Las misivas mueren al norte

"A lo sonoro llega la muerte

como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,

llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,

llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

La muerte está en los catres:

en los colchones lentos, en las frazadas negras

vive tendida, y de repente sopla:

sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,

y hay camas navegando a un puerto

en donde está esperando, vestida de almirante."

-Pablo Neruda, Solo la muerte (Fragmento)

Mirla no sabía por qué estaba más cansada: si por los últimos tres días de prácticas intensivas, o que desde mañana esas prácticas iban a ser dirigidas por Thorne. Los chicos también estaban cansados, mas bien molidos, por todo lo que habían entrenado, era una imagen graciosa, verlos a todos comer en silencio; mientras el lugar se llenaba con las conversaciones de las demás mesas, en la suya había mutismo (¿Quién lo hubiera dicho?) derivado, quizá, de la angustiante vida que se les venía o porque los golpes y caídas del día no les dejaban mover la boca.

Al terminar la sombra no espero que alguien se pusiera de pie para acompañarla, se despidió con la mano y caminó directamente hasta su habitación, donde fantasma la esperaba recargado en la puerta. La chica le acarició la cabeza con ternura y le dejó pasar, no tenía por qué poner el seguro cuando sabía que tanto Kalt como Jon entrarían a trompicones aún con el cansancio del día encima de sus hombros. Se quitó la ropa rápidamente, disfrutando de la sensación que el frío le provocaba; su marca estaba por fin acostumbrándose y dejaba que el ambiente le mordiera la piel y la carne sin dañarle. Encima se colocó su ropa de dormir y se metió en las mantas cubriéndose hasta el cuello, el sueño la vencía lenta y deliciosamente, como en las ocasiones que el ejercicio la dejaba tan cansada que apenas si podía concentrarse. Así la encontraron los dos hombres, prácticamente dormida y exudando tanto calor que era irresistible colocarse cerca; el grandulón se puso a sus pies; la calidez colándose entre las pesadas ropas del castillo hasta apaciguar los temblores internos. Jon se hizo un espacio al lado de ella, obligándola a moverse un poco, ahí se sentía como si estuviera de nuevo en Invernalia; ese mismo calor sobrenatural que surgía de las paredes y que ahora provenía de la chica cubierta en mantas.

—Ustedes dos se toman demasiadas libertades-. Les susurró Mirla, ahogada desde las sensaciones que le provocaba la compañía, el chico a su lado se sacudió con una risilla que la estremeció completamente. A sus pies Kalt se encogió de hombros, como había hecho las últimas noches se apresuró a narrarles los preparativos de su juramento, que tomaría lugar en dos días, los jóvenes sabían muy bien de lo que hablaba, lo repetían en su mente mientras él decía la poca información que ya sabían. Kalt había vivido en una zona verde, como él la llamaba, era una villa donde se adoraba a los viejos dioses y a los nuevos, con una pequeña capilla para el dios del fuego (a quién ella conocía desde hacía mucho tiempo). El hombre prefería jurar por la memoria de su familia, pero no quería comprometer al grupo de hombres que también se preparaban junto a él; por lo que había decidido hacerlo con ellos en el septo del castillo.

—Me sigue pareciendo extraño que no te pidieran a ti que juraras con nosotros-. Le comentó estirándose antes de ponerse de pie.

—Seguro Thorne quiere que siga siendo su perrillo hasta que no quede remedio-. Jon a su lado se revolvió en la cama hasta sentarse, el movimiento hizo que su cadera quedara a la altura de su cabeza y Mirla tuvo que aguantar las ganas de inclinarse para aspirar su aroma.

—Te nombrarán explorador-. Su voz era segura con un toque de añoranza. —Serías excelente para el trabajo-.

La chica se quitó las mantas del pecho para poder sentarse, el sueño se esfumaba de sus dedos y no le molestaba sacrificar unas horas de descanso por estar con ellos. El movimiento hizo que el abrigo se deslizara de su hombro, dejando al descubierto la piel desnuda. Kalt que estaba de espaldas a ellos mirando por la pequeña ventana que daba al patio no percibió el cambio, pero Jon estaba lo suficientemente cerca para notarlo. Su piel era blanca, casi tan pálida como la suya, tenía un lunar en la curva de su cuello y una cicatriz fina que cruzaba desde ese punto exacto hasta perderse en su espalda. El chico no podía alejar los ojos preguntándose; ¿Qué clase de arma dejaría un rastro tan elegante en la piel?, ¿Qué clase de instrumento sería necesario para una cicatriz de aspecto delicado y profundo, casi deliberado?

—Lo que sea que haga, no me importa-. La joven levantó su mano para restarle importancia al asunto y la tela gruesa del abrigo volvió a su lugar, sintiéndose hechizado Jon se giró rápidamente agradeciendo a Fantasma, que decidió ponerse de pie y sacudirse. Sentía las mejillas calientes de rubor y no entendía la razón, tal vez porque había observado algo privado, algo que ella no le había mostrado por su cuenta y se sentía como si hurgara en su pasado sin permiso.

Ella lo ignoró por acariciar la cabeza del lobo que descansaba ahora en su regazo, estaba casi encima de él, con el brazo estirado lo más posible para alcanzar el lugar detrás de las orejas de su compañero, pero Kalt si lo miraba, había interrogantes en sus ojos para los que no estaba preparado, las mismas interrogantes que habían estado ahí desde el momento en que Mirla les había dicho que ambos sabían su verdadera identidad. El grandulón lo observaba, mas bien lo examinaba, con más curiosidad que afabilidad, aunque su tacto no fallaba en ser amistoso frente a ella, él percibía cierta animosidad en esas miradas y comentarios repentinos. Quizá no confiaba en que guardara el secreto, no lo sabía, no tenía ganas de saberlo en ese momento, así que se levantó y aspiró profundo el olor dulce y salvaje de la habitación antes de hablar.

—Es mejor que nos acostemos, Thorne no tendrá piedad de nosotros en la mañana-.

La sombra parecía decepcionada, pero no dijo nada para detenerlo y se despidió de ambos con una sonrisa desilusionada. Ya en el patio Kalt se puso frente a él, no parecía molesto ni amenazante, porque Fantasma iba y venía alrededor de ellos sin estar a la defensiva.

—Ten mucho cuidado, esto…-. Dijo abriendo los brazos para abarcar el espacio a su alrededor. —Es todo lo que Myr tiene, y a diferencia de nosotros, está en peligro en todo momento, ¿Entiendes? -. No esperó que el chico le respondiera, lo dejó ahí con el lobo oliéndole las palmas de las manos y la mente amotinada. Él sabía lo peligroso que era el caso de Mirla, lo entendía y sabía que dependía de ellos (los únicos que conocían su secreto) mantenerla segura, alejada de todas esas miradas indiscretas que pusieran su vida en riesgo.

No necesitaba que nadie se lo recordara, al menos no en ese instante.

—O—

El sueño la había derrotado unas horas, después se retiró suavemente como una sábana de seda sobre su cuerpo y pudo abrir los ojos a una madrugada helada. Se sentía rebosante de calma, un barco que navega confiado en una marea tranquila y sin problemas. Era temprano todavía, el amanecer apenas se dibujaba en el horizonte, una línea delgada en la niebla de un día nublado, la nieve que había caído por la noche pintaba el castillo de un blanco perfecto y por el aspecto del cielo podía seguir así al menos por unos días.

Se vistió lento, sin prisa, este día ya sería cansado sin contar con su angustiosa mente, no la mataría tomarse las cosas con serenidad desde el principio. Cuando terminó decidió salir a dar un paseo matutino; el trabajo podía esperarla hasta que todos comenzaran a moverse, afuera la atmosfera gélida la golpeó tan fuerte como un mazo agudizando sus sentidos. El frío que se filtraba por los pliegues de su cuello hasta bajar por su espalda le trajo un cosquilleo de placer invernal, uno que pertenecía al norte, al Muro que impasible frente a todo, tan antiguo, majestuoso y poderoso que su marca misma se estremecía. Si la Muerte llegase a dar honores a lugares, uno de esos sería el Muro, pensó Mirla, ese enorme bloque de hielo que se erguía ante los hombres para demostrarles lo insignificantes que eran. Esa clase de pensamientos no la abrumaban, en cambio le daban una placidez inexplicable, saber que en mil años aquellos lugares seguirían ahí y ella no, la hacía respirar tranquila.

El camino principal estaba vacío, no habían llegado muchas caravanas del sur y la quietud perseguía a los hombres de la guardia como un castigo, uno que venía del saber que nunca se puede descansar tanto hasta que el trabajo se arrojara sobre ellos. Saliendo de los terrenos estaba el bosque, la joven no quería exaltar a los vigías así que se quedo al borde de este, sin fundirse en la naturaleza como le habría gustado. Los arboles permanecían quietos, sin brisa que soplase entre sus ramas, la nieve que cubría todo en un velo blanquísimo se fundía en la tierra viva y las raíces entramadas creando una mezcla de hielo sucio, fango medio congelado que se rompía en agradables crujidos cuando los pisaba. Lo mejor de todo era el olor: fresco, lleno de vitalidad, un aroma de invierno, de hojas de pino lozanas machacadas por los animales y ese rastro salvaje de tierra viviente que le recordaba a Fantasma. Ese era el aroma de Jon Snow, tan entremetido en todo lo que era el norte, Mirla apresuró el paso hasta colocarse en el pino más grueso, refugiada bajo las ramas fuertes que sostenían la nieve se deslizó por la madera hasta caer en el lodo. Solo entonces se dio el placer de respirar profundo, llenar sus pulmones de aquella mezcla deliciosa, de su propio efluvio, a fresias, sangre y fuego que corría por sus venas. Los perfumes luchaban con sus sentidos, cerraba los ojos y las imágenes de Jon, Sertia y Kalt se fundían y separaban rápidamente, tan rápido que hacían casi imposible notar los otros rostros que aparecían de tanto en tanto.

Había estado ignorando el recuerdo de su hermana en las últimas semanas, manteniéndose tan lejos como podía de todo lo que activara aquella melancolía insoportable sin alejarse demasiado, era una distancia segura, pero la fastidiaba, ahora tenía la oportunidad de sumergirse en los recuerdos, las imágenes y los sentidos podían avasallarla como quisieran. Esperaba una tormenta terrible, el estremecimiento de un trueno, una ola helada golpeando contra las rocas, algo dramático que la dejara sin aire y en su lugar encontró un estanque calmado; una pasividad de luna llena y suaves pastos en los que recostarse para mirar pasar el tiempo. El dolor seguía ahí; profundo como el agua, reconfortante para un alma en pena como la suya, sin embargo, la presencia de Sertia se fundía en confianza. La perfecta excusa para descansar con el invierno rodeándola (aunque donde su hermana estuviera brillara el perfecto sol de verano), sentir el frío picar en la piel sensible de su garganta y gozar con aquellos sentimientos.

Después de un rato, el sol hizo su presencia por un hueco entre las nubes, iluminó bellamente el muro haciéndolo brillar como joyas, resaltando los tonos de azul profundo que cruzaban como cicatrices propias, su magia fluyendo en la neblina de una mañana perfecta. Fue un instante, desapareció y entonces la niebla se hizo cargo de cubrir todo, pero no era excusa para dejar el trabajo y desde su pequeño refugio distinguía el subir del humo en las chimeneas del castillo. Poco a poco todo volvía a la vida, aunque la niebla no disminuía y probablemente se quedaría con ellos el resto del día empapando sus ropas y metiéndose en sus pulmones.

Aún era muy temprano para regresar y Mirla se encogió cómodamente en las raíces de su nuevo amigo, su marca le quemaba con seguridad, inundando su cuerpo de marejadas de fuego que combatían el entumecimiento del frío. Pensó que si Thorne veía el día que era, seguramente se limitaría a ponerlos a pelear en parejas, pasearse de un lado a otro y quejarse de cualquier cosa que hicieran, si tenían suerte se entretendría con ella, y Jon y los demás podían pasar una no tan horrible mañana. El que más le angustiaba era Sam, el pobre chico no tenía el menor conocimiento en combate, sabía la teoría, pero apenas tomaba una espada en su mano se convertía en un manojo de nervios incontrolables. Mirla sabía que era una estupidez pedirle lo que les exigía a los otros, con Sam no había remedio, no era un hombre de armas. Pero era listo, mucho más inteligente que cualquier persona que hubiera conocido en el castillo y casi tan vivaz como su hermana, sabía de mil y una cosas y le fascinaban los libros (pasión que Mirla solo compartía secretamente, porque Sertia la obligaba a leer y porque sus historias favoritas, que hacían reír a la rubia, eran las tragedias de su tierra, donde el héroe o heroína debía luchar contra el destino mismo y fallar). Durante el poco tiempo que llevaba en el castillo, se escurrió más veces en la biblioteca y la torre de los cuervos de la que ella recordaba haber visto a alguien, incluso al sirviente del maestre Aemon. Por esa razón la sombra consideró importante no excederse en el trato físico que le daba, el chico no iba a mejorar en el combate con práctica como los demás, porque no era como los demás, era diferente y esa magnífica singularidad podía serle útil. Así que consiguió favores, intercambiándolos por guardias en el Muro, cosas de Villa Topo y reparación de cosas, para que le dieran varias hojas de papel pergamino, tinta, carboncillo y una plumilla, no eran de la mejor calidad, pero era lo que tenían y se conformarían con eso. También había tomado algunas de las hojas, las dobló hasta el tamaño de su mano, cosió entre ellas para asegurarlas y se las dio junto con el paquete.

"Vas a tomar nota de todo lo que hagamos, cada consejo que les dé, cada lección y cada corrección, quiero que los observes bien porque estarás a cargo de supervisar su progreso, no me importa si cambiamos las prácticas, cuando Thorne regrese aún quiero que mantengas registro, ¿Entendido?" El chico entendió con mucha claridad y apenas si pudo contener la emoción que le invadía el cuerpo, asustado como estaba (porque no dejaba de ser una sombra la que le pedía que hiciera eso) le sonrió con confianza y exclamó un: "Lo que usted diga Señor" que le habría hecho sentir pena días atrás, pero que en ese momento le sacó una sonrisa.

Sam se pasó los últimos tres días yendo y viniendo de la biblioteca, tomando notas, pasándolas en anotaciones precisas que después le daba a la hora de la cena. La joven no sabía como manejaba hacer todo junto con sus tareas de todos los días, hasta que descubrió que el chico no cumplía; los encargados tenían que atosigarlo para que terminara sus trabajos, pero la mayoría lo consideraba demasiado inútil para completar cualquier faena con satisfacción, así que su tiempo era prácticamente suyo. De nuevo, a ella no le molestaba porque podía usarlo mejor que los otros: había descubierto en que era bueno Samwell Tarly y no dejaría que la ociosidad de otros lo condenaran a ser un haragán del castillo negro. Sus reportes eran estilizados, bien hechos, con letra legible y precisa; las minutas del hijo de un Lord, no de un campesino o trabajador, muy parecidos a los que Sertia hacía de tanto en tanto cuando estaban juntas.

Su única queja con el muchacho era su cobardía, la joven apenas si podía soportarlo, porque no importaba para ella que fuese débil, o que no supiese luchar como los otros, había personas en el mundo con distintos talentos, pero la cobardía le hacía rechinar los dientes y perder la paciencia. En esos momentos, que eran contados tomando en cuenta su trato con él, Jon intervenía, sobre todo cuando otros se dedicaban a molestar al chico y ella esperaba que se levantase para defenderse, que alzase el rostro orgulloso, "nunca tu cabeza abajo, las sombras tienen que estar orgullosas de lo que son", resonaba la voz de su padre en su mente y se odiaba a sí misma por pensar de ese modo más de lo que detestaba la cobardía de Sam.

Cuando el frío se trasladó a sus muslos decidió regresar, los vigías la saludaron con una sonrisa y esperaron lo poco que quedaba para el cambio de turno. Mirla atravesó el patio hasta la armería en donde la recibieron gustosos los pocos hombres que ya comenzaban a trabajar, cuando terminó de fundir los metales y dejar las piezas en los baúles correspondientes, se quedó sentada cerca de la fragua, sintiendo como el fuego revitalizaba la fortaleza de sus músculos. Era sencillo adormilarse en ese lugar, poco a poco las flamas de fuego invisible reptaron por sus piernas hasta posarse en su vientre, lamieron su pecho y se quedaron alojadas en su garganta. Voces de ultratumba, de misterios y secretos le hablaron suavemente al oído, como los cánticos de sus sueños; cerró los ojos un segundo y los paisajes de su tierra se iluminaron con ese mismo fuego intenso. No estaba dormida, no estaba soñando, sin embargo, ahí se encontraba; en ese lugar extraño que la seducía, esa playa de arenas negras, de un camino brillante como joyas y una ciudad de mármol en una montaña.

La despertó el sonido del martillo, cayendo como un trueno en sus fantasías. Intentó sacudir de su mente esas imágenes encantadas, los recuerdos de sus sueños anteriores que le cantaban persuasivamente. Con el aire contenido en la boca salió en dirección al comedor. Quedaba poco tiempo para que comenzara la práctica y no tenía ánimo de enfrentarse a Thorne con el estómago vacío. Sam estaba sentado en la mesa del fondo, Grenn a su lado comía con los ojos medio cerrados; la avena se le resbalaba de la barbilla con cada cucharada mal recibida. La sombra se sentó a su lado sonriendo, se sirvió un tazón repleto y comió con la misma prisa de todos los días; sin saborearla.

—¿Crees que me pida pelear? -. Paró la cuchara a medio camino de su boca y se giró para mirar a Sam, tenía los ojos repletos de angustia y estaba más pálido de lo normal. No podía evitar sentir pena por él, una que iba más allá de la lástima y rallaba en el interés sincero, en el dolor que le generaba su incomodidad. Dejó su plato y volteó su cuerpo para quedar frente a él, a pesar de que el chico seguía teniéndole miedo, la confianza que se esforzaba en construir parecía rendir sus frutos.

—Creo que no importa lo que te pida, yo voy a estar ahí-. Es ahí donde residía la entereza de tener a una sombra como amiga, que Mirla siempre iba a colocarse frente a aquellos que consideraba suyos.

Sam recuperó la confianza y con ella el hambre, comió dos platos de avena antes de que las campañillas sonaran anunciando el cambio de turno y el inicio de las prácticas. Juntos (Grenn se había quedado dormido en la mesa y la joven tuvo que sacudirlo con fuerza para que despertara) se dirigieron al patio donde Jon, Pyp, Edd, Mendel y Jed los esperaban. El chico de ojos grises la saludó con un apretón en el hombro, los demás parecían contentos de verla; consideraban su presencia como un salvavidas, Myr era su amigo y entrenador, sin importar lo que Thorne les obligara a hacer ese día.

Invocado por sus pensamientos oscuros; Thorne salió de la armería con Rast a su lado, la chica rodó los ojos al verlo cargar un montón de espadas malhechas y sin que el maestro de armas lo solicitara, se acercó para quitárselas bruscamente del pecho y acomodarlas en la estructura de madera. Alliser siguió sus movimientos sin perderla de vista, comprobando que siguiera comportándose como su ayudante, alguien a quien podía decirle qué hacer y lo haría.

—Eh chico, ven aquí-. El joven sombra se puso a su derecha, lucía peligroso e imponente incluso con su tamaño, él se complació en saberlo, en tenerlo cerca para dominar así a los demás.

—Bien señoritas, tomen una espada, parejas y a pelear-. Sin sorpresa alguna, Myr esperó que todos tomaran sus instrumentos y que el hombre les vociferara las instrucciones para tomar su lugar frente a Jon. Las espadas del día estaban afiladas, no eran como las que habían usado hasta entonces y eso le hizo sentir un hueco en el estómago. Era la primera vez que Samwell Tarly sostenía una espada real en su mano y esta, a diferencia de las anteriores, sí podía herirle.

—¿Qué esperan? ¡Empiecen! -.

Luchar con Jon era como danzar, Mirla había bailado algunas veces cuando vivía en su tierra, siempre en fiestas de clandestinas de las sombras moviendo el cuerpo con libertad y de manera reglamentaria en los pocos bailes a los que tuvo que asistir acompañando a su hermana. Pero en esos momentos era salvaje o tieso, nunca existía el equilibrio que tenía cuando peleaba, cuando la danza de la muerte dirigía sus sentidos. Con el rizado se sentía libre, capaz de ser salvaje y estilizada al mismo tiempo, una estocada arriba bien defendida, abajo, arriba, de un lado y de otro. El sonido de los metales chocando y la fuerza de los golpes le hacían vibrar los brazos, esas vibraciones que viajaban por su piel juguetonas hasta sus dientes, que se alojaban en la comisura sonriente de sus labios, en sus mejillas sonrosadas y en el calor del vientre que aumentaba con la proximidad de su cuerpo. Jon respiraba con dificultad y sudaba, las gotas caían por su frente, los costados de su rostro y su cuello; en varias ocasiones, cuando terminaba debajo de su mandíbula, las gotas de sudor le caían en la cara o en las manos. La joven se avergonzaba de pensar lo mucho que le emocionaba, lo mucho que deseaba sentir ese calor de la batalla, sus brazos fuertes sosteniendo el acero, su mandíbula firme, sus ojos sobrios que la analizaban completamente como ella le había enseñado. Entonces el tambor de su pecho acrecentaba el ritmo y deseaba tenerlo cerca, tocarlo sin las ropas que los separaban, anhelaba probar el sabor de la piel en cuello, sentir su pulso en las palmas de sus manos… Jon golpeó con fuerza su hombro quitándole el equilibrio, la chica le sonrió ampliamente e hizo girar su espada con soltura (un movimiento que había aprendido de él) para poder atacarlo en ambos lados.

Estaban tan absortos en esa burbuja de tentaciones que no escucharon los primeros gritos, tampoco el golpe ni el lloriqueo, fue Edd el que les llamó la atención para que miraran al fondo de la fila, donde Sam estaba en el suelo y Rast se divertía de lo lindo machacándolo con la acanaladura.

—¡Por favor no! ¡Te lo ruego no! ¡no! ¡no! -. La voz aterrada surcaba el aire con el filo de mil aceros, tan poderoso que la hizo soltar su propia arma y girarse para mirar a Jon angustiada; la pregunta marcada en sus facciones.

—Vamos cerdito, vamos señorita cerda, ¡Levántate! -.

El rizado sentía la ira brotar como fuente de su pecho, corría fría y caliente por sus miembros haciéndole rechinar los dientes. Mirla lo miraba, sus ojos estaban perdidos, llenos de miedo, de preguntas que no se atrevía a murmurar en voz baja, él conocía cuales eran, qué dudas acechaban en lo profundo de su mente: "¿Debo hacer algo?" y ese algo siempre tendría que ver con la muerte. Mirla no hablaba mucho de su pasado, eran vistazos; comentarios que iban y venían con la velocidad de un rayo. No era estúpido y sabía que algo se escondía en ese secretismo, en sus ojos nublados por el dolor y la culpa, en las marcas de su cuerpo (no solo en su mejilla) y la forma en que intentaba tratar a los demás.

Estaba furioso y la furia le nublaba el pensamiento, no sabía que hacer; interrumpir a Thorne solo lo volvería más cruel, pero cada segundo que pasaba sin hacer nada estaba más cerca de un Sam herido.

—Jon-. La voz de ella interrumpió sus cavilaciones. —Jon, golpéame-. La confusión bañó su semblante hermoso, acercando sus cejas con los ojos desorbitados por la petición. La chica pálida había perdido la neblina en su mirada, los pozos castaños estaban decididos, llenos de esas flamas que le hacían temblar las piernas, una fuerza imparable de la naturaleza.

El chico permaneció en su lugar como piedra, solo el desconcierto en sus facciones le revelaba su entendimiento. La sombra resopló con fuerza y se acercó, terminando con la distancia que los separaba.

—¡Que me golpees Jon!, lo más fuerte que puedas, no te limites-. No podía hacerlo, no ahora que su pelea de práctica había sido interrumpida. Comenzó a negar con la cabeza, haciendo bailar sus rizos oscuros, pero ella no tenía tiempo para eso, no tenía tiempo para nada. Lo único que le importaba era ayudar a Sam, ayudarlo de la mejor manera que podía: distrayendo a Thorne. Solo la rivalidad que el hombre intentó sembrar en ellos era lo suficientemente fuerte como para hacerlo dimitir su tortura.

—Jon, mírame-. Sus ojos grises se clavaron en los sus suyos, eran estanques que reflejaban el cielo del norte, primorosos lagos de aguas frías en las que podía hundirse para siempre. Esperaba al menos que los suyos reflejaran, no la añoranza de su toque, sino la presura de su mandato. —Tenemos que ayudar a Sam y sé cómo hacerlo, ¿Confías en mí? -.

No hizo falta que lo dijera dos veces, la conexión que los movía a ambos era mucho más poderosa que la que compartía con Grenn, Pyp o Edd, sabía que con ella lo ataba un compromiso basado en la confianza, en la que Mirla mostró para con él y la que lo halaba todas las noches a su habitación, donde podía mirarla de cerca, hablar en libertad, gozar del placer de su calor y el olor dulzón salvaje que inspiraba. El rizado se acercó a ella con valor, tan cerca como le permitían las circunstancias, le acarició el rostro con las pupilas, bebiéndose la imagen de la mujer más valiente que había conocido; su amiga, compañera y hermana de la guardia.

—No te preocupes-. Le susurró sonriendo. —Sanará…, ahora hazlo-.

Entonces la golpeó con el puño directo en la mandíbula, un espejo de la primera vez que se habían enfrentado en ese mismo patio. Lo había hecho con fuerza, con el peso de aquel contrato silencioso que pactaron en el momento que decidieron volverse cercanos; siguiendo las instrucciones y confiando ciegamente en el otro.

El dolor la hizo ver estrellas, puntos negros que bailaron en su visión como mariposas bloqueando la poca luz de sol que bañaba el castillo. El fuego de la cicatriz le quemó con la misma intensidad que la primera vez, era la reacción de una sombra, su sangre bullendo con el fuego de mil soles derrumbando todo a su paso. Recuperó el equilibrio perdido que la había mandado varios pasos hacia atrás y se giró, aprovechando la posición de su cuerpo, con una mano en el lugar del impacto, todos en el patio la miraban; las conversaciones murieron, los susurros y los murmullos y ahora solo quedaba el silencio entrometido, se habían dado cuento de lo que sucedido y Sam quedó en segundo plano. Mirla saboreó la sangre en su lengua, Jon le había abierto el labio en el proceso y la sangre le llenaba todo hueco libre en la boca. Era como degustar sus recuerdos en la casa de armas, los instantes, aquellos golpes y palizas brutales; un sabor que la ayudaba a rememorar quien era.

Escupió la sangre que se le comenzaba a juntar en el paladar, después de mirar a los que estaban a su alrededor con esos ojos fríos; atentos de muerte y fuego, se enfrentó a Jon que la miraba entre angustiado y resuelto. No se equivocó al pensar que la pelea atraería la atención de Thorne hacia ambos, el hombre parecía entretenido por lo que acaba de suceder, se alejó del fondo donde Rast, ahora pasmado, estaba de pie, para acercarse a ellos. Rápidamente Grenn y Edd se apresuraron a ayudar a Sam a levantarse, sosteniendo sus codos con fuerza mientras le alentaban con palabras amistosas.

Cuando comprobó que el chico estaba fuera de peligro volteó su rostro en dirección al rizado, llevaba una sonrisa leve y traviesa que le advirtió como iba a ser la confrontación, Jon se plantó en el suelo con firmeza, arrojó su espada lejos y alzó los brazos en defensa como ella le había enseñado. Cada paliza que recibía de Mirla significaba un nuevo aprendizaje y, aunque sabía el dolor que le causaría, estaba dispuesto a soportarlo.

—Ya lo sabes, se rápido-.

La sombra caminó a su alrededor con pasos cautelosos y elegantes, se detuvo un instante y se lanzó al ataque con una patada a corta distancia, el chico lo vio venir desde antes por la posición de sus pies y la soltura de sus brazos. Detuvo el golpe con una mano e intentó asestar con la otra, no obstante Mirla era mucho más veloz que él, se inclinó para sujetarse de sus hombros y tiró tan fuerte como pudo. Jon sintió que sus piernas flaqueaban, aunque no cayó, tuvo que soltar su pantorrilla para mantener el equilibrio, la chica se liberó de su amarre y con un giró grácil le propinó una patada certera en la cadera. Era difícil defenderse de todos los ataques, pero no imposible y en poco tiempo se encontró cómodo con el ir y venir de los golpes, era como un baile; no de esos que había aprendido con Robb y Theon, este era mucho más intuitivo, ya que cuando ella se movía él también debía moverse. Cada acción llevaba una reacción y entre más se adentraba en el ritmo constante de sus latidos, en el analizar cada movimiento de su oponente, en apreciar la belleza de su poderío cuando se dejaba caer y arrastraba la pierna en una patada baja que tenía la intención de hacerlo caer, en el calor que despedía su cuerpo y como el mundo exterior dejaba de tener sentido, cada vez más profundo, Jon se encontró en sintonía con ella. Lo bastante como para golpearla en las costillas, arrojarla al suelo y apretar sus muslos en sus costados quitándole la oportunidad de ponerse de pie.

—¿Te rindes? -. Su respiración estaba agitada, las palabras eran bajas por eso, muchas más íntimas por la posición en que se encontraban. La chica ajena a eso, lo miraba con ese fuego tronador que le corrompía las entrañas, pero estaba bajo él, cálida y vibrante. Su cuerpo excitado por la pelea le arrastraba en sensaciones que no quería sentir en ese momento, en pulsaciones que se alojaban en su vientre y le hacían querer desaparecer a todos los que los rodeaban, que solo quedaran ellos, su sudor bañándole la frente, la cicatriz de vino especiado como una serpiente en sus manos y esos ojos castaños que le devolvieron una mirada perspicaz y traviesa.

—Nunca-.

Jon había cometido el error de dejar sus manos libres; le dio un puñetazo en la boca, con la intensidad necesaria para que se distrajera sin causarle mucho daño, volvió a tomarlo de los hombros y usando la fuerza de sus brazos lo empujó a un lado. Libre de la prisión sobre su cuerpo se lanzó de nuevo al ataque, impulsándose con las rodillas saltó; el chico esperaba que lo volviera a atacar con una patada y se fijó a su lugar, una pierna frente a la otra con los pies ligeramente separados, pero el golpe nunca llegó. En su lugar Mirla lo rodeó con las piernas, se movió tan rápido, enredándose como una serpiente, un brazo aquí, una pierna por allá y sin saber cómo terminó con sus rodillas en el cuello. Un nuevo impulso y lo arrojó al suelo, su posición de enfrentamiento se lo había hecho todo más fácil, como derribar un árbol de manera adecuada; sin oponer ningún tipo de resistencia. La cabeza del chico golpeó el lodo congelado y la solidez ennegreció su visión, sentía el peso del aire en su pecho y el dolor de los golpes que comenzaba a engarrotarle el cuerpo, era lo que Mirla llamaba "el subidón": esa energía que usaban los hombres en las batallas y que comenzaban a agotarles demasiado pronto, con la espada era fácil evitarlo, pero combate cuerpo a cuerpo…, Jon dejó salir un gruñido de dolor y molestia mientras intentaba ponerse de pie, antes de lograrlo el peso de la chica lo volvió a hundir en el fango, su muslo en su cuello y sus brazos sujetando los suyos; era, sin lugar a dudas, un mejor agarre que el que él había usado con ella.

—¿Qué dices caballero? ¿Te rindes? -. Hubiera querido responderle de manera correcta, retarla como debía, pero su pierna le cortaba el aire y no tenía suficiente para hacerlo. Se concentró mejor en mirarla, en transmitir su terquedad con los ojos, sin embargo, eso era mil veces más complicado. Mirla era una visión digna de admirarse; con el cabello revuelto en puntas que iban a todas direcciones, la sonrisa de satisfacción en el rostro adornada con una cicatriz vigorosa que parecía brillar en solido tinto, la piel encendida y el pecho agitado. Era difícil concentrarse en algo más que el deslumbramiento respetuoso que le provocaba, cerró los ojos parar evitarla y se encontró con la mirada de Kalt, observándole desde sus recuerdos con advertencia.

Era momento de rendirse.

Palmeó el suelo dos veces desesperado y la opresión en su garganta se esfumó. Respiró varias veces hasta sentirse con la fortaleza para ponerse de pie, al abrir de nuevo los ojos chocó con la mano de la chica estirada, esperando que la tomara como apoyo. Aceptó derrotado y humillado, sentimientos que ocultaban el entorpecimiento que cabalgaba en su cuerpo, ese que le hacía vibrar la piel en escalofríos y le causaba cosquillas en el vientre. Los demás se colocaron a su lado, palmeándole la espalda, sonriéndole y comentándole sobre lo que había hecho bien (tirarla al suelo fue bastante increíble) y lo que hizo mal (provocarla para empezar). Thorne también se acercó, no le felicito o consoló como sus amigos, ni tampoco lo esperaba, le dirigió una mirada de desprecio y una sonrisa con sorna para luego dedicarle toda su atención a la sombra.

—Bien hecho chico, sigues teniendo el toque ¿A que no? -. Ella no le respondió, no hizo muecas ni asentimientos, simplemente aceptó el apretón de su mano y caminó de regreso al almacén acompañada por él, Rast los seguía cargando los materiales del día y otros cuantos curiosos. Solo entonces se dio cuenta de que cojeaba, debía haberse lastimado cuando lo arrojó, un estremecimiento de culpa y angustia lo invadió, pero lo mantuvo controlado, porque sabía que no debía interponerse cuando todo lo que habían hecho era para proteger a Sam del interés de Thorne y apenas este se estaba alejando. Se giró con sus compañeros y juntos caminaron para terminar sus deberes, Sam a su izquierda seguía, de vez en cuando, sus miradas ansiosas hacia atrás y como él, no se detuvo; existían momentos en que Mirla debía ser Myr y no con ellos.

Aguantar una conversación con Thorne parecía ser el castigo suficiente por su comportamiento, el hombre se paseó por el almacén con total confianza, mirándola acomodar las armas y hacer su trabajo de todos los días. Estaba satisfecho con su obediencia, la felicitó por su desempeño e incluso comentó sobre lo avanzados que "las señoritas" estaban. Ninguna palabra sobre Sam, gracias a la muerte. Se quedó con ella hasta que terminó de atar todo lo que iría a fundición, después salió con Rast a su espalda, quien no se atrevió a mirarla en todo el intercambio.

Cuando estuvo sola por fin respiró tranquila, permitió que su cuerpo descansara sobre la butaca, sintiendo el dolor y el cansancio explayarse por sus miembros, su cicatriz tiraba de la piel que le rodeaba, quemando poco a poco cada lugar donde los golpes la habían tocado. Ese cálido bálsamo era reconfortante para su cuerpo magullado, suave como un brebaje le llenó el pecho, acarició su mandíbula y beso su labio hinchado, bajó por sus piernas amoratadas hasta su tobillo, seguramente torcido, producto de un movimiento hecho torpemente, le había faltado impulso.

Una sombra no falla, pero Mirla sí. Su marca no le recriminó el error, al contrario, se concentró en ese punto haciéndole cosquillas mientras sanaba, para cuando terminara el día estaría perfecto, pensó. Se quedó ahí escondida, dejando que su cuerpo hiciera todo el recorrido para recobrarse sin molestarlo, Bogg la encontró así tendida y no la censuró, tomó su carga y le mencionó las carencias de la armería, "Más hachas, muchas más hachas", se retiró murmurando lo mismo y la chica lo ignoró.

Para cuando sonó la llamada de la comida se sentía lo suficientemente restablecida como para caminar hacia los establos, esperaba que Jon se encontrara bien, que la pelea no le hubiera causado daño. Había intentado mantener sus golpes concentrados, sin mucha fuerza, sin lastimarlo, pero, no dejaba de ser una sombra…, los caballos la recibieron con el mismo afecto de siempre, la dejaron cepillarlos, cambiarles el agua, darles de comer y revisar sus herraduras, otra cosa que hacía falta en el castillo, herraduras, muchas más herraduras.

El día se hundió en la oscuridad prematura de una jornada nublada. Antes que se anunciara la cena Kalt entró, se le veía cansado, atareado y probablemente muriendo de hambre. No le dijo nada mientras terminaba de arreglar los fardos, solo levantó la ceja cuando se percató de la insignificante cojera.

—Hoy volvimos a practicar con Thorne-. El grandulón asintió seriamente, ayudándole a voltear los baldes y cubos de acero.

—Asumo que todo terminó bien-.

—Si hubiera golpeado al maestro de armas, tú hubieras sido el primero en enterarte-. Kalt le presumía constantemente que sus turnos en la enfermería eran los mejores, casi nunca pasaba nada y servir al maestre Aemon era un descanso merecido a tantas guardias en el Muro.

Juntos caminaron hasta el comedor, adentro la sorprendió el aroma de carne cocida, carne fresca al parecer, siempre era bueno cuando los hombres salían por el bosque y encontraban uno que otro animal grande perdido tan al norte. Su mesa estaba ya ocupada por todos los chicos, Jon y Sam recargados en la pared le hicieron un espacio en el banco, estaba apretado con el chico sureño ahí, así que Kalt tomó asiento frente a ellos.

Mendel alzó su vaso de cerveza cuando estuvo acomodada, tenía la boca llena de comida y aun así logró decir tan alto para que todos lo escucharan.

—Por Myr, que le pateó el trasero a Jon-. Los demás siguieron su ejemplo, alzando sus vasos y riendo con los comentarios de Grenn. Kalt la miró con una ceja inquisitiva, la duda claramente dibujada en su rostro.

—No fue nada-. Dijo la chica restándole importancia con un movimiento de la mano, era una respuesta a todos y una especial al grandulón, al final no había sido nada.

—Oh no-. El de ojos grises enderezó su espalda alzando su vaso en el proceso, la miró fijamente con una sonrisa afable que le pintó las mejillas de sus molestos sonrojos, al menos en la oscuridad nadie sería capaz de notarlo, nadie excepto Kalt que no se perdía ningún intercambio entre los dos jóvenes. —Me venciste limpiamente, por Myr y sus distracciones-.

—¡Por Myr y sus distracciones! -. Estaba agradecida de la ausencia de Thorne en el comedor, se dio la libertad de soltar una carcajada y dejar que todos le llenaran su vaso con un poco de su cerveza agría. Sam también le rellenó su copa improvisada con el rostro cálido de gratitud, la chica intuía perfectamente qué le quería decir, y le palmeó la espalda con afecto sin dejarlo continuar.

Comieron con las bromas de fondo, las risas y una que otra burla para ella o el rizado, la sombra lo soportó todo, escuchando la voz de su padre reclamándole desde su conciencia, pero Mirla lo ignoró. Este era el momento que Myr necesitaba, estar rodeada de personas que la apreciaban y la hacían sentir menos infeliz.

Entonces Sam se levantó abruptamente, ella iba por el segundo plato y la sorpresa le hizo soltar la cuchara en el caldo, salpicando el brazo de Jon.

—Tengo que ir con el maestre Aemon, me pidió algo de la biblioteca y estuve a punto de olvidarlo…, además -. Se dirigió a ella. —Tengo que anotar todo lo que sucedió en la bitácora-. Apenas terminó salió disparado de su asiento sin mirarlos, sin fijarse en nadie en realidad. La joven pensó en lo mucho que le convenía su trabajo en la biblioteca y la torre de los cuervos, el maestre era una persona amable y debía tener un lado suave con Sam si el chico estaba dispuesto a dejar su cena a medio comer por él.

—Mira, Sam olvidó los libros-. El rizado se puso de pie, pasando detrás de ella con las manos en sus hombros para sostenerse, el contacto de su piel la hizo estremecer y le reveló una verdad incomoda sobre su cercanía con el chico. Si a Jon no le importaba tocarla aún rodeada de sus hermanos de la guardia, entonces tal vez no le importaba ella en lo absoluto. —Voy a alcanzarlo-. Comentó rodando los ojos y apresurándose a terminar su vaso de cerveza. Salió disparado sorteando su camino entre las mesas y sillas. Alcanzó a Sam en la puerta y le devolvió sus cosas con un apretón amistoso, cuando volvía Kalt se puso de pie rápidamente, colocándose en el espacio al lado de la chica y obligándola a recorrerse hasta que su costado chocó con Jeb. El chico de ojos grises miró la escena confundido, un deje de molestia y decepción cubrió sus facciones, sin embargo, se sentó en el lugar vacío al frente sin quejarse, aunque esos helados muros de Invernalia no soltaban al grandulón, quien lo ignoraba magistralmente.

—Quien hubiera dicho que Sam sería tan rápido, es tan gordo-. La voz de Grenn impidió que el análisis del chico continuara, ambos se giraron para mirarlo de mal modo, como espejos de una molestia compartida.

—Grenn, cállate-. Myr se estiró para arrebatarle el trozo de carne que tenía en la mano y lo mordió. Estaba a punto de abrir su boca para quejarse cuando Jon se inclinó hacia él y levantó la voz para que todos lo escucharan.

—Sam no es diferente de nosotros, no tiene lugar en el mundo así que está aquí con nosotros-. Su mirada seria barrió la mesa lentamente, deteniéndose un segundo en cada uno. Hasta ese momento los chicos consideraban que Myr lideraba sobre ellos, pero al ver a Jon actuar así; con la autoridad del hijo de un Lord, esa seriedad de nobleza que hacía que todos se mantuvieran callados en su lugar, quizá, solo quizá, su líder no tenia que ser la sombra asesina. —No vamos a herirlo durante las prácticas, sin importar lo que Thorne diga, es nuestro hermano y vamos a protegerlo-. Las palabras calaron en el aire y Mirla sintió que el corazón se agitaba dentro de su pecho, verlo así le recordaba al muchacho de Invernalia, el que la había llevado sin miedo por los pasillos del castillo para hacerla pagar por su crimen (aunque no lo había cometido y Jon terminó pidiéndole disculpas), esa aura de mando y poder le provocó escalofríos de placer que se alojaron en su vientre y humedecieron su mirada. Solo él, que posó sus ojos en los suyos, se dio cuenta del cambio y permitió que las comisuras de sus labios se levantaran en una sonrisa discreta.

—Eso dices tú Lord Snow-. Una ronda de risas llenó el ambiente, como salidos de un trance todos movieron su cabeza para descubrir al portador de la voz molesta; Rast, que estaba sentado detrás de Jon, se giró para enfrentarlo con una mueca burlona en el rostro. El rizado también lo confrontó, desde su posición Mirla no era capaz de ver su cara, pero por sus hombros tensos y sus manos apretadas en puños suponía que debía estar despidiendo desprecio por cada poro. —Ustedes señoritas pueden hacer lo que quieran, pero si Thorne quiere que le enseñé a Lady cerda una lección, entonces me cortaré un buen trozo de tocino-. El rizado no contestó nada, volteó con ellos de nuevo, sin embargo, había algo diferente en él. En la manera acompasada en que respiraba, o en el estoicismo de su postura; ira contenida, esperando ser liberada de una manera u otra. Pero Jon no era estúpido, y eso lo que lo hacía tan peligroso.

La sombra resistió el deseo de tomar su mano, de salir de su asiento e inclinarse en su oído para decirle que estaría ahí con él sin importar que decidiera. Cuando Rast y su bola de imbéciles se levantaron Myr los observó con la frialdad de la muerte en las pupilas, ninguno de ellos le regresó la mirada, a pesar de que la sentían correr por su cuello y espalda.

—Voy a arrancarle la lengua un día-. Murmuró despacio mientras deshacía un trozo de pan seco con los dedos.

—No será necesario-. Ojos grises la sorprendieron con la intensidad del invierno mismo. —Tengo un plan-.

—Cuenta conmigo-. Grenn se adelantó en la mesa, a su lado Pyp asintió apoyándolo sin haber escuchado su idea, Jeb y Mendel se inclinaron hacia ellos y pusieron sus puños en la madera para mostrar su apoyo, Edd alejado al final de la fila se terminó su trago y dijo —Conmigo también-.

—¿Myr? -. Le preguntó, el brillo en su semblante habría sido suficiente para convencerla de no haberse tratado de Sam en primer lugar.

—No tienes que preguntar-. Eso la sombra dentro de sí podía disfrutarlo, de la emoción que causaba una venganza, aunque mínima, una advertencia, amenaza. Sí, eso sí que era algo para una sombra. —¿Qué dices anciano? ¿Quieres unirte? -. Kalt, que se había mantenido fuera de la conversación, la miró de reojo en pleno trago.

—Supongo que puedo estar ahí, vigilar que no hagan nada estúpido-. Le contestó encogiéndose de hombros, básicamente estaría ahí para evitar que Mirla se metiera en problemas, la joven rodó los ojos, pero decidió dejarlo pasar, inclinándose para acercarse a Jon que imitó su movimiento.

—Entonces, ¿Cuál es tu plan? -.

—O—

Jon les había dicho que lo esperaran en la escalera que daba a las barracas después de la media noche, cuando el castillo estaba en completo silencio. Aún era temprano así que Mirla aprovechó para buscar por su habitación su daga sombra; pequeña pero letal, con el filo adecuado para rebanar la garganta de un hombre o de asustar a un imbécil cobarde. Al encontrarla el sonido de la puerta abriéndose opacó su gritito de victoria, Kalt entró al espacio pequeño y se quedó incómodamente parado en la entrada.

—¿Qué pasa? -. Preguntó la chica al ver su rostro contrariado, con el ceño fruncido en un rasgo de angustia que había aprendido a identificar bien en las últimas semanas.

—No es nada es solo que, bueno, no sé-. Se encogió de hombros, su espalda tensa hizo ver el movimiento forzado, como si intentara convencerse a sí mismo que en verdad no pasaba nada. —No me parece correcto que estés haciendo esto-. Cruzó los brazos para confrontarla como su hermana solía hacerlo, queriendo parecer más fuerte y decidido de lo que en realidad era.

—¿No te parece correcto que intente defender a un chico indefenso? -. Como sombra su vida había rondado siempre en la muerte, en represalias, en llevar la danza de su maestra con ella a donde iba, sin causar ningún bien a nadie; la única vez que alguien se benefició de su don su tierra terminó en guerra y su familia cercenada. Al menos aquí tenía la oportunidad de usar su don para bien; en auxilio de un muchacho abandonado, de un cachorro despreciado por su manada.

—Mir… Myr, no me parece bien que vayas a hacer esto con Jon-. El hombre extendió sus manos, enfatizando el nombre del rizado con su tono y sus ojos; intentaba advertirle, pero ella estaba liada, no existía peligro de hacerlo con Jon, ni con ninguno de los otros. Eran sus hermanos de guardia después de todo y la sombra confiaba en ellos plenamente (mucho más en el chico de los ojos grises que llevaba su secreto y su corazón en un lazo).

—¿Es eso lo que te molesta? ¿Qué decida hacerlo porque Jon esta involucrado? Porque déjame decirte que lo haría de todos modos, aunque…-. Kalt bufó, no encontraba la manera de hacerla comprender, de abrir esos ojos tercos y mostrarle la verdad que yacía a plena vista, a vista de todos aquellos que podían hacerle daño.

—Myr, sé que lo harías sin importar que él esté ahí, por Sam. Me angustia que él te lo haya pedido y no te hubieras tomado un segundo para pensarlo-. Ahí residía el verdadero peligro, en que Mirla no pensaba cuando se trataba del muchacho, que él solo tenía que tronar sus dedos para que ella apareciera a su lado; dispuesta a cortar entre una muchedumbre para complacerlo…, ¿y él? ¿estaba el dispuesto a hacerlo por ella o se quedaría en aquellas miradas robadas toda la vida?

—¿Pensar en qué, Kalt? Tu mismo escuchaste a Rast y lo que estaba dispuesto a hacer, y si hubieras estado en la práctica de hoy…-. Le recordaba tanto a su hija cuando discutían, la misma obstinación explayándose en cada argumento, en cada ir y venir de sus dedos y en los ojos castaños nublados; de culpa, de algo más que no conseguía descifrar: un fuego femenino que su mente no llegaba a comprender.

—La practica de hoy claro…, como eso puede funcionar tan bien para mantener tu secreto oculto-. La interrumpió de nuevo, aguantando la tormenta que se erigía en su pecho, una que le obligaba a gritar cuando sabía que debía mantener la calma. Ella no es Islene, pensó, esta era Mirla la sombra; testaruda y riesgosa.

—¿De qué estás hablando? -. Sus pupilas confundidas le enfurecieron, le irritaba en sobremanera que no pudiera verlo, que estuviera tan ciega a algo que se le descubría a simple vista.

—De tu espectáculo en la mañana con Jon, los hombres no hablaban de otra cosa-. Su tono se volvió hiriente, dejó que la tormenta se balanceara sobre su garganta y de pronto no era Mirla a la que amedrentaba, no, era una joven con los ojos llorosos que le exigía su libertad para casarse, para seguir al amor de su vida. Y miren donde la dejó eso.

—¿Espectáculo? -. Preguntó la chica escandalizada. —Lo único que hicimos fue desviar la atención de Thorne, evitar que le dieran una paliza a Sam-. Era tan sencillo comprenderlo, por qué Kalt se negaba a verlo, por qué cuestionaba sus acciones como nunca hizo en el pasado.

—Sí y solo lograste que te pusieran a ti atención, ¿Qué crees que va a pasar cuando alguien se dé cuenta de cómo miras al chico? ¿Eh? Hacer enemigos no te va a ayudar nada-. Ese tono, ese asqueroso tono que su padre tenía con ella cuando la trataba como a una inútil; Eres una niña todavía, una niñata llorona que no va a terminar nada en su vida, te niegas a seguir a la muerte, te niegas a seguirme…, a miles de kilómetros de distancia sus palabras calaban como el fuego de su cicatriz; exigiéndole que parara la afrenta; ¿Quién era él para pedirle explicaciones?, una sombra era fiel solo a la muerte, solo a ella le debía el cómo y el por qué, pero Kalt era su amigo, su compañero, la primera persona que le mostró la calidez de una amistad sincera después de su separación, se merecía al menos el beneficio de la duda.

—Estás siendo terriblemente injusto conmigo Kalt, he seguido el consejo que tan amablemente me diste-. Su voz se volvió fría y cortante como el filo Gēlenka, poderoso como el rugir del viento en un acantilado, era su marca hablando; su pasado glorioso repleto de fuego extraño. —Tengo autocontrol, no soy una niña-. Era la misma frase que le había dicho a su progenitor la última noche en su tierra, él le gruñó una orden: la única que no fue capaz de cumplir y sus gritos tronaron en el cielo nocturno como cuernos de guerra; un grito que la seguía hasta Poniente, hasta este momento.

—¡Pues entonces deja que actuar como una!... -. Su hermana solía decirle que las palabras eran el arma más poderosa del hombre, viajaban más rápido que cualquier nave, cortaban mejor que cualquier espada y permanecían corrompiendo la herida mejor que cualquier veneno. Lo comprendió en ese instante, cuando ambos gritos; el de sus recuerdos y el de Kalt, se volvieron uno, el dolor que le cortó el alma la dejó sin aliento por un segundo, su semblante ensombreciéndose inmediatamente. —Mira Mirla, no quiero ofenderte, solo ten cuidado, no es que no confíe en ti, ese chico va a traerte muchos problemas-.

Era demasiado tarde, el daño estaba hecho y esa clase de heridas costaba más sanarlas; ni siquiera su cicatriz podía ayudarle.

—No tienes porqué ir con nosotros, podemos apañárnosla solos-. Se giró para no verlo, para no dejar que ese desgarre se trasluciera en su mirada, con los ojos llorosos se ocupó de mover las cosas de su cama hasta que escuchó la puerta cerrarse, entonces dejó que las lágrimas cayeran; no demasiadas, no con el tiempo apremiante encima.

Se limpió la cara con un trozo de tela gastada que mantenía para sus baños y salió a la gélida noche, la nieve caía danzarina sin prisas, no era una nevada monumental como las que comentaban los norteños, pero cubría todo de un vaho irresistible y una sábana blanca delgada que adornaba el castillo. Su habitación estaba del otro lado del edificio donde los chicos dormían, otro de sus tantos privilegios; la oportunidad de dormir sola antes de tomar el juramento cuando los demás tenían que compartir camas hasta que les fueran asignadas sus labores.

Cruzó el pasillo, bajó las escalinatas del segundo piso y se encaminó a las que llevaban a la parte trasera donde estaban las barracas, Jon y Fantasma ya estaban en su lugar esperándolos, el chico llevaba la espada en el cinto y el lobo parecía inquieto, algo que no siempre sucedía. Los dos vigilaban el patio entero esperando que los otros se acercaran cuando terminaran sus tareas, la escucharon antes de verla, una fina figura que se recortó en la luz de las antorchas, tan elegante que parecía fundirse con las sombras que se formaban en el pasillo. El rizado sonrió, demasiado pronto quizá, porque su ceñó se frunció al mirar su rostro; decaído, pálido, con los ojos acuosos y rojizos y el labio inferior temblando casi imperceptiblemente. Cualquiera habría dejado pasar el tema, pero Jon la conocía, al menos creía conocerla, pasaba la mayor parte de su tiempo juntos mirándola, intentando analizarla y comprenderla mejor cada día que pasaba.

—Myr... ¿Pasó algo? -. Le habría gustado decir su nombre, susurrarlo en la oscuridad para convencerse de que realmente estaba ahí.

—¿Qué? No, nada, nada-. Si sospechaba algo no comentó más y la chica lo agradeció en silencio, no estaba de humor para otra ronda de preguntas y ataques. —¿Y los demás? -.

—Retrasados, supongo-. Le contestó apartando su vista para seguir con su vigilancia del patio. —Mira ahí vienen-. Efectivamente los chicos caminaban despacio uno detrás del otro, no hacían el menor ruido y por sus caras serias (casi demasiado serias) la sombra adivinó que estaban nerviosos.

—¿Listos? -. Jon acarició el pelaje de Fantasma con la punta de sus dedos mientras su otra mano apretaba la empuñadura de su espada, Pyp tragó visiblemente perturbado y se detuvo.

—No nos has dicho que tenemos que hacer-. En los momentos que el chico se asustaba su acento se marcaba más, ese tono melódico que le había dado fama en la casa donde trabajaba.

—Ustedes sostenerlo-. Les instruyó Jon mientras comenzaba a subir los escalones. —Myr; tú estarás conmigo-. Por lo menos las mariposas en su estómago calmaron la tempestuosa marea de sus emociones, tocó el mango de su daga y sintió la rabia anegarla; podía usar eso a su favor, desquitarse con el pretexto de humano que Rast era para olvidar sus propios problemas. —Vamos fantasma-. El huargo le dio una vuelta a la chica, olfateando su mano libre y lamiéndole los dedos antes de seguir a su amo.

—¿El lobo también va a participar? -. Preguntó Grenn, la incredulidad pintada en sus ojos casi la hizo reír, ninguno le contestó porque la escalinata era angosta y debían mantenerse enfocados en no hacer mucho ruido.

Las barracas estaban compuestas por tres cuartos lo bastante grandes para albergar de siete a diez hombres, sus chicos dormían en el último del pasillo, la segunda permanecía cerrada por tener una corriente permanente de aire helado, en la primera se encontraba su víctima. Entraron en silencio, delatados solo por el sonido seco de la madera al moverse que no despertó a sus ocupantes, esa barraca estaba iluminada por una sola lampara en el centro de la habitación, a su alrededor se extendían por lo menos diez camas que albergaban a los novatos, ahí dormían y descansaban durante el día y la noche, apestaba a sudor, un aroma rancio y algo parecido a la leche putrefacta, Mirla pensó que lo mejor era dejar de descifrar los olores, concentrarse en las figuras arropadas a media luz ignorantes de lo que estaba a punto de suceder. Rast dormía en la cama más cercana a la puerta, en la orilla; probablemente porque se ganaba más lugar en aquella posición, tenía una manta pesada que le cubría las piernas y roncaba sonoramente. Grenn y Edd se colocaron cada uno en un costado, Jeb con un trapo de tela sucia listo para cubrir su boca, Mendel y Pyp encargados de las piernas. Jon decidió quedarse en el lugar perfecto para que lo primero que viera al abrir sus ojos fuera su rostro, Mirla a su lado con la daga balanceada en sus dedos y un brillo tenebroso en su mirada. El rizado les dio una marca con la cabeza y todos atacaron al mismo tiempo, Rast no tuvo tiempo de gritar, de moverse o de intentar escapar, apenas su mirada se encontró el semblante estoico de Jon y el terrible de Myr empalideció, entonces Fantasma hizo su gran entrada, saltándole encima con la gracilidad de un depredador y mostrando los dientes afilados en un rugido amenazante. La chica no podía evitar sentirse sumamente orgullosa de todos.

—Haz un solo ruido y Fantasma te arrancará la garganta…, nadie toca a Sam, ¿Entiendes?... -. La voz de Jon era glacial como el invierno, imponente como el Muro que los protegía, la voz de un líder verdadero; un señor que daría la vida por sus allegados y al que le seguían sin oposiciones. Era la presencia de un verdadero Stark, señor de Invernalia y dueño del Norte.

—Sí, sí... Por favor-. Las palabras salían con dificultad de su boca amordazada, apagados por la tela e interrumpidas por los sollozos cobardes que lo sacudían. Jon volvió a darles la señal y las ataduras desaparecieron, el lobo saltó de la cama hacia la puerta y todos dieron un paso atrás. Ese era su momento de brillar, la chica se acercó a la orilla de la cama, sentándose con confianza. Tenía la daga en sus manos lanzó un destello en la oscuridad y los ojos se llenaron de lágrimas, con un movimiento rápido colocó el filo en su mejilla cerca de la comisura de sus labios, ella sabía cómo se sentía el beso del acero antes de cortar, el miedo que corría por el cuerpo previo al dolor, a la muerte. Dejó que la punta bailara en su piel frágil perforando apenas un poco y haciendo brotar una pequeña gota de sangre.

—Más te vale que aprendas a cerrar la boca, o voy a tener que cortarte esa gran lengua-. La daga se movió velozmente por su piel abriéndole apenas una pulgada, no tan profundo para dejarle una marca permanente, pero lo suficiente para que el dolor fuera una advertencia.

—Vámonos-. Les dijo Jon y la sombra se puso de pie como un rayo, saliendo detrás del rizado.

En la seguridad del pasillo con la puerta cerrada y los ánimos amenos los chicos se dieron la oportunidad de respirar profundo, Pyp seguía pálido (más asustado quizá por lo que todos eran capaces de hacer que por sí mismo) y Mendel se sostenía de la pared con cansancio.

—¿Crees que resulte? -. Edd increpó a Jon que le devolvió la mirada sombría.

—Más le vale-.

—Es la primera vez que amenazo a un hombre-. Jeb aún sostenía el trozo de tela en la mano y lo miraba pasmado.

—Sí bueno, bienvenido al club-. Myr dejó salir el aire de sus pulmones en un silbido y se despidió con un movimiento de cabeza sin más palabras, la emoción de la amenaza no había sido suficiente como para olvidar su disputa con Kalt, las palabras del hombre aún le perseguían y se le metían en la mente como flechas impertinentes.

El chico de ojos grises acompañó a sus compañeros un rato, pero se despidió de ellos también, ninguno de le cuestionó su salida nocturna, nunca lo hacían, estaban acostumbrados a los paseos nocturnos de Jon y Fantasma. Salieron en dirección a la habitación de Mirla y la encontraron, como siempre, atrancada, no hizo falta que tocaran más de una vez, la joven ya los esperaba con la capa a medio quitar y las botas en el suelo.

—¿Pasa algo Mirla? -. Le preguntó de nuevo porque la duda seguía carcomiéndole los pensamientos, recargó su peso en la pared cercana a la ventana donde podía ver el patio por el rabillo del ojo y el lobo se quedó a su lado, percibiendo como él, la atmosfera tensa.

—No, yo, solo estoy cansada-. Le regaló una sonrisa suave que no ahuyentó la bruma de su mirada, pero endulzó el tono tinto de su cicatriz hasta un rosado oscuro. —Lo que hiciste fue muy honorable-. Comentó con la cabeza gacha, el chico no recordaba haberla visto avergonzada de esa manera desde que comenzaron las visitas nocturnas.

—¿Gracias? -. Sentía el sonrojo subir por su cuello lentamente, acompasado con su naturaleza norteña.

—Le decía a Fantasma-. Esta vez la sonrisa si llegó a tocar su mirada, haciendo que el fuego caoba se transformara en un castaño profundo, como el de la tierra en un día soleado.

—Por supuesto-. Rodó los ojos, en un intento fallido de molestia porque se sentía aliviado de ver que las cosas estaban normales, Mirla terminó de quitarse la capa y comenzó con la tira de cuero que sostenía la espada, inmediatamente su corazón se detuvo. —¿Quieres que te dejemos? -. No parecía lo más adecuado quedarse mientras ella se desvestía.

—No, solo gírate...-. Obedeció sin chistar, clavando la vista en el patio central a través del vidrio de la minúscula ventana, había una sola lampara encendida en la habitación (no era necesario tener chimenea como en barracas porque la chica destilaba el calor suficiente para mantener el cuarto cálido. Por un momento el brillo de la lampara acrecentó y distinguió la forma femenina dibujada en el reflejo del cristal, un vistazo de piel desnuda, de una espalda delicada y un color a melocotones y leche fresca. Su vientre se contrajo ante la visión y cerró los ojos para concentrarse en mantener esas sensaciones quietas. Mirla era una chica, era normal que su cuerpo reaccionara de esa manera a su cercanía, a su desnudez, no tenía que hacer un gran problema de algo natural. Respiró profundo intentando ignorar el aroma dulce y salvaje que despedía, no era un animal y ella era su amiga, no se merecía que la hiciese sentir incomoda. —Listo-.

Estaba ya en la cama y cubierta con las mantas cuando volteó, su cara era lo único que resaltaba entre el marrón oscuro de la tela.

—¿Kalt viene tarde? -. Era más una pregunta para distraerse a si mismo, se acercó sintiendo que la incomodidad recorría la distancia junto con él, Fantasma, de nuevo ayudándolo, se adelantó y tomó el lugar a sus pies.

—No, estaba cansado, muchas guardias seguidas-. Su tono le decía algo diferente, recordó el momento en el comedor; el hombre se había levantado rápidamente al verlo regresar de con Sam, tomando su lugar junto a la chica, y antes, aquellos dardos que lo examinaban cada vez que estaban juntos, no lo habían soltado.

—No parecía muy contento por nuestro plan-. Mirla levantó la cabeza de su almohada improvisada, se recorrió para dejar un espacio a su lado y el rizado se sentó ahí con una pierna en el suelo; olía a viento, al pelaje de Fantasma y un toque de pino, disfrutar de ese aroma era estar de nuevo en el bosque, debajo de las ramas protectoras de un árbol antiguo, sintiendo el tiempo pasar a su alrededor y las estaciones moverse pausadamente. Un refugio perfecto para sus emociones, no había discutido antes con Kalt; era la primera vez que no estaban de acuerdo en algo, y la primera que él le hablaba de esa manera.

Te has hecho débil, frágil, y todos ellos pueden notarlo. Ahora te gritan, mañana clavaran un cuchillo en tu corazón.

Tal vez la voz de su padre tenía razón, quizá estaba abriéndose demasiado a los extraños, dejando que vieran los aspectos ocultos de su alma; de ser así debía romper inmediatamente toda amistad, todo contacto. La seguridad de una sombra era su distanciamiento, su capacidad de mantenerse alejada de los hombres y asegurarse de solo servir en la intimidad a la muerte, pero eso significaba dejar a Jon, y su cuerpo temblaba de solo pensarlo.

—Kalt tiene… sus maneras y razones-. Tendría que haber una manera diferente de solucionar las cosas; dejarle claro quien era sin romper el trato. Soltó el aire cansado de sus pulmones y cerró los ojos, Sertia sería mejor en todo esto…, la vida era menos complicada cuando solo debía preocuparse por mantenerlas seguras, luchar y matar.

Jon no se quedó mucho esa noche, la joven lo despidió con un hueco en el pecho, le hubiera gustado tenerlo cerca para ahuyentar los miedos que le rascaban la nuca, al menos su esencia permanecía en el cuarto y podía refugiarse en eso.

—O—

En los días que siguieron comprobaron con satisfacción que su amenaza había funcionado. Rast se mantuvo lejos de Sam, el chico por su parte dejó de asistir a las prácticas y Thorne los ignoró a ambos. ¿Cómo?, simple, ellos. Cada mañana en el entrenamiento uno de los chicos se enfrentaba a Mirla, ella los recibía con entusiasmo, orgullosa al ser testigo de su progreso y disfrutando del ejercicio. El maestro de armas estaba tan complacido que había dejado de insultarlos, su silencio interrumpido por gritos casuales y palabras de aliento para Myr (si se podían clasificar de ese modo, la sombra cree que decir "¡Golpéalo chico!" no anima, ni ayuda). Los conflictos que más le gustaban eran los de uno versus todos, ahí surgía su verdadera pasión, juntos llegaron a la conclusión de combatir así al menos una vez cada dos días, de ese modo protegían a Sam y mejoraban su técnica.

Una semana después de el primer encuentro las cosas iban tan calmas como se podía estar en el castillo negro; no había noticia de los exploradores, Jon seguía portándose extraño de tanto en tanto y Kalt, a pesar de haberse disculpado, puso distancia. Mirla intentaba restarle importancia, el hombre estaba muy ocupado desde que tomó su juramento, su trabajo de mayordomo lo mantenía en movimiento la mayor parte de día y para cuando llegaba la noche: o estaba demasiado cansado para visitarla o tenía guardia en el Muro. La joven también se mantenía ocupada, con las "practicas" secretas reanudadas a plena vista de Thorne, sus tareas diarias, las andanzas en el muro y sus reuniones con Sam a hurtadillas (el chico había demostrado ser un gran recurso y más ahora que no le temía). En fin, el tiempo seguía transitando para los hermanos negros, los nuevos que llegaban creaban sus propios grupos, los más viejos se aprovechaban de lo recién llegados y ellos…, ellos permanecían unidos en una hermandad curiosa. Ella nunca había tenido amigos antes, sus hermanos sombras (¿Seguían siéndolo después de todo?) eran más sus compañeros de sufrimiento, no había risas ni bromas entre los no graduados, todo era entrenamiento y muerte. Sertia era lo más cercano que tenía a una amiga, pero pensarlo le sonaba gracioso, porque su hermana era inmensamente más, sin comparación alguna.

El punto es que muchas partes de su relación con los demás seguía siendo incompleta; la veían como su mentora, su entrenadora, a la que debían respetar y seguir en toda orden. No pasaba lo mismo con Jon, los chicos lo admiraban por sus cualidades de líder, lo seguían porque sentían que debían hacerlo y no temían burlarse de él o revelarle secretos íntimos, (Viva Lord Snow; el amo de los secretos en el Muro) o al menos era lo que ella creía- Jon le había contado la historia de Sam, de cómo terminó vistiendo el negro por su padre y el alma de la chica se conmovió dentro de sí, ella conocía el peso de tener un progenitor como esos; su padre nunca la rechazó, no hasta que dejó de cumplir sus mandatos, pero entendía la soledad, el dolor y también la cobardía del muchacho. Lo que no comprendía (en realidad sí lo hacía, no quería pensar en eso porque si no tendría la obligación de atacar el problema directamente y, vamos, todos son cobardes en algún aspecto; Mirla lo era en las relaciones personales) era el por qué Sam no le confió su pasado en alguna de sus reuniones…, el rizado intentó apaciguar sus ánimos, diciéndole que no era de gran importancia, aunque la mayor parte de las situaciones lo eran para ella.

La rutina establecida entre camaradas hacia que todos esos pensamientos extraños vagaran lejos de su mente, se concentraba en dar el mejor "espectáculo" como Kalt los había llamado, hasta que Sam creyó buena idea bajar al entrenamiento de esa mañana, entonces Thorne, que no le había visto mucho los últimos días, encontró más entretenido continuar con la tortura al pobre chico que mirarlos repartirse golpes entre cuasi expertos y experto. Myr conocía la mirada enfocada del maestro de armas; esa de experimentado en sus labores que no va a distraerse, al menos Rast se quedó atrás y al final había sido Grenn el que lo enfrentó. Ni bien se dio la orden de comenzar y Sam dio la primera estocada el alto se dejó caer al lodo, gritando piedad y rindiéndose: la chica podía haberlo encontrado tierno, honorable y gracioso de no ser por la mirada iracunda de Thorne que se acercó a Jon con pasos rápidos y lo tomó del cuello. Entonces los problemas se volvieron de mal en peor, porque Mirla no era capaz de quedarse quieta cuando alguien intentaba hacerle daño al chico que le robaba el aliento, porque tenía la sangre caliente de ira y porque el hombre lo dejaba demasiado fácil.

Apenas las palabras duras salieron de su boca, un "¿Esto te parece divertido?" que el rizado no trató siquiera de responder, y su espada estaba levantada, no directamente atacándolo, no amedrentándolo como pudiera haber hecho con cualquiera, pero el mensaje era claro en sus ojos gélidos, en su marca de color vino que vibraba con la fuerza de la muerte y el aura de peligro que le erizó los vellos de la nuca. "Déjelo en paz" en silencio, un murmullo que no dejaría su boca, ya que se encontraba escrito en sus acciones. Thorne había dejado ir el cuello de Jon, les amenazó como siempre y también decidió castigarlos, humillarlos mejor dicho (Adiós, adiós, privilegios), los chicos estaban impresionados por su arrebato, Kalt decepcionado la miró desde lejos con angustia y Jon, bueno Jon apenas si encontraba las palabras para expresar lo que sentía.

Así habían terminado limpiando las mesas del comedor, no más caballos que la tranquilizaran con su mutismo, ni armas que reparar y ni la cómoda tarea de almacenar, solo cargar cubetas de arena jabonosa y cepillos; castigados como niños en la casa de armas que los entrenadores encuentran jugando.

—Se que algunos de los oficiales van a burdeles de Villa Topo-. La sombra levantó la cabeza molesta, no quería culpar al chico de su sucedido, pero se lo hacia tan difícil.

—Sam, cállate-. El polvo se le quedaba pegado en las mangas de tela y entre los dedos, era áspera; parecida a la que se usaba en su tierra para lijar los cascos de los surcadores. De niña Sertia y ella habían pasado casi todo su tiempo libre en las plataformas de reparación donde el polvo volaba por los aires como magia y quemaba la garganta si lo respiraban por mucho tiempo.

—No lo dudo-. Sus compañeros de castigo la ignoraron mientras cepillaba con todo el enojo acumulado, desde que Thorne les gritó sus instrucciones y no pudieron decir nada a su favor, ya que, técnicamente aún estaban bajo el cuidado del maestro de armas, por lo que debían obedecerle sin rechistar, Myr murmuraba palabras que ninguno lograba descifrar y cepillaba mucho más rápido que ellos haciendo que polvo se levantara en toda la habitación.

—Bueno no piensan que es un poco injusto que nos tengan limpiando mesas y tomando juramentos cuando ellos están…, batiendo la salchicha-. Mirla volvió a levantar la cara para dirigirle una mirada molesta. Sam parecía no entender su reacción y la chica regresó a su trabajo refunfuñando.

—¿Batiendo la salchicha? Ah Sam, eres asqueroso-. El rizado le dio un vistazo divertido, concentrándose en los lugares marcados por la grasa de la comida, ahí la madera viscosa absorbía la mezcla obligándolo a usar sus músculos.

—Es tonto ¿no?, no podemos defender una muralla a menos que seamos célibes-. Myr arrojó su cepillo a la mesa con enojo, alzó las manos al techo y suspiró exageradamente. Jon encontraba sus reacciones graciosas, la joven tenía poca paciencia cuando se trataba de hablar con los demás de temas comunes y más en sus momentos de concentración "amargada".

—¿Por qué estamos hablando de esto? -. Le preguntó al aire tomando de nuevo su cepillo.

—Porque es importante, nuestras necesidades son importantes-. El gordinflón la miró ofendido, con dejando de cepillar para concentrarse en ambos.

—Di una cosa más y voy tallarte la cara con mi cepillo-. Un dedo amenazante se irguió hacia él, sin embargo, el chico de ojos grises sonrió ampliamente dándole la confianza que necesitaba para hacerlo también. Myr tenía la cara y el cabello cubiertos de polvo blanco, parecía un anciano pequeñísimo con el ceño fruncido y los labios apretados; una ancianita amenazándolos con un cepillo.

—No creí que te molestaría tanto-. Respondió Jon cuando la chica volvió a su tarea ignorando sus rostros divertidos.

—¿Por qué no? -. Sam se quedó quieto en su lugar, la afabilidad de su cara desapareció y su tono jocoso se volvió sombrío al decirle —Porque soy obeso-. No era una pregunta, el rizado lo miró cansado y suspiró. Mirla rodó los ojos desde su posición y agradeció que ninguno de ellos pudiera verla con la cara pegada a la madera.

—No-. No era la primera vez que tenían que convencerlo de eso; que no se trataba de su peso ni su apariencia.

—Bueno me gustan las chicas tanto como a ustedes, puede que no les guste mucho a ellas-. El sonido de los cepillos cesó en un instante, Mirla sentía que el aire se volvía fino como el papel de seda y levantó el rostro de la mesa empolvada para fijarlos en Sam. —Nunca he… estado con una-. Bueno definitivamente esto estaba yendo en la dirección que deseaba evitar desde el principio. —Ustedes de seguro estuvieron con cientos-. El aire se le quedó atascado en la garganta junto con una nubecilla polvosa que le obligó a toser con violencia. El chico regordete no notó nada extraño y continuó con su atención enfocada en Jon.

—Más tú-.

—No, de hecho… estoy igual que tú-.

La sombra carraspeó tan alto como pudo con la garganta dolorida, sentía las mejillas calientes y dudaba mucho que fuera solo por acceso de tos. Su marca le quemó con intensidad en sintonía con el latido de su sangre en el cuello.

—Tenemos que terminar antes de la cena-. Su voz rasposa apenas si logró que los chicos dejaran de hablar como hubiera querido. Jon se sentó en sobre la mesa con el cuerpo ligeramente inclinado hacia Sam, la comisura de sus labios formando una sonrisa incipiente. Era una visión de ensueño y toda queja se quedó guardada en su pecho mientras se sentaba en el banco, la tarea de cepillar ya olvidada y su mente perdida en sus ojos grises atrevidos.

—Puff sí claro, encuentro eso difícil de creer-.

—Una vez estuve muy cerca-. Mirla estaba absorta bebiéndose la imagen del chico que recordaba, la mirada en el techo del comedor, y la sonrisa ladina más marcada. —Estaba solo en una habitación con una chica desnuda, pero…-.

—¿No supiste donde ponerlo? -. Sam se inclinó un poco, su rostro juguetón en el tono de los hombres cuando bromeaban; ella nunca había estado tan cerca de aquellos intercambios, protegida siempre por su reputación y los intentos de sus "defensores" de mantenerla tan lejos como podían de ese tipo de charlas.

—Se donde ponerlo-. La mirada de Jon rivalizaba con la del otro, su sonrisa también y el leve rubor en sus mejillas solo lo hacia lucir más arrebatadoramente bello. Sus ojos viajaron velozmente hasta posarse en los suyos, sin la precaución que demostraba siempre, aquella mirada le volvió las piernas gelatina y envió miles de agujas de placer que se refugiaron en su vientre. Lo mejor era volver a concentrarse, o (que la protegiese su maestra) iba a terminar revelando su identidad por sus respuestas (las que su cuerpo daba y sobre las que no tenía ningún control).

—Ah Muerte, dame paciencia-. Susurró cepillando tan fuerte como podía, como si el movimiento pudiera aminorar el latir de su corazón o la sangre que le envolvía los muslos. Jon la miró preguntándose si era correcto seguir hablando, pero antes de que pudiera decidirlo Sam volvió a preguntarle.

—¿Era… fea y vieja? -.

—Joven y hermosa-. El recuerdo le hizo lamerse el labio inferior con la punta de la lengua y Mirla se halló igualmente atraída y celosa. —Una puta llamada Ros-.

—¿Qué color de pelo tenía? -.

—Pelirroja-. Su cabellera castaña le peso entonces como mil sacos de grava, no existía nada emocionante o hermoso en un tono apagado como el café.

—Oh me gustan las pelirrojas, y sus… sus…-. Sam llevó sus manos al pecho, imitando la redondez de unos senos demasiado grandes; de haber prestado atención quizá se habría sentido ofendida. De no haber estado Jon tan encantadoramente guapo y ella tan consciente de sus propios defectos físicos.

—No querrás saberlo-. Una nueva sonrisa traviesa que le robó el aliento y otra mirada de reojo, el calor en sus mejillas aumentó callando el fuego constante su cicatriz. La sombra enterrada en el fondo más oscuro de su mente y solo la chica sintiendo el suelo bajo las plantas de sus pies moverse con el estruendo de sus propios latidos.

—¿Tan buenas eran? -.

—Mejores-. Los atributos femeninos de su cuerpo estaban escondidos todo el tiempo, atrapados entre las vendas y trozos de tela en el castillo, en el pasado en la ropa floja y abrigadora de Invernalia, más atrás en su traje sombra…, la chica nunca se preocupó por su aspecto físico, de su cuerpo solo importaba que estuviera entrenado y fuerte, todo lo demás era insignificante. Ahora era terriblemente lúcida a esos aspectos, ¿Jon consideraría su cuerpo como algo "mejor" si llegase a verlo?, el pensamiento voló por su rostro sonrojado y sus muslos inquietos con el viento de sus inseguridades.

—Oh no-. Sam reía de placer al imaginarlo. —¿Por qué exactamente no hiciste el amor con Ros la de las perfectas tet…? -.

—¿Cómo me llamo? -. De repente el tono jocoso desapareció de su voz, su mirada volvió a congelarse en ese frio invierno de melancolía; el que había hecho que su presencia destacara en todo Invernalia y que ahora le estrujó el alma.

—Jon Snow-.

—¿Y porque es mi apellido Snow? -.

—Porque, eres un bastardo del norte-. La confusión de Sam se desvaneció, sus palabras salieron pintadas de su actitud sabionda, la que ponía cuando hablaba de sus conocimientos.

—Nunca conocí a mi madre, mi padre nunca quiso decirme siquiera su nombre. No sé si está viva o muerta, no se si es una mujer de la nobleza o la esposa de un pescador…, o una puta-. La melancolía se transformó en dolor callado, muy parecido al que le corrompía al pensar en su hermana, en su tierra y en su padre.

—De modo que me senté allí, en el burdel mientras Ros se quitaba la ropa, pero no pude hacerlo. Porque no podía dejar de pensar en que, si la dejaba embarazada y tenía un hijo, habría otro bastardo llamado Snow. No es una buena vida para un niño…-. Jon solía guardarse sus secretos, escondía sus emociones y las razones detrás de ellas en un hueco tan oscuro que nadie se atrevía a preguntarle sobre eso. Por un momento Mirla se sintió atravesada por una daga gélida, para ella su madre no fue más que un instrumento, algo que su padre podía utilizar en sus planes para moldear su destino; la mujer callada que no decía nada cuando él la golpeaba o arrastraba al granero mientras pedía a gritos que la ayudara. Jon tuvo a Lady Stark a su lado, con el odio silencioso que lo seguía a todos los rincones del castillo, una zanja en medio de él y su padre y la añoranza de una vida que jamás sería. La joven conocía ese sentimiento, el anhelo de una vida, de unos padres, de un ambiente ajeno, de amor, compasión y calidez. Sentía las lagrimas en el borde de los ojos así que se giró para continuar con su trabajo, solo el sonido de su cepillo moviéndose lentamente en la superficie de madera rompía el mutismo de la atmosfera.

—Así que… no sabías donde ponerlo-.

Jon le lanzó su cepillo a Sam y corrió a su lado, la densidad que los rodeaba rota por sus risas y jugueteos. Se preguntó si solo en ella quedaba la sensación de malestar, un dolor que no era suyo, pero que adoptaba sin pensarlo.

—¿Y tú, Myr? -. Sam recargó sus manos en la mesa, el polvo las cubrió casi de inmediato, la chica se sobresaltó de escucharlo tan cerca y su marca le recriminó su falta de concentración.

—¿Qué? ¿Disculpa? -.

—¿Lo has hecho con alguien? -. Si antes se había sorprendido con los comentarios de Sam, ahora estaba completamente pasmada, se quedó sin palabras un segundo y al siguiente sus manos tomaron la iniciativa cepillando vertiginosamente hasta lastimarle la punta de los dedos.

—Yo… bueno, yo-. ¿Qué se supone que iba a decirles? ¿La verdad? Oh no, esos recuerdos estaban almacenados hasta el fin de los tiempos, era demasiado vergonzoso, terriblemente infantiles como para compartirlos. No necesitas de nadie Mirla, siempre serás solo mía y de la muerte. Ni siquiera su padre había merecido una venganza tan patética.

—Lo sabía, eres muy joven para eso-.

—¿Cuántos años crees que tengo? -. ¿Cuántos tenía en ese momento? ¿Cuántos quería aparentar en la neblina de una noche vieja?

—Diez y cuatro-. Respondió encogiéndose de hombros como si la respuesta fuera aparentemente obvia, sus ojos se abrieron al oírlo, ofendida por algo que no llegaba a identificar, que los hombres del castillo erraran en su edad no era nuevo, pero nunca tan estúpidamente incorrecto, no cuando su aniversario de nacimiento se encontraba tan cerca y comenzaba a acercarse a la edad permitida para tener una silla en el consejo de las sombras.

—¿Diez y cuatro? Tengo diez y siete y, no es de tu incumbencia, pero sí, le he hecho-. Sus manos, ajenas a todo el ajetreo de su mente y boca, seguían realizando su trabajo, moviéndose erráticamente sobre las manchas de grasa con el polvo pegándose a la carne bajo las uñas.

—¿En serio? ¿Donde? ¿Lo hiciste con una puta? -. La tormenta de preguntas la abrumó y lamentó haberlo dicho, no fue su momento más brillante; un vacío en su pasado que permanecía oscuro incluso para Sertia.

—No, Sam…-. Detuvo el cepillo, tenía la piel de sus dedos desgarrada, y puntos de sangre fresca comenzaban a brotar de las heridas. Suspiró, no tenía caso ocultarlo cuando ya lo había aceptado, con la sangre subiéndole a las orejas le dijo —Lo hice en mi tierra y con otra sombra, no con una puta-. No había putas en su tierra, para las sombras el único motivo era la danza a su maestra y traer nuevos hermanos a su cuidado, los nobles eran libres de tener relaciones con quien quisiera; mientras los lazos nucleares de la familia se mantuvieran y respetaran. Al menos eso se creía, tantas cosas cambiaron en los últimos años, tantas otras fueron reveladas y quizá los burdeles fueran una de ellas.

—Ah vaya Myr…-. Sam la miró con admiración, inclinándose más, lleno de curiosidad por los detalles. —Y ¿Cómo estuvo? ¿Cómo era? ¿Era joven o mayor? -. De nuevo sus preguntas impertinentes acompañadas de unas cejas levantadas y una mirada picara. La joven cometió el error de voltearse un poco, Jon también la miraba; la sorpresa y asombro de su rostro le avergonzaron, y volvió a tallar a pesar de la punzada de dolor en su mano; su cicatriz quemó con urgencia, intentando reparar el daño a la velocidad de su trabajo.

—Fue rápido y la sombra era… atractiva-. No entendía por qué las palabras seguían saliendo, la razón por la que el cauce de su penosidad se arrastraba fuera de su boca.

—¿Rápido? Oh Myr sacudiste muy rápido la rama-. Indignada levantó la cabeza para mirarlo, si tuviera que contar la cantidad de veces que el chico había sido inapropiado con ella…, con su entrenador.

—¿Qué? Sam no…, fue rápido la primera vez-. Y ahí estaba su lengua traicionándola de nuevo, cerró los ojos con violencia cuando los abrió se topó con la expresión estupefacta de ambos.

—¿La primera vez? -. Soltó una carcajada. —¿Cuántas veces lo hiciste? -.

Dejó de cepillar, reprimiendo la nueva verborrea que mataba por saltar de sus labios, lo miró fijamente recuperando un poco la compostura, pero sin mirar a Jon, su frágil estado no iba a permitírselo sin sentir que la pena la consumía.

—Lo hice las veces suficientes Sam, ahora deja de hablar y sigue trabajando, haces demasiadas preguntas-.

Volvieron al trabajo en silencio, Myr estaba tan rojo debajo del polvo que le cubría que era risible, Sam casi soltó una carcajada, pero no era tan estúpido, si el chico le había dicho que se callara (se lo había dicho muchas veces para ser honesto) entonces se mantendría con el pico cerrado, aunque siguiera sonriendo y sus ojos bailaran con entusiasmo.

Para Jon todo era diferente y extraño, ¿En qué momento habían terminado tan profundo en el pozo? Mirla tenía razón, debieron callarse desde el principio y dedicarse a cumplir con el castigo, y sin embargo le pareció tan irresistible; quería hacer sentir mejor a Sam, hablar con él era un buen refugio y la chica, bueno la chica se portaba como una niña y aquello le resultó tan divertido. Hasta que el tema se volcó sobre su "pasada" vida romántica…, no, no podía ser verdad, pensó. La siguió con la mirada en todos sus movimientos, en su rostro sonrojado, su cicatriz del color de la grana, los labios entreabiertos y la nariz arrugada, no podía ser cierto que Mirla, su Mirla… No, definitivamente no. Sin saber el motivo sus manos temblaron, el cepillo se deslizaba de su sudor a pesar del polvo y los brazos se le acalambraban, sin dejar de mirarla hasta que su mente capturó las gotitas de sangre en su lado de la mesa, estaba a punto de decir algo cuando la puerta se abrió.

La sombra levantó el rostro tan pronto como la corriente de aire frío, más rápida que el sonido o la luz, penetró el comedor. Thorne entró sin grandes aspavientos preguntando por el clima como si aquello fuera una simple charla en la plaza del pueblo, si existía un hombre que le diera más hartazgo que él aún no lo conocía y pensaba que nunca lo haría. Rodando los ojos continuó cepillando sin prestar atención a su discurso sobre el invierno, su travesía del otro lado del Muro y lo poco que valían, solo cuando sus comentarios se volvieron provocadores y ultrajantes hacia Sam dejó sus manos quietas. Al igual que en la mañana no necesitaba decir nada para que su postura fuera clara, el hombre la miró sin sorprenderse, quizá ya resignado a haber perdido su mascota favorita.

Al acercase a la puerta de espaldas a ellos Myr sintió la terrible necesidad de lastimarlo, de hacerle pagar cada una de las palabras que salían de su boca, lentamente buscó a tientas la daga que mantenía escondida en la cadera; si era lo suficientemente rápida nadie se daría cuenta, podría darle una lección en amenazas, en conmover hasta el terror a tu oponente y así los dejaría en paz de una vez y por todas.

—¿Las sombras resisten el invierno? No lo creo… al final cuando llegue el invierno todos morirán como moscas-. Antes de que pudiera sacar el acero de su escondite se dio la vuelta y salió en una bocanada de aire gélido. Los dos chicos reanudaron su tarea, con los ánimos por el suelo, ella en cambio tuvo que quedarse quieta, respirando fuertemente por la nariz y la boca hasta que el fuego de su marca soltó los amarres de sus miembros. Controlada regresó a la mesa, murmurando palabras bajo la lengua, su acento marcado en la voluptuosidad de los tonos que subían y bajaban haciendo casi imposible entender lo que decía.

—¿Cómo se atreve? Hablarle así a una sombra, malbenita stulta-.

Sam y Jon la miraron de reojo entre respiros de maldiciones en su lengua natal, ya sabían por experiencia propia que cuando Myr hablaba la lengua de las sombras, lo mejor era mantenerse lejos.

—O—

La noche se expandía del otro lado del muro con el mágico color que la luna pintaba en la nieve y los arboles al atravesar las nubes cargadas, al viento soplaba hacia el sur y los copos helados se desviaban encima de sus cabezas para chocar en la pared de hielo; el castillo estaría protegido por ahora, pero encima del Muro el agua helada chocaba contra su mejilla sin tregua. El calor que transpiraba derretía los que se atrevían a tocarla, empero luchar con ese frío parecía imposible y su marca se concentraba en mantenerla a una buena temperatura; al menos el fuego de la canastilla de metal era suficiente y podía recargarse en el borde sin que le castañearan los dientes como a Jon.

Abajo, el bosque encantado brillaba en su propia oscuridad, repeliendo los pocos rayos de luz lunar. Ahí había algo que hacía vibrar a su cicatriz, algo que conjugaba la magia sombra en sus venas, susurros de la muerte que le advertían un peligro constante, uno lo suficientemente fuerte para alertarla aún en la seguridad del Muro. Por eso se asomaba constantemente, dejando que la nieve le resbalara por la piel cálida y superando el miedo que le atenazaba el vientre por el vértigo, vigilaba cada rincón que sus ojos le permitían observar, tratando de discernir entre la negrura de la noche lo que le advertía su marca. Jon estaba sentado fuera del almacén, lo más cerca que podía de las llamas, después de una ultima bocanada de aire medianamente cálido se puso de pie y se coloco frente a ella.

—Todavía siento el polvo en las manos-. Le dijo sacudiendo los dedos enguantados.

—Yo también-. Mirla también usaba guantes, no tan gruesos como los suyos porque aún distinguía la forma delicada de sus dedos. En la lista infinita de cosas que aún no comprendía sobre ella se encontraba el extraño calor presente en su cuerpo; irresistible en las noches de guardia como esta y envidiable también. Jon podía ser un Snow, pero era ella la inmutable ante las tormentas y vientos helados que soplaban desde el otro lado.

—No tenías que mentir-. Su voz viajó entre la nieve que caía, no la estaba mirando, no quería mirarla. Tenía que sacarlo de su pecho, las palabras que habían estado encerradas desde que dejaron el comedor en la tarde para terminar sus otras tareas y que le picaron los costados de la boca al subir con ella en la jaula.

—¿De qué hablas? -. No dejó de mirar hacia abajo y el chico apreció el gesto, no necesitaba que lo mirara de frente y lo juzgara.

—Hace rato, cuando estábamos con Sam, no tenías por qué haber mentido. No creo que el sospeche de ti-. Sus ojos castaños se desviaron del bosque para mirarlo, solo un vistazo antes de girarse de nuevo.

—No mentí-.

—¿No lo hiciste? -. Preguntó con la voz ahogada, agradecía a las ráfagas que interrumpían el sonido, si ella lo encontró extraño no dijo nada. Volvió a mirarlo con la intensidad de siempre, aquella que le oprimía el pecho y le generaba tantas dudas.

—No, ¿Por qué lo haría? Tú fuiste honesto-. Se encogió de hombros y regresó a la vigilancia, Jon se quedó sin nada más para decir, si aquello era cierto…, bueno eso significaba que Mirla…, que Mirla había tenido una vida fuera de los hermanos negros, fuera de Invernalia, fuera de él. Y no era nada extraordinario, era un año mayor que él y probablemente había visto más en su vida de lo que el bastardo alcanzó a comprender, escondido entre los muros de un castillo enorme que no le pertenecía.

—Lamento lo de tu madre Jon, debe ser una buena mujer-. Esta vez cuando volteó tenía una sonrisa suave, la misma que le daba en las noches en su habitación, amable y cariñosa que le revolvían la mente de posibilidades. No era una sorpresa que sus respuestas le conmocionaran, había tanto que no conocía de la joven que cada palabra, cada gesto, cada reacción era digno de admirarse.

—¿Como lo sabes? -.

—Porque tú eres bueno-. La sinceridad casi infantil de su frase le lleno los ojos de lágrimas, sin dejarlas que derramaran el chico se concentró en atarse los cordones de la capa en los costados, moviéndose un poco hacia la izquierda para protegerse de la nieve espesa.

—Ese bosque me pone de nervios, voy a dar la primera ronda, ¿Te quedas? -. Ensimismado en mantener el revoltijo de sentimientos escondidos apenas tuvo tiempo de responder antes de que ella se alejara.

—¿Ah? Sí, sí, me quedo-. Tenía mucho que pensar, últimamente tenía mucho en que pensar.

—O—

Necesitaba una siesta y un baño con urgencia, lo primero porque la guardia se había extendido toda la noche, tal y como suponía Thorne le arrebató aquellos privilegios que aún podía, y el baño porque la practica fue brutal. Le recordó a sus entrenamientos en la casa de armas, con golpes, sorpresas no agradables y un ojo morado; no el suyo, ni el de ninguno de los chicos, pero era difícil mantener las cosas limpias cuando el maestro de armas usaba a hermanos negros ya jurados para vengarse contra ti, y más si atacaban todos al mismo tiempo. Vencieron, eso era bueno, podía soportar el cansancio y su olor corporal un poco más, al menos lo que le tomaba llegar a su habitación y desaparecer por el resto del día.

Los chicos se despidieron de ella en la puerta del comedor y estaba a punto de reanudar su caminata hacia el paraíso de su cama cuando escuchó los gritos.

—¡Myr!, ¡Myr!, Myr-. Sam corría con torpeza desde el edificio que albergaba la biblioteca y la torre de los cuervos, llevaba algo en la mano y lo agitaba mientras se afanaba en alcanzarla. Ella estaba demasiado cansada como para romper la distancia por si sola así que esperó a que llegara, agitado y sudoroso.

—¿Qué pasa Sam? -. La incomodidad y vergüenza del día anterior le ahuecaron el vientre, tampoco no se había sentido cómoda con Jon en toda la noche.

—Tienes una carta-. Respondió entre bocanadas.

—¿Una carta? ¿Para mí? -. ¿Quién le escribiría a ella? Nadie sabia donde estaba…, ¿Acaso el peligro la perseguía? ¿Serían malas noticias, amenazas o peor… su padre?

No, esos fantasmas debían quedarse en pasado, ser enterrados por la nueva vida que anhelaba ahora. Su marca la llenó de fuego que la hizo despertar, sus músculos cansados se sintieron vigorosos y aunque después pagaría por eso, su mente pudo respirar tranquila entre la maraña de incertidumbres.

—Sí, sí es para ti, acaba de llegar… en un animal…majestuoso, un águila-.

—¿Un águila? ¿Qué tan, qué tan grande es el águila? -.

—Bastante grande, ¿Quieres ir a verla?

—Sí, sí-.

Eso solo podía significar una cosa, alguien de su tierra sabia que estaba ahí y toda la seguridad que tan tormentosa y arduamente juntó no tenía mas sentido. Si esa carta provenía de su padre, entonces estaba agradecida con la muerte por alejar a Sertia. Nunca podrás separarte de mí Mirla, no puedes cambiar lo que eres. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, signo del terror que le contraía la piel alrededor de su cicatriz, con manos temblorosas y piernas débiles siguió al chico hasta que llegaron a la torre, subieron las escaleras y con cada escalón sentía que la vida se le escapa en el aire, en cada respiración constipada y en los vellos espantados de su nuca.

"Maestra, te lo ruego, mantenla a salvo, tú me darás fortaleza para afrontarlo, pero ella…, por favor maestra"

La torre estaba construida específicamente para albergar aves, apenas si tenía espacio para que un par de personas se pasearan entre los nichos y jaulas, los cuervos no eran criaturas amables, pero todos permanecían lejos de ellos; en los niveles superiores que llegaban hasta el techo. Debían estar asustados, siendo precavidos con el nuevo depredador en su espacio, ella los comprendía bien. Solo respira Mirla, pensó, solo respira y analiza.

En medio de la habitación redonda se encontraba la hoguera, amplia y siempre encendida, las ventanas por las que ingresaban las aves estaban cerradas excepto una, la brisa que entraba le daba al lugar cierto aire contradictorio. A un costado, descansando sobre una barandilla de metal, se hallaba el águila negra como el plumaje de sus temerosos camaradas, su pico dorado resaltaba con la elegancia que distinguía a las creaturas de su tierra, sus ojos eran tan de un azul tan profundo que le provocaron vibraciones en la piel. Un espécimen tan hermoso no podía pertenecer a cualquier persona, un noble quizá, un oficial sombra era lo más seguro.

"Que la muerte se apiade de mí"

La bestia se quedó quieta, les dio un vistazo y orgullosa siguió acicalándose el ala, indiferente al viento que soplaba álgido a sus espaldas.

—¿Qué piensas?, poco común ¿No es cierto? -. El animal era enorme, resaltaba en un espacio tan pequeño, tan bajo para algo tan magnánimo, incluso Sam parecía pequeño en comparación.

—Sí, muy raro e inusual… Sam yo…-. La carta era lo importante, saber a quién pertenecía y elegir que haría después, el animal no la dejaría a menos que enviara una respuesta o que pudiera escapar antes de alguien lo notara.

—Ah sí, aquí tienes, olvide dártela-. Le extendió el papel sujeto con una cinta de cuero negra, Sam habría tenido que desatarla para saber a quién iba dirigida, si en verdad venía de su tierra entonces… ¿Cómo sabía Sam que era para ella? ¿Conocía los animales que las sombras usaban para enviar mensajes? ¿La lengua?, no tenía deseos de abrirla con alguien más presente y el chico pareció comprenderla. —No te preocupes, tengo que ir a ayudarle al maestre Aemon. Te dejo-.

—Gracias Sam-.

Cuando estuvo segura de su soledad deshizo el nudo, sentía el corazón latirle directamente en la garganta, atascando el aire al entrar y al salir, no quería decir más plegarías, una sombra siempre enfrentaba los obstáculos en su camino de uno u otro modo, sabía que este día llegaría, pero no tan pronto. Oh destino, no tan pronto.

Para M. Sombra

Castillo Negro, Muro. Norte

Reconocería esa letra en cualquier mundo, perdida en el medio del desierto, en aguas profundas, en un lugar de hielo y frio, esa escritura elegante, levemente inclinada. Letra perfecta de molde tan parecida a su dueña, la que había aprendido a hacer en los moldes de lecciones y que llevaba a casa a escondidas para que Mirla pudiera practicar también. El temblor en sus manos aumentó y las lágrimas se derramaron sin que pudiera o quisiera detenerlas, no sabía que tanto llanto se podía albergar en su alma, que los sollozos evitados desde el momento de su separación serían tan poderosos, tuvo que sostenerse de una jaula y deslizarse hasta que estuvo sentada en el suelo de piedra.

Sertia, Sertia, Sertia. Su hermosa adorada, su sol, su vida.

Risas se unieron a las lágrimas, suaves como las olas de un mar en calma que poco a poco relajaron los lamentos, anhelaba prolongar esos momentos, saborearlos con todo el dolor, la felicidad y tranquilidad que desbordaban. Secó sus ojos con el dorso de la mano y rompió el sello de cera. Estaba escrita en su lengua, con esos dobleces de los signos que lo hacían tan complicado para los extranjeros, un mecanismo de seguridad tan típico de su hermana que le arrancó una sonrisa amplia. Relataba su viaje a Puerto Blanco, la llegada a Braavos y su futuro destino a Dorne, le hablaba de sus días y noches, de las experiencias, lo agradecida que estaba con Tyrion Lannister, "nuestro pequeño amigo", por su pasaje seguro, el águila era de ella y era completamente segura, la liberó de una tienda en la ciudad y ahora era su amiga, su igual.

Estoy a salvo, te he extrañado tanto

que el amor que nos une me lastimaba cada noche.

¿Y tú querida mía?

Necesito con desesperación saber de ti,

enterarme de todo lo que te ha pasado, solo eso pido, solo eso quiero.

Por supuesto Sertia se preocuparía más por ella que por su propia seguridad, pero lo entendía, con un trozo de tela de su manga se limpio la nariz mocosa y las mejillas, debía lucir como un desastre, mas no le importaba. Su hermana estaba viva, a salvo y rumbo a la libertad. No necesitaba nada más en la vida, deseaba estar a su lado, sentirla cerca, abrazarla…, se conformaba con saber que podían comunicarse, que aquel silencio e ignorancia desaparecería.

Deseo con todas mis fuerzas que la carta llegue rápido,

que tu respuesta también sea veloz como los surcadores,

poder tener una misiva tuya es lo único que

me motiva a continuar mi viaje.

Te ama con cada extracto de su esencia.

S.B

Besó las iniciales en el papel, disfrutando del olor punzante de la tinta. Cuando pudo controlar de nuevo su respiración se puso de pie, no había estado tan feliz en.… tanto tiempo, con una sonrisa que adornaba su rostro juvenil bajó los escalones y corrió por el patio. Tenía que mostrárselo a alguien, dejar que saliera de su pecho para no explotar ante todos, no gritar en el comedor lo que pasaba, no reír a carcajadas con un hombre equivocado. Jon, tenía que ser él por supuesto, solo él podría comprenderla, solo él la haría sentir en casa y segura. Lo buscó en las caballerizas, el establo, la armería, el almacén y el comedor sin encontrar su rastro, los hombres la miraban curiosos sin cuestionarla, no dejaba de ser Myr el chico sombra y todos sabían que debían mantener su distancia.

Al dar la vuelta en el callejón que llevaba a la Jaula se encontró con Edd y Pyp que cargaban cajas de víveres de una carreta a uno de los edificios, al verla se quedaron quietos con los ceños fruncidos, jamás desde que lo conocieron habían visto a su entrenador tan feliz, tan… sonriente.

—¿Y Jon?, ¿Dónde está Jon?, ¿Saben dónde está? -.

—Ah… en las barracas, ¿Por qué? ¿Pasa algo? -.

—No, no, no, sigan-.

La escalera a las barracas ninguna vez le pareció tan larga, saltó los escalones de dos en dos hasta llegar al pasillo, estaba vacío, con todos en sus trabajos seguramente, algo más porque agradecerle a su maestra. La puerta de la habitación no tenía seguro, la abrió sin tocar ni anunciarse y entró como un tornado, pateando la madera para que se cerrara tras ella. Jon se secaba el rostro con un trozo de tela, estaba vestido con las ropas del entrenamiento y parecía completamente agotado. Al verla entrar con esa sonrisa de oreja a oreja y sus ojos brillantes quedó pasmado.

—¿Mirla? ¿Qué está pasando? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? -. No tuvo tiempo de prepararse para su abrazo, la inconmovible fuerza de sus brazos que le sujetaron la cintura y su cara escondida en su pecho. El chico agradeció estar solos, sin nadie que fuera testigo de su cercanía…, entonces su mente registró que era el cuerpo de Mirla el que abrazaba, era su espalada baja donde sus manos estaban posadas y era su aroma dulce y salvaje el que le llenaba los pulmones. ¿En qué momento la había sujetado?

—Jon, es mi hermana, mi hermana, esta bien, esta a salvo. Me envió una carta-. Su rostro estaba tan cerca, apenas unas pulgadas de distancia, tan cerca que podía admirar bien las emociones que danzaban en los pozos castaños; brillantes como joyas terrosas, sus dientes eran blancos y sus labios tan rosados como su marca. Sonreía y el gesto le engalanaba tan bien, embonaba perfecto con sus otros rasgos; su nariz delicada, los pómulos altos, las mejillas sonrosadas, los labios gruesos y esos fascinantes ojos. Tragó saliva como si fuera a aplacar su repentina sed, destrabó con dificultad su agarre y la tomó de los hombros para poder alejarse un poco.

—¿Tu hermana? ¿Cómo hizo para enviarte la carta? ¿Consiguió u cuervo? -. En realidad, no le importaba cómo lo había hecho, Mirla esperaba noticias de su hermana desde que llegó al castillo y verla así, tan ilusionada y feliz, le aceleraba el corazón.

"Estoy contento por ella, porque es mi amiga, eso es todo"

—No, no, consiguió un águila, un águila de mi tierra…. Esta viva Jon, esta a salvo-.

Se mordió el labio inferior y volvió a esconderse en su pecho, abrazándolo y sintiendo el latir de su corazón, acompasado con el suyo. Jon volvió a rodearla, se dejó envolver por las sensaciones; las vibraciones de placer que viajaban por su piel, el ensueño de su aroma y la calidez, el fuego que parecía habitar para siempre en su cuerpo y en el que deseaba extinguirse, aplacar el frío del Muro, del castillo y su vida en ella.

Mirla fue la primera en separarse, complacida y feliz le sonrió amablemente antes de soltarlo, el vacío de su calor le recordó repentinamente donde se encontraban, no pudo evitar el sonrojo, ni la comezón en su nuca, pero la chica no pareció notarlo, volvió reír con campanillas en su boca y se giró.

—Tengo que responderle, voy a contarle todo lo que hemos pasado, hasta los castigos de Thorne-. Su fulgor impregnaba cada palabra de un placentero tono divertido, como si de verdad considerase todos los eventos de las ultimas semanas algo maravilloso. La siguió por el pasillo y las escaleras, librando a los hermanos que se interponían a su paso, iban a la biblioteca, donde seguramente se encontraba Sam. Myr seguía parloteando animadamente, la carta escondida en los pliegues de su ropa, movía las manos con cada frase y el esplendor de sus ojos iluminaba el camino. Derritiendo la nieve, ornamentando el Muro y acariciando partes de él que ni siquiera comprendía.

Cruzando el patio los sorprendió la multitud, o lo que podía considerarse una multitud en el castillo, quince o veinte hombres que se aglomeraban en el callejón más amplio, el que daba a la puerta del Muro. Mendel estaba entre ellos, alzándose con las puntas de los pies para ver sobre el gentío, la chica tomó su brazo y lo llevó hacia el lugar.

—¿Qué pasa? -. Su voz seguía siendo el canto de un ave parda, un cantico que solo Jon notaba al parecer, porque el hombre les contestó sin siquiera mirarlos.

—¿Ah?, Ah, dicen que vieron algo, alguien viene-.

—¿Del otro lado del muro? -. El latir errático en su cuello lo enfocó en la realidad, si alguien había visto algo, ese alguien al otro lado…

Benjen.

—Sí-.

—¿Podría ser…? -. Clavó su mirada en Mirla, ese abrupto cambio penetró en su nube de perfección, el regreso del tío de Jon al castillo sería suficiente para que él perdiera el sentido, tantas noches angustiado sin dormir, tantas veces que sus miedos se refugiaron en su habitación, o en el Muro, mirando y esperando el momento en que volviera. Su propio ser lo ansiaba y no había tratado a Benjen más de lo necesario.

—Es posible-. Le respondió, tomando su mano y apretándolo en apoyo, su propia valentía la impresionaba, pero este no era su momento. No podía, ni debía, concentrarse en si misma cuando algo tan importante pasaba.

—¡Abran la puerta! -. El gritó rompió el aire, desgarrando los murmullos y las conversaciones de todos los que asomaban para ver lo que pasaba.

La pesada puerta de acero y madera chirrió, los goznes quejándose del trabajo en medio del hielo, las cadenas se movieron lentamente, demasiado lento para algunos, y al final se levantó, poco a poco la rendija se volvió más grande, hasta que el caballo pudo pasar. Se guiaba por puro instinto, asustado y hambriento intentó hacerse un espacio entre los cuerpos de hombres que lo miraban perplejos.

La silla vacía era lo único que veían; un caballo sin jinete que regresaba del infierno.

¡No inventen! Mis queridos lectores, aquí lo tienes, que no les digan, que no les cuenten. Oficialmente el capítulo más largo de que he escrito en mi vida, neta que, casi me muero, ahí como en la pagina 15 (ya no podía, ya no podía).

La buena noticia es que ¡Lo logré! ¡Lo terminé!, la mala; ya empezó el semestre y la universidad me quita todo mi tiempo y todas mis ganas de vivir jajaja, este es el semestre donde tengo que empezar mi servicio social además de otros trámites que tengo que seguir y terminar, o como me gusta llamarle: "El semestre del diablo"- Les digo esto para anunciarles que tal vez… bueno, seguramente el tiempo entre actualizaciones va a ser más largo (les super prometo que no va a ser un año), de todos modos aquí voy a estar por que los amo y amo a Mirla bebe (no la puedo dejar así sin un beso al menos) jajaja, el punto es que, mientras terminaba esta tortura lol pensaba en lo mucho que necesitaba inspirarme y llegué a la conclusión de que necesito estar en contacto con ustedes, como la mayoría son anons pues no les puedo responder personalmente sus comentarios ;( así que les dejo mi Tumblr; mrs - traductor. tumblr (le quitan los espacios) ahí me pueden acosar, molestar, recordar que tengo obligaciones con ustedes y compartirme si odian la historia o no jajaja.

En fin, si llegaron hasta aquí quiere decir que terminaron la biblia/capítulo 12. Como se darán cuenta nuestro amado "chico de ojos grises" esta empezando a sentir cositas :D, las cosas se complican, Sam hace muchas preguntas indiscretas y descubrimos datos de Mirla que no esperábamos (hasta yo me sorprendí). Como ustedes me pidieron más palabras pues más palabras les di, casi 20K D: jajaja, dudas: muchos de ustedes comentaban sobre la apariencia física de Mirla y tienen razón, la muchacha no esta desfigurada, no es fea pero tampoco hermosa (breathtaking tipo Dany, Sansa o Margaery), lo malo de Mirla es que su autoestima esta por los suelos (culpen a su padre).

Los super amo con todo mi ser! Son los mejores y ya quiero ver que opinan de esto. ;D