"Esta historia está basada en la novela romántica Herencia Italiana de Lynne Graham".
Vaya! Sí que ha gustado mucho la historia, me alegro la verdad. Gracias por sus todo!, por pasarse a leer y dejar sus comentarios. De ahora en adelante cambiará un poco, jeje será aún más interesante. Disfruten el capítulo. Saludos y besos.
Capítulo 4
Draco dejó a Hermione sobre la cama. El deseo le sonrojaba las mejillas y el cami són azul que llevaba no era precisamente modesto. Lo cierto era que a Hermione le gustaba lle var lencería refinada estando sola porque la hacía sentirse una mujer glamurosa, pero no estaba acos tumbrada a tener público, así que se apresuró a sentarse y taparse las piernas con la sábana.
Draco se desabrochó la camisa y se quitó los za patos. Hermione se quedó sin aliento y se dijo que debía apartar la mirada, pero no pudo. Tenía veintitrés años y nunca había visto a un hombre desnudo. Ja más había estado a solas en la misma habitación con un hombre.
¿Por qué? Porque seguía siendo virgen. En cierto sentido, estaba convencida de que seguía siéndolo precisamente porque había conocido a Draco y había decidido que quería lo que no podía tener.
A los diecinueve años había descubierto que el deseo físico cortaba como un cuchillo y aniquilaba el raciocinio y el orgullo. Aunque cuando se cono cieron él no sentía por ella lo mismo que ella por él, cuando se separaron Hermione había comparado a todos los hombres que habían aparecido en su vida con Draco. Ninguno había dado la talla.
-Me voy a duchar, bella mía... –Dijo él-
-No soy guapa, así que no me llames así -con testó Hermione apartando los ojos de aquellos músculos perfectos-
-Si te digo que eres guapa es porque lo eres -le aseguró.
-Pero….-protestó ella-
-Tienes un cuerpo precioso... – Draco se arrodilló junto a la cama y la miró-
-Soy bajita...-
-Sí, pero tus curvas son maravillosas. Desde que te he visto, he querido agarrarte en brazos y depositarte en mi cama y aquí estás-le sonrío con tanta sensualidad. Draco se puso en pie y se bajó la cremallera de los pantalones-
-Deberías descansar -insistió Hermione apartando la mirada muy a su pesar-
-Duérmete y deja de discutir -rió Draco-
Se reía, sonreía. Parecía feliz y aquello a Hermione se le hacía extraño. Se giró y se dijo que no pasaba nada por compartir la cama. Además, era una cama grandísima, pero... ¿y si Draco se acercaba a su lado en mitad de la noche y se ponía cariñoso? ¿Lo rechazaría? Sabía que no. Lágrimas de rabia se incrustaron en sus ojos y parpadeó furiosa para acabar con ellas.
La voz de su conciencia le recordó que Draco recuperaría la memoria pronto y Hermione se preguntó cómo se sentiría si hubiera habido algo físico entre ellos para entonces. Era un hombre soltero y sofis ticado y seguramente el sexo para él no sería nada serio. Si ella conseguía comportarse de manera también casual, Draco creería que para ella tampoco había significado nada.
Hermione se dio cuenta de repente de que estaba in tentando convencerse a sí misma de que no pasaría nada por acostarse con Draco.
-¿Sigues despierta, cara?-
Al oír su voz, Hermione sacó la cabeza de debajo de la almohada y lo miró. Sólo llevaba una toalla anudada a la cintura y las gotas de agua le resbalaban desde el pelo y le caían por el torso. Hermione asintió bajo la atenta mirada de Draco, que se sentó en el borde de la cama y apartó la sábana.
-Quiero verte -le dijo con voz ronca.
Hermione sintió que el corazón se le aceleraba.
-Quiero verte todo... -añadió Draco.
Hermione iba a decir que no, de verdad, iba a ne garse, pero entonces cometió el error de mirarse en aquellos impresionantes ojos grises y perdió la razón.
-Draco...-
-Me encanta cómo dices mi nombre -contestó y la besó en los labios con delicadeza-
Acto seguido, su lengua pidió paso y se intro dujo en su boca. Hermione no pudo evitar gemir y acariciarle el pelo.
-Tienes una boca increíble -dijo Draco tomán dola en brazos y colocándola a horcajadas sobre sus caderas.
-No deberíamos... -le advirtió Hermione sorpren dida-. No podemos hacerlo.
-¿Ah, no? -contestó Draco desabrochándole el camisón y dejando sus pechos al descubierto-. Santo cielo... eres preciosa...
Hermione se sonrojó de pies a cabeza mientras Draco jugueteaba con sus pezones. Se sentía intimidada y emocionada a la vez por sus caricias. En ese momento, Draco inclinó la cabeza y sus labios siguieron el mismo rastro que sus dedos.
-Oh... -exclamó Hermione sorprendida mientras una deliciosa sensación, entre placentera y dolorosa, se apoderaba de ella.
Era una sensación que nacía en el pezón y via jaba por todo su cuerpo hasta su entrepierna. Hermione dejó caer la cabeza sobre su hombro en se ñal de rendición.
-Desde que te vi en la clínica, he soñado con este momento, con tenerte en mi cama -confesó Draco-¿Ocurrió lo mismo cuando nos conocimos?
-Nunca me lo has dicho -murmuró Hermione es condiendo el rostro en su hombro.
-Así que no comparto mis secretos cuando me despierto a tu lado, ¿no?-sonrió él-
-Oh...-
Draco la apoyó contra las almohadas para poder admirarla y besarla bien. Cuando se dio cuenta de que Hermione movía rítmicamente las caderas, sonrió satisfecho.
-Me deseas, bella mía-
Era inútil negarlo. Hermione sentía todo su cuerpo en tensión, jamás se había sentido tan viva. No po día pensar con claridad, sólo podía sentir. Alargó el brazo para atraerlo hacia ella.
-No tengas prisa -dijo Draco con voz sensual mientras le quitaba el camisón y se fijaba en los rizos castaños de su pubis.
-Draco...
Al saberse imperfecta y no pudiendo aguantar el escrutinio, Hermione se dio la vuelta y se tapó con la sábana. Acto seguido, Draco se puso en pie y se quitó la toalla. Lo que vio dejó a Hermione sin estaba completamente excitado. Sin darle importancia, se tumbó junto a ella en la cama y Hermione creyó que se iba derretir de deseo.
-Te deseo -rugió Draco besándola con fuerza-, pero también quiero atormentarte de placer...-
Hermione se regocijó al sentir el peso de su cuerpo encima, le pasó los brazos por el cuello y lo besó con pasión. Aquellos besos y aquella situación eran mucho mejor de lo que jamás había soñado. Lo cierto era que se sentía perdida en un nuevo mundo de sensualidad y Draco no hacía más que hacerla gozar acariciándole los pechos.
-Me gusta mirarte -le dijo.
Hermione sintió una punzada de deseo entre las piernas que la hizo abrir los ojos y, comprendiendo su deseo, Draco le tocó la entrepierna, descubrió la humedad que allí se escondía y recorrió la entrada de su cuerpo haciéndola gemir.
-Draco, por favor... -le rogó Hermione completa mente excitada.
Draco accedió a sus deseos y se introdujo en su cuerpo.
-Estás muy tensa, cara mía -rugió de placer mientras Hermione se sorprendía ante aquella inva sión.
Draco volvió a intentarlo y aquella vez consiguió llegar al centro de su cuerpo. Hermione gritó de dolor y se le saltaron las lágrimas.
Draco se quedó mirándola fijamente con incredu lidad.
-¿Eres virgen o son imaginaciones mías?
El cuerpo de Hermione se estaba ajustando al inva sor y el dolor había remitido. Siempre había soñado con que Draco fuera el primer hombre con el que se acostara y lo había conseguido, así que no podía permitirse parar ahora.
-No sabía que iba ser así... no pares...-
-Mi esposa es virgen... -comentó Draco algo nervioso.
Hermione le pasó los brazos por el cuello invitán dolo a seguir.
-Por favor...-
Draco volvió a introducirse en su cuerpo y pronto sus caderas se acompasaron en cíclicos movimien tos que los llevaron a convulsionarse hasta alcan zar el clímax.
Sorprendida por aquella sensación, Hermione se dejó caer contra las almohadas y se quedó en silencio. Se dio cuenta de que no debería haberse de jado llevar y de que, además, al haberse acostado con Draco se había entrampado ella sólita.
No se había dado cuenta de que Draco se iba a percatar de que era virgen y aquello no encajaba, pues se suponía que era su mujer.
En ese momento, Draco la abrazó y la miró a los ojos.
-Eres increíble... -comentó-. ¿Cómo es posible que fueras virgen?
Hermione palideció y se dio cuenta de que Draco se estaba preguntando si se acababan de casar. Estaba tan avergonzada que no se atrevía a mirarlo a los ojos. ¿Se había vuelto loca?
-Estás muy callada... -comentó Draco.
-¡Me muero por ducharme! -exclamó Hermione le vantándose de la cama de un salto.
Lo único que podía pensar era en huir, pero de repente se dio cuenta de que estaba completamente desnuda y se arrodilló en el suelo con poca gracia para recoger su camisón y ponérselo a toda veloci dad.
Una vez vestida de nuevo, recobró la compos tura y salió de la habitación con dignidad. Draco la miró con incredulidad.
-¿Qué te pasa?
-¿Qué quieres que me pase? -contestó Hermione forzando una sonrisa y volviendo a su habitación para encerrarse en el baño.
¿Qué iba a pensar Draco de ella cuando recupera la memoria? La vergüenza se apoderó de ella. Le iba a parecer una mujer patética por haberse acos tado con él en aquellas circunstancias. Quizás, se diera cuenta de que sólo una mujer completamente enamorada se entregaría precisa mente en aquellas circunstancias porque la deses peración la llevaría a agarrarse a un clavo ar diendo. En cualquier caso, le iba a parecer patética y aquello la mortificaba. En la habitación de Draco sonó el teléfono y Peter lo informó en tono poco menos que confi dencial de que tenía una visita.
-¿De quién se trata? -preguntó Draco mientras comenzaba a vestirse.
El mayordomo no quiso decírselo por teléfono, así que Draco se vio obligado a bajar.
-¿A qué viene tanto misterio? -le preguntó a Peter en tono seco.
-Ha venido a verlo la señorita Amelie Duroux -contestó el mayordomo.
Draco apretó las mandíbulas porque aquel nom bre no le decía nada y aquello lo frustraba sobre manera.
-¿He hecho mal en dejarla entrar? -se lamentó Peter.
Draco se preguntó por qué habría de haber hecho mal el mayordomo en dejar entrar a aquella mujer, pero el orgullo le impidió confesarse con un em pleado, así que no dijo nada.
Se limitó a pasar al salón de las visitas donde Peter había alojado a la invitada. Se trataba de una mujer de pelo rubio y ojos verdes, muy guapa, que fue hacia él y lo abrazó con fuerza.
-¿Te haces una idea de lo preocupada que me tenías? -preguntó aquella fémina de cuerpo escul tural-. Habíamos quedado ayer y, como no apare ciste, pensé que estarías demasiado ocupado, pero cuando me enteré de que habías tenido un acci dente decidí venir.
Desconcertado por su saludo, Draco se apartó de ella y la miró con recelo.
-Como puedes observar, no hay motivo de preo cupación. Estoy muy bien.
-No seas tan frío conmigo -protestó Amelie.
-¿Estoy siendo frío? -preguntó Draco para ganar tiempo. ,
La modelo hizo un puchero y lo miró de manera provocativa.
-Está bien -suspiró-. No debería haber venido porque sé que crees que tu amante debe ser ultra discreta, pero no estamos en el siglo XIX.
Draco consiguió mantener la compostura ante aquella revelación. Entonces, comprendió por qué Peter no sabía si había hecho bien dejándola entrar. Amelie Duroux era su amante y tenía la ca radura de ir a su casa a pesar de que sabía que era un hombre casado.
Por desgracia, la conducta de su amante le reve laba que su propia conducta para con su mujer no debía de haber sido muy acertada.
Era obvio que, antes del accidente de coche, no había prestado atención a su matrimonio ni a su mujer.
-Tienes razón. Creo que hubiera sido mucho mejor que no hubieras venido -le espetó-. Ya que estás aquí, aprovecho para decirte que nuestra rela ción ha terminado.
Amelie lo miró enfadada mientras Draco se dis culpaba con el único objetivo de que aquella mujer saliera de allí antes de que Hermione se enterara de su presencia. No le estaba gustando nada enterarse de que su vida era un caos. ¡Ahora comprendía por qué Hermione se mostraba tan tensa con él!
¿Sabría que existía Amelie? ¡Por supuesto que sí! Ése debía de ser el motivo por el que su matri monio no se había consumado. ¿Se había negado Hermione a acostarse con él mientras tuviera una amante?
Sin duda, aleccionada por el doctor Severus, su esposa no había querido darle ninguna informa ción que lo pudiera preocupar.
Si no hubiera sido por lo nerviosa y confundida que la había visto después de haberse acostado con ella, habría pensado que seguía siendo virgen por que se acababan de casar.
Lo cierto era que seguía siendo virgen porque él era un bastardo. Inmediatamente, se sintió culpa ble, algo que era nuevo para él.
Los hombres de su familia se enorgullecían de ser personas honestas, eran sus mujeres las que eran infieles, ambiciosas, promiscuas y débiles. Sin embargo, Hermione no era así en absoluto.
Amelie intentó hacerlo cambiar de opinión y, al ver que no lo conseguía, lo acusó de ser increíble mente cruel e insensible. Draco no contestó.
Al final, Amelie se dio por vencida y salió al vestíbulo justamente cuando Hermione bajaba las es caleras buscando a Draco. Se quedó petrificada en el sitio, observando a aquella belleza de cabellera rubia y piernas tan largas como todo su cuerpo.
¿Habría ido a ver a Draco? ¿Sería su novia? ¿Cómo demonios no se le habría ocurrido pensar que Draco pudiera tener novia?
Confusa y nerviosa, Hermione se apresuró a volver a la cama. Antes de quedarse dormida, pensó que, si Draco hubiera tenido una mujer en su vida, su tía no se habría puesto en contacto con ella. Diez minutos después, Draco observaba a su es posa dormida.
Tenía las pestañas pegadas y los ojos algo hin chados, como si hubiera estado llorando. Se mal dijo a sí mismo y recordó que nunca se había preo cupado demasiado por los sentimientos de las mujeres que lo rodeaban. Jamás se había enamorado de ninguna y siempre había sido el que había puesto punto final a las relaciones, pero aquella mujer era diferente porque era su esposa y la estaba haciendo infeliz. Hermione no se merecía aquello.
No le había hablado de Amelie y eso quería decir que era una mujer razonable. Draco decidió no ha blar de aquel tema tampoco. Había cosas de las que era mejor no hablar.
Lo único que importaba era que Hermione era su esposa. Draco decidió que aquél era un buen mo mento para comenzar de nuevo.
Cuando Hermione se despertó, sintió un descono cido dolor entre las piernas y recordó todo lo que había sucedido la noche anterior. Consultó el reloj y comprobó que era más de mediodía. Había tenido pesadillas y no había dor mido bien. Se levantó de la cama recordando la cara de Draco mientras hacían el amor. Se estremeció. Pensar en él hacía que le fallaran las piernas. Lo que más le gustaba era poder fingir que Draco era su hombre. Era ridículo, pero era su sueño he cho realidad.
La noche anterior se había arrepentido por ha berse acostado con él, pero ahora, mientras abría las cortinas, decidió que no era para había acostado con él, sí, pero no creía que para Draco aquello hubiera sido demasiado impor tante. Al fin y al cabo, no se acordaba de ella, pero no había perdido el tiempo. La había llevado a su cama en cuanto había podido y lo cierto era que Hermione no se arrepentía.
Para ser completamente sincera consigo misma, se moría de ganas porque aquello volviera a repetirse, por volver a sentir aquel extraordinario pla cer. ¿Se había vuelto loca? No, estaba desesperada mente enamorada de aquel hombre y no se podía imaginar compartir algo tan íntimo con otro que no fuera él.
¿Qué había de malo en querer tener unos cuan tos buenos recuerdos para el futuro? Cuando Draco hubiera recuperado la memoria y se hubiera deshe cho de ella, al menos tendría los recuerdos para se guir viviendo. Además, sabía que no iba a ser capaz de encon trar a otro hombre pues Draco era superior a todos. Por eso no se había enamorado nunca y nunca volvería a enamorarse. En aquel momento, oyó un ruido a sus espaldas mientras se pintaba los labios en el baño.
-Ah, eres tú -murmuró al ver entrar a su ma rido.
-Dormilona -contestó él.
Hermione se quedó mirándolo a los ojos por el es pejo.
-A ti no te hacen falta esas cosas -le aseguró Draco frunciendo el ceño y mirando la increíble co lección de maquillajes que Hermione tenía-. Tíralos.
-Me gusta pintarme -contestó Hermione con acti tud desafiante porque no le había gustado que le hablara en tono tan dominante.
-Pues a mí, no -le informó Draco.
-Me alegro entonces de que no te maquilles -bromeó Hermione.
-No me gusta lo que es falso-
Hermione terminó de pintarse los labios de color fresa y le sonrió.
-Eres un hombre increíble... pero demasiado controlador y mimado...-
-¿Mimado? -repitió Draco estupefacto.
-Estás acostumbrado a dar órdenes a todo el mundo, al servicio de tu casa, a los empleados de tu banco, a todo el mundo. Cualquiera diría que te vas a cansar cualquier día de dar órdenes, pero parece que cada vez te gusta más.
-Expresar mis preferencias no es lo mismo que dar órdenes -contestó Draco con frialdad.
-Hablas en un tono que parece que das órdenes, pero te advierto que no voy a dejar de pintarme porque a ti no te guste el maquillaje. El traje que llevas es muy bueno, pero muy aburrido. ¿Lo vas a tirar a la basura porque a mí me parezca de hombre mayor?
-Es perfecto para ir al banco -contestó Draco.
-Pero ahora no estás en el banco -le recordó Hermione mirándolo provocativa.
Draco se sacó las manos de los bolsillos y la aga rró de las caderas.
-Estás muy graciosilla esta mañana...-
Hermione lo miró a los ojos y Draco la apretó contra su cuerpo.
-Me excitas -confesó-. Si las doncellas no es tuvieran en tu habitación haciéndote el equipaje, te tomaría aquí mismo. Me encantaría hacerlo de ma nera salvaje y rápida y creo que a ti también te iba gustar, bella mia.
Hermione se sonrojó. No podía creer lo que acababa de oír, pero le había gustado. Le temblaban las pier nas. Estaba completamente excitada. De hecho, los pezones amenazaban con taladrarle la camiseta.
-Creo que podría hacerlo sin estropearte el ma quillaje -añadió Draco.
-No lo dudo...
-Pero creo que me voy a esperar a que te lo qui tes -sonrió mirándola con pasión.
-¡Pues vas a esperar sentado! -exclamó Hermione mortificada por su burla y apartándose de él.
Lo miró de nuevo y se lanzó.
-Anoche vi a una mujer salir del salón y me es taba preguntando quién era...-
-¿Qué mujer? -contestó Draco algo tenso.
-Tenía el pelo largo y era muy guapa.-
-Ah, sí... -dijo Draco encogiéndose de hom bros-. Es una empleada.
Hermione sintió un tremendo alivio. Había sido tonta por sentir miedo por el mero hecho de ver a una mujer guapa en su casa. En ese momento, una de las doncellas reclamó la atención de Draco.
-Hermione, la doncella me está diciendo que no en cuentra tu ropa -le dijo Draco-. Por lo visto, aquí no hay más que un par de trajes.
Hermione se quedó de piedra. Obviamente, Draco esperaba que tuviera una impresionante colección de ropa, como todas las mujeres de hombres ricos. ¿Cómo demonios le iba a explicar que los arma rios y los cajones estuvieran vacíos?
-Decidí hacer limpieza -contestó encogiéndose de hombros.
-Pero es que me está diciendo que sólo tienes dos vestidos, cara.
Hermione se mordió el labio inferior y bajó la mi rada.
-Tal vez, me excedí un poco...-
Se hizo el silencio y Hermione se puso cada vez más nerviosa.
-Voy a tener que ir de compras -murmuró mi rándolo.
-Cualquiera diría que has estado viviendo en otro sitio -comentó Draco.
-¿Cómo se te ocurre decir algo así?
-Explícame, entonces, por qué los armarios es tán vacíos.
Hermione tomó aire.
-Tuvimos una discusión estúpida porque no te gusta cómo visto y me enfadé tanto contigo que lo tiré todo -le explicó.
-Conociendo el genio que tienes, te creo -son rió Draco.
-¿Por qué están haciendo las doncellas mi equi paje? ¿Dónde vamos?
-Al Castello Malfoy-
