13
Protego
(Protección)
La sala común de Slytherin, ubicada en lo más recóndito de Hogwarts, había sido modificada y ambientada para ser el hogar de Hermione. Debido a que poseía la mayoría de edad, Voldemort había considerado que sería lo mejor brindarle el espacio adecuado para que solo ella disfrutara de todas las comodidades que se había ganado a lo largo de los años, además de ser la preferida y ser considerada como su propia hija. En los dormitorios, las camas y burós habían sido reemplazados por libreros enormes, dotados de todos los libros mágicos posibles, autores del siglo pasado y aquellos que fomentaban las artes oscuras y mostraban cómo realizarlas. En otros de ellos habían sido colocados estantes llenos de ingredientes para pociones, calderos y demás instrumentos, todos a disposición de Hermione para que hiciera uso de ellos cuando le apeteciera.
El dormitorio más grande, que poseía un enorme ventanal que recorría todo el cuarto y daba una maravillosa vista hacia el interior del Lago Negro donde se podía apreciar al calamar gigante, fue adoptado para ser la habitación de Hermione, donde se colocó una enorme cama decorada propiamente con los colores de la casa de Salazar, con postes de madera de roble y cortinas de seda. Los muebles hacían juego con dicha cama. La decoración era delicada, pero a la vez elegante, sofisticada y femenina… tal como Hermione.
Durante el día, aquella habitación se veía bañada por destellos ondulantes de luz diurna, que atravesaban el agua y creaban un reflejo en las paredes, y de cuando en cuando se podía tener un desfile de sirenas o grindylows que parecían visitarla a deshoras solo por entretenimiento propio.
En general, su nuevo hogar era bastante acogedor, en parte al hecho de que poseía una gigante chimenea en la sala común que le ahorraba el tener candelabros por todos lados debido a la magnitud del lugar. A pesar de que poseía su propio lugar para vivir, extrañaba la sala común de Gryffindor, a la que sin saber se había habituado desde su primer día de clases. Desde pequeña soñó con dormir en la sala que el propio Slytherin había diseñado para sus estudiantes selectos, pero dicho deseo se había desvanecido. Siempre le había gustado que a través de las ventanas de la sala común de Godric pudieran verse la magnitud de los terrenos de Hogwarts, verdes, rojizos o blancos según la estación, las montañas y toda la extensión del lago hasta que se perdía a la lejanía gracias a que ésta estaba situada en una de las torres más altas del castillo. Aquel paisaje la tranquilizaba siempre en sus días de mayor tribulación. En su nueva casa, a cada paso que daba había una referencia a las serpientes, ya fuera en columnas, adornos o el propio escudo de la casa, por lo que le llevaría algún tiempo en acostumbrarse al sitio.
Para darle una mayor comodidad, su hogar había sido hechizado especialmente para que solo ella pudiera ser reconocida y le permitiera la entrada, negándosela a cualquier otro que quisiera entrar a husmear sin que ella estuviera presente. Esa era una ventaja y a la vez no, pues aunque quisiera invitar a alguien a entrar con ella, el invitado sería estrangulado en el acto por dicha magia protectora. Hermione no se había negado a esto, y la verdad era que lo agradecía, pues al parecer Voldemort conocía bien que la mayoría de sus seguidores eran unos animales, y quería protegerla de que algún insano quisiera entrar a sus aposentos a hurtadillas a hacerle una visita sin que nadie más lo supiera.
Otra cosa que había cambiado sin tardanza era el guardarropa de Hermione, el cual ahora estaba repleto de faldas justas para su edad, todas de colores oscuros, blusas sencillas pero atractivas, vestidos propios para cenas elegantes y túnicas, lo que le recordó a sus días en la casa de los Malfoy, pues allí vestía de manera muy diferente a como siempre la veían los estudiantes en un fin de semana andando por Hogwarts. Además, poseía todo un guardarropa de estilos muggle que guardó secretamente en uno de sus roperos, pues sin querer se había habituado a ella, le había ganado cierto cariño, y le pareció que si vivía sola podría hacer uso de ella sin que nadie más tuviera que enterarse.
Habían pasado dos semanas desde la guerra y Hermione continuaba peleando con su interior. Cada día que pasaba sentía cómo su alma se apagaba un gramo más. El Señor Tenebroso había ganado la batalla y eso no le había dado la felicidad que siempre había añorado. Nadie podía imaginar el pesar que llevaba sobre sus hombros. Se sentía culpable por todas aquellas vidas inocentes que había visto perecer frente a sus ojos; Narcissa, Lucius, Lupin, Tonks, Severus, Ron, Harry… cada que lo recordaba sus ojos se llenaban de lágrimas, un nudo se formaba en su garganta y su estómago se retorcía.
Ella había matado a Harry.
Aquella oración se seguía repitiendo en su cabeza, una y otra vez, alterando su ser. Por las noches tenía pesadillas de ella asesinándolo, viendo siempre la expresión de desesperación de Harry al ser alzado sin poder moverse y siendo expulsado por un rayo de luz verde contra un árbol en el que se golpeaba violentamente, para luego caer sin vida como un títere al que súbitamente le hubieran cortado las cuerdas.
Hubo una noche especialmente horrible, unos días después de que todo concluyera, en la que se soñó de vuelta en el bosque prohibido, caminando despreocupadamente hacia Harry quien yacía sin fuerzas en el duro suelo. Tenía cortadas en la cara y todas ellas sangraban. Su ropa estaba rasgada, llena de tierra y lodo, como si lo hubieran arrastrado por un camino sinuoso lleno de rocas y ramas de árboles poderosos. Entre la capa de sangre que cubría su rostro brillaban sus ojos color verde azul enmarcados por sus lentes redondos que miraban a Hermione pidiéndole piedad. La cicatriz ya no se le notaba, pues su cabello mojado por el sudor la cubría. Llegó al lado del chico, con la multitud de mortífagos observándola a la distancia. Hermione lo contempló, sintiéndose sonreír de gusto al verlo tan dañado. Entonces, de la nada, ella había alzado su varita, apuntándole al pecho y gritado:
-¡Sectumsempra!
De inmediato un profundo corte hecho como por una espada había atravesado el pecho de Harry, haciéndolo gritar de dolor. Comenzó a sangrar profusamente mientras intentaba cerrar la herida apretándose el pecho con los brazos. Hermione escuchó risas de la multitud. El chico comenzó a llorar de dolor, y ella solo lo miraba, parada a sus pies. Harry iba perdiendo color, mientras la mancha de sangre sobre su pecho se hacía más y más grande, lo que se notaba gracias a que su ropa se iba empapando de color escarlata.
Sin detenerse a pensarlo se acercó un poco más a él, y se hincó a su lado.
-Por…favor Her…m…one –balbuceó Harry con un hilo de voz, pero ella solo sonreía.
Lentamente acercó su rostro al de él y con suavidad tomó su cara con ambas manos, una en cada mejilla. Lo miró con intensidad y se acercó a su oído para susurrarle burlonamente:
-Adiós, amor mío.
En ese instante, Hermione tomó con fuerza la cabeza de Harry y la giró con rapidez hacia un lado. Lo único que se escuchó fue un sordo "crack", y entonces supo que su cuello se había quebrado... Harry estaba muerto y le había arrebatado la vida con sus propias manos.
Abruptamente Hermione había despertado de aquella pesadilla, sudando abundantemente, tanto que su pijama se le había pegado al cuerpo. Saliendo de un brinco de las cobijas se apresuró a llegar al baño pues había sentido una sensación muy extraña en el estómago. Haciendo un esfuerzo enorme por contener el vómito, había corrido hacia la taza del baño donde finalmente no pudo contenerse más y se inclinó allí dando grandes arcadas. Se había lavado la cara cuando finalmente se pudo poner en pie, temblando y sintiendo escalofríos a lo largo del cuerpo. Recordó claramente la imagen que vio en el espejo en ese instante. Miró su rostro mojado por el agua que acababa de devolverle un poco de serenidad, pero detrás de aquellas gotas de agua sobre su cara, había una mirada intensa y unos rasgos que denotaban la madurez que había ganado solo con los acontecimientos de los días pasados.
Todo en ella había cambiado y ya ni siquiera sabía si era para bien o para mal. Su carácter se había endurecido con el paso del tiempo, pero en ese momento sentía que había envejecido varios años debido a las decisiones que había tomado en los recientes eventos que seguían atormentándola en vida. Voldemort no tenía ni idea de que lo que pasaba por la mente de Hermione era dolor, pesar y depresión… y así debía continuar. Ni siquiera se había molestado en analizar la cabeza de la que llamaba su "hija", pues no tenía sentido ver en los pensamientos de alguien que él juraba que estaba de su lado y que deseaba las mismas cosas que él, y mucho menos cuando ahora su vista estaba fija en el mundo muggle, aquel que seguía en la lista de conquista… su siguiente objetivo.
Hermione solo llegaba a verlo en las juntas en los que convocaba a los mortífagos más importantes para él, y con quienes compartía las misiones y los macabros planes para irse apoderando de un mundo que él decía estaba a punto de caer rendido a sus pies. Cada que su costado izquierdo le ardía solo indicaba que una junta se iba a llevar a cabo.
Dichas juntas, para tristeza de Hermione, se celebraban en lo que había sido el gran comedor. Para ella era casi insoportable escuchar la voz de Voldemort resonar con tanta naturalidad en aquellos muros que habían sido una protección para todos desde el primer día que había sido construido.
Siempre que el Señor Tenebroso partía a otro país para encontrarse con más aliados, se aseguraba de que Hermione fuera servida y protegida de la manera en que debía ser tratada una princesa en su ausencia. Bellatrix, se encargaba de servir a Hermione plenamente cada que lo necesitara y cuando lo necesitara. Todo esto a su pesar, pues ella bien sabía que lo hacía a regañadientes, solo porque su señor se lo pedía personalmente. Afortunadamente para Hermione, no necesitaba de Bellatrix, pues todos los mortífagos que vivían ahora en el castillo de Hogwarts muy apenas se atrevían a inclinar la cabeza o hacerle una reverencia cada que pasaban junto a ella en los pasillos. Los más viejos la podían llamar por su nombre, pero nada más. Ninguno conversaba con ella, ninguno se atrevía a molestarla. Todos y cada uno de ellos sabían de lo que Hermione era capaz, sabían que no solamente era una cara bonita que Voldemort había decidido conservar como su atracción principal. Aquella conducta de respeto y obediencia, aunque le parecía extremista, la hacía sentir mejor, pues no tenía que dar falsas caras, ni pretender que adoraba su vida tal y como era.
Los mortífagos siempre vagaban sin razón aparente por los pasillos. Hermione no deseaba saber la razón real, pero podía encontrárselos en cualquier parte a la que fuera. A ellos, se les habían adecuado las demás salas comunes de Hogwarts para su estadía permanente, pero al igual que la de Hermione, se habían modificado hasta obtener la apariencia de que siempre habían pertenecido a Salazar Slytherin. Eran bastantes de ellos, así que la cantidad de camas había quedado igual que siempre, cambiando mayormente el color y la temática de dichas habitaciones.
Una vez que Voldemort hubo demostrado que él había ganado cuando les mostró a todos el cuerpo sin vida de Harry, a los restantes sobrevivientes se les dio la oportunidad de cambiar de bando. La mayoría se negó de inmediato, lo que los condujo directamente a permanecer encerrados en Azkaban, con cadena perpetua. Los Weasley habían sido los primeros en rechazar la oferta, y todos y cada uno de ellos fueron aprisionados sin dudarlo.
Hermione lo sabía, porque ella lo había visto.
Jamás olvidaría la expresión en sus rostros cuando se enteraron de que Hermione, a quien siempre consideraron como otro miembro de su familia, pertenecía al lado del Señor Oscuro. Ese recuerdo aún la avergonzaba y la hacía llorar por las noches.
Los cuerpos de los fallecidos no habían tenido un apropiado entierro, pues los habían colocado con malicia en una fosa común, sin ninguna ceremonia ni palabras consoladoras para sus almas. Hermione no supo qué ocurrió con el cuerpo de Harry, que de inmediato había quedado a disposición de Voldemort, y no se atrevía a preguntar por él, aunque le hubiera encantado poder llorarle. Pero lo que sí sabía, era que el cuerpo de Ron se encontraba en aquella fosa. Ella no había podido hacer nada cuando se enteró de ello. De inmediato fue a verificarlo y pudo verlo por última vez.
A pesar de que ya habían pasado un par de semanas de la devastación, el castillo de Hogwarts permanecía en un estado lamentable, casi exactamente como había quedado tras la pelea. Una parte había sido reconstruida bajo órdenes del mismo Voldemort, y se había convertido en la parte transitada del castillo. Las partes que seguían en ruinas, no eran vigiladas por ningún mortífago, ni mucho menos visitadas. Uno de esos lugares era el pasillo en el que Ron había muerto tan súbitamente. Hermione había logrado trazar una ruta por aquellos senderos del castillo en ruinas donde nadie iba y donde sabía que no sería vigilada. Desde el tercer día había dado con aquel pasillo que no tardó en revivirle uno de los más horribles momentos de su vida. Entonces vio una oportunidad, y no tardó en tener una idea que le pareció muy sensata y sobre todo íntima… la de colocar justo en la esquina donde él falleció un florero de cristal, en el frío piso de piedra, al que agregó agua y posteriormente dos rosas rojas; una para Harry y otra para Ron. De esa manera podía visitarlos, sentir que estaba con ellos una vez más, y conseguir un poco de tranquilidad que de otra manera le era imposible conseguir. A pesar de llenarla de tristeza, le encantaba estar en aquel lugar, pues podía sentir la presencia de ambos en el aire. De cuando en cuando, se escabullía para cambiar las marchitadas rosas por unas más frescas y se quedaba horas sentada en aquella esquina donde todo era tranquilidad, donde se sentía libre, donde podía pensar.
Además de extrañarlos a ellos, extrañaba enormemente la presencia de los Malfoy, quienes habían perecido durante la batalla en un desafortunado giro de eventos. Su corazón se inundaba de alegría y tristeza al recordar cómo la recibían a sus regresos al finalizar cada año. No podía evitar añorar los días en que Lucius y Narcissa la trataban como su hija propia. Añoraba compartir momentos íntimos con ellos y con Draco…
Draco.
Draco seguía vivo, pero Hermione desconocía su paradero, pues lo último que supo de él fue que se negó a seguir al lado del Señor Tenebroso y éste lo había mandado a encerrar como escarmiento, para que tuviera la oportunidad de arrepentirse algún día si le placía. Por esa razón sabía que continuaba enclaustrado. Y gracias a esa pequeña esperanza lo había buscado varias veces sin éxito en las mazmorras y cualquier torre que pudo recordar.
Al parecer no se encontraba en el castillo.
A pesar de lo que aparentaba, Draco siempre había sido como un hermano para ella. Siempre se entretenían jugando ajedrez mágico y siempre que podían practicaban hechizos difíciles con el fin de saber más que todos sus demás compañeros de escuela. Era una completa lástima que durante sus años en Hogwarts ambos tuvieran que mostrar un odio y un rencor que nunca sintieron el uno con el otro. Pero así debía ser, debía mantenerse todo lo más real posible para que ella pudiera cumplir con el plan.
Hermione recordaba con una sonrisa cómo Draco se disculpaba con ella al término de cada año, cuando volvían a la mansión Malfoy, por haber tenido que pretender ser tan duro con ella. Ella siempre le decía que nunca se lo tomaba personal y lo abrazaba con alegría.
Esos días habían terminado.
Todo había pasado tan rápido que no había tenido tiempo de decirle a nadie lo que en realidad sentía… nadie podía escucharla ahora.
Pensando de nuevo en Harry se había recostado en uno de los sofás de la antigua sala común, el único cuarto que había permanecido igual luego de la modificación para ser la casa de Hermione. Llevaba largo rato viendo la chimenea, que permanecía encendida gracias a la temperatura que dominaba el lugar. Aquellos días no había hecho más que derramar lágrimas de impotencia y tristeza e intentar poner su mente en perspectiva, pues ni siquiera le era posible leer un libro, mucho menos buscar algo en su contenido.
Una lágrima más recorrió su mejilla mientras apretaba entre sus brazos un pequeño cojín color esmeralda. No se preocupó por limpiarla y la dejó caer hacia el sofá de cuero negro. Miró distraídamente sobre la chimenea, donde descansaba el reloj ornamentado de piedra de ónix que los Malfoy le habían regalado en uno de sus cumpleaños y despertó de su trance. Ya casi era la hora de la puesta de sol, y aquel día se había prometido a sí misma que iría a visitar a Harry y Ron una vez más. Se levantó decididamente y se puso un suéter que hacía juego con la blusa a cuadros que había elegido para ese día, sin importarle que aquel conjunto fuera de procedencia muggle. Colocándose un calzado deportivo, tomó su varita de la mesa de centro y la guardó dentro de sus jeans.
Se dirigió a su habitación, donde pudo apreciar la cabeza del calamar gigante pasando justo por enfrente del ventanal, pero Hermione lo ignoró. Caminó hasta su cama y agachándose sacó un baúl de debajo de ella. Dicho baúl era el mismo que llevaba a Hogwarts, y era donde guardaba sus objetos preciados. Sabía que no había razón para esconder aquellas cosas, pero le daba cierta tranquilidad no tenerlos a simple vista.
Con total serenidad en su rostro abrió el baúl. Lo primero que estaba a la vista era un bulto de ropa que parecía una capa muy vieja y sucia. Hermione sonrió y la tomó con la delicadeza de siempre. Levantándose, extendió con cuidado la capa de invisibilidad sobre su cama, para tener oportunidad de cerrar el baúl y devolverlo a su lugar. Cuando hubo terminado se quedó mirándola unos instantes, mientras se atrevía a tocarla. Aquella era la capa de invisibilidad de Harry, y quizás eso la hacía la más importante de sus posesiones.
Había otras formas de andar por el castillo sin que fuera descubierta. Hermione sabía hechizarse a sí misma para hacerse tan transparente como el agua y así pasar desapercibida, pero la verdad era que usar la capa de Harry le permitía a su cerebro pensar en todas las cosas buenas y divertidas que Harry mismo, incluso que ella misma hizo mientras portaban dicha capa. Hermione sentía que era un homenaje tanto para Ron como para Harry que ella la usara con el propósito de ir a visitarlos en la tumba que ella misma les había otorgado.
Tomó la capa y salió de su habitación directo hacia la puerta de entrada. Abrió la puerta de madera y salió al pasillo, dejando que la misma se cerrara por sí sola detrás de ella. Comprobó que no hubiera nadie en las cercanías, se echó la capa a la cabeza, asegurándose de que ésta la cubriera por completo, y verificando que sus pies no fueran visibles por debajo de la capa, partió al que se había convertido en su lugar preferido.
Caminando por los lugares que frecuentaba cuando quería desaparecerse de los demás, llegó a su destino sin contratiempos, pues aquella tarde parecía más callada que cualquier otra, lo que agradeció en verdad. Al entrar en la zona donde sabía que ya nadie frecuentaba, se quitó la capa y la guardó en la pequeña bolsa que conservaba con el encantamiento de extensión indetectable.
La quietud en aquel sitio era increíble. A la lejanía podía escuchar el canto de los pájaros, y ver el magnífico paisaje por un hueco en ruinas justamente enfrente de la esquina donde Hermione había colocado el florero con las dos rosas rojas. Dando vuelta en la esquina, lo primero que hizo fue mirar hacia abajo para encontrar el florero y cambiar las rosas. De pronto algo la sobresaltó… en vez de dos rosas solamente había una.
De inmediato la mente de Hermione comenzó a buscar una explicación racional para aquello. Nadie pasaba por allí, absolutamente nadie más que ella conocía que ese lugar era su preferido por varias razones. Solo ella tenía el acceso, y estaba completamente segura de que la última vez que había estado allí había puesto dos rosas y no solo una…
-Con que aquí fue donde morí –dijo una voz demasiado familiar detrás de ella. De inmediato se giró, pero no vio nada.
Sintió un escalofrío que la recorrió de pies a cabeza, algo que supo que no tenía nada que ver con el aire fresco que anunciaba que el otoño estaba llegando.
-Es un lindo gesto de tu parte, considerando que nos traicionaste –dijo alguien detrás suyo de nuevo.
Hermione giró sobresaltada, intentando encarar dicha voz, y entonces supo de dónde provenía.
Frente a ella tenía a Ron, parado a unos metros de distancia, recargado en una de las columnas de aquel pasillo que aún permanecían de pie. En las manos traía la rosa que faltaba en el florero, le daba vueltas en los dedos sin apartar la vista del intenso rojo de aquella flor. Hermione sintió que se desmayaría, pues de inmediato supo qué era lo que sucedía.
El aspecto de Ron lo decía todo, no había oportunidad de equivocarse… su cuerpo era completamente transparente y un tanto borroso, de un tono aperlado que brillaba un poco con los rayos de sol del atardecer que estaba en su apogeo.
-Ron... –musitó Hermione apoyándose en el muro que tenía más cercano. Sentía que las fuerzas se le iban, su corazón se aceleró tanto que creyó que se le saldría del pecho. –Eres… un…
-Fantasma. Sí, curiosamente me di cuenta por mí mismo de eso –respondió con un tono poco amigable, y entonces elevó la vista y la miró fijamente.
Los ojos de Hermione encontraron los suyos y sintió como su mirada la penetraba, sentía como si pudiera ver su alma. Aunque sus ojos se habían tornado transparentes al igual que el resto de su cuerpo, ella aún podía percibir una pizca de la chispa que siempre habían tenido en vida, notó un poco del Ron que ella siempre conoció dentro de ellos.
La mezcla de sentimientos dentro de Hermione era tal que sentía que explotaría. Las ganas de llorar la invadieron y sin evitarlo comenzó a sollozar mientras Ron se quedaba mirándola, sin expresión alguna en el rostro. Hermione se llevó inconscientemente una mano a la boca, intentando controlar su llanto.
-Pero Ron… ¿Cómo…
-Creo que ambos sabemos cuál es el asunto que dejé sin terminar, Hermione.
Hermione sintió cómo su estómago se revolvía, y flashazos de lo que había sucedido volvieron a su mente como por arte de magia. Visualizó de nuevo el instante en que había jurado ver algo moverse a través de la puerta entre abierta en el despacho de Snape, el momento en el que había salido de allí y había visto a Ron mirarla con miedo e incredulidad… recordaba claramente cómo él esquivaba a magos y brujas, hechizos y maldiciones para escapar de aquella chica que se había hecho pasar por su amiga, aquella chica por la que había tenido fuertes sentimientos.
Hermione no podía hablar. No podía creer que Ron se hubiera convertido en un fantasma, y que estuviera frente a ella. Las ganas de abrazarlo la inundaron, y requirió de toda su fuerza de voluntad para evitar correr hacia él, pues lo único que lograría sería atravesarlo y dar contra la fría pared de piedra que estaba del otro lado.
-Fue mi culpa. Todo fue mi culpa, debía haber dicho algo antes –logró responder con un hilo de voz, sin poder contener el llanto.
Ron parecía incómodo consigo mismo. Jamás le había gustado verla llorar pero por más que lo quisiera no podía hacer nada al respecto… aún sentía demasiada furia contra ella. No quedaría conforme hasta que Hermione le dijera toda la verdad, por más dolorosa que fuera.
-Me debes una explicación, Hermione –exigió el chico, aun sosteniendo la flor en sus manos.
-No pude… no pude alcanzarte –musitó débilmente, limpiando sus lágrimas con la manga de su suéter.- ¿Por qué huiste de mí, Ron? Quise hablarte, pero no me diste la más mínima oportunidad…
-¡Estabas allí dentro con Snape y Lucius! ¡Hablaban de bandos, de que estabas protegida por mortífagos, de que tu amistad con nosotros era una mentira! y, ¿todavía preguntas por qué hui al verte? –gritó Ron con una voz profunda, ronca, como nunca lo había escuchado alzar la voz.
Hermione tembló de pies a cabeza. Sabía que el ser fantasma había modificado ciertos rasgos de él mismo, pero su esencia permanecía intacta, lo que la hizo tranquilizarse un poco.
-Fui detrás de ti para detenerte. No pensaba hacerte daño. Solo quería evitar que le dijeras a Harry lo que habías escuchado antes de poder explicarte exactamente que hacía en el salón de pociones –soltó Hermione con fuerza en su voz. – Lo que fui… no me siento feliz, ni un poco de quién era yo. Mucho menos de las cosas que hice. Hay tanto que quisiera contarte Ron, tanto por lo que me arrepiento.
Entonces Ron bajó la guardia, sus ojos miraron al suelo y sus hombros se encorvaron un poco.
-Te tuve miedo. Por eso hui –respondió con serenidad.- En ese instante no supe qué pensar de ti. Me miraste con sorpresa y en cuanto tus ojos se clavaron en mí mi primer instinto fue irme de allí, alejarme de ti y avisarle a Harry. Sabemos lo que pasó entonces y… heme aquí.
El fantasma de Ron alzó los brazos, como para que pudiera apreciarlo en todo su esplendor. Más lágrimas bajaron por las mejillas de Hermione al notar que su espíritu había permanecido con la ropa que llevaba en el mismo momento de morir.
-Entonces de verdad… ¿de verdad eres una de ellos? –soltó Ron frunciendo el ceño, esperando pacientemente la respuesta.
Hermione sintió su corazón salirse de su pecho nuevamente y sin poder prolongar más lo inevitable, subió cuidadosamente la parte izquierda de su suéter para dejar descubierto su costado sin decir una palabra. El tatuaje de la marca tenebrosa no tardó en quedar a simple vista, que resaltaba con tinta negra contra la delicada y clara piel de Hermione. De inmediato Ron clavó sus ojos en su piel por unos segundos, mirando con detenimiento el dibujo de la calavera atravesada por una serpiente que todos los seguidores de lord Voldemort portaban en sus brazos.
Con una mueca de repudio, Ron giró la cabeza y se dio la media vuelta para alejar su vista de aquel aberrante símbolo.
-¿Desde cuándo? –preguntó Ron con voz quebrada y apenas audible, dándole la espalda.
Hermione tragó saliva con dificultad y comenzó a temblar. El momento que tanto había querido que llegara por fin había llegado, pero a pesar de no sentirse lista para ello, quiso responderle. Comenzó a sentir frío, pues el atardecer se había convertido en anochecer. La oscuridad de la noche no tardaría en llenar el ambiente, y por alguna razón ese pensamiento la llenaba de terror.
-La marca es… de hace un par de años –respondió con un hilo de voz. –Fui criada por los Malfoy desde que era un bebé, así que… ésta es mi vida, no conozco nada más.
Hermione rompió a llorar de nuevo, y entonces Ron se giró para verla. La sorpresa claramente visible en su rostro.
-Tú… ¿tú fuiste criada por los Malfoy? O sea que, ¿eres hermana de Draco? Pero tu apellido…
-Lucius lo escogió para mí antes de entrar a Hogwarts –explicó Hermione. No podía evitar esquivar la mirada de Ron, tan analizadora y profunda.
-Supongo que tampoco eres hija de padres muggles –soltó una risa de nerviosismo, pero Hermione no necesitó responder a eso. Ron flotaba de un lado para otro, intentando procesarlo todo, pero a la vez, ella sabía que estaba organizando las preguntas que le haría a continuación.
Sin previo aviso se detuvo frente al enorme hueco en el muro, de donde se podía apreciar todo el paisaje más allá del río. Elevó la vista hacia la luna, permitiendo que esta le golpeara de lleno con su luz blanquecina, dejándola pasar a la misma vez gracias al estado fantasmal de Ron. Hermione no pudo evitar admirarlo, pues tenía un brillo especial e intrigante, hasta que él hablo, con voz firme y clara:
-¿Cómo pudiste hacernos esto? Todos estos años creyendo que eras nuestra mejor amiga. Comíamos juntos, dormíamos bajo el mismo techo, íbamos a las mismas clases, arriesgábamos la vida juntos por un bien mayor. Tantos años que confiamos ciegamente en ti, tantos momentos, tantas cosas. Y ahora… ahora siento que no sé quién eres. La chica inteligente que yo conocí, de la que me enamoré… queda muy poco de ella.
Hermione tuvo que encontrar apoyo en la pared que tenía tras ella. Las palabras de Ron sonaron devastadoras en su mente, penetrando en su ser, rompiéndole el corazón. Se permitió llorar, pues era el único consuelo que podía obtener en ese momento en que sentía que todo su mundo terminaba por colapsar. Pero todavía había algo que terminaría matándola por dentro si no se lo confesaba, algo con lo que no podía vivir un día más sin develarle, y debía decírselo en aquel momento, pues era en ese instante o nunca.
-Lo siento tanto, Ron. Pero hay… hay otra cosa más que necesito decirte –la voz de Hermione se quebró, y reprimiendo sollozos esperó a que Ron le diera alguna señal de que la había escuchado.
-Dímelo –musitó sin inmutarse, expresión que le dio a entender que creía que nada podría sorprenderlo más aquella noche.
-La verdad es que… Harry… él está…
-Muerto, lo sé. Y créeme Hermione, desearía poder estrangular a ese putrefacto lagarto y hacerlo sufrir por haberlo asesinado –respondió Ron lleno de rabia, aventando la rosa que conservaba en las manos con la mayor fuerza que le fue posible.
Por alguna razón Hermione no se sobresaltó ante su reacción, pero sintió que su estómago se revolvía, y respirando con demasiada rapidez, dejó que las palabras salieran de su boca…
-Fui yo.
Ante esto el ambiente se tornó pesado, como si una loza de concreto hubiera caído sobre sus cabezas mientras un silencio extraño llenó el espacio entre ellos.
-¿Qué quieres decir? –su amigo no retiró la expresión enojada de su rostro, y se giró para verla, lo que produjo en Hermione un escalofrío al sentir su mirada penetrante fija en sus ojos.
-Yo…
Hermione no necesitó decir una palabra más, Ron súbitamente lo había entendido todo y retrocedía lentamente mientras negaba con la cabeza de manera repetida. Se había quedado con la boca abierta y estaba segura de que, de estar vivo, su corazón se habría detenido unos instantes.
-Tú no… no pudiste –intentando negarlo, Hermione vio claramente en su rostro que se reusaba a creerlo con todas sus fuerzas.
-No quise hacerlo –respondió en tono de disculpa, con lágrimas bajando por sus mejillas. –el Señor Tenebroso me…me lo pidió y…
-¿Cómo pudiste? –el fantasma se acercó a Hermione precipitadamente, como si pensara golpearla. La forzó a retroceder dando tumbos, chocando dolorosamente de espaldas contra la pared, golpeando sin querer el florero lleno de agua que se hizo añicos al contacto frio del suelo de piedra.
-Ron, quiero explicarte…
-¡NO! –gritó enfurecido, con odio en su mirada. De pronto, se abalanzó hacia ella, y la atravesó. Hermione sintió que su cuerpo se helaba, sintiéndose como dentro de un lago congelado, mientras su tez adoptaba un tono azulado.
Así como la sensación había llegado ésta se había ido, y la calidez de su cuerpo regresó. Su tez recobró la coloración natural cuando se giró prontamente para descubrir que Ron había desaparecido a través de la pared de piedra a sus espaldas.
Habían pasado casi dos semanas desde que descubrió que Ron se había convertido en fantasma.
A pesar de la forma tan lamentable de su despedida, Hermione no dejaba de llevarles rosas de manera recurrente y ponerlas en el mismo florero que había reparado unos días después de las revelaciones que habían acontecido en su reencuentro.
Ahora que sabía en lo que Ron se había convertido, se sentía más apesadumbrada, pues jamás hubiera querido aquel destino para una de las personas que sin darse cuenta, formaron una parte importante en su vida. Lamentó no haberse dado cuenta antes. Quizás algún día Ron se detendría a escucharla, quizás algún día las cosas fueran mejores, si es que él no desaparecía para siempre de su vista.
-Te sienta bien el estilo… te hace ver elegante –dijo una voz detrás de ella, mientras reemplazaba las rosas ennegrecidas por unas frescas.
Por alguna razón no se sobresaltó, pues conocía aquella voz a la perfección. Además, algo le había dicho que Ron estaría allí ese día. Pudo sentirlo en el aire en cuanto llegó a aquel pasillo donde él había perdido la vida.
Hermione se levantó con aire armonioso para encarar, quien estaba mirando el paisaje a través de aquel hueco enorme en el muro causado quizás por un hechizo poderoso mal dirigido. Disimuladamente, Hermione se miró la vestimenta y se mordió el labio; vestía un vestido que le llegaba hasta arriba de las rodillas, de color negro, sencillo, con un adorno de flores pequeñas en tonos grisáceos que adornaban la parte superior de su pecho. Aunque no podía verle completamente el rostro, pudo percibir que esbozaba una ligera sonrisa. Hermione no pudo evitar sonrojarse, y para contrarrestarlo, se arropó más en su abrigo de negro puro, que la cubría por debajo de la rodilla.
Aquella era la primera vez que Ron la veía tal cual era.
-Es curioso, pero luego de que morí no recordaba dónde era que yo había muerto –continuó con un tono un tanto sombrío. –Aparecí en la mitad del castillo. Deambulaba todos los días. A veces no sabía qué sucedía, pues sentía como si me perdiera días enteros en la nada, y luego regresaba al castillo, en una parte completamente diferente. Así fue durante algún tiempo, hasta que me topé con las rosas. Sospeché que serías la única capaz de tener algún detalle así, sobre todo porque fue entonces que reconocí que aquí era el lugar donde yo…
Ron no pudo terminar la frase. Hermione se quedó callada, mientras el fresco viento le golpeaba el rostro moviendo su cabello rizado con tranquilidad. Jamás imaginó quedarse sin palabras, pero a esas alturas, ya nada podía tomarla por sorpresa.
-No agradezco lo que le hiciste a Harry, pero luego de reflexionar, me di cuenta de que si así sucedió fue por una buena razón, y entendí que esa razón es que, si tú te hubieras reusado a obedecer a quien tú sabes, yo estaría hablando solo en este momento.
Lo miró con sorpresa, pues de cierta forma Ron había comprendido la razón más importante de la última acción terrorífica que ella había tenido que efectuar.
-Y lo más seguro, es que mi pesar y mi incertidumbre eternos sería mucho peor al no haber sabido con exactitud por qué nos habías traicionado. Todo lo que me dijiste fue muy duro, por eso no quise escuchar más y hui la última vez que pudimos hablar. Después de todo creo que eso es lo mejor que sé hacer.
-Todos hemos cometido errores, Ron. Lamento que los míos hayan influido en todo esto –respondió Hermione con tristeza.
Se quedaron en silencio, escuchando los sonidos de la naturaleza, cuando Hermione recordó algo.
-Ron, tengo que irme. Hay una… junta a la que debo asistir. Por favor visítame, puedes encontrarme en la antigua sala común de Slytherin –le dirigió una leve sonrisa.
-Lo haré –contestó igualando su sonrisa y de la nada, desapareció frente a sus ojos.
Hermione permaneció unos instantes más sonriendo, agradecida por que Ron se hubiera cruzado en su camino de nuevo, y luego partió a donde los mortífagos y el Señor Tenebroso la estarían esperando.
