un hombre que se aprovechaba de su posición, un hombre tan parecido a su padre, tan ruin, tan cruel, tan ella.
Mirla cerró los ojos con furia, contra sí misma, contra el mundo. Inhaló con tanta fuerza como sus pulmones le permitían concentrándose en el olor, pero era imposible porque Jon impregnaba el ambiente con olores tentadores, a bosque, nieve fresca, los manantiales de Invernalia y pelaje de lobo.
Es tu mente, tu propio deseo. Concéntrate ahora.
Su cicatriz vibro con llamas invisibles en su mejilla, tirando con fuerza de aquellas sensaciones que la sucumbían para devolverla a la tierra, a lo que tenía que ser en ese instante: Myr el chico, el obediente perro que ladraba a las órdenes de Thorne. Abrió los ojos fijos en terreno lodoso a sus pies, en la humedad y los charquillos que se formaban por el muro y la nieve, concéntrate Mirla, piensa en las peleas y cómo vas a usar todo esto a tu favor.
—¿Crees que tarde mucho? —. Preguntó uno de los hombres curiosos que esperaban cerca de ella, casi como si lo hubieran invocado la figura de Alliser Thorne surgió de las puertas de la armería, vestía una capa negra gastada y parecía molesto, más que todos los días. Myr casi podía sentirse intimidado, de no ser porque sabía que el hombre nunca se atrevería a hacerle daño (solo la muerte sabía lo que le haría si llegase a hacerlo). Sus ojos azules se clavaron en Jon y transmitieron tal asco que la chica sintió un fuego distinto recorrerle el cuerpo. Después se fijó en ella, ahí, recargada en un poste como si nada pasara, aunque su postura estuviera tensa en ansiedad. Thorne le sonrió con malicia mientras se acercaba para adentrarse al círculo de curiosos y novatos que esperaban la lección de hoy.
—Muy bien holgazanes, vamos a comenzar ¡Tomen sus cosas! —. Mirla se quitó del camino, acercándose a Thorne que se giró para recibirla —Tú te harás cargo de ponerles los pies en la tierra—.
Si hubiera podido habría girado los ojos por lo ridículo que eso sonaba, sin embargo, su mente estaba demasiado perdida en la presencia de Jon, demasiado cerca para que pudiera hacer algo más que intentar parecer tranquila.
Cuando todos volvieron a sus lugares el viejo volvió a mirarle, reconocía ese brillo que saltaba entre los pozos azules, años atrás lo había visto en los ojos de su padre, justo antes de ordenarle hacer algo que sabía no debía. Myr sostuvo su mirada sin inmutarse, aguantando hasta que el hombre la dejó en paz y pudo dirigir la suya de regreso al lodo, no se atrevía a mirar al frente donde seguramente los ojos de Jon la inspeccionaban, pero al pasar los segundos su cuerpo débil que clamaba por la atención del chico se rebeló. Jon no la miraba, sus ojos estaban clavados en Thorne que les daba las instrucciones de lo que debían hacer, ella no existía en ese gris invernal, contrario a lo que pensaba parecía que su presencia no era relevante. Una punzada de dolor le aquejó el pecho ¿Por qué le dolía si lo mejor era que Jon la ignorara? Sabía la respuesta en lo profundo de esa daga que se hundía hasta secar sus pulmones, lo sabía porque no era tonta y podía reconocer que estaba perdida en aquellos vientos de melancolías solitarias que giraban en sus ojos, y seguramente no había nada en sus aburridos ojos marrones que hiciera perderse al chico en ellos.
—¡Ey chico!— Myr enderezó su cuerpo para mirar de frente al hombre que le ordenaba —Ven aquí, quiero que le enseñes a estos inútiles lo que es una pelea—. Suspiró con fuerza una vez más antes de quitarse la capa y desenfundar la espada. Todos los novatos usaban armaduras de cuero que no servían de nada cuando enfrentaban un filo real, pero resistían contra los embates de las armas de entrenamiento. Dejó la suya en el suelo, descansando en las tablas de madera y se movió para tomar la que Thorne le ofrecía. Era larga, con el peso correcto, la hoja estaba marcada y no podría atravesar nada con ella, sin embargo, funcionaría para enseñarles lo que un golpe dolía.
Se colocó en posición, con la espada firme en su mano y las piernas bien plantadas en suelo lodoso.
—Vamos animales ¿Quién quiere ir primero? —. La sombra analizó rostros inseguros, dudosos, que se negaban a tomar un paso al frente, sintió el calor de su cicatriz invadir cada extremidad, sus brazos eran fuertes, su técnica impecable, ninguno de ellos duraría demasiado… excepto quizá él.
—¿Nadie?… bueno, Rast basura ¡Ven aquí! —. Myr consideraba que los gritos eran innecesarios, con solo mirar a su oponente sabía que vencería. Rast, como le había gritado Thorne, era un hombre regordete, no muy alto y con ojos oscuros sin alma. Ella ya había peleado con hombres así antes, sus amenazas siempre duraban más que sus dientes.
—Ya sabes que hacer chico—. Y bien que lo sabía, dejó que la atmosfera de la batalla la rodeara por completo, una sombra es una sombra hasta la muerte. No esperó a que él se pusiera en posición como habría hecho antes, ni siquiera esperó a que sus pies estuvieran quietos en aquel terreno tan engañoso, con un movimiento rápido blandió su espada y lo desarmó, el hombre la miró sorprendido y ella con una sonrisa le golpeó el muslo, cuando dobló su cuerpo debido al dolor lanzó su rodilla contra su cara y su oponente cayó al lodo. Simple, fácil, en un parpadear de ojos.
Thorne soltó una carcajada y se acercó para palmearle el hombro, estaba satisfecho, aunque el rastro de malicia en su mirada no se había desvanecido.
El siguiente fue el chico confianzudo y alto que había visto antes. Mirla lo había analizado correctamente, sus piernas eran lentas, sus manos torpes, él pudo durar un poco más porque sabía dos movimientos para bloquear la espada, pero no era suficiente. La chica usó su codo y lo golpeó en el vientre mientras él se entretenía bloqueando su espada para evitar que llegara a su cuello. Demasiado fácil.
Cuando la sombra levantó la mirada se encontró con un par de ojos grises que la escrutaban, Jon no estaba asustado como los demás, ni parecía entretenido como los hombres curiosos de la guardia que los rodeaban. Parecía analizarla a ella solamente, justo lo que la chica haría con cualquier oponente, debilidades, fortalezas, todo el conjunto para después usarlo. Mirla estaba complacida con ese repentino interés, mucho mejor que la indiferencia anterior.
—Levántate pedazo de basura— Thorne le dijo al chico, Myr tuvo un pequeño rastro de compasión en su cuerpo e intentó acercarse para ayudarle, empero unas manos fuertes y gráciles ganaron su camino, Jon ayudó al chico y lo dejó con los demás, después tomó la espada que descansaba en el suelo y se acercó a ella.
Mirla estaba sorprendida, su cuerpo entero parecía una masa de hormigueos incesantes, una que no le obedecía, que se negaba a dejar de mirarle, en su lugar se hundían en aquellos pozos y pensaban en lo atractivo que se veía con la barba enmarcando su rostro, sus rizos negros como un velo y aquella concentración divina de la que ella era sujeto.
—Bueno Lord Snow, veamos cómo se las apaña—. El veneno que destilaban sus palabras hizo que la rabia le inundara, al igual que cuando el hombrecillo lo había insultado Mirla sintió la necesidad de protegerlo, de ponerse frente a él y golpear a Thorne para evitar que le lastimara.
Jon se acercó dando dos pasos hacía ella, no vaciló, no había duda ni miedo en sus movimientos. Era tan dueño de si como ella no lo era en ese instante, se fundió en la forma de mandíbula, en sus cejas tensas, en ese brillo especial que solía tener cuando golpeaba maniquíes en Invernalia o entrenaba junto a su hermano. El primer golpe la sacó de su ensoñación, Jon era mucho más rápido que sus compañeros, sus estocadas eran lo suficientemente fuertes para que el brazo le vibrara. Mirla cometió el error de mirarlo, sorprendida más consigo misma por no ser capaz de prever el ataque que con él, y de nuevo le ganaron esas sensaciones de chica, ese hormigueo, esa completa ignorancia del peligro.
Jon la golpeó en el vientre con el puño mientras empujaba su espada con la suya, el aire salió expulsado de sus pulmones con un sonido seco y seseante. Él se provecho de la situación como buen guerrero, y con el puño de su arma asestó tal golpe en su mandíbula que el mundo se volvió negro. No sintió el dolor de caída, no pudo siquiera registrarla.
Se sentía humillada, tirada en medio del lodo con el chico observándola desde arriba sin ningún tipo de sentimiento que escapara de sus facciones. Era como ver el muro, helado y distante, tampoco alcanzó a distinguir los gritos de Thorne, eran como chapoteos en aguas lejanas, demasiado lejos de donde ella estaba para poderlos registrar.
Eres una vergüenza, una desgracia para todo lo que te han enseñado, ponte de pie y haz que pague por haberte insultado.
Pero había una herida ahí en su pecho que nada tenía que ver con el dolor de la pelea, era algo profundo que le instaba a rendirse, a cerrar los ojos y dejar que el tiempo pasara sobre ella por cientos de miles de siglos.
Jon se alejó con pasos lentos, no le interesaba que ella siguiera ahí; respirando, avergonzada y derrotada de más maneras de las que él podía comprender. Mirla sabía que no podía dejarlo, debía ponerse de pie y demostrarle quién era. El cielo encima de ella tenía la misma tonalidad de sus ojos, gris oscuro; cargados de nieve o agua, una tormenta que le auguraba un futuro terrible.
El rostro de su padre se le apareció en ese momento, en cada batalla que estaba presente, mirándola, recriminándola y animándola, siempre ahí en la orilla de su visión como un fantasma o un guía. Esta vez estaba decepcionado, pero no derrotado. Jon aún avanzaba con confianza hacía sus cercanos con la espada baja y los brazos laxos, Jon que no había sido criado como sombra sino como caballero creía que un combate debía darse por terminado cuando uno de los dos caía al suelo, pero Mirla sabía más, sabía que toda pelea terminaba cuando uno se rendía o moría, la sombra resurgió de las cenizas.
Myr levantó sus piernas hasta su pecho y se impulsó con los brazos para ponerse de pie, fue un movimiento grácil, una danza de muerte que comenzaba en ese momento para honrar a su maestra. Jon aún estaba de espaldas a ella, tomó la espada del lodazal y dio dos zancadas hasta él, la chica tenía piernas fuertes, entrenadas por días y meses hasta endurecerlas lo suficiente, músculos que llevaban consigo el poder derribar hombres dos o tres veces más grandes que él. Una patada rápida le sorprendió en las costillas y el chico se giró para mirarla con los ojos abiertos, esa expresión de sorpresa de antes con un tono de molestia le pintó las pupilas y ella se encontró sonriendo. Un buen oponente después de todo.
—Nunca le des la espalda a tu enemigo, a menos que estés seguro de que ya no respira—. Los curiosos estaban complacidos con el espectáculo, pero la sombra sentía en sus entrañas la sed de más.
Jon volvió a la posición de defensa, un poco más lento esta vez a causa de la sorpresa. "Puedo sorprenderte mil veces más" pensó mientras esperaba el ataque, mas él era listo y sabía que atacar ahora no era lo indicado, no ahora que Mirla estaba preparada para arremeter. La sombra miró el agarre de la espada, la solidez de su cuerpo y se adelantó, una estocada bien defendida por debajo, una por arriba contrarrestada por una respuesta rápida de parte de su oponente, de costado, bloqueo, izquierda, derecha, solo el sonido de los metales chocando se registraban en su mente. Ella era fuerte y él podía sentirlo, también rápida, casi imposible de detener, lo único que podía hacer era intentar bloquear todo, pero sabía que no aguantaría para siempre. Las espadas chocaron una vez y la chica se acercó lo suficiente, Jon pudo distinguir las ondas castañas de sus ojos brillar con intensidad y supo por primera vez porque todos en Invernalia le advertían que tuviera cuidado con la chica sombra, lo vio en la seguridad que exudaba su cuerpo, aquella fuerza vigorosa que bailaba como fuego en sus pupilas.
—Eres bueno—. Le dijo ella, su aliento cálido chocó contra sus mejillas y él sintió que las manos le temblaban, no iba a durar mucho.
—Tú también—. Le contestó intentando que sus brazos soportaran la presión de la hoja sobre la suya.
Mirla sonrió y empujó con fuerza para hacerlo trastabillar hacía atrás, Jon se lo venía venir, pero aun así le sorprendió la solidez de ese muro que ahora le movía a su antojo, como un viento poderoso que lo hacía temblar sin reparos.
—Tu turno—. La chica tenía una linda sonrisa, una que le ensanchaba las mejillas y dejaba ver unos dientes blancos perfectos, su cicatriz del color del vino parecía tener vida propia, brillando y moviéndose con cada reacción de su rostro, Mirla la sentía tirar de la piel de su mejilla, poderosa e impasible, dándole apoyo en cada fibra de su cuerpo.
Jon afianzó el amarre en la empuñadura de su espada, decidió comenzar por arriba, ella era unos centímetros más baja que él y su defensa podría dejar su brazo cansado, sin embargo, la chica respondió de maravilla, usando estocadas cortas para defenderse en lugar de dejar la espada en una sola posición. Era una decisión inteligente que le ganó respeto a sus ojos, estaba ensimismado en aquellos movimientos que apenas parecían costarle que no previó cuando ella se dejó caer de rodillas. La espada de él ya bajaba con menos fuerza de la necesaria para poder hacerle daño en aquella distancia, ella se acercó a sus piernas, detuvo la estocada y tomó la muñeca que le sostenía con una mano, de haber pensado en que la situación sería así Jon habría previsto empujar la hoja para obligarla a soltarle, pero se vio de nuevo sorprendido. Esta vez sí que no tuvo tiempo de reaccionar, Mirla le apretó lo suficiente para que soltara el arma, después dejó caer la suya y le tomó el brazo con fuerza, en un movimiento fluido como el agua, se giró para ponerse entre sus piernas y le empujó. En aquella posición el chico no tuvo más remedio que caer, no podía usar sus piernas bloqueadas o sus brazos sujetos para detener la caída y sintió la explosión de dolor en el rostro cuando dio de lleno en el lodo. Tenía la boca abierta y una buena bocanada de aquel fango asqueroso se le metió en la boca haciéndole escupir, la chica se puso de pie y le miró desde arriba.
Era una visión imponente que Jon no lograría sacarse de la cabeza nunca, esa imagen de la joven sombra con el cabello corto, una sonrisa delicada no malévola y los ojos brillantes, bailando en aquel paraje de marrón oscuro le perseguiría en cada momento de su vida.
A Mirla se pasaba lo mismo, él la miraba con respeto, con algo parecido a la sorpresa agradable que nos da enterarnos de una noticia, admiración que cubría los labios de una leve sonrisa y un rubor en las mejillas. El chico tenía la cara manchada de lodo, los rizos también, pero de todos modos, lucía tan hermoso como antes, incluso más.
—Bien hecho muchacho—. Alliser Thorne reía, pero aquello estaba muy lejos de ambos, la sombra extendió su mano para ayudarle a ponerse de pie y él la tomo agradecido, le dolía el costado donde ella le había pateado, la muñeca y la espalda, había tenido suerte al caer porque su cuello seguía en una pieza o quizá ella había tenido consideración.
Mirla sonreía, tenía los nervios desbocados, todo envuelto en ese velo de calidez que Jon le provocaba, ese placer que le cosquilleaba en el vientre y los muslos. Cuando él estuvo de pie a su lado, mirándole con respeto, no más lástima, y una sonrisa suave en los labios no pudo hacer más que sonrojarse, gracias a todos los cielos la pelea le había hecho subir la sangre al rostro desde antes y por eso se sintió lo suficientemente segura como para sostener esa mirada.
—Lo hiciste bien—. El chico sonrió ampliamente ahora, había algo en su rostro, algo sedoso que se arrinconó en su piel, esa misma exquisitez que sintió la noche en que le dio el bálsamo. Mirla era una sombra y eso la hacía peligrosa, más ahora que estaba en el castillo negro con tantos secretos que Jon no podía controlar sus ansias de saberlos todos, pero a pesar de esa aura difícil que la rodeaba él podía ver algo más, un tinte en aquellos ojos, en aquella voz, en esa sonrisa y en la mejilla de su marca, una delicadeza que escapaba de toda previsión que tenía preparada.
Esa calidez que no pertenecía a ningún molde de ambos los mantuvo protegidos de los gritos de Thorne, las felicitaciones de los demás hombres, las palmadas, presentaciones y carcajadas que de repente los sitiaron, solo hasta que los dos se encontraron en la cama esa noche las imágenes de aquella pelea se desenvolverían más como una danza, no a la muerte, no entre rivales, sino una danza bien acompasada de amantes que intentaban vencerse uno al otro sin jamás acertar a tener un ganador.
