Sirius estaba pensando el modo de acercarse a Snape, su entrepierna no le había engañado, el tipo se había excitado con ellos.

Cualquier mago medianamente dudoso, y no tan dudoso, entraría en el juego. Ya lo habían hecho antes.

Que Snape se mantuviera tan digno, rechazándolos solo le daba alas. Remus le conocía bien y sabía cuanto le gustaba jugar al gato y al ratón, o quizás en este caso al perro y la serpiente.

De nuevo tras su seto contemplaba a Snape.

Era una mañana bastante calurosa, para ser finales de verano. Pero si sentía calor, la imagen que le ofrecía en ese momento Snape era para hacer arder el jardín.

¿Cómo? y nuevamente ¿Cómo? Ese serio hombre estaba en pantalones cortos arrodillado sobre sus plantas, y la visión casi no dejaba nada a la imaginación, Sirius jadeó imaginándolo en esa misma postura con él detrás y le dieron ganas de saltar la valla que los separaba.

Cualquiera lo entendería, el mismo Snape lo entendería.

Este se giró apenas, el mago que llevaba una camiseta blanca completamente empapada de sudor mostraba cada rasgo de su torso firmemente esculpido.

Sirius ya lo deseaba vestido con todas aquellas capas de ropas, verlo así, con las puntas de su cabello húmedo, la camiseta empapada señalando dos pezones duros y ese pantalón, Merlín bendito por crear ese tejido que marcaba toda su anatomía.

Si hubiera estado en su forma animaga estaría babeando y tratando de montarle la pierna.

Oh, en serio, porque tenía que hacerse el difícil.

Pero ya todo se prendió cuando Snape decidió quitarse la camiseta, Remus no estaba en casa, Remus no podía decirle nada, Sirius salió de ella y se dirigió a la de su vecino.

Llamó a la puerta, quería ver más de cerca a ese Snape digno de un anuncio de Coca-Cola.

Estaba tratando de adoptar una pose sexy y casual, para cuando este abriera la puerta. Pero realmente se estaba sintiendo ridículo consigo mismo.

Cuando la puerta se abrió y Snape apareció con una toalla sobre sus hombros y el torso aún desnudo, la boca se le abrió como un personaje de dibujos animados.

—¿Qué quieres, chucho?—dijo este de malos modos, pero Sirius no fue capaz de escucharlo.

¿Cómo? ¿Cómo había estado eso ahí abajo sin ser exhibido durante todos esos años?

—¿Tienes un poco de sal?—fue lo primero que se le ocurrió.

—¿Sal?—preguntó este confuso, Sirius tuvo que mirarle a los ojos.

—Me quedé sin sal, ya sabes, para cocinar.

Snape le lanzó una mirada llena de incredulidad y sacó su varita de sus pantalones, ¿dónde podía meter esa varita en esos pantalones tan cortos?

Con un giro de muñeca un frasco de sal llegó levitando estampándose contra su pecho. Acto seguido la puerta se cerró en su morros.

Sirius se rió, si Snape pensaba que siendo borde con él iba a hacer que se le pasara, estaba muy pero que muy equivocado.

Iba a tener ese cuerpo y a ese hombre bajo su cuerpo pidiéndole más, ¿cómo? No tenía la más mínima idea, pero iba a ocurrir, claro que iba a ocurrir.