N.A: Supongo que parecía que había abandonado esta historia, pero NO. Iba en serio cuando dije que retomaría todas mis historias. xD -Llora porque tiene que recuperar la inspiración para cada una. (?- Y de paso recuerdo a algunos autores de este fandom que espero pacientemente -NO- a que actualicen su obra, no seáis seres diabólicos como yo que tardo en actualizar años. ;;

Pairing: Yullen [YuuxAllen]

Advertencias: Relación hombrexhombre, lenguaje vulgar en ocasiones.

Disclaimer: D . Gray-man pertenece a Katsura Hoshino.


Algo le despertó, no estaba seguro al cien por cien de que era, pero hizo lo que se suponía que tenía que hacer, levantarse. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no estaba en su casa, si no en aquel apartamento tan vacío que ahora haría de hogar para él, suspiró fuertemente, debería haberse acostumbrado ya. Miró hacía los lados y distinguió el lugar del cual provenía tal horrible sonido que había destrozado su descanso, un despertador. Nada raro para un humano, pero todo un misterio para el albino, que optó por pulsar todos los botones hasta que la alarma se detuvo. Fue entonces cuando observó que estaba en la cama, y sobre una de las cajas que en el día anterior había dejado sin abrir, descansaba el uniforme del instituto al que asistiría, que, para que negarlo, se parecía bastante al que había usado en la ceremonia, con la diferencia de que los detalles carmesís y dorados habían sido sustituidos por una plateados que quedaban más acordes con el símbolo de la institución, una cruz plateada rodeado de unos picos con frases en latín, idioma que Allen no dominaba en lo absoluto, por lo que no entendía nada.

Decidió abandonar sus divagaciones para prepararse para ir al instituto, no quería llegar tarde el primer día, se dirigió a la ducha y en cuanto acabó se vistió con el uniforme, todo en ese lugar le parecía extraño, él se limitaba a seguir lo que había estudiado durante años sobre el comportamiento humano y de alguna manera eso le hacía sentirse como una marioneta en manos de su señor. Todos deben sentirse así el primer día, era la excusa que usaba para sus pensamientos. Desayunó parte de las cosas que generosamente habían sido enviadas junto a sus pertenencias y que supuestamente debería durar una semana, aunque para él eso apenas llegaba para cubrir un día. Cuando supuso que todo estaba listo, se dispuso a salir, para su suerte las llaves del piso estaban justo en el mueble al lado de la puerta de entrada y eso le salvó de olvidarse de llevárselas, los nervios del primer día, supuso.

En cuanto puso un pie fuera del apartamento y cerró la puerta tras de sí, supo que algo raro pasaba ahí. Tardo menos de cuatro segundos en saber que era, en cuanto un peso extra se le acopló encima como una garrapata.

-¡Allen~!

El nombrado se giró como un resorte ante la posibilidad de estar siendo atacado por el general Cross muy borracho después de una de sus "misiones", pero cuál fue su sorpresa al ver que la cabellera roja que tenía encima no pertenecía a Cross, sí no a Lavi, que le abrazaba como si fuesen amigos de toda la vida.

-¿L-Lavi?

-¡Exacto! ¿No te esperabas que estuviese aquí, eh? –Preguntó el pelirrojo, con una sonrisa, mientras el albino negaba levemente con la cabeza, después, Lavi se separó de Allen para tenderle algo. – En realidad se puede decir que vine a darte esto, es tu móvil terrestre, hubo problemas en el envío y me pidieron que te lo entregara.

-Ah, gracias… –El albino esbozó una sonrisa, el día anterior no había tenido tiempo para pensar en ello, pero ciertamente le faltaba el teléfono, ahora podría ponerse en contacto con Lou Fa y Fou.

-De nada, pequeño. Por cierto, tengo unas cuantas preguntas que hacerte. ¿Te importa contestármelas de camino al instituto?

Fue entonces cuando Allen se dio cuenta de que Lavi también iba vestido con el uniforme y llevaba su mochila, por un momento se había olvidado de que el pelirrojo y él estudiaban en el mismo lugar.

-Claro, vamos.

-Primero y lo más importante… ¿Alguna chica linda bajará a Japón? –La cara del albino fue suficiente para hacer estallar en risas a Lavi, había todo tipo de chicos allá en el cielo, pero nunca había visto a ninguno que tuviese ese tipo de expresiones. – ¡Era broma, broma! Deberías haberte visto la cara, una pena no haberla grabado… Aunque realmente deberían traer alguna para aquí.

-No lo veo tan gracioso… –Bufó el de pelo blanco, ¿Nadie tenía seriedad sobre el trabajo en la tierra? Parecía que todos los pelirrojos que conocían tenían tendencia a llevarse demasiado bien con las mujeres de su entorno.

-Oh, venga, no te enfades. Ahora sí va en serio. ¿Quién tiene la suerte de estar a tu cargo?

-¿Eh? Es imposible que no lo sepas, sí se supone que vas a ayudarme con la misión. –Atajó rápidamente el albino, ¿Era otra broma?

-¿En serio? No estaba al tanto de eso, puede que al panda se le olvidara mencionarlo, la edad le está pasando factura. Lo único que me dijo es que te diera los típicos consejos y te acompañara para que no te perdieses. Que me convirtiese en una especie de guía turístico para viajes terrenales, vamos. –Protestó el mayor, era la primera vez desde que había empezado la misión que le encomendaban algo los de arriba, y ser un guía turístico no era precisamente lo que esperaba.

-Ya veo… Bueno, supongo que se olvidarían de mencionarlo. –En ese momento Allen levantó la vista y vio el instituto, grande e imponente sobre ellos, ¿Tan rápido habían llegado? Los estudiantes parecían apurados creando aglomeraciones en la entrada, por lo que supuso que las clases estarían al empezar, lo que significaba separarse de Lavi, ya que no acudían a las mismas materias. – Parece que van a empezar las clases, nos vemos después.

-¡Ah, sí! –El pelirrojo se dio cuenta entonces de que llegar tarde a clase no era nada bueno, así que comenzó a acelerar el paso hacía la entrada. – ¡Allen, dime al menos el nombre!

-¿El nombre? –Allen se giró para mirar a Lavi, pensando a que se refería, pronto lo captó y continuó su caminata, no dispuesto a llegar tarde en su primer día. – ¡Yuu Kanda!

En el momento en el que el sonido del nombre del chico a cuidado de Allen llegó a oídos de Lavi, el mayor de los ángeles se quedó estático, siendo incapaz de caminar. ¿Había dicho Yuu Kanda? ¿Había nombrado a esa criatura del demonio, carente de sentimientos o sensibilidad? ¿Había gritado las sílabas que componían el nombre de la persona más amargada existente en el universo? No, era imposible. Imposible que un niño recién graduado cuidara de ese monstruo. No había manera de que ese engendro demoníaco que le golpeaba día sí y día también estuviese al cuidado del albino. Suspiró, nadie ahí arriba era suficientemente sádico para hacer eso, tenía que haber oído mal, sí, era eso. Solo podía ser eso.

Allen estaba detrás de la puerta de su clase, para su suerte se había encontrado con el profesor a punto de entrar y le había explicado que era un nuevo alumno, argumentando que se había perdido y por eso había llegado tarde –mentir no estaba prohibido, según el albino, había que hacer uso de engaños en ciertas ocasiones para la seguridad propia, esa debía de ser la única lección que Cross le había enseñado a Allen que le sirviese de algo en el mundo legal, las otras solo se podían aplicar en lugares de dudosa reputación o para huir de emergentes cobradores de deudas –, el profesor lo había entendido y le había pedido que esperara fuera mientras trataba de silenciar a los alumnos para hacer su debida presentación.

-¡Chicos, prestad atención, por favor! –El hombre, que se había presentado como Reever, parecía estar tratando de conseguir la tención de los alumnos – ¡Hoy tenemos que presentar a un nuevo estudiante!

Aquello consiguió que la mayoría de los chicos prestasen atención, el comportamiento humano era bastante predecible para Allen, sabía que el nombrar un factor desconocido para ellos –en este caso, él mismo – provocaría que todos fijasen su atención donde se les pedía. Detuvo sus divagaciones cuando el profesor le pidió que se presentase, supo en ese momento que debería comportarse como todo un estudiante ejemplar, la primera impresión era importante y no quería ganarse enemigos en su clase que pudiesen complicar el transcurso de su misión –que ya de por sí parecía bastante complicada con el carácter de su protegido.

-Buenos días a todos, mi nombre es Allen Walker, me alegro de conocerles y espero que podemos llevarnos bien.

Se sintió orgulloso sobre su aplicación de los conocimientos teóricos a la práctica satisfactoriamente, los demás alumnos le miraban con un deje de curiosidad –probablemente por el color de su cabello, no les culpaba, su curiosidad estaba justificada– pero no había desprecio en la mirada de ninguno de ellos, su presentación había seguido las normas mundanas y había evitado cualquier roce innecesario. Maravilloso, iba a demostrar a los de arriba que incluso siendo alumno de Cross podía convertirse en un ángel guardián de provecho.

-Muy bien, Allen, puedes sentarte, em… –El mayor pareció meditarlo durante unos segundos, hasta que por lo que parecía una inspiración divina, que lo era, literalmente, seleccionó un lugar para el albino– Al lado de Yuu Kanda, ¿qué te parece?

Walker sonrió, no es como si realmente tuviese opción para sentarse en cualquier otro lado, y de repente sintió las miradas de sus compañeros sobre él; parecían estar rezando, para que sobreviviese, lamentándose de la suerte del nuevo estudiante que había ido a parar a las garras del demonio. El albino suspiró cansado mientras se dirigía a su sitio, al final de la clase, no podía ser tan malo, concluyó, mientras observaba al que parecía ser Kanda medio dormido sobre su escritorio. Eso explicaba el no haber recibido ninguna mirada de desagrado durante su presentación. Se sentó tratando de no ser demasiado ruidoso, pero notó como el mayor se removía y entendió que no estaba realmente dormido, y, que, por lo tanto, no sería de mala educación presentarse a él de nuevo.

-Buenos días, Kanda. Me llamo Allen y me sentaré a tu lado en clase. Es un gusto conocerte, espero que nos llevemos bien.

Error.

Cualquier persona normal habría aceptado su presentación de una manera amable y eso habría llevado al inicio de una relación de compañerismo que podría desembocar en una de amistad que ayudaría al ángel guardián a finalizar su misión al tener la suficiente confianza con su protegido como para influir en sus decisiones. Yuu Kanda no funcionaba como el resto de humanos, su carácter no estaba registrado en los tipos de personas que Allen había estudiado y su comportamiento no había sido reflejado en ningún libro de texto. No puedes actuar como una persona normal cuando tienes enfrente a alguien que no lo es.

-Ya lo sé, maldito brote de habas. Más te vale mantenerte callado el resto del día, porque sí me molestas de nuevo no volverás a abrir los ojos.

-¿Disculpa? Ese cabello de niña te tapa el rostro y soy incapaz de oírte con claridad. –Si algo sabía Allen del mundo humano que no estaba registrado en los libros, es que aparte de que puedes mentir cuando es necesario no debes dejar que nadie te humille y menos te degrade en público, y un monte tan repugnante como era el que su "protegido" le había adjudicado era más que humillante. Y él no iba a dejar que nadie le degradase, no, era un ángel guardián, sí, pero tenía un orgullo que proteger y alguien con cabello de niña y cara de amargado permanente no tenía porqué trastocarlo.

Y sí algo aprendió ese día es que había razones en este mundo para que Yuu Kanda permaneciese solo en la clase, razones para que tanto alumnos como profesor hubiesen detenido su actividad paralizados y temblando cuando él –un simple novato, para ellos– había osado responder a la bestia inmunda que habitaba en el fondo de la clase. Cuando el más alto se levantó de su asiento y casi tiró su escritorio, cuando su mirada, más afilada que cualquier cuchilla, se clavó en la suya propia, entendió porqué aquellos pobres humanos temían al engendro de Satanás que habitaba al final del aula.

-Repite lo que has dicho, brote de habas de mierda. Te voy a cortar la lengua.

Quizás se había pasado, sí, probablemente había hecho uso de un vocabulario poca adecuado cuando tratas de establecer una relación de compañerismo previa a una amistad. Pero dudaba que actuar como una persona sumisa hubiese facilitado la relación, es más, sus conocimientos le aseguraban que haber agachado la cabeza ante tal comentario por parte del samurái solo habría favorecido un aumento de ego por parte del de cabello oscuro que habría obstaculizado aún más el establecer comunicación al creerse éste superior al resto de la raza humana. Pero nada justificaba el hecho de que ahora el más alto estaba empuñando una maldita arma –tan sólo era una navaja, pero seguía siendo una maldita arma, Dios le perdonase por hacer uso de tan burdo vocablo–en medio de una clase en medio de una lección en medio de todos sus compañeros y con un profesor delante. Hizo acopio de su autocontrol como ángel que era y procedió a actuar siguiendo el protocolo escolar.

-Lamento informarte, compañero, que empuñar armas dentro del recinto escolar y, aún más, en horario lectivo, infringe una de las normas del centro, y por lo tanto constituye una infracción que puede llevar a tu expulsión, algo que ninguno de los dos quiere que pase.

Allen pensó que el protocolo había surtido efecto cuando observó como el más alto guardaba la navaja con una evidente cara de molestia. Pensó que el seguir las reglas era algo que se aplicaba entonces a todas las personas, incluso a las más problemáticas como el samurái, y quedó fascinado por el poder del protocolo. Ingenuo chico. Apenas se disponía a recitar la frase correspondiente de felicitación por el buen comportamiento a su compañero cuando un puño se estrelló en su rostro. Un puño, en su cara. No hacía falta venir del cielo para saber quién había sido el causante de tal golpe, la sonrisa del de cabello negro hacía ver lo orgulloso que se mostraba de su hazaña. No era tonto el samurái, no, había centrado la atención del albino en la pequeña navaja –que probablemente no había pensado en usar, después de todo apuñalar a alguien en medio de una clase era demasiado incluso para él– previendo como actuaría para así tener la oportunidad de golpearle cuando tuviese la guardia baja. Chico listo.

-No me hace falta eso para dejarte en el suelo, con esa cara de niña soplarte debería ser suficiente para que salgas volando.

Allen cerró los ojos, el golpe le había dejado en el suelo y sangrando por la nariz. Una paliza, eso es lo que había sido. Buena forma de establecer contacto con tu protegido, sí.