Cambio de roles

Había sido un día largo, demasiado para Bones que, tras dos turnos en el hospital, justo en medio de un accidente en el departamento de ingeniería, sólo quería relajarse, olvidarse de que acababa de tratar a más de un centenar de cadetes histéricos cubiertos de magulladuras, y tomar un trago.

Miró su reloj, aún eran las siete y diez de la tarde, Jim estaría estudiando para el examen que tenía en dos días y que sabía era importante. No estaba muy seguro de que asignatura era de la que el rubio se iba a examinar, sólo recordaba que en su nombre estaban incluidas las palabras "cuántica relativista", "fisión" y "horizonte de sucesos", sin duda era algo que el médico no alcanzaba a entender y tampoco lo pretendía.

Sopesando sus opciones, y no queriendo ir aún hacia su habitación, Leonard dirigió sus pasos hacia una zona de bares y entró en uno en el que servían un bourbon decente.

El local estaba medio lleno, con bastantes cadetes ociosos ocupando las mesas y alguno que otro conversando en la barra. El médico caminó hacia ella, se apoyó, y pidió un bourbon. Estaba dando un segundo trago cuando escuchó una voz familiar tras él.

–Vaya, vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? El cadete doctor, ni más ni menos.

Girándose apenas, Leonard vio a uno de los jóvenes con los que compartía la clase de política militar, una de las asignaturas obligatorias que todos los cadetes debían superar en segundo año.

–Hola a ti también Jon– gruñó el médico rogando internamente para que el engreído muchacho le dejase en paz.

El cadete mostró una falsa sonrisa y se acercó a él.

–Que poco humor doctor. ¿El cansancio está haciendo mella ya en ti?

Apurando lo que le quedaba en el vaso, Bones dejó un puñado de créditos sobre la barra y se puso en pie.

–Hasta mañana– dijo pasando ante el cadete.

–Sí– el joven le dio un codazo a uno de sus amigos que se había acercado hasta la barra–. Lo que no entiendo es por qué dejan a fracasados de cualquier tipo, sin honor alguno, entrar en la flota estelar. Luego la gente se extraña de que la reputación de esta organización haya caído.

Tal vez si no hubiese tenido una jornada tan dura, Bones lo hubiese dejado pasar, pero ese día fue inevitable que se volviese hacia su compañero de clase.

–¿Qué has dicho?

El cadete se rió.

–¿Estás sordo, doc? He dicho que es una vergüenza que dejen entrar a gente cómo tú en la flota.

–Claro, es mejor que niñatos engreídos, cómo los de tu calaña, nos representen, ¿verdad?

Las palabras de Leonard hicieron que Jon se congelase.

–Repite lo que has dicho.

–Creo que te lo simplificaré por que dudo que con tu intelecto hayas entendido lo que he tratado de decirte así que, intenta comprender esto Jon: eres imbécil.

Y la pelea se desató.

El problema para Leonard fue que Jon no estaba sólo y pronto se encontró en una pelea de dos contra uno. Para cuando lograron separarles, Bones había logrado noquear a Jon, lamentablemente el amigo de esté había caído sobre él.

Tras ser arrastrado fuera del local por uno de los camareros, y mientras la advertencia de no volver allí nunca más en busca de pelea resonaba en su mente, el médico decidió que era hora de volver a la habitación.

Cerró su chaqueta hasta el cuello, un gesto que le hizo reparar en que tenía la piel de los nudillos levantada, y seguramente un par de fracturas en los dedos. El frío atenazó rápidamente su cuerpo y pronto supo que la contusión que había conseguido en su costado izquierdo requeriría de un regenerador si quería evitar una complicación con el derrame que ahora debía estar extendiéndose bajo sus costillas, también magulladas.

Resoplando, Leonard apuró el paso.

Cuando llegó ante la puerta de su habitación sentía el frío atravesando su cuerpo cómo un cuchillo y allí dónde la sangre se había resacado, tanto sobre su cara cómo sobre sus manos, esta comenzaba a resquebrajarse.

Tecleando el código de acceso, entró en su pequeño hogar.

–Hola Bones, has tardado, creía que… ¡Por todos los cielos!

El médico no tuvo tiempo de quitarse la chaqueta pues antes siquiera de que la puerta se cerrase Jim había llegado hasta él. Tomándole por los hombros el rubio le miró con auténtica preocupación.

–¿Qué te ha pasado? ¿Te han asaltado? ¿Estás herido?

Con una mueca de dolor, Bones se quitó la chaqueta.

–Una pequeña diferencia de opiniones en un bar– respondió Bones antes de ver cómo el escritorio de Jim estaba plagado de libros y holos–. ¿Aún estás estudiando?

–Casi había acabado y… pero no cambies de tema, y dime que ha pasado.

–Ya te lo he dicho– Bones se escabulló de Jim, y fue hacia el baño–. Me crucé con Jom. Yo estaba tomando un bourbon, él estaba ocioso y ya te puedes imaginar el resto.

–¿Jon?– repitió Jim mientras Bones entraba en la ducha sónica–. ¿El tipo de Sydney con el que vas a política?

–El mismo.

Debido a que estaba en el baño, Bones no pudo ver la mirada de odio que cruzó los ojos de Jim.

–¿Y cómo estás?

–Bien, nada más que unas contusiones, o eso creo. Acércame el tricorder. Está en mi bolsa.

Prácticamente corriendo, Jim fue hacia la bolsa que el médico había dejado en la entrada, rebuscó en ella y encontró el objeto que él mismo le había regalado meses atrás. Fue de nuevo hacia el baño en el que Bones ya había salido de la ducha, se había puesto la ropa interior y se estaba sentando sobre la tapa del inodoro.

Al extender la mano hacia él, Jim le dio el tricorder. Durante varios minutos Bones procedió a pasar el sensor sobre su cuerpo y leer los datos que arrojaba.

–Necesitaré que me acerques las vendas, el regenerador portátil, y mi maletín de hypos.

Solícitamente Jim hizo lo que el médico le pedía, más cuando este se hubo administrado a si mismo las hypos para aliviar la inflamación y el dolor, Jim se negó a darle las vendas.

–Alza los brazos– le dijo el rubio.

–Puedo vendarme yo mismo las costillas Jim.

–Sí, y operarte a ti mismo, lo sé– replicó con sarcasmo–. Ahora levanta los brazos.

Demasiado cansado para discutir, Bones hizo lo que Jim le pedía. En apenas tres minutos las costillas magulladas del médico estuvieron firmemente envueltas por las vendas de compresión. Satisfecho con su trabajo, Jim tomó el desinfectante y limpio las manos del médico antes de hacer lo mismo con su labio partido.

–Nunca pensé que sería yo quien acabaría curándote a ti tras una pelea de bar– dijo Jim sonriendo.

–Ya ves, me gusta sorprenderte.

–Gracias Bones, pero la próxima vez procura que no sea por que veo tu cara destrozada– Jim apretó con un poco más de fuerza de la necesaria el algodón sobre el labio de Bones y este siseó.

–Ten cuidado.

–Eso debería decírtelo yo a ti– replicó Jim poniéndose serio–. Meterte en líos tu solo…

–Oh vamos Jim, ¿no irás a reñirme, verdad? Tengo treinta años.

–Pues no lo parece.

–Y me lo dice el niño que se alistó el día en el que recibió una paliza en un bar– Bones rió de forma falsa–. Lo que me faltaba. Además, los golpes que le di a Jon creo que le alejarán de mi una temporada, y espero que a su amigo también.

–¿Eran dos?

El tono que había empleado Jim hizo que Bones le mirase con el ceño fruncido: había algo desconcertante en la voz del rubio.

–Sí.

Jim no habló hasta que las curas terminaron y anunció que iba a hacer la cena. Una vez en la mesa, y tras comer lo que Jim había preparado, más con su entusiasmo que con su maña, Bones se fue a la cama.

Apagando la luz de su mesita, Bones se cubrió con las mantas y observó como el cuarto quedaba en penumbras con la luz del escritorio de Jim, tras el cual el rubio estaba sentado terminando de repasar sus esquemas, cómo único foco luminoso en la noche.

–¿Jim?

–¿Sí?

–Gracias.

–No hay de qué Bones.

A la mañana siguiente Bones se levantó casi perfecto. En esos momentos amaba a la medicina moderna, capaz de curar pequeños golpes y raspaduras en minutos u horas.

Tras desayunar, y despedirse de Jim, el médico fue al hospital para empezar un nuevo turno. Saludó a sus compañeros, dejó sus cosas en el despacho, se puso su bata médica, y tomó los expedientes que le correspondería revisar durante ese turno. Los estaba ojeando por encima, mientras esperaba a que sus enfermeras llegasen, cuando uno le llamó la atención.: Jon Marsen estaba allí. Dejando a un lado el resto de expedientes, Bones comenzó a leer el motivo del ingreso del cadete con el que se había pegado horas atrás: traumatismo moderado, brazo roto, rotura de cuadriceps, contusiones múltiples… sus ojos fueron directamente hacia el apartado en el que se indicaba cómo se habían hecho las heridas y sus ojos se abrieron con sorpresa "el cadete fue encontrado por la policía a las tres y cuarto de la madrugada, tirado en un callejón tras lo que parecía haber sido una pelea, y junto a su compañero X'ter. El agresor es desconocido pero, debido a la limpieza de las lesiones se cree que es un experto en técnicas de combate cuerpo a cuerpo".

Bones dejó de leer pues él conocía a una persona capaz de noquear a dos cadetes sin tan siquiera despeinarse. Antes de que pudiera evitarlo una sonrisa se formó en sus labios: esa noche tenía que invitar a Jim a tomar un par de cervezas.