Excursiones

Bones no estaba muy seguro de cómo había terminado en una de las montañas a las afueras de San Francisco, terminando de ascender a la cima de la misma con una bicicleta al hombro. Aunque en verdad sí que sabía cual era la razón: Jim Kirk.

–Maldito mocoso insolente– musitó el médico dando los últimos pasos hasta la cumbre, dejando a un lado la bicicleta, y lanzando el casco lejos de él antes de mirar hacia abajo, hacia un grupo de tres personas que subían por el mismo camino que él había tomado–. ¡Para que vuelvas a llamarme viejo!

A pesar de la distancia con el grupo, Bones escuchó la familiar risa de su compañero de cuarto.

Minutos después Jim, junto con Gaila y Uhura, llegaba hasta la cima imitando su gesto al tirar a un lado su bicicleta.

–¡Por fin!– exclamó Gaila dejándose caer sobre la fresca hierba–. Creía que moriría en el intento.

–Exagerada– canturreó Jim pasando a su lado y palmeando con afecto su rodilla–. Bones, estás en forma, ¿eh? Ascendías la montaña cómo una ágil cabra.

–Mejor subir cómo una cabra que no cómo tú, que parecías un penoso hipopótamo. Además, ya te había dicho que se me daba bien este tipo de actividades.

–Sé que eres un buen corredor, lo compruebo cada vez que quedamos para correr. Pero de ahí a creerme que eres el auténtico hombre de acero hay un trecho– rió el rubio–. De hecho estoy seguro de que podrías presentarte al triatlón de San Francisco y lo ganarías.

–Sí, podría hacerlo entre el examen de técnicas de combate en campo abierto y mi turno de guardia en el hospital.

–Pues yo creo que podrías hacerlo– insistió Jim dando un trago a su agua.

–Y yo que deberías dejar de decir tonterías.

–Vamos Bones, no son tonterías.

–¿Es que no puedes comprender que no todos quieren pasar veinticuatro horas al día sin parar, Kirk?– le preguntó Uhura que se había sentado junto a su compañera de cuarto.

–Yo sólo quiero despejar la atormentada mente del bueno de Bones.

–Quien lo diría, la verdad es que parece que quieras volverle loco con tu parloteo constante.

Tumbándose boca abajo, frente a la mujer, Jim puso su mejor cara de inocencia.

–Si tú me dejases tal vez podría encontrar un mejor uso a mi lengua.

Alargando su pierna, Uhura logró llegar hasta Jim y golpearle en el hombro. El hombre se alejó de inmediato frotándose la parte herida.

–Eso duele– dijo mientras Gaila reía y Bones disimulaba su sonrisa.

–Te lo merecías, por imbécil.

–Ese carácter tuyo… deberías buscar a alguien que lo aplaque.

–Ya lo ha hecho– dijo Gaila sonriendo a pesar de la furiosa mirada de su amiga–. Y es alguien muy apuesto.

–¿Y de quien se trata?– preguntó Jim haciéndose el ofendido–. ¿Y por qué yo no lo sabía?

–Porque lo que pasa en mi vida no te incumbe.

–Vamos Uhura, no seas así, ¡somos amigos!

–Es la tercera vez que compartimos el mismo espacio sin que tú estés peleando con alguno de mis amigos o ensuciando el suelo con tu sangre– le recordó Uhura.

Sus palabras hicieron a Jim reflexionar.

–Tienes tu punto en eso… ¡Pero no trates de confundirme! ¿Quién ocupa tu corazón?

Antes de que Gaila pudiera adelantarse, Uhura le dio un codazo. Pronto ambas terminaron en el suelo forcejeando la una con la otra: Gaila riendo, y Uhura blasfemando en varios idiomas.

–Esto, con un poco de barro, y ya no le pediría nada más a la vida– musitó Jim observando como las dos mujeres seguían peleando en broma.

–¿Te das cuenta de que si te hubieran escuchado ahora mismo estarías en el suelo con la cabeza abierta?

–Sí, es lo más probable– dijo Jim con resignación antes de dejar la escena y girarse hacia Bones, que ahora contemplaba el paisaje.

Desde la cima de la montaña se podía observar el perfil lejano de San Francisco.

Gaila había sido la precursora de la excursión de ese sábado, una forma más amena de mantenerse al día con sus entrenamientos, y que había incluido una ruta en bicicleta de cuarenta kilómetros y un ascenso de uno y medio por la montaña. Tanto Uhura, cómo Jim se habían mostrado bastantes entusiastas de la idea. Bones fue el último en aceptar sumarse a la pequeña expedición alegando tener un horario sumamente apretado. Sin embargo, al final, había claudicado ante las súplicas reiteradas de Gaila, los ojos de pena de Jim, y la petición expresa de Uhura para acompañarles.

Leonard había hablado en pocas ocasiones con Uhura, con la que sólo compartía una clase, sin embargo la cadete le parecía una persona educada, culta y sumamente educada. Tal vez por eso aceptó el acompañar a los jóvenes ese día y, la verdad, hasta el momento había sido un gran día. Salir de la ciudad había permitido a los cuatro alejarse del rigor militar de la academia, al menos por unas horas, y el cambio era muy agradable.

–No tardará en anochecer– anunció Uhura, ahora sentada sobre la espalda de Gaila.

–Deberíamos volver antes de que se nos haga muy tarde– convino Bones.

–Tenemos que hacer esto más veces– dijo Jim estirándose–. Me gusta mucho más que pasar la tarde en el gimnasio.

–Por una vez estoy de acuerdo contigo.

–Este momento puede ser le inicio de una bonita amistad, Uhura.

–Ni en tus mejores sueños Kirk.

El rubio hizo uno de sus mejores pucheros, pero la mujer no se dio por aludida. Poniéndose en pie Uhura le tendió una mano a Gaila y la ayudó a ponerse en pie.

–En marcha.


De vuelta a su cuarto Bones instó a Jim a ducharse mientras él trataba de calmar el dolor de sus pies tras haber realizado la última parte de su regreso corriendo, un absurdo reto que accedió a realizar contra Jim únicamente para volver a hacer morder el polvo al rubio; algo que había conseguido pues había llegado al campus con más de siete minutos de ventaja. Ahora sus pies clamaban por un poco de paz.

Jim no se hizo de rogar en la ducha y salió a los pocos minutos. Bones disfrutó de un rato bajo la ducha sónica algo más prolongado hasta que finalmente salió también del baño. En el cuarto, Jim estaba tirado en el sofá sin dar señales aparentes de cambiar su posición en los próximos minutos.

–¿Cansado?– se burló Bones.

–Sí, y mucho. No sé cómo lo haces.

–Ya te dije: practique mi resistencia en la universidad. Nada mejor que una facultad con un buen equipo de atletismo para ponerte en forma.

–Mi universidad también tenía equipo de atletismo y yo soy deprimente en cualquier tipo de carrera.

–Jim… ni siquiera eras miembro del equipo.

–¿Y qué?– replicó Jim encogiéndose de hombros–. La intención es lo que cuenta.

–Entonces, ¿qué hay entre Gaila y tú?– preguntó Bones poniéndose una camiseta limpia.

–Una amistad, una muy buena amistad.

–Y por eso sonríes cómo un idiota, claro. No por que sea orionita y tenga una elevada inclinación hacia las actividades sexuales.

–¿En serio? No lo sabía.

–Ya, seguro– bufó Bones.

–¿Con quien crees que está Uhura? Debe ser un santo varón para poder sobrevivir ante una mujer tan brava.

–Jim, Uhura sólo gruñe cuando tú estás cerca. Con el resto de seres vivos es agradable, de hecho me parece una joven encantadora. Creo que de verdad le enervas.

–Eso es imposible– Jim se tocó dramáticamente el pecho a la altura del corazón–. Yo soy irresistible, y eso lo dice mi madre.

–Pobre mujer…

–¿Qué acabas de murmurar?

–Nada. Y en cuanto a Uhura creo que está con un Vulcano.

–¿Un vulcano? La información no es muy concreta, hay muchos vulcanos en la academia.

–Bueno Sherlock, eso es lo único que sé, lo que ya es más de lo que tú sabías.

–Cierto– Jim frunció el ceño–. Tal vez debería apuntarme a clases de xenolingüística y vigilar de cerca a Uhura.

–Sí, seguro que ella lo permitiría sin partirte la cara– dijo irónicamente Bones sentándose en el sillón, a su lado.

–Alguien debe velar por ella.

–Ya, y mira, de paso aprenderías un par de idiomas, podría ser hasta provechoso para ti.

–No te creas, las lenguas se me dan bien. Nah jajmeymaj wej mubelmoh tlhinganpu'.

Bones miró con horror a Jim.

–¿Qué mierda ha sido eso? Tu voz ha… ha… ¡Maldita sea!

La risa de Jim llenó el cuarto.

–Calma Bones, sólo es klingon.

–¿Y cómo demonios sabes klingon?

–Durante mi estancia en Tarso estudie mucho, era un buen lugar para avanzar en el conocimiento de cualquier lengua conocida. Lo aproveché bastante bien, o eso creo.

El primer instinto de Bones fue analizar el gesto de Jim, pero la mención de Tarso no parecía haberle devuelto sus más oscuros recuerdos. Así que se calmó y volvió a la conversación con celeridad.

–Sonabas como un maldito demonio.

–Es un idioma muy fuerte– reconoció Jim–. Y algo complejo también.

–¿Y por qué no elegiste xenolinguistica para los créditos libres? Seguramente te habrías ahorrado muchas horas de estudio con una base tan buena cómo la que ya tienes.

–Por eso mismo, preferí escoger otras asignaturas para poder aprender algo más– ante el silencio de su compañero, Jim se volvió hacia Bones–. ¿Qué? ¿Por qué me miras cómo si me acabase de crecer una tercera cabeza?

–Hace unas horas babeabas mientras deseabas ver a Uhura y Gaila peleándose cubiertas de barro y ahora admites haber elegido las asignaturas de libre por su valor educativo. Eres increíble– resopló el médico.

–No olvides que voy a ser capitán, y los capitanes tienes que ser personas versadas en todos los campos– dijo con petulancia Jim.

–Tú cómo capitán, no sé si mis ojos llegarán a verlo.

–Más vale que lo hagan, recuerda que serás mi jefe médico.

–Si ese día llega: que los cielos nos asistan.

Jim rió y pronto Bones se contagió de aquel cálido sonido que le empujó a reír junto a su mejor amigo.


Nota: Que gusto da el volver al Word! Muchas gracias a todos por vuestros comentarios, especialmente a Zussi, a la que desde aquí quiero agradecer su preocupación e interés durante estos días.
Ha sido muy alentador leer vuestros mensajes y buenos deseos. Y sólo puedo esperar corresponderos con algún buen capítulo que os pueda gustar :)