Un pajarillo de color invierno (Primera parte)

"Percibo lo secreto, lo oculto;

¡Oh vosotros los señores!

Así somos,

somos mortales,

de cuatro en cuatro nosotros

los hombres,

todos habremos de irnos,

todos habremos de morir en la tierra"

Netzahualcoyotl, Percibo lo secreto.

Mirla sabía que Alliser Thorne estaba molesto, solo había que verle el rostro cada vez que se giraba, prestar atención a su tono de voz y los ojos encendidos que le dirigía en el comedor. Habían pasado dos días desde su encuentro con Jon y la chica seguía eufórica, si su padre la viera ahora; completamente perdida por un chico, pero aquellas cosas no importaban. Ella sonríe y camina entre las mesas para sentarse junto a Kalt y come y sueña y el mundo es un lugar vibrante tan vivo que le hace olvidar su juramento a la muerte.

Sin embargo, nada dura para siempre, ni siquiera la felicidad más completa que genera la esperanza de un amor juvenil.

La sombra se sentó en una de las mesas cercanas a la pared del fondo, ahí estaba Kalt terminando lo que sería su segundo plato de un estofado de dudosa procedencia. El hombre no levantó el rostro cuando la miró llegar, se dedicó a terminar cuchara tras cuchara mientras ella se servía su propia porción de líquido marrón.

Las puertas del comedor se abrieron y Jon entró, estaban con él los dos chicos que ella ya había visto en el entrenamiento más uno nuevo que tenía el rostro compungido. Mirla los observó sentarse, parecían demasiado interesados en examinar el caldo con las expresiones que siempre tienen los novatos; asco y hambre, al final uno siempre terminaba acostumbrándose al sabor, pero esos primeros días eran los más difíciles.

Jon, que no estaba interesado en la comida, recorrió con la mirada las mesas cercanas, sus ojos buscaron algo y la joven sintió que el estómago se le engarrotaba. La encontró en el fondo de la imagen, casi invisible entre las sombras de las pobres lamparas; lo miraba también con esos pozos oscuros que le causaban escalofríos, el chico no podía interpretar la manera en que se clavaban en su ser y eso le causaba estragos en su pensamiento.

—Tenemos guardia hoy —. La voz de Kalt la sacó de la atracción que le provocaba. De frente a su amigo y al mirar su rostro cansado se sintió asquerosamente culpable. Él no había hecho nada malo, había sido ella quien se había negado a torturar a los nuevos como Thorne le ordenaba. Ella se había dedicado a mostrarles como sostener una espada, como plantar sus pies bien en la tierra para que nada pudiera moverlos y como usar su cuerpo entero para atacar de necesitarlo, pero el maestro de armas sabía que el grandulón le agradaba y era una buena manera de castigarla.

—Lo siento —. Quería hacer más que disculparse porque las palabras no sanaban horas de trabajo excesivo e inmerecido. Si pudiera, pensó, haría yo misma todas las guardias, limpiaría todas las armas y me haría cargo de las letrinas.

—No pasa nada — Kalt se puso de pie y estiró sus brazos — Te veo en un rato —. Myr se sintió eternamente agradecida con él, por la manera en que parecía dejar que todo pasará sin tomarle importancia; como si de verdad no le importara meterse en problemas por seguirla.

Se apresuró a terminar su comida y salió no sin antes dirigir una mirada a la mesa donde Jon y sus amigos se sentaban. Él la estaba mirando también con una especie de sonrisa lejana muy parecida a la que le había dado durante los últimos dos días, Mirla se despidió con un movimiento de cabeza y abrió las puertas. Tenía el corazón desbocado, amenazándole con salir corriendo por su garganta y atravesar el patio en una carrera imposible, aquella imagen le causó la gracia suficiente para aguantar el resto de la mañana en la armería. Después se dedicó a atender a los caballos, las caballerizas no eran tan movidas como en Invernalia, pero todo era mucho más difícil cuando no se tenía las herramientas necesarias, aquí los caballos estaban bien atendidos a costa de las personas como ella que se ocupaban de ellos cuando nadie parecía tomarles en cuenta.

Cuando terminó su turno estaba de nuevo hambrienta, era un día particularmente caluroso y el muro brillaba como un espejo que le obligaba a cerrar los ojos. Las horas del día pasaron sin que nada alterase su rutina, comer y volver al trabajo, mover fardos, limpiar armas y llevar cosas que se necesitaban de un lugar a otro. Al caer la tarde Mirla sentía el ardor placentero en sus músculos, el ejercicio siempre había sido bueno para su estado de animo y su cuerpo entrenado le agradecía el movimiento y trabajo arduo. En la casa de armas de su tierra no pasaba un día sin que se ejercitara, fuera con el entrenamiento o con las tareas de todos los días, estaba acostumbrada a un ritmo de actividades diarias que se cumplían pocas veces en Invernalia, a pesar de que trabajaba casi todo el día en las caballerizas o la cocina; pocas veces tenia que salir o la dejaban salir.

Kalt ya la esperaba frente a la jaula, llevaba una manta grande bajo el brazo y una bolsa de piel colgada en el hombro; la chica no pudo evitar sonreír ante la imagen.

—¿Estás listo anciano? —. El grandulón le regaló una pequeña sonrisa antes de entrar en la jaula. El viaje a arriba siempre la mareaba con todos los movimientos bruscos y el aire que mientras más subían, más azotaba la caja de madera haciéndola chocar con el hielo del muro. —¿Qué tienes ahí? —. Preguntó señalando sus cosas con la curiosidad de alguien que deseaba olvidar en donde estaba.

—Cosas para sobrevivir —. Le respondió encogiéndose de hombros con inocencia.

—Ya, si Thorne te viera con todo eso te diría que no vamos a pasar una noche en el bosque entre amigos —. Myr le sonrió traviesa y estiró la mano para recibir la manta, le debía la imaginación porque nunca se la había ocurrido traer algo para pasar las noches de guardia en el muro. Usualmente se sentía bien, con frío por supuesto, sin embargo, su marca la mantenía. Kalt no corría con su misma suerte y por lo tanto necesitaba de aquella ayuda. Además ¿Quién se atrevería a decirle algo cuando compartía sus turnos con el chico sombra? Que llevase todas las mantas del castillo si quería.

El patrullaje nocturno que la mayoría de los hombres de la guardia odiaba no era tan malo, al menos eso pensaba Mirla. Hacía frío, sí, no había un buen lugar para tomar asiento, tenía que estar despierta todo el tiempo y a veces la altura le causaba vértigo. Sin embargo, los atardeceres y amaneceres eran maravillosos; llenos de color que embriagaba la vista. Para ella estar de guardia significaba ser libre, remontar vuelo en un lugar donde nadie la conocía porque en lo alto del muro no importaba quién eras o cuál era tu pasado. Para las tierras del norte; aquellos parajes helados, la identidad del hombre perdía sentido, aquí todos eran mortales enfrentándose a la inmortalidad de la naturaleza, al girar el viento, a las estaciones, a la nieve y el hielo.

Los recibió una ráfaga helada que hizo sisear a Kalt, su mejilla contrarrestó con una ola de fuego que le inundó el cuerpo y la hizo temblar. A veces, cuando el poder de la marca era demasiado abrupto o ella no estaba preparada para recibirla, su cuerpo apenas si podía soportarlo. Mirla esperó un poco dentro de la jaula, dejando que el fuego dentro de sí se acostumbrara a la tarde y salió cuando sus miembros pudieron moverse sin marearle en cada movimiento.

El grandulón ya preparaba su nicho para cuando se acerco al pequeño almacén; arregló las pieles sobre los sacos mas gruesos y encima colocó la manta junto con la bolsa de cuero. La chica que había estado curiosa desde que subieron se acercó para abrirla, dentro había dos panes duros, lo que debía ser el único frasco de mermelada en todo el castillo, un odre gastado y una caja de madera.

La sombra salió del almacén después de su inspección. Afuera el crepúsculo comenzaba a caer a su costado; en esa época del año cuando el sol se metía un poco más al norte, el muro reflejaba todas las tonalidades del atardecer, los violentos naranjas y rosados que se diluían con un índigo nocturno hasta volverse negro, Mirla contuvo la imagen del cielo y el hielo lo más que pudo, hasta que el ambiente se sumió en la oscuridad y Kalt encendió las antorchas. Arriba las estrellas brillaban en un cielo despejado, la luna también brillaba e iluminaba con una luz etérea el bosque encantado. Por estos momentos es que valía la pena quedarse aquí, pensó ella mientras se preparaba para dar la primera patrulla.

—Yo voy primero —. Le dijo a su compañero, el hombre asintió sin mirarla y la joven se puso en camino.

Patrullar el muro consistía simplemente en caminar, eran patrullas que se realizaban cada cierto tiempo, en su caso solo había que seguir hasta el siguiente punto de control; usualmente vacío, y volver sobre sus pasos. Los paseos siempre le relajaban porque le permitían concentrarse en lugar de pensar, había que tener cuidado cuando se caminaba por la superficie helada, mantenerse en el centro para evitar ataques o arrebatos del viento e intentar distinguir entre las sombras y los sonidos de la noche algo que fuera sospechoso. En una noche despejada como ésta la situación era mucho más sencilla, pero no perdía su encanto.

Kalt tomó el siguiente turno y después ambos esperaron hasta la siguiente hora. La noche se desenvolvió ante ellos como una amiga, sin alteraciones, entre conversaciones, risas y tragos de licor endulzado con trozos de pan y mermelada. En algún punto, Kalt y ella habían terminado sentados demasiado cerca, compartiendo una misma manta, a su lado Mirla era pequeñísima, tanto que solo hacía falta que el grandulón pusiera su brazo sobre sus hombros para quedar totalmente cubierta.

El calor que su marca exudaba y el licor haciéndole cosquillas en el vientre le hicieron bajar la guardia, las horas se alargaron como pocas veces en su vida mientras recargaba su cabeza en el hombro de su amigo. En un lejano punto de su mente, demasiado lejos para que pudiera tomarlo con seriedad, la voz sombra dentro de ella le recriminaba su comportamiento. La joven no prestó oído y bebió otro sorbo del odre, el grandulón tomó junto con ella dejando que su mentón descansara en su coronilla.

Mirla olía a tierra y sol, una mezcla que lo hacía pensar en otro tiempo con primores de trigo, campos dorados rodeados de manzanos altísimos. Le recordaba a una niña pequeña que siempre tenía que sostener en sus hombros para que tomara las manzanas que se negaban a caer con la temporada, su risa de oro que se columpiaba entre los retoños de la cosecha y una cabaña fresca en el verano y siempre cálida en invierno. Aquel cabello corto que le acariciaba la barbilla era casi idéntico al de la niña de sus recuerdos, con la misma suavidad de miel, un regalo que besar cuando llegaba a casa.

La joven escuchó a Kalt inhalar profundamente su cabello y después sintió el peso de su rostro enterrado entre sus mechones cortos color caoba. Sus alertas sonaron con escandalo en su mente, con la voz de su padre que le gritaba para que se pusiera de pie y se alejara de ese peligro. Un peligro sin nombre, pero que se manifestaba en el peso de su vientre, en el hormigueo de su cuello y en el escalofrío que le corría por la espalda. El peso del hombre era mucho más en ese momento de lo que había sido antes, su presencia mucho más amenazadora y el subir acompasado de su respiración como un insulto a sus sentidos. La sombra levantó la barbilla empujando con brusquedad su mentón, él pareció darse de cuenta de lo que hacía y se alejó; empujándose a sí mismo lo más que pudiera a través del banquillo de hielo. Mirla se puso de pie al instante y lo miró, examinando en cada detalle de su rostro el secreto de ese arrebato ¿Por qué Kalt se atrevería a acercarse tanto a ella? ¿Por qué se arriesgaría sabiendo lo que era, lo que podía hacer? ¿Por qué ahora cuando desde que lo conoció había sido distante y correcto? Los ojos del hombre la evitaban y sus manos se revolvían nerviosas en su regazo.

No podía hacer esto, lo que sea que fuera, había huido de todo para proteger a Sertia; mantenerla a salvo en su ausencia seguía siendo su prioridad y aunque fantaseara con la idea de tener un amigo o un compañero nadie como ella sabía el peligro de dejar que las personas se acercaran demasiado. Su entrenamiento le advertía sobre esto, el intimar era algo que las sombras jamás hacían; solo había una relación íntima y era con la muerte, lo que salía ese círculo de perfección sagrada no era aceptado.

Recordó el dolor que le había causado dejar a Sertia, la renuncia a su identidad que comenzó en el momento que su hermana le curó las primeras heridas y le abrazó con fuerza mientras le susurraba lo amada que era, lo especial, lo divina. No solo una asesina que seguía los designios de la muerte; era una hermana de sangre y aquella relación que le había dado fuerza también le había drenado partes enteras de su alma.

Una sombra sabe a quien sirve, no duda y si lo hace le entrega todo a la muerte, porque una sombra sabe que es su amante, su madre, su compañera y maestra. La muerte es lo único a lo que una sombra se debe, en cuerpo y alma.

Las palabras de su padre quemaban en su mente con la misma intensidad con la que la cicatriz tiraba de su mejilla. Siempre había negado aquella parte de ella, aquella soledad a la que la condenaron desde que era pequeña y sin embargo podía ver claramente las razones. Intimar significaba poner el peligro todo lo que defendía, todo lo que la contenía y formaba, y la joven necesitaba todo eso (aferrarse a su identidad) si quería mantener a su hermana a salvo en el anonimato.

Mirla se irguió cuanto pudo y preparó su respuesta, le pediría cuentas o lo alejaría cualquiera de las opciones servía para dejarle claro que no le importaba lo que acababa de pasar, mas, no debía repetirse, nunca.

Entonces Kalt le miró, sus ojos azules reflejaban una tristeza infinita, una que solo podía dejar su maestra. Ese rastro mísero que hacía lucir a los hombres mucho más viejos, más sabios al encontrarse frente a frente con su humanidad. La chica contuvo el aliento, aquel rostro dolido no era el de un hombre que buscaba ser su amigo, no era el de alguien que quisiera aprovecharse de ella. No, ese rostro era el de alguien que había sufrido intensamente y Mirla conocía esa clase de sufrimiento.

—Lo siento — Su voz profunda rasgó el velo de sus pensamientos con un tono lastimero, una canción de congoja enfrascada en aire y palabras —No era mi intención hacer eso…—. Mirla, que sabía bien lo que venía después, se alejó con dos zancadas rápidas.

—Voy a dar la siguiente ronda —.

Kalt se levantó del banquillo, tan alto como era solo le tomó un paso para estar a su lado.

—Myr espera —. no intentó detenerla por la fuerza, pero se adelantó lo suficiente para quedarse frente a ella. La sombra sabía que podía moverlo de quererlo y a pesar de ello no lo hizo.

Kalt suspiró con fuerza, dejando salir el aire de sus pulmones en un lastimero eco cansado de aliento que olía a licor. La chica comenzaba a inquietarse y él debió notar aquel cambio porque la miró directamente, sin dejar que su mirada castaña escapara de su escrutinio

—Se tu secreto —.

Todas sus alarmas gritaron con potencia, le devolvió la mirada con los ojos estrechados. No podía ser, pensó, no era posible, no, no, nadie podía saberlo, jamás.

Él aprovechó su silencio encerrado en el pánico de sus pupilas para pasarse la mano temblorosa por el cabello. Sabía que tenía que ser sincero, ella se lo merecía.

—Solía trabajar en una granja cuando era joven, una granja de un lord de bajo nombre —. su voz era pequeña, un susurro contra el viento helado que corría sin prisas por el muro. Ya no la miraba, estaba sumergido en la noche de luna, con los ojos fijos en el bosque encantado.

—Ahí conocí a mi esposa, ella era más joven que yo, pero tenía un alma vieja — Kalt sonrió levemente, un movimiento casi imperceptible de sus labios, si Mirla lo hubiera visto de frente se habría dado cuenta de la mota de melancolía que cubrió sus retinas. —Era muy inteligente, sabía todo sobre cosechas porque su padre trabajaba en eso desde niño y le había enseñado… ella quería enseñármelo a mí. A mí; el crío de pueblo que no sabía nada —. Se sentía atrapada por sus palabras, no podía… no quería moverse, aunque su mente le gritara que debía hacerlo.

—Era ella quien dirigía las tierras donde vivíamos incluso cuando esperaba a nuestra hija, iba y venía por todo el lugar haciéndose cargo de mí y los pocos muchachos que podíamos contratar —.

—¿Por qué me dices…? —.

—Murió…— Kalt continuó sin prestarle atención, como si contara la historia para sí, como si no hubiera nadie a su alrededor —Murió al dar a luz a nuestra hija; fuerte como era no se fue hasta que la escuchó llorar, después fuimos solo nosotros… Islene y yo. Yo no era fuerte como mi esposa, tampoco inteligente, pero Islene lo era, como su madre. Era igual de terca también — El hombre se detuvo con la sonrisa congelada y las lágrimas rozándole los parpados. Recordar, ahora todo en su vida se reducía a recordar. —Tenía apenas dieciséis años, la vieron caminar por el prado y ella siempre iba sola, le molestaba que yo quisiera acompañarla y no dejaba que los muchachos se distrajeran en temporada de siega…— Las palabras se atascaron en su garganta, la niña de sus recuerdos le sonreía mientras sostenía las varillas de trigo en sus manos regordetas, el sol se ponía y él agradecía a los dioses su misericordia.

—La tomaron antes de que llegara al camino, cuando terminaron la dejaron ahí, metida en una zanja…— Las lágrimas le sorprendieron en media narración y ella sintió esa parte de su alma, esa que siempre le perteneció a Sertia, alzarse con simpatía. —Yo la amaba, con toda mi vida la amaba… fuí tras ellos porque sabía cual sería mi castigo, esperaba la horca, no quería vivir más de lo que ellas habían vivido, no podría, nunca fui tan fuerte…, pero no me condenaron a muerte, dijeron que sería peor si me enviaban al muro y tenían razón —.

—Kalt yo no sé qué…—. El hombre se giró para mirarla, esa tristeza de antes que le cubría como un manto pesado que le robaba el aire la atacó sin tregua. Era como mirar un abismo, como mirar hacía abajo desde la altura del muro y saber que solo hacía falta un salto para olvidarse de todo.

—La conocía, la conocía muy bien. Yo la críe, estuve ahí en cada momento de su vida… Cuando te vi supe que había algo conocido en ti, pensé que era tu forma ser; distante y discreta. Nadie hablaba contigo y tú parecías querer no hablar con nadie…, y tenías esa mirada — Él se detuvo esperando que sus pupilas regresaran, cuando lo hicieron los pozos castaños borrascosos le mostraron un daño profundo —Esa…; llena de dolor. Por eso dicen que dejaste a una mujer, por ese dolor en tus ojos. Pero no, yo conocía a mi hija, la había visto crecer y se como es vivir con una mujer, tuve mis dudas desde el primer día, ahora lo sé —.

La joven apenas podía respirar, en el centro de su cuerpo el poder a la marca le animaba a escaparse, a salvarse, hacer algo, pero el ruido en su mente; las palabras que le había dicho se repetían como campanas una y otra vez. Él lo sabía, lo sabía porque había tenido una hija y sabía. Mirla no podía pensar en nada más, la voz de su padre parecía un susurro en su interior, quejándose contra su debilidad y aún así no le causaba nada.

Me he quedado vacía maestra, pensó.

—Fue por el bastardo ¿Sabes? —.

—¿Qué? —. Contestó exaltada y la cara de Jon interrumpió la secuencia de su miedo.

—La manera en que lo miras y actúas frente a él… Mi hija tenía las mismas reacciones cuando se encontraba con el chico de los panes, ¿Cómo no iba a darme cuenta? —.

Pensó que era casi cómico, en otro tiempo quizá se habría reído; burlado de aquel hombre, de sus historias tristes mientras lo desacreditaba como la sombra que era… en ese momento apenas si podía respirar con normalidad.

—Myr… Mi hija también tenía los ojos castaños; como los de su madre —. Kalt le sonrió amargamente y la chica sintió que las murallas en su alma temblaban con fuerza.

Mirla tenía los ojos castaños, pero fueron otros los que le arrebataron del momento, unas lagunas de fuego valyrio que brillaban entre lágrimas, manos temblorosas y labios que parecían rogarle que se quedara, que estuviera con ella sin importar que la pusiera en peligro. Su hermana como niña, con esos pozos expectantes y enormes, esperando en la orilla del bosque, con el cabello negro ahora sobre el rubio, esperando que la chica se girara y corriera a sus brazos. Esperando algo que no iba a pasar.

Los ojos de Kalt tenían esa misma esperanza, azules con llamas de fuego por las antorchas, ahogados como los de Sertia. No, ella ya tenía suficiente carga, demasiada. Tenía que pensar y estar ahí, encima del muro solo con su compañía no iba a ayudarla.

—Yo…—. No dijo nada más mientras se acercaba a la jaula, esta vez Kalt no intentó detenerla. El viento azotó la caja contra el muro con tanta fuerza que la empujó a ella, pero no estaba ahí, no sentía nada. Estaba en un pantano aterrador, uno que le aprisionaba entre tentáculos de tierra y lodo, sentimientos y verdades reveladas, había venido aquí para guardar secretos, mantener a su hermana a salvo, desaparecer y el lugar de eso recibía esto. Tantas personas sabían quién era, tantas oportunidades para generar enemigos, el cansancio del mes cayó sobre su espalda como mil sacos de grava y apenas si la dejó moverse entre los edificios del castillo negro.

Estoy cansada maestra, pensó, estoy harta de estar huyendo, de tener miedo… sé que esto es un castigo por lo que hice, que debo aguantar y pagar mis culpas, pero no puedo más.

Su marca quemaba sin confortarla, ese fuego que le pertenecía a su padre, a las noches y los días sufriendo bajos sus manos, con el recuerdo de su hermana para mantenerla… su hermana.

"Oh maestra, dame fuerza por favor dame fuerza."

El castillo estaba en silencio, moviéndose entre las sombras como un animal herido al joven se acercó al patio de entrenamiento, tenía que escapar de este lugar maldito, este lugar que la acosaba con los recuerdos del pasado en lugar de dejarla olvidar.

Mirla escapaba de sus pensamientos, andando sin ver en realidad a dónde iba. ¿A su habitación? No lo sabía, se movía porque entendía que tenía que hacerlo, porque si se detenía su mente iba a atraparla y no era tan fuerte, no de ese modo. Se escurrió entre las estructuras de madera, un paso y otro y otro hasta que lo vio.

Salió de la nada, de repente, como un fantasma en medio de la oscuridad del castillo. La joven se detuvo antes de toparse de frente con la bestia, su marca le brindó el brebaje para poner atención, fijarse en los ojos rojos del lobo huargo; blanco como las planicies al otro lado del muro. El lobo también se quedó quieto, pero sin tensarse como ella, ¿Podía sentir el lado asesino de la chica? Esa advertencia que le congelaba el pulso y le llenaba los músculos de sangre fresca lista la pelear… parecía que no, porque el animal no se movió, la miró fijamente con una inteligencia que escapaba de toda bestialidad, después de un momento sacudió su pelaje y se alejó. La sombra lo siguió con la mirada hasta que desapareció, andando por el callejón del castillo hasta las barracas.

Sentía su pulso en los oídos, mezclándose con la turbulencia de sus emociones, un torbellino que le dificultaba respirar y la hizo recargarse en el poste de madera fuera de la armería, hacía dos días había estado en el mismo lugar esperando que Jon apareciera, hacia cinco se había quedado escondida cuando llegó montado en su caballo con la tristeza encima. Mil años antes había abrazado a su hermana por última vez, aspirando tan fuerte como le permitían sus pulmones ese olor a hierba fresca, a flores, a paz que le inspiraba. Acariciando los mechones negros antes rubios y pensando que estaba loca, que debía haber otra manera, pero no.

Todos los caminos llevan a las sombras al mismo destino, una ruta desigual que desahoga su cauce en un mismo océano.

Sí, toda su vida la había guiado a este momento, a esta falta terrible que le picaba en el pecho. Estaba tan sola, tan condenadamente sola en aquel castillo repleto de hombres solos, condenados también como ella a ese destino de olvido al que el mundo los había orillado. Mirla no era fuerte, nunca lo había sido, era una buena guerrera, una excelente asesina, sin embargo, sentía que las columnas que la mantenían; su entrenamiento, su identidad, nada de eso era suficiente para sostener su alma destrozada.

Era una niña perdida sin Sertia.

—Deseaba verte en mejores circunstancias —. La chica levantó la cabeza con violencia, sus ojos lacrimosos se enterraron en el dueño de esa voz, ese timbre perfecto que ronroneaba una amenaza. Tyrion Lannister la analizaba desde el centro del patio, pequeño como era parecía un gigante monstruoso, uno que la acosaba desde hacía semanas en su mente y al que ya no iba a temerle.

Se puso de pie, preparándose para la batalla, lo mataría ahí mismo, tomaría un caballo y escaparía… podía cruzar el muro o lo que fuera necesario, estaba harta de sentirse vulnerable. La pobre sombra que lloraba por el recuerdo de lo perdido, patético.

—¿Qué es lo quieres? —. Su cuerpo reaccionó violentamente; puños dispuestos, piernas separadas y el pecho altivo, lista para atacar.

—Tranquila, puedes dejar la pose —. Algo en su tono condescendiente encendió la mecha de su ira, era como escuchar la voz de su padre de nuevo en esa noche asquerosa.

Niña, niña, baja el arma y regresa a tu puesto.

—Dejaré lo que sea cuando me plazca, te hice una pregunta —. El hombrecillo pareció sorprendido por su respuesta y la precaución que le faltaba al venir a ella en medio de la noche regresó en un instante. No debía olvidar que ella era una sombra, encerrada en el cuerpo de una niña sola y desamparada, pero sombra al final de cuentas.

—Encontraste tu voz ¿Eh? No te juzgó, este lugar tiene ese tipo de cualidades — La chica detestaba ese tono burlesco, uno que le hacía sentir estúpida, como si él supiera todos los secretos y pudiera ver cada rincón de su pensamiento. Lo miró fijamente un segundo más y se dio la media vuelta, no tenía sentido esperar por algo que sabría vendría —Espera, no, no te vayas…—.

La sombra giró su rostro encendido, la cicatriz brillante en su mejilla moviéndose en cada movimiento de su mandíbula y los ojos, oscuros como cuevas, examinando su pequeña figura. Cuando sonrió Tyrion notó la amenaza erizarle los cabellos de la nuca.

—¿Quieres que me quede? —. Era una intimidación disfrazada de sonrisa y curiosidad, una que confiaba en el aura de todas las sombras; amenazantes entre la penumbra de la noche y siempre listas para matar.

—No de ese modo por supuesto, esperaba que tuviéramos esta conversación en algún otro momento, antes tal vez, pero no pienso perder mi oportunidad —. A pesar de la tensión pudo distinguir sinceridad en la expresión de su rostro, Mirla suspiró con fuerza, dejando que la noche cargare la pesadez de su pecho. El hombre le provocaba una variedad de emociones desconocidas en su alma; enojo, rabia, seguridad y confianza eran atributos que la conflictuaban.

—No tenemos nada de qué hablar —. Le contestó, pero podía notar como sus ansias se reducían; no quería correr ni quería lastimarle.

—En eso puedes tener razón, mira no espero llegar a ti como un amigo, ni siquiera como conocido… Quiero que sepas que no tengo la menor intención de estar en tu camino, lo que sea que estés haciendo no es mi incumbencia y mantendré mi distancia —. Ambos guardaron silencio, observándose para encontrar en la distancia que les separaba una respuesta. Él esperaba; una reacción violenta o un soplo de aire fresco, lo que fuera que ella quisiera darle, tal vez se había equivocado al venir, al hablar…, pero no, Tyrion había cometido muchos errores en su pasado por lo tanto sabía cual era el sabor del fracaso y, que los "dioses" le ayudaran, no creía que la chica lo fuera.

En el corazón de Mirla se ausentaba la batalla, en el pasado habría culpado al clima, al cansancio, el hambre o la soledad… En ese momento comprendió algo que su hermana había visto el día de su fuga; en pleno patio de Invernalia con el hombrecillo extendiéndoles una ayuda ella solo había podido ver la amenaza, Sertia miró la oportunidad de un ser sincero. Que no mentía ni esperaba nada a cambio de lo dado.

—No le dirás a nadie —. No era una pregunta, era una afirmación que le escarbaba desde lo profundo. De haberlo querido, el hombre la habría denunciado desde el primer momento que llegó y sin embargo no lo hizo. En cambio, esperó hasta tenerla de frente, de la manera más valiente, para asegurarle que nada pasaría.

—No, a cambio espero mantener mi cabeza en su lugar si no te molesta —. El tono burlón regresó, pero esta vez la chica no tomó ofensa. Aquello le sonaba más a a un trato, uno que estaba dispuesta a cumplir.

—Tienes mi palabra —. Y como sombra su palabra era sagrada.

—Y tú la mía, sin embargo, hay algo que me da curiosidad —.

—Creí que íbamos a mantenernos alejados…—. Dijo estrechando los ojos con sospecha.

—Sí bueno, concédele a este pobre fenómeno una duda ¿Quieres? —. Mirla conocía ese sentimiento de no pertenecer, de ser un paria en un mundo nuevo que giraba sin importarle sus habitantes así que no pudo evitar concederlo, solo esa vez, solo por él.

—Bien —.

—¿Tu hermana está bien? —. La pregunta la sorprendió, sus defensas bajas por las emociones de la noche la dejaron sin aliento, sin palabras, sin respuesta. Por un instante la frase avanzó casi hasta su lengua, una que le daba escalofríos de solo considerarla. "No lo sé, no sé dónde está mi hermana, no sé si sigue viva, no sé si está muerta, no sé nada, nada, nada"

—Sí, esta segura —. Contestó en su lugar, porque tenía que convencerse cada día, a cada instante que aquello era cierto. "Sertia está bien, Sertia está a salvo"

—Bien… siento que hayas tenido que venir aquí, aun así, es una buena decisión —. Una onda cálida le inundó el torso, su debilidad siempre habían sido las palabras de consuelo.

—Lo sé… gracias, por tus palabras y el pasaje seguro —. "Que espero Sertia este usando en este momento para escapar de toda esta locura, oh maestra permítele usarlo"

—Los fenómenos tenemos que mantenernos unidos ¿no? —. La joven rodó los ojos y dejó escapar una sonrisa, estaba de acuerdo; los fenómenos debían quedarse juntos como ella y todos los hombres de la guardia. "Como Kalt"

—Como sea —.

—Ten una buena noche —. Asintió sin responder, el hombrecillo se alejó rumbo a su habitación y en la luz nocturna Mirla observó cómo su sombra se alargaba por el patio. Un gigante en el cuerpo de un niño, pensó partiendo también, con el corazón un poco más ligero.

Su habitación la recibió gustosa, era un hueco en aquel enorme lugar, un pequeñísimo lugar donde se despojaba de todo. Desnuda se sentó sobre su cama, mirando sus dedos largos, endurecidos por el entrenamiento y recordó a Kalt, el grandulón con los ojos llorosos que hablaba de su hija con la suavidad del viento, con el amor de un padre que no se extingue, aunque el tiempo y la ausencia amenacen con someterlo todo. La joven sintió envidia y fue estúpido, porque su hija -Islene- estaba muerta, y ella respiraba con dificultad ante los ecos de aquel relato que se repetía sin cesar en su mente. Él le había dicho que tenían los mismos ojos, a pesar de que los suyos estuvieran vacíos; destinados a mirar a la muerte de frente hasta su último aliento… y la había reconocido como lo que era, una chica, una niña abandonaba con un terror constante en la espalda, una joven que soñaba despierta con unas pupilas grises de invierno, con un corazón que saltaba ante la mera mención de su nombre y una melancolía que compartía con tantos. Kalt había notado su soledad y aquello le atrajo, pero fue ese rastro de debilidad que la sombra dentro sí odiaba lo que le hizo quedarse.

¿Cómo tenía que reaccionar?

Se sentía insegura de confiar en todos, de permitir que tantas personas se acercaran. La intimidad significaba peligro, eso le habían enseñado sus entrenadores, su padre se lo había gritado entre los golpes, el hambre y el frío, en cada corrección. Una sombra no se debe a nadie más que la muerte Mirla, levántate y ve con tus hermanos, vive y muere con ellos ¿Dónde estaban sus hermanos ahora? ¿Dónde estaba su hermana? ¿Su fortaleza? Ahora solo tenía al grandulón; su compañía silenciosa en las guardias, sus peleas, su figura asegurándole desaparecer de todos los que les rodeaban. Jon estaba ahí también, pero no así, él era distante aún, no completamente amistoso, solo un montón de rayos y terremotos que subían por sus piernas cuando le miraba.

Se dejó caer encima de las mantas y el colchón de paja, su lecho era duro y el golpe le sirvió para aclarar su mente; estaba sola, a pesar de sentirse rodeaba, estaba sola. No había mal en tener alguien cerca sin importar que la voz de su padre le recriminara desde el pasado. Su padre no estaba aquí, Sertia tampoco, solo Kalt… No había razón para sentirse culpable.

Mirando el techo de madera gastada Mirla pensó en su infancia, sin amigos, prácticamente sin familia, la niña se había refugiado en la única persona que le mostraba afecto. Recordó el dolor, el ir y venir por el camino de siempre, de mañana antes que saliera el sol hacía la casa de armas y de regresó con los puños sangrantes y su alma desgastada. Aquel recorrido que hacía sola, con los mirlos cantando desde los árboles en primavera, vigilándola entre las ramas que cruzaban el cielo.

Cuando su madre la esperaba en su vientre solía sentarse en el patio de la casa; Sertia jugueteaba a sus pies y la mujer rubia sentía que esa vez si sería la correcta, le daría un hijo a su marido y él volvería a amarla como antes. Acariciaba su piel como si fuera la suya y rogaba a la muerte, a la providencia divina que este niño fuera amado… que ella lo fuera también. En esos días los mirlos cantaban una dulce melodía, la arrullaban mientras la bebe que su marido no quería jugueteaba entre la tierra. Ya le había fallado una vez, no volvería a hacerlo. Los ancianos sombras habían mirado con agrado su embarazo, le predijeron un futuro maravilloso, una creatura fuerte que no sería la vergüenza de su progenitor.

Los mirlos cantaron una mañana con alarma, volaron asustados de un nido a otro mientras ella se recargaba en el tronco de uno de sus árboles, sus piernas húmedas le alertaban, había llegado el momento y las aves cantaron con más fuerza aún cuando pujaba, sus gritos se mezclaban con esa canción violenta a las afueras de su casa.

La niña era fuerte, robusta, con llantos altísimos que parecían fundirse con el ambiente, con sus lágrimas agradecidas y el amor que le broto desde el fondo de su alma. "Ella es la indicada" pensó, sostuvo a su hija en sus brazos bebiendo el color caoba de sus ojos y su cabello. Era una hija de la muerte, una hija del hombre que amaba; la niña que le salvaría de esa soledad a la que ella misma se había condenado.

La matrona la miró con dulzura, le preguntó por su nombre y su madre, en un acto que iba más allá de lo que su padre le habría permitido, susurro el canto del mirlo en una palabra.

"Mirla" porque su bebe era un ave parda de ojos soñadores, su hija volaría por encima de todo y le daría una razón más, un motivo.

Fue Galio el que le relató la historia años después, le hablo del enojo de su padre, de su furia al descubrir que su mujer le había puesto nombre a su hija, a su hermana y compañera de la muerte. Él había querido nombrarla como sombra; algo oscuro, silencioso, que se deslizara como una daga en la garganta y en su lugar tenía un pajarillo… No importaba porque la tomó de todos modos, se llevó a la niña de los brazos de su mujer inútil y la entrenó desde aquel momento, la convirtió en la maquina asesina que era, le arrebató el único lapso de amor materno y la sumergió en un mundo horrible que la hacía llorar en mutismo por las noches. Sertia le había dicho que estaba bien, que su padre podría enseñarle lo que fuera, pero ella siempre sería Mirla; la avecilla de esperanza.

Lo único que no pudo quitarle.