Un pajarillo color invierno (Segunda parte)

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros,
o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán,
ladrando como un perro enfurecido,
fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?

- Dámaso Alonso, Insomnio.

Era la playa más hermosa que hubiera visto, una de arenas blanquísimas y olas negras que terminaban en la orilla convirtiéndose en espuma de oro, más hermosa, más limpia, más pura que cualquier cosa soñada. Avanzó entre la arena caliente, las flamas que se levantaban del suelo; llamaradas de fuego de todos los colores, bailaban a su alrededor como viejas amigas, se le enredaban en las piernas desnudas, subían por la curva de su cadera y le alborotaban el cabello.

Adelante comenzaba el camino de piedras brillantes como cristales, le invitaban a cruzar sobre ellas, a posar sus pies en su superficie y disfrutar del calor de aquellas llamas. El camino era una línea de brillos que cortaba la selva, subía y subía entre los montes verdes para terminar en una ciudad, ella miró en la distancia los edificios altísimos, deslumbrantes y claros como la arena, como las piedras. La ciudad le llamaba y sabía que tenía que ir ahí, caminar entre ese bosquecillo de fuego hasta la cumbre de la montaña, pero Sertia estaba atrás; la sentía, una fuerza conmovedora que en silencio le rogaba regresara. No podía girarse para verla y aún así tenía la imagen en su mente, su hermana entre las olas oscuras de ese mar negruzco, con los brazos estirados clamándole su atención, los ojos verdes sin luz llorosos y los labios secos. No podía regresar, no podía, tenía que seguir hasta la ciudad de claros, de luces brillantes que la tentaban, tenía que ir porque algo horrible pasaría si se tornaba.

-O-

Mirla despertó con el corazón saltándole en el pecho, a pesar del frío que la rodeaba sudaba; lo suficiente para empapar las mantas que la cubrían. Los vestigios del sueño le ardían en la mente, las llamas saltarinas parecían bailar ante sus ojos y le tomó varios segundos para darse cuenta de donde estaba; en el castillo negro, en su habitación diminuta con el gélido ambiente del muro escurriéndose entre la madera.

Afuera el sol apenas rozaba el horizonte iluminando poco a poco los edificios carcomidos por el tiempo. La joven se puso de pie ahuyentando los escalofríos de su cuerpo, se frotó la piel erizada de los brazos y las mejillas, al contacto con su marca las sensaciones comenzaron a desvanecerse. No sabía porque le temblaban las manos, ni porque su pulso se aceleraba ante el recuerdo, el sueño no había sido terrorífico, no había amenaza, no había momentos de su pasado repitiéndose para atormentarla. Era quizá, el sentimiento que le provocaba su hermana… ¿Qué significaba eso? La Sertia de su sueño había estado desconsolada y ese mismo desasosiego la perseguía.

No tenía tiempo para divagar en eso, a veces los sueños eran solo eso; sueños. No había porque temerles o adentrarse demasiado. En su tierra eran los visionarios los que se encargaban de tener visiones, ellos predecían y calculaban, en ellos se sustentaban las tradiciones de las sombras, pero ella no era un visionario, era una sombra y debía, ante todo, controlarse.

Terminó de vestirse rápidamente, colocando los trozos de tela en su cintura y anudando los vendajes que cubrían sus senos. Primero se metió en su traje sombra, anudando las correas tan ajustadas como podía, después siguió la ropa de la guardia; usualmente prendas de cuero gastado y una capa. La espada en la cintura, una veloz pasada a su cabello con los dedos y listo.

El patio estaba vivaz de energía, hoy era el día en que los visitantes partían de nuevo al sur y los hombres se movían de un lado a otro para tener todo listo. Myr también tenía tareas que debía cumplir, aunque ninguna se relacionaba con la partida. No le encontraba nada de malo a mantenerse alejada de los leones, a pesar de su conversación con Tyrion Lannister y la resolución de no molestarse mutuamente uno nunca podía ser demasiado precavido. Esquivó los caballos, los cargamentos y fardos hasta el almacén de la armería. Thorne, molesto como era, la había obligado a ordenar, mantener y administrar las armas… no era un castigo pésimo porque adoraba estar encerrada clasificando (su tarea favorita en la casa de armas), pero le quitaba mucho tiempo. Además, la mayor parte del equipamiento era de malísima calidad y todo terminaba en un montón que iba directamente a reparación o fundición, trabajos que ella también realizaba.

Con un suspiro cansado se acercó a uno de los estantes y comenzó su trabajo, una hora después se sentía menos inquieta. Aún tenía muchas cosas en la mente; Kalt, el sueño, su hermana, Jon e incluso el hombrecillo de quien seguía insegura, a pesar de eso no divagó, se concentró en examinar cada espada, flecha, arco y escudo del estante, colocar cada cosa en su contenedor correspondiente y ordenar lo que le llegaba de la armería. Bog se había estado paseando entre los dos lugares, comentándole las novedades y ayudándole, estorbando mas bien, con algunas de las cajas.

El material que aún conservaba vida, pero no la suficiente para las peleas reales iban a la esquina de entrenamiento, de donde los novatos se nutrían en las sesiones con Alliser Thorne. Cuando por fin decidió que aquello será suficiente por hoy el sol se alzaba vigoroso en el centro del patio, una comitiva iba directo al comedor y le invitaron a unirse al verla recargada en la puerta. La joven no sentía ánimos de ir, las posibilidades de encontrarse con Kalt eran mayores y aun no se sentía preparada para ello, ninguno discutió su decisión y siguieron mientras ella se adentraba en el almacén una vez más.

Después del desayuno seguía el entrenamiento y Mirla debía tener todo listo, comenzó a apilar el armamento cerca de la salida calculando la cantidad de hombres y el esfuerzo de cada uno, los arcos y flechas al último porque el maestro de armas rara vez los hacía practicar con ellos. Al terminar se acercó a la sección de escudos, tomó dos bajo un brazo y uno más con la mano, antes de llegar una de las correas de cuero se soltó y la joven maldijo entre dientes.

El escudo era viejo, pero las correas nuevas. Quien las hubiera puesto había olvidado remachar los clavos para evitar que resbalasen en la madera, podía arreglarlo en ese instante así que se sentó en una de las bancas, sacó un cuchillo pequeño y uno de los martillos que guardaba cerca por si algo de ese tipo ocurría. Iba a necesitar fuego, miró alrededor buscando la lampara de aceite, la encontró en el suelo al fondo de la habitación y se puso de pie para tomarlo, al levantarse se encontró con Jon parado en la puerta, mirándola con esos ojos grises que la volvían loca.

—Jon ¿Qué estás haciendo aquí? —. El chico estaba quieto en su lugar, parecía no respirar siquiera y ella se preguntó si tan solo lo estaba soñando.

—No estabas en el comedor —. Le respondió con la vista fija en sus manos cargadas, el corazón se le desbocó y su mente se nublo como en todas las ocasiones que lo sentía cerca.

—No, no… tenía trabajo que hacer —. La chica extendió sus brazos queriendo abarcar todo el lugar, como si eso pudiese explicar su ausencia, pero el hecho de que él hubiera notado su ausencia la hacía sentir un cosquilleo en todo el cuerpo.

—Oh, sí claro, déjame ayudarte con eso —. Jon se acercó para tomar la lámpara de su mano, solo entonces Mirla se dio cuenta que sostenía el escudo, el martillo y la daga en la otra ¿En qué momento se había cargado tanto?

—Gracias… aquí por favor —. Señaló el banco donde se había sentado antes, él tomó lugar a su lado, estaban tan cerca que podía sentir el calor que salía de su cuerpo. Esa calidez que le provocaba le subió por los muslos y la espalda, se albergó en su vientre y le hizo temblar las manos.

Tenía que concentrarse porque parecía que el chico no iba a moverse, la joven tomó el escudo que necesitaba arreglo y comenzó a trabajar, con dedos inseguros sacó el clavo de su lugar y examinó el tamaño del agujero. Había estado en lo correcto, la cabeza del clavo era demasiado pequeña y se había deslizado entre el cuero y la madera.

—¿Qué estás haciendo? —. El aliento de Jon la golpeó el rostro, apenas si podía respirar ahora, el chico se había inclinado para salvar la distancia que los separaba y sus labios estaban tan cerca de su cuello que la sangre hirvió en sus venas.

—Una de las correas se soltó, olvidaron remachar bien el clavo —. Le mostró la parte interior del marco, tomó el martillo que había dejado en el piso y atestó dos golpes a los otros remaches; ambos saltaron sin poner mucha resistencia tal como lo esperaba. La chica alisó los trozos de cuero en sus piernas, pasando los dedos por los pequeños orificios que habían dejado los remaches, después de pensarlo un momento colocó el escudo entre sus piernas y las correas en el lugar que les correspondía.

Jon la observó medir la distancia con sus dedos y después marcarla con la navaja.

—Así que, también sabes arreglar escudos…—.

—Y espadas, arcos, flechas, dagas… muy útil — Comentó sin mirarle, era la primera vez que la veía concentrada en algo que no fuera una pelea, usualmente la encontraba distraída en la rutina; con la vista perdida y las mejillas sonrosadas. Solo cuando luchaba esa aura de contemplación desaparecía para dejar a una sombra entrenada; peligrosa. Ahora sus ojos se estrechaban sin amenazar a nadie, se mordía los labios sin suprimir un gruñido y sus manos se movían con soltura sin buscar herir —¿Puedes pasarme la lámpara? Necesito fuego —. Mirla estiró la mano esperando, seguía con la ensimismada en su tarea y no pudo notar el sobresalto en el chico al verse interrumpido de sus pensamientos.

—Claro, déjame…— La lámpara estaba apagada así que encendió la mecha para ella, la joven se acercó un poco tomando el clavo de la punta y colocando la cabeza en la llama azulada. Sus ojos castaños captaron los tonos variantes del fuego, violetas en instantes para transformarse en dorados cuando giraba el metal ardiente. —¿Por qué lo calientas? —. Preguntó acercándose también para no perderse el espectáculo. Mirla que hasta el momento había podido controlar el latir de su corazón sintió que las vibraciones de su alma derretían su autocontrol, olía maravilloso; invierno fresco y seguro, sentía deseos de dejar todo lo que la ocupaba y recostarse en su pecho, percibir el subir y bajar de su respiración y embriagarse con el olor de su aliento. Que terrible era tener que conformarse con lo que se tenía y ella se complacía en la cercanía de su cuerpo, en su curiosidad latente por lo que hacía y en su compañía.

—La madera lo necesita para conservar su forma y la punta del clavo para expandirse y no deslizarse— Explicó mientras acomodaba el escudo de nuevo entre sus piernas con una mano —Sostenlo—. Le pidió señalando al escudo, Jon obedeció sin rechistar dejando la lámpara descansar en el suelo para tomar asegurar la madera con ambas manos. Mirla tomó el clavo, ubicó la correa en su lugar y afirmó el metal de lado ardiente con un dedo mientras tomaba el martillo.

—Cuidado…—. El siseo de Jon cubrió su propia queja, su piel se quejó de la herida, pero su marca ya actuaba sobre eso, encendiéndose en calor igual al que le arrancaba dolor, viajando por sus músculos hasta la punta lesionada y reparando el daño.

—No pasa nada, es solo una quemadura —. La chica se llevó el índice a la boca, la quemadura ya cicatrizando rápidamente, y comenzó a martillar con soltura como si nada hubiera pasado. Jon la observó fijamente sin palabras, si había un momento de su vida en que no estuviera impresionado con algo que ella hiciera definitivamente no sería este.

Después de martillar todos los clavos con la misma técnica colocó la madera sobre la mecha de la lámpara y dejó que el fuego quemara durante un momento, al separarla midió la resistencia cargándolo con el brazo y sacudiéndolo de arriba abajo.

—Listo—.

—Parece fuerte—.

—Lo sabremos hasta probarlo—. Contestó encogiéndose de hombros.

Al terminar el trabajo, sin nada que la distrajera de la presencia del chico sentado en la misma banca, tan cerca que su calor la dominaba por completo, la sombra se deslizo perpetuamente de su mente, solo quedó la chica sorprendida por sus propias reacciones, por su cuerpo invadido de hormigueos que se alojaban en su vientre. Mirla pensaba en reprocharse, pero aquellas sensaciones eran tan placenteras; deliciosas mareas que subían por sus muslos, su pecho, su cuello y la arrinconaban en un espacio pequeño de su mente, uno donde solo existían esos ojos grises que la miraban como el invierno mismo la miraba desde el muro. Mucho más alto que ella, mil veces más fuerte, cientos de veces más capaz mientras se pasaba las manos por sus rizos oscuros sin soltar el amarre de sus pupilas ni un segundo.

Gris contra castaño, un semblante estoico y unos ojos que parecían rogarle que se detuviera, que se alejara y al mismo tiempo que la estrechara, todo en un lenguaje que Jon no podía descifrar aún y que, sin embargo, le ponían nervioso e inseguro. Al mirarla así, con toda la concentración perdida para dejar simplemente a la chica de mejillas sonrosadas y semblante sombrío, le parecía más una niña que una sombra vengativa. Ese mismo aspecto le había engañado en Invernalia, cuando ella se aparecía de vez en cuando en los rincones de su vista, el rostro abandonado, sola y desvalida, no le provocaba el mínimo miedo, ni siquiera cuando la dejaron en aquel cuarto encerrada, cuando la arrastraron hacía el pasillo o al despedirse. Mirla no era peligrosa para él hasta que le enfrentó en el patio y supo en carne propia porque todos le advertían sobre ella.

Clavó su mirada en la suya soltando el aire que contenía lentamente, su rostro flaqueo ante el gesto y se giró, su cicatriz resaltaba como siempre, era oscura en ese mañana, de un tono vino profundo y le surcaba la mejilla como el zarpazo grácil de un animal salvaje.

—Tenemos que hablar—. Le dijo sin dejar de examinar su marca. La chica cerró los ojos y suspiró despacio, por un segundo pareció que iba a derrumbarse, pero se recompuso presurosamente y dejó sus herramientas descansar en el banco de madera para enfrentarlo. Donde antes se entremezclaban sentimientos que Jon no comprendía, ahora se encontraba aquella venturosa concentración.

—Sí, no se puede huir de una conversación…— Pareció meditarlo un segundo antes de lanzarse en el discurso que tenía preparado desde el primer momento en que lo miró llegar al castillo —Yo no sabía Jon, de haber sabido que vendrías al muro no hubiera llegado. No quería ser una molestia ni nada…—.

El chico levantó una mano para detenerla, hablaba tan rápido y con acento tan marcado que era imposible seguirle la pista, la suavidad con la que usualmente acariciaba las palabras se volvía pastosa con el nerviosismo.

—Mirla espera, no tienes que decir nada, quiero que sepas que no tengo la intención de decirle a nadie quién eres, tienes tus motivos para haber venido a este lugar y no voy a delatarte, además… todos tenemos nuestro pasado—. Fue como si el peso del mundo se hubiera levantado de sus hombros, se sintió tan ligera en ese segundo mientras registraba el sentido de lo que le decía, que creyó saldría volando de inmediato.

"¿Estoy segura maestra? ¿De verdad estoy segura?" A pesar de las emociones que él le incitaba se sorprendió de encontrarse lo suficientemente completa como para mirarle de frente sin desviarse, el cálido picante que subía por sus muslos pasó a segundo grado, remplazado por la gratitud que se expandía desde su alma. Era el momento perfecto para ser creyente y agradecer a su maestra y al destino mismo por permitirle respirar tranquila un día más.

—Sí, sin duda lo tenemos— Lo consideró seriamente, ella conocía su pasado, sus errores y aciertos ¿Cuál era el pasado de él? ¿Le pertenecía a él o a sus padres? —Gracias, no sabes la tranquilidad que me da escuchar eso—. Y como si buscara mostrárselo subió una pierna al banco, recargando el peso de su brazo sobre la rodilla y rozándole apenas la rodilla con la punta de su bota. Jon no la había visto tan relajada en la semana que llevaba en el castillo, él mismo no se había sentido así desde que se separó de su padre a las afueras de Invernalia.

—Hablé con los visitantes ayer, bueno con uno de ellos—. No sabía porque lo comentaba en ese momento, pero por primera vez en mucho tiempo Mirla se sentía con ánimo de hablar. Tal vez no era prudente hacerlo de repente, quizá si hubiera dejado pasar un poco de tiempo, antes de que pudiera continuar con su arrepentimiento él le preguntó

—¿Hablaste con Tyrion? —. "Le habla por su nombre, no por su título" susurró la voz de su sombra interior, la joven escuchó sin prestarle importancia, en su mente el hombrecillo siempre había sido eso… un pequeñín. Él podía hablarle con la cercanía que quisiera porque ella no había sido lo más correcta al dirigirse al hermano de la reina antes. O tal vez fuera eso, era mucho más sencillo recordarlo como "pequeño" o "Tyrion" que como miembro de la familia que le había arrebatado todo lo que amaba.

Una sombra espera si necesita hacerlo, se arma de paciencia y recuesta su cuerpo en la vigilia constante, espera el momento indicado de atacar, espera a que la presa se canse, se aislé o descuide, después… ataca.

Ya llegaría su momento, ya llegaría su venganza.

—Sí, fue… una buena conversación—. Últimamente se encontraba teniendo muchas, antes solo su hermana conocía su lado parlanchín; el que surgía en los momentos antes de dormir o en el hechizo de un licor amargo.

—Yo… hice mi viaje con él, fue molesto en algunos puntos— Mirla asintió, la sonrisa pegada en su rostro como una boba. Su marca le recriminó la debilidad mas el fuego se concentró en sus dedos quemados, restableciendo la piel y secando las ampollas —pero… creo que es razonable. Le hablé de ti el primer día que te vi, al parecer él se dio cuenta de que estabas aquí y yo… le pedí que no dijera nada—. Bajó la vista avergonzado, la petición del chico que apenas la conocía y se arriesgaba con un hombre cuya posición social estaba muy por encima de ambos. "Los fenómenos tenemos que mantenernos unidos" le había dicho la noche anterior y comprendió que en la extraña categoría que le había asignado también el chico de ojos melancólicos estaba incluido. "Una sombra, un bastardo y un enano, vaya grupo" pensó, todos parias de la sociedad, todos en el mismo tiradero del mundo, solo Tyrion era capaz de escapar hasta donde su dinero le llevase, ellos no tenían más remedio que quedarse ahí, congelados entre el pasadizo del muro hasta que otros vinieran y los relevaran de su turno.

—Vaya yo… gracias Jon, no tenías que hacer eso. Gracias, de verdad—. Parecía que la lista de agradecimientos crecía exponencialmente con cada frase que salía de su boca, en algún momento se encontraría tan endeudada que sus sentimientos patéticos de amor juvenil se verían claramente superados.

"No si también tengo que agradecerle por ser hermoso, por mover nervioso sus manos mientras su mirada se clava en mi y me desarma, por sonreír con esa tristeza que trasciende su alma para alojarse en la mía, por la tentación de su barba y la suavidad aparente de sus labios"

Culpaba a la poca experiencia que tenía, en su tierra, en el entrenamiento o en los viajes con su padre, ningún hombre le generaba lo que él.

—No es nada, no—. Jon sacudió las manos frente a él restándole importancia, sus mejillas se cubrieron de un bellísimo tono rosado y la sonrisa apenas perceptible se ensanchó hasta achicarle los parpados. El aire se le quedó agolpado en la garganta, si un Jon que la veía con la frialdad de todo el norte en su contra le quitaba el aliento y le aceleraba el pulso, uno que le sonreía iba a matarla, definitivamente. Pasado el instante de la impresión y con el silencio incomodo cerniéndose ante ellos la chica recordó las palabras de Kalt, había sido la manera en lo miraba, en la actuaba frente a él lo que la había descubierto, si quería durar en aquel ambiente debía controlarse, mantener todos esos sentimientos escondidos en lo más recóndito de su ser, justo como la cajita de madera donde descansaban la trenza dorada de Sertia.

—¿Confías en él? —. Le preguntó para intentar concentrarse de nuevo en la conversación.

—¿En Tyrion? Puede parecer extraño, pero sí, confió en él, ¿Tú? —. Aquello si la ponía a pensar, dejó salir el aire de su impresión anterior sin prisas. ¿Confiaba? Últimamente sentía que demasiado, o no lo suficiente. Al fin y al cabo ¿Quién decidía la dosis correcta? Para su padre sería nada, para su hermana más de lo adecuado, y ella… ¿Podía estar en un balance? Lo dudaba.

—Creo que lo hago, no lo sé, bendita sea la muerte, tal vez me estoy volviendo demasiado confiada—. Negó con la cabeza ante sus propias dudas y prefirió mirar sus dedos. Estaban sanados casi por completo, solo un rastro de piel rosada era el recuerdo del dolor pasajero. Tocó esa piel contra la rugosidad de su pulgar; la muerte la había bendecido con una marca fuerte; a pesar de todas sus dudas su identidad se mantenía como una roca impasible ante la tormenta.

—Me dijo que irá a Invernalia antes de seguir al sur, tiene un diseño para una silla de montar que mi hermano pueda usar—. Un escalofrío le recorrió la espalda, había estado tan ensimismada en sí misma que había olvidado por completo que Jon también tenía fantasmas del pasado que le perseguían. Bran era uno de ellos, el niño que le había regalado la imagen preciosa de la libertad, del viento, de la exquisitez de las grandes alturas y a que a cambio había recibido el peor castigo, por ella, por la muerte o la corona, no importaba. "De haber subido con él" la joven suspiró "Apuesto que le encantaría el Muro, subir cada mañana por los peldaños no la caja y quedarse ahí viendo el mundo expandirse ante sus ojos"

—Tu hermano, el señorito Bran… ¿Cómo está? —. Su voz era apenas un susurro, el toque de unas manos delicadas sobre una herida, en esa lentitud de murmullo su acento parecía miel sobre pan dorado, lento y suave se untaba en Jon con finura a la que estaba agradecido. Tenía mucho porque disculparse, tenía el tiempo que le quedaba de vida para compensarle el daño.

—Vivo— Respondió cuando quería decir "Sé que no le hiciste daño" —Recibí una carta, está despierto… débil y no podrá volver a caminar, pero está vivo —. Ella que parecía comprender mucho mejor que nadie más el peso de la muerte sonrió con ternura sin despegar sus ojos de los suyos, también en su mirada había entendimiento y él pensó en cuán agradecido y culpable se encontraba por su reacción.

—La vida es un regalo maravilloso —. Esta vez su sonrisa le desarmó, ella era una sombra, no obstante, su empatía cubierta de las palabras más ciertas dichas por los enviados de la muerte. Él había escuchado a algunos en Invernalia hablar de ella como un espíritu vengativo; para los norteños era una maldición y para los sureños una extensión de el extraño al que ningún hombre debía tentar. Para él, en ese momento de compasión, era el ser más sensible que hubiera pensado conocer el castillo negro donde violadores, ladrones y bastardos como él terminaban.

—Sí… Mirla, yo, tengo que pedirte disculpas —. Comenzó porque sabía que esa era su responsabilidad, su padre era Lord Eddard Stark, señor de Invernalia y a pesar de todo le había criado con honor, con valor de caballero, aunque su nacimiento no lo mereciera. Sus ojos castaños se agrandaron con la sorpresa de las palabras, no había razón alguna por la que él tuviera que pedirle disculpas, a ella, la sombra, la paria, la desgraciada. ¿Jon, el ser de bellísima melancolía que le robaba los latidos, disculpándose?

—Oh no Jon, no…—.

—No, lo es —Él la interrumpió antes de que terminara, sus dedos se alzaron frente a su rostro, tan cerca que sentía las oleadas de calor que emergían de su mejilla —Yo te juzgué mal cuando estábamos en Invernalia, no merecías que te culpara por lo que pasó—. Compungido dejo caer su mano, la palma rozó su rodilla en una caricia involuntaria que le tiñó la cara. Aquello era demasiado irreal, demasiado perfecto. ¿Seguía soñando?

—Jon, no, no tienes la culpa—. Le respondió bajando la pierna del banquillo e inclinándose.

—Pero…—.

—No— Fue su turno de interrumpirlo —Lo entiendo… Soy una sombra, es normal que sospecharas de mi…— Se giró para evitarle la muestra de su dolor, su tono mermó hasta convertirse en un susurro casi imperceptible, el chico se inclinó gastando la distancia entre ambos —Mi gente no tiene buena fama en este reino, es el precio que hay que pagar por esto—. Comentó señalando la marca con sus dedos, no había humor en la sonrisa que escapó de su mutismo y él sintió que el peso de sus acciones se acrecentaba en su pecho.

—Aun así… lo siento, me dejé llevar y no fui capaz de ver… de verte a ti con claridad—. Porque de eso se trataba, de mirarla y entender que era ella, no la sombra, la que había vivido en el mismo castillo, la chica de las caballerizas, la de los brazos sucios y la cara manchada que le miraba con todo eso en los ojos que le confundía, la que Theon había intentado seducir porque "nunca se había acostado con una sombra" pero apenas si pudo acercarse por que toda ella, cada parte de su esencia era mucho más de lo que todo norteño esperaría jamás. Un enigma que le intrigaba.

—Está bien Jon, acepto tus disculpas—. No tenía caso discutir, no cuando estaba tan cerca, no cuando le aseguraba que la miraba, no como los demás, ya no más.

—Gracias—. El chico le sonrió, agradecido con su perdón causando que volviera a perder el poco control que había asegurado durante la plática, si eso continuaba no iba a tener más remedio que limitar su tiempo de exposición… Ella se alejó esta vez, poniendo distancia mientras recogía con manos trémulas las herramientas de su arreglo.

Entendía su punto, pero ella tenía sus propias culpas. Sabía quién había tenido la culpa, su hermana se lo había dicho, su hermana terminó de camino al sur completamente sola por esa razón y no encontraba adecuado decírselo. De haber abierto la boca cuando aún estaban en Invernalia ¿Quién les creería? ¿Qué palabra tendía más peso, la de un par de sirvientas sin nombre o dinero o la de la reina? Pensarlo era incluso estúpido, proteger a su hermana era su prioridad y ni siquiera el dolor de Jon podía distraerla de eso. "Perdóname Bran, lo justo sería que tu familia vengara la acción contra ti", mas nunca a costa de la seguridad de la rubia, nunca.

Un silencio incomodo, aquel que había intentado evitar antes, se posicionó entre ambos, no era como ella lo esperaba de todos modos. Este no era penetrante en su necesidad de mantenerlo igualmente cerca y lejos, este silencio no le pertenecía, no era agobiante, pero la obligaba a continuar, si paraba en ese momento todo estaría terminado y no deseaba que fuere así. Su marca le recriminó la decisión y fue ignorada magistralmente.

—Escuché que estás entrenando a los chicos—. Comentó en ese intento de prolongar lo que parecía sueño.

—Sí… es difícil—. Él volvió a sonreír tomando una de las correas inservibles. Mirla repitió su respuesta en su propio rostro, rodando los ojos con levedad ante el recuerdo de los entrenamientos anteriores.

—Ni que lo digas, como sea, no soy el perro faldero de Thorne que va a ladrar cada que él ordene— Hubo un momento en que estuvo dispuesta a serlo, cuando estaba sola en el castillo y el dolor de su hermana le perseguía como una bestia salvaje sin descanso, pese a que sabía lo que perdería su intención era cambiar de bando, vivir bajo los deseos de un hombre como Thorne solo era factible si no había nadie más en el mundo —Así que, voy a ayudarte, a ayudarlos. Voy a entrenarlos—. Iba a ser complicado, tendría que dedicarles todo el tiempo posible y tal vez comenzar desde el principio, pero estaba bien, se fijó en el semblante iluminado de compañero (amada muerte, que deleite pensar eso) y comprendió que había dicho lo correcto.

—Suena interesante, estoy seguro que será muy bueno—.

Sonriente Mirla se puso de pie, súbitamente se sentía tan confiada como en los momentos cerca de Sertia, como si pudiese enfrentarse a todos los peligros del mundo, un monstruo repulsivo conjunto de sus enemigos, con la seguridad de salir vencedora.

—Soy una buena maestra… o solo una buena guerrera, pero de todos modos servirá—.

—Sí, definitivamente— Jon no tenía la menor duda de lo último habiéndolo experimentado en carne propia, de lo primero ya lo diría el tiempo, pero estaba claro la oportunidad de ser entrenado por una sombra era algo que sobrepasaba sus expectativas. Ser Rodrik e incluso su padre habían elogiado las maneras de las sombras en las batallas desde la llegada de las chicas al castillo, eso le trajo a la memoria a la otra, la rubia que se encontraba siempre cerca de la castaña —… Mirla—.

—Myr—. Interrumpió, algunos hombres iban y venían afuera del almacén y por mucho que ella quisiera desaparecer en esa habitación con él a su lado no podía darse el lujo de distraerse…más.

—Myr sí ¿Puedo preguntarte algo? —.

La chica giró sobre sus talones con gracia para enfrentarlo, aún estaba sentado en el banco mientras ella le miraba desde arriba, quiso sentarse, pero no, de pie era más fácil mantener la cabeza fría.

—Claro—.

—¿Está tu hermana bien? Es tu hermana ¿cierto? —. Si lo que buscaba era mantener la cabeza fría, la pregunta derrumbó todas sus esperanzas, le sorprendió, de nuevo, que le preguntasen por ella. Su mantra se repetía aún en su mente, no saber era una maldición a la que comenzaba a acostumbrarse y solo había que repetirse lo mismo hasta que lo creyera, aunque todo le gritara que no, que tenía que salir de ahí para encontrarla. Sertia estaba mucho más segura lejos de ella. La sensación del sueño le lamió desde el recuerdo, pero no, eso era un simple sueño, nada más, y estas eran simples preguntas. "Sertia está bien, Sertia está a salvo" mientras no abriera su boca para dejar ir los secretos de su partida, aquellos que los Stark ignoraban completamente.

—Sí, lo es, Sertia está segura lejos de aquí — De nuevo su mente se alejó del lugar y en un murmullo completo —Los sacrificios que hacemos —. Jon sabía poco de sacrificios, pero entendía los que uno hacía por sus hermanos.

—Siento que hayas tenido que dejarla —. Siento haber dejado a los míos, pensó.

—Yo también…— Ahí estaba el dolor, en esa mirada desconsolada, en la voz extinguida, en los labios temblorosos y la palidez del rostro. El dolor de alguien que estaba solo como él, sin nadie, como él, aunque el tío Benjen estuviera cerca, el dolor de alguien que había sacrificado tanto para terminar en el castillo negro, así como él, que sin tener nada sentía perdido todo —En fin, tengo que sacar todo esto para el entrenamiento —. Señaló el equipamiento en el suelo y la carcasa de madera recargada en la pared, se movió con lentitud tomando los escudos en sus manos y los arcos entre los brazos.

—Déjame ayudarte —. Le dijo cargando con lo que podía, Mirl… Myr asintió agradecida y salió al calor de una mañana en el Muro, no calurosa, no helada.

Juntos terminaron de instalar todo y para cuando los otros novatos se acercaron ambos estaban recargados en los postes de madera que sostenían el peso del techo. Mirla ya se había aprendido los rostros y nombres de todos, cada vez que uno se acercaba para saludar al chico ella se presentaba también, algunos parecían precavidos de su presencia; algo a lo que ella ya estaba acostumbrada, y otros como Grenn la saludaban sin importar que les hubiera pateado el trasero unos días antes.

Eddison Tollet la saludó con un movimiento de cabeza, se recargó en el mismo poste y permaneció en un agradable silencio, libre de toda queja, hasta que la figura de Thorne se hizo presente en el fondo del patio. Caminaba mirando hacia arriba, con los ojos fijos en el pasillo que surcaba y conectaba las estructuras, ella siguió su mirada y se encontró con el Lord Comandante, a su lado Tyrion Lannister; ambos examinaban a la reducida aglomeración de novatos que esperaban la práctica de ese día.

Había decidido confiar en el hombrecillo a pesar de todas las advertencias que su mente sombra le daba, por lo que respiró profundo por la boca y dejó que el aire la llenara de fortaleza, no era anormal que el comandante mirara los entrenamientos de cerca y tampoco debía ser que deseara mostrárselos a las visitas, después de todo Myr (el maravilloso chico sombra) era la atracción principal del castillo cuando de peleas se trataba.

Thorne vociferó las instrucciones, los nuevos se apresuraron a tomar sus espadas mientras ella se tomaba su tiempo para dejar su espada junto con su capa en la bardilla de madera seca, el hombre la esperaba con su arma del día en la mano; una espada sin filo que estaba desbalanceada y con muescas de guerra por toda la hoja. Refunfuñó una orden y la chica tomó su lugar frente a Jon que ya se encontraba en posición. El hombre hubiese querido que el muchacho sombra lo golpease con fuerza, pero ambos se enfrascaron en una pelea tranquila, con movimientos fluidos e indicaciones de ayuda que Myr soltaba de cuando en cuando.

La joven sabía que no debía tentar a la suerte, así que dejó que el chico la golpeara en el hombro y la barbilla para regresar los ataques con menos intensidad, su compañero trastabilló unos pasos antes de rendirse y colocarse junto a Edd que ya había dejado a Pyp en el suelo. Pelear con Pyp era mucho más sencillo; carecía de la gracilidad de Jon, de su experiencia y entrenamiento, sin embargo, poseía otras cualidades que podían ser explotadas; era rápido, delgado lo que daba más elegancia en sus movimientos, también tenía buenos reflejos que con la pericia necesaria podrían convertirse en ataques potentes y defensas imperturbables. Anotó todas sus criticas en un rinconcito de su mente mientras le mostraba como sostener la espada cerca de su cuerpo para protegerse de un ataque y lo suficientemente lejos para evitar que un golpe fuerte lo cortara.

En medio de su enseñanza Thorne se acercó, la tomó del hombro y la alejó del grupo, la chica lo dejó ser, pero se sacudió de su agarre tan pronto como llegaron a la estantería de las armas.

—Necesito que te quedes con estos, el Lord Comandante me llama-. Apenas dicho eso se giró para desaparecer en la escalinata que lo llevaba al pasadizo, desde donde el comandante no se perdía detalle.

Myr volvió al grupo de parejas que se mantenían y les llamó la atención.

—Ser Alliser Thorne tuvo que retirarse, estoy a cargo a ahora — Rast y otro de los novatos; Crall resoplaron lo bastantemente alto para que todos lo escucharan, la chica los miró con atención, sus ojos dos dagas que atravesaron sus cuerpos maltrechos. —Formen dos filas, Jon, Grenn, Pyp y Edd de este lado, Rast, Crall, Jed y Mendel del otro —.

Enfrentados uno frente a otro era mucho más fácil evaluarlos, sus debilidades eran generales en habilidad y técnica, pero la fuerza y soltura de algunos (proveniente de las clases que el chico de ojos grises les administraba) los dejaba en posiciones más adelantadas que otros.

—Quiero observar su postura, vamos, piernas bien plantadas en el suelo y espada sujeta con ambas manos—. Ahí estaba su mayor problema, todo buen guerrero dependía de su equilibrio, una postura fuerte era la diferencia entre la vida y la muerte en muchas ocasiones y casi todos tenían escrito en la frente su debilidad.

—¿Y para qué nos sirve estar parados? —. Mirla se giró sobre sus talones al escuchar la voz molesta de Rast arrastrarse en sus oídos, había dejado caer sus brazos y sus piernas estaban demasiado juntas para servirle de algo; no fue eso lo que le hizo perder la paciencia, no, porque podía lidiar con imbéciles que por falta de entrenamiento no eran capaces de ganar, o con las dudas de neófitos en la lucha, pero soportar a un engreído que no entendía la importancia de tener sus pies firmes… no, eso iba mucho más allá de ella.

—Mantente firme—. Le contestó mientras caminaba hacia él, con los puños listos, la mandíbula apretada y la mirada chispeante de furia, a menos de un metro levantó la pierna derecha y lo golpeó en el muslo, el hombre se tambaleó antes de caer de bruces con un sonido seco que hizo detener los cuchicheos de los curiosos.

—Por eso es importante, ahora ponte de pie antes de que te clave las manos a las pantorrillas—.

Los demás miraron sin decir nada, solo Jon parecía satisfecho con el castigo, ella que no convivía con nadie en el castillo estaba convencida que pasar más de lo reglamentario con Rast podía ser lo peor de todo. Un golpe en los glúteos y la humillación publica parecían ser una buena consecuencia de su pésima personalidad.

—Si no quieren que vaya y yo mismo les arranque los talones del suelo mas les vale escuchar, piernas separadas, rodillas ligeramente inclinadas, un pie adelante y el otro atrás, espada bien sujeta y espalda firme— les explicó cada paso con su cuerpo mientras recitaba las ordenes —¿Entienden? —.

Pasó buena parte de la hora para que todos dominaran satisfactoriamente la postura, después les mostró los movimientos básicos de la espada; ataque y defensa, arriba, abajo, izquierda y derecha, el marco que detendría todo ataque o terminaría cualquier defensa, con los pies firmes en el lodazal del patio y las manos gráciles sobre la empuñadura. Aquello les tomó mucho más tiempo, solo Jon era capaz de dominarlos y aún a él le costaba mantenerse a su ritmo. Cuando la campanilla de tareas sonó desde la torre vigía Mirla se sentía tan complacida como se podía estar con su primer entrenamiento, Thorne la miraba desde la barandilla superior y le hizo una seña para que se quedase, la chica se colocó la espada en la cintura y su capa observando como los demás se alejaban de camino a las barracas, donde dejarían sus cosas, y después a cumplir con las tareas asignadas.

Jon iba con paso lento, disfrutando del calor que le provocaba el adiestramiento, esa práctica era mucho más cercana a la que había tenido en Invernalia con Ser Rodrik y Robb. Mirla era mucho más perfeccionista, corrigiendo su amarre, sus pies, la fuerza de sus muslos o el arco de su espalda, para ella cada detalle debía ser correcto de otro modo "la espada caerá o ustedes caerán y al final es su cabeza la que va a caer de verdad", aquel acertijo de palabras revueltas se los había repetido en más de una ocasión mientras andaba entre ellos. Grenn a su lado aminoró la velocidad para dejar que Pyp y Edd se acercaran, parecía imposible que un repaso de posturas fuera tan cansado y, sin embargo, todos parecían deshechos.

—Vaya sorpresa — Grenn se giró para mirarlos a todos —Pensé que Myr iba a golpearnos a todos—.

Sus compañeros coincidieron, aunque, Edd estaba convencido de que aquello había sido una paliza disfrazada de ejercicio.

—Mucho mejor de lo esperaba— Comentó Pyp acelerando el paso en cuanto llegaron a la escalera —Es tan bueno como tú Jon—.

El chico de ojos grises sonrió siguiéndolos en la escalinata y secándose el sudor de la frente fría. —No— les dijo al llegar al pasillo de sus reducidos escondrijos —él es mucho mejor que yo—.

Myr, Mirla, era tan buena que no le costaba nada, era impasible como una roca, pensó, le recordaba al muro que sostenía el castillo; firme, eterna… y llena de todos esos secretos.

En el patio la chica esperaba al maestro de armas que bajaba las escaleras con lentitud pasmosa e insoportable, como si quisiese castigarla haciéndole perder el tiempo. Al llegar junto a ella con una mueca de fastidio y sin mirarla fijamente le palmeó la espalda.

—El comandante quiere que ayude en algunas cosas, vas a hacerte cargo de las prácticas esta quincena— Era una sorpresa placentera, una que le hizo sonreír satisfecha —Ahora, escúchame bien chico— su tono cambió por algo que la sombra en si reconocía perfectamente, era esa mezcla correcta de seriedad y amenaza que le servía para recordar quien era —Cuando vuelva quiero algo mejor que mediocridad ¿Entiendes? —. No hacía falta que lo dijera, ni que ella respondiera de otra manera que no fuera clavando su mirada en la suya, sin temores ni dudas.

La tarde avanzó sin mayores contratiempos, con la seguridad de no estar ahí a la hora de la comida porque enfrentarse a Kalt aún estaba fuera de la cuestión para sí, y de terminar todas sus tareas; terminar con el almacén, armería, caballos y limpieza. Al llegar la noche ni su estómago ni ella podían prolongar más la conversación, ya había tachado dos de su lista y por alguna extraña razón era esta la que más temía. Quizá porque el grandulón se volvía más cercano con el tiempo o por afrontar el miedo de que alguien más, fuera del círculo reducido de los que la habían conocido en Invernalia, conociera su secreto.

Durante el día el recuerdo de lo dicho la noche anterior, la confianza que había provocado la respuesta de Tyrion Lannister y Jon, todo eso se mezcló dejándole un sabor insólito en el paladar. Mirla estaba dispuesta a olvidar lo sucedido, pero no estaba segura de querer hacerlo. Kalt había sido sincero con ella, no le buscaba hacerle mal y solo deseaba… ¿Qué deseaba? ¿Estar cerca, suplantar el recuerdo de su hija, darle seguridad?

Caminó entre los hombres por el comedor, él no estaba en la mesa del fondo como ya acostumbraban, suspiró sintiendo de repente que la carga de sus culpas se volvía mucho más pesada, había avena viscosa para la cena que le supo amarga, sin saber si era por culpa de Hobb o por la mala sensación en su pecho.

De cualquier manera, pensó mientras comía sin masticar, tenía que hablar con Kalt.

La puerta se abrió, Mirla observó como Jon y compañía buscaban alguna mesa vacía, era una noche concurrida porque las visitas se habían ido y casi todos disfrutaban de la futilidad de servirse a sí mismos. Al caer sus ojos en ella; sentada en el fondo sin nadie que le acompañase, sonrieron, la chica que ya se venía venir la mar de visitantes se limpió los labios con el dorso de la mano y reclamó con más atención su comida. Ya había hecho contacto visual con ellos, no los había espantado con su mirada y no esperaba levantarse, agitar los brazos y gritarles que se sentaran a su lado.

No fue necesario porque todos tomaron su lugar, se sirvieron de la avena asquerosa y comenzaron a hablar; los hombres tenían siempre las mismas pláticas en las que Myr no se inmiscuía, varias veces se giraron para pedirle su opinión; respetuosamente, con ese deje de precaución y miedo que la distinguía entre todos, y en todas las ocasiones respondió sin ahondar en los detalles. Que, si las mujeres de Villa Topo eran muy promiscuas, no lo sabía, no había ido y no tenía intención de ir. Que, si la comida era la más asquerosa que hubiera probado, quizá, pero una vez la obligaron a comer fango y arena en la academia (Por alguna razón encontraron esa respuesta particularmente graciosa y ella no comprendía porque). Que, si los entrenamientos de los siguientes días iban a ser iguales a los de hoy, se encogió de hombros en esa ocasión porque no tenía idea de que iba a planear a para enseñarles. Que hacía tanto frío en el muro que la orina se congelaba antes de tocar la letrina, ahí Mirla decidió que tenía demasiado y se recargó en la pared para escapar de sus preguntas.

Jon se había sentado a su lado, su espada y su capa los separaba así que el chico se inclinó sobre ellas para susurrarle unas disculpas simples en el oído. Su aliento le erizó la piel de la nuca y le provocó escalofríos de placer que se confundían por su cuerpo hasta terminar en su vientre. Giró la cabeza para contestar sin darle importancia y se encontró con su rostro a medio camino, tan cerca que su aliento; a vino especiado (¿Dónde carajos habían conseguido vino especiado?) y lobo la marearon. Al final no sabía que había respondido, su mente estaba perdida en el remolino de sus ojos, tan oscuros entre las sombras del comedor, y su piel iluminada por la leve luz de las antorchas le arrebataron la respiración. Era tan hermoso, tan jodidamente hermoso que la tentación de acercarse, de cerrar la distancia y juntar sus labios con los suyos y probar el dulce sabor del vino, del invierno, del pelaje del animal enorme que la noche anterior le había asustado tanto.

Se clavó las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza como era capaz para concentrarse en abrir la boca, en decir algo y no quedarse como tonta, pero nada salía. Jon tenía la mirada suave, la sonrisa también, había confusión en medio de las lagunas de su rostro, no obstante, parecía feliz, en calma y aquella tranquilidad le seducía tanto como la melancolía.

Estaba tan cerca, tan cerca que…

"La manera en que lo miras, como actúas frente a él"

Las palabras de Kalt perforaron la atmósfera fascinante que la envolvía, de repente Mirla recordó donde estaba, entre que personas y ante que situación. No podía darse el lujo de perder el control, de dejar que alguien más, quien fuera, se diera cuenta de lo que sentía. Se irguió del banco y miró a su alrededor, nadie les prestaba atención, pero aun así… Sin mirar a Jon, sin despedirse de nadie salió al patio, dejando que la brisa gélida de la noche le limpiara la mente.

No puedes ser tan débil Mirla, domínate ¡Domínate!

Respiró profundo con la boca abierta, disfrutando del fuego que su marca envió a sus pulmones y garganta. No sabía si tenía guardia en el Muro y lamentó no hacerlo, estar ahí arriba con el aire, el peligro y las distracciones le podrían ayudar a superar todo esto, aunque una guardia significaba seguramente estar cerca de Kalt.

Derrotada ante la perspectiva de su noche se aproximó al callejón que la llevaba directamente a la jaula, podía quedarse ahí hasta que el grandulón apareciera y si no lo hacía, una noche despierta no la mataría.

Repentinamente de la oscuridad del callejón surgió una bestia enorme, su pelaje blanco reflejaba la luz de las antorchas a su espalda y sus ojos de ese profundo rojo sangre la examinaron de nuevo. Mirla sintió el corazón saltarle, su cicatriz le inundó de ese delicioso calor de batalla, pero la chica se quedó quieta. El lobo de Jon no había intentado atacarla la noche anterior, aunque podía haberlo hecho sin problemas, tampoco parecía interesado hoy. Era como si ella interrumpiera sus caminatas y no a la inversa, la chica se acercó unos pasos y el animal la siguió con la mirada; su expresión de casi aburrimiento cambió en un sutil segundo. Era mucho más alto que cualquier otro lobo, casi tanto que su hocico rozaba sin problemas su garganta.

"Si saltara sobre mí ahora podría arrancarme la tráquea sin que nadie pudiese impedirlo" La inseguridad de encontrarse con un depredador tan avanzado le relajo los músculos, si la muerte quería llevársela esa noche morir a manos del lobo del chico que le revolvía la mente no era una mala opción, al menos sería rápido. El animal, ajeno a sus pensamientos, trotó los pocos metros que los separaban y olió su mano, tenía el hocico húmedo; de sangre o de nieve, no le importaba. ¿Por qué sus ojos la miraban de ese modo? La chica acarició el pelaje con cautela, sus sentidos alerta ante cualquier movimiento, no era suave como lo habría imaginado; era rugoso, áspero y abundante, la clase de pelaje que un buen animal norteño tendría, debajo de la capa caliente había músculos fuertes que sus manos expertas ubicaron; los músculos de un cazador experto.

A pesar de su tamaño el lobo no intentó asustarla, ni siquiera cuando se arrodilló ante él para acariciarle la zona sensible detrás de las orejas. En esa posición era mucho más amenazante, sus ojos la acompañaban en cada movimiento, brasas encendidas que no la dejaban en paz. Tan rápido como había venido, el lobo acarició su mano con su hocico y se alejó, andando como si no pasara nada por el patio de entrenamiento y después al camino principal para salir por las puertas. Aun agazapada y hechizada la chica se bebió las sensaciones de su presencia, casi como la de Jon.

—Myr…— Alzándose tan rápido como pudo se giró para mirar al hombre, no podía distinguir bien sus rasgos en la oscuridad, sin embargo, sus ojos le quemaban al igual que las brasas del lobo, este fuego era azul tormentoso, un relámpago en una tormenta marina. —¿Qué haces…? —.

—Kalt, yo… —. Interrumpió al rubio que se acercaba con pasos cautelosos, "Soy el huargo ahora" pensó y se quedó callada de inmediato. Todo el día había pensado en él, buscando las palabras para expresarse, confrontarlo o huir, y cuando las necesitaba escapan de sí como cervatillos en el bosque.

—Myr lo siento—. Fue un susurro que podía haberse perdido para cualquiera, no a ella. Podía verlo con claridad, bajo las antorchas del otro lado del callejón, el cabello rubio revuelto, la mirada decaída y una mueca de suplicio en el rostro.

—No, Kalt no, yo lo siento— Se encogió y sintió la debilidad arrastrarla, sus pestañas pesaron de lagrimas que se obligaba a no derramar. Si su hermana estuviera aquí, si ella le guiara le diría que fuese honesta, así como él había sido honesto con ella —Tuve miedo—. La honestidad simple y directa, Mirla había tenido tantísimo miedo en su vida, su marca le beso las esquinas de la piel con un fuego ligero; un roce de comprensión que nunca había tenido.

—No voy a hacer nada Myr—. Estaba quieto ahora, con los brazos colgando a sus lados y la frente alta; abierto a todo lo que ella quisiera decirle.

—Lo sé, confió en ti—. Y que su maestra le castigase si no creía necesario, quizá estaba volviéndose demasiado confiada, pero la alternativa era la soledad y Mirla siempre había estado sola, quería algo diferente.

Se quedaron así, midiéndose el uno al otro mientras pasaban los segundos, escrudiñando en las cuencas ajenas los sentimientos que estremecían su existencia. Él sabía que la chica que tenía frente a sí no era su hija, era la hija de alguien más, una muchacha abandonada, una enviada de la muerte que lloraba en un dolor seco y silencioso; eso que el comprendía tan bien. Ella…, necesitaba su presencia, su compañía; era egoísta y sincera consigo misma, lo suficiente para saber que tenía que hacer todo lo posible por que se quedara, debía salvar esos rastros de amistad efímeros antes de que el tiempo, el destino o la muerte decidiesen por ella.

—No tenemos turno en el Muro, vengo de ahí—.

—Bien— El hombre comenzó a avanzar con una sonrisa delicada, Mirla que sabía lo que las despedidas vacías dejaban en la gente le llamó —Espera Kalt… ¿Te gustaría ir a Villa Topo?—. Era temprano todavía, no tenían turno, los vigías los dejarían pasar a cambio de un favor o algo del lugar… podían salir y volver antes del amanecer.

—Yo… no voy a burdeles Myr… no creo que tú—. Le dijo con los ojos abiertos en sorpresa y las manos nerviosas desechando la mera idea. La chica soltó una carcajada suave y negó con la cabeza divertida, pensar que ella buscara eso.

—No, no, no para eso, vamos sígueme—.

No aceptó una queja, regresó por el camino que había tomado antes, el establo estaba oscuro, pero los caballos la conocían y se dejaron preparar en el apuro. Con los guardias de la puerta costó más trabajo; dos turnos en el Muro ese mes y un tarro de mermelada que podían conseguir en el pueblo, cerveza ya tenían en el castillo y no eran tan refinados como para pedir vino.

El camino transcurrió en silencio, la noche era fresca y sobre la montura el aire les quemaba las mejillas. El bosque estaba callado, solo los árboles cantaban y bailaban a un ritmo que, hacia dormir a los animales, lo cruzaron veloces sin detenerse un momento, disfrutando de la pequeña libertad que se permitían. Villa Topo no dormía como sus alrededores y fue bastante sencillo encontrar en la taberna una botella de licor fuerte, no el vino dulzón de los sureños, ni el especiado, tampoco la cerveza agría de los norteños; ese licor era uno que Mirla había probado en sus primeros días en Poniente. Uno fuerte que los cultivadores de papas se distinguían en preparar ellos mismos, era transparente y tan poderoso que solo necesitabas un par de tragos para caer. Pidieron unos trozos de queso y pan, unas naranjas que estaban olvidadas en el estante, la mermelada de los guardias y, por qué no, un trozo de pastel de moras.

Ya en el bosque, mientras buscaban un lugar para recostarse, con el frío colándose entre los pliegues de la capa y las risas que el licor les provocaba, se sintieron como niños, no como compañeros de la guardia, no como un hombre y una chica que buscan llenar los espacios vacíos de ambos. No, en ese momento eran amigos.

Amigos que encontraron una pileta de agua seca junto a un pozo protegido y pensaron que aquel sería el mejor lugar para comer, se sentaron con la espalda recargada en la pileta, el aire vibraba a su alrededor al igual que las agujas frescas de los pinos. Estaban en un claro y las estrellas titilaban brillantes como joyas en el cielo, la atmósfera perfecta bajo la que devoraron el pan, queso y la tarta. El licor era mucho más difícil de terminar, por lo que Kalt en un intento ebrio (aunque en ese momento ninguno lo admitiría) exprimió las naranjas en la botella.

El sabor seguía siendo vigoroso, pero era una buena combinación y pronto se recargaron el uno contra el otro mientras miraban el cielo nocturno. Era un espectáculo maravilloso, libre en todos los sentidos.

—Islene amaba las estrellas, cuando era niña se tiraba en la hierba con una manta envolviéndola y miraba el cielo hasta quedarse dormida. Solía decirle que su madre estaba ahí, mirándola, cuidándola—. La voz de Kalt era un murmullo maravilloso que se fundía a la atmosfera helada.

—¿Eso creen los viejos dioses? —. Mirla se levantó de su hombro para enfocar su vista danzarina en los puntos del cielo. Miles de ojos vigilantes que la seguían, miles de vocecitas de esperanza que cantaban a unísono alguna tonada desconocida.

—No, yo ya no creo en los dioses, no le he hecho desde hace mucho tiempo-.

Como las sombras, pensó Mirla, como mi padre. Esa noche le recordaba otra, una que había pasado hacia tanto tiempo, que se sentía como mil años en el pasado remoto.

—Esta noche, me recuerda a un viaje que hice con mi padre... No fue un viaje familiar, era más bien un instructor y su aprendiz, fuimos a las playas del norte de mi tierra, era muy frío, casi tan frío como aquí… una noche me hizo acostar en la playa, me dejó con la ropa que tenía; sin mantas ni fuego. No tenía permitido moverme, encender una fogata o buscar refugio. El me vigilaba desde su campamento y solo el destino sabía que hubiera sido capaz de hacer de encontrarme desobedeciéndolo. Pero no, me quedé esa noche quieta, tratando de no sentir como se me engarrotaban los dedos, las piernas, me quedé ahí mirando las estrellas y pensando en mi hermana, imaginé que estaba conmigo, que mirábamos el cielo juntas; cubiertas por mantas, con un fuego cerca. Pensé en lo mucho que quería salir de ahí con ella, en todos los lugares que veríamos, en todas las playas cálidas donde nos recostaríamos a sentir el sol en la cara. Esas son las mismas estrellas…—. Debían ser las misma que Sertia miraba en ese momento, en otra parte del mundo; segura, tranquila.

Kalt contempló el rostro de la chica, sus facciones delicadas que le hacían lucir como un muchacho joven y esos bonitos ojos desconsolados que miraban el cielo como si le pidieran algo. Un nombre que él no sabía, pero intuía, una plegaría de cabello dorado y suspiros que le arrancaban el alma de pedazo en pedazo. Él también tenía esos fantasmas; Islene, sus ojos castaños abiertos que no veían nada, que nunca más verían nada. Esos pesos muertos que los seguían a ambos desde el pasado, a ella su padre, desconocido para el grandulón y su hermana; dos figuras que la completaban.

Su padre que le maltrataba, que odiaba con cada gota de sangre que corría por su cuerpo, pero al que no podía dejar ir de su vida, el que la acosaba, aconsejaba y acompañaba en todos sus instantes y Sertia, el cielo de su vida, su motivo, su fortaleza. Ambos; el fuego que la mantenía de pie todos los días.

—Por las estrellas…—. Kalt levantó su copa improvisada.

—Por nuestras estrellas…—. Respondió Mirla con la botella en la mano.

Ambos, solos; fugitivos de su pasado, rieron y bebieron hasta que la luna les iluminó al camino a la cárcel que compartían… juntos, al menos.