Miedo inesperado
–No puedo.
–Sí puedes.
–No, esta vez no.
–Ya verás que sí. Vamos, ya casi lo hemos conseguido.
–No, no… no me hagas esto Jim.
–¿Confías en mi?
–Sí pero…
–Te saqué de la prueba de entrenamiento el año pasado sano y salvo, ¿no? Te ayudé con los exámenes de mecánica y aprobaste, ¿cierto?
–Sí Jim.
–Pues entonces créeme: puedes hacer esto– con un gemido, Bones trató de recobrar la compostura–. Eso es amigo, ¡arriba!
Tomando a Bones firmemente del brazo, Jim le arrastró a lo largo de los últimos metros que les separaban de la clínica odontológica.
Mientras ojeaba un padd en la sala de espera, Jim no podía dejar de sonreír ante el extraño hallazgo que la noche anterior había hecho: al regreso de Leonard a la habitación, el hombre le había mirado con una palidez fantasmal, apenas reaccionando a sus insistentes preguntas que trataban de sonsacarle que andaba mal. Finalmente, Bones entre balbuceos le había confiado que al día siguiente tenía que visitar al dentista después de que durante su turno en el hospital un nervioso paciente le golpease, sin querer, con el codo en la mandíbula, obteniendo como resultado un diente partido a la mitad. Con un vaso colmado de bourbon, Bones le reveló su pavor hacia los dentistas ya que, de niño, había tenido que sufrir la extracción prematura de varias piezas dentales para corregir la posición de sus dientes definitivos. Un proceso tedioso que se había grabado a fuego en los recuerdos del georgiano.
Viendo el estado completamente irracional en el que el médico había aparecido la noche anterior, Jim se ofreció para acompañarle a la consulta tras sus clases vespertinas. Por primera vez Bones aceptó su proposición sin pero alguno.
–¿Señor Kirk?
Dejando a un lado el padd, Jim fue hacia la puerta dónde la enfermera de la recepción le llamaba, para seguirla hasta el despacho de un médico de aspecto risueño.
–Buenos días señor Kirk, soy Arthur, el médico que ha atendido al señor McCoy.
–Un placer Arthur. ¿Cómo ha ido todo?
–Bastante bien. La rotura que mi colega Leonard presentaba en el colmillo izquierdo era bastante mala. Al principio creí que íbamos a tener que sacar toda la pieza y poner una nueva pero pudimos salvar el colmillo tras una intervención con el regenerador de dentina de precisión. El uso de este aparato requiere de bastante tiempo, sobre todo en casos cómo el de Leonard en los que el nervio está en peligro, y por ello nos hemos demorado más de lo previsto.
–¿Cómo está Leonard?
–Bien, pero le tenemos descansando en la sala de recuperación. Tiene un parte de baja para las próximas treinta y seis horas debido a que hemos tenido que darle una dosis bastante considerable de tranquilizantes. Hoy deberá hacer reposo total, y mañana actividad moderada, nada extenuante.
–Avisaré a sus profesores y me aseguraré de que descanse apropiadamente.
–Eso sería perfecto. Además, durante los próximos dos días el doctor debe tomar estas pastillas cada seis horas y estas cada ocho– le dijo el médico a Jim indicándole cada una de las cajas que ahora dejaba en sus manos–. Y este hipo es para el dolor, si este se volviese demasiado persistente administreselo de forma intramuscular.
–Entendido.
–Pues eso es todo señor Kirk. En principio no debería de haber complicación alguna pero si tiene dudas, o si Leonard presentase fiebre elevada, no dude en llamarnos. Puede ir a por su amigo a la sala tres.
–Gracias doctor.
Jim no estaba preparado para asimilar lo que sus ojos ahora veían en la sala de recuperación: Un Leonard más sonriente que nunca bromeaba con una enfermera acerca de su abultada mejilla izquierda. Si Jim no hubiese escuchado con sus propios oídos lo que Bones acababa de decirle a la mujer jamás hubiera creído posible que su amigo pudiera tener semejantes armas de seducción tan directas. Viendo cómo la enfermera dejaba una tarjeta en la mano de Bones con su número de comunicador personal, Jim carraspeó para anunciar su presencia.
–¡Hola Jim! Ven acércate, déjame presentarte a la enfermera Cala.
–Mucho gusto Cala– dijo Jim tendiéndole la mano–. Disculpa el comportamiento de amigo, está un poco…
–Oh no, no hay de que disculparse. La verdad es…– la enfermera acarició levemente la mano de Bones–… que lo encuentro adorable.
Con estupor, Jim vio cómo la enfermera dejaba la sala dedicándole un nada disimulado guiño a su amigo.
–Vaya, vaya, a ver si va a acabar resultando que te tengo que traer al dentista para conseguirte una novia.
–Eso lo dices por que aún no has visto el encanto McCoy en acción.
–¿Encanto McCoy?– Jim soltó una carcajada y se acercó a la camilla–. Vamos Bones, hay que ponerse en pie.
–Estoy un poco cansado– admitió el moreno cerrando los ojos por un instante.
–Lo sé, por eso nos vamos a casa, allí podrás dormir todo cuanto gustes. En marcha.
El estado de "felicidad" de Bones hizo que Jim pidiera un taxi hasta la entrada de los jardines de la academia, y que los menos de trescientos metros que les separaban de su edificio se hiciesen eternos gracias al repentino interés de Bones por analizar cada piedra, y cada árbol, que aparecían ante él.
–Vamos Bones, deja esa flor.
–Tiene un color precioso– dijo el médico acercando su mano hacia un ramillete de flores violetas que decoraba el borde del camino.
–Sí, lo tiene, pero si la arrancas morirá y ya no habrá más color precioso.
–Entonces no, nada de flores– dijo Leonard alejando la mano del ramillete e incorporándose–. Mira, es Uhura– Bones le hizo señas a la mujer, que salía del edificio destinado al género femenino, para que esta se acercara– Uhura– la llamó Bones arrastrando la última sílaba–. Te ves radiante.
La cadete miró con el ceño fruncido al médico antes de plantar sus ojos negros en Jim.
–Siempre supe que eras una mala influencia Kirk, pero obligar al pobre Leonard a seguirte en tus correrías diurnas me parece una falta total de moralidad.
–No está borracho, sino sedado– replicó Jim afirmando el agarre de Bones alrededor de sus hombros–. Venga, díselo Bones.
Con repentina seriedad, Leonard miró a su compañera.
–¿Sabes? Tienes unos ojos muy bonitos. Mi madre tiene una mirada parecía a la tuya: dura, recia, pero con un brillo genuino que la hacía sobresalir entre todos cuantos la rodeaban.
Un leve rubor cubrió el rostro de Uhura antes de que está se volviese hacia Jim.
–Eres un amigo nefasto– dijo entre dientes–. Será mejor que le lleves a los dormitorios y le dejes descansar– se acercó al rubio y clavó el índice en su pecho– o te mataré.
–Pero… ¡Uhura! ¡No te vayas!– gritó Jim viendo cómo se alejaba–. ¡Al menos dile a Gaila que la veré mañana! ¡¿Lo harás?!
Sin girarse, Uhura alzó su mano izquierda y le dedicó un gesto obsceno ante el cual Jim rió.
–Es guapa aún enfadada– alcanzó a decir Bones.
–Venga compañero, que ya casi hemos llegado.
Remprendieron la marcha y llegaron hasta el edificio en el que su dormitorio se encontraba. Una vez dentro de sus habitaciones Jim luchó contra la voluble voluntad de Bones que tan pronto quería acostarse en el sofá cómo ver un holo.
–¿Vamos a ver una película?
–En cuanto te tomes las pastillas– dijo Jim caminando hacia la pequeña cocina para llenar un vaso con agua.
–Bien, me gustan las películas.
–Sí, me he dado cuenta de ello– dijo Jim sacando ahora las pastillas.
–Las películas me recuerdan a mi casa. No a la mierda de casa que Jocelyn me obligó a decorar junto a ella para hacerme padecer un infierno, no. Me recuerdan a mi casa, a un hogar de verdad.
–¿Y cómo es eso?– preguntó Jim llegando de nuevo hasta la cama en la que ahora Bones estaba sentado y pasándole sus medicamentos.
–Es… calidez. De pequeño, los fines de semana, yo, mi hermana, y mis primos, nos sentábamos alrededor del salón para ver dos o tres películas. Siempre que acababa la primera mi madre nos llamaba a la cocina en dónde nos tenía preparados chocolates calientes y galletas recién horneadas– con la guía de la mano de Jim, Bones tomó las pastillas y dio un trago a su agua–. Siempre recordaré ese olor: chocolate y pasta de mantequilla.
–Es un buen olor– dijo Jim tratando de tumbar a Bones en la cama.
–Sí, muy dulce– admitió el médico con una sonrisa–. Pero, ¿y el tuyo? ¿qué te recuerda al hogar?
–Bones, estás de sedantes hasta las cejas, no sabes ni lo que estás diciendo– rió Jim.
–Oh vamos Jim, siempre dices que yo soy el aguafiestas…
–Está bien, está bien. Te lo diré si te acuestas– Bones lo hizo–. Bajo las mantas.
La segunda parte de la petición requirió de un esfuerzo mayor por parte de Bones al que Jim tuvo que ayudar para, finalmente, acomodarlo.
–Ahora: el olor del hogar– exigió Bones.
–La verdad es que ya sabes que mi infancia no es muy destacable. La casa dónde vivíamos con Frank no fue verdaderamente un hogar ya que lo último que quería Frank era cuidar de mi o de mi hermano.
–Frank es un cabrón al que ojala pudiera reventar la cara.
El odio vertido en cada una de las palabras que Leonard había pronunciado conmovió a Jim que subió aún más las mantas que le cubrían, ciñéndolas alrededor de su pecho.
–Gracias Bones, pero Frank es ya algo pasado. En cuanto al olor, creo que… en verdad el único olor a hogar que tengo es el de la colonia de mi madre.
–Ooooh Jim, eso es muy dulce.
Riendo Jim asintió.
–Dios Bones, debería estar grabándote en video. Eres realmente adorable cuando estás fuera de tus casillas.
–Admite que es muy tierno evocar el hogar en tu mente con la fragancia de tu madre.
–Puede serlo, pero su olor siempre me ha transmitido lo mismo: seguridad– Jim se encogió de hombros–. Siempre que llegaba a casa, tras una misión, y me cogía en brazos, su olor era lo primero que me hacía saber que, de verdad, ella había regresado. También era su colonia lo que impregnaba mi ropa cuando ella estaba en casa, no sé como lo conseguía, pero su olor acababa en todas las prendas haciéndome sentir a salvo. Cuando me trajeron a la Tierra desde Tarso lo primero que sentí al aterrizar, fueron sus brazos rodeándome; no pude más que enterrar el rostro en su cuello y, ahí estaba, su colonia una vez más cobijándome, llevándome a casa.
Dejando a un lado sus recuerdos, Jim se centró en Bones descubriendo que el médico estaba llorando en silencio, y con un puchero en su rostro. Sin tiempo a reaccionar se vio envuelto en el fuerte agarre de su amigo que comenzó a sollozar sobre su hombro.
–Maldita sea Jim… Ojala… te mereces tanto… Aunque te empeñes en negarlo eres un buen muchacho… El mejor de cuantos amigos he tenido…
El llanto de Bones se volvió desconsolado y pronto Jim sonrió ante la extraña imagen que debían de estar dando en ese momento. Se alegró de que nadie pudiese verles y, durante largos minutos, escuchó los balbuceos sentimentales de su compañero hasta que este cayó finalmente rendido bajo los efectos de los medicamentos.
–A descansar amigo– musitó Jim volviendo a colocar las mantas alrededor del doctor, y con una sonrisa en los labios–. Mañana será otro día y, gracias a los cielos, no recordarás nada de esto.
NOTA: Dedicado a Zussi, por su gran apoyo; gracias por todo (y por la sugerencia odontológica!)!
Y sigo aquí! No he dejado de escribir pero admito que el nuevo fic que estoy preparando, también de ST, se me ha descontrolado y es mucho mayor de lo que creía en un principio. Espero tenerlo listo en un par de días y, como siempre, espero que os guste!
