¡Hola, hola, hola, soy Noah!
Después de mil años sin más, aparezco. Sin mucho que decir, os dejo disfrutar del capítulo.
XVIII
Eres mi ser humano preferido, pues los monstruos también se enamoran y por ser la excepción a todo eso que dije que jamás iba a hacer te amo.
Sucrette, alías, la Muerte.
Los pasillos se ven totalmente lúgubres y avanzo incluso aunque debería temer por mí, por mi cuerpo y por no poder regresar a la Tierra. Sin embargo, no debería tener absolutamente miedo de las personas con las que tenía que reunirme.
Iluminados por velas la luz tenue bailaba entre la oscuridad que enviaba la noche y nuestros rostros permanecían bastante horripilantes. La habitación permanecía, aun iluminada por las velas, nada atenuadas por cortinas negras.
- Te esperábamos-
La Kitsune de las deidades ancestrales del fuego. Ella no duda en sentarse en una posición imponente, que a mí ni siquiera me estremece. Su nombre no es otro que la famosa Miiko Higitsune.
- Sí, bueno, obvio, ¿cómo no hacerlo?-
Me burlo de los rostros serios y de sus palabras tan formales hacia mi persona.
Me molesta porque nos conocemos desde hace demasiado tiempo, desde que fuimos creados por los dioses más altos y poderosos, que me traten como una diosa me molesta. Y tampoco me agrada que me estén observando desaprobatoriamente por haberme sentado en la mesa, quitándole importancia a la reunión más ridícula del mundo.
- Por favor, puedes sentarte como una persona seria-
Ahora, el que habla es Hatsuharu, la deidad del agua. Necesaria para todos los humanos, venerado por todo el mundo por ser prácticamente el que sostiene sus cuerpos, pues la formación de los humanos es prácticamente compuesta por agua y otras substancias -a parte del cuerpo y el alma-. Siempre nos hemos relacionado bastante… demasiado, diría yo.
- Hm, después de todo, creo que sabéis que no soy una persona seria-
Nadie se atreve a enfrentarse a mí y parecen ignorar el hecho –ahora que he replicado con mala cara- de que estoy siendo desconsiderada hacia esta reunión tan estúpida.
- Bueno, entonces, empecemos-
La sugerencia de Leiftan Chikyū, hace que Miiko pueda respirar tranquila. Esos dos, siempre han estado unidos por los vínculos más sagrados de las deidades, los humanos crearon las leyendas románticas y los enlazaron realmente sin saberlo. Por ello, gracias a que él está de acuerdo con mi postura, todos me dejan actuar a mis anchas.
- No sé qué hay que empezar- digo. –No vais a cambiar mi opinión-
- No sé si estás siendo consciente de la gravedad de tus hechos-
Ahora habla aquella mujer que me hace mucha gracia, Erika, la deidad del aire, una mujer cuyas aspiraciones son la libertad, trata de cortar mis alas. Supongo que, en ciertos aspectos, esto me hace reir demasiado. Es irónico después de todo, ¿no?
Y, como no, a su lado descansa la deidad de la vida, que como siempre, nos honra con su silencio neutral, el Enmascarado, cuyo nombre descansa con su anonimato a las demás deidades. Solo conocido su género masculino con voz grave.
- Lo soy.
- Entonces para- dice seriamente. -Vas a conseguir que cambien de deidad- chilla Miiko. -¿Sabes las repercusiones que tendría el cambio?-
Seguramente, la nueva Deidad carecería de una voluntad propia, no explicaría y no se relacionaría con los que necesitan ayuda para cruzar al cielo o la tierra, sufrirían en la ignorancia el no saber qué sucedería con ellos y su estancia en el cielo –al menos las almas buenas, las malas no tienen segundas oportunidades a no ser que sean purificadas o cambiadas por el mismo señor del infierno- o en el infierno.
Asiento, consciente también de lo que significaría para ellos, presión constante por prevenir que ellos no comentan el mismo error que cometí yo.
- Ese humano debe morir- gruñe Hatsuharu. –Debes dejarle morir, debes planear otro modo de que muera, debes dejar de impedir que no muera.
- Su alma no debe morir aún-
¿Hacer morir a Nathaniel?
Imposible. Y más aún esperar un siglo, para entregarle a otro cuerpo su alma, una vida nueva, sin recuerdos, sin mí. Debo impedir que el corto tiempo que nos queda desaparezca en el aire… que Erika lo borre. Que el creador lo destruya.
- Él no es una Deidad- repite Hatsuharu.
Permanezco en el sitio, siendo consciente de sus palabras y sabiendo la situación en la que me encuentro. Sé eso.
- Si eso es todo… me retiro, tengo vidas que llevar.
Bajo de la mesa, levitando y poso mis pies en el suelo de mármol. Mi seriedad no desaparece y me hundo en lo más hondo de mis recuerdos.
Soy consciente de que, los sentimientos no vivos de mi cuerpo, se manifiestan en una atracción hacia aquella alma tan pura e imperfecta. Soy consciente de que Nathaniel debería haber muerto en aquel accidente de autobús, soy consciente de que debería alejarme y protegerle en silencio, pero inexplicablemente siempre quiero regresar a él. Una y otra vez.
Por ello, haría lo imposible, hasta tener la condena, con tal de que él viva, que viva solo para mí, incluso aunque las llamas eternas condenen mi cuerpo y mi alma.
- ¡Llévate su maldita alma o lo haré yo!
La amenaza de Hatsuharu hace que mis pasos, hacia la salida, se detengan abruptamente.
Me giro y en un abrir y cerrar de ojos, su cuerpo ya ha impactado hacia los cristales, atravesándolos bruscamente y haciéndolo revotar hasta el balcón de las tinieblas. El infernal abismo al que, cualquiera que atraviese o curiosee, lo absorbe y castiga sin remedio. Nunca regresando al mundo. La prohibición de las deidades inferiores. La tentación y el portal que castiga incluso al que no tiene culpa.
Jamás deberá ser atravesado.
- ¡Tú acuoso dios que se cree con derecho a decidir a donde vamos o que hacemos! ¡Ser inferior a la muerte! ¡Como condeno vidas humanas puedo condenar dioses! ¡Si te tiro aquí, sin o con justificación nadie, ¡ME OYES! Nadie se opondrá a mi decisión! ¡Te acercas a él y te tiraré al abismo del pecado imperdonable!
Había avanzado a tal velocidad que, mi tacón ya se encontraba casi clavándose en su cuello. A unos centímetros de caer, pues su impacto había roto la barandilla. Podría jugar si quisiera, pero, algo en mí, me impedía actuar.
- Estúpido enclenque, jamás desafíes a la muerte- mis pulmones dolían de los gritos que quería pegar. –Y una cosa más, como vuelvas a acercarte a él y a sus sueños voy a destruirte.
...
Y, finalmente, un nuevo capítulo de Ella.
Espero que os haya gustado.
Si es así, dejad un comentario para que me haga feliz y escriba más y más rápido!
