Capítulo 12. Libre.

Por primera vez se sintió libre. Jamás había disfrutado de las alturas ni había comprendido la pasión de Harry por el Quidditch hasta ese momento. La castaña sobrevolaba lentamente las espesas nubes sintiendo el aire que chocaba contra su cuerpo y acariciaba su ropa haciéndola estremecer. El pequeño momento de libertad del que disfrutaba era completamente placentero pero tenía un final: Sus recuerdos.

Harry, su mejor amigo. Ron, al que tanto había amado. El giratiempos. Sirius Black. Besos, caricias y mucho amor que de repente desapareció. Muertes. Una tras otra. Draco Malfoy. Dolor, humillación. Sus amigos la habían abandonado. Nadie la quería. No tenía amigos. No tenía familia. No le quedaba nada en este mundo.

Por primera vez en mucho tiempo una lágrima resbalo por su mejilla, pero no la siguieron más. Había aprendido a contener sus emociones y no se podía permitir llorar. Odiaba su miserable y patética existencia y no sabía cómo arreglarlo. El único giratiempos que quedaba había sido destruido delante de sus narices. ¿Cómo lo había podido permitir?

Lentamente descendió atravesando la fría capa de niebla que cubría las montañas y se dio cuenta de que no quedaba nada. Las pocas casas de la zona habían sido incendiadas y no quedaban más que restos de cenizas y arboles carbonizados alrededor. Detuvo la escoba frente a una de las casas que aún quedaba en pie y se acercó lentamente hacia el lugar dónde antes hubiera habido una puerta. Hermione intentó imaginar cómo podía haber sido ese lugar hace ya mucho tiempo. Una familia feliz, quizás niños corriendo por esa casa y ahora nada. Silencio. Hermione se arrodilló en el suelo y finalmente se dejó caer. Intentó no pensar en nada. Intentó no sentir dolor pero su corazón estaba inundado de él.

Una pequeña parte de ella seguía intentando encontrar una solución, debía haberla pero la verdad era distinta. Tenía que matar a los que antes fueron sus amigos y lo peor de todo es que no se sentía culpable. No sentía nada.

Cerró sus puños con fuerza y con frialdad se puso en pie, agarró su escoba y salió disparada hacia su destino: La Orden.

Pero la suerte no le sonrió.

Cuando llegó no había nadie así que se dispuso a pasearse por las calles esperando encontrarse con alguien. ¿Habían cambiado de guarida?

El sol empezaba a esconderse entre las montañas y no había encontrado a nadie. ¿Cómo podía ser tan desgraciada? Pero lo peor no era eso, lo peor es que se alegraba de no haberse cruzado con nadie. No quería más muertes, no quería ver a esas personas que en algún momento había tenido aprecio morir pero también tenía claro que haría lo que hiciese falta por evitar más latigazos y torturas.

Vamos Hermione, piensa...

Toda su vida había sido llamada sabelotodo, rata de biblioteca,... ¿Y todo para qué? Tenía que encontrarle alguna utilidad y este era el momento.

Mientras le daba vueltas un chasquido hizo que se frenara en seco seguido de algunos pasos rápidos. Había alguien... ¿Pero dónde?

Hermione se giró y enfocó la mirada hacia una de las casas que aún quedaban medianamente en pie. Unos ojos la observaban desde la oscuridad pero rápidamente desaparecieron. Hermione se acercó hacia la entrada y lentamente empezó a subir las escaleras. A cada paso que daba los escalones crujían débiles bajo sus pies. La castaña siguió su camino y fue abriendo puerta tras puerta pero no había nadie. En la última habitación habían algunas manchas de sangre impregnadas en las cortinas pero la casa estaba medio vacía, como si los dueños se hubieran marchado hace tiempo. Hermione dio media vuelta hacia la puerta pero justo cuando iba a salir de la habitación el crujido de la madera del suelo delató al intruso que había dentro. El ruido venía de la estantería junto a la cama, que era una de las pocas cosas que aún quedaban en pie.

Debería haberme dado cuenta antes.

Hermione apuntó con la varita a la estantería y con un ligero movimiento, ésta se apartó y dejó a su paso una pequeña habitación donde se escondían una madre con su hija. La niña aparentaba unos 14 años. Era morena, el pelo oscuro como el carbón pero unos ojos cristalinos que reflejaban el miedo que sufría. Apretó los ojos con fuerza y temblando abrazó a su madre en busca de alguna ayuda pero ésta no podía dársela. La madre estaba herida. Probablemente algún mortífago la había dejado ahí para que viese morir a su hija de hambre o quizás con la esperanza de que algún compañero la rematara. Hermione se acercó con paso dubitativo hasta quedar frente a las chicas pero de repente la niña se puso en pie y con todas sus fuerzas la empujó.

- ¡Fuera! ¡Largo de aquí! ¡Vete con los demás!

La niña lloraba a la vez que gritaba pero estaba dispuesta a sacrificar su vida por su madre.

- No quiero haceros daño...

La madre alzó la mano débilmente desde el suelo y susurró algo ininteligible pero la niña asintió sin apartar la mirada de la castaña.

- ¿Qué le ha pasado a tu madre...?

-¿Qué le ha pasado? ¿Se puede saber de dónde has aparecido tú? ¡Mira a tu alrededor! ¡Voldemort es lo que ha pasado! - la niña lo escupió sin miedo mientras su madre abría los ojos temerosa de solo pronunciar su nombre.

- Tal vez pueda ayudaros...

- ¿No me has oído? ¡Largo! ¡No necesitamos ayuda!

Hermione miró a la mujer y a la niña con lástima pero al fin y al cabo no había venido por ellas. Se dio media vuelta intentando ser lo más fría que podía y se dirigió a la puerta. Mientras caminaba se oían los susurros entre madre e hija pero de repente se produjo un silencio en la habitación y se oyeron unos pasos.

- ¡Espera! ¿No serás de la Orden, no?

Una chispa de esperanza apareció crepitando entre los ojos de la niña pero se difuminó cuando Hermione negó con la cabeza.

-En realidad... los estoy buscando.

- Pues voy contigo.

La niña se empezó a recoger el pelo con una goma, cogió un abrigo que tenía escondido tras la estantería y se lo empezó a abrochar mientras Hermione la miraba anonadada.

-No. No. No puedes venir. Lo siento.

- Voy a ir, me da igual lo que digas, Hermione Granger.

La castaña abrió los ojos de par en par.

- ¿Cómo sabes mi nombre?

- Lo sé todo sobre ti y si que eres de la Orden. Y si te has perdido te estarán buscando y yo también necesito encontrarlos. Necesito que salven a mi madre...

La niña desvió la mirada hacia el dulce rostro de la mujer que ahora yacía con los ojos cerrados, se secó una lágrima que luchaba por escapar de sus ojos e inmediatamente se dirigió al pasillo.

-Jane...

La voz hueca de la mujer hizo que la niña se frenara y corriera de nuevo a los brazos de la madre. Ésta miró a Hermione, Jane hizo lo mismo y luego se susurraron algo más y asintió. La niña besó la frente de su madre y se puso en pie hacia la salida.

-Tú primero -murmuró la niña algo inquieta.

La castaña descendió las escaleras pensando en cómo deshacerse de la niña. Tenía una misión y ella iba a enturbiarla. Debía deshacerse de ella antes de que alguien las encontraran. Ambas empezaron a andar en silencio por las frías calles esperando oír algún ruido que delatara el escondite de alguien pero una vez más las calles estaban vacías. Las horas pasaban y el silencio entre ambas continuaba cada vez más tenso hasta que el rugido del estómago de la niña resonó por encima del viento.

- Lo siento... Es difícil encontrar comida cuando la mayoría de personas han cogido todo lo que tenían para huir de aquí con la patética esperanza de estar a salvo en otra ciudad.

La niña pateó un montón de nieve y siguió caminando cabizbaja.

-Sería bonito estar en el Gran Comedor, ¿Verdad? - murmuró Hermione con voz cálida.

-¡Sí! Lo que daría por comer una empanada de calabaza...

- O unas ranas de chocolate... -continuó Hermione sonriendo.

- O unos diablillos de pimienta... -sonrió la niña.

- Bueno en realidad no nos quedan esas cosas pero... -empezó una voz muy familiar.

- Tenemos plumar de azúcar, varitas de regaliz, tritones de jengibre... -continuó una voz exactamente igual que la anterior.

- ¡Y tenemos tarta de melaza! - murmuraron ambos a la vez con entusiasmo.

Fred y George aparecieron detrás de unos arbustos del jardín de una casa en ruinas con la sonrisa más sincera del mundo.

- ¡Hermione!

- ¡Pensabamos que te habíamos perdido!

- ¡Te creíamos muerta!

¡ Llevamos tanto tiempo buscándote!

Entre gritos y abrazos una pizca de rencor y resentimiento nació en el interior de la castaña pero intentó con todas sus fuerzas que no se le notará.

- ¿Y quién es esta niñita que te acompaña? -murmuró George tocándole la frente con un dedo.

- ¡No soy una niña!

Jane levantó una varita que llevaba escondida en sus pantalones y apuntó a los dos gemelos.

- Vaya no es una niña... -empezó Fred.

- ¡Es una fiera! -finalizó George en tono burlesco.

-Flipen...

Y antes de que acabara el hechizo Hermione le había arrebatado la varita a la niña.

- ¿Buscas a la Orden para matarlos? -Sonrió Hermione divertida pero inmediatamente se arrepintió de sus palabras.

La niña bajó la mirada avergonzada e inmediatamente se lanzó a los pies de los gemelos.

- ¡Por favor! ¡Tenéis que ayudarme, mi madre se muere y...

Hermione chasqueó la lengua y empezó a caminar hacia la casa donde estaba la madre. Los gemelos corrieron tras ella y la niña aún incrédula empezó a correr tras ellos.

- ¡Pero esperadme!

Poco a pocos los pasos del pequeño grupo se detuvieron hasta entrar en la casa. Jane subió las escaleras corriendo pero el resto de adultos las subieron con cuidado temerosos de que se fueran a romper en el frágil estado en el que estaban. Hermione fue la última en llegar a la pequeña estantería donde todos estaban parados pero cuando se introdujo entre los gemelos se dio cuenta de lo que sucedía.

-¡Mamá! ¡Por favor, mamá! ¡Responde! ¡Mamá me lo prometiste! ¡Mamá!

Los gritos de la niña eran húmedos como las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Fred y George agachaban la cabeza sin hacer comentario alguno y Hermione...

Hermione tenía un conflicto en su interior. Lo sentía por esa niña que acababa de conocer y no le parecía justo, pero llevaba tanto tiempo anulando sus sentimientos que ni una lágrima fue capaz de derramar.

Fred y George se sentaron junto a la niña para consolarla. El tiempo pasaba y Hermione sentía como cada minuto volaba en su contra. Debía encontrar al resto de La Orden y su tiempo se había agotado.

- ¡Ya basta!

Los gemelos y la niña la miraron sin comprender lo que sucedía.

- ¿Estás bien, Hermione? - preguntó Fred algo preocupado.

Hermione detuvo sus pasos y los miró fijamente.

- Necesito ver al resto de La Orden. Ahora.

Fred y George fruncieron el ceño y se miraron.

-Supongo que ya habrán vuelto. -empezó Fred.

- Tendremos que comprobarlo. - finalizó George.

Ambos acariciaron a la niña una vez más y se pusieron en pie.

- Vamos, Jane. Iremos a por ayuda para darle un entierro digno a tu madre. - murmuró George alentándola a andar.

Jane no había vuelto a abrir la boca y ahora se dedicaba a mirar fijamente a Hermione con desconfianza.

- Yo no voy. Os espero aquí.

- No puedes quedarte aquí sola, es peligroso...

- He dicho que no voy. No voy a ir a ningún lado en el que esté ella. -rugió señalando directamente a la castaña.

Hermione abrió los ojos de par en par y los dos pelirojos la miraron sin comprender nada.

- ¿Ha pasado algo antes de que llegásemos nosotros, Hermione?

- No... Yo...

Hermione tragó saliva y la niña se puso en pie frente a ella.

- Hermione Granger, dime una cosa.- la niña hizo una pausa y la miró directamente a los ojos- ¿Por qué buscabas a La Orden?

- ¡Me han tenido secuestrada hasta ahora! Me han torturado, han matado a mis amigos...

- Esa no es la respuesta a mi pregunta.

¿Qué es lo que sucede? -interrumpió Fred el duelo de miradas de las chicas.

- Hay algo extraño en ella.

La niña entrecerró los ojos y dio un paso al frente y eso hizo que la paciencia de Hermione se acabara. Estaba acostumbrada a todo tipo de torturas pero mentir nunca había sido su fuerte y necesitaba acabar lo que había empezado.

Con un ágil movimiento, Hermione sacó su varita y apuntó directamente al rostro de la niña. Inmediatamente la niña se echó la mano al bolsillo pero se dio cuenta que su varita también la tenía Hermione.

- ¡Ni se os ocurra apuntarme con vuestras varitas! -gruñó Hermione a los gemelos justo cuando iban a sacarlas. - ¡Lanzarlas inmediatamente al suelo!

- Hermione, ¿Qué está pasando? - murmuró Fred mientras soltaba su varita.

- Os lo explicaré cuando nos reunamos todos. -Hermione cogió ambas varitas y se las guardó- Andando.

Y con un gesto de cabeza señaló hacia la salida y todos empezaron a desfilar escaleras abajo.

-Me has decepcionado... -susurró la niña entredientes mientras salían por la puerta principal.

El camino se hizo eterno. Fred y George se miraban sin comprender lo que sucedía. Intentaban hablar con Hermione pero ella no respondía así que se limitaban a hacer suposiciones. Jane no hablaba. Se limitaba a girarse de vez en cuando y lanzar miradas envenenadas a Hermione.

Traidora.

Así es como se sentía. Draco le había enseñado que esas personas se habían olvidado de ella, que nunca la habían querido ni les había importado pero habían demostrado que no era así. En sus miradas se reflejaba el dolor y la preocupación y eso era mucho más doloroso que 100 latigazos. Y lo peor era la mirada de la niña. Una niña inocente que había perdido todo y que había basado su confianza en ella y el primer día ya la había traicionado. Pero debía hacerlo. Ya no le quedaba nada en esta vida y en todo este tiempo había aprendido a cumplir órdenes y eso es lo que haría. Lo había perdido todo.

¿Pero estaba preparada?

- Ya hemos llegado. -murmuró George deteniéndose frente a la puerta.

Jane se acercó a Hermione y le dio un fuerte abrazo dejándola descolocada, pero entonces cuando depositó su rostro en su cuello susurró:

- Gracias por robarme los últimos minutos de vida de mi madre para perder el tiempo contigo.

La niña le dedicó una sonrisa ácida pero rápidamente echó a un lado la mirada. Sus ojos continuaban vidriosos por la pérdida de su madre. Hermione señaló al grupo para que pasaran primero sin dejar de apuntarlos con la varita.

- Hogar, dulce hogar. -murmuró Hermione con sarcasmo mientras daba los primeros pasos hacia la entrada.

Continuará...