¡Hola, hola, hola soy Noah!

Después de un millón de años, por fin me digno a aparecer. Os juro que no fue mi intención tardar tanto, pero es que se me quitaron hasta las ganas de vivir, estaba muerta por dentro y solo quería no hacer nada, así que... sorry.

¡No fue mi intención!


XVII

Alcanzo a reconocerla en el tumulto a través de las lágrimas del dolor irrepetible de morirme sin ella, y la miro por última vez para siempre jamás con los ojos más luminosos, más tristes y más agradecidos que ella no me vio nunca en medio siglo de vida en común y alcance a decirle con el último aliento que escucharía de mí. "Solo Dios sabe cuánto te quiero".

- Hace frío- murmuré, cubriéndonos con las sábanas.

- No demasiado, hace más frío en el purgatorio.

La miré fijamente y aparte uno de los mechones de su cara, parecía bastante relajada, me gustaba que bajase un poco la guardia a mí alrededor. Ella me mostró una sonrisa, y yo me dejé llevar por la comodidad del momento y de mi cama.

- ¿No tienes trabajo?

- Siempre, el mundo es inmenso.

- No es que quiera que te vayas, sabes que no es así, pero… ¿no deberías estar haciéndolo?

- Ya pareces mi jefe- murmuró dándome la espalda en la cama.

Sonreí ante aquella faceta tan infantil que me había acabado de mostrar, que actuase así me demostraba que en el fondo, aunque había tantas caras de ella que no conocía, se alegraba de poco a poco descubrir más y más de ella.

La rodee con los brazos y la acerqué más a mí. La noté sonreír y sonreí también.

- Te quiero- murmuré, dejando que el sueño me llevase.

- Lo sé…- murmuró para mí. –Creo que ya sabes mi respuesta.

[…]

Habían pasado varios días, Leia había recuperado su color y todo parecía ir bien últimamente para ellos, Sucrette me visitaba a diario y me avisaba de cuando no vendría, me sentía realmente feliz por todo lo que nos estaba ocurriendo. Cada vez nos comunicábamos más, cada vez estábamos mejor.

Solo había un problema… solía tener varias pesadillas, siempre era la misma, me encontraba huyendo de casa, estaban todos muertos y veía a Sucrette manchada de sangre y llevándose sus almas al cielo y al infierno, entonces una persona desconocida aparecía para comenzar a perseguirme con el objetivo de matarme.

Sucrette no me escucha y solo puedo correr por mi vida.

Imposible moverme, imposible hacer nada por mí, acabo cayendo al suelo y soy atravesado de lado a lado por aquel puñal. Muero y me despierto. Ella nunca está ahí y casi lo agradezco, me sentiría increíblemente débil si ella tiene que consolarme.

Pero esta noche es diferente.

Mis sudores comienzan, el pánico me invade, quiero huir, quiero que sea diferente, quiero dormir de un tirón sin pesadillas, sin miedo, sin acabar temiéndola a ella haciendo su trabajo. El modo en el que los gritos de las almas inundan mis tímpanos me hace temer que su trabajo duela a las víctimas, aunque sea solo cosa del alma… A lo mejor ellos lo sienten como tortura.

Esta vez tardo mucho en caerme, llego a un acantilado que nunca había visto, cuando miro la altura no veo final, es como si hubiese una tormenta en el fondo llena de oscuridad que no parece tener fin, me asusta. Y oigo su voz.

- Ella está aquí, pero voy a conseguir que te mueras… o renuncies.

Me sobresalté, despertándome.

Acarició mi frente suavemente y me miró fijamente, parecía molesta, pero permaneció ahí, en silencio, esperando alguna palabra de mi parte o cualquier indicio de que estaba bien.

- Estoy bien… era una pesadilla.

- Puedo imaginarlo, lo he visto- seriamente, se acomodó y me llevó entre sus brazos con mucha suavidad. -¿Por qué no me dijiste que estabas teniendo pesadillas?

- No sé, no es algo tan importante, ¿no?- me abracé a su cuerpo, tranquilamente me sentía más calmado.

Ella pasó una mano entre mis cabellos y me acarició suavemente, me sentía tan relajado que ya no me importaba tener malos sueños o incluso lo que las almas muertas sintiesen, solo me importaba sentir cerca su presencia y esencia. Ella tenía algo, algo que conseguía calmarme.

- Te quiero…- Murmuré de nuevo, se lo diría siempre que la viese.

- Lo sé…- casi la vi sonreír. –Yo también lo hago.

No supe si me lo decía en serio o siquiera a mí. A veces solía decirse a sí misma que se quería, era un poco ególatra cuando se trataba de mí. Sin embargo, me detuve de intentar clasificar lo que acababa de decirme como algo que me dedicaba a mí. Por una vez iba a tener autoestima.

- Nat-Nat, voy a quedarme aquí contigo- dijo ella. –Vamos a acostarnos bien, te aseguro que no volverás a tener pesadillas, ¿bien?

Asentí y la dejé incorporarse, su cuerpo pegado al mío, la comodidad de sentir sus brazos a mí alrededor y protegernos ambos, el uno al otro, de todo y de nada me hizo dormir completamente a gusto.

Ella era mi felicidad y mi tristeza.

La tormenta total de mi cabeza frenaba y se ponía en calma, ella era el huracán y al mismo tiempo la mismísima paz, era guerra y calma, era todo lo que me hacía bailar entre los dos lados, no era un término medio, pero tampoco era un término negativo, era positiva, pero también negativa, era ambos extremos al mismo tiempo y en tiempos diferentes. Incluso si para muchos era neutral, era imposible que ella fuera un término medio.

Era muchas cosas bonitas, era tantas cosas preciadas que, lo que era ella. Me calmaba. Me hechizaba, me hacía sentir una mejor persona, alguien increíblemente mejor, me sentía yo, me sentía bien. Porque ella calmaba todo lo malo que había en mí y lo transformaba en algo mejor.


Espero que os haya gustado mucho.

¡Simplemente, espero que me dejéis reviews para saber que os parece!