XIX
Cuando amas a alguien, lo amas como es, y no como quisieras que sea.
Ella volvió todas las noches hasta que no tuve pesadillas, de hecho, cuando ella empezó a venir por las noches ya no tenía pesadillas. Era como si me mantuviese a salvo, como si su presencia disipase el mal, ella, quien desde tiempos innombrables había sido la encarnación del mal, una criatura sobrenatural del mal… disipando el mal. Qué irónico.
- Duérmete, mañana tienes clase- dijo ella, contra mi pecho.
- ¿Cómo sabes que estoy despierto?- dije, sin entender.
- Te oigo pensar.
Sonreí, nunca pararía de meterse en mis pensamientos, eso me irritaba demasiado al principio, pero me había acostumbrado a tenerla constantemente oyendo cada cosa que salía de mi cerebro, creo que incluso sentía mi sangre siendo llevada por las venas si quería.
- De verdad que no tienes remedio- dije. –No está bien oir los pensamientos de la gente.
- Pues piensa en bajo- dijo ella, como si fuese lo más normal.
Me reí porque eso no tenía sentido, la verdad es que me sentiría realmente inútil si empezase a susurrar en pensamientos, ¿no sería realmente extraño? Yo al menos me sentiría estúpido susurrándome a mí mismo en un lugar que se suponía que no debía haber nadie.
- Nadie… ¿debo estar celosa de esa tal nadie?
Sonreí.
- Por encima de todo te elegiría a ti, siempre.
Ella se acurrucó contra mi pecho y me tranquilicé aún más de lo que estaba, tenerla cerca para mí era casi una sintonía, como aire que necesitaba. Ella era como la brisa de verano fresca cuando hacía un sol devastador, ella era como agua en medio del desierto. Era todo lo que necesitaba para sentirme bien.
Un bálsamo para mis heridas.
- Nat-Nat, ¿te planteaste escribir novelas románticas? Eres tan cursi como esas escenas de princesitas y príncipes de las adolescentes.
- Siento quererte tanto- gruñí, divertido.
- Acepto tus disculpas…
Su voz fue bajando de tono y decidí que quizás no quería hablar más.
Ella iba y venía, quería y no quería, ella me daba todo y al mismo tiempo me lo quitaba todo, sin duda alguna ella era lo único que me mantenía firme y vivo. Ella me daba siempre todo lo que nunca pensé tener, me salvaba y me ahogaba. Ella siempre estaba para mí. Ella era mía. Muy mía. Pero totalmente suya.
- Nat-Nat. ¿Incluso si todo el mundo estuviese en tu contra… querrías permanecer a mi lado?
Su voz estaba completamente llena de seriedad, ella era seria, pero ahora lo estaba aún más. Mucho más de lo que nunca pensé que estaría.
- Yo no sé qué haría si tú no estuvieses aquí…
- Eso responde a mi pregunta a medias, Nathaniel.
- Por supuesto que quiero estar contigo, incluso aunque vengan a por mí.
- Esto es injusto, de mi parte, digo.
No entendía nada.
Ella jamás hablaba de ese modo, siempre había un retintín de diversión en su voz, sin embargo, ahora mismo sonaba como si hubiese algo realmente catastrófico sucediendo a su alrededor.
- Me han llamado a una junta de deidades… no están de acuerdo con mi decisión de salvarte, no están de acuerdo con que te quiera a mi lado por siempre. No quieren que interrumpa la vida, quieren que desaparezcas… está claro que ya los he frenado, estuve a punto de matar a uno de los dioses pero perdoné su vida, si quieres… me alejaré de ti y dejaré que…
Mis labios se apoderaron de los de ella, no importaba como o cuando, ni las circunstancias que fuesen a venir a por nosotros, yo siempre, siempre, hasta que mi vida terminase permanecería a su lado y, si era posible, entregaría por completo mi alma a ella.
- Tú no eres la justa…- murmure. –No importa qué… quiero estar contigo siempre.
Cerró los ojos y giró sobre mí, besándome con muchísima fuerza, sus piernas alrededor de mi cuerpo, sus labios y su lengua… tanta intensidad, tanto amor… Mi corazón latió cada vez más rápido hasta que mis ojos comenzaron a sentirse cansados y desvanecidos…
Yo me estaba desmayando.
[…]
Mis ojos se sintieron pesados, asi que, lentamente los fui abriendo, hasta que vislumbre varios mechones azabaches como la noche rozarme las mejillas, y unas manos de ángel acariciando mi cabeza, lenta y suave, tranquilizadoras, relajantes.
- Estás despierto…- murmuró, suavemente. –Siento eso, me emocioné.
- Ojalá pudieras emocionarte más tiempo…- dije. –Siento que no me llegan esos segundos que nos besamos.
- A nadie le llegarían- sonrió.
Me quedé allí, cómodamente, enredándome en las garras del mal y la calidez de sus dedos circulando a mí alrededor. Su dulzura y su cariño fueron transmitidos a mí y entonces decidí que era el momento.
- ¿Me quieres?
- Más de lo que he querido a nadie antes-
Con sus palabras, tocando hondo en mi corazón, me dejé llevar a la tranquilidad que me ofrecía para volver a cerrar los ojos y dormir lo que hiciese falta. Me dejaba agotado cada vez que nos besábamos más de la cuenta, pero merecía la pena.
Ella lo hacía.
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