Hey, chicos! Después de importantes peripecias por ahí esta historia continua para los que quieran seguir con ella. Espero como siempre que la disfruten.

Recomendación musical para leer: El lado oscuro de Jarabe de Palo.

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- 10º Día sin noticias de Percy -

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-Hey, Clarisse, reunión de jefes de cabañas- Me dice Lee al pasar por mi lado.

-¿Para qué?- Pregunto desanimada. Hoy necesitaría más de una puesta de sol.

-¿No te has enterado? Han vuelto de la misión Annabeth y Per...- No termina la frase porque yo ya he salido corriendo hacia la casa grande.

Ni con las zapatillas aladas de Luke habría llegado tan rápido. Me contengo para no entrar corriendo. Aún tengo una reputación que mantener. Cuando entro finjo un bostezo para darle más vercidad a mi treta pero corto el gesto a la mitad cuando veo a Jackson lleno de cortes y morados rodeado de semidioses que le ofrecen néctar que él no quiere beber:

-No sé cuanta ambrosía he comido durante el viaje pero no quiero arriesgarme más, pensé que con la última dosis ardería- Protesta como puede.

Mi cerebro funciona al doble de lo normal. Me lanzo hacia el cuarto de baño, le pongo el tapón a una vieja bañera y abro el grifo rezando porque aún funcione. El agua comienza a salir en un chorro ancho.

Salgo y me abro paso entre los demás campistas hasta mi objetivo, lo levanto tirandole del brazo y lo arrastro hacia el baño a pesar del grito de dolor desgarrador que ha emitido y de los gritos de histérica de Annabeth. No me disculpo ni doy explicaciones, ya habrá tiempo cuando el esté mejor.

Lo dejo caer en la bañera, que ya está a punto de desbordarse y el agua salpica las paredes, las baldosas, mi ropa... todo.

Las piernas se le han quedado fuera y ha hundido la cabeza pero la saca a flote un par de segundos después bufando como un gato. Me mira a través de sus pestañas llenas de gotitas que desafían a la gravedad y su pecho se agita más rápido de lo normal porque el agua debe de estar helada.

Me da tanta pena que por un momento quiero agacharme y abrazarle a pesar del agua y de las miradas indiscretas.

Pero cómo no, ahí está Annabeth para sacarme de mi ensueño.

-¿¡Qué coño estás haciendo?!- Me mira con más ira de la que la creía capaz de generar.

Me dan ganas de reírme en su cara. Parece que la hubieran abofeteado.

-Ann, está bien, mírame, el agua me ayuda- Protesta Percy desde la bañera.

Ahora soy yo la que siente que le han pegado una bofeatada. ¿¡Ann?!

Encima de idiota elige a sus amigas con ojos de tuerto. Me largo diciendo:

-Que disfrutes de tu baño, Prissy- Soy todo lo sarcástica que puedo.

Me siento en mi cama, llena de cosas como todas las de la cabaña 5, y saco de una caja un pañuelo.

Decidí que quería llevar la camiseta de Percy puesta para motivarme pero como camiseta ya no valía la pena así que con un poco de ayuda de Silena (cree que me debe algo por lo de Beckendorf) hice de las tiras un pañuelo que me pongo cada vez que tengo un entrenamiento o una pelea.

Me quedo mirándolo un buen rato. Me levanto y voy hasta la cabina del hijo de Poseidon. Abro la puerta y la empujo sin entrar. Observo la habitación desde la puerta. Todo está como yo lo he puesto.

Tengo que despedirme de este lugar porque hoy Percy volverá a habitarlo y yo ya no podré entrar y salir cuando quiera. La verdad es que he llegado a sentirme casi tan cómoda en él como en mi cabina.

Tiene algo que me hace pensar en una vida libre de preocupaciones, sin esperar que te maten en cuanto bajes la guardia, como cuando vivía con mi madre en Paris, antes de que me enterara de que soy una semidiosa, antes de venir a vivir a Estados Unidos y de que mi madre me dejara en el campamento durante cinco años seguidos sin venir a verme ni una sóla vez.

Una carta de 5 líneas antes del primer invierno que pasé aquí fue lo único que obtuve de ella desde los 11 años. Quería decirme que ella regresaba a Francia, que había vuelto a las competiciones de esgrima y tal vez incluso se apuntaría a boxeo cuando acabara con los líos de la mudanza.

"Puedes venir a recojer tus cosas cuando quieras, no pierdas la llave que te envío. Au revoir." terminaba.

Dentro del gastado sobre había una llavecita con una etiqueta: "Av de la Bourdonnais" y unos cincuenta dólares.

Ni siquiera se molestó en decirme el número. Sólo el nombre de una calle de un kilómetro de largo sin tener en cuenta que pudiera referirse a una bocacalle. Por no hablar de que con cincuenta dólares está más que claro que no se puede llegar desde el campamento a N Pasadena, Phoenix (Arizona) y mucho menos a Paris.

Supongo que eso ya da igual porque ha pasado demasiado tiempo y está claro que yo no voy a volver para recojer mis cosas. De hecho, dudo que sigan guardadas.

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Elliot