N/A: ¡Hola a todo el mundo! ¿Hay alguien ahí? ¿Sí? ¿Todavía quedan lectores con la paciencia suficiente para soportarme? Espero que sí...

Lo sé, lo sé, he tardado una eternidad y media en actualizar. Escribir no me lleva casi nada de tiempo (este capítulo lo hice en dos días), pero es que nunca encuentro el momento. Me pasé todo el verano viajando, y ahora con los exámenes... En fin, no es momento de excusas. El caso es que, como prometí, no he abandonado la historia. Y si queréis acosarme para que no olvide actualizar (porque sí, ese es mi otro gran problema: olvido que tengo fics sin actualizar), podéis escribirme al Facebook (MeriAnne Abévaz) o un correo.

Hagamos un pequeño recordatorio del fic: el Ministerio había decidido exponer a los alumnos de sexto y séptimo a pruebas de una semana de duración en distintos lugares del mundo con la limitación de un solo hechizo cada persona para toda la semana. En el grupo protagonista de esta historia todos tienen un objeto especial, una mochila con comida y una pulsera con una piedra de un color (tanto el objeto como el color de la piedra los tenéis entre paréntesis detrás del nombre de cada uno). El grupo lo conformaban Malfoy (navaja, verde), Harry (alambre, rojo), Ron (brújula, naranja), Hermione (cerillas, dorado), Luna (hilo, amarillo), Ginny (silbato, lila), Theodore Nott (linterna, azul), Blaise Zabini (soga, morado) y Zacharias Smith (pala, negro). Nadie había usado todavía sus hechizos. Habían acordado separarse en dos grupos: Nott, Ron, Harry, Luna y Zacharias se fueron a las llanuras del Norte en busca de comida, mientras que Malfoy, Zabini, Ginny y Hermione se fueron a las montañas del Este para encontrar un refugio en el que pasar la noche.

Y ahí lo habíamos dejado.

Espero poder empezar a actualizar más de seguido a partir de ahora. Lamento muchísimo la espera, y gracias a todos los que habéis seguido pendientes de este fic mandándome reviews y PM's. Muchísimas gracias, de verdad. Fin de la N/A.


Llegar a las montañas del Este les llevó más de lo esperado, y para cuando alcanzaron sus faldas rocosas y gélidas no sentían ya los dedos del frío. Incluso Malfoy había decidido firmar una tregua y cerrar la boca a lo largo del trayecto.

Una vez se encontraron cobijados por la inmensidad de aquellas moles de hielo y piedra, los cuatro se detuvieron.

—¿Qué se supone que estamos buscando exactamente? —preguntó Ginny.

—Pues… algo que pueda servir de refugio. Un sitio más o menos cerrado. Seguro. Que pueda protegernos de tormentas de nieve y animales salvajes.

—¿Animales salvajes? —repitió Malfoy, frunciendo la nariz, pero Hermione no le prestó atención.

—Algo así como una cueva, ¿no? —preguntó Zabini.

—Sí, eso es. Pero debemos tener cuidado, no vayamos a meternos en la guarida de algún lobo.

—¿Lobos?

—Oh, Malfoy, cállate ya —le silenció Ginny con un mohín.

—Está bien. Esta montaña de aquí no parece muy grande, ¿no? Podemos rodearla y buscar algún recoveco en ella.

—Tardaríamos demasiado, Zabini.

—Tienes razón… ¿y si nos dividimos? Dos parejas. Una por cada lado. Y ya nos encontraremos en el otro extremo de la montaña. ¿Os parece?

—Genial. Yo voy contigo, Blai… —pero a Malfoy ni siquiera le dio tiempo a acabar la frase, porque su compañero y amigo ya había enredado sus brazos cual pulpo en torno a la cintura de Ginny, que se sonrojó.

—Yo con la pelirroja. No hay más que hablar.

—Zabini, ¿por qué no me dejas ir a mí con Ginny y tú te pones con Malfoy? —pidió Hermione, sintiendo que el mundo se le venía encima. Pero Blaise escenificó un puchero infantil mientras se aferraba con más fuerza a la otra chica, que se encogió de hombros a modo de disculpa.

—Pero Granger… —dijo él, con un tono de voz meloso y dulce—. Estas pruebas tienen también como finalidad estrechar lazos entre alumnos de distintas casas. Eso dijo McGonagall, ¿verdad? ¿Y qué sentido tendría entonces que fueran las dos Gryffindor por un lado y los dos Slytherin por otro, pudiendo mezclarnos? Al menos, eso es lo que a la profesora le hubiera gustado, ¿no crees? ¿Tú qué piensas?

—Yo… eh… —Hermione sintió que su determinación se derretía bajo el teatro de Zabini, y se dio cuenta de que no tenía escapatoria lo mirase por donde lo mirase.

Al fin y al cabo, solo sería un paseíto de reconocimiento en torno a la montaña.

¿Verdad?

—Está bien, Zabini, tienes razón. Malfoy y yo nos vamos por este lado. Vosotros por el otro. Nos veremos en el extremo contrario. Si una de las parejas tarda más de un par de horas en llegar, que la otra vaya en su busca. ¿Todo claro?

—Cristalino —sonrió feliz Zabini, que enganchó por la muñeca a una aturdida Ginny y la arrastró hasta que ambos se perdieron tras unas rocas.

—Sí, qué perfecto todo. Tanta cooperación me va a hacer llorar de la alegría.

Hermione se volvió haciendo una mueca. Había olvidado momentáneamente que Malfoy seguía allí.

—Vamos. Cuanto antes empecemos, antes terminará esta tortura.

—Lamento decirte, Malfoy, que te muevas lo rápido que te muevas nuestra estancia aquí seguirá siendo una semana.

—No me refería a la prueba. Hablaba de tener que estar a solas con algo como tú.

—¿Crees que a mí me hace especial ilusión soportar tus berrinches de niño de cinco años?

—Si no hubieras sido tan estúpida como para dejarte atontar por los encantos de Blaise, hubieses podido irte con la Comadreja y así no tendrías que "soportarme".

—Tampoco es que tú te estuvieras quejando mucho, ¿me equivoco?

Y sin permitir que Malfoy pronunciara una sola palabra más, Hermione dio media vuelta y avanzó con firmeza, sintiendo que sus botas se hundían unos centímetros en la nieve con cada paso que daba debido a la potencia que imprimía en sus pisadas.

Esto no se le pasó desapercibido al chico, que no perdió la oportunidad de reírse de nuevo.

—¿Qué pasa, Granger? ¿Intentas comunicarte con los otros castores de tu especie a base de señales rítmicas? ¿Vendrán cavando un túnel con sus enormes dientes? Quizás tú deberías ahorrarles parte del camino e ir hacia ellos con el mismo método, así darías un uso a esas inmensas carretillas que tienes por incisivos…

Ni todos los entrenamientos de quidditch del mundo podían haber preparado a Malfoy lo suficiente como para reaccionar a tiempo y esquivar el poderoso derechazo que Hermione le imprimió en pleno estómago.

Llevándose ambas manos al vientre y emitiendo un quejido ahogado, Malfoy se dobló en dos. Hermione le asesinó con la mirada mientras flexionaba y estiraba los dedos, intentando recuperar la sensibilidad después de semejante puñetazo.

—Tenemos dos opciones, Malfoy. Te callas y tenemos el viaje en paz, o sigues comportándote como un real imbécil y volveré a pegarte. Tú decides.

El Slytherin escupió toda una retahíla de insultos y blasfemias varias antes de seguir a la airada chica que ya le llevaba varios metros de ventajas.

A Malfoy le ardían los puños por las ganas de devolverle el golpe a Hermione, que avanzaba decidida y sin intención de cubrirse las espaldas.

El chico necesitó recordarse una y doscientas veces que asestándole un buen (y merecido) puñetazo solo conseguiría tener que cargar con ella para no arremeter contra su indefenso y frágil cuerpo.

¡Había osado ponerle la mano encima! ¡Una sangre sucia! ¡A él! ¡Un Malfoy!

Y por segunda vez, añadió una vocecilla insidiosa en la cabeza de Draco.

El chico hundió con rabia las manos en los bolsillos de su chaqueta, maldiciendo al frío, a Siberia, a las pruebas, al Ministerio y a esa odiosa bruja que lo desquiciaba hasta la saciedad como nadie más era capaz de hacerlo.


Habían tardado más de dos horas en llegar hasta las llanuras, y según el reloj de pulsera de Harry eran ya casi las cuatro de la tarde.

El paisaje era sobrecogedor. Kilómetros y kilómetros de nieve, escarcha, tierra compacta y arbustos pequeños y rígidos les rodeaban en todas direcciones. Cerca de ellos un acantilado de hielo caía en picado hasta el mar, más oscuro y profundo de lo que ellos lo recordaban.

La imagen les hizo sentirse terriblemente pequeños, pero pese a su peligrosidad, aquel lugar no dejaba de tener un cierto encanto. Como el filo de un cuchillo recién pulido: cortante y letal, pero con cautivadores brillos argentados.

A Nott le resplandecían los ojos, y aunque su expresión era casi de indiferencia, en sus pupilas se diluía una fascinación absoluta.

—Hmm… bueno, comencemos. Igual sería mejor olvidarnos del pescado, porque no sé si será seguro acercarnos a ese acantilado.

—Sí, tienes razón. ¿Qué buscamos entonces? —La voz de Harry fue lo más amistosa posible. No conocía de nada a Nott (de hecho, antes de esa prueba no habría sido capaz ni de describirlo con exactitud sin tenerlo delante), pero no le parecía que fuese un idiota como Malfoy. Y si tenían que hacer eso, lo mejor sería intentar llevarse todo lo bien posible.

—Podemos buscar liebres árticas como habías dicho antes —propuso Ron, mirando en derredor. Quizá hubiese alguna escondida entre las rocas y la escasa vegetación.

—Es una buena idea… preparemos una trampa. Smith, ¿me dejas la pala un momento?

—No —replicó cortante el Hufflepuff, alejándose un paso—. Si me la quitáis, seré prescindible. No te la daré.

Nott puso los ojos en blanco.

—No voy a quitarte nada, Smith.

—Dime dónde debo cavar y lo haré yo mismo —insistió el otro chico. Nott se encogió de hombros y le dio una serie de indicaciones mientras Ron ayudaba a Luna a desenrollar su madeja de ese asombrosamente resistente hilo.

—Oye, Nott, ¿y mientras qué hacemos? ¿Esperar sentados en la nieve a que una liebre caiga en la trampa? ¡Y eso si hay liebres, que no hemos visto ninguna! —dijo Harry con preocupación.

—Es cierto. Memorizaré la ubicación de la trampa y avanzaremos un poco más, a ver si encontramos otra forma de bajar hasta el mar… Comprobaremos si ha caído algo en el camino de vuelta.

—¿Y si no conseguimos coger nada? —gruñó Smith, que se había agachado en el suelo y se esforzaba en clavar la pala en la helada y compacta tierra.

—Siempre podemos usar un hechizo, ¿no? —intervino Luna por primera vez—. Tenemos nueve, podemos emplear uno de ellos en bajar al mar.

—Sí, pero la cuestión es… ¿quién dará su hechizo? Porque eso dejaría indefensa a dicha persona —comentó Ron, quien se estaba enredando con el hilo y fruncía el ceño.

—Yo lo haré —respondió Harry llanamente. Nott le miró con fijeza.

—Muy bien, Potter. Quédate cerca de mí el resto de la semana. Así podré ayudarte si te pasa algo.

Harry le sonrió, pero antes de poder agradecérselo oyeron a Zacharias quejarse otra vez.

—¿Es que nadie va a ayudarme? Esta jodida tierra está demasiado dura. Toma, Weasley, cava tú.

—Creí que no querías que nadie tocara tu preciosa pala —gruñó Ron, arrebatándole el objeto con rabia. Smith se limitó a encogerse de hombros.

—He cambiado de opinión.


—Así que… Potter y tú, ¿eh?

—Cállate, Zabini.

Blaise y Ginny habían caminado en silencio durante un buen rato, inspeccionando la montaña y revisando todos los recovecos que iban encontrando entre el hielo y la roca. Pero ninguno de ellos era lo suficientemente grande como para cobijar a nueve adolescentes, así que seguían buscando.

—No, en serio. No estoy burlándome ni nada por el estilo, aunque podría. Quiero decir, mira a Potter. Seguro que es buen chaval y todo eso, ¿pero es que nadie le ha regalado nunca un peine? Por no hablar de esas gafas de John Lennon que me lleva…

—Deja de meterte con él, por Merlín. ¿Y quién es ese Lennon?

—Un cantante muggle. Del grupo The Beatles… ¿en serio no lo conoces?

—La verdadera pregunta aquí, Zabini, es cómo conoces tú a un cantante muggle.

Blaise sonrió inclinándose para mirar dentro de un hueco en la pared helada de su izquierda.

—Tuve mi época rebelde de escuchar música muggle a todas horas, aunque la detestaba, solo para fastidiar a mi madre.

—¿Por qué querías fastidiarla?

—¿Y por qué no? Mi madre es una jodida arpía.

Ginny le miró con sorpresa. Para ella, afirmar algo semejante era terrible y absurdo. ¿Quién podía pensar eso de su madre? Se le vino a la cabeza la imagen de la suya propia, con la punta de la nariz manchada de harina y moviéndose frenética por la cocina, haciendo que la casa entera se inundase del dulce olor a chocolate y bollos de mantequilla.

Observó a Zabini en silencio y se preguntó cómo sería su madre. Se imaginó a una mujer alta y delgada, con el mismo porte de Narcissa Malfoy y el pelo de un moreno irreal. Con las cejas muy finas y arqueadas en un gesto de superioridad, los ojos oscuros y los dedos cargados de anillos. Quizás fuese negra como su hijo. O tal vez no. Tal vez el negro fuese su difunto padre. O ambos. ¿Y no era Zabini un apellido italiano?

—Vas a desgastarme de tanto mirarme, princesa —canturreó él, y Ginny enrojeció apartando la vista de su espalda al instante.

—Yo no estaba mirándote.

—Claro —concedió él con su mejor sonrisa, contemplándola de reojo—. Aún no me has respondido. A lo de Potter, digo.

—No me preguntaste nada.

—Bueno, pues lo haré ahora: ¿te gusta de verdad?

—Sí —respondió ella con absoluta convicción, acelerando el paso para adelantar al chico y meterse en una cavidad irregular de la que salió en seguida al descubrir que estaba inundada de agua gélida.

—¿Por qué? —No lo preguntó con malicia ni burla, aunque sí con sincero desconcierto.

—¿Y por qué no? —resopló ella molesta con los derroteros de la conversación.

—A ver, Weasley, no me malinterpretes, pero… Vale que sea el-jodido-niño-que-vivió y toda esa mierda, pero no pareces el tipo de chica que se enamora de una leyenda solo porque se la cuentan muchas veces.

—¿Y qué tipo de chica parezco entonces?

—El tipo de chica que se fija también en cómo se la cuentan.

Ginny se detuvo de golpe y se giró para mirarle.

—Me gusta Harry, Zabini. Me gusta, porque le conozco desde hace tiempo. Porque es valiente, y mucho más fuerte de lo que vosotros pensáis. Porque me hace reír. Porque es cariñoso conmigo sin tratarme como si fuera una niña pequeña. Me gustan sus ojos, su forma de ser y sí, me gustan sus gafas. ¿Y sabes qué? Me gustaría lo mismo si no se llamara Harry Potter.

Y dicho esto dio media vuelta y se alejó con paso firme, mucho más roja que antes pero determinada a seguir caminando. Zabini, que había dejado de lado las bromas, no tardó en alcanzarla.

—¿Segura? —preguntó, aunque ya no había ninguna duda en su voz.

—Segura. De hecho, Harry siempre me ha parecido un nombre aburrido —confesó ella, intentando no reír.

—Totalmente de acuerdo. Me recuerda a una cobaya que tuve de pequeño. Se llamaba Harry. Y ahora que lo pienso él también debía de ser medio ciego, porque siempre se ponía a morder la paja falsa de su jaula en lugar de la comida.

Ambos se detuvieron de golpe y se miraron. Segundos después, estallaron en carcajadas, y su risa reverberó contra la montaña de hielo.


Llevaban horas callados, caminando juntos, sin insultarse ni pegarse ni denigrarse de ninguna forma. Hermione estaba segura de que eso desbancaba en su lista de récords a todas las cifras anteriores.

Se habían limitado a buscar de forma eficiente y silenciosa una cueva lo más decente posible para refugiarse esa noche. Aunque Malfoy se había pasado de morros y sin hacer nada los primeros treinta minutos, pronto acabó por aburrirse y decidió ayudar aunque solo fuera por tener algo con lo que entretenerse.

Cuando uno de ellos entraba en una cavidad para verla por dentro, el otro esperaba fuera hasta que salía y proseguían su camino. No se hablaban. Solo andaban y registraban cuantas grietas estuvieran a su alcance. Era un patrón de acciones fácil. Sencillo. Casi garantizaba su seguridad física y mental.

Pero la calma no podía ser eterna, y el desastre no tardó en llegar.

Malfoy fue quien encontró la nueva cueva. La entrada era poco visible porque iba oblicua a la pared de la montaña, pero parecía profunda. No se lo pensó mucho y entró, así que Hermione se quedó aguardando fuera.

Pero los minutos pasaron. Y Malfoy no salía.

Hacía frío y el cielo empezaba a perder claridad, lo cual no hacía más que incrementar el nerviosismo de la bruja.

Un cuarto de hora después, Hermione no soportaba más la tensión, por lo que sacó su varita y entró en la cueva.

En el interior hacía tanto frío como fuera, pero al menos estaba protegida del viento que se estaba levantado. Caminó con cuidado deslizando una mano por la pared de su izquierda para no perderse, y cuando la lejanía de la entrada fue demasiada se detuvo.

—¿Malfoy? —susurró sin atreverse a alzar la voz. Y sin embargo, el apellido del Slytherin resonó varias veces en el estrecho túnel.

Hermione sintió un escalofrío y miró hacia atrás, pudiendo ver a lo lejos la estrecha ranura de luz que era la salida. Delante de ella, sin embargo, la oscuridad era densa y helada.

¿Qué debía hacer? No podía marcharse de allí sin él, pero tampoco podía continuar esperándole eternamente. Y desde luego, seguir avanzando a ciegas no era una opción.

—Mierda —susurró, mordiéndose el labio inferior—. Mierda, mierda… En fin, no me queda de otra. ¡Lumos!

Al instante la punta de su varita se encendió como una linterna, y toda la cavidad quedó iluminada. El hielo, refulgente por la luz, desaparecía en algunas partes de la pared, siendo sustituido por una roca de aspecto húmedo. El túnel se prolongaba unos metros y parecía girar a la izquierda un poco más adelante. Cogiendo aire, Hermione siguió andando.

Y lo que encontró al final del túnel fue una cueva. Grande y espaciosa, del tamaño de un aula de Hogwarts. Había un pequeño lago alimentado por un manantial en una esquina, y del techo colgaban inmensas estalactitas. Casi todo a su alrededor era piedra. Una pequeña grieta en un lateral proporcionaba luz natural al espacio, aunque esta disminuía por momentos.

Hermione había contemplado el lugar fascinada.

Y entonces habían pasado dos cosas a la vez.

La primera había sido un grito, sin duda de Malfoy, diciéndole algo.

"¿Que me aparte?"

Y la segunda había sido un potente empujón que había mandado a Hermione al suelo, haciendo rodar su varita lejos de ella.

Cuando la chica se giró, se encontró a Malfoy con la capucha de su capa bajada, el pelo revuelto y un feo corte en la mejilla. Respiraba agitadamente y miraba con miedo algo detrás de ella.

Hermione se giró y lo que vio le hizo soltar una exclamación de pánico.

Era un lobo. Un lobo enorme, blanco como las azucenas y con el pelaje más esponjoso que la chica hubiera visto nunca. Le habría parecido hermoso de no ser por los terribles colmillos que mostraba, gruñendo por lo bajo mientras clavaba sus ojos negros en los dos chicos.

—¡Levántate, Granger, joder! —gritó Malfoy, y Hermione no necesitó que se lo dijera dos veces. Se colocó rápidamente junto al Slytherin mirando fijamente al animal, temblando.

—¿Y ahora qué? —susurró muy bajito, sintiendo cómo el miedo se apoderaba de ella. Con su único hechizo gastado, estaba indefensa frente al lobo.

—No lo sé —respondió Malfoy sin quitarle los ojos de encima a la criatura, que eligió ese momento para emitir un escalofriante aullido echando la cabeza hacia atrás.

Y entonces, el lobo saltó hacia ellos.

Todo pasó muy rápido. Hermione soltó un grito ahogado y cayó de espaldas al resbalar con el hielo. Malfoy sacó su varita y profirió un "¡Bombarda máxima!" con tanta fuerza que el impulso del hechizo le hizo caer también, con lo que erró el tiro. El conjuro estalló a escasos centímetros del lobo, pero no le dio. Sin embargo, la explosión fue más que suficiente para asustar al animal, el cual cambió de opinión rápidamente y huyó de la cueva entre fragmentos de piedra que salían disparados en todas direcciones.

Cuando el silencio regresó, Malfoy y Hermione se miraron.

Y de pronto, las rocas de la pared de la cueva se derrumbaron sobre la entrada del túnel.