JELOU!
Vengo con otro oneshot Hansanna! Gracias por los reviews de los anteriores, me ayudan mucho! Y por las ideas :D De hecho, este es un poco la idea que cogí de mi Valdemar! Gracias, nena, vales oro ^^ y también a mi Sarah! Que me ha aconsejado un par de cosillas que me han ayudado :D
Este capítulo es de Hans. Todo lo que siente y cómo. Espero que os guste. Sabéis que me podéis dar ideas, decirme lo que pensáis con 100% confi y todo eso :)
BESOS A TODOS! Y GRACIAS!
I hurt myself... by hurting you... (Hurt-Christina Aguilera)
Ya habían pasado más de dos semanas y seguía sin noticias. Y eso era lo peor de todo. ¿Qué estaría haciendo? ¿Leyendo? ¿Paseando? ¿Estaría durmiendo a esas horas? O quizá... Pensar que en esos momentos podía estar en los brazos de aquel... hombre. Maldito! Estaría con ella, acariciando su piel suave, su pelo, besando su cuello perfecto, escuchándola derretirse con esa voz tan infantil. Estaría sintiéndola, su calidez, sus ganas, sus... Se estiró el pelo hacia atrás. ¿Cuántas veces lo habría hecho con él desde que casaron? ¿Por qué podía notar en su propia piel que podría morir de celos en cualquier momento?
Se estiró boca arriba en la cama y se concentró en el techo. Fuera había ruido. Esos marineros tan pesados con los que estaba obligado a trabajar, a cambio de seguir con vida, por orden de la Reina Elsa, siempre armaban barullo a la misma hora. Parecía que no tuvieran preocupaciones... o es que él tenía demasiadas como para pensar en fiestas a media noche.
Cuando se tapó y aplastó su cara contra la almohada, malhumorado, lo volvió a sentir. El perfume de Anna aún vivía entre las sábanas. Por lo visto, no servía de nada que cada día las frotara, hasta dolerle las manos, con jabón. Eso, o es que su subconsciente le tenía manía y se la recordaba a cada instante. Realmente, estaba harto de aquella historia... pero tampoco sabía qué hacer para no sentirse así.
Otro día nuevo. El Sol brillaba con fuerza. Se levantaba sin ganas, con los porrazos que le daban sus compañeros a la puerta "Levanta ya, Hans! Maldito vago! Mueve el culo!" y se iban carcajeando. ¿Cómo podían estar tan enérgicos después de la que armaban cada noche? ¿Cómo podía estar él tan cansado si se pasaba las horas tirado en la cama? Volvió a tirar la ropa de cama a lavar. Parecía que por la mañana, se intensificaba el olor de aquella mujer y tenía que abrir las ventanas de par en par para ventilar la habitación. El aire fresco le ponía de buen humor y le gustaba recrearse con las vistas que habían desde allí: las montañas, el mar... todo prometía ser bueno, aunque supiera, en lo más hondo de su ser, que faltaba algo.
Se arregló lo mínimo y se miró al espejo. Había llegado al punto en el que le daba igual su aspecto... y eso le sacaba de quicio. ¿Toda esa actitud por una mujer? ¿Desde cuándo? ¡Jamás lo hubiera imaginado de él! Pero esa maldita le había traicionado. La última vez que se acostó con ella, sus ojos le juraban Amor y Esperanzas, pero aún así, se casó con otro hombre en cuanto salió el Sol. Anna se las iba a pagar... en cuanto volviese a poner un pie en Arendelle. Nadie se reía de Hans en sus narices y salía airoso. ¡Nadie! Ni aún siendo la mujer que amaba... Porque la amaba como a nadie. Y eso era lo que más rabia le daba. Reconocía que había cometido muchos errores, pero ¿acaso arrepentirse no era parte de la "recuperación"? ¿Por qué Anna le seguía castigando? ¿Por qué había ido a verle llorando la noche antes de su boda? ¿Por qué se acostó con él? ¿Por qué se casó con Kristoff horas después? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Y mil "por qués" más! Maldita Anna y maldito puño que sentía en el pecho, estrujándole, sin dejarle respirar.
"Vaya cara tienes, tío" se rió un compañero suyo cuando fue al puerto. "No he dormido bien" respondía siempre, como un guión que se había estudiado y repetía mecánicamente, sin, ni siquiera, mirar a quién le preguntaba. Y así se pasaba los días: descargando y cargando barcos, comiendo sentado en un banco y de vuelta a las habitaciones que tenían asignadas los trabajadores. Ya ni siquiera hablaba con la gente de Arendelle, que al principio, se acercaban curiosos por saber por qué el Príncipe de las Islas del Sur trabajaba en el puerto de Arendelle, al servicio de la Reina Elsa. Los primeros días, incluso semanas, se molestaba en dar explicaciones, pero luego ya pasaba de todos. Se limitaría a su trabajo, hasta que tuviera permiso para volver a casa y no volviera a saber nada de Arendelle. Se olvidaría de todo y todos... incluso de Anna. Aquella obsesión debía terminar; no sólo por él, sino por ella, porque se vengaría y esta vez, no se sentiría mal después... si se creían que había sido cruel con lo que hizo cuando Elsa liberó sus poderes... es que no le conocían. Y ahora, le habían herido y mucho. A él. A su persona. A su Ego. Y no... nadie se libraba de eso. Su Odio pesaba más que su Amor por Anna.
O eso se hacía creer a él mismo. Ya eran dos Domingos consecutivos que se equivocaba y se presentaba en el puerto para comenzar a trabajar. "Hans ¿otra vez? Los Domingos son para dormir, hombre! ¿Se puede saber qué te pasa?". Ya eran dos Domingos que el jefe le cerraba la puerta en las narices.
"¿Qué te pasa?" ¿Y él qué sabía? Sólo se dedicaba a contar los días que hacía que Anna se había casado, que se había ido, que le había engañado, traicionado... La oscuridad volvió a nublarle la vista. Intentaba que esa mirada azul que recordaba tan clara, no le doliera, pero siempre volvía a aquélla noche en la que abrió su corazón y se lo aplastaron sin miramientos... La rabia no le dejaba pensar con claridad. De verdad quería recordar a Anna como una persona a la que había herido, así podría irse de Arendelle cuando le dieran el permiso y no tendría motivos para quedarse, ni para querer hacerlo. Pero todo lo que pasó aquélla noche no podía dejarlo pasar y largarse y ya. No. El Hans sentimental se iba a terminar, porque nunca debería haber existido. "Anna... no tienes nada qué hacer" se repetía una y otra vez.
Las trompetas llenaron el aire. Cuando quiso darse cuenta, se encontraba sentado en un barco y rodeado de gente, que se acercaba al puerto. "¡Mira, mami! ¡Es la Reina!". Dirigió la mirada rápidamente a dónde señalaba el niño pequeño que pasaba por delante. Esa trenza de pelo blanco era inconfundible. Se le removieron las tripas. Si la zorra de su hermana no se hubiera puesto en medio, le habría cortado la cabeza y él sería el Rey ahora...
"¡ELSAAAAA!"
Esa voz... miró dónde lo hacía ella y la vio. Anna saludaba por la barandilla del barco que estaba llegando al puerto. Y, cómo no, si no era porque Kristoff la sujetaba por la cintura, casi cae por la borda. Porque Anna era así de torpe, entusiasta, enérgica, alegre... tan niña y mujer a la vez que no pudo hacer nada por evitar que le temblaran las piernas al verla tan sonriente y tan emocionada por volver a casa. ¿Cuántas veces se había reído así con él? Después de la nevada, sólo le regalaba lágrimas. Lágrimas amargas que se le clavaban en el pecho, con la misma fuerza con la que ese puño invisible le oprimía el corazón al ver cómo el viento hacía volar esas trenzas naranjas que tanto le gustaban.
Y el asco hacia sí mismo sólo creció. Por sentirse tan débil, tan niño, tan indefenso delante de una mujer... de una mujer de la que se había enamorado y por la que ya no podía luchar. Porque ya era tarde para ellos. Y se sentía tan asfixiado, que tenía la sensación de estar encerrado en una habitación llena de gente y nadie le oía gritar el nombre de Anna.
Aún así, con todo lo dolido que se sentía y las ideas de venganza que le llenaban el vacío de su corazón, sólo pudo sonreír al ver la cara de la Princesa. Porque aunque no fuera consciente, ese puño sólo dejaba de apretar cuando la veía feliz... aunque no fuese con él.
