Las vacaciones habían acabado ya, pero el frío gélido y las continuas nevadas nos acompañarían hasta febrero. Con desgana, nos habíamos despedido de la familia y habíamos subido al tren escarlata que nos esperaba impaciente, humeando y chirriando, deseoso de partir de una vez hacia Hogwarts. Alargamos la despedida hasta el último momento, por lo que cuando subimos al tren, apenas quedaban ya compartimentos disponibles. Logramos encontrar uno al final del pasillo, recogido del resto. Los distintos miembros de aquel numeroso clan se dispersaron para encontrarse con sus respectivos amigos, a los que no habían podido ver durante dos semanas.
Evitar a James durante los seis días de vacaciones que quedaban hasta la vuelta a Hogwarts había sido una tarea prácticamente imposible. El principal motivo era que habíamos estado viviendo bajo el mismo techo, por lo que los encuentros eran inevitables pero, el hecho de que James me hubiese estado persiguiendo a todas horas, lo había hecho aún más difícil. Durante los primeros días no fue tan complicado escabullirse, James parecía notar mi incomodidad y la respetaba a regañadientes, y al parecer él tampoco sabía muy bien qué decir tras lo sucedido. Pero tras tres días jugando al escondite, la paciencia de James pareció llegar a un límite, por lo que se esforzó con redomada fuerza en intentar acorralarme y solucionar así aquel embrollo de una vez por todas.
Finalmente, la noche anterior a nuestra partida, logró cumplir con su objetivo y me arrinconó contra el final del pasillo. Había subido a la habitación que compartía con las chicas desde el salón, donde el resto de nuestros amigos charlaba tranquilamente tras la cena, y James supo aprovechar aquel momento para seguirme e impedirme huir como había estado haciendo hasta entonces. Cuando salía de la habitación, adonde había ido para coger un jersey que abrigase más, pude ver que James me había estado esperando fuera, apoyado contra la pared del pasillo con aspecto pensativo. En cuanto me vio salir, me agarró de la muñeca y me arrastró hasta el final del pasillo, me colocó junto a la pared y se situó de manera que me cortase el paso en caso de que intentase escurrirme otra vez. Protesté en vano, sabedora de que no podía retrasar más aquel mal trago. Tras unos instantes observándonos, los dos allí de pie, cara a cara y en silencio, por fin me soltó la muñeca e inspiró hondo para reunir valor.
— Mila, tenemos que hablar. —me mordí el comentario sarcástico que estaba a punto de soltar y me recordé que él en realidad no tenía culpa de mi desliz, que no era justo pagarlo con él.— Estoy harto de que me evites. —James parecía cansado, tenía ojeras bajo los ojos y un gesto de frustración en la cara. Al parecer no era la única que le había estado dando vueltas al asunto. Esperó durante unos instantes a que respondiese, pero me había quedado sin palabras, incapaz de decirle todo lo que pensaba sobre aquello.— Mira, lo que pasó fue muy repentino, lo entiendo, pero no hace falta que te escondas. Somos adultos y podemos hablar las cosas de forma civilizada.
— James… —intenté responder, pero antes de que pudiese decir nada más, James me interrumpió, sin saber muy bien si realmente quería escuchar lo que estaba a punto de decir o no.
— ¿Te arrepientes? —soltó rápidamente, formulando la pregunta que tanto le había robado el sueño. Esperó con impaciencia el veredicto, con un gesto de vulnerabilidad, como si su vida dependiese de ella. Ni siquiera yo tenía muy claro cuál era la respuesta. Era como si me hubiese dividido en dos Camilas; una que se tiraba de los pelos por haberse acostado con su amigo, sabiendo que su corazón ya había pasado demasiados malos tragos, y otra Camila que lo único que deseaba era liberarse de los miedos e inseguridades, poder lanzarse de lleno a lo que James le había hecho sentir aquella noche.
— Esa no importa, en realidad. —James frunció el ceño, frustrado por la ambigua respuesta y no ver resueltas sus dudas.— James, lo que hicimos estuvo mal. —proseguí en un tono suave, enternecida al ver que James no era tan indiferente como quería hacer creer al resto.— Tú tienes novia, y aunque Alisa no es precisamente santo de mi devoción, creo que no es justo para ella. Y para Leo tampoco.
James me miró con intensidad durante unos minutos, molesto por sus sentimientos encontrados. Casi se podía oír el chirrido frenético de sus pensamientos al pasar por su cabeza.
—¿Qué quieres decir con eso? —al parecer el enfado había ganado la batalla. Bajé la vista y pude ver que tenía las manos cerradas en puños, descansando con fingida tranquilidad junto a sus costados. James se había acercado aún más a mí, por lo que tuve que echar hacia tras la cabeza para poder volver mirarlo a los ojos.
— Que no puede volver a pasar. —antes de que James pudiese replicar, hice un gesto con la mano para acallarlo. — Y que le debemos una explicación a Alisa y a Leo.
Esperé unos minutos a que contestase, pero James se limitó a observar la pared por encima de mi cabeza, sumido en sus pensamientos. Al ver que no respondía pero tampoco tenía intención de dejar allí el asunto, decidí proseguir, más calmada de lo que había estado desde Noche Vieja.
— James, eres uno de mis mejores amigos, y no quiero que nada lo estropee. Por eso he estado tan histérica estos días, porque me da miedo que un error como éste lo pueda echar todo a perder. —James se encogió ligeramente al oír la palabra «error», pero lo disimuló rápidamente.— Además, yo me voy a ir a España dentro de pocos meses, no tiene sentido complicarlo más. —murmuré apenada al pensar en el regreso que se acercaba cada vez más rápido.
Aunque no quise admitirlo en voz alta, durante aquellas noches, la idea de que aquel desliz pudiese llegar a algo más había cruzado mi mente en innumerables ocasiones. De nuevo las dos Camilas, una regida por la razón y la otra por el corazón, luchaban por ganar aquel tira y afloja. Pero al final ninguna de las dos conseguía ganar terreno y darme una respuesta clara.
— Supongo que entonces no tiene sentido seguir hablando de ello. —sentenció finalmente, recuperando algo de compostura y con una ligera sonrisa asomando.— Es sólo que te he echado de menos estos días, no me gusta cuando pasas de mí. —se pasó la mano por la nuca, algo avergonzado por sus últimas palabras. Reí con ganas, a pesar del tono serio y delicado que había teñido nuestra conversación segundos atrás.
— Yo también te he echado de menos. —sorprendiéndome y sorprendiendo al propio James, lo abracé con naturalidad, contenta de poder volver de nuevo a la relación que habíamos tenido hasta entonces. Aunque en el fondo, la Cam menos racional me gritaba que aquello justo acababa de empezar, y que fingir que no había ocurrido no borraría el recuerdo.
Rose, que había estado sentada con nosotras un rato en el compartimento, se levantó para ir a buscar a sus amigos, despertándome de mi ensimismamiento y devolviéndome a la realidad. Maya y Leah se nos habían unido hacía escasos minutos sin que yo me hubiese dado cuenta y hablaban ahora animadamente con Dominique sobre sus respectivas vacaciones.
Roxanne, tan perspicaz como siempre, se había percatado de mi momento de retracción y me observaba con cautela, pareciendo averiguar sobre qué pensaba. Ladeó levemente la cabeza para preguntarme si me encontraba bien, pero me limité a responderle con un sutil asentimiento de cabeza. Dominique, que al parecer no era menos perspicaz que su prima, se había dado cuenta del breve intercambio y nos miraba inquisitivas. Finalmente, sin poder contenerse más, interrumpió el relato de Leah sobre el insufrible día de Navidad que había tenido que pasar junto a sus primos pequeños, y se giró hacia nosotras.
— ¿Cuándo vas a dejar de darle vueltas al tema? —preguntó la rubia con exasperación, pero con un ligero tono de preocupación. Suspiré pesadamente a la vez que Maya y Leah se inclinaban para incluirse en la conversación.
— No le estoy dando vueltas a nada. —contesté con desgana. Dominique alzó una ceja en un gesto sarcástico e incrédulo, dándome a entender que no se creía ni una sola palabra que había dicho.
— Pero, ¿ya lo has hablado con James, no? —preguntó dubitativa Leah, que al igual que Maya se había enterado por carta de los hechos, pero que no conocía en profundidad toda la historia que había detrás.
— Ahá, lo hablamos ayer y quedamos como amigos. —Dominique resopló sonoramente, declarando de forma no verbal que aquella era la mayor tontería que había escuchado jamás.
— Lo tenéis claro James y tú. —añadió con sorna, pero se calló en cuanto vio la mirada envenenada que lancé en su dirección.
— ¿Creéis que se lo contará a Helm? —preguntó Maya pensativa, alejando la atención de mi persona y mis sentimientos al percatarse de mi incomodidad. Roxanne me miró, como si yo tuviese todas las respuestas en lo que concernía a James. Me limité a encogerme de hombros, dando a entender que no habíamos hablado sobre eso.
— ¡Está claro! —exclamó Dominique como si fuese la mayor obviedad.— Esta es la excusa perfecta para poder dejarlo y deshacerse de ella de una vez. —dijo, declarando su evidente animosidad por la novia de su primo.
— Lo dices como si confesar una infidelidad fuese tan fácil. — dijo Roxanne y la miró con el ceño fruncido por su poco tacto. Dominique se giró hacia mí con una mirada de disculpa. Sonreí de forma tranquilizadora e intenté ignorar de nuevo el ramalazo de culpabilidad que en ocasiones me invadía cuando salía el tema.
— ¿Has hablado ya con Leo? —preguntó Leah con algo más de tacto. Negué con la cabeza y las chicas se miraron entre sí, comunicándose en silencio con la mirada.
— He intentado no encontrármelo en el tren. No sabría que decirle. —contesté mientras dirigía de nuevo la vista hacia el paisaje que se escurría a través de la ventana.
Las chicas decidieron que lo mejor sería dejar el tema allí y retomaron su animada charla sobre las vacaciones mientras me lanzaban miradas de reojo de tanto en tanto. Mientras observaba los campos cubiertos de nieve y el sol que ya comenzaba a esconderse por el oeste, recordé las varias cartas que Leo me había enviado, que con tanta cobardía había decidido ignorar, tras el escueto mensaje que le había hecho llegar.
Leo no se pasó por nuestro compartimento en todo el viaje, demasiado ocupado, quizás, poniéndose al día con sus amigos, o demasiado resentido por no haber recibido respuesta a sus cartas. En ellas me había preguntado en repetidas ocasiones qué me pasaba y el porqué de aquel mensaje tan críptico y que no parecía augurar nada nuevo.
Cuando la oscuridad nos había envuelto por completo y ya no se podía distinguir nada a través de las ventanas, el tren emitió un silbido y paró en seco. Nos levantamos, ya vestidas con el uniforme, y dejamos atrás el compartimento para dirigirnos hacia Hogwarts. Mientras caminábamos entre la marabunta de alumnos que ocupaban el andén y que se dirigían hacia los carruajes, pude distinguir a lo lejos la cabeza de James, cubierta del pelo despeinado e indomable que tanto le caracterizaba (y tan parecido al de su padre), pero de la de Leo, que no era tan alto, no había ni rastro. Suspiré, aliviada en el fondo por tener unos minutos más de paz antes de tener que enfrentarme a él.
Media hora después llegamos al castillo, y enseguida nos dirigimos al Gran Salón, donde los profesores nos esperaban ya sentados en su mesa, más elevada que el resto. La directora Canavan dio un breve discurso y enseguida las mesas se llenaron de platos calientes y de aspecto suculento. Comimos con ganas, compartiendo los últimos cotilleos sobre los idilios amorosos o los rumores absurdos del resto de alumnos. Durante toda la cena, noté la mirada de Leo posada sobre mi nuca, que no había dejado de observarme con intensidad durante toda la noche desde la mesa de Slytherin, de seguro preguntándose cuál era el motivo de mi repentino cambio. Me obligué a no girarme y cruzar miradas, a sabiendas de que si lo hacía, acabaría por flaquear y todo el valor que había reunido para enfrentarme a él se esfumaría en un instante.
Una vez hubimos saciado nuestros estómagos, nos levantamos de la mesa y nos dirigimos hacia las escaleras para subir hasta la Torre de Gryffindor. Leo se nos acercó rápidamente por atrás. En cuanto había visto que nos marchábamos, se había levantado con decisión para alcanzarnos y hablar conmigo.
— ¡Cam, espera! —gritó mientras corría hacia nosotras. Me giré con cautela hacia él, con un nudo en la garganta y una sensación de vértigo en el estómago. Las chicas me miraron con preocupación, dudando entre intervenir o no. Les hice un gesto para que se adelantasen y miré hacia Leo, que ya se había colocado frente a mí. Aquella situación me recordaba terriblemente a la que había vivido el día anterior con James.— ¿Por qué no has contestado mis cartas? —Leo parecía enfadado de verdad, algo que no había visto hasta entonces en él, acostumbrada a su carácter tranquilo y cálido.— Tu última carta me dejó muy preocupado.
Eché un vistazo al pasillo, que a pesar de que ahora estaba vacío, en pocos minutos comenzaría a llenarse con alumnos que regresaban a sus respectivas Casas. Cambié el peso de un pie al otro y lo miré con inquietud.
— ¿Podemos ir a un sitio más privado? —Leo me miró alarmado por el hecho de que aquella conversación fuese tan delicada que no pudiese ser escuchada por oídos indiscretos, pero se limitó a asentir y a indicarme con la cabeza que lo siguiese.
Caminamos en silencio, yo un par de pasos detrás de él, hasta alcanzar un pasillo desierto. El sonido de nuestros pasos retumbaba contra las paredes de piedra, por lo demás, el silencio era absoluto, lo cual sólo logró ponerme aún más nerviosa. Algunos de los cuadros nos miraron desde los lienzos que ocupaban pero no dijeron nada.
— ¿Aquí va bien? —preguntó sarcásticamente, cada vez más molesto. Asentí débilmente y carraspeé para encontrar la voz de nuevo.
— Merlin, no sé cómo decirte esto. —bajé la vista, incapaz de mirarle a los ojos. Leo se removió inquieto por la seriedad del asunto, incapaz de esperar más.
— ¿Decirme qué? —apremió impaciente. Inspiré aire con fuerza para reunir valor, pero noté que las lágrimas comenzaban a pugnar por salir.
— Lo siento. —dije en una voz apenas audible. Leo se inclinó sobre mí para poder oírme bien.— No puedo seguir viéndote, no me he portado bien contigo. Me he acostado con alguien. —esto último lo dije mientras soltaba todo el aire, por lo que a Leo le costó entenderlo.
Cuando finalmente comprendió lo que había dicho, apretó la mandíbula con un gesto de rabia y cerró las manos en puños, en un intento de contenerse y no gritarme allí mismo. Por un lado, la Cam racional se encogió de culpabilidad ante su reacción; por otro, la Cam más valiente se indignó ante aquel gesto de celos, teniendo en cuenta que en realidad no habían llegado a ser pareja nunca. Leo exhaló con fuerza y pronunció la pregunta entre dientes:
— ¿Con quién? —negué con la cabeza, sin estar dispuesta a delatar a James, a pesar de que tarde o temprano acabaría por enterarse.— Ha sido con Potter, ¿verdad? —escupió su apellido con rabia y me miró con furia, reatándome a contradecirle. Abrí la boca para desmentirlo pero Leo me hizo entender con la mirada que no hacía falta negarlo.
Permanecimos unos instantes en silencio. Yo, acobardada y sintiéndome culpable, esperando a que Leo descargase toda su frustración y rabia sobre mí. Sin embargo, Leo permaneció sumido en sus pensamientos, apretando los puños de vez en cuando y sin dignarse a mirarme a la cara. Finalmente, volvió a posar los ojos sobre los míos y se inclinó para que pudiera escuchar bien lo que tenía que decir. Aquel gesto amenazador, y tan poco propio de él, consiguió erizarme el bello.
— Para nada me esperaba algo así de ti. —siseó con enfado, pero más calmado. Se giró abruptamente y se alejó por el pasillo a zancadas, dejándome parada en aquel pasillo a solas, sintiendo las miradas de reproche y acusatorias de los cuadros que habían escuchado la conversación.
Perdón por las casi dos semanas de retraso, pero es que últimamente he estado muy ocupada con la uni.
Espero que os haya gustado el capítulo.
Dadme vuestras opiniones en las review, siempre me hacen mucha ilusión :)
