Un mal día
Cuando Leonard vio el número de Jocelyn en su comunicador supo que algo no iba bien. No era normal que su ex le llamase por su propia voluntad. Al saludarla supo que estaba en lo cierto, la mujer quería comunicarle que había conocido a un hombre con el cual se había comprometido. Aquello incomodó al médico pero se quedó en una anécdota comparado con el sentimiento que le recorrió cuando su ex esposa le informó de que su prometido trabajaba fuera del sistema solar y pensaba instalarse con él, y Joanna, en el planeta dónde este vivía.
Al terminar la llamada, lo único que Leonard pudo hacer fue ir a la cocina de sus habitaciones, tomar una de las botellas de bourbon que guardaba, y comenzar a beber.
Pasaban de las diez de la noche cuando Jim entró en el dormitorio.
–¡Hola Bones! Siento llegar tarde pero el examen de psicología para oficiales se alargó casi dos horas. ¡Vaya infierno!– rió Jim dando la luz–. ¿Por qué estás casi a oscuras?
Desde el sofá, en el que se había dejado caer tras dar buena cuenta de más de la mitad de la botella de bourbon, el médico gruñó.
–¿Qué pasa?– Jim se acercó a él–. ¿Estás bien?
–Déjame Jim.
–Pero, ¿qué sucede? ¿Te sientes mal?
–Sí, me siento mal, así que déjame en paz.
–Bones…
Jim fue a tocar el hombro de su amigo, pero Leonard le golpeó en la mano justo antes de abalanzarse sobre él. El primer puñetazo sorprendió al rubio lo suficiente como para hacerle caer y golpearse contra la mesa del salón. Notó como la sangre caliente caía sobre su piel pero no pudo detenerla pues el hombre volvía a cargar sobre él.
Si bien Jim había participado en muchas peleas a lo largo de su vida, sabía que ante un hombre tan embriagado no era fácil defenderse, y menos cuando este era tu amigo y algo parecía haberle nublado los sentidos. Por ello decidió tratar de evitar cuantos golpes pudiese e inmovilizar al hombre causándole el menor de los daños. Pero Bones era sorprendentemente fuerte y logró derribarle en dos ocasiones antes de retenerle contra la pared.
–¡Para Bones!
Pero el grito de Jim no detuvo al hombre y este le dio un cabezazo. El rubio se tambaleó hacia atrás y se dejó caer al suelo con un ahogado gemido.
Fue aquel lamento el que hizo reaccionar a Leonard que, finalmente, se sentó en el suelo para tratar de calmar su respiración. Haciendo acopio de la cordura que iba llegando a él, Leonard buscó con la mirada a su compañero, encontrándolo encogido en el rincón entre la pared y su cama. Con sólo ver la sangre recorriendo el rostro del rubio el estómago del médico se revolvió.
–¿Jim?– el joven le sonrió y eso le hirió más que cualquiera de los golpes que ahora palpitaban bajo su piel.
–Estoy bien Bones, ¿puedo acercarme a ti?
El hombre asintió. Lentamente Jim se inclinó hacia delante y gateó hasta el lugar en el que se encontraba. Le tomó por los hombros y le miró con ojo crítico.
–Creo que tenemos que tratar el golpe de tu ojo y…
Leonard fue incapaz de escuchar nada más. ¿Cómo era posible que Jim se preocupase por él cuando acababa de pegarle sin ningún tipo de razón? ¿Por qué alguien tan leal y noble como aquel muchacho se mantenía siempre a su lado? Antes de que Jim pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, los ojos de Leonard se llenaron de lágrimas y comenzó a llorar.
–Bones, ¿Bones? Vamos amigo, si no me dices que está mal no podré ayudarte– las lágrimas de Leonard se intensificaron y Jim, sentándose contra la pared, le rodeó con los brazos atrayéndolo hacia él en un hermético abrazo–. Tranquilo Bones, tranquilo.
El tiempo transcurrió de forma imprecisa para Leonard pues cuando su llanto se calmó a través de las ventanas sólo podía verse la oscuridad propia de la noche. Intentó moverse levemente pero los brazos de Jim seguían sujetándole. El hombre se resignó y suspiró.
–¿Cómo estás?
–Me siento como una mierda– murmuró el médico.
–Creo que el beberte media botella de bourbon tú solo puede tener algo que ver en eso– el médico gimió–. ¿Qué ha pasado?
Sintiéndose sin escapatoria el médico le relató como Jocelyn le había llamado para comunicarle su próxima boda y un más que probable cambio de domicilio, uno que la llevaría a ella y a su hija a un planeta a día y medio de viaje.
–Se la va a llevar, la va a alejar aún más de mi y acabará consiguiendo lo que se propone…– dijo Leonard con un hilo de Bones–. Tarde o temprano Joanna acabará por olvidarme.
–Tonterías– replicó Jim con fuerza–. Cuando os separasteis firmasteis un documento de guardia y custodia de Joanna, ¿no?
–Sí.
–Pues seguramente haya un par de cláusulas que impidan que Jocelyn pueda alejar a Joanna del lugar en el que tú resides. Si me das permiso, llevaré los papeles de tu divorcio a uno de los abogados de la flota.
Leonard se removió entre los brazos de Jim para mirarle.
–¿Abogado?
–Sí Bones, desde el mismo instante en el que pusiste tu firma en la hoja de ingreso de la academia no sólo te convertiste en un cadete al cual patear: desde ese momento la flota te protege ante cualquier acción legal del exterior. ¿No tenéis los médicos algo parecido en el hospital?
–Sí pero…– el médico pareció dudar.
–Vamos Bones, ya sabes las intenciones de Jocelyn, si hay una manera de que no aleje a Joanna de ti tenemos que intentarlo. Además, conozco a un abogado que es realmente bueno, sólo tenemos que conseguir que sea asignado a nuestro caso y eso no será muy difícil.
La confiada sonrisa de Jim le hizo a Leonard saber dos cosas: la primera, Jim ya tenía un plan, y la segunda, debía curar la herida de la sien de su amigo pues esta seguía vertiendo sangre sobre su rostro.
–Está bien– el médico se incorporó y miró a su amigo–. Ahora déjame curarte, el golpe de tu cabeza no tiene buena pinta.
–Los he tenido mucho peores– dijo Jim encogiéndose de hombros.
Sabía que Jim sólo trataba de restarle importancia a lo sucedido, pero Leonard no podía sentir alivio alguno. Se levantó, tomó su bolsa médica y comenzó a trabajar sobre los golpes de Jim que se mantuvo tranquilo en todo momento. Cuando terminó Jim tomó el regenerador dérmico de sus manos y le curó sus heridas.
–Gracias– dijo Leonard cuando Jim terminó de tratar sus propios golpes–. He sido un idiota. He pagado contigo mis problemas, y lo he hecho de la peor forma posible. Perdóname por…
No pudo terminar su frase pues Jim le abrazó. Sintiendo la calidez del cuerpo de Jim, el médico claudicó y enterró el rostro en el cuello del rubio.
–No hay nada que perdonar, Bones.
–Tal vez puedas verlo así pero yo… ya has pasado por suficiente Jim, no puedo hacer uqe pases por más, sino tratar de hacer tu vida un poco mejor.
–Ya lo haces Bones, cada día que sigues siendo mi mejor amigo.
Nota: Perdón, perdón, perdón por la tardanza! Estoy teniendo demasiado trabajo y apenas tengo tiempo para nada, pero aquí sigo: lenta pero constante! Gracias por haber esperado a la actualización. Un abrazo a todos y todas.
