Un pasado muy presente
Se podía decir que McCoy estaba de buen humor: su turno en el hospital por la mañana había sido más que llevadero y en la tarde sólo había tenido un par de clases. Así pues, tras tomar un café con otro de los médicos de la flota, y después de recoger un padd de la biblioteca, Leonard decidió ir a por Jim que, en esos momentos debía estar saliendo de su clase de tácticas de combate aéreo.
Se cruzó con algunos de los amigos del rubio a los que le preguntó por su compañero al ver que este no salía de la clase.
–No ha venido– le dijo uno.
–¿Cómo?
–Hace un par de horas que no le veo. Pero conociendo a Jim no me extrañaría que encontrase algo mejor que hacer, pero con compañía femenina– dijo el cadete palmeando el hombro de Bones–. Nos vemos Leonard.
El médico le dedicó un gesto de cabeza mientras se quedaba pensando dónde podía estar Jim que, si bien era normal verle coquetear con féminas de todas las razas nunca lo hacía en horas de academia, y mucho menos se saltaba sus clases. Bones inició una búsqueda por los terrenos de los edificios de la flota que fue en vano. La última opción del médico eran los bares colindantes pero, tras pasar por todos, regresó a su dormitorio malhumorado, un estado que aumentó al ver cómo la luz de la cerradura indicaba que había alguien dentro.
–Lo mato– dijo entre dientes Bones aporreando su código de acceso sobre el panel–. Yo lo mato.
Al entrar en la habitación suspiró de alivio al ver a Jim sobre su cama. El rubio mantenía un brazo cubriendo sus ojos.
–Maldita sea Jim, cómo me hayas tenido toda la tarde buscándote y tu excusa sea que te has quedado aquí dormido, ¡te mataré!
Los labios de Jim se curvaron en una sonrisa.
–No estoy dormido, Bones.
–Entonces será mejor que me digas por que has decidido saltarte tus clases de tácticas.
–No me encontraba bien.
Una sarta de improperios salió de la boca de Bones mientras tomaba su tricorder y comenzaba a pasarlo sobre su amigo.
–Lo que me faltaba, encima que te enfermes…
–No es nada físico.
–… por que estamos en una época muy mala para los resfriados y…
–Hemos comenzado a estudiar el caso de Tarso IV en la clase de diplomacia.
Las palabras de Jim detuvieron a Bones. Lentamente el médico bajó el tricorder y se sentó en el borde de su cama, mirando hacia Jim.
–¿Qué pasó?
–Explicaron lo acontecido con las cosechas, las acciones posteriores de Kodos sobre la colonia. No soy idiota, sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarme a ello pero pusieron varias imágenes. Algunas no las había visto. En una de ellas se podía ver uno de los castigos públicos de Kodos, en la plaza del ayuntamiento de la colonia, lo peculiar de la foto es que a quien estaban castigando era a mi. Nadie me reconoció, de hecho yo mismo apenas lo hice, pero tras unos segundos recordé aquel momento: me habían pillado robando fruta podrida, de los contenedores; eso se suponía que iba a ser nuestra comida, mía y de mis hijos, para una semana. Cuando los guardias de Kodos me encontraron no dudaron en llevarme a la plaza.
–Jim…
–Al principio no tuve problemas en asimilar la imagen, todo fue bien– el rubio retiró el brazo de sus ojos y se quedó mirando al techo–. Pero cuando terminó la clase mi estómago comenzó a retorcerse, sentí la misma sensación de vacío que sentí cuando el hambre me cegó. No quería derrumbarme en medio de los pasillos. Así que vine aquí.
El silencio cayó sobre ambos. Bones fue el primero en moverse: se sentó junto a Jim y tomó su rostro con ambas manos. Los ojos azules de Jim estaban enrojecidos, y todo en el cuerpo del joven decía a gritos que estaba sufriendo.
–Eh, venga Jim, mírame.
–Lo siento Bones… no puedo hablar de ello.
–Lo sé, y no pasa nada. Yo sólo quiero saber cómo estás– Aquello sorprendió a Jim que clavó su mirada en la de Bones, cómo si no entendiese lo que acababa de decirle–. Ya habrá tiempo para hablar de Tarso Jim, pero sólo cuando estés preparado. Ahora quiero asegurarme de qué te encuentras bien.
Jim tragó saliva y asintió.
–Sí, pero voy a tener que escribir un ensayo acerca de la gestión de Tarso IV, y no sé si seré capaz de hacerlo.
–¿Por qué?
–Todo lo que se sabe de Taso IV es gracias a los testimonios de los supervivientes, de todos menos de los nueve Tarsos. Yo estaba entre ellos y sé cuantos errores desconocía la población: cómo si que hubo una alternativa a la plaga de los cultivos, cómo las muertes no fueron necesarias… si tan sólo Kodos hubiera escuchado…
–No puedes anclarte en el pasado, Jim. Debes pensar en el ahora. Harás ese ensayo, pero no trates de justificar lo pasado. Explica las opciones que tú conoces y que hubieran podido liberar a Tarso IV. Cuando lo hagas pasarás página y te centrarás en el presente: estás vivo, estas en la flota estelar, y eso es el camino hacia las estrellas.
–¿Y qué?– musitó Jim.
–Estoy seguro de que a las estrellas no llegarás cómo pinche de cocina de una nave estelar, sino cómo un capitán. Tendrás el mando de una auténtica tropa y podrás evitar que otros casos cómo el de Tarso IV se sucedan.
Asintiendo, Jim cerró los ojos y tomó aire. No fue lo suficientemente rápido cómo para comprender que acababa de picar en su cuello pues el sueño le arrastró lejos de Bones, de la academia y de Tarso IV.
Cuando Jim volvió a recuperar la conciencia pasaban de las once de la noche y Bones ya tenía la cena sobre la mesa de la cocina.
–¿Por qué me has dejado K.O?– se quejó el rubio poniéndose en pie y frotándose la nuca.
–Necesitabas descansar, y sin soñar mierdas.
–Pues misión cumplida– Jim se sentó a la mesa ahogando un bostezo.
–Ahora comeremos esta ensalada de pollo, tomaremos una cerveza, y luego veremos que podemos hacer con ese ensayo tuyo.
Cenaron en calma, disfrutando del momento, y hasta que los platos no estuvieron vacíos Bones no permitió que Jim comenzase con su trabajo. Al principio el médico dejó que su amigo escribiese un borrador en su padd, pero cuando lo leyó supo que iba a ser difícil. Aunque Jim podía parecer demasiado libertino se le daban realmente bien los estudios y era muy diestro a la hora de redactar, sin embargo aquello no estaba a la altura de ninguno de sus anteriores trabajos, el propio muchacho lo sabía. Por ello Bones trató de dar lo mejor de si mismo y arreglar aquella redacción.
Pasaba de la una de la madrugada cuando ambos dieron por concluido el trabajo.
–No será tu mejor nota, sin duda, pero aprobarás– aseguró Bones.
–En este caso no pido más– dijo Jim enviando el escrito a su profesor a través de la plataforma online.
–Después de sobrevivir a Tarso enfrentarte a ello no es fácil– comenzó a decir el médico–. ¿No te has planteado el comentarlo con tus profesores?
El rubio soltó una triste carcajada.
–No todo el mundo es cómo tú, Bones. Normalmente cuando alguien ve a uno de los supervivientes de Tarso no puede mirarle más que con piedad y lástima. Y no me gusta. Además, mi situación es un poco más complicada al haber visto el rostro de Kodos.
–¿Llegarías a testificar contra él?– quiso saber Leonard.
–Si fuese juzgado no dudaría en reconocerle y relatar sus atrocidades– por un instante la mente de Jim le llevó muy lejos de la habitación–. Kodos no sólo gestionó mal la pérdida de las cosechas, también eligió mal sus prioridades y antepuso su bienestar por delante del de todos y cada uno de los habitantes te su colonia.
–Espero que algún día le encuentren y pague por lo que hizo– dijo Bones con suavidad retirando el padd de las manos de Jim–. Pero ahora estás aquí, y tienes que descansar. Mañana te espera otro divertido día de clases para locos que aspiran a capitanear una lata de sardinas espaciales.
Jim rodó los ojos y volvió a reír, esta vez con auténticas ganas.
–Ya te he dicho que son naves de última generación.
–Mierda de última generación. Sí– rumió el médico poniéndose su ropa de dormir.
Normalmente Bones era bastante rápido en realizar sus últimas actividades antes de meterse en la cama y que incluían desde ponerse cómodo a lavarse los dientes. Sin embargo esa noche tardó, a conciencia, más que otros días para, de forma disimulada, verificar que Jim se acostaba. Cuando el rubio se metió en su cama, y se arropó, Bones hizo lo propio antes de apagar las luces.
–Buenas noches Bones.
–Buenas noches Jim.
