Burbujas

El segundo año en la academia estaba comenzando a complicarse, y aún quedaba casi la mitad.

Leonard tenía que compaginar sus estudios con turnos, ahora muchas veces dobles, en los que las lesiones a tratar requerían con frecuencia operaciones complejas. Su buen hacer y su extraordinario sexto sentido para la cirugía le labraron con rapidez un nombre entre sus colegas de prefesión, hecho que sus superiores no tardaron en advertir, y emplear en su beneficio; por ello ahora Bones se dedicaba a asistir como médico de campo a los cadetes de los últimos años.

Por su parte Jim continuaba obteniendo unas calificaciones asombrosas en sus exámenes teóricos al tiempo que compartía varias de sus maniobras con Bones, ya que estaba en las clases avanzadas de tácticas y combate.

De hecho, en ese instante, ambos regresaban a San Francisco en un transbordador tras haber realizado un simulacro de guerra, en situación pre-warp, en Marte durante los dos últimos días. Junto a ellos iba sentada Uhura. La mujer había comenzado a participar en las maniobras un mes atrás, cuando su elevado conocimiento en xenolingüística la situó cómo la mejor en la materia de toda la academia. Semejante hazaña debería de haberla hecho sentir feliz, sin embargo su hosco gesto, así cómo sus brazos apretados con fuerza entorno a su propio pecho, reflejaban un sentimiento bastante alejado de la felicidad.

–Imbécil, es que eres un imbécil.

–Sí, lo has dicho unas cuarenta y tres veces, Uhura, ya lo pillo, gracias.

–¿No podéis discutir sin elevar tanto la voz?– gimió Bones encogido sobre su estómago todo lo que los cinturones de seguridad le permitían.

–No te atrevas a interrumpirme– replicó la mujer a Jim, obviando el comentario del médico–. ¿Ves que sea una pobre chica de ciudad indefensa que necesite tenerte todo el día detrás para ser rescatada?

–Por supuesto que no– dijo Jim con resignación.

–Pues entonces no vuelvas a interferir en mis ejercicios de campo apareciendo cómo un maldito psicópata.

–Perdona que no haya querido ver cómo tu puesto avanzado explotaba ante mis ojos.

–Chicos… por favor…– gimió Leonard.

–¡Habríamos salido a tiempo! Y gracias a tu intervención quedamos descalificados.

–No es el momento de tener esta conversación– dijo Jim con un tono bastante rudo y pasándole una bolsa de plástico a Bones, justo antes de que este vomitase–. Mañana puedes vocearme todo lo que te de la gana.

–Lo haré– dijo la cadete de comunicaciones mientras el transportador iniciaba la maniobra de aterrizaje.

Minutos después los cadetes desembarcaron, y Leonard comenzó a recuperarse.

–Tierra firme, bendita seas– musitó el médico sentándose en uno de los bancos situados a las afueras del puerto.

–¿Estás mejor?

–Sí Jim, son sólo esos malditos transbordadores los que me enervan. Son pequeños, inestables, peligrosos…

–Ya, ya, lo entiendo– rió el joven de Iowa tendiéndole un botellín de agua–. ¿Necesitas algún medicamento?

–Por supuesto que no– contestó Bones con indignación antes de dar un trago–. Tú sin embargo…

–Yo estoy bien.

–A mi no tienes que convencerme de nada, Jim. Puede que Uhura esté cabreada por haber sido eliminada de la prueba, pero ella sabe que si no hubieras intervenido con tu equipo el suyo habría sido herido. Y si bien los phasers no estaban dispuestos para matar si que les hubieran hecho bastante daño. Tú, y los tuyos, ejercisteis de escudo, recibisteis sus golpes.

–No fue tanto, tú mismo lo has visto: una buena noche de sueño y todo arreglado– Jim se sentó junto a él esbozando una tranquila sonrisa.

Bones le escrutó con ojo clínico: había sido médico durante demasiados años cómo para pasar por alto los signos del dolor y aunque Jim tenía razón, y sus lesiones no eran graves, si que debía tener los músculos agarrotados y doloridos. Una idea cruzó su mente y se puso de pie de un salto.

–Venga, arriba.

–Pero si acabo de…

–Nos vamos– dijo Bones cortando a su amigo.

–¿A dónde?

–Ya lo verás.

Tomando sus bolsas, ambos se pusieron en marcha, Bones llevando la iniciativa y guiando a su amigo hasta una manzana cercana, en la que acabó deteniéndose frente a un edificio de veinte plantas. Jim frunció el ceño.

–¿Qué hacemos aquí?

–Pasa y lo comprobarás tú mismo.

Entrando en el edificio Jim leyó parte de los holos que indicaban que había en cada planta. Bones no tuvo suficiente paciencia para dejarle terminar y Jim vio arrastrado hacia un ascensor dentro del cual el médico indicó la planta quince.

Jim comenzó a impacientarse, pero sus quejas quedaron olvidadas cuando el ascensor se abrió y ambos salieron a la lujosa recepción de un centro de aguas termales. Con familiaridad, Bones habló con el recepcionista, al que debía conocer pues con asombrosa rapidez les guió hasta un vestuario dándoles sendos bañadores, chanclas y albornoces.

–¿Un spa?– preguntó Jim cuando se quedaron a solas.

–¿No te gusta?

–No es eso, es que… ¿tú? ¿conociendo un spa?

–Vamos Jim, es normal– rió el médico comenzando a ponerse su bañador–. Piensa que muchos de los tratamientos de recuperación que realiza la flota se realizan en el agua. Conocemos los mejores centros de la ciudad y trabajamos con ellos.

–¿Ya habías venido con anterioridad aquí, verdad?

–Así es, este fue el lugar en el que hice mis prácticas de fisioterapia en la academia. Y ahora date prisa: el agua nos espera.

Minutos después ambos estaban en una de las piscinas de agua salada. Indicando a Jim que emplease uno de las cascadas a presión para aliviar la tensión de su espalda, él se quedó disfrutando de uno de los yacuzzis. Se dejó caer contra su borde caliente, cerró los ojos, y olvidó todo el estrés de las últimas treinta y seis horas.

En algún momento Leonard tuvo que haberse quedado dormido pues cuando abrió los ojos Jim estaba a su lado, mirando con fascinación las burbujas que se estaban formando en la superficie del agua.

–¿Sucede algo?

Jim se sobresaltó, pero tras el susto inicial negó con la cabeza.
–Me gustan estas burbujas, tienen un olor muy agradable.

–Sí, es lavanda, creo. Cuando se planificó la distribución de los jacuzzis se decidió que la mitad llevasen aromas en el agua. Es relajante para los pacientes.

Los iris azules de Jim seguían aún clavados en la escuma que les rodeaba.

–¿Estás seguro de que estás bien?

Los segundos de vacilación en la respuesta de Jim hicieron que Bones no tuviese duda alguna de que algo le sucedía a su amigo, pero no insistió más en ello.

Las siguientes dos horas pasaron con bastante rapidez pues Bones obligó a Jim a seguir un circuito específico para aliviar sus dolores musculares. Al acabar ambos estaban mucho más relajados pero infinitamente más cansados que cuando habían llegado. Por ello, y de vuelta a los dormitorios, Jim expresó en voz alta su deseo de dejarse caer en la cama para dormir. Pero el doctor no lo permitió.

–Comeremos algo y luego iremos a la cama.

–Pero Bones…

–No hay peros, Jim. Puede que ahora estés tan cansado que incluso la comida te de pereza, pero créeme: tú estómago te lo agradecerá en unos minutos, y tu cuerpo lo hará mañana.

Sin ganas de complicarse, Bones pidió al replicador dos tazones de crema de verduras y pollo.

Tras tomar su frugal cena, Jim se despidió metiéndose descuidadamente en su cama. Bones iba a seguir sus pasos, pero quería dejar listos sus holos para el día siguiente, pues aunque tenían la mañana libre no quería perder un minuto de su descanso por hacer algo que podía dejar terminado en ese momento. Echando un ojo a la silueta de Jim, ahora acostado de lado de espaldas a él, Bones comenzó su tarea tratando de hacer el menor ruido posible.

Apenas un cuarto de hora después el médico había terminado de ordenar sus holos y ya se acercaba hacia su cama. Fue entonces cuando Jim habló.
–Cuando era pequeño y mi madre estaba en casa ella se encargaba de bañarme. Llenaba la bañera de su habitación con agua caliente, echaba jabón de fresa y melocotón, y hacia burbujas, tantas que cuando yo me metía quedaba casi tapado por completo por ellas. Hacía quince años que no me daba un baño cómo el de hoy. Gracias Bones

Sabiendo que no había suficientes palabras para explicar el calor que sentía bajo su pecho, Bones se inclinó hacia el catre de Jim, tomó las mantas y las subió hasta el cuello del rubio, cuyos cabellos aún mojados rozó antes de regresar a su propia cama y acostarse.


Nota: De antemano, perdón. Tras un mes de trabajo brutal se me estropeó el ordenador, dos veces, perdí muchos words a medias, entre ellos los de los fics, que he comenzado a recomponer más o menos tal y cómo recuerdo haberlos dejado. Espero tener mañana listo el capítulo de Thy'la para el fin de semana. Muchas gracias por vuestra espera!