Vacaciones de Navidad

Por extraño que pudiera parecer, Jim recorría los pasillos del hospital sin muletas, sin vendas, ni tan siquiera con una pequeña herida en su piel. No. Esta vez era él quien buscaba con preocupación la sala en la que su mejor amigo se encontraba.

Apenas veinte minutos atrás había recibido una llamada del hospital diciéndole que Leonard McCoy acababa de ser intervenido de urgencia tras caerse por unas escaleras auxiliares, en las que un escalón se había roto por un defecto del material. La caída no habría tenido mayor importancia de no haber sido por que para frenar el golpe el médico puso su mano derecha por delante, y fue esta extremidad la que recibió todo el impacto. El resultado fue un brazo roto por tres sitios y un codo dislocado, una lesión lo suficientemente severa cómo para que sus compañeros decidieran intervenir de inmediato.

Revisando los números de las habitaciones, Jim dio con el que le había dado el enfermero cuando mencionó el nombre de su amigo, sin embargo la habitación estaba vacía.
–Disculpe– Jim llamó la atención a una de las doctoras que estaban en la planta–. Estoy buscando al doctor Leonard McCoy, debía de estar en esta habitación, pero no hay nadie.

Tecleando en su padd la mujer asintió.

–Es la habitación en la que ingresarán al doctor McCoy, pero aún está en la sala de recuperación. En diez minutos lo subirán a la planta.

–Vale, muchas gracias.
Durante doce minutos Jim permaneció estoicamente frente a la habitación, con las manos en la espalda, cómo si fuese un escolta de la puerta. Toda su pose se vino abajo cuando un enfermero apareció empujando la bio cama en la que dormía Bones. Junto a ellos caminaba un doctor tellarita, que apuntaba algo en su padd.
–¿Cómo está?– se apresuró a preguntar Jim.

–Perdone, ¿es usted familiar del doctor McCoy?– le preguntó el médico.

–No, yo…
–Entonces me temo que no puedo darle los datos del paciente.

–Pero el doctor McCoy quiso que me avisasen a mi– dijo Jim con un deje de ansiedad viendo como el enfermero introducía la camilla en la habitación–. Soy James Kirk, su compañero de habitación.

El médico frunció el ceño pero pareció comprobar sus palabras en el padd ya que, tras un leve asentimiento, volvió a mirarle, esta vez con atisbo de sonrisa en su boca.
–Bien señor Kirk, parece que su nombre figura en la lista de familiares cercanos al doctor McCoy– hizo un gesto hacia la puerta–. Pase.

Sin perder tiempo, Jim cruzó el umbral y entró en el cuarto en el que el enfermero ya terminaba de ajustar la bio cama al control de la pared.

–Verá señor Kirk. La fractura múltiple que sufrió el doctor McCoy ha requerido de una intervención bastante complicada, pero rápida. Afortunadamente todo ha salido cómo debía. Por precaución, y debido a la fragilidad de los tejidos regenerados, mantendremos el brazo del doctor inmovilizado setenta y dos horas. Tras este periodo de tiempo le realizaremos una nueva revisión para comprobar si podemos retirar las sujeciones con seguridad.

–¿Cuándo podrá ser dado de alta?– preguntó Jim, aunque ya más aliviado ante las palabras del médico.

–Pronto– aseguró el tellarita–. En la sala de recuperación llegó a recobrar la consciencia, pero el agotamiento de la operación le ha hecho volver a quedarse dormido, aunque ahora de forma natural. Esperaremos unas horas a que despierte, logre ingerir líquidos y orinar por si mismo. En cuanto todo su cuerpo recobre sus funciones será dado de alta.
–Gracias doctor.

–No hay de que muchacho. Si me necesitáis preguntar por el doctor Teurian en el control de enfermería de la planta.

–Gracias.

Antes de irse, el médico comprobó un par de lecturas en el panel. Una vez a solas en la habitación, Jim acercó una silla al lado de la cama, se dejó caer en ella y suspiró tomando la mano de su amigo entre las suyas.

–Vaya mala suerte, Bones, caerte el día antes de las vacaciones de Navidad. Ni a mi se me hubiera ocurrido algo así.

Para su desilusión, Bones no le replicó mordazmente cómo hubiera sido el caso si el hombre hubiera estado despierto. Con un profundo suspiro, Jim apretó la mano de su amigo y se dispuso a esperar junto a su lecho.


Los párpados de Bones comenzaron a alzarse poco después de la hora de la comida. Nada más notar movimiento, Jim se puso en pie y se acercó, aún más, a su amigo.

–Vamos Bones, despierta. Llevas demasiado tiempo descansando, y alguien tiene que ir a cocinar la comida.

–Hay pasta en la nevera– musitó Bones aún sin lograr abrir los ojos del todo–. Cómela y luego… fruta. Sí, eso estará bien…

–Oh Bones, eres una mamá gallina hasta dormido– dijo Jim entre risas–. Vamos, abre los ojos y comenzarás a sentirte mejor.

Fue casi un cuarto de hora lo que Bones necesitó para reorientarse por completo. Durante todo el tiempo Jim permaneció cerca de él, dándole pequeñas palmaditas en la mano, y hablándole con ligereza para que su mente fuese despejándose. Finalmente el médico pidió el padd que descansaba a los pies de la cama y que contenía los datos de su operación.

–No sé si debería dártelo– dijo Jim dubitativo–. Se supone que estás recuperándote.

–Sólo voy a mirar los resultados de la operación, no a liderar una lucha contra el mal mundial. Dame el maldito padd.

Bones hizo una composición de todo lo acontecido en sus horas de letargo inducido en apenas un minuto.

–Afortunadamente no hubo astillas– musitó Bones ojeando la pantalla del padd–. Aunque el codo ha dado bastante guerra por lo que veo.

–Oye Bones– llamó Jim en voz baja, mientras jugaba con una esquina de la manta que ahora cubría al médico–. Sé que me habías dicho que fuese a pasar las navidades a tu casa, con tu madre y tus tíos. Pero en tu estado comprendo que necesitas descansar y que yo no…

Leonard alzó su mano sana haciendo callar al rubio.

–Cómo vayas a decirme que no vas a ir a Georgia conmigo esta tarde porque yo me he roto el brazo te aseguro, Jim, que me romperé el otro del puñetazo que te voy a soltar.

–En tu actual estado igual el golpe no sería muy fuerte.

–No me pongas a prueba– amenazó Bones antes de removerse en la cama–. Dios, que ganas tengo de salir de aquí. ¿A qué hora dijo el doctor…?

–Teurian.

–…Teurian, que podía irme?

–En cuanto bebieses e hicieses pis por ti mismo.

–Eso puedo hacerlo ya– gruñó el médico pulsando los botones de la cama para elevar el cabecero.

–Además dijo que no podías salpicar el baño, que eso se consideraría cómo no apto.

–Vete a la mierda Jimmy– siseó el doctor.

Jim rió.

–Si estás bien para mandarme a la mierda estás bien para ser dado de alta– dijo con solemnidad el rubio.

Bones siguió maldiciendo, pero no se opuso a que Jim le ayudase a incorporarse. Por un momento, Jim creyó que iba a tener que indicarle a su amigo que se lo tomase con calma, pero Bones parecía medir muy bien los tiempos entre movimiento y movimiento, y pronto se encontró sentado en la cama.

–Esta férula es incómoda– musitó observando la protección que impedía que su mano derecha se moviese.

–En tres días la tendrás fuera, luego te revisarán para ver si pueden quitártela definitivamente.

–¿Tres días con esta mierda? Y por culpa de un escalón.

–Podría decirte que fuiste muy valiente en tu lucha contra el escalón y que eres un héroe. Pero ambos sabemos que no es así.

Poniendo una mirada fría, Bones miró a su compañero.
–¿Piensas seguir con tu humor de mierda hasta que me vaya?

–Sí– respondió con solemnidad Jim.

–Maldita sea…


El viaje de Leonard y Jim a Georgia estaba previsto para el final de esa tarde, pero Bones estaba lo suficientemente cansado tras la operación cómo para pedirle a Jim que cambiase los billetes para primera hora de la mañana del día siguiente, a pesar de que a mitad de la tarde ya estaba de nuevo en su cuarto tras haber recibido el alta.
–Ya está– dijo Jim realizando el cambio con el padd.

–Gracias– musitó Leonard tumbado en su cama–. En un momento terminaré la maleta y…– un bostezo interrumpió su frase.

–¿Y por qué no lo dejas para más tarde?– le preguntó Jim levantándose y caminando hacia la cama–. Aún queda tiempo de sobra– tomó una de las mantas situadas a los pies de su propia cama y cubrió con ella a Bones–. Te avisaré en un rato.

–Bien…

El médico no pudo añadir nada más pues su cuerpo se rindió ante el cansancio.

A media noche Bones fue despertado por Jim para tomar sus medicamentos junto con un poco de manzanilla. El médico estaba tan cansado que no se percató de que Jim no le había llamado para hacer la maleta. Pero tampoco hubiera hecho falta pues el rubio había terminado de preparar la ropa de ambos un par de horas atrás, y no fue hasta primera hora de la mañana que Bones se despertó al escuchar una alarma.

–Mierda– siseó Jim saltando de su cama para apagar la alarma–. Lo siento Bones, la puse por si me dormía y se me pasaba la hora.

Mirando la hora el médico soltó una exclamación.

–Las ocho ya, y tenemos que prepararlo todo y…– miró a su alrededor notando cómo la habitación estaba recogida, y un par de bolsas colocadas a la entrada.

–Tenemos tiempo: el transporte sale a las nueve del puerto, ayer dejé el desayuno ya listo, y me duché antes de acostarme por lo que sólo nos queda que te des un baño y desayunar.

La cara de satisfacción de Jim era cómo la de un niño que acababa de llegar a casa para decirle a sus padres que acababa de sacar un diez en un examen.

–Entonces será mejor que me duche.

–Quieres ayuda con el jabón– rió Jim entre dientes antes de esquivar una zapatilla que Bones acababa de lanzarle.

–Más quisieras tú mocoso.

Una vez Bones estuvo aseado, ambos desayunaron, aunque el apetito del moreno aún era escaso. Recogiendo lo poco que habían ensuciado, Jim anunció que todo estaba en orden y que podían partir. Bones trató de hacerse con su bolsa pero Jim insistió en que él la llevaría, no queriendo que el doctor forzase su brazo. Mascullando que no era un inválido, Bones encabezó la marcha hacia el transbordador que salió a la hora prevista. A las nueve y cuarenta llegaron a Georgia, y a las diez y cuarto un taxi les dejó frente a la casa de los McCoy.

La casa estaba tal y cómo Jim la recordaba, con la salvedad de que ahora un imponente árbol de Navidad presidía el jardín, y las ventanas estaban rodeadas por luces.

–El espíritu de la Navidad– dijo Bones.

El hombre había tratado de sonar despreocupado, pero Jim podía notar cómo el viaje le había fatigado. Así que sin intercambiar sus característicos comentarios sarcásticos, el rubio le siguió hasta la entrada.

No tuvieron necesidad de llamar a la puerta pues cuando ambos estaban en el porche esta se abrió revelando a una señora de unos sesenta años, con el pelo cano y recogido en un moño y un asombroso parecido con el médico.

–Hola mamá, feliz Navidad.

La mujer abrazó a Bones pero antes de que este pudiera presentar a Jim, la mujer comenzó a reñirle por no haberla avisado en el día de ayer acerca de su accidente, haciéndole saber lo mal que se había sentido al recibir la fría notificación del hospital esa misma mañana, en la que se le recordaba que su único hijo debía pasar por revisión en dos días.

–… y por eso eres sumamente desconsiderado, Leonard– la furia de la mujer pareció desvanecerse en cuando la última palabra de la riña brotó de sus labios–. Ahora hazte a un lado, quiero saludar a Jim. Con todo lo que mi hijo me ha hablado de ti ya eres uno más entre nosotros– le dijo la mujer a Jim brindándole una cálida sonrisa.

–Gracias señora McCoy– dijo Jim con torpeza al no saber cómo reaccionar–. Le agradezco que me haya invitado a pasar aquí estos días.

–Es un placer tenerte aquí, y por favor tutéame y llámame Eleanora– se acercó a él y le dio un abrazo igual de reconfortante que el que le había dado a su propio hijo antes de reñirle.

Jim trató de responder al abrazo de forma breve, pero Eleanora no le dejó ir con facilidad y sólo le soltó cuando notó que se relajaba.

–Bien, eso está mucho mejor– dijo Eleanora dándole un palmadita en la espalda–. Ahora pasar, no quiero que cojáis frío.

Dentro de la casa, Bones y su madre le recordaron a Jim donde estaba cada estancia. Pronto el rubio recordó la ubicación de las salas de la casa en la que había pasado parte de sus vacaciones de verano.

–He tratado de ubicar a todo el mundo lo mejor posible– comenzó a decirles Eleanora subiendo las escaleras hasta la segunda planta en la que estaban los cuartos de dormir– pero hoy seremos muchos y me temo que tendréis que hacer un pequeño sacrificio y compartir habitación esta noche. Mañana Ya podrás disponer de tu cuarto, Jim.

–Duermo todos los días junto a tu hijo, Eleanora, uno más no será problema– dijo Jim con afabilidad entrando en el cuarto de Bones sabedor de que aquello no sería tal sacrificio ya que su compañero tenía una gran cama en la que podían dormir sin molestarse.

–Te lo agradezco.

–¿Y a mi?– dijo Bones frunciendo el ceño–. Yo también tendré que compartir mi cuarto.

–Pero tú eres el anfitrión, cariño– le dijo Eleanora palmeándole las mejillas con un poco de fuerza, haciendo que el médico tratase de apartarse de ella–. Debes sacrificarte por el bien de tus invitados. Ahora deshacer las bolsas, dejar la ropa sucia en el baño, y bajar al salón a descansar un rato.

–Sí señora– dijo Jim imitando el saludo militar, sacando una sonrisa a la mujer que les dejó para que pudieran acomodarse.

Una vez los equipajes estuvieron deshechos, y ambos enfundados en ropas cómodas, bajaron al salón, justo cuando el timbre de la puerta sonó.

–¡Ya abro yo!– dijo la madre de Bones desde el otro lado de la casa.

–¿Quieres algo?– le ofreció Bones a Jim.

Antes de que el joven pudiera responder un torbellino apareció en la sala haciendo que ambos se pusieran en pie: Joanna acababa de entrar corriendo, saltando hacia los brazos de su padre. La alegría que recorrió el rostro de Bones fue innegable y, con su niña en su cuello, el médico pareció rejuvenecer diez años de golpe.

–Mi pequeña– dijo Bones estrechando aún más el abrazo–. Cuanto te he echado de menos.

–Y yo a ti papá– la niña se separó de él para darle varios besos, pero de pronto se detuvo–. ¿Qué te ha pasado?– preguntó notando la mano inmovilizada de su padre.

–Me caí ayer, pero no ha sido nada grave– le aseguró Bones–. En un par de días estaré cómo nuevo.

–Siento no haber estado contigo cuando pasó.

–¿Por qué dices eso?

–Porque cuando me caigo siempre estáis tú o mamá para consolarme. Y ayer no estaba contigo– dijo Joanna con toda su inocencia.

–Gracias bebé– le dijo Bones notando el pecho henchido de orgullo ante las palabras de su pequeña–. Me gustaría estar siempre contigo, y lo sabes. Pero no te preocupes, ayer no estuve solo: tío Jim me ayudó a salir del hospital.

La niña se zafó de los brazos de su padre para ir a abrazarse a las piernas del rubio.

–Gracias por cuidar de papá.

–No hay de qué Joanna– respondió Jim con una gran sonrisa, dándole un beso.

De nuevo la niña fue hacia su padre, que se había sentado en el sofá, y trepó hasta su regazo, lugar en el que se acomodó.

–¿Os apetece un poco de té?– propuso Eleanora.

–Sí– dijo Bones.

–Déjame ayudarte– le pidió Jim a Eleanora.

–No es necesario Jim.

–Lo hago con gusto, además: ese olor que viene de la cocina sólo puede significar una cosa: galletas horneándose.

La risa de Eleanora se escuchó en toda la casa.

–Que astuto eres jovencito– le mujer le señaló con el dedo índice–. Pero te advierto que anda de acercarte a mis galletas hasta que estas salgan del horno.

–Trato hecho. Bones, ¿de qué quieres el té?

–Cualquiera que sea verde me vale– dijo el médico resguardando a Joanna bajo su brazo, a la que miró con devoción–. ¿Tú quieres leche?

–Ummm, chocolate– dijo la niña con una sonrisa que hacía imposible oponerse a sus deseos.

–Pues un chocolate para la reina de la casa– añadió Bones.

–Marchando– canturreó el rubio siguiendo los pasos de Eleanora hasta la cocina, y dejando un rato a padre e hija reencontrándose.

Jim estaba terminando de preparar el té, conversando con Eleanora, cuando Joanna entró en la cocina tarareando.

–¿Ya te has cansado de tu padre?– le preguntó su abuela.

–Nuh, nuh– dijo Joanna acercándose a ver que hacían–. El que se ha cansado es papá, que se ha quedado dormido. Le he tapado con la manta que estaba doblada en el respaldo del sofá– terminó de decir con un deje de orgullo en su voz.

–Eso está muy bien Jojo– le dijo Jim disponiendo las tazas del té en la bandeja y cogiendo un plato con galletas recién horneadas por Eleanora–. ¿Te apetece que veamos una película en el salón mientras papá descansa?

–¡Sí! ¡De dibujos!

–De dibujos– rió Jim al ver el entusiasmo de la niña–. Pero con el volumen bajo, para no despertar a tu padre.

Joanna aplaudió a modo de respuesta y, bajo la satisfecha mirada de Eleanora, regresaron al salón con sus víveres matutinos.


Tras la película, Eleanora les comunicó que la comida estaba lista y, mientras Jim ponía la mesa, Joanna se encargó de despertar a su padre siguiendo los consejos de Jim: con besos, por lo que el despertar del médico fue el más dulce del mundo y le puso de un humor inmejorable. La comida fue más que agradable gracias a los ingeniosos comentarios de Joanna y a los deliciosos platos que cubrían la mesa, y que lograron hacer que Jim pareciese comer con satisfacción. Una vez con el estómago lleno, los dos cadetes optaron por tomar una siesta a la que no dudó en unirse Joanna.

Por la tarde, y cómo si fuese un goteó constante, los familiares de Eleanora y Leonard comenzaron a llegar a la casa portando bandejas cargadas de comida, voceando saludos, y pidiendo vasos de ponche. A las siete de la tarde ya habían llegado todos los invitados a la cena de nochebuena: la hermana de Eleanora y su marido, sus dos hijos y sus respectivas parejas, y los tres hijos que entre ambos matrimonios aportaban a la reunión. Los tres niños, junto a Joanna, parecieron encontrar en Jim un excelente compañero de juegos con el que se entretuvieron hasta que a las nueve en punto de la noche la señora McCoy anunció que todo el mundo debía ir al salón.

La cena estaba sirviéndose, y todos estaban sentados alrededor de una gran mesa repleta de comida, cuando el timbre de la puerta principal sonó.

–¿Puedes abrir tú?– le preguntó Leonard a Jim mientras él trataba de evitar que Joanna se bebiese la vinagreta que debía acompañar al marisco.

–Sí, claro.

Al levantarse y trotar hacia la entrada, Jim se perdió la mirada cómplice entre Bones y su progenitora. Tal vez si se hubiese percatado de ello no se habría sorprendido tanto al abrir la puerta y encontrar frente a él a su madre, con una sonrisa tan amplia que formaba un pequeño hoyuelo en cada una de sus mejillas.

–Feliz Navidad Jimmy.

Los brazos de Winona rodearon el cuerpo de su hijo estrechándolo con fuerza. Jim sólo pudo devolverle el gesto enterrando el rostro en el cabello rubio de la mujer, escondiendo así la emoción que ya anegaba sus ojos con lágrimas.

–Feliz Navidad, mamá.

Al abrigo de los brazos de su madre, Jim no fue consciente del paso del tiempo hasta que la divertida voz de Bones se escuchó tras ellos.

–Tal vez deberíamos cerrar la puerta para evitar congelarnos.

Madre e hijo se separaron, ahora ambos con una idéntica sonrisa.

–Leonard– Winona fue hacia el médico y le abrazó con cuidado de no dañar su brazo–. ¿Qué te ha pasado?

–Una desafortunada caída por culpa de un escalón mal colocado– respondió el hombre–. ¿Qué tal tu viaje?

–Pesado y tedioso cómo de costumbre– miró a Jim que se acercaba a ellos tras cerrar la puerta–. Pero ha merecido la pena.

Jaleados por Bones, los Kirks entraron al comedor. Pronto todos los presentes se apresuraron a saludar a Winona que se desprendió de su abrigo y se presentó ante cada uno de los familiares de Bones.

Viendo cómo su madre tomaba asiento frente a unos cubiertos que acababan de aparecer al lado de dónde él se sentaba, y cómo parecía intercambiar con familiaridad noticias junto a la señora McCoy, Jim se giró hacia Bones.

–¿Sabíais que mi madre iba a venir?

–Claro– respondió Bones, cómo si aquello fuera lo más normal, al tiempo que trataba de ordenar la comida de su plato con una única mano.

–Pero, ¿cómo? Se supone que estaba en una misión a una semana y media de viaje de aquí.

–Hablé con ella el primer día de curso. Tu madre ya tenía permiso para ausentarse en Navidades antes de que tú siquiera te dieras cuenta de que iban a ser Navidades.

–¿Por qué?

La consternación de Jim no pasó desapercibida ante Bones, que dejó momentáneamente su lucha contra los cubiertos.

–Porque sé que te iba a hacer muy feliz poder pasar con ella las vacaciones de Navidad aunque no lo admitieses.

–Pero no tenías que hacer algo así por mi– replicó Jim, casi avergonzado.

–En parte también lo hago por mi– Jim le miró sin comprenderle. El médico le brindó una sonrisa al tiempo que palmeaba su hombro–. Me hace inmensamente feliz que tú lo seas.

Los ojos azules de Jim se cubrieron por un velo de lágrimas que el rubio trató de evitar derramar.

–Gracias– logró decir el joven con un hilo de voz.

–De nada Jim, para esto están las familias, ¿no?

Asintiendo, Jim le devolvió la sonrisa. La mano de su madre se posó sobre su pierna, el joven se giró hacia ella.

–A comer Jimmy– dijo Winona indicándole un plato lleno de comida que parecía haber aparecido de la nada ante él.

–Eso, que estáis muy flacos– añadió la señora McCoy–. No sé que clase de comida tomáis en esa academia.

–Normalmente cocina Bones– dijo Jim.

–¡Ei! ¿No estarás insinuando que cocino mal?– exclamó Bones.

–Papá hace las mejores albóndigas del mundo– añadió Joanna.

–Eso es Jojo, apoyando a papi– Bones chocó su mano con la de su hija.

Las risas surgieron y pronto se mezclaron con las conversaciones que iban y venían casi al mismo ritmo con le que los platos cruzaban la mesa de lado a lado. Jim observó todo, cada gesto, cada detalle, y lo guardó en lo más profundo de su corazón pues, por primera vez en muchos años, estaba disfrutando de una Navidad junto a sus seres queridos.


Nota: Con una horas de retraso pero… Feliz día del libro! :D
Cómo no tenía una idea lo suficientemente buena cómo para hacer un fic entero para el día del libro, decidí extender un poco más de lo normal el capítulo de las Navidades del segundo año. Espero que os guste.
Muchas gracias por seguir mis fics; y nos vemos en el próximo capítulo ^^