Hoy he tenido un día tontín y quería escribir un lemmon Hansanna :D así que, más o menos, he seguido un poco con el capítulo anterior, aunque este no tenga mucho argumento XD Es sexo puro y duro y punto jajajaja!
Espero que os guste! Besitos!
Las manos resbalaban por culpa del sudor, patinaban en las caderas de la pelirroja.
Cada embestida la aprisionaba más contra la pared, aplastando su cara y sus pechos contra ella. Recogió todo el pelo que pudo en un puño y tiró hacia él. Anna arqueó la espalda y gimió como nunca lo había hecho. Y eso sólo hizo que se pusiera más duro dentro de ella… y volverse más animal, más violento, más primitivo. Hacía rato que su mente le había abandonado el cerebro; allí sólo existía el más primitivo de los instintos.
En cuanto supo que ese rubio picahielos con el que se había casado, se había ido a trabajar, no dudó ni un segundo en ir a su habitación. Y por más que Anna se había resistido, con esos ridículos intentos de fingir que no quería acabar como estaba ahora, no tardó mucho en tenerla lloriqueando, pidiendo más.
Pero aunque su primer impulso fue castigarla por todo lo que sentía, por haberse reído de él y haberse casado con otro, por tantas humillaciones que sentía desde que la conoció… en cuanto cruzaron las miradas, su sangre se convirtió en fuego líquido y sólo quiso poseerla, enseñarle quién mandaba en su cuerpo, hacerle reconocer que era con él en quién pensaba cuando se acostaba con su marido.
Que una vez que le había probado, ya no sería de nadie más.
Le acarició la garganta con la otra mano y le soltó el pelo, para poder agarrarse otra vez a sus caderas, tan expuestas que casi le dio la risa al pensar en esos "no, por favor" que le había rogado antes.
Tenerla así, tan dispuesta, apoyada en la pared, con la melena pegada a la espalda, con los párpados apretados y la boca abierta, intentando recuperar una mínima parte del aire que gastaba a cada empujón que le daba… todo eso sólo le enloquecía más.
Notó cómo le apretó con sus paredes interiores y se quedó rígida. Se apretó el labio inferior para no gritar, pero él no iba a permitir que se saliera con la suya, así que le cogió un pezón y le pellizcó suave, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
-¡HANS!
Por fin escuchó lo que quería. Deseaba que todo el Castillo… que todo Arendelle la oyera gemir así; que todo el mundo supiera que sólo él conseguía hacerla sentir de esa forma.
-Por favor… por favor…- la pelirroja se apoyó en la pared con las manos y giró la cabeza, buscando su mirada.
-No.
Salió de su interior sólo para volver a penetrarla con fuerza en cuanto la tuvo de cara. Ahora lo que rebotaba en el tabique eran su espalda y sus glúteos, que se movían al son de sus embestidas. Mucho "no", pero enseguida enroscó las piernas en su cintura y los brazos en su cuello.
No pesaba nada, así que no le costó mucho llevarla hasta la cama.
Anna se agarró al pelo de su nuca en cuanto empezó a mordisquearle el cuello. Hans se sentía al borde de su propio orgasmo, pero no dejaba de reprimirlo. Quería alargar ese momento todo lo posible. Quería tenerla así todo el rato que pudiese. Esa respiración entrecortada en su boca, su lengua bailando con la de ella, el sudor en las palmas de las manos, esos gemidos inocentes y apasionados en sus oídos… quería que todo eso durara y durara.
Pero Anna volvió a quedarse rígida, apretándose a él todo lo que pudo, chillando su nombre, clavando la cabeza en el colchón, arañando su espalda con las yemas de los dedos… y él no pudo controlarlo más y aceleró el vaivén de sus caderas, hasta clavarse en las de ella, rugiendo en su cuello, descargándose en su interior, embistiéndola duro hasta vaciarse del todo.
Aún seguía dentro de ella, cuando las manos de la Princesa le empezaron a acariciar el pelo. No sabía si eso le gustaba porque le parecía tierno o porque era el único momento de su encuentro con Anna en el que se sentía querido. Pero le daba igual, siempre se obligaba a disfrutar de ese instante, entra la vida y la muerte, recobrando una respiración normal, mientras sus mentes volvían a su sitio…
Ese instante en el que entrelazaban sus dedos y se sonreían.
Ese instante en el que intentaba convencerse a sí mismo de que no estaba enamorado de ella.
