Los días de enero se escurrían con rapidez. El viento cargado de copos de nieve golpeaba con fuerza contra nuestros rostros, dejándolos enrojecidos por el frío. El césped que rodeaba el castillo y el lago estaba cubierto de una espesa capa de nieve inmaculada. Cubiertas en varias capas de ropa, Leah, Maya y yo presenciábamos otra de las prácticas de Quidditch de nuestra Casa. Los miembros del equipo parecían pequeñas hormigas montadas en escobas que volaban a lo largo del campo. A lo lejos se podían oír las órdenes de James, amortiguadas por el fuerte viento que soplaba.

— ¿Creéis que ganaremos el partido contra Hufflepuff? —preguntó Leah mientras se frotaba las manos enguantadas para entrar en calor.

— No lo sé. Sólo quiero que se termine esta tortura ya. —Contesté sin apartar la mirada de Dominique, que en esos momentos atrapaba la Quaffle que Nathan, otro de los Cazadores, le había lanzado.

— Y lo dices tú, que ni siquiera estás jugando. —Leah dejó escapar un resoplido divertido. Una ráfaga de viento le revolvió el pelo castaño, despeinándola más de lo que ya estaba.

— Al menos hoy James no ha decidido poner el entrenamiento a las seis de la mañana. —añadió Maya distraída, mirando más allá del campo y de los jugadores.

Durante media hora más observamos a los jugadores poner en práctica diferentes estrategias de juego, con vistas al próximo partido que tendría lugar contra Hufflepuff a finales de ese mismo mes. Algunas fans (sobre todo de James) nos acompañaban en las gradas, exclamando de tanto en tanto, cuando alguno de los jugadores (en especial James), realizaba alguna jugada excepcional o marcaba un gol. Finalmente, James sopló el silbato que siempre llevaba colgado del cuello durante los entrenamientos y dio por terminado el día.

Los jugadores enseguida descendieron y desmontaron de sus escobas, ansiosos por una ducha caliente y reconfortante. Leah y yo nos levantamos para seguirlos hasta el vestuario y esperarlo, como hacíamos siempre que decidíamos hacer acto de presencia en uno de sus entrenamientos.

— ¿Te quedas a ver entrenar a Aiden? —Pregunté girándome hacia la rubia. Maya asintió distraída y se arropó con ganas en su abrigo, esperando a que saliesen los jugadores de verde que en aquellos momentos se cambiaban en los vestidores.

Con pesadez, descendimos las gradas cubiertas de nieve y nos dirigimos a las puertas de los vestuarios, por donde los jugadores ya habían desaparecido.

Durante media hora esperamos con tranquilidad, mientras Leah me explicaba con ojos brillantes los sucesos durante su última cita con Seth. Animada, me contaba la cena romántica que le había organizado en las cocinas.

Unos fuertes gritos apagaron nuestras voces repentinamente y con alarma nos giramos hacia la puerta que daba paso al vestuario de los chicos. Un alarmado Thomas Brick salió como un huracán por la puerta, dándole a ésta un portazo en el proceso y buscando frenéticamente con la mirada.

En cuanto nos avistó, se dirigió a grandes zancadas hacia nosotras, ignorando el hecho de que iba vestido únicamente con sus pantalones; sin zapatos ni camiseta.

— ¡Herrero! ¡Tienes que entrar allí ahora mismo! —sin darme tiempo a replicar, Thomas me agarró del brazo y me arrastró hacia el vestuario de hombres. Me giré hacia Leah con un gesto de confusión en la cara, pero la morena se limitó a responder con otro gesto de absoluto desconcierto. Luchando por no tropezar, seguí con aturdimiento al robusto Guardián de Gryffindor, intentando ignorar el hecho de que estaría rompiendo varias normas del colegio y que, en unos instantes, estaría rodeada de varios chicos hormonales y desnudos.

Sin embargo, nada más entrar en los baños, todas aquellas tonterías se esfumaron en un instante de mi mente. Justo delante de la puerta, rodeados por unos confusos miembros del equipo rojo y del verde, estaban James y Leo enzarzados en una acalorada discusión verbal que pronto llegaría al cuerpo a cuerpo.

— ¡No eres más que una retorcida serpiente! —escupió James con rabia, haciendo alusión al emblema de Slytherin. Tenía el rostro rojo como el uniforme que todavía no se había quitado. Leo, con la nariz a escasos centímetros de la de James, presentaba un aspecto bastante parecido.— ¡Más te vale que te cierres el pico si no quieres acabar mal!

Leo apartó con brusquedad la mano de James que agarraba con fuerza por el pecho su uniforme. James cerró los puños en respuesta, haciendo grandes esfuerzos por aguantar las ganas de llevar la discusión a un plano más físico.

— ¿Por qué, Potter, es que no te gusta oír la verdad? —ante aquellas palabras, James se puso visiblemente más rojo y tuvo que ser agarrado por Thomas, que sin que yo me diese cuenta se había situado detrás de él, para no abalanzarse sobre el rubio.

Decidiendo que ya era hora de intervenir, di un paso hacia delante, acercándome a los dos chicos pero sin atreverme a posicionarme entre ellos y arriesgarme a recibir yo misma un golpe.

— ¿Qué pasa aquí? —ignorando a Leo, dirigí la pregunta hacia James, que al oír mi voz giró su cabeza hacia mí. Con rabia, se pasó una mano por el pelo, dándole aún más aspecto de lunático.

— Mira, Potter, Camila ha decidido venir a tu rescate. —comentó con sorna Leo, sus ojos ahora puestos en mí. Con una sonrisa burlona se volvió a colocar bien el uniforme que James había arugado.— Justo hablábamos de ti.

Con el ceño fruncido, interrogué con la mirada a Leo, decidida a saber qué era lo que había disparado todo aquello. Leo dejó escapar una risita cargada de malicia antes de contestar.

— Justo le estaba contando a mi equipo lo bien que se te está dando integrarte en el colegio. —con una sonrisa y una mirada que no correspondían en absoluto a las que semanas atrás me había dedicado, Leo hizo un gesto con la cabeza hacia su equipo, que observaba con incomodidad el intercambio.— Tanto que incluso acabas en la cama de varios alumnos. —noté como la sangre abandonaba mi rostro y como varios miembros del equipo de Slytherin susurraban entre ellos.

Sin previo aviso, James logró zafarse del agarre de Thomas, que se había distraído momentáneamente por las palabras del rubio, y le plantó un fuerte puñetazo en la mandíbula de Leo. Por toda la sala retumbaron las exclamaciones de sorpresa de los presentes.

Leo se llevó una mano a la cara y soltó un gemido de dolor. James sacudió la mano varias veces, con los nudillos doloridos por el impacto.

— ¡Cállate la puta boca! —exclamó James. Me llevé una mano a la boca, sorprendida por lo que había sucedido y afligida por lo que Leo acababa de implicar con sus palabras cargadas de veneno.

— Es una guarra sin escrúpulos, no pienso callarme nada. —siseó Leo con la mano todavía sobre su mandíbula magullada, que ya comenzaba a hinchare y a adquirir un tono rojizo.

En cuanto James hizo el ademán de volver a lanzar un puñetazo contra el rostro de Leo, Thomas y Nathan lo agarraron por ambos brazos y lo arrastraron fuera del vestuario mientras éste lanzaba improperios contra el aire.

El silencio reinó repentinamente en el vestuario, todos los pares de ojos puestos sobre mí. Leo me miró con altivez, esperando a que dijese algo en mi defensa o que saltase de la misma forma que James había saltado.

Sin embargo, por muy Gryffindor que fuese, la vergüenza y la mortificación pudieron con cualquier atisbo de valentía que pudiese tener. Sin decir nada, y con la vista puesta en el suelo para no tener que ver las miradas de acusación o de lástima, salí por la puerta.

Fuera me esperaban un James más calmado, que sin embargo apretaba la mandíbula con fuerza para intentar contenerse y no entrar de nuevo en el vestuario, y las miradas compasivas de Leah, Dominique, Roxanne y Maya, que se había acercado hasta los vestuarios al ver la tardanza del equipo de Slytherin en salir a jugar.

— Cam, ¿estás bien? —Dominique me preguntó con suavidad. Se acercó y me envolvió en un abrazo reconfortante al ver mi rostro pálido.

Por encima de su hombro pude ver que James tenía la mirada puesta en mí. Tenía el pelo alborotado de las muchas veces que se había pasado la mano por la cabeza, las mejillas sonrojadas por la rabia y los ojos con un brillo peligroso. Permaneció de pie, con el cuerpo tenso y la mano derecha enrojecida en la zona de los nudillos.

Murmuré un quedo asentimiento y me dejé guiar por Dominique hacia el castillo. Sin embargo, una mano me agarró del codo y me impidió seguir avanzando. James me dio la vuelta con facilidad y me colocó frente a él.

— ¿Es que no vas a decirle nada? —miró de reojo a Leo, que había salido ya del vestuario y observaba de lejos la escena con una sonrisa burlona en la cara.— Acaba de llamarte guarra delante de todo el equipo. Es más, acaba de insinuar que te has acostado con varios. Para la hora de la cena todos se habrán creído esa gilipollez y pensarán como él. —James susurraba a la vez que gesticulaba con fuerza.

— A lo mejor es que tiene razón. —murmuré con pesadumbre, arrepintiéndome de mis palabras en cuanto vi cómo el ceño de James se fruncía aún más.

— ¿En serio, Mila? No pensaba que eras de las que se auto compadecen y se dejan humillar públicamente por cretinos. —James volvió a pasarse la mano por el pelo mientras me miraba con una intensidad que solo mostraba en raras ocasiones. Sin entender muy bien el motivo, noté como una rabia comenzaba a nublar mi mente.

— Bueno, yo tampoco le he pedido a nadie que me defienda. No necesito que seas mi fiel protector. —Leah, que escuchaba la conversación a unos pocos pasos, abrió la boca con asombro, mientras Roxanne negaba la cabeza con tristeza. Demasiado enfadada y orgullosa para retractarme, observé como James permanecía en silencio durante unos instantes, con aquel brillo peligroso en la mirada cobrando más fuerza.

— Te juro que a veces no te entiendo. —a pesar de la rabia que destilaban sus palabras, su tono era suave.— Arréglatelas tu sola entonces.

Sin decir nada más, pasó por mi lado y se encaminó solo hacia el castillo, ignorando los gritos de Nathan. Con rabia, me pasé una mano por la mejilla para ocultar la lágrima que comenzaba a caer.


— Tía, te has pasado muchísimo. —a pesar de lo mucho que dolían, agradecí las palabras honestas de Dominique, que no tenía ningún problema en decir lo que pensaba.

— Lo sé. —contesté con la mirada fija en el plato, mientras jugueteaba con el tenedor.— Es solo que me siento muy inútil, como si no tuviese nada que decir en esto.

— Claro que tienes algo que decir. Le tendrías que haber dicho cuatro cosas a ese cerdo de Hughes en cuanto te llamó guarra. —muy a mi pesar, sonreí ante los efusivos gestos de Dominique y las miradas envenenadas que lanzaba cada dos minutos a la mesa de Slytherin.

Con disimuló miré hacia mi derecha, donde James cenaba junto a Rhys y algunos otros compañeros. Con un humor parecido al mío, asentía distraídamente a lo que Rhys le contaba.

— Creo que entiendo lo que quieres decir. —añadió Roxanne al ver que no contestaba. Dominique la miró ofendida pero dejó que continuase.— Lo que Cam nos intenta explicar, Dom, es que hasta ahora Hughes y James son los únicos que han tenido voz en todo este asunto. Hughes para insultarla y James para defenderla como si fuese una niña de tres años, o para acusarla de ser una cobarde.

Agradecida por la comprensión de Roxanne, le dirigí una tímida sonrisa de gratitud. Roxanne sonrió de vuelta pero la mirada acusatoria no se esfumó de su rostro.

— Sin embargo, creo que Dom también tiene parte de razón. —Dominique le dedicó una sonrisa muy parecida a la mía mientras escuchaba con atención.— Aunque no quisieras que James saliese en tu defensa, no deberías habérselo reprochado así. Sobre todo si no vas a defenderte tu misma. James solo quería ayudarte.

— Porque no vengas diciendo ahora que lo que diga Hughes te da igual. —intervino rápidamente Maya, que hasta ahora había estado escuchando en silencio.

—¡Claro que no!, no soy de piedra. —exclamé algo ofendida.— Claro que me duele, y mucho. Es solo que hubiese preferido llevar las cosas de una forma más discreta. Si James no hubiese decidido lanzarse contra Leo en cuanto éste dijo algo sobre mí, quizás todo el equipo de Slytherin no se habría enterado de nada. Probablemente ahora ya lo sabe todo el castillo.

Dirigí una mirada disimulada hacia la mesa de Ravenclaw, pero al parecer Helm no se había enterado aún de los últimos rumores, pues todavía no se había levantado para asesinarme a sangre fría.

— Tienes razón. Aunque con el empeño que Leo le ha puesto, acabarían enterándose tarde o temprano. —sentenció Leah con un suspiró. A su lado, Seth había decidido acompañarnos durante la cena. No obstante, había decidido no hacer ningún comentario respecto al tema.

Solté un gruñido de desesperación y aparté el plato todavía sin tocar. Las chicas me miraron entre divertidas y compasivas. Puse los ojos en blanco y noté como mis ánimos mejoraban un poco.

—Está bien, me disculparé con él en cuanto pueda. —dicho esto, Leah empujó mi plato de nuevo hacia mí para indicarme que comiese, retándome con la mirada a que la contradijese.

— La primera vez que veo a Cam pedirle perdón a James y no al revés. —comentó divertida Dominique con la boca llena de puré. Todas prorrumpimos en carcajadas.

Comencé a comer con desgana, intentando ignorar los diferentes sentimientos que luchaban por hacerse oír más.


N/A: La verdad es que no he estado muy segura de si debería escribir así este capítulo. Desde que introduje a Leo, quise que tuviese un carácter más dócil, comparado al temperamental de James. Sin embargo, también quería mostrar su lado más Slytherin. ¿Y qué mejor oportunidad que esta? Perdonadme por el vocabulario soez, pero la ocasión lo requería.

De nuevo, perdón por el retraso. Suena repetitivo, lo sé. Pero es que la uni me está matando de veras.

Un beso y gracias por los comentarios. No me enrollo más.