Regla N°7: "Haz que tu enemigo sufra por su superioridad, haz que tu enemigo pague por su carencia"
"Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido."
-Luis Cernuda, Donde habite el olvido.
Fantasma crecía a niveles acelerados que sorprendían a cualquiera en el castillo. Mirla lo adjudicaba a sus cacerías diurnas, ya que, cada noche cuando se encontraban de camino a las barracas o al Muro el lobo tenía el hocico manchado de sangre fresca. El animal asustaba a todos cuantos se ponían en su camino, ya le había dado un susto tremendo a Thorne que los había hecho reír en lo privado y con lo que Fantasma se había ganado el desprecio del hombre. Nadie, ni siquiera los amigos de Jon, le hacían frente. Ella no le temía y parecía que su presencia no provocaba reacciones negativas en él; se miraban en las noches, esos extraños ojos borgoña la analizaban de pies a cabeza antes de acercarse para recibir su caricia del día detrás de las orejas y después desaparecía en la oscuridad.
Jon se había sorprendido de su intercambio cuando había estado presente, pero ni el lobo ni ella le habían dado importancia. Su relación, extraña como era porque seguía siendo una bestia y ella una sombra, no era incumbencia de los demás.
A pesar de ese cariño la chica pensaba que era demasiado rápido, ya que, ningún animal podía crecer más de diez centímetros de altura en menos de dos semanas, al menos no uno que ella conociera. El chico de ojos grises le aseguró que Fantasma no era un lobo común (como si no se hubiera dado cuenta antes), los huargos no pertenecían a las tierras al sur del Muro; eran demasiado poderosos para las otras creaturas de los bosques norteños. En fin, todo ese crecimiento la tenía desconcertada y curiosa, buena combinación porque la mantenía ocupada por las noches, así sus sueños no la atormentaban durante el día. Fantasma y los entrenamientos eran suficiente para su atribulada mente, tanto que ni la imagen de Sertia había logrado imponerse en su pensamiento, ahogándola en la opresión de su recuerdo.
Por ahora todo era enseñar y hacer toda clase de teorías por las que un lobo podía pasar de "perro ligeramente grande" a "¡Es tan alto como un poni!", o tal vez Fantasma era solo una distracción para olvidarse de la presencia de Jon, siempre presente, siempre atento desde su conversación en el almacén de armas. El chico parecía querer torturarla con todo el acercamiento, y lo peor era que Kalt se había negado a meter sus manos en aquel revoltijo; simplemente le había dado un consejo: "Controla tu cara y listo", que no había servido mucho que digamos. Para su suerte ninguna otra persona la había descubierto en esos doce días y pensaba mantenerlo así por mucho tiempo…, entonces sí, quizá el lobo era un medio para un fin, pero él no la juzgaba como ella tampoco le juzgaba.
Los entrenamientos habían avanzado bastante, sin Rast ni Crall para molestarla quienes se habían retirado de su vista y se negaban a entrenarse (La muerte sabía que aquello le importaba poco, si ellos querían estar un paso más cerca de tener una espada en el cuello era su decisión), sus seis aprendices no la decepcionaban; era casi una locura estar tan orgullosa cuando menos de una quincena había pasado, pero ¡sagrado destino! Había que verlos mover la espada, quedarse firmes, atacar y defenderse, si bien su gracilidad no era fantástica, su empeño sí y Mirla no podía estar más agradecida.
Alliser Thorne se había presentado pocas veces en el patio a la hora de las prácticas; desde la partida de los exploradores iba y venía siguiendo al Lord Comandante y a otro grupo para concretar ciertas cosas (cosas de las que nadie hablaba porque, al parecer, nadie tenía permitido hablar sobre eso). En las escasas ocasiones que los miraba siempre estaba molesto, refunfuñaba acerca de los chicos, criticaba su método y la amenazaba con esas sutiles formas que la hacían crujir los dientes. Rast y Crall le seguían y Mirla tenía que controlar el deseo de machacarlos a golpes cuando se paraban sin hacer nada a reírse de ella o de los chicos. No los había golpeado, claro que no, si no cuentan las veces que les arrojaba los escudos o les daba con la tira de cuero en la espalda para expulsarlos del lugar; Jon y los demás pensaban que era graciosísimo y la alentaban para que su puntería no fallara.
De todos los giros que su vida daba últimamente, el que más le sorprendía era la facilidad con la que ganaba "amigos", seguía teniendo un aura de peligro que mantenía alejado a alguno que otro imbécil, pero no a los suyos; ellos no se alejaban tan fácilmente. La seguían en el comedor, se apuntaban para las guardias del muro con ella y para los trabajos en los que la veían estar. Aquello no le molestaba, porque sus intenciones parecían ser inocentes; simple y llana socialización, sin embargo, lo que le ponía los pelos de punta era el trato que recibía de Jon. El chico no la asfixiaba con atenciones, seguía siendo distante en muchos aspectos, pero, intentaba estar siempre presente cuando los demás la rodeaban; cuidaba la manera en que se expresaba frente a ella, amonestaba a alguien si decía sandeces y la seguía en sus guardias cuando Kalt la acompañaba.
El grandulón se quedó pasmado cuando Mirla le dio la noticia sobre lo que Jon sabía, había sido durante una de sus guardias, el chico de ojos grises también se había apuntado (es decir, había molestado a Thorne lo suficiente para que su castigo fuera estar con ellos esa noche) y juntos se calentaban en una de las hogueras metálicas junto a la abertura. El joven estaba nervioso por su tío, el tal Benjen que ella recordaba de Invernalia, los exploradores habían partido hacía poco más de una semana y hasta ese momento no había más noticias sobre ellos. La joven sombra intentó reanimarlo, a pesar de las advertencias silenciosas que su marca le dejaba como fuego en su mejilla; no entendía porque, pero desde hacía varias noches su cicatriz la inundaba de inseguridad con las tierras al otro lado del muro. Era una vocecilla que le susurraba: "algo está mal", aunque nunca le decía que.
Después de algunas frases de consuelo el chico había dejado caer el tema, Kalt a su lado se había recargado en la pared de hielo en mutismo mientras el aire zumbaba con fuerza a su alrededor, y entonces, se le había escapado una queja sobre; lo difícil que era tomar un baño o limpiarse con todos los hombres cerca. Jon se había escandalizado, siseó su nombre en advertencia sin dejar de mirar al grandulón que se limitó a mirarla a ella con los ojos abiertos como platos. De haber sido en otro momento la chica se habría reído de ambos hasta caerse, en aquel instante no fue nada cómico, los dos parecían listos a saltar en explicaciones, excusas o lo que fuera que necesitaran. Mirla alzó las manos en el aire y los tranquilizó.
—Kalt, Jon me conocía desde antes de venir al Muro, sabía quien era—. Una frase pequeña para desatar la tormenta.
El de cabello rizado estaba sorprendido de que alguien supiera y su amigo enorme de que fuera Jon él que la conocía desde antes. La joven miró el principio de un ataque mientras los dos hombres se examinaban, solo la muerte sabía como acabaría todo si los dejaba enfrascarse en una pelea sobre; ¿Quién era más inseguro para ella? ¿Quién la pondría en peligro? ¿Vas a decirle a alguien? Y todas esas preguntas que le saltaban en la mente.
Gastó lo que quedaba de la noche para llegar a una tregua, que, al final resultó ser igual de contraproducente para ella, puesto que, cuando las dudas de ambos quedaron disueltas y su lealtad asegurada, de pronto Mirla se convirtió en el paquete a proteger (como si lo necesitase), desde esa noche la seguían de cerca, intentaban mantenerla fuera del radar de los hombres, la ayudaban si necesitaba algo e incluso se habían atrevido a visitarla todas las noches antes de dormir para una "reunión" en la que discutían los asuntos del día y cómo iban a proceder.
De haber sido Sertia habría sabido como reaccionar ante aquellas acciones, pero no, ella era una sombra. Mirla la sombra, hija del mejor, entrenada por el mejor y la favorita de su maestra, y estaba segura por todo lo que consideraba sagrado que no quería a un par de tontos rondándola como si fuera una señorita. Así que se enfrentó a ellos una tarde mientras los demás iban a las barracas, los hizo detenerse en el callejón que llevaba a la jaula, Fantasma también estaba ahí, trotando a su alrededor con la cola alborotada queriendo llamar su atención.
—No soy una niña, ni una señorita, puedo cuidarme por mí misma, ¿Escucharon? Si siguen molestándome les juro por mi hermana que voy a patearles la cara hasta que se les caigan las muelas—.
Ninguno había creído en su amenaza, es decir, Kalt sabía que la chica podía golpearlo si lo deseaba, pero no por aquello, y Jon, el testarudo, que no veía el peligro que Mirla representaba hasta el momento de enfrentarla en batalla, dudaba que la situación avanzara a tanto. Aun así, su protección se había reducido y ahora solo era un zumbido molesto de cuando en cuando. Las reuniones no pararon porque le agradaba tener un poco de compañía, al lobo acostado encima de ella y a Jon tan cerca.
La noche anterior, por ejemplo, habían discutido sobre Benjen. La chica aseguró que el jefe de los exploradores sabía lo que hacía, conocía las tierras del norte y si no había enviado ninguna señal de su paradero era porque, quizá, no había encontrado nada aún y debía seguir investigando. No mencionó los arranques de su marca, las quemaduras, los susurros de la muerte en sus oídos y los sueños extraños de hielo oscuro que cubría el cielo porque no tenía caso asustarlos con sus ideas locas. Ya era suficiente con ser una sombra y tenerlos ahí, no tenía que decirles todo lo que conllevaba serlo.
La mañana estaba fría, helada en comparación a las que habían tenido en el mes. Se puso su traje negro, las prendas del castillo y encima la capa; con el ejercicio de la práctica los músculos se calentarían y el frío que su cicatriz combatía sería menos constante. Era temprano todavía, así que se dirigió al establo. Estar con los caballos la tranquilizaba: limpió, llevó heno, les dio agua, revisó las herraduras y cepilló a los animales hasta que la luz tibia del sol iluminó entre las nubes y la campanilla del desayuno se escuchó. Los chicos estaban sentados en su mesa; la más alejada y de espalda a la pared, la joven suspiró; sus entrenadores le habían advertido de los costos de su identidad, ser una sombra venía con la soledad, el aislamiento y la falta de cariño que sus antepasados habían padecido. Que la miren ahora, caminando a una mesa casi llena, donde siete personas la esperaban para atreverse a comer.
El plato del día era avena, no sabía a avena, no tenía pinta de avena y lo más cercano con lo que la chica podía compararlo era el engrudo que se usaba en su tierra para reparar los surcadores, sin importar la apariencia Mirla se sirvió un plato a rebosar y ante la mirada sorprendida de sus aprendices lo devoró en menos de un minuto. Edd, quien ya se estaba acostumbrando al sabor, se metió dos cucharadas a la boca que apenas si pudo masticar un poco antes de tragar, Grenn estaba satisfecho con el simple hecho de tener comida en la mesa, Kalt comía con la misma intensidad que la sombra y los otros chicos parecían comer sin pensarlo, como alguien que se pasa la vida sin tomar en cuenta el gusto de su paladar, tal y como se lo habían enseñado a ella. Solo Jon y Pyp se negaban a meter el cucharon en el cazo y la miraban con pasmo mientras se servía una segunda ronda.
—¿Cómo puedes comer eso? —. Fue la voz delicada del flacucho la que le preguntó, pero Myr distinguió la misma interrogante en la cara del rizado.
—Una sombra no desperdicia una comida—. No cuando les enseñaban de los peligros de la hambruna, de tener que combatir sin sustento por días y de enfrentarse a todos los retos con la mente nebulosa y confundida por el hambre.
—Una sombra no, pero yo sí—. Pyp retiró su plato, la chica alzó la ceja ante su negativa y dejó de comer para mirarlo fijamente. Esa misma mirada que su padre le daba cuando se rehusaba a cumplir alguna de sus órdenes.
—Tonterías, come…— Le dijo señalando el cazo caliente, no había espacio para protestas en su tono y el chico lo comprendió de inmediato —Tú también—. Ojos grises la miraron sorprendidos, pero obedecieron igualmente. Cuando se sirvieron, esos mismos orbes le llenaron de calidez al regalarle una mirada juguetona con una sonrisa dulce en los labios.
—Aye, señor-.
El grandulón comió más que todos y al terminar se pusieron de pie casi al mismo tiempo para la hora del entrenamiento. Mirla rodó los ojos ante el espectáculo que daban; como marionetas que la seguían a donde se moviese, sin pausas avanzó hasta la puerta y salió, afuera el viento frío seguía azotando los edificios y el gélido de la mañana se filtraba por entre los callejones y en el patio. Envió a dos de ellos para que buscaran las armas a usar y mientras les ordenó a los demás que formaran un círculo a su alrededor, para que nadie se perdiera de sus movimientos.
Ya sabían lo básico del combate, los más avanzados habían aprovechado la situación para aprender de su técnica y ponerse al corriente con ella. Ahora les quedaba una de las lecciones más importantes; analizar al rival para comprenderlo, conocer sus debilidades para hacerle sufrir por eso y reconocer sus fortalezas para convertirlas en su desgracia. No era sencillo enseñarlo, a una sombra le tomaba casi todos los años de práctica constante desarrollar un buen ojo de batalla, uno que le permitiera ver en un rival defensivo u ofensivo todo lo que necesitaba saber antes de siquiera dar el primer golpe.
Su padre se lo había mostrado cuando aún era muy joven, sus entrenadores pulieron su habilidad y fue durante todos sus combates que su percepción se había vuelto afilada y precisa, como la de su progenitor, tanto que le costaba no hacerlo en lo común; cuando alguien caminaba cerca de ella, hablaba o respiraba en su proximidad, Mirla se dedicaba a analizarlo, medir su cuerpo y su mente e imaginarse la decena de resultados posibles en una pelea.
Esperaba ser lo suficientemente clara, que ninguno de ellos sintiera que hablaba en otro idioma y comprendieran que la clave para ganar cualquier combate no recaía en la habilidad, ni en la técnica, la fuerza o las armas. La clave de la victoria pesaba en el análisis, en el ver y observar antes de actuar.
Una sombra no teme al enemigo que acecha, no descarga sobre un rival desconocido toda su furia. Una sombra, ve y analiza, mira cada parte por separado y examina en conjunto antes de combatir. Así una sombra sabe qué le espera siempre, nada la sorprende y, por lo tanto, siempre aguarda la victoria.
Era la sabiduría de su gente, el deber sagrado que les había sido impuesto, dado a un montón de Ponientis. Sus antepasados se revolcarían en sus tumbas de mirarla ahora, cuando las sombras escaparon de Valyria, llevando consigo los secretos del fuego y de la muerte, juraron que jamás volverían a enseñar sus misterios al mundo. "Mírame maestra", pensó, "No es a ti a quien insulto con mis acciones, es a ellos"
Cuando todo estuvo dispuesto la joven se quitó la capa, desfundó la espada, la daga y los dejó en el montón fuera del círculo.
—Hoy voy a enseñarles algo muy importante, de esto dependerá su vida en todas las batallas que enfrenten—. Los chicos callaron ante sus palabras, atentos a lo que vendría. Este era el momento en que dejaban de ser sus hermanos, Myr el chico de la guardia se transformaba en sombra y entre ellos no había nada en común.
—Una sombra pelea con la mente antes que con el cuerpo, analizamos a nuestro enemigo para detectar qué podemos usar a nuestro favor y qué no—. Clavó su mirada en cada uno, observando sus rostros, jóvenes algunos, cansados, destrozados por las circunstancias que los habían dejado en el lugar donde estaban. En eso eran parecidos, pensó, en esa misma soledad que los perseguía, forzados a tomar por hermanos a ladrones, violadores, bastardos, prófugos. Obligados a reconocerse en otros y olvidar la vida que llevaban antes, de esa vida no quedaba nada, estaban ahí y ahí estarían hasta la muerte.
—Grenn, al frente—. El muchacho avanzó sorprendido. Jon era, usualmente, el ejemplo que usaba en la enseñanza, puesto que era fácil porque no había que explicarle mucho. No esta vez, en esta ocasión necesitaba a alguien cuya supervivencia en una batalla tuviera posibilidades de victoria reducidas —Mírame, ¿Cuáles son mis fortalezas? —. Parada frente a él, con los brazos en los costados y el rostro sereno parecía un niño y no un hombre, demasiado joven para la guardia. Entonces estaban esos ojos llenos de fuego castaño, y su marca palpitando en color vino, no un chico, sino un enviado de la muerte.
—Hmm, eres rápido, fuerte…, ¿una sombra? —. La respuesta fácil, Mirla sabía que era rápida y fuerte, lo de sombra venía sobrando. Aquello iba a ser difícil si lo único que eran capaces de ver era eso; lo físico. La chica se sentía orgullosa de saber que su fortaleza principal recaía no en todos los atributos del entrenamiento sino en su marca. No en ser una sombra de prácticas y golpes, sino en ser una sirvienta de la muerte. ¿Serían capaces de verlo?
—Bien, estoy preparado para ganar, ¿No es cierto? —. La habían visto luchar, sabían de que estaba hecha.
—Sí—. Los demás asintieron en sus lugares, en cambio Jon permaneció estoico; él consideraba a Mirla fuerte por ella, por esa confianza que la empapaba cada vez que iniciaba una pelea. Una sonrisa traviesa, un brillo especial en sus pupilas y la calidez de su marca, eso era lo que él consideraba peligroso de ella.
—Bueno, mírame de nuevo, ¿Cuáles son mis debilidades? —. Aquí estaba lo complicado; observar a un oponente y calcular sus fortalezas no era cosa del otro mundo, si era fuerte o rápido, solo hacía falta verlos dar un paso, una estocada, un modo de caminar específico, pero ¿debilidades? Un ojo entrenado veía eso tan claro como el cazador el paso de la presa, estaban también en los pequeños detalles: la agitación de las manos, el balance de las piernas, la soltura de los hombros y la expresión del rostro.
—¿Ninguna? —. Y era exactamente lo que se temía. Su padre le habría calculado cientos, la habría hecho pagar por cada una de ellas, obligándola a pulirlas, a recitarlas, a contrarrestarlas. Myr tomó aire lentamente, llenando sus pulmones de paciencia, tenía que hacer que vieran más allá de las apariencias, más allá de lo que la sombra aparentaba ser.
—No Grenn, mírame—. Extendió los brazos hacia los lados, separó las piernas y no dejó que su mirada vagara con los otros —¿Cuáles son mis debilidades? —. Si no era capaz de mirar dentro, de inmiscuirse en su mente para vislumbrar sus verdaderos miedos (porque tendría que revelarle sus secretos), entonces le mostraría lo superficial.
—Eres… mmm, eres pequeño, delgado…-. Jon, incómodo en el círculo, cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro. Al mirarla ahí; con el cuerpo extendido, disfrazado perfectamente para ocultar su verdadera identidad, entendía que lo físico no la afectaba. Todo lo que Grenn había dicho era correcto, pero una parte de él sabía que la chica siempre iba a encontrar la manera de sobresalir a pesar de eso. No, no era eso lo que intentaba mostrarles, su mente giraba en torno a una serie de imágenes, recuerdos que se le escapaban como humo; Mirla en Invernalia, una mancha pequeña en el fondo de su visión, con los ojos grandes y los labios semiabiertos, esperando algo, esperando a alguien. Mirla en la habitación mientras Lady Stark la interrogaba, encogida como una niña en una pared mugrienta, con los dedos temblándole y la mirada húmeda de un dolor que él entendía. Mirla escapando en medio de la noche, su hermana su lado como un tesoro, la mejilla encendida de los golpes recibidos y ese tono de miedo que cubría sus facciones. Mirla en el patio de entrenamiento la primera vez que luchó contra ella, su mirada perdida, sus mejillas rosadas….
Sí, eso parecía más una debilidad.
—Bien, tú eres fuerte, alto, musculoso—. El chico sonrió complacido consigo mismo y la joven rodó los ojos, sin ponerle más atención se giró para plantarse a sus aprendices. —Si tomaran en cuenta solo nuestro físico; solo las debilidades, pensarían que él ganaría todas las batallas, ¿no? —. Una ronda de asentimientos, todos menos el chico de ojos grises. —Pero yo soy una sombra—. Miró de nuevo a Grenn con la frialdad de un análisis profundo. —Te miro al igual que tu a mí y sé en lo que me superas—.
Lentamente caminó a su alrededor.
—Tu altura te hace malo para defender tus piernas, eres fuerte lo que te hace lento, por cada golpe que das yo puedo dar cinco, en prepararte para combatir tomas mucho tiempo y yo ya estoy en ventaja. ¿Entienden? —. Se dirigió al grupo, aunque había confusión en sus rostros todos asintieron.
—Bien, duelo, vamos de izquierda a derecha—. Las formaciones se formaron al tronar de su voz. Uno frente a otro en una hilera ordenada que le permitía asistirlos a todos de necesitarlo. Cuando lo hacía en la casa de armas sus entrenadores la obligaban a pelear en una pista de tierra solitaria, con los pódiums de los evaluadores por encima a más de tres metros; una caída, un golpe contra las paredes de piedra dura, un simple error y el mismo espacio te castigaría. Aquí había lodo, fango de nieve, pisadas, desechos de caballos y suciedad que no tenía nombre, y aun así era mejor.
—Miren a su compañero, analicen, han peleado a su lado por días… ¿En qué son buenos? ¿En qué son malos? ¿Qué pueden usar a su favor y que no? —.
Los duelos comenzaron; Pyp fue asertivo y usó el peso de Grenn como ventaja, pero sus golpes daban mucho que desear y era más fácil para el alto derribarlo con un puño que esperar a que el flacucho se acercara. Myr se aproximó a ellos y corrigió la danza, enseñándoles como rehuir el ataque de un oponente más poderoso y como mantenerse con los pies plantados, siguiendo el ir y venir de alguien ágil. Jon se lucía normalmente, pero los movimientos de Mendel se estaban perfeccionando y resultaba complicado hacerlo caer con el mero impulso de los brazos, la joven encontró la falla en la extrema confianza que el rizado tenía en sus piernas; eso constreñía su defensa y ataque, se apresuro a corregir su postura, ya que sus piernas, aunque sólidas, debían ser capaces de moverse con la gracia suficiente para salir del camino del enemigo si este estaba dispuesto a atacar de frente, con Mendel hacia falta inculcar el peso del golpe, hasta ahora los suyos habían sido roces cariñosos comparados con lo que ella deseaba. Edd y Jed daban un buen espectáculo, ambos estaban en mismas condiciones y le agradaba ver una pelea donde ninguno llevase una obvia delantera.
Pasó la mitad de la práctica en analizar, medir y prever los ataques. Mirla los cambió de parejas tres veces y ahora todos esperaban su turno en un circulo para usar lo aprendido frente a sus compañeros que juzgarían sus acciones.
Justo antes de comenzar, un grito a sus espaldas llamó su atención.
—¡Myr! Tienes uno nuevo—.
Se giró en dirección al sonido y de la puerta un hombre de la guardia prácticamente arrastraba a un joven. El chico era enorme, no como Kalt, era tan obeso que las correas del traje de práctica apenas le quedaban; todo un espectáculo. Mirla podía haberse reído de él, podía enojarse; porque alguien osaba en darle una masa inútil que no haría nada en sus entrenamientos, podía haber hecho muchas cosas, pensado muchas más, pero la mirada del chico la detuvo. Su semblante no era serio, sino triste; infinitamente triste y asustado, tanto que le recordó a una Mirla más joven, una que caminaba detrás de su padre en los pasillos de la casa de armas; aterrada de todas las sombras que los observaban, queriendo refugiarse en los brazos de su progenitor para encontrarlos vacíos de afecto, gélidos de cariño.
—Miren eso, increíble—. Por el rabillo del ojo vio como los demás se adelantaban, había burla en su tono, una burla que se parecía mucho a la que las sombras mayores le dedicaban los primeros días entrenamiento.
—Cállate Jed—. No tuvo que mirarlo, bastaba con que su voz severa rompiera el ambiente, estaban entrenando no compartiendo historias en el comedor. Aquí Myr era el jefe y sus reglas debían respetarse.
El chico se quedó quieto apenas a unos metros de donde todos lo observaban, ella esperaba que avanzara más, pero no. La joven ya sentía el peso de aquella carga llenarle los hombros, lo último que le faltaba era tener un lastre del que Thorne pudiera afirmarse. Sin importar sus sentimientos ni su cansancio la chica venció la distancia entre ambos, porque era una buena guerrera y los últimos días le habían demostrado que también era una buena maestra y su deber la esperaba. Apenas estuvo cerca, el gordinflón (se odiaba por llamarlo así en su mente) se encogió con un temblor de espanto, ella también se detuvo en seco, como si un balde de agua helada los hubiera sorprendido a ambos. Mirla estaba acostumbrada a que la gente le temiera, era algo natural, sin embargo, esa expresión en la mirada del muchacho; tan desahuciado, penetró en su mente semejante a una daga. Sertia la había mirado así la noche antes de informarle su plan para escapar de su padre, esa mirada que le congelaba la sangre y le encendía la marca en un fuego completamente diferente.
Ya luego lidiaría con eso, suspiró profundo y lento para darle tiempo de controlarse y después alzó la voz lo suficiente para ser escuchada desde la distancia que aún los separaba.
—¿Cómo te llamas? —. El muchacho levantó la vista aterrorizada y tartamudeó algo, demasiado rápido y bajo para que pudiera percibirlo, Myr relajó los músculos de sus brazos y se inclinó hacia él. —¿Qué? No puedo escucharte—. Trató de mantener su tono calmado, no cálido, no seco, era la clase de interrogante que recibiría de cualquier persona sin temer que esta lo matara y de todos modos el chico se estremeció.
—Soy Samwell Tarly—. Era una voz penosa, un gorrión lastimado que apenas si podía encontrar la fortaleza para expresar las palabras. Mirla no pudo evitar el zarpazo de lástima que le revolvió el estómago.
—Bien Samwell. ¿Has peleado con espada alguna vez? —. Conocía la respuesta antes de pedirla, solo había que ver esas manos, esa postura, esas piernas…, no, él nunca había tomado una espada antes. En el fondo de su mente el apellido del chico sonó con el vibrato del recuerdo, pero no tenía tiempo de pensar en todos los lugares y familias que su hermana y ella conocieron de nombre al entrar a Poniente.
—No, nunca, bueno en algún tiempo mi padre quiso hacerme intentar, pero, yo no, no puedo, no—. Mirla levantó una mano para detenerlo de la verborrea de palabras que se escabullían con el mismo miedo de su amo. No hacía falta humillar al chico.
—Claro, Mendel acércate—. El hombre le obedeció, era del tamaño correcto, aunque no tan grande como el recién llegado, lo tomó del brazo y le susurró —Quiero un combate limpio, no te sobrepases—. Hacer pelear a alguien que jamás había tomado una espada con uno que llevaba al menos tres semanas de preparación y dos exhaustivas con una sombra no era lo adecuado. —Pyp espadas, toma una Samwell, solo… intenta lo que puedas—.
Los dos recibieron sus espadas, Mendel con confianza y él chico como si sostuviera una serpiente viva, aquello no iba a terminar bien y lo sabía. El duelo duró apenas dos movimientos, una estocada de ataque de Mendel, una defensa maltrecha derivada de la sorpresa del nuevo y un empuje de su aprendiz a las piernas regordetas de Sam. Los chicos sabían como salir de aquellos apuros, al menos un movimiento para ponerse de pie rápidamente y evitar un ataque directo, pero el nuevo no hizo nada, se quedó ahí en el suelo lodoso del patio mientras Mendel la miraba confundido.
—No hagas nada—. no iba a permitir un ataque en esas condiciones —Sam levántate, ayúdenlo—. Jon que estaba más cerca le dio una mano para levantarlo, al final necesitó de todas sus fuerzas y un empuje de Pyp para que Sam estuviera de pie de nuevo.
Se veía tan terriblemente avergonzado que Mirla sintió su corazón encogerse, bendita sea la muerte, pensó, me he vuelto más blanda que una doncella. Sus entrenadores le habrían reprochado esa debilidad…, estaba demasiado lejos de la casa de armas, tan lejos que no importaba que le sonriera al chico con dulzura y calidez, la misma que hacia que su mejilla se pintara de rosado oscuro y no vino tinto.
—¡Sombra! —.
Era la voz de sus pesadillas, se giró para encontrarse frente a Alliser Thorne, ¿Cómo no lo había escuchado llegar? ¿Era su marca castigándola por su insolencia? Él llevaba una sonrisa de satisfacción pintada en su perfil, una satisfacción derivada del ansia, de no poder esperar el momento para ponerse en su lugar y comenzar a gritarles órdenes sin sentido. Obligarla a ladrar como el perro faldero que él creía que era. Reprimió la rabia que subía por su garganta, su marca le quemaba la mejilla, la colmaba de ímpetu que le coloreaba el rostro y estaba segura que sus ojos flameaban también. Debía controlarse porque Thorne no era su enemigo, aunque pareciera lo contrario.
—Ser—. Inclinó la cabeza en señal de respeto, no obstante, su cuerpo estaba tenso y listo para golpearlo. ¿De dónde venía esa reacción, esa falta de control tan impropia en una sombra?
"Tranquila, Mirla, tranquila, eres una sombra y las sombras nunca pierden el control"
—¿Cómo van tus señoritas, están listas para pelear en serio? —. Thorne evaluó a cada uno en la hilera a sus espaldas, deteniéndose en el rostro de Jon con un aborrecimiento que era palpable desde la distancia. Sus dientes crujieron al darse cuenta, si el maestro de armas decía algo, si intentaba algo, ahora o en el futuro, no cabía duda en su mente; se pondría a sí misma en el medio. A los demás les dirigió otro vistazo, uno que tenía un tono burlón; muy parecido al que su padre ponía cuando Mirla entrenaba en el granero al lado de Sertia, esa mirada que las hacía sentirse como basura.
Entonces sus ojos se detuvieron en Sam y la burla se tornó en algo oscuro, algo tétrico; un deje extraño de su antigua tierra, una intimidación escondida en un parpadeo.
—¿Qué tienes ahí? —. Las sombras mayores de su tierra solían mirar así a los recién llegados, esperaban en las esquinas de los pasillos para saltarles encima y molerlos a palos. Era una broma o un castigo, no importaba, tenía el mismo grado de maldad que la oscuridad en la mirada del maestro de armas.
—Es nuevo Ser—. Mirla se apresuró a ponerse entre ellos, desviando la atención hacia su cuerpo; era como estar de nuevo en su casa evitando que su padre se pusiera en contra de su hermana. Despertó en ella la misma obligación de protegerlo, al igual que protegía a Jon, a los demás chicos y al recuerdo de Sertia. —No ha empezado…—.
—¡Mírate!, ¿Cómo has pasado por las puertas? —. Los dos hombres a su lado rieron con malicia, en otro tiempo una niña castaña miraba a los hombres escarnecer a los más pequeños, nunca a ella, jamás a la hija del hombre que los había puesto en ese lugar. — Esta será señorita cerda—. Una nueva ronda de carcajadas ante el patético mote sacudió el aire. —Deja que mis chicos se ocupen de él, ¿Eh muchacho? —.
—Ser no está preparado…—. La sombra en sí, la que le obligaba a mantener sus privilegios, la mantuvo en su lugar.
—Tonterías, Rast, enséñale—. Thorne la interrumpió antes de que pudiese terminar su discurso y la chica apretó los puños con fuerza controlando su respiración: adentro, afuera, adentro, afuera. Piensa, Mirla, piensa.
Rast, que llevaba un arma en el cinto, desenfundó y se acercó a Sam con el placer transpirando de su sonrisa malévola, los chicos parecieron querer actuar, pero ninguno dio un paso al frente, nadie iba a ir en contra del maestro de armas, no hasta que todos tuvieran sus deberes asignados, no hasta que todos hicieran el juramento.
—Vamos a bailar cerdito, cerdito—. Sus palabras burlonas estaban cubiertas con la misma amenaza que Torne le había dado en silencio: una amenaza oscura, peligrosa y asquerosa, que le hacía sentir mil golpes en el estómago. El recuerdo del entrenamiento con su padre le llenó la boca de un sabor amargo. "Niña, niña, niña ¿Cuándo vas a aprender?" Sacudió de su mente la voz traicionera, el reflejo de las velas en la espada y el sonido de sus pasos en la madera vieja de la cabaña. Ya había pasado, mil años antes, cientos de miles, su padre estaba lejos y no podía hacerles daño desde la distancia.
Sam, aterrado ante lo que se venía, no intentó siquiera defenderse, Rast se acercó a él y lo golpeó con la empuñadura de la espada, su rostro salió disparado atrás dejando un rastro de sangre que le corría por la barbilla. Después, lo golpeó con el puño en el estómago y el pobre chico cayó de nuevo.
"Suelta el arma niña, no tienes el valor, lo sabes"
Era suficiente, más que suficiente, sólo ella, y nadie más que ella, tenía derecho de enseñarles a sus aprendices las consecuencias de no pelear una buena batalla. En otra parte, una escondida en su interior, la obligaba ese pequeño espacio de su corazón suave y blando. No iba a dejar que Rast le hiciera daño.
—¡Basta! —. Gritó alzando su pierna para golpear el costado del hombre, éste cayó con un sonido seco, rodando en el fango para detenerse a un metro del cuerpo de Sam. Myr se aprovechó de la situación, le pateó el rostro y se inclinó para acercarlo al suyo, la sangre brotaba a borbotones por una nariz seguramente rota. En voz baja le dijo, tan bajo que su aliento le cortaba con la misma intensidad del viento en el Muro, era la voz de una sombra; un susurró en la noche que predecía la muerte. —Si no vienes a mis prácticas no tienes derecho de golpear a mis hombres, ¿Entendido? —.
Lo soltó dejando que el fango se metiera en la abertura de su boca y le ardiera en la herida abierta del tabique. Se puso de pie y se alejó dos pasos, lo suficiente para que él se levantará también y le gritara con insolencia.
—¡Maldito mocoso!, ¿Te crees muy importante haciendo el ridículo con esos payasos? —.
—¡Ey no le hablas así…! —. Grenn se acercó para intentar defenderla, o al menos para ponerse en el camino, detrás de él Jon tenía ya la mano en la empuñadura de su espada y parecía dispuesto a enfrentarse en una pelea.
Mirla los detuvo, no tenía sentido, él no se merecía enfrentarse a las enseñanzas sombra que les había dado en las últimas semanas, esta era su batalla personal, este era su orgullo.
—No Grenn, no lo merece—. Con dos pasos ligeros volvió a estar frente a Rast, él se acobardó; encogiéndose y poniendo su espada como escudo. La joven no necesitó blandir su arma, simplemente lo tomó de la solapa de su camisa y lo acercó lo suficiente para que su aliento le hiciese cosquillas en las mejillas. —Vuélveme a hablar de ese modo y voy a romperte los dedos que sostienen esa espada—.
Había un fuego oscuro en la mirada castaña de la chica, un fuego que provenía de miles de años atrás, de una enseñanza de muerte que la perseguía. Era eso; La Muerte, bendiciéndola como siempre, era un peligro y un ultimátum, uno que Rast no comprendía, que nunca iba a comprender, pero que le hacía temblar, y que le empapaba los huesos de un terror profundo y antiguo.
Thorne que parecía haberse divertido suficiente con la situación llamó su atención.
—Vamos Rast, inútil—. Después se giró y en un tono más personal, como una advertencia que iba dirigida a ella y solamente a ella, con un dedo apuntándola, le dijo. —Tienes tres días más para juguetear chico, después soy yo el que habla ¿Me escuchaste? —.
Mirla hubiese deseado estar en su tierra, no estar huyendo, tener su arma en la mano, su cuerpo completo cubierto con su traje sombra. Hubiese deseado que Alliser Thorne fuera uno de los nombres que la muerte susurraba en el pasado. Entonces lo habría confrontado directamente, se habría reído de su advertencia. En otro tiempo lo hubiera hecho, pero en ese asintió y respetó su opinión, porque no había nada más que hacer, y Mirla era una sombra y la sombra sabía obedecer órdenes, cuando su supervivencia dependía de eso.
—Aye, Ser—.
Cuando los hombres se alejaron mirla miró a los suyos, suspiró profundo sintiendo todo el peso de los días que venían por delante; las guardias y los trabajos que Thorne le haría hacer para pagar esto. Pero eso carecía de importancia, porque los chicos ayudaban a Sam a ponerse de pie y tenían una sonrisa complacida en el rostro.
—La práctica terminó por hoy, quiero que analicen en lo que resta del día, mañana seguiremos con esto. Dispérsense—.
El resto del día pasó de trabajo en trabajo, armas que arreglar, que ordenar, metales que fundir, cosas que limpiar y caballos que cepillar. Para el momento de la cena, la joven estaba cansada y hambrienta, lo que era una combinación perfecta; no había mejor sazón que el hambre para hacer que su cuerpo tragara la comida de Hobb.
Su mesa se ocupó con la misma rápidez que en la mañana, Grenn y Pyp hablaban sobre lo atareados que habían estado, Jeb se quejaba de sus turnos de guardia mientras Kalt se metía un buen bocado de carne cocida a la boca. Mendel parecía pensativo con su plato, consiente quizá de que aquella carne llevaba demasiado tiempo guardada. Jon estaba callado, sonreía cuando sus amigos le incluían en la conversación, pero no intentaba acoplarse. Mirla estaba en la misma situación, con la espalda recta en la pared del fondo y su plato rebosante. Comía sin prisas, sin dejar de mirar la puerta, esperando el momento que Sam las atravesara para guiarlo hasta su lugar.
—¿Esperas a alguien?—. No hacía falta que se girase para saber a quien pertenecía esa armonía de invierno grisáceo, sin embargo, lo hizo, porque perderse en esos pozos profundos le reconfortaba con cada espasmo de placer; dedos invisibles que acariciaban con dulzura la piel sensible de su vientre y la hacían sonreír.
—A Samwell—.
—¿Crees que venga?—.
La chica se encogió de hombros, el movimiento hizo que Jon se acercara más a ella; lo suficiente para que Kalt, al otro lado de la mesa, le dirigiera una mirada precavida.
—No tiene porque no—.
Él sonrió tristemente, de esa manera que tenía como si toda la miseria del mundo se le revelara en esos instantes y se inclinó para decirle en voz baja.
—¿Tú cenaste tu primera noche aquí?—. Había una curiosidad genuina en su voz, sin sarcasmo.
—Me abalancé sobre mi plato—. No había estado hambrienta ese día, simplemente cansada de los recuerdos que se repetían sin parar en su mente causándole tanto dolor. —Comer siempre me distrae—. Era igual al trabajo, esas tareas sencillas de rutina que la chica seguía sin pensarlo mucho porque estaba acostumbrada. En la casa de armas se practicaba lo suficiente para tener memoria corporal, la que no requería que se pensara mucho para realizar tareas habituales.
Jon no despegó su mirada del perfil de la sombra, iluminada por las lámparas y antorchas del lugar parecía una visión. No era hermosa, de eso estaba seguro, por las noches cuando los eventos del día se le encogían en la cama, el chico pensaba que Mirla no era la clase de mujer que haría suspirar a un hombre. Tenía una chispa que la respaldaba, una que le recordaba a su hermana Arya, ese brillo salvaje y poderoso que obligaba a cualquiera a inclinarse a su voluntad.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido de la puerta al abrirse, Sam entró en el comedor con la cabeza gacha, como si aquello le hiciese desaparecer los cien kilos que pesaba. Jon suspiró al mismo tiempo que Myr y ambos se miraron con esa angustia casi palpable en las pupilas, ya que, por alguna razón sabían que debían cuidar del chico. La joven se enderezó dispuesta a llamarlo, de repente unos hombres de la mesa más cercana a la salida se alzaron, ninguno de los dos podía escuchar bien lo que decían en la distancia y con el sonido de las conversaciones, pero los comentarios debieron herir los ánimos del nuevo, porque se giró y salió del comedor tan rápido como sus piernas regordetas le permitían.
Los demás chicos siguieron comiendo, ignorantes de lo que acababa de suceder los bombardearon con nuevos comentarios y preguntas. Mirla no tenía tiempo para eso, dejó su plato a medio comer en la mesa y se puso de pie para seguirlo, una partecita de su corazón, la que no era completamente devota a su hermana y al chico a su lado, se estremeció ante la idea de que alguien como Sam resultara herido. Le recordaba al hijo del último anciano que había visitado; las mejillas regordetas y el pánico en el rostro, en el pasado ese semblante detuvo su mano, la hizo reflexionar sobre lo que hacía, el daño que había cometido y que la perseguiría hasta el cansancio.
—¿A dónde vas?—. Tanto Jon como Kalt la miraron, increpándole sus acciones del mismo modo que le hacía perder la paciencia.
—Afuera—. El grandulón le dio un último vistazo antes de seguir la conversación con Mendel. Jon, en cambio, se puso de pie también, dejando su plato vacío y palmeando el hombro de Grenn al pasar.
La chica rodó los ojos, no había manera de convencerlo y lo peor era que no le molestaba, la sensación de malestar era como un insecto en su pecho, ahogada por las emociones que le corrían por el cuerpo, porque el chico le provocaba toda una variedad de sentimientos y, a pesar del peligro que representaba perder la concentración, le encantaba que estuviera con ella.
En el patio no había rastro de Sam, tampoco en la escalera que llevaba a las barracas, ni en la armería o el camino de entrada. Ambos recorrieron las pisadas de sus caminatas nocturnas en silencio, ella con el corazón acelerado y él disfrutando del calor que la joven despedía.
—Quizá esté en la jaula—. El rostro del rizado se cubrió de vaho cálido, el frío caía en el Muro en una perpetua cadena de álgidos vientos y atmósferas. Myr no sentía el helado malestar que le entumía los dedos a él gracias a su marca, pero distinguía los cambios de temperatura en la intensidad con que el fuego de su cicatriz le quemaba la mejilla.
Asintiendo comenzó a caminar hacía el callejón, no caía nieve, aunque las nubes estaban cargadas, y la única luz que los guiaba era la de las antorchas en uno y otro de los lados, por eso no fueron capaces de distinguir en el medio la figura de Fantasma que olfateaba a un aterrado Samwell. El pobre chico estaba recargado en la pared lo más que podía, casi fundiéndose con ella, el lobo, indiferente a su miedo, lo inspeccionaba sin malicia.
Es el tamaño, pensó ella, todos los que conocían al huargo se impresionaban y temían por su tamaño.
—Fantasma—. Siseó Jon con advertencia, el lobo giró el hocico para mirarlo y habiendo satisfecho su curiosidad se acercó casi trotando hasta él. Olfateó su mano y la mordió juguetonamente, después su atención se dirigió a Mirla que le acarició el cuello. —No le tengas miedo—. Comentó el chico al aire. —No te hará daño—.
—Nunca había visto un lobo huargo—. Aún recargado en la pared y sin moverse el regordete no paraba de temblar. La chica sonrío al igual que Jon, juntos caminaron el trecho que quedaba para estar a su lado, en ese momento Sam no sabía a quién debía temerle más; si al animal que los acompañaba o al joven sombra que le sonreía.
—Fantasma siempre suele asustar a las personas la primera vez, no te preocupes—. Le dijo ella con la mano metida en el pelaje de la bestia.
—Nunca había visto un lobo huargo, no se supone que ellos estén de este lado del muro, lo leí, lo sé, lo leí—. El temblor de su cuerpo impregnó sus palabras, salieron como cascadas sin orden por sus labios pálidos del susto y resecos del viento. La joven le dio un vistazo al rizado, pero él no parecía contrariado, acostumbrado a que la gente reaccionara de esa manera cuando veían a su lobo, de la misma manera que Mirla estaba acostumbrada a que la miraran a ella.
Como si el animal supiese la interpelación a su existencia, caminó de nuevo hacia el chico y le olfateó la mano, le dio una húmeda lamida y desapareció en la noche. Ninguno de los dos lo vería hasta más tarde, cuando se recargara en el suelo de la habitación de la chica en la reunión de todos los días.
—¿Ves?, no hay problema—. Sam miró al rizado con gratitud, su mera presencia le tranquilizaba. Mirla esperaba la misma respuesta, la misma calidez que Jon recibía, en cambio el chico le dirigió una mirada de precaución temerosa y una frase gastada. Una que había escuchado tantas veces.
—Eres una sombra—.
La sonrisa que el encuentro le había causado desapareció, su marca le quemó con fuerza tirando de la piel alrededor, dedos de lumbre que le oprimieron el corazón y la maldita voz de su padre rasgándole los oídos.
Nunca dejarás de ser lo que eres, aunque huyas al rincón más lejano del mundo. Serás mía y de la muerte.
¿En que momento podría liberarse de su presencia, de su enseñanza y de la carga que le generaba? ¿Cuándo dejaría de ser su hija, cuándo dejaría de llevarlo consigo?
Preguntas que no tenían respuesta en ese instante, cerró los ojos para refrescar su mente, recordar que estaba en el Muro, en Poniente, en la orilla del mundo y que ni su padre ni su pasado podían perseguirla hasta este lugar. Aquí era Myr, y Myr era libre.
—Para ti no soy una sombra, soy Myr—. Le extendió la mano, el otro la tomó con cautela y lentitud, el saludo fue incómodo al principio, pero el chico sombra sonrió delicadamente y su rostro se amenizó.
—Vamos, hace frío—. Los tres se encaminaron hacia las barracas, en la escalera se separaron y el rizado le palmeó el hombro confirmándole su visita más tarde. Kalt no estaría ahí porque tenía guardia, y ella quería aprovechar esos momentos de soledad para limpiarse, así que se despidió ansiosa y prácticamente corrió hasta su minúscula habitación.
Tomar un baño era imposible en el castillo negro; ya que el agua no era abundante y el clima lo empeoraba, lo mejor que los chicos tenían eran cubetas tibias que se enfriaban muy rápido, un cuarto cerrado para evitar las corrientes y la presura de terminar siempre a tiempo. Para ella esa posibilidad no existía, la privacidad era cosa de risa en esos momentos y algunos de los hombres se burlaban en secreto de su inhibición, sin embargo, nadie la cuestionaba y por esa razón aprovechaba para tomar un balde para sí y tenerlo listo en los días de higiene personal. Los peores eran los que venían cuando sangraba cada mes, pero por algún motivo que no comprendía, sus lunas de sangre habían estado bastante inestables. Cuando venían duraban apenas tres o cuatro días, con flujo abundante que la obligaba a cambiarse los paños al menos dos veces al día, y una necesidad de estar siempre limpia. En el castillo solo había tenido uno de esos lapsos, había sido molesto, complicado y sensible, al final todo pasó y descubrió mejores maneras de tomar agua del "cuarto de baño" sin que lo notaran.
No había chimenea en su cuarto, y gracias a la muerte por su marca, no necesitaba una. El agua podía estar helada, le causaría estremecimientos, le pondría los labios morados y después la cicatriz se encargaría de todo. Así; con el cabello húmedo, la cara pálida y la mejilla palpitando llamas en todo su cuerpo se metió a la cama y se cubrió con las mantas, escondida en el calor que apenas comenzaba se puso la camisola, unos pantalones de la guardia con calcetines y encima un abrigo de lana que su hermana le había metido en el bolso al separarse. Cuando sintió que las sacudidas cesaban y sus dedos se movían sin dificultad salió de su nido improvisado. Sertia dejó junto a un montón de cosas que no utilizaba, una botellita de esencia de fresias, el aroma fragante era bastante potente y solo necesitaba una gota para durar todo un día. Mirla la usaba en el agua de baño, dos gotas por cubeta, le dejaban un buen perfume que solo ella distinguía y la hacían sentir cercana a su hermana.
Su cabello corto olía bastante bien cuando estaba mojado, al igual que su piel desnuda, la ropa encima estaba limpia, pero como todo en castillo, no tenía un olor placentero. Si en aquella visita Jon se sentaba lo suficientemente cerca podría apreciar la fragancia, se sonrojó de solo pensarlo, porque él tendría que estar verdaderamente cerca, olfatear su cuello, o estar desvestida.
Difícilmente tuvo tiempo para controlar los latidos acelerados de su corazón antes de que golpearan su puerta. Jon y Fantasma estaban del otro lado, tenían algunos copos de nieve fresca encima lo que indicaba que la nevada había comenzado. De cualquier forma, el chico se veía radiantemente hermoso, con un leve tono rosado en las mejillas y los ojos brillantes, solo la presencia del lobo logró distraerla, evitando que se quedara mirándolo sin cesar por horas y horas.
El animal entró a su habitación con la confianza de un territorio conocido y se acomodó en uno de los lados de su cama, era tan grande que ocupaba casi todo el largo y la chica tuvo que saltar sobre él para acomodarse entre las sábanas. Jon se colocó en su lugar de siempre, en la orilla de su cama con las piernas estiradas a lo ancho y los pies colgando sobre la cabeza de Fantasma. La chica estaba nerviosa de estar a solas con él, en su cuarto, en la noche…, no era la primera vez, y de todos modos su mente estaba tan nublada que prefirió mantener la boca cerrada mientras se acurrucaba en las mantas. Se quitó un calcetín para acariciar el pelaje del huargo, y respiró la tranquilidad de esos instantes: cuando el placer le rozaba el vientre en olas calmadas que le relajaban.
—Es un cachorro contigo—. La voz de Jon era baja, no deseaba perturbar el ambiente de paz que se extendía entre la chica y su amigo lobuno, ella le sonrió animosamente y continuó con las caricias.
—¿Cómo has dejado a Samwell?—. El rizado se rascó la nuca y dejó que su cuerpo se extendiera en el pequeño lecho, una de las piernas de Mirla le estorbaba, así que la tomó con cuidado para dejarla reposar encima de las suyas, la sombra, siempre cuidadosa de sus toques y de la cercanía de terceros, se mantuvo tensa hasta que él le contestó.
—Bien, supongo. Estaba inquieto, por Fantasma, por ti, por todo esto—. Abrió los brazos queriendo abarcar todo el castillo, todo el muro de ser necesario. —Honestamente no pude ayudarle mucho, estaba pensando en Benjen de nuevo y…, bueno—. Respiró profundo, olía a algo agradable; dulce, y le reconfortó saber que la chica había podido limpiarse sin problemas.
—Entiendo—. Mirla recargó su cabeza en la almohada improvisada, le costaba pensar claramente, por tanto, se obligó a cerrar los ojos y hablar desde la seguridad de las mantas que la cubrían. —Aún es temprano Jon, no sabemos que ha pasado en realidad y nadie nos dirá nada hasta que hallamos tomado juramento—.
La mano del rizado cayó sobre su pantorrilla y descansó ahí, el calor que le corrió por la piel, a pesar de la ropa, la despertó de su letargo. Lo miró a los ojos queriendo consolarlo, deseando tener más control de sí misma como para abrazarle, susurrarle al oído que todo iba a estar bien y que ella siempre estaría a su lado. No había manera de hacer eso sin que fuera extraño, sin que aquella frágil amistad que tenían se desvaneciera para no volver. Prefería aguantar sus ganas y dejar que sus palabras le llevaran el consuelo que su cuerpo no podía darle.
—Lo sé, no puedo evitarlo—. De nuevo esa melancolía que se comía al mundo, esa tristeza que le picaba en los labios; con la necesidad de saltarle encima y besarlo hasta que olvidara su infelicidad. En lugar de eso se sentó, removió su pierna de su regazo y se movió hasta quedar a su lado.
—Concentrémonos en otra cosa entonces, en Sam, por ejemplo—. Jon asintió alzándose junto con ella para que sus hombros estuvieran a la altura.
—Tenemos que evitar que los chicos se burlen de él—.
—Estoy totalmente de acuerdo, además, nos quedan solo tres días de prácticas antes de que Thorne vuelva a entrenarlos—. La mueca de disgusto de ambos los hizo reír. —No falta mucho para que nos hagan jurar, entonces solo tendremos que escuchar a Lord Comandante—.
—Esperemos entonces—.
—Esperemos—.
Fantasma en el suelo se estiró dejando salir un gemido, levantó su cabeza para mirarlos y en un salto estuvo encima de ellos. La chica lo rodeó con los brazos y escondió su rostro en su cuello, el animal no se quejó de su acción, tranquilo como era, dejó que ella le abrazara.
—¿Has tenido noticias de tu hermana?—.
De entre la piel del lobo la voz ahogada de Mirla escapó con angustia y dolor vencido.
—No, ¿Tú, has tenido noticias de tu familia?—. El chico negó, sus facciones bañadas de esa oscuridad que el tema familiar le provocaba. No debía ser fácil ser un bastardo, pensó, tampoco era sencillo ser la hija favorita de un maniático.
Se quedaron en la misma posición hasta que ella sintió que el sueño la vencía, entonces sus dos acompañantes se pusieron de pie, Jon le deseó una buena noche y el lobo le lamió el rostro. La pesada puerta de madera se cerró, Mirla apenas pudo poner el seguro antes de quitarse las capas de ropa de encima y quedarse solo con el abrigo y el aroma de fresias en su cuerpo desnudo.
Esa noche dormiría cálida, embriagada con el invierno, el recuerdo de su hermana y la fragancia a lobo.
—O—
Había querido tomar un barco al sur sin pausas, pero el pasaje seguro seguía una ruta que la llevaba directamente a Braavos. Sertia no había tenido problemas al principio, tomando un caballo y regresando como pudo al sur para seguir el camino real hasta que tuvo que venderlo, con el dinero se compró un pasaje hasta Puerto Blanco y podía pensar que nada malo le acontecería. Las noches eran largas, eternas sin el calor de Mirla para cobijarla y su presencia para protegerla; las pocas veces que alguien había intentado excederse con ella sus golpes torpes y buena fortuna de hablar con la gente le habían salvado el pellejo.
No le molestaba lidiar con gente malhumorada, toscos o groseros, dejó de sentir miedo al mirar soldados de cualquier estandarte, sus rizos ahora castaños la ocultaban bastante bien y, aunque su belleza llamaba la atención más de lo que hubiera deseado, era fácil deshacerse de los pervertidos y demás. Lo que la hacía llorar cuando debía dormir, o suspirar cuando se encontraba sola, o desear tomar un carro de nuevo al norte, era la soledad. Ese gusano horrible que se le metía en los recuerdos de su hermana; siempre triste, sola y desamparada. La veía en los momentos antes de dormir aquellas primeras noches; su hermanita menor, con el rostro golpeado, los puños sangrando y los ojos vacíos, el corazón se le encogía de solo imaginarla, en medio de tantos desconocidos cuando se habían prometido estar juntas hasta su fin.
"Es la muerte quien nos ha separado", Se decía todas las mañanas con rencor, Sertia nunca había sido devota a la figura que los militantes sombras adoraban, para los nobles no había más dioses que sus leyes; el orden, el progreso y la unión de su gente. Por eso su padre la odiaba, pero eso la tenía sin cuidado; estaba lo suficientemente lejos para que no le preocupara lo que él pensara de ella. En el pasado las había herido demasiado, solo el destino sabía cuán profundo era el daño en Mirla, a pesar de todo lo que ella había hecho para evitarlo.
Sobrevivía porque se lo debía, a su hermanita, la fuerte y capaz sombra que parecía no temerle a nada y que en realidad estaba aterrada de la vida misma. Fue en medio del camino, cuando las noticias sobre lo que había pasado con el joven Bran Stark la alcanzaron, que decidió hacer algo más. Fue un hombre que venía de Invernalia con su mujer, iban a Puerto Blanco para visitar a su hija, la esposa había ayudado a curar las heridas de Lady Stark y le hablaba en secreto de eso.
—Te pareces a mi muchacha—. Le decía sonriendo antes de seguir, Sertia lo dudaba, estaba segura que no se parecía a la hija del matrimonio, pero siempre había tenido ese efecto en las personas: un repentino sentimiento de confianza que les agradaba a los demás.
Ahí, en una noche cualquiera, mientras intentaba no pensar en lo mucho que extrañaba a Mirla, escuchó sobre el pobre joven Bran, tullido en una cama para siempre, y su madre, la valiente Lady Stark que se puso en el camino de un asesino. Ella sabía bien quien tendría intenciones tan horribles con un niño pequeño y convaleciente, alguien con el cabello rubio como había sido el suyo y ojos verdes brillantes, alguien con poder suficiente para enviar dos pares de hombres a matarla, para obligarle a huir de Invernalia y, más importante, para separarla tan cruelmente de su hermana. La joven no había sentido tanto odio, tanta ira y tanto propósito desde el tiempo en que su padre comenzó su absurdo movimiento, no desde que se enteró de las injusticias que forzaba a Mirla a cometer y no desde el silencio de su madre; fría y distante al dolor de sus hijas.
Ese propósito encendió un fuego en su interior que creía extinto, el mismo que le había dado la fortaleza de enfrentarse a sus gobernantes y tomar su lugar en la mesa de los nobles. Un fuego imperecedero que la guío hasta Puerto Blanco con la vitalidad de mil soles, ahí descubrió que no podía tomar el barco al sur como hubiera querido, sino al este, también descubrió que Tyrion Lannister había sido tan amable como discreto y nadie cuestionó su lugar en la embarcación.
El viaje le sirvió para pensar, Sertia era excelente pensando, era una de las habilidades de las que se sentía tremendamente orgullosa. Su educación y experiencia en la política le habían dotado de un sentido agudo para la planeación, cualidades que se podían usar tremendamente bien en la venganza. El tiempo que pasó también le ayudó a estabilizar el fuego, lo convirtió en algo gélido, mucho más adaptable a sus deseos, pero aún necesitaba información, mucha.
El poder y el dinero se conseguían por otros medios, unos a los que estaba acostumbrada, pero la información era una autoridad valiosa, los reinos y gobernantes se movían por eso, eran los secretos y el saber lo que alzaba y derrumbaba a reyes… y reinas. Al llegar a Braavos tenía un plan bajo la manga, uno que podía pulir en el camino al sur, a Dorne, para lo demás tendría su nombre, su cuna y sus palabras; aquel sería el momento de usar todas las armas que guardaba en su mente.
Braavos era una buena ciudad, principalmente porque se podía conseguir casi todo y porque su dinero de la tierra de sombras tenía valor, lo que no ocurría en Poniente. Decidió cambiar algunas monedas, comprar tinta, papel, ropa, un pasaje directo a Dorne y comida suficiente, al final apenas si le quedaba dinero para pasar unas noches en una posada. Al segundo día de estar ahí, con la mente llena de maquinaciones y manchas de tinta en los dedos, encontró una tienda que vendía animales exóticos; "De todos los rincones del mundo conocido", presumía su letrero y el corazón se le aceleró al ver por la ventana un águila de su tierra.
El ave, mucho más lista que cualquier otro mensajero, reposaba orgullosa sobre un pedestal de hierro, estaba encerrada en una jaula amplia y tenía un collar de metal con cadenas que la aseguraban al suelo. Fuerte y majestuosa no merecía tal trato y se le llenaron los ojos de lagrimas cuando la miró como si la conociera. Era de color negro brillante, con el pico dorado y los ojos de un azul oscuro, parecido a las aguas de la bahía sombra, lo que hizo que la joven apenas si pudiera contenerse cuando el hombre que atendía le habló de ella.
"Es difícil de domar, pero mire, una buena cadena es más que suficiente"
Tuvo que morderse la lengua para no gritarle, las agloj no eran animales de cautiverio, debían ser libres, en el viento, el poder de sus alas enormes contra las ráfagas, más fieles que cualquier otro, capaces de surfear a los hombres como al mismo cielo…, pero ella no tenía más dinero y tremenda bestia costaba mucho más de lo que podía soñar.
Salió de ahí derrotada, llevando consigo la mirada azul como llevaba los ojos castaños infinitamente tristes de su hermana, entonces pasó por el gran banco de Braavos…, todas las sombras nobles de las familias prominentes tenían una cuenta especial en cada banco importante, era primordial para la supervivencia y el comercio que, aunque era escaso, mantenía gran parte de su esfera social. Su cuenta especial había estado congelada por muchos años, sus abuelos no confiaban en su madre, no cuando su padre estaba a su lado, así que habían esperado a su nacimiento para ponerla en su poder. Sertia apenas si había tocado el dinero de la familia desde que cumplió la edad requerida, y al huir había temido que lo usaran para localizarlas.
Ahora no era momento de temer, sacar dinero no siempre decía en que se utilizaba, así que entró como una chica con ropa modesta y emergió como la noble de su tierra que era; una Blackmist. Con el dinero compró al águila y los refuerzos de cuero y hierro para llevarla consigo, le removió el collar y las cadenas para que el ave diera un par de vueltas antes de posarse frente a ella; ambas eran iguales. Tenían la misma sangre de su tierra corriendo por su cuerpo, su nueva compañera se quedó a su lado sin tener que atarla.
Su antiguo instructor le había dicho que a las agloj las movía la magia que habitaba el mundo, ellas conocían cada rincón de cada reino y continente, aunque los hombres lo ignorasen, solo había que susurrarles el destino, a la persona y ellas lo encontrarían, entre los miles de hombres y los mares de la tierra, una aglo encontraría lo que buscabas si lo expresabas con claridad.
Por eso se atrevió a escribir la carta; pequeña y llena de sentimiento y enviarla al Muro, porque confiaba en que su nueva amiga le entregaría el mensaje a Mirla, y la confianza movía la magia de la tierra.
Al subir al barco era una nueva Sertia; una que tenía una misión, un propósito. Y no importaba cuanto tardara en cumplirlo, al final iba a tumbar con sus propias manos el trono de la mujer y el hombre que la habían arrebatado de su hermana.
Ay amigos míos, fui a las albercas y me quemé horriblemente, lloren y recen por mí por favor.
Esto avanza, lento, pero avanza. Yo y mis capítulos larguísimos, se que me van a perdonar porque me quieren como yo los quiero.
Ya ven que Sertia sigue viva y tiene un plan, me encantó escribir sobre ella y bueno, si hay dragones en este mundo también puede haber águilas genio ¿O no? jajaja Para complacer a esa personita especial, intensifique la relación de Mirla con Fantasma (que por cierto es más grande aquí que en la serie, en los libros ya los describían como animales grandes y pues me tome libertades: nada es mejor que abrazar un perro grande y supongo que con los lobos pasa lo mismo), porque mi pobre bebe necesita un animalito que la relaje, en fin, ya llegó Sam, se vienen sus últimas pato aventuras antes de que se enteren de la desaparición de Benjen, tomen juramento, pase lo que tiene que pasar con Ned Stark y descubran que hay muertos volviendo a la vida.
Pues los quiero muchísimo, son los mejores, amo sus comentarios; me hacen reír y llorar y sentir super bonito en mi corazón, déjenme sus dudas, quejas, declaraciones de amor, lo que quieran. Apreció mucho que se tomen el tiempo de leer esta locura jajaja que me tengan paciencia en las actualizaciones y en las 10K palabras que les sirvo cada vez :D
Nos leemos en el siguiente
