Hola, he aquí otro capítulo. Algunas cosas si las modifiqué de y coloqué mas narración en algunos párrafos. Sinceramente esta historia me gustó. Espero que también a ustedes. Ya casi se acerca el final…casi..lo que no sé si me alienta o me da tristeza (como no es una historia completamente de mi ingenio). En fin.

Gracias por pasarse a leer. Saludos!

Capítulo 8

AL DÍA siguiente, Hermione tampoco tuvo ga nas de desayunar. Tenía náuseas y no era la primera vez que le ocurría en los últimos días. ¿Tendría algún virus? Lo cierto era que no se sentía enferma sino, más bien, como si algo no fuera bien. De repente, se dio cuenta de que su cuerpo se estaba comportando de manera extraña. Calculó rápidamente con los dedos y se percató de que se le había retrasado el periodo. Volvió a contar, pero lo cierto era que nunca había controlado los ciclos y así era imposible tener las fechas claras. Se dijo que se estaba equivocando, pero enton ces se recordó nunca haber tomado medi das para no quedarse embarazada. Draco tampoco. Jamás se le había ocurrido que pudiera concebir un hijo. ¿A Draco tampoco se le había ocurrido? ¿Ha bría asumido que estaba ella tomando la píldora? No pasaba nada. En el último mes se había acostado con él sólo una vez. Las posibilidades de haberse quedado embarazada eran mínimas. Ade más, había leído en el periódico que la tasa de fer tilidad iba en descenso.

Decidió que el estrés había alterado su ciclo menstrual y que esa misma alteración estaba ha ciendo que todo su sistema se alterara y ella se sin tiera mal. Esperaría unos días y, si seguía sintiéndose mal, se haría una prueba de embarazo. Mientras tanto, decidió no volver a pensar en ese tema pues no quería volverse loca por algo que no era probable que sucediera. Peter le llevó el teléfono. Era Draco.

-Quería haberte llamado ayer por la noche, pero la reunión terminó muy tarde -le dijo su marido-

Hermione se enfureció consigo misma por ale grarse de oír su voz.

-No pasa nada. No esperaba que me llamaras-

-Esta noche tenemos una fiesta-

-Vaya, así que, me sacas una noche por ahí por haberme portado bien, ¿eh? -se burló Hermione.

-Algo así, pero prefiero que te portes mal -con testó Draco-. Te advierto que no me gustan mucho las fiestas.

Mientras se vestía aquella noche, Hermione espe raba con la respiración entrecortada que se abriera la puerta que comunicaba sus dos habitaciones. Se había puesto un vestido verde con los hom bros al descubierto que acentuaba la perfecta pali dez de su piel.

La puerta nunca se abrió, así que bajó las esca leras y se encontró con Draco en el vestíbulo.

-Estás muy bien -le dijo mirándola de arriba abajo con interés.

Hermione se sonrojó.

-No hace falta que parezca que estás sorpren dido-

-Se me había pasado por la cabeza que ibas a intentar ganar puntos poniéndote algo totalmente inapropiado -admitió Draco-

-Nunca haría algo tan infantil -contestó Hermione-. Por cierto, me he vuelto a poner la alianza -carraspeó.

-¿Por qué no? Te lo has ganado -se burló Draco-

Hermione se sonrojó como si la hubiera abofeteado.

-¡Cuando me hablas así, te odio!-

Draco se rió.

-Es tradición en mi familia que el odio prolifere entre las parejas casadas-

-Tu madre se enamoró de otro hombre, pero eso no quiere decir que odiara a tu padre-

-¿Ah, no? Ya estaba enamorada de ese hombre cuando se casó con mi padre. El amor de mi padre se tornó odio cuando se dio cuenta de la verdad-

-Entonces, ¿por qué diablos se casó con él?-

-Por el dinero -contestó Draco guiándola a la li musina que los estaba esperando-. Mi abuela fue igual de ambiciosa, pero tenía más principios. Ella le dio a mi abuelo un hijo y luego le dijo que había cumplido con su deber. Aunque si guieron viviendo juntos hasta que murieron, no volvieron a hacer vida marital.

-Desde luego, parece que tu madre hizo mal al ca sarse con tu padre, pero tal vez hubiera presiones que tú no conoces o puede que ella creyera que estaba haciendo lo correcto y se convenciera de que algún día Llegaría a amar a tu padre -dijo Hermione intentando que Draco fuera menos duro con los errores de los demás.

-Esa posibilidad nunca se me había ocurrido -contestó él con sequedad—. ¿Y tú crees, entonces, que me tuvo con la esperanza de aprender a que rerme también?

Hermione se dio cuenta de que estaba poniendo su teoría en ridículo.

-Lo único que te estoy diciendo es que en un matrimonio infeliz siempre hay dos versiones que escuchar y que, además, podría haber habido cir cunstancias que desconoces... sólo estaba intentando animarte-

-No necesito que me animes -contestó Draco con acidez-. Ni siquiera me acuerdo de mi madre. Murió antes de que yo cumpliera cuatro años-

-¿Cómo?-Hermione entristeció. Lo que habrá sufrido Draco en la infancia, pensó-

Draco se encogió de hombros.

—Se ahogó-

-Siento mucho que no tuvieras oportunidad de conocerla. Supongo que pensarás que soy una sentimental, pero si supieras lo que daría por poder hablar con mi madre durante sólo cinco minutos... daría lo que fuera...-

-Si no eres capaz de sufrir en silencio -la inte rrumpió Draco-, prefiero ir a la fiesta solo-

-Creo que eso sería lo mejor -contestó Hermione con un nudo en la garganta-. Me parece que no quiero pasar ni un minuto más en compañía de una persona tan fría como tú-

-Ya casi hemos llegado al aeropuerto, así que cálmate. Eres demasiado emocional-

-No como tú, ¿verdad? -le espetó Hermione-. Para que lo sepas, yo no me avergüenzo de mis sentimientos-

-Yo no te estoy diciendo que te avergüences, sólo te estoy pidiendo que los controles -insistió Draco-

-Quería mucho a mis padres y los echo mucho de menos. Me enseñaron a pensar lo mejor de la gente y, aunque pronto aprendí que el mundo no es el mejor sitio...-

-¿Quién te enseñó eso?

-Mandy, la prima de mi padre. En cuanto se en teró de que nuestros padres habían muerto, tomó la iniciativa. Convenció a los servicios sociales de que era la persona perfecta para hacerse cargo de nosotras. Yo era muy pequeña y me daba mucho miedo que me separaran de mi hermana. Así que nos fuimos a vivir con Mandy a una casa alquilada muy grande -recordó Hermione.

-¿Y?-alentó Draco-

-Mandy y su novio nos quitaron todo el dinero que pudieron. Se gastaron el dinero que tenían mis padres, que no era mucho, pero hubiera sido sufi ciente para que Alena y yo hubiéramos vivido unos cuantos años sin preocupaciones. Cuando se acabó, simplemente se fue y nunca volvió.

-Supongo que llamarías a la policía. Eso es un delito-

-El dinero había desaparecido y eso ya nadie lo iba a cambiar. Además, tenía cosas más importantes de las que preocuparme... como encontrar una casa más barata y ocuparme de mi hermana -se defendió Hermione-

En un inesperado gesto de solidaridad, Draco la agarró de la mano.

-Confiaste en Mandy porque era de tu familia. Supongo que su traición fue espantosa-

-Sí... -contestó Hermione dándose cuenta de que tenía unas horribles ganas de llorar-

-Cuando tenía amnesia, no tuve más opción que confiar en ti -murmuró Draco-. Creía que eras mi esposa...-

Hermione se soltó de su mano con violencia.

-No hace falta que digas más... he entendido el mensaje. Yo lo único que hice fue intentar actuar como si fuera tu esposa. No me acosté contigo por ningún otro motivo ni tengo intención de enrique cerme con nuestro matrimonio-

-Sólo el tiempo demostrará si eso es verdad.-

-¿Qué te pasa? ¿Tienes algún problema? Eres un hombre increíblemente guapo, pero parece que te cuesta aceptar que las mujeres te quieran por ti mismo -le espetó Hermione.

-Tampoco tengo mal cuerpo -bromeó Draco.

De repente, Hermione explotó.

-Ésa es una de las cosas que no puedo soportar de ti. Siempre tienes que decir la última palabra. Estás tan convencido de que tú nunca te equivocas que me hechas a mí la culpa de todo. ¡ Si el cielo se cayera ahora mismo sobre nosotros, dirías que ha sido culpa mía!-

-Bueno, ahora que lo dices, gritar provoca ava lanchas-

Hermione tomó aire para intentar controlarse y en ese momento el chofer abrió la puerta. Salió del coche con estrepitosos ademanes tomándose las orillas del vestido para no caer al asfalto. Se acercó al helicóptero que el chofer le señalaba amablemente.

-¡Te odio! -le dijo Hermione mientras se sentaba en el helicóptero-

Draco se inclinó sobre ella y la besó.

-Sólo estaremos media hora en la fiesta-

Hermione estaba alterada y asustada por la intensidad de sus emociones. Miró en su interior y entendió por qué se había peleado con él, por qué intentaba mantener las distancias. Draco tenía un increíble poder sobre ella, podría hacerle daño y, aun así, ella seguía amándolo.

-Draco...

-Te deseo con todo mi cuerpo. En Londres, apenas dormía, pero ahora vuelves a ser mía y seguirás siéndolo hasta que yo lo decida-sentenció con la voz firme. Ella enrojeció-

El helicóptero aterrizó en un impresionante yate; cuyos dueños les dieron la bienvenida como si fueran príncipes. A pesar de que había mucha gente, Hermione sólo tenía ojos para Draco, pero él se tuvo que ausentar cuando su anfitrión insistió en que quería presen tarle a un viejo amigo.

A su vez, la anfitriona le presentó a Hermione a un sinfín de invitados. Los colores de los vestidos y los brillos de las joyas le nublaban la visión, así que parpadeó, pero el vaivén del barco la estaba mareando. Hermione se giró buscando un sitio donde sentarse, pero ya era demasiado tarde. Cuando recobró la consciencia, Draco estaba a su lado.

-Tranquila, cara. Nos vamos a casa —le dijo to mándola en brazos y despidiéndose de los preocu pados anfitriones-. Nunca había visto una actua ción tan buena -añadió una vez a solas.

Hermione se dio cuenta de que Draco creía sincera mente que lo había fingido todo porque él quería irse pronto de la fiesta. El movimiento del helicóptero no hizo sino acrecentar sus náuseas y no le apetecía hablar. Ya tenía suficiente con preguntarse a sí misma por qué se había desmayado. Jamás se había desmayado antes, pero recordó que su amiga Pippa le había di cho que aquello era normal durante los primeros meses de embarazo.

Al llegar a casa,, Draco se apresuró a ayudarla a bajar del helicóptero.

-Ha sido un desmayo buenísimo -sonrió con sensualidad-. Incluso yo me lo he creído al princi pio-

-No lo he fingido -contestó Hermione apoyándose en él porque las piernas no la sostenían-. Me he ma reado porque no estoy acostumbrada a los barcos.

-Pero si sólo has estado un cuarto de hora -dijo Draco sorprendido.

Una hora después, Hermione estaba acostada y Draco la estudiaba con atención desde los pies de la cama.

-Ahora ya me encuentro mucho mejor, me gus taría levantarme -dijo Hermione.

-La gente sana no se desmaya -contestó Draco-. En cuanto la doctora diga que estás bien, podrás levantarte.

-¿Qué doctora?-

En ese momento llamaron a la puerta.

-Supongo que será ella. La llamé desde la limu sina para decirle que viniera a casa.

-No quiero un médico -dijo Hermione presa del pánico-. ¡No necesito a ningún médico!

-Eso lo decido yo.

-¿Y a ti qué más te da?

-Soy tu marido y soy responsable de tu bienes tar aunque tú no me lo agradezcas.

Hermione se sintió culpable y no dijo nada más mientras Draco abría la puerta y aparecía una mujer mayor de pelo cano.

-Me gustaría estar a solas con la doctora -anun ció Hermione al ver que Draco no se iba.

Contestó a las preguntas de la doctora con sin ceridad y dejó que la examinara.

-Creo que usted ya sospecha lo que le ocurre -sonrió la mujer al cabo un rato-. Está usted embarazada.

Hermione palideció al pensar en el horror que aque lla noticia iba a provocar en Draco.

-¿Está segura?

La doctora asintió.

-Prefiero no decírselo todavía a mi marido -le confesó Hermione.

Su cuerpo la había sorprendido. Iba a tener un hijo con Draco. Quizás, fuera un niño de pelo rubio

y sonrisa irresistible o una niña que tuviera sus preciosos ojos castaños y la creencia de que era la dueña del mundo.

Sí, iba a tener un hijo con Draco y estaba conven cida de que él la iba a odiar por ello. De hecho, cuando entró en la habitación, Hermione no pudo mi rarlo a los ojos e intentó levantarse de la cama.

-¿Qué haces? -le preguntó.

-Ya estoy mejor y me voy a vestir.

Draco le cerró el paso y la obligó a volver a la cama.

-No, la doctora ha dicho que tienes que comer y que dormir mucho y me voy a asegurar de que sigas sus consejos.

-La benevolencia no te queda bien -le espetó Hermione mientras Draco vigilaba que se tomara la de liciosa comida que le habían llevado en una ban deja con flores.

Draco sonrió de una manera que hizo que a Hermione le diera un vuelco el corazón.

-Lo hago por mí.

-¿De verdad?

-Vas a tener que estar al cien por cien para cum plir con mis expectativas. He decidido tomarme unas vacaciones...

-Tú nunca te tomas vacaciones.

—Contigo, una cama y un ordenador puedo to mármelas.

Hermione se sonrojó de pies a cabeza.

-Estoy decidido a olvidarme de ti o a morir en el intento, cara -murmuró Draco con voz ronca.

-¿Y luego qué?

-Luego, te llevaré a Inglaterra y volveré a llevar la vida que llevaba antes, libre y fácil, la vida de un soltero.

Hermione tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para controlar el dolor.

-¿Y a qué esperas? ¿Por qué no lo haces ya?

-De momento, me lo sigo pasando bien contigo. Eres diferente a las mujeres con las que solía salir.

-¿Hay cabida para cómo me siento yo en todo esto?

-Tú te sientes maravillosamente bien porque yo te hago sentir así y lo sabes -le recordó Draco con crueldad y muy seguro de sus dotes amatorias.

Hermione se dejó caer sobre las almohadas y cerró los ojos.

Se dijo que lo mejor era dejarse llevar. Tal vez, Draco nunca se enterara de que había tenido un hijo. ¿Debía decírselo? Lo más seguro era que no se volvieran a ver y ella quería a ese hijo y podía darle mucho amor. Estaba dispuesta a trabajar todo lo que fuera necesario para darle un buen hogar. ¿Cómo podía ser tan cobarde como para no de cirle inmediatamente a Draco que estaba embara zada?

-Te dije que no quería nada -susurró Hermione en cuanto el vendedor se apartó un poco-. ¿Qué esta mos haciendo aquí?

-No tienes joyas -contestó Draco-, así que te voy a comprar unas cuantas.

-No es muy inteligente por tu parte -dijo Hermione intentando aparentar naturalidad-. Podría salirte mal.

-Ya me ha salido mal. Lo cierto es que cual quier cazafortunas que se precie no dejaría pasar una oportunidad tan buena como ésta.

Hermione lo miró sorprendida y Draco la tomó de la cintura para que no se apartara.

-Por si no te has dado cuenta, acabo de admitir que me equivoqué contigo hace cuatro años -con fesó-. Ahora comprendo que no te casaste con migo por dinero.

-¿Lo dices en serio?

-Completamente -contestó Draco indicándole que se sentara en el elegante taburete que había junto al mostrador-. Hay hombres patéticos que piden perdón con flores-

-¿Ah, sí? -contestó Hermione confusa.

Le costaba pensar con claridad pues se encon traba aliviada y feliz.

-Y hay hombres que jamás piden perdón y que son capaces de comprarte brillantes con tal de ha certe creer que no están suplicando que los perdo nes-

Aquello hizo sonreír a Hermione, que estuvo a punto de reírse a carcajadas al recordar que una vez Draco le dijo que suplicar era de paletos. Una hora después, ya en casa, Hermione salió a la terraza donde Draco se estaba tomando una copa. Una enorme higuera proporcionaba sombra y se agradecía porque aunque ya era última hora de la tarde seguía haciendo mucho calor.

-Es cierto que tiene sus ventajas esto de estar contigo —bromeó Hermione agitando el reloj de pla tino que le había comprado.

Draco la miró con una ceja enarcada pues todavía no se podía creer que no hubiera aceptado nada más que aquel reloj.

-Yo hubiera preferido cubrirte de diamantes.

-No me hubieran quedado bien.

-Desnuda hubieras estado como una increíble diosa pagana, bella mía.

Hermione sintió que el corazón le daba un vuelco. Jamás nadie le había dicho algo así.

-¿Por qué has cambiado de opinión sobre mí? ¿Por qué ya no crees que sólo busco tu dinero?

-Cuando me dijiste en Londres que me habías devuelto la mayor parte del dinero que te di al ca sarnos, no te creí, pero lo he comprobado y ese di nero lleva en la cuenta más de tres años.

-¿Y qué pasó con la carta que le escribí a tu abogado?

-No llegó. Por esas fechas, Theodore se cambió de despacho y tu carta debió de llegar a la antigua di rección y se perdió. Ahora está muy descontento con todo este tema porque sabe que es el eslabón que falló y que por ello se han producido muchos malos entendidos entre nosotros. Hermione se sentía inmensamente aliviada de que el tema del dinero estuviera por fin arreglado.

-Nunca quise aceptar tu dinero, pero acabé aceptándolo, así que supongo que tu abogado tiene razones para no tener una buena opinión de mí.

-No tiene derecho a emitir un juicio así.

-Me gustaría explicarte un par de cosas. Cuando nos conocimos, mi hermana y yo vivía mos en una mala zona y sus amigos eran chicos a los que les parecía muy divertido robar en las tien das. Alena empezó a faltar al colegio y yo no tenía tiempo para controlarla. Draco la escuchaba con atención.

-No sabía que tuvieras una vida tan dura. Siem pre estabas alegre-

-Poner mala cara no cambia nada -contestó Hermione-. El dinero que nos diste nos permitió em pezar de nuevo. Alquilé otro piso, abrí la peluque ría y matriculé a Alena en un colegio mejor. Nues tros problemas se terminaron. Pude dejar de trabajar por las noches y comencé a quedarme en casa mientras mi hermana estudiaba. Al año si guiente, consiguió la beca y, desde entonces, todo le va bien.

-Deberías estar orgullosa de ti misma. Ojalá me hubieras contado todo esto entonces.

Hermione lo miró a los ojos y tuvo que desviar la mirada porque se quedaba sin aliento.

-Entonces, a ti no te interesaba lo más mínimo mi vida.

-No quise conocerte y tú pagaste el precio, pero eso fue entonces y esto es ahora... -dijo Draco aga rrándola de la mano y besándole la palma.

Hermione se estremeció, sintió que le temblaban las piernas y que le ardía la entrepierna. Entonces, Draco le abrió la camisa y le soltó el sujetador.

-Es de día... -murmuró Hermione.

-Te sorprendes con facilidad -contestó Draco apoyándola contra la pared caliente por el sol y quitándole el pareo que llevaba como falda-. Tran quila, ya lo hago todo yo.

Hermione lo dejó hacer y pronto estuvo desnuda.

Estaba deseando sentirlo dentro de ella mucho antes de que Draco introdujera sus dedos entre la selva castaña de su entrepierna y la hiciera gemir de placer.

-No pares -gritó Hermione.

-Me encanta verte perder el control -contestó Draco levantándola y penetrándola.

Hermione jadeó de placer mientras sus cuerpos se imbuían de pasión animal. Él mantuvo movimientos lentos, transitorios, casi con un contacto efímero para después introducirse con fuerza y rapidés. Estoada, tras estocada, Hermaione sentía una enorme corriente eléctrica apoderándose de todo su cuerpo. Traspasando cualquier pensamiento de que aquello no estaba del todo bien, minorando el querer detenerlo. Lo ama. Eso era seguro. Más que a sí misma. Draco adoraba verla sumergirse en ese placer desorbitado y que él fuera el responsable de ello. Le encantaba esa mujer, lo volvia loco y le tomó bastante reconocer que estaba perdidamente enamorado de ella. Más que eso, le amaba profundamente. Después de que trazo una línea de besos por el cuello delicado y terso de ella, prendió otro par de estocadas y la sintió llegar al climax. Él le siguió dejando salir un leve gemido gutural. Tras alcanzar el clímax, Draco la tomó en brazos y la llevó a la cama, donde se tumbó a su lado y sonrió encantado. Hermione quería gritar a los cuatro vientos lo mu cho que lo quería, lo mucho que lo amaba y que aquel momento no se acabara nunca.

Draco le apartó el pelo de la cara, la besó y la abrazó haciéndola sentirse como la mujer más afortunada del mundo.

-Me encantan tus pechos -confesó Draco po niéndola a horcajadas sobre él y acariciándoselos-. Juraría que te han crecido desde la primera vez que hicimos el amor.

Hermione desvió la mirada presa del pánico.

-No me quejo, no me malinterpretes -añadió Draco-. Ya me he dado cuenta de que te encanta el chocolate suizo.

¡ Draco se creía que había engordado porque estaba comiendo mucho chocolate! Hermione intentó apartarse de él, pero Draco se lo impidió.

-No seas tan quisquillosa. Tienes un cuerpo ma ravilloso -le aseguró-. Me encanta estar con una mujer que come todo lo que le viene en gana.

Además de llamarla gorda, la tenía por una go rrona. Maravilloso. ¡Ojalá el culpable de que le hubiera aumentado el pecho en una talla de sujetador fuera el chocolate!

-Me voy a dar una ducha -anunció Hermione le vantándose de la cama.

-¿Por qué tienes tan poca autoestima? -dijo Draco frustrado.

-¡He visto a "tu amiguita" y a su lado parezco una vaca lechera! -contestó Hermione on un roce de desden-

Draco la miró furioso y se levantó de la cama.

-¡Menuda idea! Ella cumplía con mis necesi dades, pero tú las provocabas. No puedo dejar de tocarte. Incluso he tenido que tomarme unas vaca ciones para estar contigo-

Hermione sintió que los ojos se le llenaban de lágri mas.

-Eso es sólo sexo -lo acusó.

Se hizo un terrible silencio durante el cual Hermione rezó para que Draco le llevara la contraria, pero él se limitó a mirarla con intensidad con una expre sión difícil de leer en el rostro.

Hermione sintió que se le formaba un nudo en la garganta. Draco no le había llevado la contraria. ¿Cómo había sido tan ingenua como para creer que lo que había entre ellos era algo más que sexo?

Consiguió sonreír como si le pareciera muy bien que su relación fuera puramente sexual, se metió en el baño y cerró la puerta con pestillo.

Inmediatamente, abrió los grifos de la ducha y se puso a llorar. Lo único que ella le había ofrecido desde el principio había sido sexo y Draco lo había aceptado gustoso.

En ese aspecto, no se había quejado. Llevaban una semana en Cerdeña, siete días en los que no se habían separado. Habían comido en la playa, habían nadado en el mar por la noche, habían compartido cenas románticas, maravillosas siestas e inconta bles conversaciones.

Estar en compañía de Draco era maravilloso e in cluso cuando tenía que trabajar un par de horas ella se quedaba leyendo a su lado.

Aquella semana había sido increíblemente feliz para Hermione, pero también había sido muy difícil asumir que estaba embarazada de él.

Físicamente, se sentía muy bien, pero tenía que tener cuidado con lo que comía y tenía que descansar mucho. Las náuseas se habían evaporado y sólo se había vuelto a marear en una ocasión por levantarse demasiado aprisa.

Draco había empezado a darse cuenta de que su cuerpo estaba cambiando. Ocultarle el embarazo no iba ser posible durante mucho más tiempo. La perspectiva de confesarle que iban a tener un hijo se le hacía insoportable.

Aquella vez, Hermione tenía muy claro que no de bía hacerse ilusiones, que tenía que enfrentarse a la relación que tenía con Draco tal y como era.

Por eso, todas las mañanas, cuando Draco le daba los buenos días acompañados de unos cuantos besos, Hermione se recordaba una serie de cosas:

Draco no estaba enamorado de ella-eso pensaba-. La deseaba y por eso se preocupaba por ella. El hecho de que conversaran durante horas, que fuera tierno y di vertido con ella era irrelevante. Al fin y al cabo, era un hombre sofisticado y era imposible imagi nárselo haciendo que una mujer se aburriera. No era su mujer de verdad. Se había casado a cambio de dinero. Era la mujer que Draco había comprado, no la mujer que había elegido.

Además, ella jamás cumpliría con el tipo de mujer perfecta que le gustaba a Draco. Lo cierto era que, sin darse cuenta, Draco había ido dándole a en tender qué tipo de mujer le gustaba.

Le gustaban las mujeres de cabello obscuro y pier nas largas, exactamente igual que su última pareja. También le gustaban las mujeres de buena familia y le parecía que los estudios universitarios eran importantísimos. Hermione no cumplía ni una sola de esas condicio nes, así que era imposible que la hubiera elegido jamás como esposa.

Teniendo todo eso en cuenta, cuando Draco se enterara de que iba a tener un hijo suyo aquello iba a ser un desastre. Por eso, no se lo quería decir. Poreso había aprovechado aquellos siete días como si fueran los últimos de su vida. Sin embargo, había llegado el momento de con tarle la verdad.

Hermione se puso unos pantalones de seda azules con un top de encaje a juego. Aquel color, el mismo que el de sus ojos, le quedaba bien.

La mesa estaba dispuesta en la terraza para cenar. Habían colgado farolillos en las ramas de la higuera y la luz de las velas se reflejaba en la cristalería. Draco solía ir a aquella casa un par de veces al año porque tenía muchas casas por el mundo y no le daba tiempo de ir a todas muy a menudo. No le gustaban los hoteles e incluso allí, en un apartado rincón del planeta, Draco tenía contratado a un cocinero fabuloso que los deleitaba con sus maravillosas comidas.

Aquel hombre lo tenía todo siempre bajo con trol, pero, ¿cómo reaccionaría cuando Hermione le dijera lo que le tenía que decir? Aquella situación no la iba a poder controlar.

-Date la vuelta -le dijo Draco al salir a la terraza.

Hermione obedeció.

-Estás impresionante... podría comerte aquí mismo -confesó Draco excitándola-. Vas a tener suerte si logro controlarme hasta que terminemos de cenar-

Hermione se mojó los labios y bebió agua.

-Una vaca lechera, ¿eh? -bromeó Draco-. A mí no me lo pareces.

Hermione se sonrojó y sintió deseos de abrazarlo y de decirle lo feliz que había sido durante aquellos días.

-Estás muy rara últimamente -añadió Draco.

-Eh... yo... -dijo Hermione desconcertada.

-De repente sonríes y al minuto siguiente te en fadas -le explicó Draco-. Tú no eres así, así que supongo que es el síndrome premenstrual.

Hermione tuvo que hacer un esfuerzo para no po nerse a llorar.

-Te tengo que decir una cosa -anunció.