Temblor

–Llevamos aquí casi una hora y no hemos concluido nada.

–Tal vez eso se deba a que te niegas a aceptar cada uno de los enfoques que proponemos para el trabajo.

–Yo al menos trato de ser coherente.

–Tú jamás serías coherente.

–¿Vamos a volver a discutir?

La disputa entre sus cuatro compañeros hizo a Jim ahogar un gemido de pura frustración, al tiempo que agitaba su café frío en la taza. Eran casi las ocho de la noche y llevaban en la cafetería desde las siete tratando de ponerse de acuerdo para realizar un proyecto de geopolítica económica. Los grupos eran de cinco personas y habían sido hechos al azar. Jim había terminado junto a Nyan, Eriashe, Bron y Lucy. Sólo conocía a Lucy ya que había compartido con ella varias clases el año anterior, y no tuvo problemas en aceptar su forma metódica de trabajar. Sin embargo los otros tres integrantes del grupo no habían visto con buenos ojos su llegada a la mesa, era cómo si temiesen que, en cualquier momento, fuese a iniciar una fiesta, emborracharse, y vomitar sobre sus apuntes. De hecho, la extraña atmósfera había hecho que Jim apenas participase en la toma inicial de decisiones, pero ya se había cansado así que, enderezándose en su asiento, habló.

–Bueno, tal vez deberíamos tranquilizarnos todos y estudiar nuestros deberes y capacidades. El proyecto nos exige un estudio del planeta Trak'Ax. Eriashe, sabes recopilar muy bien la información, tal vez tú deberías de encargarte de realizar la introducción histórica. Tú, Bron, ¿no estás en el club de ciencias?

–Así es.

–Entonces podrías desarrollar la importancia del actual sistema de canteras del planeta. Lucy, Nyan, vosotros sabéis de números más que ninguno de nosotros, deberíais centraros en la parte política. Yo, si todos estamos de acuerdo, trataré de unir todos los bloques y, juntos, elaboraremos las conclusiones.

Por un momento, el silencio cayó sobre la mesa en dónde todos, salvo Lucy, miraban con sorpresa a Jim.

–No sabía que…– Bron dudó antes de acabar la frase. Su titubeo hizo reír a Jim.

–¿Creíais que era un borracho sediento de problemas? Pues ya veis que no. Yo no digo que mi forma de distribuir el trabajo sea la adecuada, pero puede ser un inicio a partir del cual podemos ponernos a trabajar.

Para sorpresa del rubio todos estuvieron de acuerdo y, volviendo su atención sobre los papeles desperdigados en la mesa de la cafetería en la que se habían reunido, comenzaron a matizar sus tareas.

La luz del quirófano dos se apagó. Dentro un extenuado Bones suspiró al finalizar con éxito su última intervención del día. Había sido relativamente sencilla, una simple recolocación de válvula cardiaca, pero tras ocho horas hasta aquella nimiedad podía convertirse en algo complejo. Por fortuna ni él ni su equipo cometió ningún error y todo salió bien a la primera.


Salió del quirófano, desechó sus guantes, se quitó su bata dejándola en el acceso de lavandería y dejó la planta tomando uno de los ascensores. Pasaban de las ocho y media y lo único que quería era ir a su habitación, darse una ducha, cenar escuchando las anécdotas de Jim y luego caer rendido sobre su cama sin más preocupaciones. Fue a su despachó terminó el informe de su última operación, agarró sus cosas y puso rumbo a su hogar de estudiante. Reparó en su comunicador, mostrándole un mensaje y resopló al ver que Jim quería que fuese a buscarle a una cafetería a dos manzanas de la residencia. Puso un mal gesto pero tampoco dedicó mucho tiempo a enfadarse ya que, en verdad, la cafetería estaba de camino a los dormitorios.


Bones estaba a medio camino cuando el suelo tembló de manera violenta antes de que una onda expansiva le derribase. Pronto los cristales volaron en todas direcciones, las alarmas se desataron y los gritos inundaron la calle. Bones se puso en pie con rapidez, justo a tiempo de ver cómo las bocas de incendio cercanas reventaban. Observó la situación a su alrededor con toda la sangre fría que pudo, sacó su comunicador de emergencia médica, lo activó para que los refuerzos sanitarios le encontrasen y, sin más dilaciones, echó a correr hacia el lugar en el que Jim debía estar, atendiendo a toda la gente herida de gravedad que encontraba a su paso.

Recorrer las tres calles que le separaban del café le llevó más de veinte minutos a lo largo de los cuales pudo reunirse con un grupo de enfermeros que llegó a la zona informándole de que había explotado una bolsa de gas bajo aquella parte de San Francisco y que los equipos de emergencias ya estaban de camino. Finalmente, el médico atisbó al café distinguiendo la cabellera castaña de una de las compañeras de Jim.

–¡Lucy! ¡Lucy!– gritó Bones llamando la atención de la desorientada muchacha. Miró a los jóvenes cadetes que la acompañaban descubriendo una ausencia que heló su sangre–. ¿Y Jim?

–No lo sé Leonard– indicó la polvorienta entrada del café–. La explosión derribó el techo, no podíamos salir de los escombros y entonces Jim empezó a sacarnos. Volvió a entrar para ayudar a más gente pero entonces parte de la estructura se vino a bajo y…– se cubrió la boca con las manos– ¡Oh dios mio! ¡Pobre Jim!

Analizando la cafetería, el médico frunció el ceño.

–No, esto no es suficiente para acabar con ese testarudo mocoso– hizo un gesto a los enfermeros–. Tú y tú vendréis conmigo, June, tú quédate aquí e indica a los de emergencias dónde estamos cuando lleguen, seguramente vayamos a necesitar de ellos para los transportes al hospital. Que activen las plataformas portátiles en cuanto desciendan de los vehículos.

Y sin más, Bones entró en la cafetería.

Lo que horas atrás había sido una amplia estancia ahora era un campo de escombros. En varios puntos el techo se había hundido revelando los pisos hasta de tres plantas superiores. Sin perder aquel hecho de vista, principalmente para evitar quedar él mismo sepultado en un posible nuevo temblor, Bones avanzó en el café. Algo llamó la atención en un cúmulo de mesas volteadas, un cuerpo tellarita parecía estar luchando por salir de su prisión. Junto con los enfermeros Bones sacó al tellarita y revisó su estado.

–Ahí… un muchacho… ahí…

Bones siguió la dirección que indicaba el dedo del tellarita y corrió hacia un gran trozo de techo. Calculó que debía pesar unos ciento cincuenta kilos, si quería pasar al otro lado tendría que voltearlo porque moverlo sería una hazaña casi… sus pensamientos se detuvieron cuando se dio cuenta que la cafetería no continuaba, que el tellarita le señalaba el escombro. Con una punzada de horror Bones se tiró al suelo y trazó de ver que había bajo el escombro. Su respiración se cortó al entrever una chaqueta roja.

–No, no, maldita sea– Bones tanteó la gran losa de piedra.

–Los de emergencias ya vienen de camino, en cuatro minutos estarán aquí– informó uno de los enfermeros llegando hasta él mientras el otro evacuaba al tellarita.

–Puede que Jim no tenga esos minutos.

Fijándose en la disposición del escombro, y en los puntos de sujeción sobre los que descansaba en el suelo, al margen del cuerpo de Jim, Bones situó sus manos en el resto de pared y empujó: el escombro comenzó a moverse ante la mirada asombrada del hombre tras él. Pero el médico no le prestó atención, toda su fuerza y aliento estaban enfocados en ese instante en mover el único obstáculo que le separaba de su mejor amigo. Segundos después los dos enfermeros le ayudaban en su quimera que, finalmente, se volvió real cuando el bloque cayó a un lado.


Algo perturbo la nebulosa dentro de la cual había caído su mente.

–¿Jim?

Parecía que alguien estaba llamándole, pero todo estaba demasiado distante.

–… no, inmovilicen la zona…

El suelo bajo él se movió, ¿o era él quien se había movido?

–… ya casi está… Jim…

Tocaron su frente y el roce fue casi una orden para que sus párpados se alzasen, aunque apenas logró elevarlos más de un par de milímetros.

–Te tengo.

Enfocó lo mejor que pudo su mirada cansada y discernió un rostro sobre él. Trató de hablar, pero sólo alcanzó a formar un nombre con sus labios. Supo que había acertado cuando escuchó una familiar risa junto a él.

–Sí Jim, Bones está aquí para salvar tu arrogante culo. Ahora espera– el médico tomó su mano e hizo un gesto a los enfermeros que le acompañaban–. Arriba.

Con certeros movimientos desplazaron al cadete hacia una camilla. Una vez Jim estuvo asegurado en ella, Bones le apretó la mano.

–Jim, sé que puedes oírme y también sé que estás muy cansado. Pero te necesito consciente. Te hemos inmovilizado el cuello, así que no trates de moverlo. Si me has entendido aprieta mi mano– Jim trató de hacerlo, pero Bones no sintió nada. La ausencia de respuesta comenzó a poner nervioso al médico–. ¿Jim?

Pero el rubio no contestó, la lucha contra sus párpados se estaba llevando todas sus energías.

–¡Necesitamos un traslado de emergencia, ya!– rugió McCoy.

Los siguientes instantes sucedieron demasiado lentos para la percepción de Leonard que sintió transcurrir una eternidad antes de que el hospital se materializase ante sus ojos.


Para alivio de Bones las primeras pruebas que se realizaron sobre Jim informaron que, salvo una gran desorientación y algún hueso roto, no había más lesión de la que preocuparse. De hecho ninguno de sus golpes, ni la fractura en su pelvis, requirió de cirugía y, a media noche, el rubio descansaba en una sala de recuperación hasta la que llegó el capitán Pike.

–Capitán– le saludó Bones nada más verle.

–Es Chris, Leonard. No estamos de servicio– el capitán se acercó hasta la cama de Jim y tomó su mano inerte–. ¿Es grave?

–No, por una vez no. Sólo una fractura y una conmoción. Puede que mañana mismo esté fuera. Ya he avisado a Winona y le dije que no debía preocuparse, pero supongo que hasta que no vea a Jim despierto con sus propios ojos no se tranquilizará.

–Normal, este chico tiende a ser un desastre, aunque me informaron que, anoche, no cometió ninguna estupidez y que su buen juicio salvó a varios cadetes.

–Así es. A cuatro de sus compañeros y a dos clientes de la cafetería. Sólo él y un pobre tellarita quedaron atrapados cuando las paredes cedieron.

–Me alegro. La explosión nos pilló completamente por sorpresa. Las cifras de muertos podrían haber sido catastróficas.

–Sí, los edificios resistieron bien el envite– Leonard revisó una vez más el estado de Jim con su propio tricorder.

–Pareces cansado– dijo Chris–. ¿Por qué no vas a por algo de comer? Yo estaré con Jim hasta entonces.

Con un asentimiento, Bones miró una última vez a su amigo y fue a por una frugal cena.

Las lecturas de la cama médica hicieron saber a Leonard que Jim estaba despertándose; los ojos azules no tardaron en aguarse ante la intensidad de la luz en la habitación.


–Me alegra que hayas decidido despertar justo tras el desayuno, ha sido un bonito detalle por tu parte– dijo el médico en voz alta, logrando por completo la atención de Jim que se giró el rostro hacia su izquierda, encontrándose con un desaliñado Bones sentado junto a él–. He podido disfrutar de un buen tazón de frutas y un café inmenso que te habría hecho llorar de pleno goce con sólo su olor.

La irrelevante información que estaba dando al joven no era más que una excusa para hablarle y permitir a la consciencia de Jim agarrarse a su voz para salir del letargo de la anestesia y los sedantes, algo que consiguió un minuto después.

–¿Qué… pasó?

–Una bolsa de gas– respondió Bones–. Cayeron cuatro edificios, tú estabas en uno de ellos. Según los testimonios rescataste a varios cadetes antes de que parte de los escombros te sepultasen– Jim trató de hacer memoria, pero Bones tenía otros planes y, aunque los resultados de sus análisis eran más que certeros, sintió la necesidad de comprobarlos por si mismo–. Jim, aprieta mi mano.

La confusión se reflejó en los ojos de Jim antes de que su mirada se desplazase hacia la cama: su mano izquierda estaba envuelta por la mano derecha de Bones. Centró su atención en la zona y logró apretar la mano de su amigo, aunque sin mucha fuerza. El alivio de Bones fue más que obvio ya que el hombre soltó un sonoro suspiro.

–Bien Jim, eso está muy bien.

–¿Hay algo mal conmigo?

–No más de lo normal– replicó con gracia el médico dejando su mano y caminando hasta los pies de la cama para comprobar un par de datos acerca de su estado–. No saliste con grandes daños más allá de un golpe leve en la cabeza, obstrucción respiratoria por aspirar el polvo del derrumbe y una fractura en la cadera que ya hemos soldado.

–Cómo un paseo– dijo Jim esbozando una sonrisa en su rostro cansado.

–Para ser tú, sí. De hecho podrías ser dado de alta mañana, aunque voy a tratar de acelerarlo para que salgas esta tarde. Sin embargo, escúchame bien– el médico regresó a su lado y le amenazó con el dedo índice–. Vas a estar descansando cuarenta y ocho horas y luego tendrás que tomarte todo con mucha calma durante una semana.

–Parece un buen trato– concedió Jim.

El médico tomó un comunicador que había permanecido hasta el momento en la mesa auxiliar de la biocama y lo encendió.

Doctor– la lenta mente de Jim le hizo saber que aquella voz pertenecía a alguien que conocía, pero fue de concretar a quien.
–Buenos días comandante, ya ha despertado.

¿Está bien?

Con una sincera sonrisa, Bones asintió.

–Compruébelo con sus propios ojos– giró el comunicador y Jim vio en la pantalla el rostro de su madre.

Aunque aún mantenía el ceño fruncido, el gesto de la mujer se relajó al terminar de recorrer con su mirada el rostro de su hijo.
–Cuando no te metes en líos estos te buscan a ti, ¿eh Jimmy?– en la voz de Winona no había reproche alguno–. ¿Cómo te sientes?

–Cómo siempre cuando despierto en un hospital: lento, atontado y ansioso por salir de aquí.

Entonces estás bien– dijo Winona sonriéndole–. Sabes que estoy cerca de la Tierra y…

–Voy a ser dado de alta hoy mismo por que me voy a portar bien– Jim dedicó un guiño a Bones.

¿Es eso cierto?

Explicándole a la mujer que las lesiones de Jim eran mucho menores de lo que en un primer momento habían temido, Bones le aseguró que no había de que preocuparse. Minutos después madre e hijo se despedían.


Tras seis horas de reposo Jim se encontraba más que bien para haber sufrido la noche anterior un derrumbe sobre su cuerpo. Bones cumplió su palabra y, tras la comida, ambos estaban de regreso en su habitación.

Para alivio del médico, Jim no intentó escaparse y, obedientemente, se acostó en el sofá y tomó uno de sus libros de papel para leer. Bones se sentó en el sillón, abrió su padd y, en un cómodo silencio, comenzó a revisar los datos de los casos que había tenido durante la emergencia.

Apenas había pasado una hora cuando Jim dejó a un lado la lectura y se incorporó en el sofá.

–Bones, he estado pensando.

–Vaya, eso es una novedad.

Jim puso los ojos en blanco y resopló.

–Dejando a un margen tu sarcasmo, ¿cómo pude salir de los escombros?

–Obviamente no saliste por tu propio pie.

–¿Quién me sacó?

–Yo.

–¿Tú?

El tono excesivamente agudo de Jim hizo que el médico alzase la mirada de su padd.

–¿Sorprendido?

–Pero… ¿tú? Si has peleado conmigo y no eres nada diestro.

–Gracias por demostrar, una vez, tu estupidez– Jim hizo un ademán de replicar pero el doctor no le permitió hablar–. ¿Recuerdas el día que te humillé en la pista de atletismo?

–Sí.

–¿Y cuando te quedaste medio desvanecido mientras corríamos por el parque?

–Ajá– musitó el rubio al tiempo que su gesto adquiría un claro gesto de concentración.

–¿Y el momento en el que tuve que arrastrarte a tu cama cuando no podías mantenerte en pie tras los últimos exámenes de la primavera?– Jim asintió–. Entonces ya deberías de comprender que tu fuerza bruta no tiene nada que hacer frente a mi resistencia.

Jim fijó sus ojos azules en su amigo.

–¿De verdad levantaste un escombro de más de cien kilos?

El hombre se encogió de hombros.

–Vamos Jim, tampoco es algo tan sorprendente. En situaciones de estrés tu cuerpo puede secretar tal cantidad de hormonas que dejas de sentir el dolor, el frío, o el peso de, en este caso, un escombro.

Volvió a mirar su padd ya que este acababa de brillar brevemente indicándole que había recibido un nuevo correo. Estaba leyéndolo cuando notó algo apretando su bíceps izquierdo. Se volvió y vio a Jim tanteando su músculo.

–Al final vas a acabar siendo un saco de sorpresas– dijo Jim–. Igual logramos hacer de ti un soldado de verdad.

Bones enarcó una ceja y soltó una carcajada.

–Jim, no quiero romper tus ilusiones pero, de momento, voy salvando tu vida más veces de las que puedes contar con los dedos de tus manos.

Refunfuñando, Jim regresó al sofá y volvió a su lectura.

Más tarde, esa misma noche, ambos amigos cenaban alrededor de la mesa de su pequeña cocina disfrutando de la mutua compañía cómo si nada fuera de lo normal hubiera pasado.


Nota: Muchas gracias por todas las rev del capítulo anterior! La verdad es que casi sin darme cuenta ya tengo cinco capítulos más para este fic, y alguno gracias a ideas que vosotros me habéis brindado así que, cualquier sugerencia es bienvenida ya que si puedo, y si entra dentro de la línea del fic, trataré de llevarla a la realidad :)
De nuevo gracias por leer mis fics, es un gran honor poder leer vuestros comentarios ^^