Familia negada
Las primeras maniobras de prácticas que Jim tuvo en su segundo año le hicieron ser consciente de que su instrucción iba cada vez más en serio: durante dos semanas estudió en la clase de mando, junto a sus compañeros, el escenario en el que se iban a mover, una situación de rehenes en la que todos simularían ser oficiales bajo arresto enemigo.
Sin embargo, nada de lo que había dado en la parte teórica le hubiera preparado para lo que estaba viviendo en esos momentos, todo parecía absurdo; incluso las palabras de Bones, pidiéndole prudencia a lo largo de los cuatro días que iba a estar fuera y deseándole buena suerte eran ahora muy lejanas, casi un vago recuerdo en sus pensamientos pues el presente de Jim se centraba en escapar de sus captores. Ante el enemigo él era el oficial científico de la USS Urprior, abatida en zona neutral por una nave klingon. El líder klingon les exigía los códigos de defensa de la federación a los oficiales superiores pues habían "matado" al capitán, un joven tellarita al que Jim había visto horas atrás siendo evacuado fuera de la simulación, inconsciente, a través de un pasillo, tras fallar en su interrogatorio, lo que significaba que para él la prueba había terminado.
Aquello tenía dos visiones: la positiva, que implicaba que Jim seguía en el juego, la mala que los esfuerzos de los enemigos se centrarían sobre él y el primer oficial.
Desde su celda trató de poner en orden los acontecimientos más recientes: tras hacerles prisioneros les habían dividido y aislado en celdas desde las que sólo podían atisbar parte de un pasillo por el que los prisioneros eran conducidos a las salas de interrogatorios. De momento Jim sólo había sufrido un interrogatorio en el que habían aplicado sobre él golpes relativamente ligeros que no habían llegado a romperle ningún hueso, pero lesiones de aquel tipo eran normales en aquellos ejercicios. Según les habían indicado en las clases lo fuerte comenzaría al final del segundo día. Si los cálculos de Jim eran correctos casi las tres cuartas partes de sus compañeros ya se habían roto ante la presión o el dolor.
Un ruido metálico le hizo alzar la vista hacia la puerta mientras dos klingons sacaban arrastras el cuerpo ensangrentado del primer oficial, una joven de Orion, que no dejaba de balbucear ininteligibles palabras. Jim miró a sus captores y trató de erguir los hombros para mostrarse lo más entero posible pues su turno había llegado.
Pasaban de las dos de la mañana cuando el ruido de la puerta abriéndose despertó a Bones. Soltando una maldición hacia aquel que estuviese osando a perturbar su descanso, el médico se puso en pie, mas su ánimo se calmó de inmediato al ver a Jim. Estaba pálido, ojeroso, lucía varios hematomas de mal aspecto, pero estaba de pie, frente a él, dedicándole una confiada sonrisa.
–Y por fin la alegría regresó a tu vida.
Aún percibiendo el cansancio en la voz del muchacho, Bones no pudo evitar alegrarse y avanzó hacia él para darle un breve abrazo. El gesto hizo que Jim contuviese el aliento. El médico se alejó un par de pasos y le observó con ojo clínico.
–Tienes un aspecto deprimente.
–Estoy seguro de que podrás arreglarme.
–Tal vez– Bones le indicó que fuese hacia su cama mientras él cogía el tricorder–. ¿Por qué has tardado tanto? Creía que regresaríais en la tarde.
–Logré resistir todo el interrogatorio sin dar los códigos– dijo Jim dejando su bolsa a un lado y sentándose con esfuerzo en el colchón–. Tras la prueba me dieron las primeras curas en la base antes de transportarme, junto con los últimos rehenes que aguantaron, hasta aquí.
El moreno frunció el ceño mientras leía los datos que el tricorder estaba arrojando.
–¿Y qué clase de interrogatorio sufriste? Porque según esto estás deshidratado, con una contusión torácica digna de una lucha contra un elefante, un riñón tocado y una infección urinaria que, apostaría, es debida al frío que has pasado.
–Pregúntaselo a los klingons– rió Jim, pero su risa fue interrumpida por un gemido en cuanto el médico tocó su costado.
–Sí, una buena infección– recalcó Bones antes de tomar su padd y revisar el expediente de su compañero–. Veamos que dicen las placas que te han hecho… umm…– el médico ojeó los resultados que horas atrás habían sido actualizados en la historia clínica del rubio–. Tienes suerte, la infección no se ha extendido. Un par de días de reposo y bien abrigado, y otro par más de actividad moderada y cómo nuevo. ¿Cuánto tiempo os han dado para regresar a clase?
–Una semana, lo único que tenemos que hacer hasta entonces es preparar la memoria de las maniobras.
–Bien– masculló Bones prácticamente ignorándole y comenzando a escribir en el padd–. Voy a cambiarte uno de los medicamentos porque creo que este puede causarte alergia debido al compuesto b-4c. Creo que tengo un par de dosis en mi maletín. En cuanto regreses a clases te haré las pruebas de la alergia para estar seguros, pero ahora no quiero correr el riesgo…
Sin dejar de hablar, Bones caminó de un lado a otro de la habitación añadiendo pequeños matices en el historial de Jim mientras revisaba su tricorder.
Decidiendo que era mejor no alterar el curso de los pensamientos del médico, Jim reunió sus últimas fuerzas para levantarse e ir al baño. Tras una rápida ducha sónica, y con una muda limpia, el joven no pudo evitar soltar un profundo suspiro cuando por fin su cuerpo se recostó por completo sobre la cama.
–¿Cómodo?– le preguntó Bones acercándose con un hipo.
–No puedes ni hacerte a la idea– dijo Jim tapándose con las mantas–. ¿A dónde vas con esa aguja?
–Tienes que tomar un relajante y un antibiótico.
–¿No puede ser mañana?– gimió el rubio.
–Sí, si no te importa que tus uréteres comiencen a plagarse de pus.
Refunfuñando, pero menos que otras veces, Jim aceptó que el médico le inyectase los medicamentos. Iba a protestar por un tercer pinchazo inesperado cuando sus párpados comenzaron a cerrarse.
–¿Sedan…te?
–Casi, es un compuesto inocuo que ayuda a dormir, pero no te dará pesadillas. Descansa.
Jim apenas tardó en dormir pero, desvelado por la repentina actividad, Bones permaneció despierto durante veinte minutos, sentado en su cama, observando la respiración calma de su amigo hasta que, finalmente, el sueño también le venció a él.
Lo primero que Bones hizo al levantarse al día siguiente fue comprobar el estado de su compañero. Para su alivio el muchacho seguía durmiendo, los datos de su tricorder le confirmaron que aún estaba bajo los efectos de la medicación y que su sueño era lo suficiente profundo como para mantenerlo descansando al menos un par de horas más. Asegurándose de dejar los analgésicos en la mesita de Jim, junto con un vaso de agua, Bones se vistió y tomó sus cosas para ir a clase.
Aunque sabía que el rubio podía apañárselas solo, Bones no dudó en cambiar su turno de tarde en la clínica con otro residente que le debía un par de favores así que, después de la última clase de la mañana el doctor regresó a su cuarto. En el Jim aún seguía durmiendo, hecho que dividió el razocinio de Bones pues por un lado no era habitual que su amigo durmiese tanto, pero por otro acababa de regresar de vivir cuatro días bajo golpes y privaciones, y era normal que su cuerpo tratase de sanar induciendo un sueño más que necesario. Aún así, Bones revisó cada signo vital de Jim de forma meticulosa antes de hacer la comida, reservando una parte generosa para cuando Jim despertase. Una vez saciado su apetito se tumbó en el sofá y comenzó a leer los artículos de investigación neurológica en vulcanos que uno de sus profesores le había recomendado. Estaba absorto en uno de los sistemas de regulación hormonal del encéfalo Vulcano cuando sintió la vibración del comunicador, pero no del suyo, sino del de Jim. El muchacho había dejado el comunicador encima de su escritorio por lo que Bones se acercó para cogerlo y silenciarlo ya que, seguramente, quien llamaba era alguno de sus muchos amigos para preguntar por su estado, o alguna de sus admiradoras; sin embargo cuando vio que la llamada entrante era de Pike no dudó en cogerlo.
–Buenas tardes capitán Pike, soy el doctor McCoy.
–¿McCoy? ¿Dónde está Jim? ¿Está bien?
–Sí, regresó ayer de sus maniobras y actualmente se encuentra descansando.
–¿Estás seguro?
La insistencia del capitán sorprendió a Bones.
–Sí señor, tan seguro que en estos momentos puedo decirle que está frente a mi, acostado en su cama, y durmiendo profundamente.
–Bien. Iré ahora mismo. No te muevas.
El sonido de fin de llamada hizo que el médico alejase el comunicador de si y lo mirase con extrañeza. ¿Qué le pasaba a Pike? ¿Y por qué tenía semejante urgencia?
Bones no pudo darle muchas vueltas al asunto pues en menos de diez minutos el timbre de la puerta sonó. El ruido hizo que Jim se removiese y Bones saltase cómo un resorte del sofá. Al abrir la puerta un serio Pike, vestido de civil, apareció ante él.
–Capitán– le saludó Bones indicándole que pasase, cerrando la puerta tras ambos.
–Llámame Chris, en estos momentos estoy de descanso.
–Bien, adelante Chris– Bones le guió hasta la estancia principal en dónde Jim seguía dormido.
No queriendo perturbar al capitán, Bones observó en silencio cómo este se acercaba hasta la cama de su amigo al que contempló con una expresión indescifrable antes de inclinarse hacia él para acariciar con la yema de sus dedos sus cabellos dorados. Tras el inesperado gesto Pike se alejó y regresó junto a Bones, que le ofreció asiento en el sofá. Pike se sentó y clavó su mirada azul en el médico.
–Puede que el que Jim tuviese las maniobras estos días haya sido un designio del destino a nuestro favor.
–¿Por qué?
–Hay un problema.
–Mientras sólo sea uno– dijo Bones tratando de sonar relajado, pero la gravedad del capitán estaba comenzando a preocuparle de verdad.
–Sé que Jim confía en ti y, aún más importante, Winona lo hace. Por eso yo también voy a hacerlo.
–¿Para qué?
–Para ayudar a Jim– Chris se inclinó hacia delante, apoyando sus brazos sobre las rodillas–. A estas alturas sabes que Jim no es el idiota que trata de mostrar ser. Es una persona honrada, leal y, por encima de todo, buena. Ha vivido muchas cosas a lo largo de su vida, y padecido miserias que ningún ser debería experimentar. Pero él ha superado todos y cada uno de los obstáculos que se le han presentado. Sin embargo… uno de sus fantasmas parece haber vuelto para atormentarle.
Rememorando el verano, el día en el que Jim le había revelado su estancia en Tarso IV, Bones se tensó.
–¿Qué quieres decir? ¿Qué fantasma?
La voz de Pike descendió hasta convertirse casi en un susurro.
–Frank, su padrastro.
–No sabía que Winona estuviese casada.
–Lo estuvo, Frank es su ex padrastro, aunque en verdad nunca fue un padre para él.
–¿Por qué?
–Cuando Winona comenzó a viajar al espacio debido a sus misiones con la flota, Frank se quedó al cargo de Jim y de George, pero pronto empezó a preocuparse más de mantener su vaso lleno que de cuidar de los críos. Durante cinco años Frank pudo mantenerse cómo un buen hombre ante los ojos de Winona pero un día ella regresó antes de tiempo de una misión, llegó a su hogar de improviso y… lo que vio no fue lo que una madre desearía ver: George se había escapado y Frank estaba dándole una paliza a Jim. Inmediatamente Winona se hizo cargo de todo: sacó a Frank de su casa, cuidó de Jim y encontró a George. Nunca se lo ha perdonado, ni a si misma, ni a Frank.
–Y Frank tampoco a ella– aventuró Bones.
–Así es. Y se lo hace pagar con sus hijos, dos veces ha intentado importunar a George, pero este es más duro de lo que parece. Sin embargo Jim, a pesar de su fachada ruda, es mucho más blando. Hace tres años Frank descubrió que estudiaba en la universidad, se presentó allí, y fue a por él. La policía tuvo que intervenir.
–¿Por qué me cuentas todo esto?
–Porque Frank está aquí.
La noticia no sorprendió a Bones, pero sí le molestó.
–Y déjame adivinar, no viene para alistarse en la flota.
–Eso me temo
–¿Cómo sabes que está en San Francisco?
–Un año y medio atrás Frank entró en prisión por desórdenes públicos reiterados. Winona me envió un mensaje hace ocho días diciéndome que iban a darle la condicional. Ese mismo día puse sobre él un control de seguimiento. Hace tres horas el control se activó, y está programado para hacerlo sólo cuando el objetivo está a cinco kilómetros del punto de emisión– explicó Pike mostrándole un pequeño aparato electrónico.
Observando la disposición de los puntos sobre la pantalla, Bones asintió.
–¿Cuál es el plan?
–No hay plan, Leonard. Si Frank se atreve a venir yo hablaré con él. No voy a permitir que vuelva a cruzarse con Jim.
–Si esa es tu intención me gustaría acompañarte. Ardo en deseos de escuchar que tiene que decir ese bastardo para justificar su presencia en la ciudad.
Las miradas de ambos parecieron retarse hasta que Pike cabeceó.
–Está bien, te avisaré llegado el momento– dirigió su mirada hacia la cama en la que Jim seguía durmiendo–. Cuida de él mientras tanto.
–Lo haré.
Anochecía cuando Jim se despertó. Las más de doce horas de sueño le habían devuelto la suficiente vitalidad cómo para intentar zafarse de todas y cada una de las atenciones de Bones que, tras largos minutos, logró terminar su examen sobre el rubio al que envió a la ducha mientras él se dedicaba a preparar una sopa de la forma casera.
–Vístete rápido, no querrás coger una pulmonía– le dijo Bones a Jim en cuanto este salió del baño envuelto en una toalla.
–Sí mamá.
–Maldito mocoso desagradecido, encima que me preocupo por ti. Debería dejar que enfermases y no curarte, y enviarte a un inepto que te diese algo a lo que fueses alérgico y… no, mejor no, porque al final acabarías llegando hasta mi sala de examen y entonces tendría que enmendar todo el caos que otros habrían hecho en ti y el trabajo sería el doble. No, no merece la pena.
Jim rió ante el discurso del médico cuyo comunicador sonó de forma estridente. El médico sólo le dedicó una mirada a la llamada entrante antes de colgar, y guardarse de nuevo el comunicador en el bolsillo de su pantalón.
–Tengo que salir pero no voy a tardar. ¿Crees que puedes terminar de cocer esto?
–Sí, claro. ¿A dónde vas?
–Tienen que devolverme un padd con los apuntes de trauma torácico.
–Suena sensacional– masculló Jim comenzando a vestirte.
–Pues lo es. Abrígate y come– le indicó el médico antes de abandonar las habitaciones sin tan siquiera coger su abrigo.
Una vez en los jardines, cuyas sendas estaban iluminadas por las farolas fotovoltaicas, Bones tardó varios minutos en dar con Pike, que le esperaba en uno de los cenadores que daban al estanque de la zona de los dormitorios. El capitán permanecía entre las sombras observando la superficie del agua sobre la que se reflejaba una luna llena.
–¿Dónde está?– preguntó Bones deteniéndose ante el capitán.
El hombre le mostró el localizador y Bones ahogó una exclamación de sorpresa al ver cómo la ubicación del punto que simulaba ser el padrastro de Jim estaba casi dentro de los terrenos de la academia.
–Vamos– dijo el médico devolviéndole el dispositivo.
–Leonard, antes de nada, debo advertirte que tal vez esta noche haya problemas.
Deteniendo sus pasos el médico se giró para mirar al capitán.
–No me vengas con gilipolleces Chris: sé a dónde vamos y sé lo que puede pasar.
–Entonces debo entender que comprendes los riesgos.
–Lo hago.
–Bien, vayamos.
Los dos hombres echaron a andar hacia la entrada este del campus. Minutos después, Frank apareció frente a ellos, caminando de forma renqueante. El hombre era un estereotipo de borracho de club de mala muerte: vaqueros viejos y sucios, camisa de cuadros ajada, y una prominente barriga conseguida tras la ingesta de docena de bebidas alcohólicas. Su aspecto era completado por una rala barba y una insultante sonrisa que revolvió el estómago del médico.
–Frank, sabes que no debes estar aquí– dijo Chris con calma–. Los terrenos de la academia son privados.
–Mi hijo estudia aquí.
–No tengo constancia de que tengas un hijo, y mucho menos de que este esté estudiando bajo mi tutela.
–Vamos Pike, sabes también cómo yo que Jim está aquí. Y hace tiempo que no veo al crío.
–James Kirk es hijo de George Kirk y Winona Kirk, no tuyo, Frank.
–No estoy para estas tonterías.
El hombre avanzó pero el capitán se interpuso en su camino. La sonrisa de Frank se acentuó dejando ver sus dientes amarillentos por el tabaco.
–No puedes hacerme nada, Pike– dijo con soberbia Frank–. Eres un capitán de la flota y si alguien descubriese que has pegado a un civil tu expediente sería…
Un puñetazo interrumpió la cháchara del hombre que de pronto se vio lanzado al suelo por un segundo golpe que abrió su labio inferior. Apenas tuvo tiempo de reorientarse cuando un peso cayó sobre él. Al abrir los ojos descubrió una airada mirada verde escrutándole.
–Escúchame bien, payaso. Yo no soy un capitán de la flota. Ni tan siquiera me importa una mierda la puta flota, pero cómo te acerques a Jim, cómo te descubra si quiera pensando en él: te mataré.
–Hijo de…
De nuevo las palabras de Frank murieron en su boca pues Bones sacó un hipospray y se lo inyectó en el cuello.
–Esto es gripe andoriana– reveló el médico–. Te va a causar un bonito sarpullido en los testículos acompañado por una fiebre bastante alta y náuseas. La vacuna no existe y la única forma de sobreponerse es padeciendo la enfermedad durante una larga, muy larga semana. Tómalo cómo una pequeña advertencia de mis palabras.
El médico se alejó del hombre que se puso en pie vacilante. Miró hacia Pike pero antes de abrir la boca vio cómo Bones lanzaba al aire, distraídamente, su hipo. El gesto pareció hacer meditar a Frank sus acciones pues su mandíbula se cerró y, sin más palabras, se dio media vuelta y se alejó.
–¿La gripe andoriana no tenía vacuna?– preguntó Chris a Bones viendo cómo Frank se perdía a lo lejos.
–La normal sí. Pero la que lleva en su cuello es una cepa un tanto especial.
–¿Cómo de especial?
–Digamos que tengo acceso a unos niveles interesantes dentro de los laboratorios de ensayos virológicos.
La risa del capitán llenó el jardín, desierto a esas horas.
–Eres un hombre de recursos– palmeó el hombro de Bones–. Me alegro de tenerte de mi lado y no contra mi.
–Entonces recuerda asistir puntual a todos tus reconocimientos médicos– ambos rieron–. ¿Qué pasará ahora con Frank?
–Le pondré un nuevo seguimiento, no quiero correr riesgo alguno, aunque dudo mucho que vuelva a intentar acercarse a Jim tras tu amenaza.
–Bien, si puedes hacerte cargo del resto creo que voy a irme. Quiero echar un vistazo al mocoso.
–Ve tranquilo y envíame un informe con su estado.
–Descuida, buenas noches Chris.
–Buenas noches Leonard.
–Hola Bones.
El saludo de Jim fue inesperado a pesar de que el médico sabía que apenas había tardado treinta minutos y Jim había quedado despierto. Se adentró en las habitaciones llegando hasta el espacio de la cocina en el que se encontraba su compañero, sentado a la mesa de la cocina, sosteniendo un humeante cuenco de sopa entre sus manos. Tal y cómo había sugerido, Jim estaba bien abrigado con una camiseta térmica y una sudadera. Su aspecto aún no era del todo aceptable para el experimentado ojo del médico, pero si estaba mucho mejor que horas atrás.
–¿Cómo estás?– le preguntó sentándose frente a él.
–Listo para salir de fiesta– dijo Jim entre risas–. Aunque no diría que no a quedarme otra noche durmiendo.
–¿Otra?– repitió el médico alzando una ceja–. Otras dos o tres diría yo.
–Recuerda que tengo un cuerpo joven y atlético.
–¿Me estás llamando viejo?
–Tan sólo insinúo que si fueses tú quien tuviese que recuperarse tal vez sí que tardaría cuatro días, pero…– la broma de Jim se vio interrumpida pues el muchacho reparó en las manos del médico–. ¿Te has estado peleando, Bones?
–¿Lo dices por esto?– le mostró mejor los nudillos en los que se podían apreciar pequeñas heridas–. Hoy tuvimos a dos jóvenes intoxicados con alucinógenos, retenerles en la camilla fue toda una experiencia.
Sin dudar en ningún momento de la mentira de Bones, Jim continuó degustando su sopa mientras replicaba con ingenio a su amigo sin saber que minutos atrás el cadete médico había estado a punto de matar a su ex padrastro, sin que su pulso ni su voz temblasen, para mantenerle a él alejado de todo problema.
