Sirius sentía aquella vieja necesidad de saber qué hacía Snape, una vieja adicción que uno ha superado pero que en el momento más insospechado, resurge.

Se vio a sí mismo espiando el jardín de su vecino, ¿vecino? El destino era tan extraño, cómo de todas las posibilidades era a Snape al que había traído allí.

Hacía años que no sabían nada de él, más que había dejado la enseñanza. Una vez acabada la guerra, todos los miembros de la Orden habían sido condecorados por el Ministerio y la Comunidad mágica por sus servicios, aquel fue él último día que lo vio. Y aunque durante ese tiempo de guerra ellos no habían llevado precisamente una cordial relación, valoraba los esfuerzos que había hecho el pocionista.

El jardín cuidado de Snape era todo lo que el de ellos nunca sería, Sirius secretamente lo miraba trabajar en su invernadero. Desde la distancia lo veía arrancar malas hierbas, plantar nuevas variedades, pero no eran solo sus manos las que llamaban su atención.

El negro y Snape eran como un binomio indivisible, verlo fuera de esa tonalidad, verlo inclinado con ropa a todas luces muggles y cómodas le hizo mirarlo con otros ojos. Unos ojos que no dejaban de ir a ciertos puntos de su anatomía, ¿desde cuando el desagradable Snape tenía ese cuerpo? ¿a eso se había dedicado estos años? A cambiar su grisácea apariencia por la de un nada desagradable espécimen del género masculino.

Pero lo peor de todo era ¿desde cuándo encontraba atractivo a Snape?

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¿Y ahora te das cuenta?

Hasta mañana.