Disclaimer: todo lo que reconozcáis le pertenece a J. K. Rowling
Cuanto más disfrutas del tiempo, con mayor rapidez pasa, o al menos esa es la sensación que siempre tenemos. El frío de febrero comenzaba a remitir ya, dando paso a los primero rayos de sol del mes de marzo. El castillo bullía con las conversaciones animadas y los gritos entusiasmados de los alumnos que se preparaban para ir a la visita de Hogsmeade.
Sentada en los escalones de piedra de la entrada al castillo, contemplaba con una ligera sonrisa como los grupos de amigo se juntaban para subirse a los carruajes tirados por monturas invisibles para poder disfrutar de la excursión. Las chicas hacía rato que se habían ido ya, dejándome sola para esperar la llegada de tu familia.
Sumida en mis pensamientos, apenas me di cuenta de la llegada de la directora, que se quedó parada unos instantes junto a mí, a la espera de que me percatase de su presencia. Una vez lo hice, me levanté apresuradamente, impaciente por ver de una vez a mis padres.
— Señorita Herrero, sus padres nos han informado de que ya han llegado. —anunció la directora, sonriendo levemente ante mi entusiasmo.— La están esperando en mi despacho. Si me acompaña.
Sin esperar respuesta, la directora Canavan se giró, iniciando su camino hacia su despacho, sin molestarse en cerciorar que la seguía. Recogiendo con rapidez el bolso del suelo, me apresuré a seguirla, temerosa de perderla de vista. Entramos de nuevo en el castillo, caminando en silencio por los infinitos pasillos que ahora se encontraban despojados de alumnos. Finalmente llegamos a la estatua que protegía el despacho de intrusos indeseados. La directora murmulló entre dientes la contraseña y la estatua se movió para revelar unas escaleras circulares.
— Tengo que seguir atendiendo a los alumnos, así que confio en que no hará ninguna tontería mientras está en mi despacho. —Sobrecogida por el repentino cambio de tono en su voz, asentí levemente, incapaz de mirarla a los ojos. La directora sonrió de nuevo al ver mi incomodidad, en un intento de aliviar mis nervios.— Espero que disfrute de la visita de su familia, señorita Herrero.
— Gracias, profesora. —dicho esto, Canavan se dio la vuelta entre un revuelo de telas, dejándome sola en el pasillo. Con rapidez subí las escaleras, deseosa de abrazar a mi familia y ponerme al día con ellos.
— ¡Camila! —exclamó alegremente mi madre nada más entrar en el despacho. A su lado, mi padre y Martina dejaron de observar con curiosidad el despacho circular para ofrecerme una sonrisa. Con un gesto afable, mi madre se acercó para envolverme en un cálido abrazo.— Estás estupenda, cariño.
— Gracias, mamá. —dije con la voz amortiguada contra sus hombros. Tras lo que parecieron horas, mi madre me soltó para ser sustituida enseguida por mi padre. Diego repitió el mismo proceso, pero esta vez sin demorarse tanto.
Dirigiendo la mirada a mi hermana, abrí los brazos para recibirla.
— Ven aquí, enana. —Martina hizo una mueca ante el apelativo pero se acercó de todas formas.— ¡Estás enorme!, pronto serás más alta que yo. —Martina sonrió con suficiencia, deshaciéndose del abrazo.
—Y más guapa también. —Todos reímos ante su comentario, contentos de poder volver a las viejas costumbres de la familia.
—Tan impertinente como siempre. —contesté con una sonrisa permanente.— Bueno, ¿os apetece dar una vuelta por el castillo?
Mi madre, entusiasmada por la idea, comenzó a aplaudir y dar saltitos, como si tuviese trece años otra vez. Los otros dos se limitaron a asentir, sonriendo ante la efusividad de mi madre.
— Este sitio me trae tantos recuerdos. —comentó Evelyn una vez abandonamos el despacho. A medida que íbamos recorriendo los distintos pasillos, mi madre contaba alguna que otra anécdota de su etapa de estudiante en Hogwarts. Mi padre escuchaba en silencio, haciendo muestra de su talante tranquilo y apacible. Martina como siempre, bromeaba y chinchaba a mi madre.
— Y esta es la sala de trofeos. —comenté una vez llegamos a la sala en que se exponían todas las medallas y trofeos ganados por los alumnos.— ¿Alguna vez ganaste uno, mamá?
— ¡Oh, no! ya sabes lo mal que se me da el Quidditch, cariño. —contestó mi madre mientras hacia un gesto con la mano.— Aunque a lo mejor está mi placa de Prefecta.
— Por supuesto. —comentó con sarcasmo Martina, pero con un deje de afecto.— Está claro que mamá fue Prefecta. —Evelyn le lanzó una mirada de reproche, pero siguió buscando su placa entre las vitrinas, sin dejar que nada minase su entusiasmo.
— Deberíamos tener una Copa de las Casas en Bellver. —comentó distraídamente mi padre, mientras contemplaba la Copa que había ganado Ravenclaw el año pasado.
— No sé yo, —comenté con una sonrisa— la competitividad que hay aquí entre las Casas a veces asusta. —Mi padre sonrió y se colocó donde estábamos nosotras, dejando que mi madre prosiguiese tranquilamente su búsqueda. De repente frunció el ceño, observándome con curiosidad.
—¿Eso de ahí es un chupetón? —con un dedo señalo la marca que James me había dejado dos noches atrás, y que al parecer no había logrado ocultar lo suficientemente bien con el cuello del jersey.
Notando como el rubor tintaba mi rostro, llevé rápidamente una mano hacia el cuello, intentando ocultar en vano lo que ya habían visto.
— ¡Oh dios, mío! —exclamó Martina a la vez que forcejeaba para que apartase la mano del cuello— En tus cartas no me habías dicho nada de un novio, perra.
—¡Martina, esa boca! —exclamó mi madre, que alarmada por los gritos de su hija menor, había cesado en su búsqueda para enterarse de qué estaba pasando.— Estoy segura de que eso no es lo que te enseñan en Bellver. —divertida por la reprimenda que estaba recibiendo, reí entre dientes, deseando que esa distracción desviase la conversación de mis escarceos amorosos.
Al parecer, a Martina no le apetecía dejar el tema de lado.
— ¿Quién es el afortunado? —preguntó Martina con un movimiento sugerente de cejas, ignorando las protestas de su madre y a su padre, que observaba la escena con el ceño fruncido.
— No hay afortunado. Es una reacción alérgica. —contesté intentando parecer lo más indiferente posible.
—¿A qué? —preguntó mi padre con una ceja levantada, divertido por mi frustración.
— A la piel de los nísperos. —solté lo primero que se me pasó por la cabeza. Los tres se quedaron en silencio, mirándome con incredulidad.
— ¿Desde cuándo eres alérgica a la piel de los nísperos? —preguntó mi madre, curiosa por saber por qué su hija no respondía con sinceridad. Tras unos minutos, mi padre decidió romper el silencio, comprendiendo que no me sentía cómoda hablando de ese tema.
—¿Por qué no vamos a tomarnos unas cervezas de mantequilla a Hogsmeade? —asentí fervientemente, ansiosa por dejar atrás aquel incómodo interrogatorio. Martina parecía molesta por no ver su curiosidad saciada, pero no insistió más en todo el día.
— Promete que escribirás más a menudo. —dijo mi madre con lágrimas en los ojos. Tras asentir, me plantó dos sonoros besos en las mejillas y se retiró para que pudiese despedirme del resto de la familia.
Después de haber pasado todo el día en Hogsmeade, visitando las distintas tiendas, escuchando las anécdotas de mi madre y tomando un par de cervezas en Las Tres Escobas, había llegado la hora de decir adiós y volver al castillo. Las horas se habían pasado volando, y la certidumbre de que volveríamos a estar varios meses más sin vernos nos había dejado a todos con el corazón triste.
Mi padre dio un paso adelante y me envolvió en uno de sus reconfortantes abrazos. Por mi mente pasaron como flashbacks cientos de ocasiones en las que mi padre me había abrazado así, haciéndome saber con un solo gesto lo mucho que nos quería a mí y a mi hermana.
—Cuídate mucho, cariño. Te echaremos de menos. —susurró mi padre con una sonrisa, antes de inclinarse para depositar un suave beso en mi frente. A diferencia de mi madre, Diego no era tan propenso a exhibir sus emociones. Sin embargo, se podía divisar una ligera tristeza en sus ojos castaños.
Martina se acercó para abrazarme con fuerza. Permanecimos así unos instantes, sin necesidad de decir nada, simplemente empapándonos de nuestras respectivas presencias antes de separarnos de nuevo.
— Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea. —susurró, con sus labios pegados a mi oreja. Martina se separó levemente para posar sus ojos azules en los míos, con una mirada demasiado intensa para una niña de catorce años. Sin entender muy bien porqué, supe que se refería a James, y que de algún modo Martina había intuido que había más de lo que yo había dejado entrever. Asentí levemente y la besé en la mejilla.
— Ahora vuelve a ser la mocosa de siempre, que me estás asustando. —dije finalmente, intentando evitar a toda costa derramar las lágrimas que luchaban por escapar.
Riendo, Martina se separo de mí y se situó junto a mis padres, que esperaban con paciencia junto a la chimenea del despacho de la directora. Sin más ceremonias, cada uno agarró un puñado de polvos. Girándose para mirarme una última vez, los despedí con un gesto triste de la mano, y uno a uno fueron desapareciendo por la chimenea.
Abandoné el despacho de Canavan y me dirigí a la Torre de Gryffinfor, donde probablemente ya se encontrarían todos tras su regreso de Hogsmeade. Tarareando suavemente una melodía de My Wicked Romance, le dije la contraseña a la Dama Gorda y me interné en la Sala Común.
Parecía que todos los alumnos se encontrasen allí; algunos enseñándose entre ellos las diferentes adquisiciones que habían hecho, otros charlando tranquilamente. Escaneé con los ojos la Sala hasta divisar por fin a mis amigos.
— ¡Por fin! —exclamó Dominique desde el sofá del que habían conseguido apoderarse.— Pensábamos que tu familia te había abducido y se te había llevado de vuelta a España. —reí con ganas, divertida por su comentario, y me senté junto a ella en el único hueco que quedaba en el sofá.
— Que va. —contesté mientras aceptaba la cerveza que Leah me ofrecía.— Creo que están más tranquilos conmigo bien lejos. —Las chicas se carcajearon, mientras yo sorbía gustosa la cerveza.— ¿Cómo ha ido en Hogsmeade?
— Lo mismo de siempre. —contestó Roxanne.— Dominique arrastrándonos por cada tienda. —Dominique le lazó una mirada desafiante a su prima, la cual le sacó la lengua a modo de respuesta.
— Maya con Aiden, como siempre. —Añadió Leah mientras observaba el intercambio entre las Weasley.
— Sí, bueno. Ella no es la única que nos ha abandonado. — comentó Dominique, mirando con fingida indignación a Leah.— Nuestra querida Leah también ha tenido su propia escapada romántica. —Leah se sonrojó ante el comentario, llevándose con timidez la cerveza a los labios.
— Oh, esto va en serio, ¿eh? —comenté divertida.— ¿Qué tal ha ido con el rastas? —pregunté curiosa. Leah me miró con los ojos entrecerrados.
— No lo llames "el rastas". —dijo Leah, aunque no parecía molesta de verdad.
—Persón. Seth. —sonreí a modo de disculpa.— Dominique lo bautizó con ese mote y ahora se me ha pegado.
— Dominique, —suspiró Roxanne— era de esperar.
Todas prorrumpimos a carcajadas y Leah enseguida se puso a explicarnos cómo había ido su día en Hogsmeade con Seth. Contenta de ver el brillo en los ojos de la morena y el constante sonrojo que invadía sus mejillas cuando hablaba del Hufflepuff, sonreí y asentí durante todo su relato. Sin embargo, pronto caí en la cuenta de que alguien estaba ausente.
— Por cierto, ¿dónde está Maya? —pregunté una vez hubo acabado Leah. Las chicas se miraron con incomodidad.
— Creo que se ha peleado con Aiden. —contestó Roxanne finalmente.
— ¿Con Aiden?, —pregunté incrédula— pero si ellos nunca se pelean.
— Ya, pero cuando hemos llegado, Maya estaba ya en los dormitorios. Acostada. —añadió Dom mientras abría otro botellín de cerveza.
— Sí, —continuó Roxanne apenada.— Nos ha dicho que quería estar sola.
— ¿Os ha dicho por qué se han peleado? —pregunté, entristecida por saber el estado en que se encontraba Maya.
— Mmhmph —negó enseguida Dominique.— Conociéndolos, seguro que mañana ya se habrán reconciliado. —dijo, en un intento de levantar los ánimos. Todas asentimos, con la esperanza de que mañana volviesen a la normalidad.
Continuamos hablando durante un rato más, cotilleando de quién había estado con quién en Hogsmeade y de rumores que se habían escuchado en Las Tres Escobas, hasta que a lo lejos percibí la figura de James.
Disculpándome, me levanté del sofá y me dirigí hacia donde James charlaba con Rhys y un par de chicos más. James, al notar que me acercaba, se giró con una sonrisa.
— Mila, no te he visto en todo el día. —me dijo a modo de saludo.
— He estado con mi familia. —expliqué.— Hola, Rhys. —saludé al moreno, que permanecía de pie junto a James, observando el intercambio. Rhys saludó de vuelta y con un gesto le indiqué a James que me siguiera.
Nos dirigimos a un rincón apartado de la Sala, donde el ruido de los alumnos no era tan ensordecedor y donde nadie podría escuchar lo que dijésemos. De repente, le propiné un manotazo en el hombro a James, que sorprendido se apartó por la inesperada agresión.
—¡Ah!, —exclamó, a pesar de que probablemente no le hubiese dolido.— ¿a qué viene eso, mujer? —con las manos me aparté el cuello alto del jersey, dejando a la vista el chupetón.
— ¿Sabes la vergüenza que he pasado cuando mi padre lo ha visto? —comenté entre dientes mientras lo fulminaba con la mirada. James se limitó a reírse mientras observaba divertido la marca.
—Tengo que decir que es una de mis mejores obras. —observó burlonamente. Soltando el borde del cuello, cruce los brazos a la altura del pecho, intentando parecer molesta de verdad.
— La próxima vez agradecería que no me vayas dejando chupetones a la vista. —comenté resignada, sabiendo que no lograría que James se arrepintiese.
— ¿Eso quiere decir que puedo hacerlos en sitios donde nadie los vea? —susurró intentando parecer seductor mientas movía las cejas de forma sugerente.
—Eres de lo que no hay. —dije entre risas, ignorando el rubor que inundaba mis mejillas.
N/A: Lo de la piel de los nísperos está basado en un compañero que dijo lo mismo cuando se presentó a clases con cinco chupetones del tamaño de puños :')
Perdonad si he cometido algún error ortográfico, pero no he tenido tiempo de revisar en profundidad el capítulo, y tenía ganas de subirlo.
