La dinámica durante esos días era que Gatito aparecía en casa de Snape cada dos por tres haciendo que o él fuera a llevárselo o ellos fueran a por el animal.
En definitiva gracias a Gatito estaban prácticamente a diario interactuando con él. Y no dejaban pasar la oportunidad de coquetearle, rozarle, dejarle claro su interés.
La sutileza nunca había sido el mayor talento de Sirius, le gustaba demasiado ver los sonrojos, y lo incómodo que se ponía Snape cuando lo hacía.
Pequeñas promesas veladas de los que tendría si accedía a estar con ellos. Pero Snape era duro y Sirius empezaba a adorar ese rasgo del pelinegro.
Aunque no iban a rendirse y le habían dejado claro ese punto a Snape.
—Como está claro que este gato te prefiere, ¿podrías tenerlo tú hasta que sus dueños vuelvan de viaje?—preguntó una de esas tardes en las que Gatito de nuevo se había marchado.
—No soy una puñetera niñera—se quejó pero no dejó de acariciar al minino.
—Te lo agradecemos mucho—dijo Sirius acariciando al animal entre los brazos de Snape. Agarró su carita y lo miró—. Pórtate bien.
Bajó hasta la frente del animal y depositó un pequeño beso, quizás esa acción no se la esperaba el pelinegro porque cuando levantó la cabeza y fueron sus labios los que besó no tuvo tiempo de responder.
Sirius se fue sin decir nada más, pero si vio como Severus se tocaba los labios recién besados.
Aquello se estaba convirtiendo en un cortejo en toda regla pero empezaba a sospechar que no era el único que lo disfrutaba.
