5

Tabú

(Innombrable)

El amanecer se hizo presente, y Hermione agradeció haber dormido tranquilamente algunas horas justo antes de partir. Ahora que su mente se había enfriado, se dio cuenta de que aquella decisión de marchar directamente a la casa de los Lovegood había sido una imprudencia, sobre todo porque su juicio se nubló gracias a la exasperación que Harry le había causado.

De manera calculadora, descubrió que podría sacar un buen provecho de la situación. Finalmente conocería la razón del símbolo, y de paso, se las arreglaría para dejar vulnerable a Harry, y así dejarle camino al Señor Tenebroso para que terminara con él cuando le placiera, ya fuera en un día, un mes o en varios años.

La simple idea de Harry encerrado en un calabozo esperando su muerte le hizo sonrojar las mejillas y le colocó una sonrisa en el rostro mientras se arreglaba su cabello frente al espejo para dejárselo suelto. Se puso algo de perfume y asegurándose de que el peinado que veía era de su completo agrado, salió con aire despreocupado, para terminar de hacer los preparativos de su partida, cuando vio a Harry sostener en alto una varita, practicando un Expelliarmus contra la varita de Ron.

-¿De dónde sacaste eso? –preguntó desconcertada ante la varita pequeña y un poco torcida que portaba Harry.

-Yo se la di. Es algo temporal hasta que pueda tener una nueva –respondió Ron educadamente. Hermione sabía que estaba ansioso por hacer las paces, pues adoptaba esa posición cuando pretendía ablandarle el corazón.

Hermione lo miró unos segundos y con molestia pasó entre los dos para luego detenerse en la entrada de la tienda, para verificar que llevara lo necesario dentro de su bolsa.

-Se la quité a unos carroñeros en…

-¿Ya empacaron sus cosas? –preguntó con el afán de interrumpir al chico pelirrojo que estaba a punto de llevarla de nuevo al borde de su paciencia. Luego tendría tiempo de encargarse de él como se lo merecía por haberle creado tantos problemas.

Ambos contestaron asintiendo con la cabeza, y guardado sus varitas se pusieron las mochilas al hombro y guardaron la tienda. Por mera rutina, Hermione extendió sus manos a Harry y Ron para que las tomaran y poder desaparecerse de allí, con lo cual lo único que pudo notar fue el calor de la mano de Harry en la suya.

Repentinamente, Hermione sintió de nuevo una revoltura en el estómago y un dolor de cabeza que cesó de pronto, para luego darse cuenta de que se habían aparecido en la parte baja de una colina, donde lo único que se podía ver era una extensión de verde pasto a donde se volteara a mirar. Soltándose de ambos con un movimiento ágil, comenzó la caminata sin decir una palabra, lo que alertó a Harry y Ron para seguirla de cerca.

-¿Cómo sabes dónde viven los Lovegood, Hermione? –soltó Harry dándole un poco de alcance, pero ella no se detuvo.

-Estuve charlando con Luna, en la boda de Bill y Fleur –fue lo único que quiso responder.

No se sentía con ganas de estar charlando con su presa, mucho menos cuando tenía su vista tan fija en lo que podía descubrir con el peculiar padre de Luna. Hermione pensaba que si aquel símbolo había llegado a ser algo importante para Dumbledore, ahora que el anciano ya no estaba, podría serle de gran ayuda a su señor.

Subieron la colina con Hermione liderando el paso. Aunque no estaba segura de la ubicación exacta de la casa Lovegood, sabía que subir a una superficie alta para poder verificar el punto en el que se encontraban sería de gran ayuda. Escuchaba a los otros dos quejarse de la travesía, bufando ante el aparente esfuerzo inhumano que realizaban al subir la inclinación de la colina. Ignorándolos, consiguió adelantarse algunos metros y llegar a la cima.

Con la respiración un poco agitada por el trabajo físico, se sintió aliviada al ver que habían logrado aparecerse a solo un par de colinas de distancia de una casa de apariencia bizarra, la única que había en unos cinco kilómetros a la redonda. La casa asimilaba una torre de algún castillo, ladeada, dando la apariencia de estar un poco derretida. Era de un gris tan oscuro que podría confundirse con negro y casualmente estaba apostada sobre lo que parecía ser la colina más empinada de la zona. Sin dudas, aquella casa debía pertenecerle a dicha familia.

-Allí está -dijo Hermione al sentir sus respiraciones pesadas a un lado de ella.

-Vaya, es como ver una pintura hecha por un niño de tres años -soltó Ron, intentando recobrar el aliento.

-Menos mal que no estamos muy lejos -respondió Harry, dándole un codazo de ánimo a Ron, quien no parecía muy convencido.

-Aparezcámonos en su puerta, así no tendremos que subir esa endemoniada colina -rezongó Ron, esperanzado de que su idea les salvara el día.

-Me parece perfecto. Si sabes cómo aparecerte entonces por mí no te detengas. Yo iré caminando -contestó Hermione de manera ruda, retomando camino, decidida a llegar a su destino.

Decirle aquello a Ron la había hecho sentir mucho mejor, pues sabía que ella era la única del trio que podía aparecerse.

La travesía no duró más de treinta minutos, pero los dejó sin aliento una vez que estuvieron a los pies de la escalera de entrada a la casa. Hermione y Harry aún se mantenían en pie, pero Ron se sentía tan débil que se había sentado inmediatamente en el primer escalón de la casa, pidiendo agua desesperadamente y tomando un gran trago de la botella.

Hermione subió las escaleras y golpeó la puerta con los nudillos, fijándose en un letrero en dorado en el que se leía claramente:

EL QUISQUILLOSO. EDITOR X. LOVEGOOD.

Los tres esperaron uno a un lado del otro, quedándose atentos a escuchar cualquier ruido que indicara que iban a atender a su llamado.

-"Cuidado con las ciruelas dirigibles" –leyó Ron de un letrero debajo de una enredadera pegada a la casa, con frutos anaranjados y redondos que flotaban ligados por una especie de raíz a las ramas.

En ese instante, una serie de cerrojos que se abrían se escucharon en la puerta. No se percataron de que la puerta estaba dividida en dos, por lo que se sorprendieron cuando la parte superior de ésta se abrió.

-¡Harry! ¡Hermione! ¡Ron! ¡Sabía que no tardarían en venir!

-¡Hola Luna! –respondieron al unísono de forma alegre, aunque Hermione hubiera dado muchas cosas porque aquella chica, con la que se había visto forzada a formar una amistad, no estuviera allí.

-Pasen, no se queden mucho tiempo junto a las ciruelas, hay nargles rondando y pueden hacerles daño –dijo Luna abriéndoles la puerta y haciéndolos pasar precipitadamente al interior.

A pesar de haber pasado mucho tiempo en la madriguera, Hermione no había logrado acostumbrarse a tan humilde, sencillo y desordenado ambiente, pero aquella casa era aún más precaria de lo que le hubiese gustado imaginar.

La pared era perfectamente circular, como el exterior, dando la apariencia de estar dentro de un cilindro. En lugar de empapelados elegantes, cuadros con pinturas exquisitas y adornos imperiosos, las paredes estaban pintadas con muchas figuras, animales fantásticos y símbolos extraños con pinturas de colores brillantes y tonos pasteles. Una escalera de hierro negra de caracol dominaba el centro de la casa, y se extendía hasta unos cuantos pisos por encima de ellos.

Lo primero que se podía ver era la cocina, que era peculiar en muchas de sus formas, sobre todo porque los muebles habían adaptado su forma circular y lucían como parte de los muros. De algún lugar, un ruido desconcertante como de máquinas de vapor trabajando a toda velocidad llenaba el ambiente.

-¿Quién llamó a la puerta, Luna? –preguntó una voz masculina con preocupación desde el segundo piso.

-Son mis amigos, papá. Harry, Ron y Hermione –respondió acercándose a la escalera y gritando hacia arriba para hacerse oír entre el ruido.

-Harry Potter –dijo Xenophilius una vez que hubo bajado corriendo las escaleras para ver con sus propios ojos al chico con la cicatriz en forma de rayo, parado en la mitad de su sala. Hermione evitó arquear las cejas al ver al señor Lovegood que vestía un traje, que de no ser por el color verde chillante, le daría la apariencia de un hombre elegante de cabello largo y blanquecino.

-Sr. Lovegood, un placer volver a verlo –dijo Harry educadamente, estrechándole la mano de manera formal.

-El placer es todo mío, señor Potter –contestó con emoción notable en su voz. -¿Pero en qué es en lo que puedo servirles, mis jóvenes magos?

-De hecho hay algo de lo que quisiéramos hablar con usted, si nos lo permitiera.

-¡Por supuesto, señor Potter! Faltaba más. Luna, ¿podrías preparar bocadillos, mi querida? Pasaré a nuestros amigos a la estancia para tratar el asunto.

Luna asintió felizmente con la cabeza y se giró hacia la cocina, mientras el señor Lovegood les indicaba que subieran. Hermione subió primero, pues caballerosamente le habían dejado el pase. Al instante en que llegó al segundo piso el estruendo se hizo más fuerte, al grado de que a Hermione comenzó a dolerle la cabeza.

Había infinidad de objetos regados por la habitación a la par de pilas de números de El Quisquilloso, libros y bastantes pergaminos. Encontrando un camino entre los alteros de ejemplares de dicha revista, consiguió llegar al centro del cuarto. Al analizarlo bien, parecía una mezcla entre un estudio y un cuarto para guardar trastos que nunca utilizarían. Fue entonces cuando se dio cuenta de que en una esquina, una máquina impresora estaba fabricando copias de la revista, las cuales viajaban armoniosamente hasta unos alteros de revistas del mismo número.

Ron, Harry y el padre de Luna habían subido detrás de ella, y estando a punto de sentarse, se percató de una mesa llena de baratijas sobre la que descansaba algo que le había llamado la atención. Se acercó a un busto de piedra de una bruja hermosa, que llevaba algo muy parecido a una diadema hecha de cobre, con piedras pintadas de color azul cielo que asemejaban piedras preciosas, y unos detalles extras a los que Hermione no encontró sentido.

-¡Ah! Veo que ha encontrado la diadema de Rowena Ravenclaw, señorita Granger –dijo Xenophilius con gesto alegre, haciéndoles espacio a los dos jóvenes para que se sentaran en unos raídos y viejos sillones.

En ese instante subió Luna, con una bandeja de bocadillos y unas tazas de té de yerbabuena, mientras su padre apagaba la máquina y permitía que la quietud inundara el lugar.

-He leído sobre ella. Está perdida, ¿cierto? –dijo Hermione sin poder contener expresar sus conocimientos.

-Sí, y lleva así por muchos siglos. Lástima que esta sea una réplica pobre de ella, pero nos hemos divertido haciéndola. Póntela, se verá asombrosa en ti.

Hermione de inmediato se apartó, pero Luna ya tenía sus manos sobre la réplica casera de la diadema y sin más, se acercó a Hermione para alcanzar su cabeza. Sintió el peso extra en la parte superior de su cabeza junto con una sensación extraña gracias a la ubicación de la diadema.

Luna la tomó de los hombros y la movió unos pasos para que pudiera verse en un pequeño espejo que quedaba a la altura del rostro, el cual tenía una orilla estrellada, pero por el que aún podía reflejarse perfectamente. Hermione se miró con detenimiento. De alguna forma su cerebro le permitió desvariar e imaginarse que aquella era una diadema real que le daba cierto poderío, y a la vez, le hacía sentir que quizás no sería tan malo ser una Ravenclaw si se le permitiera llevar una diadema con gemas reales y plata a diario.

Se veía como una princesa.

Sonriendo de manera un poco tonta, se la quitó de la cabeza al ver a Harry y Ron con expresiones demasiado desaprobatorias. Con una delicadeza innecesaria, la dejó de nuevo sobre la cabeza del busto de piedra y se abrió paso entre los chicos y las pilas de objetos con el fin de sentarse en otro sillón sin compañía.

Luna consiguió sentarse frente a los tres, en una silla enseguida de la de su padre, mientras Harry y Ron tomaban asiento a un lado de Hermione, cada uno en un sillón individual.

-Bueno, díganme, ¿en qué podemos ayudarlos? –dijo Xenophilius mientras tomaba la bandeja de las manos de Luna y se las pasaba para que cada quien tomara su taza de té y algún bocadillo si les placía.

-Verá señor Lovegood, hemos encontrado un símbolo muy peculiar, y quisiéramos que usted nos dijera qué significa. Es idéntico al que usted llevaba en la boda del hermano de Ron –se adelantó a decir Hermione con prisa, como si quisiera irse de allí lo más pronto posible.

-¡Oh! ¿Se refiere a éste? –respondió sacando de entre su camisa el collar con el símbolo de plata, el cual se quitó y puso en manos de Hermione para que pudiera verlo mejor.

-Sí, es exactamente ese –dijo Harry mirándolo con atención mientras Hermione lo analizaba.

-Ese es el símbolo de las reliquias de la muerte –dijo Luna con una sonrisa relajada.

-¿De qué? –dijeron los tres al unísono, igualmente desconcertados, lo que hizo que Luna y su padre rieran.

-Las reliquias de la muerte. De seguro conocen el cuento de los tres hermanos, ¿verdad? –preguntó Luna.

-Sí –dijeron Ron y Hermione al instante, ansiosos por saber más.

-No –contestó Harry con mirada confusa.

-Bueno, el cuento de los tres hermanos relata que tres hermanos iban por un camino despoblado y se toparon con un río muy caudaloso como para poder pasarlo, entonces se les ocurrió hacer un puente usando magia avanzada. Cuando iban a cruzarlo se les apareció la muerte y les ofreció premios por haber logrado evadirla. El hermano mayor pidió la varita más poderosa que existiera, la cual la muerte le dio, hecha de un árbol de sauco. El hermano de en medio, pidió el poder de traer a los muertos de vuelta, por lo que la muerte le dio una piedra que tomó del río y se la dio. El último hermano, pidió únicamente algo con lo que pudiera irse de allí sin ser visto, por lo que la muerte le dio una parte de su capa de invisibilidad. Los tres hermanos se fueron, cada quien por su lado. El hermano mayor presumió de su varita y tarde que temprano lo asesinaron y se la arrebataron. El segundo hermano trajo de vuelta a su futura esposa pero no en su forma física, así que se suicidó luego de que su deseo de estar con ella creciera gracias a la piedra. Al hermano menor nunca se le encontró, y la muerte solo pudo hallarlo cuando éste le pasó como herencia la capa de invisibilidad a su hijo, y así fue como la muerte terminó por llevarse a los tres hermanos al final del cuento –relató Luna a Harry, quien se había quedado atrapado por dicha historia.

-Pero, sigo sin entenderlo –respondió Harry mirándolos a todos frunciendo el ceño. De pronto Hermione lo entendió.

-La varita de sauco, la piedra de la resurrección y la capa de invisibilidad –contestó pasando un dedo sobre cada parte del símbolo de plata que aún tenía en sus manos –Los tres son las reliquias de la muerte.

-Y quién las posea será el amo de la muerte –continuó el señor Lovegood, satisfecho por haber aclarado la situación.

-¿El amo de la muerte? –soltó Ron con impresión, mirando el símbolo por encima del hombro de Harry.

-Con razón es un cuento para niños –respondió Hermione con una risa que se escapó de sus labios.

-No es solo un cuento, señorita Granger. Los objetos realmente existen –contestó el padre de Luna claramente sintiéndose ofendido.

-¿Cómo sabe que existen? ¿Las ha visto? –replicó Hermione sin dejar de sonreír burlonamente.

-No, pero puede consultar la historia. Los tres hermanos eran los hermanos Peverell, pues el cuento se basa en una historia real. La familia Peverell existió. Uno de ellos, Ignotus Peverell descansa en el Valle de Godric desde hace cientos de años. Pueden ir a verificarlo.

El corazón de Hermione se aceleró. Se dio cuenta de que ella había estado en la tumba de dicho hermano cuando buscaban las tumbas de los padres de Harry, en la cual se topó con el símbolo una vez más. No respondió nada. No quería develar que se había topado con el lugar de descanso del Peverell menor, pues no quería llevarse la contraria a sí misma, pero aquello la hizo pensar.

Por fin acababa de encontrar el significado de aquel símbolo que aquejaba su vida desde hacía meses; la varita, la capa de invisibilidad y la piedra de la resurrección. A pesar de ser una historia para niños magos (uno de los cuales ella se sabía a la perfección, pues los leía desde que tenía memoria), el señor Lovegood creía fervientemente en que eran reales, y Hermione no pudo evitar sentirse un poco escéptica y decirse a sí misma que aquello era una tontería. La idea de que quien poseyera los objetos fuera el amo de la muerte lo hizo sonar todavía más absurdo. Pero por otro lado, ella sabía que Voldemort estaba tras el rastro de una varita que era la más poderosa jamás creada, lo que le hizo dudar.

Si el Señor Tenebroso estaba en la búsqueda de dicha varita era porque existía, no había otra razón, él no perdería su valioso tiempo en la búsqueda de algo imaginario. Si ésta existía, de igual manera debían existir las otras dos. Y en ese instante un recuerdo le golpeó la cabeza con la fuerza de un rayo; Harry tenía una capa de invisibilidad. ¿Sería acaso la del cuento de los tres hermanos? Por lo que ella sabía, las capas de invisibilidad eran extremadamente raros objetos que solo podrían obtenerse de generación en generación.

Entonces todo comenzó a tener más sentido. Sólo habría que buscar la piedra de la resurrección y todo estaría resuelto. Aunque Harry buscara incansablemente los horrocruxes y los destruyera, no podría derrotar a Voldemort una vez que tuviera las tres reliquias de la muerte. Sería invencible y la victoria estaría de su lado por el resto de la eternidad. El alma de Hermione comenzó a sonreír de manera malévola. Debía avisarle, debía contarle a su señor lo que había descubierto. Tarde o temprano encontraría la manera de alertarlo, pero por lo pronto, se le ocurrió otra idea que le pareció sensata y brillante.

Podría usar a Harry para ayudarle a buscar las reliquias.

Conocía tan bien a Harry que supo que era demasiado susceptible y si lo manejaba bien, podría inculcarle un profundo deseo por las reliquias, de tal forma que le haría olvidar los horrocruxes y podría mantenerlo ocupado mientras su señor le solicitara llevarlo ante él. Su plan era perfecto.

Disimulando una sonrisa que aparecía lentamente en sus labios, logró continuar escuchando la conversación que se había formado entre los presentes.

-Pero… entonces, ¿la piedra de la resurrección solo trae de vuelta el espíritu de la persona? –preguntó Harry con un atisbo de tristeza en su rostro. Hermione sabía que estaba pensando en sus padres, y de pronto se encontró pensando en los suyos también.

-Algo así. Por lo que se relata en el cuento, esa fue la razón por la que Cadmus se suicidó. No pudo resistir que su prometida no volviera en su forma completa, pues la piedra no les devuelve la vida a los muertos.

-¿Y la capa? ¿Qué cree que haya pasado con ella? –preguntó Ron, intentando sonar despreocupado.

-La capa seguramente continuó pasando de generación en generación, la piedra probablemente haya tenido el mismo fin, así que solo haría falta una exhaustiva búsqueda de linaje y podría darse con ambos objetos –al decir esto, el trío se miró. Era obvio que los tres pensaban lo mismo… pensaban en la capa que Hermione tenía guardada en su pequeña pero increíble bolsa.

-¿Y la varita de sauco? –se apresuró a preguntar Hermione, imaginándose a su señor buscándola en países lejanos y poco explorados.

-Esa es la reliquia más difícil de rastrear. Verán, ha sido causante de horrendos asesinatos y ha pasado por incontables manos, por lo que a mi parecer sería una pérdida de tiempo intentar encontrarla.

Hermione se sintió molesta. El Señor Tenebroso no estaba perdiendo el tiempo, al contrario, sentía que estaba ganándolo. Ahora no le cabía duda de que Voldemort estuviera tras esa varita, y una vez que la consiguiera, sabía que todo mundo le temería y se olvidaría de decir que el chico sentado junto a ella, quien a sus ojos no tenía ninguna gracia y que además tenía una capa de invisibilidad, sería su salvador.

El silencio se hizo presente. Los cinco se quedaron callados, pensando en la reliquias, cada quien perdido en sus pensamientos. A pesar de ser experta en legeremancia, a Hermione no le importó lo que estuviera pasando dentro de las mentes de los demás. Lo que realmente le interesaba era salir de aquel lugar para mantener a Harry y Ron lejos de cualquiera que pudiera ayudarlos en determinado momento. Ella ya había conseguido lo que necesitaba.

-Le agradezco que nos haya permitido un poco de su tiempo, señor Lovegood, pero me temo que debemos irnos –dijo Hermione levantándose de pronto, dándole una calurosa sonrisa que de inmediato Xenophilius contestó. Todos se levantaron, imitando a Hermione.

-No lo agradezcan, es un placer tenerlos en nuestra casa. Es una lástima que deban irse tan pronto.

-Tenemos mucho camino por recorrer –respondió educadamente, estrechando la mano del padre de Luna, tomando camino hacia la escalera de caracol.

-Claro. Muchas gracias señor Lovegood, fue un gusto –dijo Ron estrechándole la mano antes que Harry captara las intenciones de Hermione de irse.

Harry se despidió, y antes de bajar por la escalera de caracol, Luna se les adelantó.

-Una última cosa antes de que se vayan. Hermione, ¿podría hablar contigo un momento? –preguntó educadamente cerrándoles el paso. Hermione titubeó, pero Luna le sonrió en señal de confianza.

-Sí, claro Luna. Pero no podemos quedarnos mucho más tiempo –respondió mirando a Harry y Ron. Por sus expresiones era claro que también los había tomado por sorpresa aquella propuesta.

-Descuida, solo será un minuto.

Luna tomó a Hermione de la mano con un fuerte apretón amistoso, y sin el más mínimo esfuerzo, comenzó a guiarla hasta la escalera central de caracol y la condujo al piso superior. Sinceramente no le hacía mucha gracia separarse de Harry, mucho menos estando en una casa de locos como aquella.

-Iremos a mi habitación, quiero que la conozcas –dijo Luna notablemente alegre mientras continuaban subiendo la escalera, hasta un rellano pintoresco con una sola puerta. Hermione se sintió irritada por la pérdida de tiempo.

-De verdad tenemos que irnos Luna, hay cosas que debemos…

-Lo sé.

Luna se acercó a la puerta y la abrió. Lo primero de lo que se percató Hermione fue de la pulcredad que reinaba la habitación. Su cama, perfectamente hecha, era la pieza central, o al menos eso creyó hasta que se atrevió a mirar el techo del cuarto. Sintiéndose extraña, observó su propio rostro pintado de manera muy bella, que le devolvía una sonrisa. Aún mayor fue su sorpresa cuando descubrió que no era la única, también Harry, Ron, Neville y Ginny tenían una pintura de sus rostros al lado del de Hermione. Ninguna de ellas se movía, pero lo que terminaba por dale el atractivo era una línea que marcaba el contorno ovalado de las pinturas, una por una, en la que se leía repetidamente la palabra "amigos" con tinta dorada. Un armario llenaba una de las paredes, mientras que en la cabecera de la cama se encontraba una ventana grande, desde donde se podía ver un hermoso paisaje. Una alfombra color azul celeste cubría el piso de esquina a esquina, realzando la sensación de iluminación de la habitación.

-Ella es mi madre –dijo Luna sacándola de su contemplación, poniendo frente a Hermione una fotografía enmarcada de ella con una mujer adulta extremadamente parecida a Luna. La fotografía se movía, y ambas se estaban abrazando mientras reían una carcajada.

Se quedó mirando a la madre de Luna en la fotografía, pensando en cómo se sentiría perder a su madre a una edad en la que uno ya comprendía todo. Ella ni siquiera recordaba a la suya, pues había muerto justo en la edad en que uno no recuerda nada en absoluto.

Súbitamente sintió envidia.

Hermione no poseía ninguna fotografía de sus padres, ni de ningún familiar de sangre. No tenía conocimiento de cosas tan triviales, como si su cabello había sido herencia de su madre, o si el color de sus ojos se lo debía a su padre. Se dio cuenta de que jamás lo sabría.

Por lo menos Luna tenía algún recuerdo de su madre. Incluso Harry había conseguido una fotografía de sus padres con él en brazos, sonriendo tontamente a la cámara mientras el Harry bebé de la foto miraba distraídamente para otro lado. Aquello le devolvió el enojo que había estado luchando por reprimir.

"Una razón más para eliminar a Harry", pensó sintiendo odio fluir por sus venas al recordar una vez más que aquel chico con gafas le había quitado la posibilidad de una familia.

-Es muy linda –declaró regresándole la fotografía y poniéndola en una pequeña mesita de noche al lado de su cama.

-Sí. Ustedes tres le hubieran caído muy bien –afirmó Luna con una sonrisa vaga, observando el movimiento de la fotografía. Hermione solo pudo tragar saliva.

-Me alegra que ustedes estén bien –continuó mientras dirigía su vista a la lejanía del arroyo que se podía apreciar a través de su ventana. –Me preocupaba el hecho de que no hubiera ninguna noticia de ustedes por ninguna parte, pero por otra parte me aliviaba, pues significaba que no había pasado nada importante.

Hermione la miró, asintiendo con la cabeza.

-Sí, hemos estado algo ocupados. Debíamos alejarnos del mundo mágico, sobre todo de Hogwarts –respondió Hermione sentándose en la cama de Luna, sin tener otra cosa que hacer para romper la incomodidad en el ambiente. -¿Por qué estás aquí, Luna? Es periodo escolar, supusimos que estarías en Hogwarts.

-Hogwarts ya no es lo mismo –respondió con prontitud. -Luego de las vacaciones de invierno decidí no volver. Al parecer a nadie le importó que yo no regresara, excepto a Neville y Ginny. Antes de venir acá les dije que si no regresaba era porque había decidido quedarme en casa con mi padre e intentaría buscarlos a ti, a Harry y a Ron. Nosotros tres quisimos investigar lo que había sido de ustedes, pero todo está bajo control en estos días. Nadie sabe nada sin que alguien lo permita, sobre todo con Snape como director.

Aquella revelación la dejó completamente sorprendida.

Snape era el nuevo director de Hogwarts. Ni siquiera se había detenido a pensar en lo que habría sido de la nueva administración de su antiguo colegio. Por otro lado, era algo bastante obvio considerando todos los años de servicio leal que él había dedicado a su señor. Saberlo le alegraba enormemente, pues su antiguo maestro de pociones se había ganado aquel puesto.

-Últimamente he estado pensando mucho en ustedes y mis deseos de volverlos a ver sanos y salvos se han cumplido. Pero aún hay algo que quiero decirte –dijo Luna con cierta timidez en su voz, mientras sacaba su varita y comenzaba analizarla, como quien encontrara un objeto raro y peculiar.

Hermione no contestó, pero esperó a que continuara.

-Hermione… quiero ir con ustedes –dijo Luna, sentándose en la cama a un lado de ella, con la mirada fija en la chica de pelo castaño y rizado.

-No, ni hablar -respondió Hermione de manera automática, levantándose de un brinco de la cama y frunciendo el ceño, asombrada por la directa declaración.

-Ustedes son mis amigos y...

-Y ni siquiera sabes en qué andamos metidos. Y además aunque lo supieras morirás en el intento de ayudarnos. Por esa razón no vas a acompañarnos.

Luna se quedó serena, mirando al horizonte una vez más con la cabeza ladeada mientras que Hermione comprendía que había elevado la voz. No estaba muy segura de sí Luna la había escuchado, pero no tenía ganas de repetírselo de nuevo.
Hermione debía evitar que el trio se hiciera cuarteto, sobre todo porque contar con una Ravenclaw bajo el mismo techo que ella seria arriesgarse demasiado.

-Has cambiado, Hermione Granger. ¿Lo sabes? Es curioso, pero cuando te miro ya no veo a la chica inteligente e inocente de Gryffindor de antes. Ya no veo a mi amiga –contestó con voz tenue y tranquila.

De alguna manera que no supo explicar, la garganta de Hermione se cerró por un nudo. "Nunca fui tu amiga", dijo una voz dentro de su mente.

La miró con detenimiento. Luna era un tanto extraña, tan extraña quizás que comenzaba a tener razón en lo que decía.

-Las situaciones nos cambian.

-No, esto es diferente. Siempre he admirado tu coraje, tu determinación, tu valentía. Pero siempre que he querido conocerte mejor te cierras y no dejas nada al descubierto. Lo más curioso de todo, es que presiento que ni siquiera Harry y Ron te conocen realmente.

Hermione miro pensativamente el techo, donde le sonreían las caras de los tres junto con las de Neville y Ginny. No quería delatarse, no quería que Luna viera en sus ojos lo que todos los demás habían ignorado por años.

-Quien tú sabes te matará si sabe que apoyas a Harry –dijo con seriedad, más como una afirmación que como una advertencia, sin atreverse a mirarla fijamente aún.

-Esa es la menor de mis preocupaciones –respondió distraídamente mientras jugueteaba con su varita, de la que había comenzado a salir un ligero humo de colores. -Si Voldemort quiere...

Hermione supo lo que pasaría a continuación. Se escuchó a lo lejos un silbido que iba en aumento, seguido por un estruendo que sacudió la casa que indicó que los mortífagos habían llegado al lugar.

-¡Harry! –gritó Hermione con toda la fuerza de sus pulmones y salió corriendo fuera de la habitación de Luna en busca de él para irse de allí.

No era tiempo de entregarlo todavía, mucho menos con el plan tan brillante que tenía en mente.

Cuando Hermione bajó de nuevo a la estancia, vio a Harry, Ron y Xenophilius tirados en el piso, escondiéndose detrás de los montones de cachivaches y papeles que había en la habitación. Un gran estruendo hizo que Hermione les acompañara tomando la misma posición. Vidrio quebrado comenzó a llover de todas direcciones pues las ventanas se habían reventado… los mortífagos estaban lanzando hechizos a diestra y siniestra hacia la casa. Como consecuencia de esto los muros comenzaron a temblar y los adornos de las paredes comenzaron a caerse, amenazando con golpearlos.

Luna apareció en la escalera, gritando el nombre de su padre y corriendo hacia donde él estaba agazapado.

-¡No, por favor! –gritó el señor Lovegood protegiendo a Luna de los estallidos y de los objetos que caían.

Hermione decidió actuar de inmediato. Vio a Harry que estaba a unos metros de ella y comenzó a arrastrarse apresuradamente hacia él. Aquel era el momento perfecto, pues solo tenía que acercarse lo suficiente para desaparecerse junto con Harry y así poder dejar a Ron detrás. Así podría deshacerse de él.

En cuanto alcanzó a Harry lo tomó firmemente de la chamarra y sintiéndose victoriosa hizo que se desaparecieran. Todo se volvió borroso y confuso, hasta que aparecieron sobre algo muy duro y firme. El olor a césped y humedad le llenó los pulmones cuando se dio cuenta de que ya había pasado el peligro. Estaban de vuelta en el bosque, justo en el lugar en el que habían acampado cuando Ron había decidido irse. Lo había logrado.

-¡Maldición! Eso estuvo cerca –resopló Ron.

Hermione no podía creerlo. En cuanto escuchó la voz se levantó de un brinco y se giró solo para verificar que el chico pelirrojo estaba parado junto a Harry, sacudiéndose la tierra de la ropa y acomodándose el cabello. No podía concebir que Ron no se hubiera quedado atrás. Ella misma había tomado solamente a Harry para llevárselo.

-Suerte que tu pie estaba en mi cara y pude tomarlo Harry –continuó Ron, como en respuesta a los pensamientos de Hermione.

Harry terminó por ponerse de pie y limpiando sus gafas se dirigió a Hermione con rostro desencajado.

-¿Cómo diablos nos encontraron? –dijo exigiéndole una explicación.

-Fue Luna –respondió Hermione intentando aclarar su mente.

-¡¿Luna nos traicionó?! –gritó Harry con furia, pateando una rama que estaba cerca de sus pies.

-No Harry, no lo hizo apropósito –dijo Hermione recargándose en un árbol cercano, recuperándose del episodio.

-Eso es lo que crees. De seguro estaba esperando el momento, por eso te alejó de nosotros.

-Tranquilízate amigo, Hermione estaba con ella –intervino Ron, intentando bajarle los ánimos.

-¡No! Todo fue muy extraño, ya lo habían planeado –respondió Harry. Hermione pudo ver los ojos asesinos enmarcados por los anteojos. Su expresión era como aquella vez que le había gritado a Hermione luego de haber portado demasiado tiempo el relicario, una expresión un tanto paranoica. –De seguro Voldemort…

-¡No, Harry! –intentó interrumpirlo Hermione pero ya había sido demasiado tarde.

Harry había hablado de más.

En el acto, una docena de personas se aparecieron delante de ellos, haciendo que los tres se sobresaltaran. Pero lo que perturbó más a Hermione, fue que no eran mortífagos, si no carroñeros.

Luego, todo había ocurrido en una milésima de segundo. En cuanto se percató del peligro tuvo que ordenarle a sus piernas que la alejaran lo más que pudieran de aquellos carroñeros que representaban un peligro para los tres. Mientras corría lo más rápido que podía, pudo ver a Harry ir delante de ella, corriendo como alma que llevaba el diablo, dando grandes saltos para esquivar hechizos que amenazaban con tirarlo y dejarlo inmóvil.

Impulsada por la adrenalina, Hermione sentía que aquella era la primera vez que corría por su vida realmente. Sus sentidos se habían agudizado de manera sorprendente y con gran destreza esquivaba hechizos que pasaban volando muy cerca de ella. A pesar de encontrar troncos, ramas y desniveles descomunales en el suelo por el que corría aun así lograba ser lo suficientemente ágil para evitarlos o dar grandes saltos para pasarlos por encima. Sentía el viento golpear su rostro y hacer que sus ojos se llenaran de agua gracias a la velocidad en la que se movía. Dio un rápido vistazo hacia atrás, para ver cuanta distancia había ganado.

La llenó de miedo darse cuenta de que tres carroñeros venían detrás de ella con la clara intención de atraparla. No había manera de informarles que ella estaba de su lado, y aunque la hubiera su plan correría demasiado peligro si se los dijera. Todo se vendría abajo. Su prioridad era escapar con Harry sano y salvo, así que impulsándose en el suelo con mayor fuerza continuó corriendo. Esquivaba un sinfín de árboles que le obstaculizaban el paso, cuando se percató de que sus piernas se le engarrotaban por el cansancio mientras alcanzó a ver a Harry a lo lejos, siendo tacleado por un carroñero con tanta fuerza que logró levantarlo del suelo y caer sobre él dolorosamente, dejándolo tumbado boca arriba.

-¡No! –gritó Hermione con todas sus fuerzas como si aquello fuera a hacer alguna diferencia.

Se atrevió a mirar por última vez a sus espaldas, solo para ver cómo un carroñero le daba alcance y la tomaba con firmeza de la cintura, apretando sus brazos contra sus costillas, imposibilitando el uso de su varita y levantándola del suelo, sacándole todo el aire de los pulmones. Hermione no podía respirar, sentía que le faltaba el aire y su vista se había vuelto borrosa, pero el carroñero no aflojaba su agarre. Intentando forcejear quiso soltarse, pero de pronto escuchó a otro carroñero en las cercanías gritar un maleficio imperdonable hacia ella.

Hermione sintió un dolor penetrante recorrerla de pies a cabeza. Era como si alguien estuviera intentando arrancarle la piel y a su vez le dieran cuchilladas en todo el cuerpo. Gritos desgarradores escaparon de su boca haciendo un eco extraño que resonó a lo largo y ancho del bosque. Era un dolor que jamás había sentido, un dolor que la quemaba por dentro y la hacía retorcerse en un vano esfuerzo por hacer que el sufrimiento cesara.

Súbitamente, el dolor se detuvo y Hermione sintió su cuerpo flácido, pero aún estaba consiente. El carroñero la soltó y le dio un empujón para que cayera, golpeándose en el suelo lleno de hojas secas, alcanzando muy apenas a poner sus manos para no caer de cara. Involuntariamente comenzó a toser para recobrar el aire mientras le arrebataban la varita de su mano.

-Con eso se quedará quieta –soltó una voz con tono sarcástico.

Hermione hizo lo posible por levantar la cabeza cuando escuchó otras voces que forcejeaban. Pudo ver a Ron tirado a unos cuantos metros de ella, con las manos atadas apretadamente a su espalda.

-¡Hermione! –gritó Ron con preocupación. Al parecer había presenciado todo.

Entonces, Harry fue tirado a un lado de ellos, con la nariz quebrada sangrándole profusamente y gimiendo de dolor. Hermione logró recobrarse un poco más cuando sintió que la tomaban de los brazos y la jalaban hacia atrás con fuerza para ponerla de nuevo en pie.

Hermione no pudo evitar quejarse pues estaba adolorida. Cuando abrió los ojos controlando su dolor, pudo ver cara cara a Scabbior que le sonreía de manera perversa, acercándose lentamente a ella. Sintió cómo su cara se encendió. Enfurecida, solo pudo verlo a los ojos, deseando poder soltarse y torturarlo allí mismo.

Scabbior se puso a escasos centímetros de su rostro y con un delicado movimiento le acarició el cabello, aspirando de manera ruidosa y saboreando el olor del perfume que Hermione se había puesto esa mañana.

-Hueles delicioso, preciosa –diciendo esto, Scabbior acercó su rostro aún más al de Hermione. Pudo sentir su aliento caliente sobre ella, pero por más que intentaba alejar su cabeza, el carroñero que la tenía agarrada por detrás no se lo permitía.

De pronto, Scabbior la tomó del rostro con fuerza y acercó sus labios a los de ella, a tal grado que Hermione pudo sentir su roce, pero no la besó. La hizo enfurecer aún más por creer que tenía el derecho de aproximarse a ella de esa manera.

-Cuando entregue al chico Potter me quedaré contigo como premio –le susurró Scabbior.

-Lo vas a pagar –logró decir Hermione teniendo cuidado de no rozar mucho los labios del carroñero al hablar.

Scabbior la miró penetrantemente y sin aviso le dio un puñetazo que golpeó de lleno a Hermione. Hizo que su cabeza se sacudiera y se le abriera una ligera cortada en la mejilla que había recibido el impacto. La herida de inmediato comenzó a arderle.

-¡Déjala! –gritó Harry, quien de alguna manera se había zafado del carroñero y se había aventado sobre Scabbior para quitárselo de encima.

En un instante los carroñeros lo tomaron por la espalda y lo tiraron al suelo, Scabbior se giró y le dio a Harry una patada en las costillas cuando estuvo indefenso. Harry se retorció, mientras Ron gritaba el nombre de su amigo.

-Es todo, llevémonoslos de aquí –terminó diciendo Scabbior de manera aburrida, haciéndoles una seña que indicaba que todos debían partir.

De forma desprevenida, todos los carroñeros, tomando firmemente a Harry, Ron y Hermione, se desaparecieron. En un instante, todos se encontraban frente a las rejas de entrada de una enorme mansión, una mansión con patios enormes e innumerables fuentes.

Era una mansión que Hermione conocía tan bien como la palma de su mano.

Era la mansión Malfoy.