Severus estaba paralizado, habían pasados tres cosas importantes esa noche.
1) Sus vecinos eran una panda de pervertidos.
2) Remus no era quien había imaginado, para nada.
3) Su cuerpo era un maldito traicionero, que estaba mandando mensajes claro y evidentes de lo loco que estaba por tan si quiera pensárselo.
Esa noche casi no pudo dormir, imágenes demasiado sugerentes de dos de sus personas menos favoritas del mundo no dejaban de aparecérseles. Tampoco ayudaba que los muy cretinos estuvieran como conejos en la habitación de al lado.
Y un nuevo pensamiento le atravesó toda aquella marea de lujuria.
¿Y si solo era una más de sus bromas? Todo encajó en ese momento, y se sintió un estúpido deseándolos. Gracias a Merlín se había mantenido firme en su negativa.
Nadie, nadie iba a volver a burlarse de él de ese modo, y mucho menos esos dos.
Él también sabía jugar y les iba a dar una lección. Se levantó de la cama y se dirigió a su despacho, iba a trazar un plan y el último que reiría sería él, como que se llamaba Severus Snape.
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Severus, eres un inseguro, pero te entiendo, te entiendo...
