ATENCION: LOS PERSONAJES DE GAKUEN ALICE NO ME PERTENECEN, LE PERTENECEN A LA HERMOSA CREADORA
002-El chico de la capa negra
No recordaba con exactitud qué fue lo que había sucedido, pero una cosa Mikan sabia y era que estaba asustada; aunque el estar asustada no era una opción que ella quisiera tener. Comenzó sintiendo esa sensación agobiante, que nunca en su vida había sentido. Era penetrante y nueva oprimiendo su pecho, haciendo un humilde hueco caliente sobre él. Abrió los ojos suavemente hacia un fondo lleno de luz. Deslizo sus manos hasta sus ojos y los tallo ligeramente sin provocar irritación, para acostumbrarse a la cálida luz de un sol sobre ella. Mientras se sentaba sobre la empedrada calle, contemplo con incredulidad y sorpresa su alrededor. Los músculos de su espalda y cuello estaban contraído, dolorosamente contraídos por el tiempo que había dormido en medio de la calle. Aun cuando sus ojos seguían entrecerrados por la falta de costumbre a la luz, pudo ver claramente en donde estaba. Ciudad pesadillas.
Se levanto, y de tal apresuro su cuerpo se tambaleo cual gelatina. Se estiro un poco mientras analizaba el exterior de un mercado frente a ella. No obstante, unas imágenes fluyeron en su mente obre el mercado. Si bien lo pensaba y había analizado, era el mercado aquella estructura sin terminar en la que encontraron un advertimiento hecho con pintura roja. Lo extraño, es que este mercado ahora estaba terminado, y su letrero impecable no tenia mancha roja. Mikan frunció el ceño y siguió evaluando.
Camino un poco hacia el mercado, pero luego se alejo y se giro sobre sus talones para evaluar una serie de restaurante con azotea moderna. La chica se llevo el dedo al mentón y lo rasco suavemente. Sus cejas se unieron en frustración y sus labios se fruncieron. Giro a 80 grados sobre su eje y contemplo las salidas de la calle en la que ella había dormido plácidamente.
—¿Chicos? — Al principio su voz se atemorizo al salir, y repitió cuando no escucho ni vio nada más que una calle y lotes abandonados—.¿Chicos? —.
¿Acaso la habían abandonado?
¿Podría ser que había caído en una trampa por sus propios compañeros?
¿Tal vez, la habían drogado?
El ceño de Mikan no podía estar más fruncido en el disgusto por sus compañeros. Era claro para ella, la habían drogado y una vez que cayó en el profundo sueño la dejaron en la ciudad, seguro que tomaron fotos y se fueron todos al barco. La idea solo hizo que su piel estallara en un rojo intenso. Su boca se torció y crujió sus dientes mientras comenzaba su andar en la calle.
—¡Son unos idiotas! — Exclamo, apretando sus puños de tal manera que sus nudillos se pusieron blancos. Y gruño— Me las pagana—.
Por suerte, Mikan recordaba la ruta que había tomado con sus amigos. Así no se le dificultaría salir de la ciudad y volver al barco. Acelero sus pasos casi azotando el suelo bajo sus botas largas que cubrían la mitad de sus pantorrillas. Su larga melena rubia y ondulada se movía hacia los lados irradiando furor. Se fijo a los lados de un callejón, y en toncas paro en ceso. Sus comisuras se elevaron, formando una sonrisa con cada hoyuelo en su mejilla. Había frotado de su mente una idea. Una gran idea. Miro los letreros de los mercados que la rodeaban y por suerte uno de ellos tenía puesto el antiguo nombre de la ciudad, antes de que fuera nombrada como La ciudad de las pesadillas. La ciudad de los sueños. Corrió hasta estar a una altura en la que para ella fuera de excelente alcance para una fotografía. Deslizo su mano por el volvillo de sus pantalones mezclillas y saco de él su móvil.
Intento prenderlo, porque aparentemente estaba apagado. Hizo su segundo intento, tercero, cuarto y quinto, todos los que se le hicieran necesarios antes de comenzar a frustrarte. Reviso su móvil que no estuviera golpeado e intento prenderlo una última vez. Si Mikan se ponía hacer los cálculos, había cargado su móvil en el barco apenas ayer por la tarde antes de llegar a la isla, y lo desconecto hasta que la batería estuviera completa. Entonces ¿por qué no prendía?. Hizo más intentos, y cuando se desespero comenzó a golpearlo con la palma de la mano. La pantalla del móvil se encendió en un color blanco, intenso y dañino a los ojos de Mikan. se cubrió los ojos con el antebrazo y cuando la luz blanca comenzó a descender en volumen, volvió a verlo. Ahora la pantalla parpadeaba, como si estuviera descompuesto. Y de repente, un silbido fluyo de él. Las cejas de Mikan se tensaron un gesto , confundida con la reacción del móvil. Ni siquiera había pegado tan fuerte como para que se descompusiera de tal forma. Esto era extraño.
Una vez que el silbido termino, lo guardo en el bolsillo y subió su rostro hacia el cielo. Otra cosa extraña fue mirar la posición del sol, cuando ella despertó— lo que no había durado más de una hora— estaba exactamente sobre ella, lo que indicaba que medio día. Sin embargo, el sol ahora estaba frente a ella, descendiendo cada vez más. Sus labios volvieron a fruncirse antes de que comenzara a caminar sin hacerse más preguntas acerca del sol y su lugar. No era lo que le preocupaba. Lo que le preocupaba era que no hallaba las rejillas de metal por las que ella y sus compañeros habían entrado. Y si sus cálculos no fallaban, las rejillas se encontraban a dos calles más enfrente.
Paso aquellas dos cortas calles repletas de mercados, restaurantes y tiendas de accesorios, ropas y regalos, en los cuales Mikan se detendría en ellas para curiosear, sin embargo, no tenía el tiempo como para hacer esas cosas. No, tenía que encontrar a sus amigos y matarlos. Aunque con la última palabra se exagera un poco, pues ella solo los iba a golpear. Y fue tal como Mikan había calculado. Frente a ella estaban esas rejillas por las que había entrado y tomado fotos con sus compañeros. Se acerco y extendió sus brazos para empujar su áspero material metálico que estremeció repentinamente su cuerpo. Lo empujo y empujo hasta que esta fue retrocediendo, abriéndose en dos elegantes puertas. Mikan cerró los ojos y empujo con mucha más fuerza, cuando sintió que las puertas por si solas se abrieron, ella dejo de empujar y se sacudió las manos mientras caminaba y abría los ojos , para contemplar con victoria el lugar donde se suponía y abría un bosque. Lo que no encontró.
Sus ojos se extendieron perplejos por el panorama frente a ella. Revoloteo sus ojos hacia los lados y quedo impresionada, realmente impresionada. Miro hacia abajo, arriba y una vez a los lados incrédula. Frente a ella el panorama era extenso, sin embargo no era el bosque ni el estacionamiento. Ni siquiera estaba el camino de piedras que sus compañeros y ella habían recorrido.
Su corazón se detuvo.
—¿Qué demo..? — No logro terminar la frase cuando las rejillas metálicas se cerraron por detrás de ella. Mikan giro sobre sus talones instintivamente y miro como terminaban de cerrarse. Volvió a girarse sobre sus talones y miro una vez más, incredulidad el panorama de una ciudad que se suponía y ella acababa de dejar atrás. Atrás de las rejillas y el muro. Su piel se erizo completamente como la piel de una gallina y se sacudió el cuerpo para desterrar los escalofríos.
No hacía falta explicaciones, ella se encontraba una vez más y aunque no quisiera, dentro de La ciudad de las pesadillas. Se giro a 180 grados para estar frente a las puertas y ahogo un grito, quedando estupefacta. Sus ojos se abrieron paso a escandalizarse, aterrarse y preocuparse. Las rejillas por las que ella había cruzado, habían desaparecido. Ya no estaban.
Su cuerpo quedo inmóvil frente a una extendida calle con edificios a los lados. Sus ojos quedaron bien abiertos con horror y preocupación. Sintió una opresión en su pecho, casi inquebrantable surgir de la nada. Algo estaba yendo mal, muy mal. Sus ojos bajaron de la calle al cielo y luego a los lados. Entonces, sus oídos comenzaron hacer participes de unos susurros que emergían de su interior:
— ¡Huye! ¡Corre! ¡Escóndete de ellos! No dejen que te encuentren. No los juzgues, no temas no llores, no grites y corre. Solo corre—.
Era una repartición de electricidad en cada parte de su cuerpo, incluyendo la implantación de un escalofrió en su espina dorsal. Cuando aquella extraña voz término, Mikan se dio cuenta de que ya estaba corriendo, huyendo. Pero, ¿huyendo de quién y por qué? Sus piernas no paraban de moverse desenfrenadamente por toda la calle, Mikan no debajo de verlas con sorpresa. Subió la mirada y giro a la derecha en una calle central. Busco con la mirada mientras seguía corriendo, corriendo a una velocidad en la que ella no estaba acostumbrada a correr, porque Mikan no era una chica atleta. Su respiración se agito demasiado pronto y comenzó a bofarse. Una y otra vez: inhalo por la nariz y exhalo lentamente por la boca, tal como el profesor de educación física en sus años de secundaria, le había aconsejado hacer cuando iniciara una carrera. Frente a ella se vislumbró un cuerpo juvenil, uno con curvas. Primero entrecerró los ojos para fijar mejor su vista y después los despejo parpadeando con asombro. Era una chica, una chica corriendo frente a ella, a unos metros de distancia. Corrían en la misma calle. Analizo mucho mejor, los largos y destiladores mechones rubios/dorados que oleaban por el viento. Llevaba un camisón verde y un short gastado y sucio, sus pies cubiertos por botas marrones que también estaban gastadas por la parte de abajo.
Hizo la primera acción, puso sus manos a cada lado de su boca y grito que se detuviera. Lo hizo dos veces. Sin embargo, la chica de cabellos rubios dorados no se inmuto, como si no hubiese escuchado su petición. Intento alcanzarla, aun cuando el cuerpo le dolía, corrió más veloz aun cuando sus pulmones ya no podían más, cuando su respiración estaba hasta el tope de ser destruida y no repararse más. Cuando quedaron pocos metros de ambas, Mikan hizo la acción anterior y grito, grito tres veces. La chica levanto y lo movió un poco a los lados, completamente incredulidad sin dejar de correr. Volvió a gritarle que se detuviera y la chica paró en seco girándose al instante sobre sus talones. Empalideció.
Mikan la evaluó mientras sus piernas iban disminuyendo la velocidad hasta estar más cerca de ella. La chica rubia era hermosa, ojos azul cielo adornados por una larga hilera de pestañas oscuras. Nariz puntiaguda y delgada, de puente recto. Su piel blanca e impecable de pecas y manchas. Delgado rostro de diamante y barbilla con terminación ovalada/puntiaguda, y por supuesto, la melena rubia/dorada que captó la atención de Mikan. Era como estar viendo en persona a la diosa egipcia, solo que con el cabello mucho más claro. Las miradas parecían no ser suficientes, porque la chica revisando una y otra vez el cuerpo de Mikan, como si tratase de entender algo anormal, algo que no era común en esa ciudad. Mikan se incomodó y frunció sus labios. La respiración de ambas era agitada al unísono, pero eso no se interpuso para iniciar una charla demasiado confusa.
— ¿Qué demonios haces aquí, tú? — Mikan por poco la vio balancearse hacia ella, casi se vio golpeada en el suelo por las botas marrones de la chica. Francio el ceño, arrugando su frente de la manera más ofensiva posible.
— Eh venido persiguiéndote desde dos calles atrás, necesitaba pararte—.
La chica de los ojos azules la vio una vez más de arriba abajo y dio un paso, fulminándola con la mirada.
—La ciudad no está hecha para parar a las personas, niña. ¡Así que deja de molestar y vete, ahora! —.
Mikan la vio con cautelo, examinando la manera arrogante y grosera de la chica. Se giró y golpeo con su melena rubia/dorada el rostro de Mikan.
—Disculpa, pero estoy perdida—La detuvo del brazo, no la iba a dejar ir hasta encontrar respuestas—. ¿Conoces a Reo, Ana, Hotaru, Moshiage, Yu, Permy, Nonoko o Tsubasa? — Los nombro tan rápido que el nombre de Tsubasa salió inentendible.
Mikan lo sintió tan rotundo, como los músculos de la chica se tensaban y se sobresaltaban. Se giró detenidamente hasta ella, su rostro completamente invadido de sorpresa y... terror.
Entonces le grito:
— ¿Han venido todos ellos? —.
Mikan asintió, asustada por su reacción. ¿Qué la ponía tana terrada? Estaba segura que esos ojos azules se le saldrían pronto de su rostro.
— ¡Rayos! — gruño, le dio la espalda a Mikan y salió corriendo.
La siguió con una incógnita en la cabeza. Y le grito que por favor se volviera a detener. Esta vez estaba demasiado cansada para detenerla. La chica se detuvo bruscamente sobre el asfalto, se giró enfurecida y acelero sus pasos hacia ella, Mikan en su rápida acción solo comenzó a retroceder antes de que ella la empujara con sus manos.
—Idiota—Ordeno y empujo su cuerpo— ¡Eres una idiota! ¡Juro que todos ustedes se arrepentirán de a ver venido y pisado con sus malditos pies esta tierra! —.
La palabra malditos pies la dijo casi saltando de ira. ¿Pero quién se creía esta chica para insultarla, y sobre todo, empujarla? Mikan no la detenida, solo la observaba e inspeccionaba. La chica estaba desahogándose de una manera aterrada, asustada, frustrada, cansada y arte de todo.
—Yo no voy a cargar con tu cuerpo ¡Así que lárgate! —.
— ¿De qué hablas? —.
—Lo que escuchaste. ¡Ahora, lárgate ya! —.
Mikan puso los ojos en blancos, y no porque la chica le estuviese gritando siendo ambas desconocidas. Si no porque una alarma abrumadoramente sonó a su alrededor, envolviéndolas en un sinfín de escalofríos. Mientras Mikan veía curiosa y confusamente al cielo, la rubia frente a ella, había sostenido la respiración con brusquedad mientras miraba con violencia los alrededores.
— ¿Esa es...?—.
— ¡Échate a correr! —.
El grito que turbio el musculoso de Mikan, se había escuchado lejos, y cuando ella bajo la mirada se encontró con el cuerpo de la rubia, corriendo a la siguiente cuadra. Intenso seguirla, pero algo muy raro estaba pasando a las construcciones de su alrededor. Los mercados de buen parecer, implacables y grandes se estaban...?¿Destruyendo?¿Qué rayos estaba sucediendo?. Cada construcción que Mikan había contemplado, se sumergía en un oscuro y repugnante color negro, las ventanas cristalinas se rompían en mil trozos, los techos caían y algunas paredes colapsaban alrededor de Mikan. Ella retrocedió con horror sin dejar de ver los lugares. Apretó sus manos al pecho y sintió campo su corazón había dado un rotundo vuelco y había regresado con adrenalina de mas, segura de que pronto moriría de un ataque cardiaco. Se fijó bien, ahora una oscuridad bajaba desde el cielo y cubría toda la ciudad. El pecho de Mikan no podía inflarse con más violencia, este era su frenesí. La alabara seguía sacudiendo el lugar y su delgado cuerpo que sudaba incontrolablemente en un lugar destruido. Sus ojos agrandados sin dejar de mirar lo que sucedía a su alrededor, y luego bajo su rostro. Una densa neblina emanaba de las calles, y se alzaban como cortinas frente a ella, nublando su panorama de terror. En el cielo nocturno, las nubes se abrieron paso para destilar su grueso color.
La alarma dejo con un terrible zumbido los oídos de Mikan mientras desaparecía. Contemplo el oscuro cielo, siendo tapado por grises nubes.
Un silencio mayor se aprovechó de ello y un frio cubrió los restos de las cenizas de los locales caídos. Era desesperante.
Como gesto, sintió aprisionarse el corazón en lo profundo de su pecho, como si tratara de ocultarse de algo. Un llanto, un gruñido y un grito abrumaron los pensamientos de Mikan. Su cuerpo se sobresaltó y comenzó a dar lentamente vueltas a su eje, revisando los alrededores tratando de ver atravesó de la neblina. Se humedecieron sus ojos y afirmo que jamás había sentido tanto miedo como en ese momento.
— ¿Acaso no tienes donde correr? —
Un escalofrió se implanto en toda su espina dorsal, y en su poca resistencia ahogo un grito. Se volteo, aterrada hacia el lado en el que había escuchado aquella desconocida, seductora y arrogante voz masculina. Cuando lo hizo, paso una descarga eléctrica por todas sus venas. Su mandíbula amenazaba con caer al suelo y su estómago se contrajo.
— ¿Q-quién eres? —.
Sus ojos no podían creer lo que estaba viendo, o al menos lo que alcanzaba a ver debajo de esa oscura y larga capa negra. El cuerpo encapuchado se acercó a ella, y la chica como gesto retrocedió sin quito de vista aquellos felinos ojos cubiertos de un intenso color rojo como la sangre que la miraban fijamente, atravesando cada parte de ella. Eran aterradores.
— ¿Quién soy? —.
Su malévola y ronca voz sacudió el cuerpo de la chica y la hizo retroceder aún más. Sin embargo, si no viera sido por ese sacudidor, Mikan no hubiese regresado de sus pensamientos. Y se fijó en la capa, desde que inicio hasta que termino, en el suelo frente a ella se expandían una larga cadena, entonces todo se aclaró para ella.
—Tú fuiste el que hizo que no pudiera moverme ¿No es así? —Soltó, enfureciéndose— ¿Qué le hiciste a mis amigos? ¿Los lastimaste? ¡Responde! ¿Dónde están y que les hiciste? —. Acuso.
— ¿Yo...? —.
Mikan se tensó completamente, tragándose las demás acusaciones.
— ¿Cómo sabes que soy yo el que te inmovilizo y lastimo a tus amigos? Se necesitan pruebas. —Pero ella no dijo nada, y él añadió sin quitar sus ojos de su cuerpo. Suspiro —Es cansado llegar aquí y encontrarme con alguien que te acuse sin tener pruebas, eso te lleva a la muerte. Y tu pareces alguien que desea la muerte—.
Ella negó rotundamente con el movimiento de su cabeza, ascendiendo sus cabellos. El encapuchado se acercó más a su cuerpo. Y ahogo un grito cuando se dio cuenta de que él estaba frotando en el aire.
—Está bien, acusare lo siguiente. Durante mi existencia eh sido testigo de la llegada de basura a esta ciudad y lamentablemente el que tiene que limpiar esa basura, soy yo—.
¿La cavaba de llamar basura?
—¿Discúlpame?.¿Desde cuándo se toma alguien el valor de ofender a un completo extraño? —Escupió, señalando su cuerpo, olvidándose de que él flotaba. O volaba.
—Lo mismo digo ¿Desde cuándo tengo que limpiar yo esa basura?— Se cruzo de brazos.
Ella lo vio con rabia.
— Tú no eres nadie para llamarme basura—.
—Y tú no eres nadie para decir que yo fui el que te trajo aquí— Puso su rostro casi encima del de ella, estremeciéndola en mi sensaciones terroríficas— Acabas de llegar y sin conocer estabas a punto de romper la primera regla.
Júzgalos y perderás tu alma. Aquella frase resonó en su cabeza.
—Cuidado con tu boca—.
Mikan se enderezo un poco, y elevo la mirada para encarase completamente al guardián. Dios, sus ojos eran aterradores.
— ¿Qué eres? — Lo había preguntado por qué él no estaba tocando suelo, estaba elevado frente a ella.
El encapuchado se retiró solo un poco y se elevó entre la neblina con una frívola risa.
— ¿Quién crees que soy? — elevo sus brazos y las cadenas sonaron, aturdiéndola.
Mikan abrió asombrada los ojos, sosteniendo el aire en sus pulmones y abriendo en quebrado su boca— Un guardián—.
—Interesante respuesta—.
Ella frunció el ceño, aquella palabra había sonado como una ofensa no un alago. Apunto de soltar sus labios para hablar, su cuerpo hizo una extraña reacción, entenebreciéndose ante unos violentos gruñidos. Gruñidos demasiado cercanos al lugar donde ella estaba. Ella se giró de golpe y reviso cada área, aunque la neblina no le daba un claro panorama para la revisión.
—Si quieres vivir deberías correr y encontrar un escondite— Musito pesadamente él encapuchado, descendiendo frente a ella sin dejar de ver su hermoso rostro empalidecido.
— ¿Si quiero...vivir? —Lo vio, incrédula y se movió un poco antes de que él volviera acercársele. —Es una pesadilla.
El cielo grito y la tormenta inicio sobre sus cuerpos.
—Demasiada tonta para creer que lo es— La miro con tiranía— Muchos creen lo mismo, pocos entienden que han caído malditos—.
Desapareció. Mikan se llenó de terror cuando lo vio desaparecer. Volteo a todos lados buscándolo con violencia, con necesidad. No quería quedarse sola bajo los feroces gruñidos de creaturas extrañas, no rodeada de toda esta neblina sin saber a dónde ir.
—No te vayas, por favor...—.
Era como si realmente estuviera viviendo lo que el escritor Edgar Julen había descrito en el libro La mitología de la Ciudad pesadillas. Todo lo descrito en el libro era prácticamente y literalmente lo que ella estaba viviendo en este presido momento. Se llevó las manos con horro a su boca cuando su cuerpo reacciono en un salto ante un grito de llanto.
—Por favor...—.
—Bien, me gusta que rueguen por su vida—. Mikan volvió a saltar y se volteo para encontrarse con el encapuchado frente a ella, a centímetros de su cuerpo. — ¿Cómo quieres qué te ayude? ¿Qué ofreces que pueda interesarme? —.
Eran exactamente las palabras que venían en el libro de Edgar Julen. Mikan se hundió en los infinitos y nada misericordiosos escalofríos. Sabía a lo que el guardián se refería.
—Mi alma, mi alma a cambio de protección—No, no era eso lo que ella quería dar. Ella se dio cuenta, apretó sus labios y se tapó la boca impactada. ¿Qué la había hecho soltar esas palabras? Ella no había sido, estaba segura que esas serían las últimas palabras que diría. Se hundió en una desesperación, era como si se hubiese gravado a la perfección los diálogos de la mitología. Él hombre lloraba y rogaba hincado frente al guardián antes de que esas bestias vinieran por él, entonces, entrego su alma a cambio y el guardián le dio protección. Era como si realmente lo estuviera viviendo.
— Ofrecerme tu alma a cambio de protección— .
No se había dado cuenta, pero él guardan esta vez tenía un bastón que había elevado al cielo nocturno. No, no era un bastón, era un cetro de plata grueso con una media esfera. Esfera que comenzó a iluminarse, Mikan se estremeció y sin darle tiempo de reaccionar y retroceder con violencia aquella luz la traspaso completamente. Se sintió como un pinchazo que luego lleno su cuerpo de calor reconfórtable.
El guardián suspiro con aburrimiento y la vio de manera consumadora, perdido en lo que la luz de su cetro había ocasionado en los ojos celestes de la chica. Un brillo intenso, como si estuviera viendo en persona el mar y el cielo, unirse. Se incorporó y extendió su cetro hacia enfrente, al instante la neblina se partió en dos y se recorrió a los lados, dejando un camino libre y visible.
—Sigue la luz que te llevara a un lugar seguro donde la luna llena no te toque, donde no abra ventanas y donde la puerta y paredes serán seguras.
Mikan lo miro, creíble. No titubeo, y se marchó siguiendo el camino libre de neblina. Una luz la cubrió como mando mientras que otra se posó frente a ella para que ella la siguiera. El guardián bajo el cetro y se elevó un poco para mirar las bestias que corrían en sus cuatro patas para el encuentro con ella. Por suerte, él la había encontrado antes de que lo hicieran ellos. Aquellas monstruosidades solo querían saciar su hambre y sed, absorbiendo el alma atemorizada de un humano. Contemplo enorgullecido de si, el campo invisible que había deslizado en aquel camino donde la brisa no tocaba. El campo, era la mejor forma de ocultar el dulce aroma de un alma aterrada, el alma de Mikan era lo que aquel campo protegía para que las bestias no la encontraran.
El miedo es tu peor traición, teme y ellos te mataran, niña. Mikan había escuchado la voz de aquel guardián en su cabeza, increíblemente lo había escuchado hablar en sus pensamientos. ¿Cómo pudo? O tal vez es que se la había gravado tan claramente que ya se la imaginaba. Sacudió sus pensamientos y aumento su velocidad. Giraba a la derecha e izquierda en cada calle, pasaba por los callejones. Mikan sentía, que algo la perseguía. No era ese guardián con sus ojos aterradores. No. Juzgando por aquellos rugidos, lo que la perseguía era algo mucho más aterrador. No quiso voltear a ver, ya tenía demasiado con la pesadilla.
Pesadilla, sí. Esto era solo una pesadilla.
El rayo de luz entro a un enorme edificio de ladridos, tenía hoyos por todos lados de sus paredes, pero su enorme puerta aún estaba ahí, fija en la entrada. Ella no dudo en abrirla y encontrarse con el rayo de luz subiendo la principal escalera. Mikan tomo aire y corrió apretando cada musculo de su cuerpo. Termino la primera escalera y subió a otra, y otra y otra, hasta que dejo de escuchar los monstruosos rugidos. Su alma se apaciguo solo un poco y ella paro para descansar. A pesar de la poca iluminación, vio que la el rayo de luz había parado a mitad de dos pasillos y la siguió. Cuando la alcanzo con sus torpes pies callo y se arrepintió de que el golpe de sus rodillas con la madera chillona, ocasionaran un seco sonido que se expandió en ambos pasillos.
Mikam audiblemente escucho unos leves quejidos que la hicieron mover su rostro con pavor hacia el pasillo de su mano izquierda. Sus ojos se abrieron desmesuradamente irradiando terror. Pero no grito, ahogo su grito en su interior y eso la hizo quebrantarse en la oscuridad. Se tapó la boca mientras la consumía un temblor y trato de alejar sus ojos de aquellas minis creaturas que aparentaban estar dormida. Lo que le impacto, no fue el hecho de verlas dormí, sino el hecho de ver sus cuerpos, esos cuerpos encenizados y carbonizados.
Esto es solo una pesadilla Mikan, solo una pesadilla.
Gracias por leer
