Papel

El largo año y medio que habían convivido juntos habían permitido a Bones conocer lo suficiente a Jim cómo para decir que era lo que al rubio le gustaba, o no. Si tuviera que apostar sus créditos al objeto que Jim más apreciaba seguramente lo apostaría casi todo a un holo con varias fotografías cambiantes, entre ellas una de su madre, otra de sus padres junto a Sam, una con su hermano, y otra con él mismo y Joanna. Tal y cómo Jim decía las representaciones de "mis momentos más blanditos".

Por ello, el ver a Jim esa noche, tras su regreso del turno del hospital, sentado detrás del escritorio estudiando, casi con adoración, un objeto rojo le sorprendió.

–Hola Bones, ¿qué tal tu día?– le preguntó el joven sin apenas levantar sus iris azules de aquello que ahora atraía su atención.

–Bien, unos pocos casos de gripe humana potenciada con una cepa tellarita, pero poco más– Bones dejó su abrigo y su bolsa a un lado y se acercó a su compañero–. ¿Qué haces?

Alzando el objeto hacia él, para que pudiera verlo mejor, Jim sonrió.

–¿Qué te parece?

–Eso es, un libro– dijo Bones desconcertado.

–Así es. Hoy en día se editan pocos volúmenes en papel, y este es uno de esos pocos. Una edición bastante moderna, y analizada por la universidad de Cambridge, de "Sueño de una noche de verano" de Shakespeare.

–Ya veo, ¿y por qué la tienes?

–Me la ha regalado Sam– Jim golpeó con las yemas de sus dedos un sobre rasgado que había permanecido hasta el momento en una esquina de la mesa de estudio.

–¿Y eso?

–Siempre me han gustado los libros– reveló Jim abriendo el volumen y pasando con cuidado sus hojas–. Fueron, son y serán, testigos de nuestra cultura, de nuestra evolución.

–Los padds también parecen cumplir semejante misión– dijo Bones con mofa sentándose en el sofá.

Jim le siguió y se acomodó en el sillón, con el libro entre sus manos.

–Me sorprendes Bones, con tu edad pensaba que apreciarías más los libros, ya sabes: por ser casi de la misma época.

–¡Maldito mocoso! Vuelve a meterte con mi edad y te tendré corriendo en la pista de atletismo hasta que pierdas el conocimiento.

–Pues no haría falta mucho– rió Jim.

–Entonces, a ver, que yo me entere, ¿libros? ¿y de Shakespeare?

–La verdad es que me gustan de muchos géneros: narrativa, poesía, históricos, de ciencia ficción…

–No sabía que leías algo más aparte de tus textos freaks de ciencia.

–Supongo que lo hago para descansar de ellos– dijo Jim con una sonrisa–. De pequeño, cuando estaba en Iowa y Frank vivía con nosotros, no tenía muchas oportunidades para distraerme. Sam trataba de estar siempre conmigo, pero había momentos en los que era imposible y, como Frank no me dejaba salir a mi aire, me quedaba en mi habitación, o merodeando por casa. Allí comencé a leer los libros que mi bisabuelo guardaba en la granja, en un pequeño despacho cubierto de librerías, que posteriormente usaría mi abuelo y, en la actualidad, mi madre.

El habitual hermetismo de Jim se había esfumado. Bones sabía que estos momentos eran raros y escasos, por ello no interrumpió al muchacho y escuchó con interés cada una de sus palabras.

–El primer libro que recuerdo haber cogido de aquellos estantes se titulaba "El señor de las Moscas" una representación bastante cruda, y real, de cómo una sociedad se reiniciaría así misma en caso de tener que volver a surgir de cero, y encarnada en la inocencia de un grupo de niños que sobrevivían a un accidente de avión en una isla desierta sin adultos para velar por ellos.

–Lo conozco– dijo Bones recordando la lectura del libro para una de sus clases de ética del último año de instituto–. ¿Qué edad tenías?

–Cinco años– los ojos azules de Jim recayeron sobre el médico y asintió ante la expresión que vio–. Lo sé Bones, un niño demasiado pequeño para leer ese tipo de libros. Pero no olvides que mis estudios siempre iban por delante de mi edad. Con cinco años ya hacía demostraciones básicas de física. La verdad es que el libro me entusiasmo, me pareció brillante, y me animó a tomar el siguiente "Fundación" del gran Asimov– Jim sonrió a la nada–. Aunque al principio no me gustaba, en comparación con lo que ya sabíamos por esos días, Asimov erró en muchísimas cosas y apenas atisbó a ver la grandiosidad del universo que nos quedaba, y queda, por explorar. Cuando entré en la facultad me di cuenta del auténtico valor del libro, de cómo en el inicio de los albores de la carrera espacial Asimov vislumbró el universo. Luego vinieron el resto: El príncipe, la conjura de los necios, Dune, Drácula, Los tres mosqueteros… clásicos y modernos me entusiasmaban por igual. Por desgracia Frank fue el primero en darse cuenta de mi nueva afición un par de años más tarde. Al día siguiente de verme leyendo un libro se deshizo de todos los volúmenes de la biblioteca quemándolos. Posteriormente le diría a mi madre que yo lo había hecho. Esa fue una de las primeras veces que mi madre comenzó a dudar de la palabra de Frank.

Bones pudo ver el deje de dolor en la voz de Jim y, rápidamente, trató de redirigir la conversación.

–¿Cuántos libros te dio tiempo a leer antes de que quemase la biblioteca?

–Todos y cada uno de los mil setecientos tres libros que allí había. Muchos de ellos grandes clásicos de la literatura.

–Espera, espera– dijo Bones incorporándose en el sofá–. Mil setecientos libros, ¿en dos años?

–Tres, mil setecientos tres– matizó Jim riendo.

–Entonces, ¿ahora? ¿Cuántos has leído?

–No sabría decirte– admitió Jim–. El número exacto de la biblioteca de mi abuelo lo recuerdo pues entre esas cuatro paredes pasé muchas horas. Pero desde esos años hasta ahora… no sé, cuatro mil, cinco mil.

–¿¡Tantos!?

–Sí– Jim se encogió de hombros–. Tarso IV fue una auténtica pesadilla, pero hasta que el hambre se desató la vida allí era buena, y su biblioteca inmensa. Mis maestros no tenían reparos en dejarme leer todo cuanto me placía, y te aseguro que allí había un fondo, casi ilimitado, de libros. Poseían una biblioteca espectacular. Luego, de nuevo en la Tierra, y antes de recalar aquí, viajé bastante, y eso me permitió leer en los diversos continentes.

–¿Y tienes muchos?

–No, no en verdad. En casa guardo los que he podido ir comprando estos últimos años, catorce– movió el que tenía entre las manos–. Ahora quince.

–Vaya, eres un pozo sin fondo de sorpresas, ¿quién me iba a mi a decir que el gran Jim Kirk era un amante de lo antiguo?

–En cierto modo hay algo único en los libros– rozó la portada del tomo–. Hay algo romántico en ellos. Una idea, una historia que, a pesar de su final, permite que tu mente siga viajando por ella cómo si del mismo universo se tratase: extendiéndose sin fin hasta los confines de lo eterno.

–Tiendo a olvidar que en verdad eres un genio– dijo Bones ganándose una curiosa mirada por parte de su amigo–. Cuando hablas cómo ahora, dejando a un lado tu ego de mierda… simplemente eres increíble Jim y, espero, que algún día puedas llegar a verlo y dejes de esconderte bajo tantas capas de fanfarronería.

Las comisuras de los labios de Jim se alzaron en una cálida sonrisa.

–Esto, Bones, es algo que sólo hago cuando estoy como ahora, en casa.

Poniéndose en pie, Bones palmeó el hombro de Jim antes de anunciar que iba a hacer la cena. Jim aceptó sus palabras sin oposición y se dispuso a guardar el libro sin ser consciente de que, el repentino movimiento de Bones había evitado que el médico mostrase ante él su acuosa mirada al escuchar, por fin, que Jim le veía cómo parte de su familia.