14

Descendo

(Desplome)

Esa mañana en particular, desde que abrió sus ojos por la mañana Hermione sentía una ligera sensación de paz, sensación que no creyó posible de nuevo. No estaba muy segura si se debía a que habían pasado más los días o a saber que Ron tal vez se tomaría el tiempo para ir a visitarla como lo había hecho ya algunos días anteriores.

Lord Voldemort y ella eran las únicas personas que podían tener acceso a la casa de Slytherin sin sufrir una muerte repentina, pero debido a que el Señor Tenebroso mantenía su tiempo por completo ocupado con la guerra que continuaba entre magos y muggles, no había vuelto a poner un pie dentro desde el día que llevó a Hermione a conocer su nueva casa. Su rostro se marcaba con una sonrisa un tanto fría, pero que a la vez se le denotaba una sensación de orgullo al poder darle a su querida Hermione lo mejor. Por esta razón este era el lugar más seguro para sus reuniones, y supuesto el momento en el que Ron se encontrara ahí y Lord Voldemort llegara a aparecerse en el lugar, lo único que debía hacer Ron era sumergirse en el suelo, mientras que Hermione siempre tenía un libro a su lado para aparentar una profunda lectura, y a pesar de que lo más probable era que su plan nunca fuera a ponerse en acción, saber que contaban con esa salida les hacía sentir más seguros.

Hermione se encontraba sentada en el gran comedor, con tanta comida como si esperase a docenas de personas para que llegaran a acompañarla. La comida continuaba siendo preparada por los mismos elfos del castillo, pero de alguna manera no había vuelto a saber igual. Se levantó de la mesa, sintiéndose satisfecha y comenzó a caminar por el castillo, simulando aburrimiento. En realidad, lo que deseaba era saber dónde habían mantenido encerrado a Draco durante todo este tiempo como tantas otras veces había hecho.

Mientras caminaba entre pasillos pensaba sobre distintas cosas, la mayoría de ellas eran recuerdos que le traían las diferentes partes del castillo. Atravesando uno de los baños, recordó la vez en que Harry había hechizado gravemente a Draco con el hechizo del viejo libro que había estado usando para su clase de pociones y lo mucho que se había preocupado por el bienestar de Draco.

-Sectumsempra –continuó pensando –Ese hechizo lo creó el propio Severus. Qué tonta. Claro que él sabía que Harry tenía su libro desde un principio. Sabía que Harry debía ser bueno en pociones para terminar de llamar la atención del profesor Slughorn, y no había nadie que pudiera enseñarle sobre el tema mejor que él mismo. Pero supongo que olvidó que había apuntado ese hechizo en el libro.

Entonces, con un ligero sobresalto, se dio cuenta de algo más.

-El hechizo… ¡está en el libro! –se llevó las manos a la boca en cuanto se dio cuenta que había pronunciado las palabras en voz alta –Snape sabía cómo crear hechizos poderosos y hacer que estos realmente funcionaran, y debe tener todo apuntado en su libro. Debo conseguirlo, pero ¿dónde terminó ese libro?

Recordó a Ginny hablándole a Hermione del beso que le había dado a Harry aquel día, y le provocó un ligero malestar, pero al saber con exactitud dónde se encontraba dicho libro no pudo evitar una ligera sonrisa de la que unos segundos después se arrepintió.

-Ese día me dijo dónde había colocado el libro –con una ligera mueca de esfuerzo de pronto lo recordó –El baúl, me dijo que había colocado el libro en un baúl con el dibujo de una libélula en su parte superior dentro de la sala de menesteres. Espero que siga allí.

Sin terminar siquiera de acomodar las ideas en su cabeza, se dirigió lo más pronto que pudo sin llamar la atención a un pasillo cualquiera, cerró sus ojos y por arte de magia, al volver a abrirlos, ahí estaba.

La puerta de la sala de menesteres.

Una vez dentro, se dio cuenta que los mortífagos no estaban por ahí, debido a que las zonas que transitaban con frecuencia habían sido despejadas y arregladas y en este lugar solo se veía un rastro entre las cenizas de alguien que debió pasar por ahí ya hacía mucho tiempo, supuso Hermione, debido a que el rastro ya estaba cubierto con una ligera capa de polvo.

Sin saber a ciencia cierta por dónde comenzar, caminó en silencio por los espacios despejados que formaban una especie de pasillos entre las montañas de objetos que habían quedado depositados ahí por múltiples generaciones de estudiantes y profesores en su intento por deshacerse de ellos en forma discreta.

Pasaba mirando a su alrededor libros sobre una mesa, un armario entre abierto con objetos dentro, escobas quebradas, frascos de jerez, estatuas de criaturas y personas, algunas de ellas a tamaño real, cajones, calderos sucios, y detrás de una silla de madera, por fin, divisó una libélula un tanto extraña que relucía pintada en la superficie de un antiguo baúl de madera.

Con un par de zancadas le bastó para llegar hasta ella. Apartó la silla y sin pensar, sacó su varita de entre sus ropas, la apuntó hacia la oxidada cerradura y con un haz de luz producido gracias a las palabras Alohomora, el baúl levantó su parte superior para dejar al descubierto un libro que reconoció enseguida.

-¡Sí! –pronunció Hermione un tanto fuerte, pero no le importó ya que no había nadie en la sala.

O al menos eso creyó ella.

-¿Quién está ahí?

Hermione se sobresaltó al escuchar que estas palabras provenían de una parte profunda del salón, y se hubiese asustado si estas palabras no hubieran sido pronunciadas con un intento casi nulo de aparentar valentía, cuando las pronunciaba una voz a la que si se le ponía atención se le notaba un dejo de nerviosismo.

Un tono que sin duda alguna ya había escuchado antes.

-¿Draco? –pronunció Hermione en voz alta –Draco, ¿eres tú?

-¡Hermione! ¡Por aquí!

Ella se dirigió rápidamente a donde suponía que provenía la voz, y ahí estaba, detrás de unos barrotes alzando sus brazos a través de los espacios que dejaban entre ellos, Draco.

Hermione sintió un escalofrío que le recorrió de pies a cabeza, combinado por una felicidad que no pudo explicar. Después de tanto buscarlo entre las mazmorras y torres nunca creyó encontrarlo ahí, ese día. Apresurada al llegar frente a él lo abrazo sin siquiera sentir el frío acero que se interponía entre ambos. Por las mejillas de Draco corrían lágrimas que no dejaban a duda la felicidad que sentía de ver a Hermione, de ver a su hermana.

-… y me quitaron mi varita antes de encerrarme en este lugar –le decía Draco a Hermione mientras ambos, cada uno de su respectivo lado del barandal, se encontraban sentados en el piso.

-Entonces, ¿tienes aquí desde ese día? Debe haber sido horrible. ¿Cómo es que comes en este lugar?

-Uno de los elfos de la cocina me trae un poco de las sobras que quedan a la media noche.

Con esas palabras, Hermione resintió con pesar recordar que unas horas atrás había estado sentada con más comida que la que Draco habría tenido en un mes.

-¿Entonces nadie más viene hacia aquí nunca?

-No. No hasta que acepte unirme a las fuerzas de los mortífagos, de nuevo.

-Pero y si lo hicieras, ¿cómo sabrían ellos que cambiaste de parecer?

-Hasta parece que ya olvidaste de dónde venimos –pronunció Draco al tiempo en que enseñó a Hermione la marca tenebrosa en su antebrazo. Marca que ambos compartían.

Esa noche, luego de pasar un tiempo considerable con Draco, Hermione se fue a la cama sintiendo las sabanas de seda sobre su piel con tristeza, al recordar la sucia manta que tenía Draco como única posesión dentro de esa horrible celda. Pero no podía hacer nada al respecto, pues si le llevaba algo más y alguien se llegaba a dar cuenta, quien pagaría por dicha acción seria él.

Ese había sido un día importante después de todo. Lo había encontrado y estaba bien, y no pudo evitar sentirse mejor cuando antes de cerrar sus ojos para quedarse dormida recordó la sonrisa en la cara de su hermano al decirle las palabras: "Volveré cada vez que pueda".

En lo que solía ser la sala común de la casa de Slytherin, sobre una mesa ubicada al centro del salón estaba el viejo libro de pociones abierto y con algunos garabatos escritos a mano sobre algunas de las palabras impresas. La chimenea, que se encontraba encendida quemando robustos troncos y algunas hojas de papel manchado con la tinta que pronunciaba algunas palabras en latín en silencio, hacía ese sonido tan característico que produce el fuego, el cual a su vez peleaba contra el sonido que provocaba el agua al golpear contra los grandes ventanales, al otro lado del salón.

Hermione se encontraba de pie al lado de la mesa, con sus ojos cerrados prestando suma atención hacia ambos murmullos, y tomando la varita con movimientos de su muñeca, formó en el aire un círculo iniciándolo por la parte superior y atravesándolo con un movimiento recto hacia abajo, a la vez que pronunciaba las palabras Aures Surdimea.

De pronto, era como si la chimenea se hubiera apagado y el agua del exterior desaparecido. Todo lo que existía ahora era el sonido que producían su corazón y sus pensamientos. Una sonrisa se pronunció sobre sus labios.

Por fin había logrado dominar su tercer hechizo propio.

Cuando abrió los ojos no pudo evitar sobresaltarse, pues una cara pálida y transparente la veía a escasos centímetros de su nariz.

-Finite Incantatem.

- … y si me sigues ignorando. Espera, ¿qué? –preguntó Ron un tanto confundido.

-¿Qué te pasa, Ron? Solo estaba practicando un nuevo hechizo que creé.

-¡Ah! ¿El que mencionaste para bloquear los sonidos a tu alrededor?

-Sí. Y sobra decir que funcionó perfectamente. Al igual que el Oculos Caecus.

-Pero… ¿cómo es que lo has comprobado ya?

-Con Avery –el rostro de Ron tomó una expresión de ligera confusión –Uno de los mortífagos que pasean por el castillo.

-¡Se quién es Avery, Hermione! –dijo Ron un tanto frustrado, a lo que Hermione ignoró y continuo hablado.

-Hace un par de días mientras me dirigía a visitar a Draco lo vi por ahí y aproveche para intentar mi nuevo hechizo. Después de que comprobé que funcionó a la perfección al verlo gritando que se había quedado ciego, un Obliviate me fue muy útil.

-Excelente. Y, ¿ya perfeccionaste tu otro hechizo… mmm… ibilo biecum?

-Ibi Obiectum –pronunció Hermione al tiempo que apuntaba con su varita una copa dorada que se encontraba sobre la mesa, y ésta apareció sobre la chimenea en cuestión de segundos.

-Es increíble Hermione, eres la mejor en hechizos.

-Eso ya lo he escuchado muchas veces –dijo en un tono altanero, puesto que ya no debía fingir amabilidad todo el tiempo, pero la sonrisa de Ron disminuyó considerablemente –Pero muchas gracias por notarlo, Ron.

De inmediato, éste volvió a sonreír. Ambos se acomodaron cerca de la chimenea, Hermione en el sillón con un libro cerca y Ron acostado en el suelo, como era su costumbre.

-Ron, hay algo que aun no comprendo que me gustaría preguntarte, si no te incomoda –Ron miró hacia el techo por un momento y asintió con la cabeza –Cuando hablamos por primera vez en el pasillo, ya sabes, después de todo lo que pasó, mencionaste que ya sabías lo que había sido de Harry, pero cuando aquello sucedió tú ya… bueno, tú ya habías…

-Fue precisamente por eso que pude saberlo. ¿Recuerdas la snitch que le dejó Dumbledore a Harry en su testamento? –aunque Hermione no contestó, conocía la respuesta, así que continuó –Mientras Harry caminaba por el bosque prohibido para encontrarse con Quien-tu-sabes, comprendió lo que aquella extraña frase en la snitch quería decirle.

-Me abro al cierre –Hermione había comprendido inmediatamente por lo que no puedo evitar decir aquellas palabras.

-Sí, eso. Harry estaba listo para aceptar su destino por más cruel que este pudiera parecerle –y de pronto Hermione recordó aquel terrorífico momento –Fue entonces cuando al poner de nuevo sus labios sobre la snitch, ésta por fin se abrió y en ella encontró la piedra de la resurrección.

Hermione estaba completamente desconcertada. Obviamente sabía de las reliquias de la muerte, pero nunca imaginó que hubiera estado tan cerca en un momento u otro de las tres.

-Supongo que fue en ese momento en que Harry sintió necesidad de tener cerca a todo aquel que pudiera servirle de apoyo en tan difícil situación. Todo eso fue muy confuso para mí. No estaba seguro de lo que había pasado, y de pronto sentí que algo me llamaba. Pude sentir a Harry y el dolor que sentía y me sentí inevitablemente atraído hacia él. Cuando menos lo esperaba, Sirius, Lupin, sus papás y yo estábamos ahí en el bosque junto a él. Fue en ese momento que comprendí lo que me había pasado. Hubieras visto la cara de Harry cuando vio a su padrino, a Lupin y a sus padres… fue como si volviera la paz a su alma e inmediatamente se dirigió a su madre y nos pidió perdón, dijo que nunca deseó que ninguno de nosotros muriera por él. Luego me vio a los ojos y pude ver en los suyos un rayo de tristeza asomándose. Después nos pidió que nos mantuviéramos cerca de él, tú sabes, al enfrentarse a su final. A partir de ese momento todo cambió. No podía ver ni escuchar nada, solo podía sentir el dolor que él sentía en todo su cuerpo, el dolor se detuvo después solo para continuar con más fuerza.

Hermione no necesitaba que le dijera lo ocurrido, ya que ella lo recodaba tan claro como si todo aquello acabara de suceder. Instintivamente se abrazó para intentar bloquear los sentimientos de aquel momento y dejó que Ron continuara.

-Pero cuando el dolor terminó todo cambió repentinamente. De alguna extraña manera fue como si ya no estuviéramos en el suelo, no sé, tal vez era que Harry estaba comenzando a desvanecerse pero ya no estaba sufriendo, ni triste, sino todo lo contrario. Podía sentir su felicidad, incluso de alguna manera nos pude ver a nosotros tres riendo por un momento. Fue entonces cuando todo acabó.

Hermione se había quedado muda ante todo aquello. Ron le había permitido saber cómo habían sido para Harry sus últimos momentos y deseó con todas sus fuerzas que de alguna manera todo hubiera sido distinto, que de alguna forma todo hubiera resultado diferente.

-Espera, pero entonces ahí está la tercer reliquia –su cabeza estaba dando vueltas, su mente trataba de decirle a gritos que existía algo, una solución para todo aquello –¿Dónde está Ron? ¿Qué pasó con ella?

-¿Con quién? ¿De qué hablas?

-Con la piedra de la resurrección, Ron. ¿Qué fue lo último que supiste de ella? ¿Cuándo la viste por última vez?

-No lo sé Hermione, Harry la tenía en su mano y después…

Ron trató de concentrarse pero cuanto más tardaba en darle su respuesta a Hermione más se molestaba ella, y por lo tanto lo hacía ponerse más nervioso.

-Piensa Ron, debes de saber dónde la puso Harry. Tal vez se la guardo en su ropa o la escondió de nuevo en la snitch.

-¡No lo sé Hermione! Todo es demasiado confuso. Primero no sabía que había pasado y cuando menos me di cuenta estaba parado frente a Harry como un fantasma, llegó el momento de irnos y… -Ron repasaba todo en su mente haciendo un gran esfuerzo mientras Hermione no le quitaba la vista de encima, ansiosa por saber más – ¡En la mano! ¡Sí! Harry tenía la piedra en su mano aún, y cuando decidió continuar su camino la soltó.

-¿Cómo que la soltó, Ron Weasley? –Hermione sin darse cuenta se había abalanzado sobre su fantasmal figura en el suelo.

-No me regañes a mí, no fui yo quien la dejó caer al suelo…

-¿Dónde? Dime por favor que sabes el lugar exacto donde la abandonó.

-Sí, recuerdo el lugar. Pero han pasado meses. No será fácil encontrarla.

Ron sabía que Hermione no podría lastimarlo, pero aun así la veía con esa mirada que le daba antes de que ella lo golpeara con un libro o le diera un puntapié por debajo de la mesa. Hermione, al ver sus ojos tan abiertos se movió hacia un lado y se sentó recargada en la parte baja del sillón.

-Lo entiendo, tienes razón –en ese momento se hubiera disculpado de no ser porque realmente nunca lo había hecho ante nadie –Pero necesito que la busques. No puedo ir yo, no conozco el lugar exacto y dudo mucho que un Accio funcione ante un objeto así, así que sería poco probable que lograra obtenerlo en el primer intento y no pueden verme yendo seguido a ese lugar, podría levantar sospechas y si alguien me siguiera podría encontrarla.

-Es para verlo a él, ¿cierto? –respondió Ron un tanto desanimado.

-¿Perdón?

-A Harry, quieres la piedra para ver a Harry, ¿no es así?

-No, te equivocas. Es para algo completamente diferente… piénsalo Ron. Has visto que soy capaz de crear mis propios hechizos.

-Sí, lo sé. Pero aun no entiendo entonces para que más pudieras quererla si no fuera para traer a alguien del más allá.

-Lucius de pequeña me decía que si algo no era como yo quería que me ocupara de cambiarlo, como él, que al final lo dejo todo por Draco. Esto no es lo que quiero Ron, no me gusta cómo ha terminado todo. Me refiero a tu familia en Azkaban, los Malfoy muertos y Draco encerrado en un lugar tan frio y triste en el que probablemente permanezca de por vida. Tonks ahora es viuda y vive escondida junto con su hijo, Snape murió tan repentinamente y Viktor también murió al enfrentarse al Señor Tenebroso. Lo último que escuché fue que Luna quedó internada en San Mungo en el mismo piso que los padres de Neville, luego de intentar huir con su padre de Azkaban –Ron no había reparado hasta ese momento en todo lo que había sucedido -…y por supuesto está la muerte de Harry.

-Pero, ¿cómo planeas deshacer todo esto?

-Piensa, Ron. Dumbledore es la única persona, probablemente en toda la historia que ha tenido contacto directo con las tres reliquias. Poseía la varita de sauco cuando descubrió que la capa de los Potter era la verdadera capa de la invisibilidad, pero para cuando encontró la piedra de la resurrección la capa ya había vuelto a las manos de Harry, por lo tanto…

-Nunca tuvo las tres reliquias al mismo tiempo –interrumpió Ron al comprender lo que ella trataba de decirle.

-Exacto.

-Entonces si me hablabas de saber crear tus propios hechizos supongo que quieres hacer uno tan poderoso que necesites de esos tres objetos presentes. Si por separado son tan poderosos, juntos deben ser invencibles.

-Ya tengo la capa de Harry, y tú podrías encontrar la piedra, solo faltaría la varita.

-Entonces lo único de tendríamos que hacer es pedírsela a Quien-tú-sabes, quien nos la prestara con mucho gusto –dijo Ron sarcásticamente.

-Ya encontraré la forma de conseguirla –respondió Hermione un poco dudosa.

-Pero si se la quitamos se dará cuenta rápidamente que no la tiene y ¡nos matará!

-Ron…

-¿Sí?

-Tú ya estás muerto.

-Oh, es cierto –sonrió un poco avergonzado. –Bueno, quizás podríamos quitársela mientras duerme y cortarle el cuello, como en el cuento –contestó sarcásticamente de nuevo, en un intento de ayudar.

-Espera… ¿qué fue lo que dijiste? –preguntó Hermione desconcertada.

-Nada, yo solo daba ideas –respondió un tanto avergonzado, pensando que ella lo reprendería una vez más.

En ese instante, la mente lógica de Hermione se llenó de comprensión, dejándola con la sensación de que había terminado de armar un rompecabezas del que de alguna manera había ido recolectando piezas y al que no le había prestado atención. Algo sorprendentemente increíble que no podía creer haber pasado por alto.

Su corazón se aceleró de tal forma que pudo sentir un cosquilleo sacudirla de pies a cabeza.

Un cosquilleo de emoción que no tenía igual.

-Ron, yo desarmé a Harry –soltó de golpe, sin poder reprender sus palabras.

Para su desesperación, Ron no parecía comprender el punto.

-Hermione, no te ofendas, pero no quiero detalles sobre cómo…

-No, no. Ron… la varita de sauco. Según el cuento y según todo lo que sabemos de ella es que ha pasado de mano en mano siendo ganada en duelos o gracias a asesinatos. Pero la realidad, es que un hechizo de desarme sería exactamente lo mismo a…

-¡A un duelo! Entonces eso significaría que tú…

Hermione le dirigió una sonrisa tan amplia que Ron no pudo evitar contestar con un ceño fruncido.

-La varita de sauco es mía –respondió con un susurro lleno de emoción.

-Espera, Hermione, me perdí. Pero si estoy en lo correcto, entonces Harry debería de haber desarmado a Dumbledore, ¿no?

-No realmente. Hay algunas cosas que aún no te he dicho.

-¿A qué te refieres? ¿Aún hay más? –Ron tenía miedo de saber que más podría faltarle en saber. En verdad no quería saber, pero al parecer parecía importante.

-Está bien, ¿por dónde empiezo? –inhaló con fuerza para darse calma y saber con exactitud lo que quería decir. Exhaló –Cuando Draco se hizo la marca tenebrosa, lo encomendaron a… –decir aquello y hacer que Ron comprendiera iba a ser difícil –le pidieron que se deshiciera del profesor Dumbledore.

-Que lo asesinara, querrás decir. ¡Entonces es cierto! ¡Fue Draco quien mató a Dumbledore!

-¿Qué? No. Aún no he terminado. ¿Qué te hace estar tan seguro?

-¿Recuerdas que mientras acampábamos hubo una discusión y me fui?

-Sí, lo recuerdo –por un momento consideró decirle que aquello también había sido culpa suya, pero no era el momento.

-Pues en ese tiempo no fui a casa. Estuve en lugares donde nunca creí estar algún día. No pasó mucho tiempo después de haberme ido para cuando estaba completamente mal. Nunca logré entender que fue lo que sucedió para que yo actuara de esa manera –Hermione miró al piso unos segundos y después volvió su mirada a él nuevamente –así que pasé mis días vagando de un lugar a otro. Pero lo que quiero decir fue que en un lugar al que entré había carroñeros y otros que definitivamente sabía que era mejor no darles la cara. Hablaban muy fuerte, y hubo un momento en el que el tema de conversación fue Draco.

-¿Draco? ¿Qué era lo que decían?

-Algunos de ellos aseguraban que había sido Draco el responsable de la muerte de Dumbledore, que por fin había servido de algo para Quien-tú-sabes, otros decían que nunca lo hubiera logrado sin la ayuda de Snape.

-Y tú… ¿creíste eso en el momento?

-Pues en el colegio se manejó una historia diferente, era bien sabido que el profesor había muerto por causas naturales. Así que cuando escuché aquello, viendo de quién venía la información, la verdad no lo creí. Aparte, yo sé que lo quieres y todo pero… Draco siempre ha sido un tanto cobarde.

-Lo bueno es que tú eres muy valiente, ¿no? –dijo Hermione riendo un poco y Ron también sonrió.

-Pero entonces, ¿lo mató o no?

-No, no lo hizo. Aquella noche Draco fue al despacho de Dumbledore, pero su primera reacción fue desarmar al director y después él murió en presencia de él y de Severus. Por lo que ambos acordaron manejar la historia de que había sido él quien lo había asesinado para el Señor Tenebroso.

-Oh, ya entiendo.

-A partir de ese momento la varita, sin que él lo supiera, le perteneció. Esto hasta que nos llevaron aquellos carroñeros a la mansión Malfoy y Harry desarmó a Draco.

-Eso sí lo recuerdo, fue con un Expelliarmus –respondió prontamente –Ahora lo entiendo. Pero, ¿no debería de hacerse eso con la varita de sauco? Me refiero a que ni Draco ni Harry la tenía físicamente cuando fueron desarmados.

-La lealtad de las varitas puede cambiar. La varita de sauco lleva muchos siglos cambiando de dueño. Las varitas en general tienen el poder de reconocer a sus dueños. ¿Por qué crees que mi varita no te funcionaría a ti como realmente debe hacerlo o que la tuya no funcionaría conmigo?

De pronto, vio comprensión en los ojos de Ron, quien se "sentó" en la mesa intentando asimilarlo todo.

-Vaya, Hermione. Entonces la varita de verdad te pertenece. Demonios, sabía que eras la bruja más inteligente, pero ahora eres la más poderosa –respondió sonando un tanto intimidado.

Hermione no pudo evitar sonrojarse, mientras la frase "la más poderosa" se desvanecía poco a poco dentro de su cabeza.

-Bueno, lo que nos lleva a la conversación inicial. Sólo hay una forma de cambiarlo todo, y si funciona, para cuando el Señor Tenebroso se dé cuenta de que la varita ha desaparecido no importará.

-Estás hablando de…

No pudo terminar la frase al darse cuenta de que por fin entendió lo que Hermione trataba de decirle desde un principio.

-Volver en el tiempo… así es.

-¿Crear un hechizo para volver en el tiempo? ¿No sería más sencillo restaurar algún giratiempo perdido o algo así?

-No, porque con el giratiempo sería muy riesgoso advertirme a mí misma sobre todo lo que ha pasado, pero si vuelvo con todo lo que ya se, sería más sencillo evitar todo esto de una forma más cautelosa, permitiendo a cada persona actuar como lo había hecho hasta hace un año, que fue cuando todo comenzó a salirse realmente de control.

-Entonces volverás recordándolo todo. ¡Suena increíble Hermione!

-Volveríamos –lo corrigió Hermione –Ahora que sé que la varita realmente me pertenece estoy segura de que puedo hacer que el hechizo funcione para ambos.

Ron sonrió al imaginarse que podría dejar de ser un fantasma. La expresión en su rostro hizo que Hermione sintiera alegría.

-¡Grandioso! –soltó Ron con una sonrisa, elevándose poco a poco y al mismo tiempo incorporándose del suelo –Confía en mi Hermione, la encontraré.

Diciendo esto, Ron comenzó a elevarse cada vez más alto con la intención de desaparecer atravesando el techo, cuando la voz de Hermione lo detuvo en seco, justo antes de que su cabeza tocara uno de los arcos de roca que soportaban el techo.

-Espera, ¿alguien además de Draco y yo sabemos que tú eres un fantasma? –preguntó Hermione echando hacia atrás su cabeza y elevando la vista poder ver bien a Ron gracias a la considerable altura en la que se encontraba suspendido.

-No. He hecho un par de bromas a uno que otro mortífago cuando me siento aburrido, pero siempre terminan culpando a Peeves. Nunca dejo que me vean –respondió Ron con una sonrisa pícara iluminando su rostro.

-Perfecto. Asegúrate de que siga así. Creo que sería mejor que permanecieras invisible cuando merodees por el bosque –ordenó Hermione. Ron asintió con firmeza. –Yo le contaré a Draco sobre el plan, él podría ayudarnos y acompañarnos de vuelta también.

-¿Estas segura de que podrás regresarnos a los tres en el tiempo?

-¿Por qué siempre el tono de sorpresa, Ronald Weasley? Jamás dudes de mí –respondió un tanto indignada, pero sin poder evitar divertirse ante aquello.

-Jamás lo he hecho –contestó serenamente, y con una última sonrisa desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

Hermione sintió su interior llenarse de esperanza. No pudo evitar sonreír de felicidad mientras se mordía el labio inferior complacida de tener algo que prometía funcionar a la perfección. Había conseguido una salida, un retorno en aquella vida que no le complacía en lo más mínimo. Ahora realmente sentía que tenía algo por lo cual luchar.

Permitiendo que la emoción la llenara por completo, tomó el libro que había estado analizando esa misma mañana y corrió de vuelta a la librería que poseía dentro de su nuevo hogar. A pesar de las ganas que la embargaban de contarle a Draco, debía continuar investigando y practicando, pues algo le decía que no estaba muy lejos de crear aquel potente hechizo que estaba buscando desde hacía meses y que de funcionar, cambiaría el curso de la historia que, sin darse cuenta, ella misma había ayudado a dar forma.

Durmiendo sólo unas cuantas horas, Hermione se despertó rodeada de libros que se había llevado a la cama para leerlos con mayor comodidad. Se levantó de un brinco, dejando su cama desarreglada y los libros a medio abrir para dirigirse con rapidez a su amplio vestidor, que anteriormente había sido uno de los dormitorios de las chicas de Slytherin. Tomó lo que le pareció apropiado a simple vista, asegurándose de escoger una chaqueta ligera, pues el castillo comenzaba a inundarse con las ventiscas frescas de la estación que se colaban a lo largo y ancho del castillo. Lo que menos quería era pescar un resfriado en aquellos días tan decisivos e importantes de su vida.

Apresurándose a cambiarse y arreglarse el cabello de manera sencilla pero atractiva, tomó su varita, su bolsa, y salió de la sala, no sin antes checar el reloj de ónix sobre la chimenea, el cual marcaba las 6:34 a.m. Lo primero que la llevó a hacer su instinto fue a ir al gran comedor para desayunar y posteriormente ir a donde Draco.

Apreciando que el amanecer estaba en su punto exacto, se abrochó un poco más su chaqueta. En el camino, se topó con dos mortífagos, los cuales le dirigieron una leve reverencia ante su presencia, junto con un deseo de buenos días que rayó en lo respetuoso. Intentando no verse apurada, pues eso los alertaría de una u otra forma, caminó con tranquilidad y porte elegante, con la frente en alto, hasta que llegó al gran comedor. Allí, se encontraba un elfo doméstico al que le habían mandado cumplir las órdenes de servir comida en el momento y hora que fuera. Siempre era el mismo elfo, apostado a un lado de la entrada el que recibía a los comensales con una educada reverencia. Por el gusto y comodidad con lo que lo hacía, parecía estar justo en el lugar que deseaba estar.

Hermione lo ignoró y siguió su paso hasta la enorme mesa de centro, que se encontraba vacía, a excepción de un par de candelabros de mesa que portaban elegantes velas, que al parecer acababan de ser apagadas debido a que los rayos del sol comenzaban a asomarse por los enormes ventanales de cristal traslúcido que adornaban el comedor.

-Hermoso día tenga usted ama Malfoy, ¿le apetece algo en especial? –dijo gentilmente el elfo acercándose a sus pies, con una reverencia con la que su nariz tocó el suelo.

-Lo de siempre –respondió secamente.

En ese instante y con un chistar de dedos, desapareció, dejándola sola, sentada frente a la gran mesa.

Hermione apreciaba que el elfo no le hiciera preguntas tontas y que se atuviera a hacer su trabajo, lo que sin duda la llevaría más rápido con Draco. De pronto, la comida apareció frente a ella, como siempre lo había hecho.

Los desayunos de Hermione no eran sencillos, pues aunque ella tenía la oportunidad de elegir lo que quería exactamente, nunca estaba de más tener algunos platillos más para poder saciarse como le apeteciera, y así lo hizo. Tomando un poco de cada cosa desayunó lo más rápido que le fue posible hasta sentirse llena y asegurándose de que nadie la veía, tomó un plato limpio, puso varias de las comidas servidas frente a ella y tomando su varita, hizo un movimiento con el cual el plato rebosante de comida quedó protegido. Luego abrió su bolsa y lo introdujo, cuidando que no se volteara.

Dando por finalizado su desayuno, se levantó de la mesa y dejando todo tal cual estaba, salió con paso decidido hacia el séptimo piso, donde el cuarto de los menesteres la esperaba.

Tal y como ella previó, todos los pasillos se habían vuelto fríos. Percatándose de que no se había tomado el tiempo para coger una bufanda, se subió el cuello de su chaqueta, intentando protegerse del clima. Los corredores estaban sumamente vacíos, tanto que las pisadas de Hermione se escuchaban con un ligero eco. Luego de subir varios pisos y recorrer varios pasillos, estaba a solo un par de ellos más de llegar a la sala de los menesteres, cuando una figura que salió súbitamente de una esquina chocó contra ella…

-¡Ten más cuidado alimaña de… -comenzó a decir la mujer que la había chocado, pero se detuvo abruptamente al ver a Hermione de pies a cabeza.

-Deberías de tener más cuidado con esa boca, Bellatrix –soltó Hermione irritada.

Si había una persona que le molestara más que cualquier otra dentro de las fuerzas mortífagas, era Bellatrix Lestrange.

-Disculpa querida, no te vi. Estaba ocupada en cosas más importantes que estar vagando por el castillo con un estúpido libro debajo del brazo –respondió con ese tono tan molesto, sarcástico y penetrante de ella.

Hermione frunció el ceño, mirándola con furia. Y de la nada se le ocurrió una respuesta inteligente.

-¿Qué es lo que haces tú aquí? De seguro mi señor se cansó de que le estuvieras lamiendo los zapatos a cada instante.

El rostro de Bellatrix se torció de manera grotesca, pero Hermione no pudo evitar sonreírle en la cara. Era claro que había dado justo en el blanco.

-Te crees muy valiente solo porque el Señor Tenebroso te ha adoptado y te ha dado comodidades, ¿no es así? Créeme que si dependieras de mi tú ya estarías descansado en la misma fosa que el estúpido traidor Weasley y estarías con el asqueroso Potter quemándote en el infierno.

Hermione sintió su interior arder, no solo porque la había ofendido a ella de una manera descarada, sino porque también había ofendido a sus dos mejores amigos ya difuntos. Entonces, sintió la necesidad de tomar su varita, pero controló el impulso y continuó atacándola con palabras, acercándose para acortar la distancia entre ellas.

-Si dices una cosa más me voy a asegurar de que la que se queme en el infierno seas tú. Que no se te olvide que eres mi sirvienta Bella, mi señor te colocó a mi disposición. Si te digo que te largues debes obedecerme, si te digo que debes darme de comer en la boca debes hacerlo. He sido demasiado buena contigo y te he dejado hacer lo que te venga en gana. Sabes que su poder no tiene precedentes y tiene muchas formas de saber si su querida protegida está siendo maltratada. Pórtate bien si sabes lo que te conviene.

Bellatrix se quedó viéndola fijamente a los ojos, con una mirada desquiciada que no inmutó a Hermione ni la hizo retroceder un solo centímetro. Súbitamente, su expresión cambió, y soltó un suspiro audible que le hizo saber a Hermione que ya no la atacaría de ninguna forma, pues parecía haber sopesado sus palabras.

-No deseo molestarte, Hermione. Mi señor me mandó a dar un mensaje a todos los mortífagos, incluyéndote. El día de mañana mi señor regresará al castillo al anochecer y convocará una reunión especial. Dijo que le honraría tenerte ante su presencia –respondió Bellatrix claramente reprimiendo el enojo, luchando contra sus salvajes instintos.

-Así está mejor. Por supuesto, allí estaré –dijo Hermione más tranquila.

Había ganado la batalla.

Se quedó parada justo donde estaba, dándole a entender que quería que se fuera, y así lo hizo. Bellatrix pasó a un lado de ella, teniendo cuidado de no rozarla y a unos pasos se transformó en una nube de humo negro que llenó el pasillo, y que avanzó con rapidez hasta perderse en una esquina, dejando completamente sola a Hermione.

Suspiró profundamente, intentado recobrar su temple. Cerrando los ojos se recordó a si misma que no tendría que soportar todo aquello por mucho más tiempo, y recordando qué era lo que la había hecho levantarse tan alegremente, retomó su camino para ir a donde Draco.

Una vez dentro de la sala de los menesteres, a Hermione no le era difícil encontrar a Draco, pues se había aprendido el camino ubicándose gracias a objetos determinados a su paso. El haber estado encerrado tanto tiempo parecía haber agudizado los sentidos de Draco, por lo que de inmediato percibía a Hermione desde mucho antes de que ella llegara a su lado.

A pesar de que no había nadie allí más que él, Hermione no dejaba de ser precavida y mantenía sus pisadas silenciosas, aunque esto realmente no le fuera de utilidad en aquel lugar.

-Hermione, sé que eres tú –soltó Draco con una ligera voz rasposa y claramente llena de alegría.

-Aún me sorprende que hagas eso –sonrió Hermione al llegar junto a su celda a la que se acercó para poder abrazarlo.

-Qué alegría que estés aquí, comenzaba a preocuparme porque no venías –respondió Draco de manera protectora.

-Lo sé y me moría de ganas de venir, pero he estado bastante ocupada. Tengo algo que contarte –recalcó sintiendo su corazón acelerarse de la emoción. –Pero primero, te he traído algo que te alegrará el día.

Hermione abrió su pequeña bolsa y sacó el plato rebosante de comida y se lo pasó a Draco entre los barrotes, la cual conservó su estado debido al encantamiento que le había puesto, sin tirarse del plato. En sus ojos pudo ver un brillo y sonrió de oreja a oreja, mientras tomaba el plato en sus pálidas manos y se sentaba el piso. De inmediato Hermione movió su varita apuntando al plato y el encantamiento se retiró, permitiendo que Draco comiera con libertad.

-Esto está delicioso Hermione, te lo agradezco de verdad. Moría de hambre, las sobras de anoche fueron muy pocas –dijo Draco deteniéndose un momento para poder hablar.

-No es nada. Me hubiera encantado traerte más, pero hubiera sido sospechoso –sonrió al verlo comer, y se sentó a un lado de él, de su lado de la reja.

-De verdad me preocupé Herm, creí que te había pasado algo.

-Todo está bien, a excepción de que me topé con Bellatrix antes de llegar contigo. Cómo la odio… -Hermione luchó por no enfadarse de nuevo.

-¿Supo a dónde ibas? –se apresuró a preguntar Draco con preocupación, tragándose el bocado por la sorpresa.

-No, no le permití averiguarlo. De todas formas no debes preocuparte por mí. Me preocupa más tu seguridad. Pero eso tampoco importa ya. Pronto nos iremos Draco –respondió con decisión. Él ignoró su comida y le dirigió una mirada de incomprensión.

-¿Irnos a dónde?

-Al pasado.

-Te…te refieres a, ¿regresar en el tiempo? Hermione, eso es imposible.

Ella lo miró por un segundo, y decidió que era el momento exacto para contarle lo mismo que había hablado con Ron la noche anterior; la parte de las reliquias y su breve historia en manos de Dumbledore, la parte del poder que las tres juntas podían darle, el hecho de que ella fuera la real dueña de la varita de sauco, especificándole que solo necesitaría un hechizo para completar el encantamiento, un hechizo que estaba segura, descansaba sobre la punta de su varita, listo para salir a la luz y darle la oportunidad que tanto había trabajado por encontrar.

-Ron probablemente esté en el bosque en este momento buscando la piedra, y yo estoy a solo unos encantamientos más de encontrar el hechizo adecuado, puedo sentirlo –respondió con emoción en su voz.

-Espera, hay algo que aun no entiendo. ¿Exactamente cómo vamos los tres a volver si solo tú controlaras las reliquias?

-Sé que el hechizo será lo suficientemente fuerte para permitir que los tres regresemos.

-Y, ¿dices que recordaríamos todo lo sucedido? ¿Todo lo que hemos vivido?

-Así es. Es la única manera de asegurarnos de que nuestro actuar nos lleve por un camino diferente a este.

Draco se quedó mirando el suelo. Hermione sabía que estaba considerando la oferta, y estaba librando una batalla interna.

-Sé que suena aterrador, pero sabes que todo esto está mal Draco. Nada de esto debió pasar. Te necesito conmigo, necesito a mi hermano a mi lado. Eres el único que siempre me ha comprendido y te necesito ahora más que nunca –dijo Hermione con dulzura, estirándose para tomar su mano, apretándola con fuerza.

Ambos se miraron por un momento, y con una sonrisa en su rostro, Draco asintió, para luego tirar abrazarse a través de los barrotes una vez más.

-Estaré contigo Herm, así sea lo último que haga.