Remedios caseros
Las vacaciones de navidad fueron breves, demasiado, y pronto Bones se encontró de vuelta en la academia y con una sobrecarga de trabajos. Sin embargo, y si bien sentía ganas de coger todos sus libros y holos y lanzarlos a las cabezas de la mayoría de sus profesores, procuraba no quejarse en exceso delante de Jim pues su compañero tenía un volumen de exámenes exorbitado, que pronto se volvió inhumano cuando Jim se vio obligado a asistir a prácticas de combate fuera de la Tierra. En menos de veinte días el rubio había pasado una semana en la luna, enfrentándose a las luchas con gravedad disminuida, ocho exámenes en la academia, y cuatro días en un planeta volcánico dirigiendo a un grupo de comandos en prácticas.
Tras su regreso, y visiblemente agotado, Jim le preguntó a Bones por sus propias pruebas. El médico le describió a grandes rasgos sus exámenes y se centró en él, sintiéndose aliviado de que en poco más de tres días la academia había decretado unas jornadas de asistencia voluntaria para la celebración de un aniversario de algo que ni se había parado a leer; el médico estaba decidido a hacer que Jim descansase esos días y recuperase parte de su energía.
–Jim, no es que no confíe en que seas un superhéroe con energía inagotable, ¿pero no crees que deberías tomarte las cosas con más calma? Tu aspecto da pena.
Tumbado en la cama, y con un brazo sobre los ojos, Jim sonrió.
–Gracias Bones, tú sí que sabes animarme. Estoy bien, no te preocupes.
–Me preocupo, y lo sabes.
–Lo sé. Pero estoy bien. Sólo he dormido mal estos días.
–¿Y eso?
–Algunas pesadillas.
–¿De qué?
Los labios de Jim se fruncieron imperceptiblemente.
–En tres días es el aniversario de Tarso.
La revelación heló la sangre de Bones que mentalmente empezó a proferir maldiciones contra si mismo al comprender que los días que la academia había decretado de asistencia voluntaria se debían a la conmemoración de la década pasada desde el genocidio de Tarso.
–Jim yo…
–No hay nada que lamentar Bones. He pasado por esto varias veces y sé que lo superaré. Es sólo… este año se cumple una década– deslizó el brazo del rostro y sus ojos se clavaron en el techo–. Diez años ya, Bones.
–Es mucho tiempo– dijo el médico en voz baja tratando de comprender que estaba pasando por la mente de su mejor amigo.
–En días cómo estos parece que no ha pasado más de uno o dos meses. Este año van a hacer una conmemoración especial, la flota va a celebrar cuatro jornadas para rendir homenaje a los caídos y a los supervivientes. Van a homenajearme. A mi– Jim soltó una carcajada–. Qué irónico.
–¿Por qué irónico?
–Porque yo no quiero ser homenajeado aún cuando nadie más que tú y Pike sabéis que yo sobreviví. Ni siquiera quiero quedarme aquí.
–Entonces no estarás– dijo Bones poniéndose en pie y tomando su comunicador con decisión.
–¿Qué…?
–Tú no quieres estar aquí, yo quiero que descanses, y ambos no queremos pelear. Así que déjame ocuparme de esto mientras te das una ducha y descansas.
Aún sin tener claro que se proponía el médico, Jim asintió y se fue al baño.
La primera llamada que Bones hizo fue a Pike para avisarle de que ni él ni Jim permanecerían en la academia para el homenaje. El capitán estuvo más que de acuerdo con la decisión y sugirió al médico que llamase a Sam, pues Winona estaba de misión fuera de la tierra, y el mayor de los Kirks había lidiado durante mucho tiempo con Jim en esas fechas.
Dándole las gracias a Pike, Leonard marcó el número de Sam.
–¿Diga? Hola Leonard, ¿qué tal?– dijo Sam nada más reconocerle a través del video.
–Hola Sam. Bien. Te llamaba para pedirte consejo ya que se acerca el aniversario de Tarso.
De inmediato el gesto de Sam se agravó.
–¿Jimmy está bien?
–Más o menos. La academia va a celebrar un homenaje para rememorar lo acontecido en Tarso. Ya le he dicho a Pike que nosotros no nos quedaremos. Quería preguntarte a dónde podría llevar a Jim para que se encontrase mejor.
Tecleando en su holo, Sam le mostró una pequeña sonrisa.
–Acabo de enviarte la dirección. Es el lugar dónde Jim se siente más protegido.
–Gracias.
–Si no te importa, Leonard, me gustaría estar con vosotros.
–¿No supondrá eso un problema para ti?
–En absoluto, tengo varios días libres acumulados, y a Aurelan le gustará conoceros.
–Entonces seréis más que bienvenidos– dijo Leonard–. Gracias Sam.
–Gracias a ti por cuidar de Jimmy.
La última llamada que Leonard hizo no fue tan relajada pero, tras varios minutos de tensa conversación consiguió su objetivo y, antes de que Jim saliese de la ducha, comenzó a planear lo que harían en sus días de descanso.
Los primeros actos de conmemoración del holocausto de Tarso iban a realizarse al inicio del día siguiente, por lo que Bones había programado su salida tras la última de las clases de ese día.
–No era necesaria tanta prisa– le aseguró Jim tomando la bolsa que el médico le dio apenas salió de su clase, y apurando el paso para permancer al aldo de su amigo mientras se dirigían a los embarcaderos de la academia–. Podíamos haber salido mañana.
–Ni hablar, cuanto antes iniciemos el viaje antes lo terminaremos– dijo el médico encarando el transbordador que tenía que conducirles a su destino.
–Ya te he dicho que los transbordadores son muy seguros.
–Seguros mi culo– dijo Bones subiéndose al transporte y ocupando uno de los asientos.
–¿Y a dónde vamos?– preguntó Jim poniéndose los cinturones de seguridad.
–Ya lo sabrás.
–Pero…
El sonido del comunicador de camina se encendió y la voz del piloto les dio la bienvenida al transbordador anunciando su destino.
–¿Iowa?– dijo Jim soltando una risa–. ¿Me llevas a mi casa?
–Así es.
–Oh Bones, en el fondo eres un romántico– dijo Jim poniéndole un gesto de enamorado que hizo gruñir al médico.
–Maldito niño…
Aunque el viaje apenas duró treinta minutos Bones sintió cómo la teoría de la relatividad se cumplía y el tiempo se dilataba hasta el infinito al tiempo que el pánico iba dominándole. Por ello en cuanto la nave aterrizó y las puertas se abrieron, se precipitó hacia el exterior dando gracias a todas las divinidades por haber llegado sanos y salvos. Jim salió tras él y se sorprendió al encontrar un rostro familiar entre la gente que había ido a recibir a sus familiares al muelle.
–¿Has avisado a Sam?– le preguntó a Bones.
El médico, aún tratando de orientar todos sus sentidos tras el viaje, gruñó en señal de asentimiento. Con un pequeño gesto de alegría Jim se encaminó hacia Sam el cual, nada más verle, avanzó con rapidez hacia él para estrecharle en un fuerte abrazo.
–¡Jimmy!
–Me alegro de verte Sam– dijo Jim al separarse.
Bones les alcanzó en ese momento y saludó a Sam antes de que el mayor de los Kirks hiciese un gesto hacia una mujer que había permanecido varios metros detrás de él. Jim reparó en sus cabellos oscuros, sus ojos claros, y su bonito rostro comprendiendo que era la misma mujer que había visto en los últimos holos que Sam le había enviado.
–Chicos, os presento a Aurelan. Aurelan, este es mi hermano pequeño Jim, y Leonard, un amigo de la familia.
Besos y abrazos fueron intercambiados hasta que Jim sugirió ponerse en camino hacia la casa. Pero Sam meneó la cabeza.
–Aún no estamos todos.
–¿Quién falta?– quiso saber Jim consciente de que su madre no se uniría a ellos debido a su misión con la flota.
La pregunta de Jim tardó un par de minutos en responderse, justo hasta que un transporte aterrizó cerca de ellos y Bones se encaminó hacia él, perdiéndose detrás de las cercas de seguridad. Cuando regresó junto al grupo no lo hizo solo sino acompañado por una sonriente Joanna que, en cuanto vio a Jim corrió hacia él arrastrando a Bones de la mano.
–¡Tío Jim! ¡Tío Jim!
Decir que la alegría de Joanna era inmensa era poco, máxime cuando conoció al hermano de su tío favorito y a la novia de este. Ambos adultos pasaron también a ser sus "tíos", aunque le susurró a Jim que a él siempre le querría un poco más, declaración que logró una sincera risa por parte del rubio.
Debido a que ya pasaban de las ocho y media de la noche, Sam les llevó directamente a la casa en la que él y Jim se habían criado y en la que Aurelan había dejado preparadas un par de empanadas y una bandeja de sándwiches con rellenos caseros que hicieron la delicia de Bones.
Gracias a la compañía, la cena fue más que amena: A su corta edad Joanna era todo un terremoto de energía que combinó a la perfección con el entusiasmo que Aurelan mostraba por los niños. Bones no recordaba haber pasado un rato tan relajado desde las vacaciones de Navidad y cuando llegó la hora de despedirse para ir a descansar a la habitación que compartiría con su hija se encontró lamentándolo. Sin embargó tras el baño de Joanna y la lucha casi titánica para ponerla en su pijama el médico agradeció caer sobre el colchón con su retoño al lado y, por fin, descansar sin la presión de tener que levantarse a las carreras para asistir a una clase o al hospital.
A la mañana siguiente Bones se despertó con la sonrisa que sólo el ver a Joanna descansando a su lado podía poner en su rostro. Comprobando que ya había amanecido, y el reloj marcaba las siete de la mañana, Bones dejó un beso sobre la frente de la niña y se deslizó fuera de la cama. Tras una rápida ducha bajó a la cocina de la familia Kirk, entreviendo que Jim no estaba en su cuarto pues este estaba abierto de par en par y vacío.
–Buenos días– dijo al entrar en la cocina dónde Sam estaba preparando la mezcla para hacer tortitas.
–Buenos días Leonard. ¿Qué tal has dormido?
–Estupendamente, hasta el suelo sería mejor que un mes durmiendo en las camas de la academia.
–Así se forjan los héroes de nuestra federación: cómo faquires.
Bones rió y comenzó a preparar el café.
–¿Aurelan aún duerme?
–Sí, por semana tiene que madrugar a diario para ir a trabajar así que aprovecha cuando puede. Al contrario que Jim.
–Vi que había salido.
–Sí– Sam puso una sartén a calentar–. Cuando está nervioso suele irse a correr a horas intempestuosas. Hoy lo hizo a las seis menos cuarto de la mañana.
Dejando el café en el fuego, Bones frunció el ceño.
–¿No hay nada que podamos hacer por él?
–Lo mejor es tratar de mantenerle tranquilo, pero es difícil. La mente de Jim puede estar pensando en el peor de sus recuerdos mientras te habla de la última modificación cuántica de un reactor.
–Sí, me he percatado de ello– musitó el médico.
–Hoy es el peor día– reveló Sam sin apartar la mirada de las tortitas que ya comenzaban a hacerse en la sartén.
–¿La federación llegó justo en este día a Tarso?– preguntó Bones consciente de que a pesar de que el aniversario de Tarso se celebraba en esas fechas, no sabía exactamente que hecho marcaba el acontecimiento.
–No, las tropas llegaron un día antes a este hace diez años.
–¿Entonces?
–Hoy es cuando el grupo de los Tarsos fue encontrado– Sam siguió concentrado en su tarea, pero sus labios se habían fruncido hasta convertirse en una fina línea–. Jim estaba entre ellos. Yo no le vi hasta que regresó a la Tierra ocho días después: famélico, con yagas en la piel, casi sin pelo, con los dientes moviéndose en sus encías, enfermo. Puede que ya una década separen ese día del presente, pero puedo recordar hasta el agónico sonido que salía del pecho de Jim en cada una de sus respiraciones.
Bones inspiró lentamente.
–Si tú puedes ver eso en tus recuerdos, no me quiero ni imaginar que está reviviendo Jim ahora mismo.
–Ni yo. Ayudarle es difícil, pero al menos podemos preparar un buen desayuno para compensar esa comida replicada de la academia– le dijo Sam palmeándole el hombro, y tratando de aliviar parte de la tensión que ambos sentían.
–Por supuesto. ¿Pongo unas tostadas?
Junto a Sam, Bones inició una alianza culinaria que sólo se detuvo cuando, diez minutos más tarde, Jim entró en la casa con las mejillas sonrosadas y el chándal empapado en sudor. Apenas les dedicó un saludo con la mano antes de subir a la planta de arriba para darse una ducha. Ambos hombres se miraron manteniendo una resignada conversación en silencio mientras oían los pasos de Jim alejándose.
Poco después llegó Aurelan que, tras saludarles, comenzó a disponer la mesa comentando lo bien que olía todo y la buena pinta que tenían los platos que estaban preparando.
El café estaba terminándose de hacer cuando Jim bajó y masculló un buenos días al que todos respondieron. Ocupando su lugar habitual en la mesa, Jim paseó sus pálidos iris azules sobre la comida.
–¿No has dormido?– le preguntó Bones frunciendo el ceño y evitando hacer observación alguna sobre el ajado aspecto que lucía.
–No mucho.
–Deberías desayunar y acostarte un rato.
–No tengo hambre– a pesar de que la voz de Jim apenas se había alzado había sido lo suficientemente tajante cómo para que Bones supiese que su amigo no iba a probar bocado alguno.
–Al menos trata de beber esto– dijo Sam dejando ante su hermano un vaso con una infusión que Bones no tardó en reconocer.
Meses atrás una infección estomacal bastante desagradable le había obligado a guardar reposo. Cuando Jim lo descubrió no tardó en prepararle una infusión exactamente igual a la que ahora descansaba frente a él y que el rubio había aprendido a hacer de la propia Winona, siendo este un remedio que ella le daba cuando era pequeño y le dolía el estómago.
El momento de silencio se rompió en cuanto unos acelerados pasos se escucharon al inicio de la escalera por la que no tardó en aparecer Joanna.
La niña dio los buenos días a todos con una gran sonrisa que derritió el corazón de Leonard. El médico no pudo evitar tomarla en brazos y alzarla, logrando que esta profiriese una alegre risa antes de dejarla de nuevo en el suelo.
–¿Tienes hambre?
–Mucha– dijo Joanna con entusiasmo.
–¡Pues a desayunar!
La niña trotó hacia su silla y dio palmas al ver la comida en su mantel: un plato con tortitas y jarabe de caramelo, un vaso de leche y cacao, un yogurt, un tazón lleno de frutas, y un gran zumo de naranja.
–Eres el mejor, papá.
–No lo dudo– dijo Leonard sentándose a su lado y colocándole una servilleta en el cuello–. Pero las tortitas no son obra mía, sino de Sam.
–Muchas gracias tío Sam– dijo Joanna dedicándole una radiante sonrisa y tomando sus cubiertos, causando la risa del mayor de los Kirks.
Metiendo un gran trozo de tortita en su boca, Jo comenzó a desayunar mientras los adultos iniciaban de nuevo su conversación, o mejor dicho Sam, Aurelan y Leonard lo hacían pues Jim apenas participaba de ella. Joanna se percató de ese hecho y, tras terminar sus tortitas, le miró.
–Tío Jim, pareces enfermo. ¿Estás bien?
Joanna había hecho su pregunta en voz baja, pero todos se quedaron en silencio.
–He dormido mal y ahora me duele un poco la tripa– admitió Jim tratando de sonar despreocupado–. En cuanto descanse se me pasará.
Jo se deslizó de su silla y fue hacia Jim, sentándose en su regazo. Inmediatamente el joven la ayudó a acomodarse y pasó su brazo izquierdo por su estómago para asegurarla contra él. Estirándose sobre la mesa, Jo tomó el mantel individual sobre el que descansaba su desayuno y lo acercó. Ajena al interés que sus movimientos estaban suscitando en los adultos, Joanna tomó el yogurt, lo vertió en su tazón de desayuno y le añadió parte de las frutas que su padre le había troceado.
–Cuando estoy enferma mamá y papá me dicen que aunque sea poco tengo que comer, que si no lo hago me pondré más enferma– removió la mezcla con esmero y, cuando estuvo satisfecha alzó una cucharada hacia el rubio–. Tú tienes que hacer lo mismo tío Jim.
El rostro de Jim pareció palidecer aún más ante la visión de la comida. Anticipando el desagrado de su amigo y su réplica, Bones comenzó a moverse para tomar a Joanna pero se detuvo al ver cómo, lentamente, Jim aceptaba la cucharada de comida. Cada vez que masticaba Jim parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano, pero no se quejó ni una sola vez, incluso sus labios se alzaron en una sincera sonrisa cuando Joanna comenzó a alternar una cucharada para él y otra para ella. Cada vez que la niña comía el rostro de Jim se iluminaba.
Cuando el tazón de yogur y frutas estuvo mediado, la niña se dio por satisfecha. Se revolvió en el cuello de Jim hasta girarse y posar su mano izquierda sobre el estómago del joven.
–¿Aún te duele mucho?
–No, ahora es mucho más llevadero– dijo Jim dejando un beso en el cabello castaño de Joanna.
Instándole a que debía reposar, Joanna acompañó a Jim a lavarse los dientes mientras el resto recogían la cocina.
Una vez todo estuvo en orden, Bones y Aurelan siguieron los pasos de Sam hasta el salón de la casa, en dónde la imagen que les recibió les hizo sonreír: Jim estaba acurrucado en una esquina del sofá con Joanna en su cuello, pero mientras que la niña leía con interés un cuento en voz alta el joven acariciaba distraídamente el cabello de su carga. Al verles, Joanna se llevó el índice a los labios mandándoles estar en silencio. El gesto acrecentó la sonrisa de Bones que, alzando las manos a modo de disculpa, caminó sin hacer ruido hasta uno de los sofás en el que tomó asiento y comenzó a leer varios artículos de medicina que tenía pendientes mientras la voz de su hija proseguía su relato.
El resto del día fue tranquilo, especialmente porque Bones alentó a su hija a permanecer junto a Jim, algo que Joanna hizo con entusiasmo, convirtiéndose así en la sombra del rubio que aceptó cada una de las atenciones que esta le prestó, logrando ingerir parte de la comida, y un par de bocados de su cena, tras la cual anunció que se retiraba a dormir.
El joven, tras ponerse una camiseta de dormir y unos viejos pantalones de deporte, estaba cubriéndose con las mantas de su cama cuando alguien llamó a su puerta.
–Adelante.
No tardó en ver a Joanna con su pijama, portando un vaso de leche en la mano.
–Hola tío Jim. Te olvidaste de tomar la leche templada, que es buena para ayudarte a dormir.
Sentándose en la cama, Joanna le tendió el vaso. Jim le dio un trago y dejó sobre la mesita el vaso.
–Gracias, ahora creo que ya podré ir a dormir.
–Mañana estarás mejor, ya lo verás. Y tendrás que comer mucho, mucho, mucho.
–¿Tanto?– rió Jim.
–Sí– Joanna pareció entristecerse de pronto.
–Ei, enanina, ¿qué pasa?– le preguntó Jim rozando su mejilla.
–Acabo de ver en las noticias que hace mucho tiempo, en una colonia muy lejos de aquí, la gente se quedó sin alimentos, y que mucha gente murió porque se pasó muchos días sin comer. Y yo no quiero que eso te pase a ti.
El estómago de Jim dio un vuelco. Tragó saliva y asintió.
–Mañana comeré de nuevo, estoy seguro.
–Ahora tienes que dormir, tío Jim– dijo Joanna sonriéndole, y haciendo un gesto hacia la almohada Tienes que estar muy cansado.
–Un poco.
–¿Has tenido malos sueños?
–Algunos– admitió Jim.
–Cuando tengo pesadillas mamá o papá me dejan quedarme a su lado. Yo puedo quedarme junto a ti hasta que te duermas.
Alzando las mantas, Jim invitó a la pequeña a acompañarle. Notando como Joanna se acurrucaba junto a él, Jim cubrió a ambos con las mantas asegurándose de que la niña estaba bien abrigada y cerró los ojos aspirando el suave aroma de los cabellos de la niña.
Los aún fríos rayos del sol se filtraron entre las hojas de la persiana de Jim, rozando su rostro. Trató de removerse para alejarse de la luz, pero un peso sobre su pecho se lo impidió. Al abrir los ojos vio la mata de pelo castaña de Joanna que no sólo se había quedado dormida en su cama sino que, además, a lo largo de la noche había acabado tumbada sobre él. Sonrió mientras la abrazaba con cuidado de no despertarla.
–Es bueno ver que al fin descansas.
Jim giró el rostro hacia la puerta y se encontró con Bones apoyado en el marco, con los brazos cruzados sobre el pecho y una afable sonrisa.
–¿Qué hora es?– preguntó Jim en voz baja.
–Las diez y veinte.
–Es muy tarde.
–Sí, pero estamos de permiso, no hay que preocuparse de los horarios. ¿Cómo te sientes?
Haciendo un breve análisis de su condición Jim se encontró sintiéndose bastante satisfecho.
–Bien, mejor que ayer.
–Lo supuse– Bones señaló a su hija, aún dormida sobre el pecho de Jim–. A veces los remedios caseros son los mejores.
Apretando su abrazo sobre Joanna, Jim asintió.
–Lo son.
