Remus había cazado a Sirius espiando a Snape, le había pedido que no le molestara. Por lo que se quedó observándole desde la distancia esperando al momento en que este intentara algo.

Adorar a Sirius sería quedarse corto, y lo peor es que este lo sabía. Disfrutó de verle espirar a Snape, en silencio, rara vez ese mago podía quedarse quietecito y menos estando al rededor de Snape.

Pero allí estaba, solo mirando.

¿Qué estaba pasando?

Miró a Snape que trabaja en el jardín de su casa, nunca imaginó que el mago fuera alguien que hiciera algo con sus manos, pero allí estaba de rodillas cuidando delicadamente de sus plantas.

Verlo sin su acostumbrada apariencia oscura también era extraño. Pero debía reconocer que lo veía muy bien, francamente bien.

El tiempo que había compartido como colegas en el colegio lo había llegado a conocer algo mejor, la poción matalobos que ahora consumía había sido mejorada por él mismo y siempre le estuvo agradecido. Pero reconocía que nunca lo había había tomado en consideración.

Mirándolo bajo otro prisma se dio cuenta de dos cosas; una, Severus Snape era un tipo atractivo y dos, su pareja también se había dado cuenta.

Pocas personas conocían ese lado de Remus, pero bajo esa apariencia tranquila y responsable, una mente realmente pervertida habitaba.

Nunca le dio rienda suelta hasta que las cosas con Sirius se dieron, este las potenciaba, las buscabas y se enorgullecía de que las disfrutara.

Una idea se instaló en su mente. Bajó los escalones que le conducían a su propio jardín atrapando a Sirius por detrás, lo sostuvo contra su cuerpo mientras comenzó a besar su cuello.

—Eres un chico muy desobediente—le reclamó mientras frotaba su erección contra la curva de su adorado culo.

—No le he hecho nada—se quejó Sirius.

—De momento—afirmó.

Remus acarició la entrepierna de su pareja, que estaba totalmente endurecida.

—¿Quieres tenerlo?—le preguntó.

Sirius gimió cuando Remus comenzó a masajearle.

—Perrito, dije que si quieres tenerlo—volvió a preguntarle Remus.

—Sí—gimió Sirius.

—Te lo quieres follar, ¿verdad?

—Sí.

—Pues lo vas a tener y me vas a enseñar como se lo haces.

Sirius se corrió contra el seto.

0000000

Sirius no mentía cuando le decía a Harry que la mente pervertida allí era la del lobito.

Hasta mañana.