Disclaimer: todo, excepto los elementos creados por mí, pertenece a J. K. Rowling
Observando por la ventanilla el paisaje que se deslizaba a gran velocidad, sonreí ante la perspectiva de pasar dos semanas junto a mis amigos y su familia. A mi lado, Leah escuchaba música desde uno de los aparatos electrónicos muggles que sus padres le habían regalado. Roxanne, Maya y Dominique estaban sentadas frente a mí, compartiendo las chocolatinas que le habían comprado a la mujer mayor que pasaba de tanto en tanto con el carrito.
— Tengo muchas ganas de conocer a vuestra familia. —les dije con una sonrisa a Dominique y a Roxanne. Dominique me dedicó una mirada escéptica y continuó masticando su rana de chocolate.
— Pensaba que a estas alturas te habrías cansado de conocer a Weasleys. — Roxanne sonrió totalmente de acuerdo con su prima. — Quiero decir, después de haber conocido a todos mis primos, te habrás dado cuenta de que no están muy bien de la azotea.
— Sí, la verdad es que necesitan ayuda urgente de un psiquiatra. — Todas miramos a Leah sin entender lo que era un "psiquiatra". La morena murmuró muggles, entre dientes pero no se molestó en explicarse.
— Sobre todo vuestro primo James. —Roxanne asintió de nuevo. — ¿Tú que vas a hacer estas Navidades? — Maya apartó la vista de la ventana y me miró con ojos adormilados.
— Pasaré una semana con mis padres y la otra en casa de Aiden.
— Vaya novedad, alguien que se lleva bien con sus suegros. — Maya rió y le mostró el dedo corazón a Dominique.
Le di un codazo a Leah para que se quitase los cascos y se uniese a la conversación. Ésta me miró molesta pero hizo tal y como le había pedido.
— Mis Navidades van a ser bastante aburridas. —suspiró con desgana. — Me voy a casa de unos tíos de Escocia. Tienen dos críos insoportables. Menos mal que para cuando entren en Hogwarts yo ya me habré graduado y no tendré que verlos cada día. —con un quejido lastimero miró hacia Dominique. — Ojalá pudiese ir con vosotras.
— Lo siento querida, la pensión La Madriguera está completa. — Leah hizo un puchero y se volvió a colocar los cascos con resignación. Sacando una muda de ropa de la mochila que tenía bajo los pies, aparté la pierna que Leah había colocado sobre mi regazo y me levanté del asiento.
— Voy a quitarme el uniforme y a cambiarme de ropa, ¿alguna viene? —todas negaron distraídamente volviendo a sumirse en un silencio cómodo.
Con un encogimiento de hombros me dirigí hacia el lavabo para cambiarme. Una vez vestida de calle, me dirigí de vuelta a mi compartimento. Mientras caminaba por el pasillo oí como me llamaban repetidamente. Me giré y vi que Héctor salía del compartimento que ocupaba con Louis y otros Hufflepuffs.
— ¡Ey, Cam! — sonriéndole me acerqué hacia él. — Me ha dicho Louis que tú también vas a pasar las Navidades con los Weasley. Parece que no nos vamos a despegar ni un instante —dijo el moreno con humor.
— Ahá. Por motivos que todavía no entiendo, el Departamento de Intercambio no nos deja ir a casa por Navidades, así que Roxanne y Dominique me ofrecieron pasarlas con ellas. — Aunque Hogwarts era un lugar encantador, la sola idea de tener que pasar dos semanas allí sin mis amigas me hizo esbozar una mueca.
— Lo sé, yo tampoco lo entiendo. Supongo que es demasiado papeleo para sólo dos semanas de vacaciones. — Héctor se encogió de hombros.
— Así que pasando las Navidades con el novio, ¿eh? — con picardía, le di un suave codazo en el costado. Héctor se pasó una mano por la nuca y puso una mueca.
— Si… bueno, en realidad voy en calidad de amigo.
— ¿Cómo?
— Louis cree que es demasiado pronto para presentarme como su novio. — Héctor se encogió de hombros, pero pude detectar que aquello le entristecía y molestaba a la vez. — Teniendo en cuenta que todavía no ha salido del armario y que sólo llevamos tres meses saliendo, lo entiendo.
— A mí no me engañas Héctor, que nos conocemos de hace tiempo. — dije bajando el tono de voz para que Louis no nos escuchara desde el compartimento. — Sé que a ti te gustaría no tener que ocultarlo. Con Carlos nunca tuviste que esconderte. —sentencié finalmente.
— Mhm. — murmuró distraído. — Pero bueno, estoy dispuesto a esperar hasta que Louis esté listo. No quiero estropear lo que tenemos.
— Esperemos que no tarde mucho. — dije con sinceridad. Miré hacia los dos lados del pasillo y luego volví a posar la mirada en Héctor. — Por cierto, ¿has visto a Damián? Todavía no he podido despedirme de él.
— Se ha quedado en Hogwarts para pasar las Navidades. — asentí. Damián había preferido quedarse con el resto de alumnos de intercambio.
— Bueno, pues nos vemos luego. — me despedí con dos besos y me dirigí de nuevo hacia el compartimento.
— He estado a punto de llamar a seguridad. Pensé que te habían tragado los retretes. —Dominique gesticuló dramáticamente con las manos. Con un suspiró divertido me coloqué junto a Leah, que se había quedado dormida y babeaba ligeramente sobre el banco. — ¿Qué has estado haciendo todo este rato?
— Hablar con Héctor. —guardé el uniforme en la mochila y me recosté sobre el respaldo del asiento mullido.
— ¿Te has despedido también de Leo? — preguntó Maya sin apartar la vista del paisaje.
— Sí, le he dicho adiós antes de subir al tren. —fruncí el ceño al recordar la extensa despedida de aquella misma mañana. — A decir verdad se ha puesto un poco pesado.
— El pobre Golden Retriever no puede estar dos semanas sin verte. — fulminé con la mirada a Dominique, a pesar de que las comisuras de los labios se me habían levantado en una sonrisa.
— No lo llames así tú también. —Dominique ignoró mi protesta.
De repente sonó un silbato que nos hizo saltar a todas del asiento. Nos asomamos por la ventana para ver que ya habíamos llegado hasta la estación de King's Cross. Con un golpecito desperté a Leah. Como aún éramos menores, no podíamos usar la magia para levitar los baúles, así que tuvimos que cargar con ellos a duras penas hasta bajar del tren.
Dominique se puso la mano sobre los ojos en forma de visera y los entrecerró para buscar a su familia entre la gente. Finalmente divisó un gran grupo de gente reunido a un par de metros hacia nuestra derecha.
— ¡Maman! — unas veinte cabezas, casi todas cubiertas por cabellos pelirrojos, se giraron al oír el grito de Dom. — ¡Nous sommes arrivées!
Con un gesto de la mano, Roxanne y yo nos despedimos por última vez de Maya y Leah y fuimos corriendo en pos de Dominique, que no se había molestado en esperarnos. Muerta de la vergüenza, con el rostro rojo por el rubor, me acerqué con timidez hacia los varios pares de ojos adultos que me observaban con curiosidad.
— Maman, papa, celle-ci est Camila, la fille de qui je vous ai parlé. — una mujer rubia de increíble belleza y el hombre que la acompañaba, también pelirrojo y con una cicatriza cruzándole el rostro, me sonrieron con calidez.
— ¡Mais, oui! Camila es un placeg conocegte pog fin. — sobrecogida por ser de repente el centro de atención, sonreí con timidez.
Una bonita mujer pelirroja se situó en el centro y comenzó a contar cabezas. Cuando comprobó que todos estábamos allí, dio una palmada de satisfacción.
— Bien chicos, ya haremos las presentaciones cuando lleguemos a casa. Que cada uno se agarre a un adulto para que podamos aparecer en La Madriguera.
Siguiendo las indicaciones, me acerqué a la mano que la señora Weasley me tendía. Antes de que el mundo comenzase a dar vueltas observé que James no iba acompañado de Alisa.
Aterrizamos sobre un jardín cubierto de nieve. Unos cuantos metros más hacia delante se podía ver una casa ligeramente torcida hacia un lado y con aspecto hogareño. Un humo gris se escapaba por la chimenea. El grupo comenzó a caminar hacia la puerta. Situándome junto a Héctor, caminamos detrás de los múltiples pelirrojos.
Una mujer rechoncha y con el pelo gris nos abrió la puerta. Junto a ella, un hombre de aspecto amigable saludaba a su familia. Supuse que se trataba de los abuelos de Dominique y Roxanne, Molly y Arthur. Cuando toda la procesión de nietos, hijos, yernos y nueras hubo saludado a los dos cabeza de familia, Héctor y yo llegamos hasta el umbral del hogar.
— Me imagino que vosotros seréis los dos españoles de los que tanto han hablado mis nietos. —Molly nos envolvió en un abrazo cálido.
— Encantado señora Weasley. Soy Héctor. —dijo Héctor cortésmente.
— Por favor, no hace falta que seas tan formal. — la mujer dejó escapar una sonrisita, encantada por los buenos modales de Héctor. Su mirada azul se posó entonces sobre mí. — Y tú, encanto, debes de ser Camila, ¿no?
— Un placer conocerlos. — Arthur nos instó a pasar dentro de la casa. Atravesamos una cocina acogedora, repleta de utensilios y cazuelas. Cuando llegamos al salón, la familia entera se había acomodado en los sofás y nos miraba expectantes.
— Bueno chicos, espero que tantas presentaciones no acaben dándoos dolor de cabeza. —Arthur rió entre dientes y se situó junto a uno de sus hijos más mayores.
Uno a uno, Arthur fue nombrando a los miembros de su familia. Percy, su mujer Audrey y sus dos hijas, Bill y Fleur, a los que había conocido brevemente en la estación, George y la madre de Roxanne, Angelina, Ron y Hermione, dos de los famosos miembros del Trío de Oro, y finalmente Harry y Ginny, la mujer que en la estación nos había agrupado para poder aparecernos en La Madriguera.
Mareada por la cantidad de besos que estaba recibiendo y por la cantidad de nombres que debería aprender, me situé junto a Roxanne una vez acabaron las presentaciones.
— Roxanne, querida. — Angelina, una mujer de piel oscura y poseedora de gran belleza (algo bastante común en aquella familia), nos miró a mi amiga y a mí. — ¿Por qué no le enseñas a Camila vuestra habitación?
Roxanne asintió y junto a Dominique me guió hacia las escaleras. Subimos hasta el segundo piso y nos adentramos en la habitación que se encontraba al fondo del pasillo. Esparcidas por la estancia había cuatro camas con dosel cubiertas por colchas tejidas a mano de estridentes colores.
— Tenemos que compartir habitación con Molly. —al ver que ya había olvidado por completo quién demonios era Molly, Dominique suspiró. — Es la hija mayor de mi tío Percy, se graduó hace un año.
Asentí al recordar a quién se refería Dom y coloqué el baúl debajo de una de las cuatro camas.
— ¿Cómo os las ingeniáis para caber tanta gente en una casa? —Roxanne se rió mientras se sentaba sobre su cama, que estaba decorada con múltiples posters de Quidditch.
— La abuela ha tenido que ir añadiendo habitaciones y pisos para que cupiésemos todos. — con una sonrisa me quité el abrigo y lo dejé sobre la cama. — De todas formas, nuestros padres no suelen quedarse a dormir. Sólo vienen durante el día y luego se van.
— Esto cada vez se parece más a una casa de locos. — A pesar de sus palabras, una sonrisa tierna y cariñosa adornaba la cara de Dominique al hablar de su familia. — Una pena que no puedas conocer a mi hermana y a Teddy. Si crees que yo soy dramática, espérate a conocer a Victoire.
— ¿Dónde está? —me quité el gorro de la cabeza y me recogí el pelo en una coleta alta.
— Se ha ido con Teddy de viaje por Rumanía. — asentí lamentando no poder conocerlos y me tumbé sobre la cama, cansada tras el largo viaje. Los ojos se me cerraron suavemente y me dejé llevar por el sueño.
Me despertó una voz estridente que provenía desde el salón de la casa.
— ¡Niños! ¡A cenar! —con un gruñido me senté sobre la cama. En la cama de Dominique, Roxanne y la rubia jugaban a las cartas.
— ¿Por qué se empeña en seguir tratándonos como niños? —Dominique dejó caer sus cartas sobre la colcha y se desperezó. — En cuatro meses seré considerada oficialmente una adulta. — Poniendo los ojos en blanco, Roxanne se levantó y se puso las zapatillas.
— Sí, pero hasta entonces seguirás siendo una niña para la abuela. — luego murmuró con superioridad. — A mí sólo me quedan tres.
— Apartad de mí camino púberes hormonadas y llenas de espinillas. —Dominique soltó una carcajada. — Os supero a las dos. Mi cumpleaños es el 11 de febrero, así que respetadme. —Dominique hizo una reverencia teatral y salió por la puerta. Las tres bajamos entre risas hasta el salón, donde toda la familia nos esperaba ya sentada. Arthur había tenido que juntar hasta tres mesas para poder dar cabida a todo el clan.
Dominique se sentó junto a Hugo, Roxanne junto a su hermano mayor, que al parecer había llegado aquella misma tarde mientras yo dormía, y la novia de éste. Sorprendida al reconocer la cara de la novia de Fred ahogué una exclamación. Busqué entre los comensales un asiento libre y divisé una silla sin ocupante entre James y Albus. Con un suspiró resignado me senté junto a los hermanos Potter.
— Parece como si hubieses visto un fantasma. —susurró Albus al ver mi cara de sorpresa.
— ¿Qué demonios hace la profesora de Runas Antiguas besándose con tu primo Fred? —pregunté mirando con disimulo a la profesora Saunders. Aunque la joven maestra no me impartía ninguna clase, solía verla a menudo mientras desayunaba en la mesa de los profesores.
— ¿No lo sabías? —susurró James, que nos había estado escuchando. Moví la cabeza en un gesto negativo. —Se liaron cuando Fred estaba en su último año— explicó James divertido.
Todavía asombrada por aquella revelación, iba a contestarle cuando la voz de Molly nos interrumpió.
— Qué ilusión nos hace a Arthur y a mí poder ver a toda la familia reunida de nuevo. —paseó la mirada por toda la mesa, recibiendo sonrisas como respuesta. — Es una pena que Charlie, Victoire y Teddy no puedan acompañarnos. —con tristeza volvió a sentarse en su silla y nos indicó que ya podíamos comenzar a comer.
La habitación estalló de repente en múltiples conversaciones que estaban teniendo lugar a la vez. Albus se puso a charlar con su prima Lucy y James comenzó a comentar el reciente partido de las Avispas de Wimbourne con su tío Ron. Sin saber muy bien con quién hablar, comencé a servirme las salchichas y el puré de patatas que Molly había preparado.
Un leve carraspeó me hizo levantar la mirada para ver como Harry Potter, sentado junto a su mujer, me miraba con una sonrisa afable.
—Camila ¿verdad? —asentí, sobrecogida por estar hablando con el famoso mago que había salvado el mundo mágico en tantas ocasiones. — Me pareció entender que tu apellido es Griggs.
—Así es, señor Potter. Bueno de hecho es mi segundo apellido. —ensanchando aún más su sonrisa, el señor Potter comenzó a servirse puré de patatas.
— No sé por qué, pero ese apellido me resulta muy familiar. —miró hacia su mujer, que había estado escuchando en silencio. — Cariño, ¿no te suena de algo?
— Me parece que había una chica en mi curso que se apellidaba así. —se rascó la barbilla de forma pensativa. — Evangeline Griggs o algo así...
— Evelyn. Evelyn Rose Griggs. —el señor Potter palmeó contento de poder recordar por fin a quién pertenecía el apellido.
— Ahá, me parece recordar que era una chica muy guapa. Tenía siempre a algún chico enviándole cartas en medio de la noche. — comentó Ginny perdida en sus recuerdos. — Salió un tiempo con Stephen Cornfoot, ¿te acuerdas de Cornfoot?
— Ah, sí. De Ravenclaw si mal no recuerdo. —anoté aquel dato para poder incordiar en adelante a mi madre y sacarle información sobre sus enredos amorosos durante su adolescencia. — Por lo que veo Evelyn es tu madre, ¿no?
—Mhm. —murmuré con la boca cerrada, pues el señor Potter me había pillado justo cuando masticaba un trozo de salchichas.
— ¿Qué ha sido de ella?, después de que se graduase no supe más de Evelyn. —preguntó con amabilidad Ginny. Tragué con celeridad el trozo de salchicha intentando no atragantarme en el intento.
— Después de graduarse consiguió trabajo en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional del Ministerio. —Percy Weasley, al escuchar el nombre del departamento en el que trabajaba, levantó la cabeza de golpe dispuesto a enzarzarse en un discurso sobre la importancia de su trabajo, a pesar de que se encontraba en la otra punta de la mesa. — Tras dos años trabajando allí, el Departamento la trasladó al Ministerio de Magia de España como uno de los representantes del Ministerio británico.
Hice una pausa para coger aire y darle un trago a mi vaso de agua. Ron Weasley y su mujer, que al parecer también se acordaban de la joven Evelyn, nos escuchaban con interés. Por el rabillo del ojo pude ver que James, al ver su charla de Quidditch interrumpida, también escuchaba mientras comía.
— En España conoció a mi padre, Diego, que trabaja para la sección de asuntos internacionales del periódico mágico más importante de España. —continué sintiéndome nerviosa por la repentina atención que me profesaban los que me rodeaban. — Se casaron y me tuvieron a mí y a mi hermana.
— Una chica de un gran carácter, tu madre. — la sonrisa del señor Potter no abandonaba su rostro. — Luchó junto a nosotros con gran valentía durante la guerra. — recordé los escalofriantes relatos que me había contado mi madre sobre aquellos oscuros años. Intentando evitar que los ánimos se agriasen por los sombríos recuerdos de la guerra, el señor Potter cambió rápidamente de tema. —Recuerdo que una vez hechizó a Jordan por haberle soltado un piropo mientras comentaba un partido. — Harry soltó una carcajada genuina y sus amigos y familiares rieron también al recordarlo.
— Sí, aquí nuestra Mila también ha heredado algo de ese carácter. — dijo James mientras colocaba su brazo izquierdo sobre el respaldo de mi silla. Sin saber muy bien si su tono de voz era amistoso o burlón, decidí permanecer en silencio.
Dominique, con su sutileza habitual, se levantó de un golpe de su asiento en la otra punta de la mesa provocando que su silla cayese con un fuerte ruido.
— No te lo creerás tío Harry, pero Cam se enfadó tanto con James el otro día que lo hechizó para que cada vez que hablase se pusiese a piar como un pájaro. —Todos prorrumpimos en carcajadas menos James que, rojo por la vergüenza, fulminó con la mirada a su prima. Dominique, que a duras penas podía hablar por los espasmos de risa, intentó continuar relatando el suceso. — Se pasó dos horas piando como un polluelo frustrado. —Dominique golpeó con fuerza la mesa, lágrimas de diversión resbalaban por sus mejillas.
— Así me gusta Cam, tú mantén a raya a James. —dijo Ginny entre risas y me guiño un ojo.
A su pesar, James no pudo contener la risa y se unió a toda la mesa. Desde que había llegado a casa de sus abuelos se le veía algo más relajado y sonriente, y la tensión entre nosotros parecía haber desaparecido por completo. Desde luego, pensé, disfrutaba mucho más de su compañía cuando se encontraba en aquel estado de ánimo relajado.
La cena se prolongó hasta bien tarde. Cuando ya habíamos comido los postres, Arthur sacó un par de botellas de vino para amenizar la sobremesa. A pesar de las protestas indignadas de Dominique, que reclamaba a voces que en cuatro meses sería mayor de edad, los adultos sólo nos dejaron beber una copa.
Mientras charlaba amenamente con Albus y el señor Potter, Ginny se llevó a una enfurecida Lily, que se negaba a retirarse a dormir. Mientras dejaba reposar la copiosa comida que la abuela Molly había preparado con tanto cariño, escuché con asombro algunas de las miles de historias que el Trío de Oro guardaba en su repertorio. Escuché también divertida algunas de las historias embarazosas que Harry me contó sobre sus tres hijos cuando eran pequeñas. Sonreí con malicia al pensar en los múltiples usos que le podría dar a esas humillantes revelaciones sobre James.
A pesar de haber dormido una larga siesta, el sueño comenzó a invadirme. Con una disculpa, me despedí de los padres de James y de Rose, que en ese momento relataban cómo Albus se había puesto a llorar la primera vez que había visto a Hagrid, y me retiré de la mesa para acostarme. Dominique me siguió y juntas llegamos hasta la habitación. Roxanne y Molly descansaban desde hacía ya un rato sobre sus camas. Saqué del baúl el pijama de invierno y comencé a desnudarme para cambiarme.
— Tu familia es genial, Dom. — me pasé la camisa de franela por encima de la cabeza y me solté la coleta ya deshecha y dejé caer la melena sobre los hombros. — Nunca había visto una cena tan animada.
— Pues espérate a la cena de Navidad y a la de Noche Vieja. —dijo con una sonrisa pícara. Sonriéndole de vuelta, me metí entre las cálidas sábanas y apagué la luz.
¡Nous sommes arrivées! : ¡Hemos llegado!
Maman, papa, celle-ci est Camila, la fille de qui je vous ai parlé: Mamá, papá, esta es la chica de la que os he hablado
