Hikari se había convertido en una autómata, cumplia con sus tareas y trabajaba hasta la extenuación, pero su mirada se notaba sin brillo y lejana. A pesar del tiempo las mismas ideas atravesaban su mente en cuanto se descuidaba, ¿Por qué se había ido? ¿Volvería a verlo? y lo que más le dolía, ¿por qué no se había atrevido a despedirse de ella? El mensaje era uno general, impersonal y vacío de sentimientos, tan impropio de Takeru. Ni una mención a su hermano, a ninguno en especial, ni siquiera un hasta pronto. Todavía abría su bandeja de correo esperando ver un mensaje personal donde se despidiera de ella personalmente, donde le explicara sus razones, o al menos que sintiera que había sido alguien especial en la vida de su amigo.

Desde los 8 años aquel chico rubio había sido una constante en su vida, su apoyo, su confidente, su mejor amigo, pero a la vez mucho más. Takeru la complementaba, la hacía feliz, con una sola mirada la llenaba de esperanza y hacía que cada día fuera especial. Pero no era solo por causa de sus emblemas, Hikari sentía la unión entre su alma y la de su amigo, pero también su cuerpo lo anhelaba. No sabía desde cuando, quizá desde siempre, había estado enamorada de él, y hasta aquel día en el que desapareció, ella se había permitido soñar con que Takeru también sentía lo mismo por ella. Pensaba hablar con él a la vuelta de aquel viaje a Sudáfrica y dejar las cosas claras pero ahora se encontraba perdida y sin respuestas.

Takeru se despertó sudando y con la respiración agitada, miró a su alrededor y no reconoció los alrededores, necesitó unos segundos para ubicarse. Estaba en Lyon, en Francia, y junto a él dormía Meiko con una barriga tan abultada que parecía a punto de aplastarla. Se levantó, todavía agitado y se fue al salón, donde abrió el ventanal para respirar aire. Su abuelo los había ayudado a entrar en el país y les había cedido aquel apartamento en la ciudad, además de conseguir trabajo para ambos en una publicación de prensa en apoyo a los digimon.

Aún inquieto sentía escalofríos, no era raro que tuviera pesadillas, normalmente todas involucraban a su digimon o a sus amigos. En esta ocasión se trataba de la segunda vez que perdió a Patamon, Kaiser, Ken Ichijouji, se encontraba frente a ellos con la mirada vacía y un pequeño ejercito de digimon a su servicio, Stingmon gritaba de tristeza cada vez que se veía obligado a atacar a aquellos chicos que trataban de salvar a su compañero, pero no podía hacer otra cosa más que obedecerle, sabía que si no las cosas serían peores para Ken. Uno de los digimon nivel mega se preparó para atacar a los elegidos, por lo que sus digimon se unieron para protegerlos, Hikari corrió hacia un digimon herido sin percatarse de lo que ocurría, cuando Takeru la buscó por la mirada vio un digimon alejado a punto de lanzar una llamarada hacia donde se encontraba su amiga ayudando al digimon herido, no se lo pensó dos veces cuando saltó hacia ella para protegerla con su vida. Angemon notó el peligro y solo tuvo tiempo para situarse entre Takeru y el fuego. El ataque dio de lleno en el digimon ángel y antes de entender lo que pasaba comenzó a convertirse en datos.

Aquella imagen quedó grabada en la retina de Takeru, pero también en la de Hikari, la chica se sentía culpable, si fuera por su descuido aquello no hubiera pasado. Takeru jamás culpó a su amiga, se lanzaría a salvarla una y mil veces, pero hubiera preferido recibir ese ataque en su propio cuerpo antes que ver otra vez a su amigo digital desaparecer. Tardaron meses en poder acercarse a la zona de la ciudad del comienzo para recuperar el huevo de patamon, cuando volvió a nacer irradiaba alegría por haber podido salvar a sus amigos.

Se revolvió algo incómodo por los recuerdos, en casa (se sorprendió cuando pensó en la base como su casa y no en aquel apartamento) era más fácil combatir las pesadillas, tenía a su hermano y a sus amigos, además de a ella. Hikari siempre había sido su talismán contra las pesadillas, por eso acostumbraban a dormir juntos en la misma habitación. Cuando empezaron su vida como activistas volvieron a dormir en habitaciones separadas, pero después de un tiempo no pudieron reprimir la rutina y esta vez compartían cama. Ni siquiera Taichi comentó nada, si había algo en aquella vida que los hicera felices sería una crueldad negárselo.

En momentos como aquel le era imposible no bajar la guardia, durante el día bloqueaba cualquier pensamiento sobre sus amigos, pero cuandos se levantaba de madrugada en noches como aquella no podía evitar echarlos terriblemente de menos. A veces se cuestionaba si había tomado la mejor decisión, si no hubiera sido mejor volver con sus amigos, todos los habrían aceptado con los brazos abiertos. Seguro que Yamato acabaría ilusionado por tener un sobrino, tener a su hermano a su lado aquellos meses lo hubiera salvado de muchos abismos, ser padre cuando apenas era mayor de edad le provocaba vértigo, no sabía si lo haría bien, si había tomado una buena decisión o cómo afrontaría aquella tarea que estaría con él el resto de su vida. Jou se habría encargado de que la salud de Meiko fuera perfecta en aquella situación, Koushiro habría encontrado miles de datos que conseguirían tranquilizarlo y seguro que encontraría la solución a cualquier problema, Mimi se encargaría de preparar las cosas para cuando el bebé naciera y seguro que el retoño tendría más ropa de la que podría usar; Sora era otra de las que más echaba de menos en aquella etapa, estaba seguro de que sería su brújula cuando se sintiera perdido y que encontraría la forma de hacerlo todo funcionar; Taichi encontraría la manera de mantenerlos a salvo y seguro que encontraba un lugar donde su hijo podría tener un hogar; por último… No. Era mejor para ahí. La última persona que faltaba era mejor mantenerla alejada de su mente.

Por cómo la conocía sabía que habría reprimido cualquier mal sentimiento y que se habría convertido en una buena amiga de Meiko. Seguro que se convertiría en la persona favorita de su bebé en cuanto creciera, a veces se permitía aquel tipo de pensamientos. ¿Sería justo volver e intentar vivir en aquel mundo cálido con el que soñaba? ¿sería capaz de vivir con Meiko y Hikari en el mismo espacio? Meiko le ponía las cosas fáciles y el cariño que sentía por ella era genuino, pero no sabía si podría mantener aquella fachada con al luz de Hikari atrayéndolo con la fuerza de un imán.

En Siberia el frío era doloroso como pinchazos de aguja. Acababan de liberar el laboratorio que experimentaba con humanos y sus digimon. Había conseguido filtrar la información al mundo y habían conseguido mermar la seguridad y ayuda de todas partes del mundo, aunque fue duro esta vez lo consiguieron. Estaban en un pueblo cercano al búnker celebrando con algunos de los activistas, algunos habían participado en la anterior campaña, pero no eran muchos. Los elegidos se habían dispersado para charlas, un poco de información nunca venía mal.

— Así que sois amigos del chico rubio. - Dijo una mujer madura que acababa de sentarse junto a Hikari.

— ¿El chico rubio? ¿Conoce a Takeru?.

— Sí, el chico Takaishi. Tenía huevos pero era un poco imprudente.

— ¿Estuvo con él la última vez?

— Sí, aquello fue una auténtica masacre. Me alegra haber contado con vosotros esta vez y que todo haya salido bien.

— ¿Sigue en contacto con Takeru? - No quería decir explícitamente que no tenía ni idea de dónde estaba su amigo.

— No, tampoco intimé mucho con él aquella vez, pero se veía un buen chico. Creo que lo vi marcharse con el grupo que se marchó a Europa. Si quieres saber algo de él deberías buscar a Meiko Mochizuki, parecían muy cercanos.

Dejó su asiento y se fue a buscar a su hermano, tenía que reunir a sus amigos. Diez minutos después todos estaban en la habitación que les habían cedido para aquella noche.

— ¿Qué pasa, Hikari? Pareces nerviosa. - comentó Sora.

— Una mujer del grupo estuvo en el anterior ataque, conocía a Takeru.

— ¿Sabe dónde está mi hermano?

— No lo sabe exactamente pero dice que creyó verle marchar hacia Europa. - omitió la mención a la chica cercana a Takeru, por alguna razón.

— Mi abuelo vive en Francia, quizá esté allí. - Yamato parecía aliviado después de meses.

— ¿Deberíamos ir a buscarlo? - Preguntó Mimi.

— No lo sé, fue él mismo quien se fue. Quizá no quiera que estemos en contacto. - Reflexionó Taichi.

Por primera vez en meses volvían sobre la pista de Takeru, pero parecía que todos tenían dudas sobre qué hacer. Por un lado todos querían explicaciones pero también querían respetar los deseos de su amigo.

— Takeru no dijo que no quisiera tener contacto con nosotros, sólo que no volvería. Quizá podamos ir a hacerle una visita a tu abuelo, eso no iría contra ninguna norma. - dijo medio sonriendo Koushiro.

— Koushiro tiene razón, el abuelo podría decirnos al menos cómo está.

Así quedó decidido el viaje a Francia.