El dormitorio estaba sumido en la oscuridad, el silencio únicamente interrumpido por las respiraciones de Maya, Dominique y el resto de chicas que lo ocupaban. Una suave brisa soplaba contra las ventanas, a través de las cuales se podían observar los terrenos aún nevados del castillo. A pesar de la tranquilidad, el sueño aún no se había apoderado de mi cuerpo.

Girándome de costado, le eché un vistazo al reloj de la mesita de noche que marcaba casi la medianoche. Con un suspiro resignado volví a acomodarme en el lecho para intentar por enésima vez dormirme, sin saber muy bien por qué aquella noche el sueño estaba resultando tan difícil de conciliar.

El chirrido de la puerta acabó con cualquier posibilidad de descanso. Alarmada, me senté sobre la cama para poder observar la figura oscura que se internaba en el dormitorio y caminaba con cuidado de no hacer ruido entre las camas. Instintivamente alargué el brazo para alcanzar la varita que descansaba en la mesita. Conteniendo la respiración para no desvelarle al intruso que estaba despierta, contemplé como la silueta se acercaba sigilosamente hacia donde estaba mi cama.

— ¡Mierda! —susurró el desconocido al golpearse fuertemente la pierna con una de las patas de la cama de Dominique. Sin embargo ésta no pareció escucharle porque siguió durmiendo plácidamente.

Con el corazón latiendo frenéticamente y la respiración aún contenida, agarré la varita con mayor firmeza, preparándome para cualquier ataque y repasando mentalmente todos los hechizos que conocía y que podrían serme útiles en aquel momento. El intruso finalmente llegó hasta el pie de mi cama y posó con suavidad una mano sobre una de mis piernas.

— Atrévete a tocarme y te juro que te arrepentirás el resto de tu vida. —susurré intentando parecer lo más amenazadora posible. La figura retiró la mano rápidamente pero siguió acercándose de todas formas.

— Wow, Mila, tranquila, soy yo. —dijo una voz masculina divertida.

—¿James? —pregunté desconcertada al reconocer finalmente la voz de la figura. —¿Qué haces aquí?, ¿Cómo has entrado?

— Ya te dije que tenía mis métodos para infiltrarme. —contestó James con diversión en la voz, refiriéndose a la vez en que habíamos traído a una muy borracha Dominique hasta el dormitorio.— También recuerdo haberte dicho que un día los utilizaría para visitarte a ti.

Aturdida por aquella visita nocturna inesperada, decidí no responder y esperar a que James explicase el motivo de su escapada a los dormitorios de chicas. James pareció comprender mi aturdimiento, pero no dio señales de querer explicar en profundidad sus razones.

— Ven, tengo algo que enseñarte. —en la oscuridad pude discernir como James tendía una mano hacia mí, invitándome a que le siguiese.

Decidiendo que de todas formas no lograría conciliar el sueño, y curiosa por saber qué era lo que James tenía que mostrarme, agarré la mano que me tendía y me levanté de la cama.

Agarré una chaqueta que colgaba de uno de los postes del dosel de la cama y me calcé las zapatillas. James esperó pacientemente y volvió a cogerme de la mano una vez hube terminado, guiándome hasta la puerta con cuidado de no hacer ruido.

Bajamos con sigilo las escaleras del dormitorio y cruzamos la Sala Común en silencio. James parecía agradecido de no tener que contestar a ninguna de mis preguntas que sin duda me moría por hacerle. Yo, por otro lado, decidí que lo más sensato sería no romper aquella pequeña e inesperada tregua con preguntas tontas.

Continuamos recorriendo pasillos y bajando escaleras en silencio, James al parecer muy confiado de no encontrarse a nadie. Finalmente, deduciendo hacia dónde íbamos, decidí romper el silencio.

— ¿La Torre de Astronomía? —pregunté con curiosidad, mi voz haciendo eco en los vacíos pasillos de piedra. James asintió sin girarse hacia mí y siguió guiándome con las manos entrelazadas.

Una vez llegamos al aula donde se impartían las clases de Astronomía, James me soltó por fin de la mano para poder abrir las pesadas puertas y poder pasar. La Torre parecía aún más sobrecogedora cuando estaba vacía, con los sillones esparcidos y las enormes ventanas a través de las cuales los alumnos estudiaban el cielo inmenso.

Con seguridad se dirigió a uno de los grandes ventanales del aula y se sentó en el alfeizar, indicándome con un gesto de la mano que me sentase junto a él. Con pasos inseguros decidí obedecer y sentarme junto a él. El frío de la piedra logrando atravesar la fina capa de algodón del pijama.

— ¿James, qué…? —pregunté confusa por aquella repentina excursión nocturna. James dejó de contemplar a través del cristal para girarse y mirarme directamente a los ojos.

— Feliz cumpleaños, Mila. —respondió él simplemente. A pesar de su tono algo serio, una sonrisa ocupaba su rostro levemente iluminado por las estrellas y la luna. Sorprendida porque recordase que ciertamente era legalmente una adulta desde hacia escasos minutos, le dediqué una mirada agradecida, pero decidí no decir nada. Tras unos minutos de silencio incómodo, en los que ninguno de nosotros apartó la mirada, solté un suspiro cansado.

— James, llevo más de una semana intentando hablar contigo. —dije con suavidad, exasperada por los continuos intentos de pedirle perdón y las evasivas del moreno.— Me has estado evitando todos estos días, así que entenderás que no sepa muy bien que sacar de todo esto.

— Solo quería ser el primero en felicitarte. —contestó con sencillez James a la vez que se encogía de hombros. Finalmente decidió ser el primero en romper el contacto visual y volvió a dirigir la mirada hacia el cielo.— Tienes suerte, hoy el cielo está despejado. —señaló a las estrellas mientras las contemplaba con distracción. Sin apartar la mirada de su perfil, sonreí enternecida, sabedora de que Astronomía era una de sus asignaturas favoritas.

— James… lo siento. —susurré desviando la mirada a mis manos, que descansaban nerviosamente sobre mis muslos.— No debería haberte hablado así. Tú sólo querías ayudar y yo me comporté como una idiota.

James siguió contemplando las estrellas con aire pensativo, dándole vueltas a lo que acababa de decirle. Al ver que no contestaba, decidí seguir con mi disculpa, agradecida de poder por fin soltar lo que durante casi dos semanas había estado encerrando en mi pecho.

—De verdad que agradezco que salieses en mi defensa. Es sólo que me asusté. —Aparté la vista de mis manos, sabiendo que lo que decía sonaba a excusa, y la dirigí hacia el cielo, contemplando las estrellas a lo lejos pero sin realmente verlas, demasiado ocupada que estaba por encontrar las palabras acertadas.— Me dio miedo que Leo tuviese razón, que los demás y que sobre todo tú pudieseis pensar que Leo tenía razón.

James siguió sin decir nada, mientras con el ceño fruncido rumiaba lo que acababa de decir. Sin embargo, intuyendo de alguna forma que necesitaba desahogarme, siguió dándome espacio para que hablase.

— A veces creo que el Sombrero se equivocó. No creo que tenga esa valentía para poder decir lo que pienso como la tenéis tú o Dominique. — continué, asqueada por el tono autocompasivo que había tomado mi voz. James apartó la vista por fin de la ventana y me contempló con una intensidad tan sobrecogedora que parecía que pudiese leer todos mis miedos y secretos.

— Eso no es verdad. —contestó simplemente. Con la mirada le rogué que se explicase y el acató.— Quizás no en lo relativo a ti, pero cuando se trata de los demás sí.

A pesar de que no sabía muy bien a qué se refería exactamente, pues seguía considerando que carecía de aquella valentía tan envidiable, sus palabras resultaron reconfortantes. Dejé caer los hombros como si de repente se hubiesen liberado de un gran peso y le sonreí con gratitud.

—¿Sabes?, con Isaac fue igual. —James fijó su mirada en la mía, interesado en el rumbo que estaba tomando la conversación.— Cuando me dejó y lo vi irse con otra chica no supe, no pude, decir nada. Es como si de repente me encontrase sin voz. En vez de decirle lo mucho que me había hecho daño, lo único que pude hacer es callarme y soportar el dolor en silencio.

James asintió sumido en sus pensamientos. Me tomé un momento para observar como la luz se reflejaba en sus ojos y creaba claroscuros en su rostro.

— Por eso reaccioné así contigo, porque me hubiese gustado ser yo la que le dijese esas cosas a Leo. —añadí con remordimiento. James se pasó una mano por el pelo y sonreí ante aquel gesto suyo.

— No tienes que darme tantas explicaciones. —suspiró finalmente, con la mano todavía enredada entre sus mechones.— Disculpas aceptadas.

— Gracias, James.

Pronto nos sumimos en un silencio cómplice, interrumpido únicamente cuando yo le preguntaba alguna de las estrellas o constelaciones que desconocía. Un sentimiento de gratitud y de algo innombrable se instaló en mi pecho, como una burbuja a punto de explotar.

— ¿Me perdonas a mí por haberme comportado como un bruto y haberte ignorado estos días? —interrumpió repentinamente James. Sorprendida por aquellas palabras, me giré para ver su rostro, un gesto de nerviosismo en él.

— Claro. —contesté con una sonrisa tímida. Aquellos días sin la presencia de James habían dolido más de lo que me hubiese atrevido a admitir. A pesar de haber estado rodeada de mis amigas, la ausencia de James había sido un constante pinchazo en el corazón.— Aunque tengo que darte las gracias por el puñetazo que le diste a Leo.

James estalló en carcajadas, rompiendo el silencio apacible que inundaba el castillo, y volvió a pasarse una mano por el pelo para apartárselo de la cara.

— La verdad es que me quedé bien a gusto. —me uní a sus risas, agradecida por que todo volviese a ser como antes.

— Esté es el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho nunca. —le dije, sorprendida por la verdad de aquellas palabras. A pesar del simple gesto de James, su presencia y sus palabras habían logrado dispersar todos los miedos y la tristeza de los últimos días. Habían logrado que en un instante olvidase todo lo que Leo había dicho, y habían disipado la soledad que la ausencia de James me había provocado con tanta facilidad con la que él mismo la había producido.

James sonrió con sinceridad mientras me colocaba con inseguridad un mechón de pelo detrás de la oreja, temeroso de que aquel gesto tan intimo rompiese el momento. Acerqué el rostro al contacto de su mano, sorprendiéndome de nuevo, pensando que quizás la magia del momento estaba inhibiendo los temores que normalmente me acosaban cuando estaba en compañía de James.

— Menos mal, porque no te había comprado nada. —olvidando por un instante el hilo de la conversación, aquellas palabras me aturdieron, hasta que entendí a que se refería y dejé escapar una risita.— Venga, será mejor que volvamos ya.

James se levantó del alfeizar y volvió a tenderme una mano. Esta vez sin dudar, cogí su mano y dejé que me guiase de nuevo hacia los dormitorios. Caminamos en silencio, atentos a cualquier ruido que pudiese delatar la presencia de algún profesor o prefecto haciendo rondas. A regañadientes, la Dama Gorda nos dejó pasar a la Sala Común, mientras farfullaba sobre la insolencia de algunos alumnos.

James continuó caminando con seguridad hacia la escalera que dirigía hacia los dormitorios de los chicos, ignorando por completo la que dirigía a los míos. Estiré de su brazo ligeramente para que se detuviera. Girándose levemente, se paró como le había pedido y me observó durante unos instantes, sin pronunciar palabra alguna.

Nos miramos durante unos segundos que parecieron horas, una especie de zumbido sordo en el aire. Los ojos de James diciéndolo todo, sin necesidad de expresar lo que pensaba en alto. Tras unos instantes en los que parecía que mis pensamientos viajaban frenéticamente por mi mente, decidí dar un paso al frente, invitándole a seguir. James sonrió ligeramente y se giró de nuevo para continuar su camino hacia las escaleras de su dormitorio.

Subimos las escaleras mano en mano, oyendo de lejos las respiraciones de los distintos alumnos que dormían plácidamente. Finalmente llegamos a una de las puertas del séptimo piso del dormitorio. James abrió la puerta con cuidado, intentando no despertar a sus compañeros de habitación. La estancia, iluminada únicamente por la luz exterior que se filtraba a través de la ventana, lo suficiente para discernir las siluetas de los compañeros dormidos y de los objetos que adornaban la habitación.

Intentando no tropezar con las múltiples prendas de ropa y objetos esparcidos por el suelo, nos hicimos paso hasta su cama. James me soltó la mano por fin y permaneció de pie junto a su cama, esperando con inseguridad a que yo diese el primer paso.

Con las manos ligeramente temblorosas, y tomando consciencia que esta vez no había alcohol de por medio al que culpar, agarré el dobladillo de la camisa del pijama y me la pasé por encima de la cabeza. James observaba con intensidad, con los ojos enturbiados por un sentimiento indescifrable.

Con un ligero movimiento de la varita, pronunció un hechizo silenciador alrededor nuestro y se sentó en el borde de la cama. Sin decir nada, me indicó con un gesto de la mano que me acercase. Ignorando el pulso que se aceleraba a segundos, obedecí y me situé entre sus piernas. James extendió una de sus manos y la colocó sobre una de mis caderas, la suave caricia logrando ponerme la piel de gallina.

Me incliné y posé mis labios sobre los suyos, como llevaba minutos deseando hacer. James inclinó la cabeza hacia la derecha para tener más acceso y profundizar el beso. Cerré los ojos y me dejé llevar por el tacto de sus labios. Con un diestro movimiento, James me sentó sobre sus piernas, una de sus manos enredada en los mechones de mi nuca, la otra posada sobre el bajo de mi espalda.

A medida que el beso se volvía más profundo e intenso, James se las arregló para situarse sobre mí, los dos con medio cuerpo apoyado en la cama y la otra mitad fuera de ella. Distraídamente corrió las cortinas, aislándonos del mundo.

Tiré de su camiseta con necesidad, deseando estar piel con piel. James se separó unos instantes para deshacerse de ella, pero cuando volvió a inclinarse sobre mí decidió recorrer mi cuello y mandíbula con los labios. Ladeando la cabeza para darle más acceso, suspiré entrecortadamente, el deseo y la necesidad nublando mi mente y bloqueando todo pensamiento.


N/A: siento mucho el retraso, pero he estado de viaje y no he tenido tiempo de sentarme a escribir.

Gracias por vuestra paciencia.

Espero que con este capítulo hayáis entendido un poco mejor la personalidad de Camila; es una chica muy valiente, pero también es muy insegura cuando se trata de ella.

Espero que también hayáis visto que James no sólo sabe divertirse; también sabe escuchar.