Siento la tardanza, pero es que la uni no me deja casi tiempo para escribir :(

Disclaimer: Harry Potter no me pertenece a mí sino a J. K. Rowling.


Después de la cena, me despedí de las chicas y me dirigí con desgana hacia el despacho del profesor Pearce. Los alumnos se encaminaban a su respectivas Casas para descansar y charlar un rato antes de acostarse. A medida que me acercaba al pasillo donde la mayoría de los despachos se encontraban, el número de alumnos iba disminuyendo considerablemente, hasta quedar desierto. Finalmente me situé frente a la puerta de Pearce y llamé dos veces con los nudillos.

—¡Adelante! —se oyó su voz desde dentro. Sin perder el tiempo, abrí la puerta y me asomé con timidez.

Pearce se encontraba situado detrás de su escritorio, sentado en una mullida silla de cuero, corrigiendo una pila de redacciones que tenía amontonada a su derecha. Con rapidez, paseé la vista por el despacho y observé que James no había llegado todavía. Maldiciendo por dentro el pasotismo de James, me fui a sentar en una de las sillas que el profesor había indicado con un gesto de manos.

—Buenas noches, señorita Herrero. —dijo el profesor con severidad.— ¿Dónde se encuentra su compañero, Potter? —me encogí de hombros algo intimidada y Pearce frunció el ceño aún más.

Esperamos unos minutos más en silencio hasta que James se dignó a presentarse, diez minutos tarde, con toda la tranquilidad del mundo. Pearce dejó escapar un suspiro de resignación y dejó a un lado la redacción que había estado corrigiendo.

— Llega tarde, Potter. Media hora más de castigo, para los dos. —Aquello último lo dijo dirigiendo su mirada hacia mí, como retándome a que protestase. Con un gruñido miré con enfado a James, que se limitó a encogerse de hombros sin un ápice de arrepentimiento.

— Lo siento, profesor. —a pesar de sus palabras, James no sonaba sincero en absoluto. Pearce levantó una ceja pero decidió no contestar a su provocación. Supongo que la experiencia le había enseñado que era inútil enseñar a James lo que era la modestia y el respeto por las autoridades. Dejé escapar un suspiro muy parecido al del profesor.

—Siéntese. —James obedeció y se dejó caer en la otra silla con toda la seguridad del mundo. Pearce dejó escapar un resoplido contrariado y se dispuso a recoger las redacciones que había estado corrigiendo.— Para su castigo se encargarán de ordenar el armario con los ingredientes para las pociones.

James frunció el ceño contrariado y Pearce le dedicó una mirada de advertencia. A pesar de que a mí tampoco me parecía la manera más agradable de pasar el resto de la noche, decidí no enervar más al profesor.

— Entréguenme las varitas. —dijo con tono autoritario y alargó las dos manos para que depositásemos allí nuestras varitas. James cumplió sin rechistar, pero sin abandonar el aire de rebeldía y desobediencia que siempre parecía llevar cuando estaba con el profesorado (excepto con Longbottom, claro, que era amigo de la familia, y con McGonagall, que parecía ser la única que lograba intimidarlo). Al cabo de unos instantes hice lo mismo, sintiéndome algo desnuda sin llevar la varita encima.

Pearce se las guardó en el bolsillo de la túnica y se levantó de la silla. Con un leve gesto de la cabeza nos indicó que lo siguiésemos. Varios metros por delante, Pearce nos guió hasta la mazmorra, mientras James y yo caminábamos detrás con resignación.

— ¿Cómo se te ocurre llegar tarde? —le susurré con enfado e incredulidad, procurando que Pearce no nos escuchase. James se encogió de hombros y siguió caminando con las manos detrás de la cabeza.

— He intentado llegar pronto, pero me he entretenido con alguien de camino al despacho. —James no quiso dar más detalles, e intuí que aquél «alguien» probablemente había sido Helm. Decidí no insistir más y continuamos caminando hasta llegar por fin al aula de Pociones.

Pearce abrió las puertas de madera y se giró hacia nosotros con un gesto severo.

— Volveré dentro de dos horas. Quiero que organicen los ingredientes como siempre se los encuentran en clase. No lo hagan de mala gana porque entonces tendrán que hacerlo de nuevo en otro castigo. ¿Me han entendido? —Pearce nos estudió con los ojos entrecerrados a la par que James y yo asentíamos con resignación.

Nos dejó pasar al aula y James y yo nos dirigimos al fondo rápidamente, al armario donde se encontraban las provisiones para las clases de Pociones. Oímos como Pearce trancaba la puerta con llave y sus pasos alejándose por el pasillo.

— ¿Era necesario que cerrase la puerta? —pregunté indignada. James sonrió burlonamente y puse los ojos en blanco, sabiendo que la desconfianza de Pearce probablemente nacía de algún castigo anterior con James.— Déjalo, conociéndote, seguro que es culpa tuya. Los pobres profesores deben de tener pesadillas cada noche.

James echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una risa genuina, contagiándome enseguida. A pesar de que lo que menos me apetecía en aquel momento era estar en aquella mazmorra fría y húmeda, ordenando ingredientes viscosos y de dudosa procedencia, estaba contenta de que al menos me había tocado sobrellevar la condena con James.

— Anda venga, acabemos con esto. —dijo James mientras se dirigía al armario. Lo seguí y cogí la escalera de madera para poder organizar los botes y saquitos que había en las estanterías más altas, las cuales casi tocaban el techo de piedra.

Sin intercambiar demasiadas palabras, entramos en una rutina tranquila, sumidos en un silencio cómodo y cómplice. Subida en la escalera, le entregaba los botes de cristal que él rellenaba, en caso de que estuviesen medio vacíos, con los ingredientes que había en las cajas del suelo. Luego me los volvía a entregar y yo los colocaba de nuevo pulcramente en la estantería.

Al cabo de una media hora, eché un vistazo hacia James, que en esos momentos estaba rellenando un bote con ojos de pez de globo. A pesar de nuestro metódico procedimiento, avanzábamos con algo de lentitud. James se había sumido en sus pensamientos desde que habíamos comenzado a trabajar, y llevaba el mismo gesto taciturno que había mostrado los últimos dos días.

— ¿Me vas a decir de una vez qué es lo que te pasa? —pregunté con algo de molestia. James tenía la mala costumbre de cegarse por los problemas, sin hablar nunca de ellos para desahogarse. O al menos eso era lo que había aprendido de él desde nuestra charla en Navidades. James levantó la vista sorprendido pero no dijo nada.— Puede que el resto de tu familia no se haya dado cuenta, pero yo tengo dos ojos en la cara.

James se rió y me entregó el botecito de ojos, que enseguida coloqué junto a las hojas de ortiga.

— Creo que están tan acostumbrados a mis cambios de humor, que ya no saben muy bien cuál es mi estado natural. —Volvió a reír pero esta vez sin humor. Aparté la vista unos instantes para entregarle una caja de colas de rata medio vacía.

— La verdad es que a veces puedes ser bastante desquiciante. —le sonreí y el sonrió de vuelta, cogiendo la caja que le ofrecía.— Pero normalmente sueles ser una persona más divertida.

James se llevó una mano al pecho con dramatismo y se dispuso a buscar las colas de rata para rellenar la caja. Esperé con paciencia a que James decidiese hablar, sin estar dispuesta a dejar pasar esa charla un minuto más. Finalmente James me miró de nuevo y suspiró, sabiendo que no tenía escapatoria.

— Hace dos días lo dejé con Alisa. —contestó con el ceño fruncido. Permanecí en silencio, sin saber muy bien que decir.

— ¿Cómo se lo tomó? —pregunté con inquietud. Si había reaccionado como Leo, entendía perfectamente el porqué de su humor sombrío de los últimos días.

— Bastante mal, la verdad. —apoyó una mano en la escalera de madera para que ésta no se moviese mientras yo levantaba el brazo para alcanzar otro de los botes de la estantería.— Aunque no sé por qué se sorprende tanto, es lo que llevamos haciendo desde que comenzamos a salir.

— ¿Cortar y volver constantemente? —pregunté con ironía intentando hacerle reír. Para mi desgracia, sólo logré sacarle una ligera sonrisa.

— Eso y discutir cada minuto del día. —se pasó una mano por el pelo, despeinándoselo de una forma que me recordó a su padre y a su hermano. Al parecer el look despeinado estaba de moda entre los Potters, pensé con diversión.

Volvimos a caer en un silencio cómodo, los dos pensando en profundidad sobre lo que habíamos estado hablando. Sin embargo, no acababa de poder disipar la inquietud que me producía el interrogante que todavía no me había respondido James. A sí que finalmente reuní el coraje para preguntárselo yo misma:

— ¿Qué motivo le diste para romper? —James me miró como si no acabase de entender la pregunta. O como si no quisiese responderla. Fruncí el ceño y suspiré con exasperación.— Me refiero a que si le contaste lo nuestro.

James volvió a pasarse una mano por el pelo, despeinándoselo aún más. Desvió la mirada mientras jugueteaba inquietamente con un hilo que pendía de la manga de su jersey.

— No. —contestó al fin. Le lancé una mirada de incredulidad y él se limitó a encogerse de hombros.

— ¿Qué le dijiste entonces? —pregunté molesta con él. ¿Cómo no había tenido la decencia de decirle lo que había pasado?

— Simplemente le dije que lo nuestro era una tontería. —se puso a buscar entre las cajas de ingredientes para evitar tener que mirarme a la cara. Suspiré con molestia, odiaba cuando James no era capaz de enfrentar a sus problemas.— Al principio se lo tomó como una de nuestras muchas rupturas. —prosiguió, esta vez mirándome a los ojos.— Pero al ver que han pasado dos días y todavía no nos hemos reconciliado, ha venido a hablar conmigo.

— ¿Por eso has llegado tarde al despacho, no? —pregunté mientras bajaba un peldaño de la escalera para reorganizar la estantería de abajo.

— Ahá. Le dije que esta vez era en serio. Se ha puesto como una banshee. —dijo con un tono de diversión y un brillo de picardía en los ojos.— Se ha ido gritando por los pasillos que ojalá me tragase el Calamar Gigante. —los dos prorrumpimos en carcajadas, logrando aliviar la ligera tensión que había inundado el aire.

— Sí, tus primas y yo seguimos creyendo que tienes un gusto peculiar a la hora de elegir pareja. —contesté con humor.

— No eres la más indicada para hablar. —me devolvió la pullita con un gesto de suficiencia muy irritante.

Touché, aunque Leo no era mi pareja exactamente. —James se rió y cogió el bote de cristal con espinas de puercoespín que le ofrecía.

— Gracias a Godric. —susurró con ironía. Le lancé una mirada envenenada pero no pude evitar reír.

— Sigo pensando que deberías decírselo. —James me miró confuso por el cambio radical de tema. Su rostro adquirió un gesto de seriedad al recordar de qué habíamos estado hablando antes de que comenzásemos a lanzarnos comentarios sarcásticos sobre nuestras vidas amorosas.

— ¿Para qué? Tú sólo has conseguido que Hughes te persiga por los pasillos lanzándote dagas con los ojos. —respondió con resentimiento James.

— Porque es lo justo. —respondí molesta ante su tono y su pasividad.— Creo que Helm tiene derecho a saber que ese es el verdadero motivo por el que habéis roto. —conteste con más mordacidad de la que deseaba.

— No todos podemos ir por la vida haciendo siempre lo correcto. —respondió con sequedad. Se pasó una mano por el pelo, arrepentido ligeramente por su tono. Fruncí los labios en una fina línea y me mordí la lengua para no soltar otro comentario que estropease más la situación.

Seguimos ordenando la estantería, pero esta vez en un silencio tenso y poco cómplice. Suspiré cansada. Por fin habíamos logrado dejar de lado la incomodidad para poder retomar nuestra amistad despreocupada y ya estábamos estropeándolo otra vez.

Al cabo de unos minutos pude oír como James suspiraba a mis espaldas.

— Oye, Mila, lo siento, no quería sonar tan brusco. —James dirigió sus ojos marrones a los míos y me sonrió con arrepentimiento.

—No, tienes razón, lo que haya entre Alisa y tu es asunto vuestro, no mío. No debería ir diciéndote lo que debes hacer. —contesté aliviada por poder solucionar aquel bache con él.

— Ahá, pero debería habérselo dicho. — me alcanzó un saco de semillas de ricino y lo coloqué en la estantería con cuidado.

— Bueno, eso ya da igual, acabará enterándose tarde o temprano. —contesté con resentimiento.— Es increíble la facilidad con la que se entera la gente de este colegio de los asuntos ajenos.

Noté que un ligero pánico me sobrevenía. Aunque lo había dicho en broma, hasta ahora no había caído en la cuenta de que probablemente tenía razón, y que en un par de semanas el colegio entero se habría enterado de nuestra indiscreción. Sin querer pensar en lo qué podría ocurrir en ese caso, dirigí la mirada de nuevo hacia James.

Me lo encontré inclinado sobre la escalera, justo debajo de donde yo estaba, asomando la cabeza por debajo de mi falda. Notando como mi cara se ponía igual de colorada que el emblema de Gryffindor, solté la mano de un lado de la escalera para poder cubrirme el culo con la falda. James estalló en carcajadas y agarró con firmeza la escalerilla, que se había desestabilizado con mis movimientos repentinos.

— ¿En serio, James? —contesté aún más roja que antes. James continuó riendo, contemplando con ojos entrecerrados mi cara de mortificación.

—No sé por qué te pones así, Mila, si ya lo he visto todo. — decidí arriesgarme a exponer mi culo y levanté la mano que me lo tapaba para darle un colleja. Como siempre, James acabó por contagiarme la risa y acabé uniéndome a sus carcajadas.

Prometiendo que se comportaría, se alejó de la escalerilla y decidimos continuar trabajando. Mientras revolvía entre los distintos ingredientes de la estantería y me preguntaba cuánto quedaría para que acabasen las dos horas de castigo, oí como James se reía entre dientes con disimulo.

— ¿Qué es lo que te hace tanta gracia ahora, Potter? —me giré hacia él y levanté una ceja, mientras contemplaba como James sacudía la cabeza y se seguía riendo.

— Nada, sólo pensaba que me gusta más como te queda el encaje. —volvió a estallar en carcajadas al ver mi indignación.

— Eres imposible. —contesté con un deje de diversión en la voz. James se limitó a mover las cejas de forma sugerente y en lo que pretendía ser un gesto seductor.

Nos callamos repentinamente al oír como alguien introducía unas llaves en la cerradura. James se puso a rebuscar frenéticamente entre las cajas mientras yo fingía que seguía organizando los botes de cristal.

Pearce entró en la mazmorra y nos dirigió una mirada de sospecha, sin acabar de creerse que llevásemos dos horas de castigo sin cruzar una sola palabra.

— Están despachados. —dijo con algo de sequedad.

James me dirigió una mirada divertida y me ofreció la mano para ayudarme a bajar de la escalerilla. Intentando contener la risa, nos dirigimos hacia la puerta donde Pearce nos esperaba de malhumor para poder cerrar la puerta y devolvernos las varitas.

— Espero no volver a verles intercambiando notitas en mis clases. —añadió con sequedad. Nos limitamos a contestar con una serie de murmullos y nos alejamos por el pasillo antes de que Pearce se arrepintiese y decidiese ponernos otro castigo.

Cuando llegamos a la Sala Común, las luces estaban apagadas y el fuego en la chimenea se había reducido a brasas. Todos los alumnos se habían ido ya la cama, a pesar de que no debía llegar a ser medianoche, pero estábamos a miércoles, así que era comprensible.

— Nos vemos mañana, Mila. —dijo con una sonrisa mientras me revolvía el pelo.

—Buenas noches, James. —sonreí de vuelta y me giré para subir las escaleras hacia el dormitorio de chicas de séptimo.

Sin saber muy bien por qué, cuando ya había subido a la mitad de las escaleras, noté el súbito impulso de mirar hacia atrás para comprobar si James había desaparecido ya hacia el otro dormitorio.

Sin embargo, cuando me giré, me encontré con que James seguía allí, apoyado en la barandilla como escasos instantes atrás, con un aire despreocupado y el pelo despeinado como siempre. La sonrisa desapareció de mi rostro en cuanto vi hacia dónde dirigía la mirada.

—¡Deja de mirarme el culo! —exclamé entre divertida y exasperada. James se rió y apartó la mirada de mis posaderas para mirarme por fin a los ojos.

—Imposible, amor. —agradecí que la oscuridad ocultase el rubor que aquel mote cariñoso me había producido. James me guiño un ojo y se dirigió con paso tranquilo hacia las escaleras de su dormitorio.


Intentaré publicar el próximo capítulo lo antes posible.