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Expecto Patronum

(Materializar felicidad)

Concentrada en un par de palabras, Hermione continuaba con los ojos cerrados haciendo florituras en el aire con su varita. Se encontraba sola en su biblioteca personal, en la cual había movido un poco los muebles para hacerse de más espacio en el centro del cuarto. Murmuraba hechizos, intentando encontrar las entonaciones y pronunciaciones correctas, cuando de pronto un grito la sobresaltó, sacándola repentinamente de su trance y poniendo todos sus sentidos en alerta.

-¡Hermione! ¿Dónde estás? –gritó una voz que provenía de algún lugar de la sala común, la que de inmediato reconoció como la de Ron.

Hermione salió abruptamente de la habitación, con su varita en alto un tanto molesta por la interrupción. Corriendo hacia la sala principal, vio a Ron parado justo delante de la chimenea, con expresión relajada.

-¿Qué pasa Ron? ¿Por qué tanto alboroto? –se apresuró a preguntar esperando que no fuera una tontería.

-La encontré –soltó con una sonrisa pícara en su rostro levantando la mano para mostrarle la pequeña piedra de la resurrección.

Hermione se quedó congelada, podía sentir sus extremidades entumecidas por la emoción, y dio un ligero brinco de gusto, corriendo hacia él para verla con sus propios ojos. Con mano temblorosa la tomó de los dedos traslúcidos de Ron.

-Es hermosa… jamás creí que tuviera esta apariencia. No puedo creer que la hayas encontrado Ron –dijo Hermione embelesada por aquella piedra, a la que no le quitaba la vista.

-¿Por qué siempre el tono de sorpresa, Hermione? Jamás dudes de mí –respondió Ron con una sonrisa atrevida mientras le guiñaba un ojo. Ante aquella inesperada reacción por parte de su amigo pelirrojo, Hermione no pudo evitar sonrojarse un poco.

-Bueno, tú dijiste que sería muy difícil encontrarla –replicó Hermione sentándose en uno de los sillones negros de cuero, aun sosteniendo la piedra en sus dedos, dándole una mirada incrédula.

-Lo fue, no tienes idea de cuánto pero aquí está, tal como te lo prometí.

-¿Te das cuenta, Ron? Estamos a solo un paso de lograrlo. Ahora solo necesitamos la varita…

-Y tu encantamiento –recalcó. Hermione asintió firmemente con la cabeza.

-Estoy a punto de hacerlo Ron, ese es el menor de mis problemas –respondió en tono altanero. –Mañana le avisaré a Draco de la piedra. Te lo agradezco mucho.

Hermione pudo ver timidez en el rostro del fantasma, y por un instante le pareció que se sonrojaría si pudiera.

Luego de charlar un rato más sobre posibles formas de robarle la varita al Señor Tenebroso, Ron se marchó con la excusa de no querer molestar más a Hermione para que continuara con el hechizo. Hermione guardó cuidadosamente la piedra de la resurrección en su baúl, envuelta en la capa de invisibilidad y volvió a la biblioteca, donde continuó practicando.

Hermione se perdió entre las horas mientras daba vueltas en la sala, pasando frente a la chimenea, rodeando los sillones de cuero negro y esquivando algunos libros que habían quedado apilados precariamente en el suelo, todo aquello de manera automática. Mientras lo hacía, murmuraba oraciones en latín de conjuros que creía podrían resultar para darle el enfoque final que el hechizo necesitaba. Dándole un rápido vistazo al reloj sobre la chimenea, se dio cuenta de que ya pasaba la una de la madrugada. De inmediato dirigió su vista hacia otro lugar, intentando recobrar el hilo de las palabras que salían de manera rápida de sus labios.

Una cosa muy misteriosa era el tiempo. Ahora que Hermione tenía una meta, un propósito a cumplir sentía que éste se le iba de las manos, que se resbalaba entre sus dedos como cuando uno intenta contener agua en las manos echas cuencos. Era curioso el que el tiempo y ella se encontraran siempre de formas tan misteriosas y en aquel instante no era la excepción. En vez de intentar modificarlo simplemente, buscaba regresarlo, así, como la misma palabra lo decía. Pareciera que el tiempo y ella fueran grandes amigas, ahora que la meta de ambas era la de regresar a un momento en el que las dos pudieran estar en armonía.

Tiempo.

Tiempo. El concepto daba vueltas sin fin en la mente de Hermione de manera apacible. De pronto, detuvo su andar con lentitud, hasta quedar parada frente a la chimenea. Su vista estaba fija en el fuego que crepitaba sin cesar, mientras sus pensamientos estaban en un lugar muy lejano. Hermione no se movía, se creía en un limbo interior en el que se sentía muy cómoda, pues le daba lugar para dar rienda suelta a sus pensamientos. El silencio se cernió en el lugar, y lo único que era muy audible a sus sentidos era el marcar de las manecillas del reloj sobre la chimenea, el típico "tic, tac" que a veces le hace a uno perder el sueño gracias a su ritmo consistente, inmutable, y algunas veces molesto.

-Tempus… -susurró de manera apenas audible, aún perdida en ella misma.

Súbitamente la comprensión la golpeó… supo cuál era la palabra faltante en la entramada línea de palabras que había seleccionado para activar el encantamiento. Susurrando nuevamente el conjuro, buscó en la entonación el lugar para la última palabra y finalmente lo encontró.

Cada fibra de su ser le decía que debía probarlo y saber de una vez por todas si aquel hechizo serviría para sus propósitos. No tenía el poder suficiente para volver mucho en el tiempo, pues para ello era necesario el poder de las reliquias, pero si el hechizo de verdad servía ella lo sabría.

Sintió un ligero nerviosismo recorrer su cuerpo mientras caminaba inconscientemente hacia el centro de la sala de Slytherin con la varita fuertemente apretada en su mano. Sin poder evitar el nerviosismo, le dio varias vueltas a su varita antes de cerrar los ojos. Exhaló e inhaló repetidas veces para tranquilizarse.

Abrió los ojos y se fijó en que el reloj marcaba la una con treinta y siete minutos. Asintió para sí con la cabeza y con la frente en alto volvió a cerrar los ojos. Con precisión, articulación y blandiendo su varita con destreza fue pronunciando cada palabra del conjuro que ella misma había terminado de crear. Al llegar a la última palabra y pronunciarla, sintió como si le hubieran dado un leve puñetazo certero en el estómago y la cabeza le dolió ligeramente. Cuando abrió los ojos, se sorprendió al ver que estaba parada frente a la chimenea, mirando las llamas que danzaban sobre los troncos secos que estaban quemándose. Rápidamente elevó su mirada hacia el reloj sobre la chimenea… marcaba exactamente la una con quince minutos…

Lo había logrado... había vuelto en el tiempo.

De la sorpresa, Hermione retrocedió hasta dar con uno de los sillones y se sentó en él, aún sin poder creer que finalmente lo hubiera conseguido. Sonrió aliviada mientras un extraño nudo se formó en su garganta. Por un instante se sintió ridícula, pues las ganas de llorar la invadieron... pero esa sensación era diferente, las lágrimas que rodaban por sus mejillas eran de felicidad, una felicidad auténtica e inmensa de la que había carecido la mayor parte de su vida.

Aquella era la primera vez que lloraba de alegría, por lo que se permitió expresarla de esa manera, dejando que la felicidad de dicho logro la llenara por completo.

Cuando pudo calmar sus emociones, una idea asaltó sus pensamientos. Corrió a su habitación y del baúl debajo de su cama sacó algunos pergaminos, tinta y pluma, y regresó de nuevo a la estancia.

Rato después, Hermione terminó de escribir sobre una hoja de pergamino una carta… la carta que le daría a Lucius y Narcissa Malfoy una vez que pudiera regresar en el tiempo, con la intención de explicarles lo que sucedería con ella, si todo salía bien. Su decisión estaba hecha.

Guardando todo lo que había empleado, creó un sobre y luego de poner el destinatario en el mismo la colocó sobre la chimenea.

La habitación, continuaba siendo bañada por tonos naranjas danzarines junto con el sonido del fuego crepitando dentro de la chimenea. Sobre la mesa de centro, había colocado las dos reliquias que tenían hasta el momento; la piedra de la resurrección y la capa de invisibilidad. Hermione no sabía muy bien porqué había decidido ponerlas allí, pero realmente no le importaba en aquel momento. Se quedó mirándolas, como si esperara que en algún momento se movieran o se fueran por si solas a algún lado.

Estaban por juntar las tres reliquias de la muerte, y eso la asustaba y la emocionaba por igual. No quería imaginarse lo que pasaría si algo llegaba a salir mal, si ella no lograba controlar el poder que las reliquias le dieran. Evitando que su mente la llevara por aquel camino, intentó pensar en otra cosa para distraerse. Y de pronto, la memoria de Harry salió a flote. No podría expresar con palabras lo mucho que lo extrañaba, lo mucho que deseaba contarle que lo que le había jurado se haría realidad, lo mucho que deseaba verlo de nuevo.

En ese instante sus ojos se clavaron en la piedra de la resurrección, y se quedó sin aliento. Tragó saliva con dificultad. Harry había logrado ver a sus padres, a Sirius, a Lupin y a Ron gracias a ella. Incluso Cadmus Peverell, el primer poseedor de la piedra, había logrado ver a su difunta prometida una vez más.

Entonces el deseo la dominó.

Debía ver a Harry por última vez, hablarle y pedirle perdón… lo necesitaba. Sintió temblar su mano cuando extendió el brazo para tomar la piedra de la mesa. Cuando la tuvo la miró detenidamente, y apreció el símbolo de las reliquias de la muerte con claridad al inclinarlo un poco para que el reflejo del fuego de la chimenea le permitiera verlo. Se sintió temblar de pies a cabeza, pero sabía lo que debía hacer a continuación. Se levantó con cuidado del sillón y entonces cerró los ojos. Tomando la pequeña piedra entre sus dedos la giró una vez, luego otra y finalmente otra más…

Su corazón se aceleró de tal forma que podía sentirlo palpitando en sus sienes, pero no se atrevía a abrir los ojos. No podría con la decepción de no verlo frente a ella. Sintió la adrenalina recorrer su cuerpo mientras intentaba sentir o escuchar una señal que le dijera que era seguro mirar.

-¿Hermione?

La voz que escuchó le dio la fuerza suficiente para abrir los ojos y entonces lo vio… vio a Harry parado frente a ella, dándole una tímida sonrisa. Hermione rompió a llorar en el instante en que lo vio de pies a cabeza y su mente le aseguró que en verdad estaba en la habitación. Se veía parecido a Ron, transparente, pero de forma un poco más sólida.

-¡Harry! –soltó Hermione con alegría apenas pudiendo hablar, mientras las lágrimas rodaban sin pena por sus mejillas.

-No llores, Hermione… por favor –contestó Harry con ternura. Eso solo la hizo llorar con mayor intensidad.

-Quiero abrazarte, Harry –respondió con voz quebrada, sollozando.

No resistía la distancia y el hecho de que él no estuviera del todo allí. Sentía que su corazón terminaba por romperse en pedazos pequeños.

-También yo, Hermione. Aunque me temo que eso ya no es una opción –dijo un poco decepcionado, aún con una ligera sonrisa sobre sus labios.

-Te he extrañado tanto, mucho, no sabes cuánto. Ron y tú murieron por mi culpa, no están aquí y todo es mi culpa –Hermione hundió su cara entre ambas manos. Se sentía morir.

-No te culpes Hermione. Sé que todo lo que sucedió pasó por una razón. No me gusta verte llorar.

-Perdón, perdóname, por favor –soltó Hermione sollozando de nuevo, intentando secar sus lágrimas para poder tener una visión más clara del chico parado frente a ella. Sin poder tocarlo, se abrazó a sí misma, para intentar ganar un poco de tranquilidad. –Me arrepiento de todas las cosas que hice, todas las mentiras, todo. Yo… yo creía conocer lo que era el amor, el amor puro y sincero hasta… hasta que tú me mostraste lo que sentías por mí. Entendí… entendí que el amor era algo mucho más grande. Desperdicié toda mi vida creyendo que lo que me habían enseñado era todo lo bueno que podía haber en este mundo. Me hicieron creer que el poder era lo más importante, nada más. Solo… solo desearía haberme dado cuenta antes.

-Nunca es tarde Hermione –respondió Harry con tranquilidad y gesto sincero. Hermione se limpió las lágrimas de nuevo de sus mejillas y tomando fuerza de las palabras de Harry, se irguió cuan alta era, y le sonrió mientras sentía más lágrimas llenar sus ojos.

-Lo sé Harry. Es por eso que solucionaré esto. He encontrado la manera de hacerlo.

-¿De… de verdad? ¿Cómo? –la expresión de Harry fue de sorpresa.

-Con el poder de las reliquias de la muerte. Si las obtengo…

-Serás el amo de la muerte –murmuró completando lo que ella diría.

-Sí, y tendré el poder de regresar en el tiempo, volver a un punto donde nada de esto haya pasado aún. Podré volver a un punto donde lo que sucedió, lo que ayudé a crear, pueda ser modificado –respondió Hermione con voz más firme.

Harry la miró por unos instantes.

-¿Cómo sabes que las reliquias te darán ese poder?

-No lo sé –musitó Hermione, sintiendo el nerviosismo llenarla de nuevo. Harry caminó un poco hacia la chimenea, claramente preocupado.

-Pero si no resulta, si las cosas no salen como planeas entonces…

Ambos se miraron fijamente. Harry no necesitaba concluir la oración. Sabían bien que si Hermione, Draco y Ron fallaban entonces no habría marcha atrás.

Los dos sabían muy bien que ella podía morir en el intento.

Hermione asintió con la cabeza, con un nudo en la garganta que no le hizo posible responderle con palabras. Harry miró la chimenea, y ella sintió que pensaba en una y mil cosas a la vez, prueba de que había entendido la gravedad del asunto. De pronto, se giró, mirando la mano de Hermione y apuntado a ella dijo:

-¿Cómo conseguiste la piedra?

Hermione dudó un momento, y lágrimas bajaron nuevamente por su rostro. Miró la piedra unos instantes.

-Ron me contó que te vio… momentos antes de morir. Me contó que llamaste a tu madre, a tu padre, a Sirius, a Lupin y a él. Me dijo que pudiste verlos por última vez…

Para su sorpresa, Harry esbozó una sonrisa de felicidad, aquella que siempre le había transmitido a Hermione tranquilidad, que en aquel momento la hizo sentir bien.

-Estoy con ellos ahora. No me he podido separar de ellos desde que morí y me reuní a su lado. Estoy con mis padres al fin. No hay manera de describirte la paz y tranquilidad que siento ahora. Pero… aun así me siento… incompleto. Ron no está, y… tú tampoco –respondió agachando la cabeza, con la tristeza llenando sus rasgos traslúcidos.

-Lo arreglaré Harry. Pero una vez que lo haga… no recordarás nada de esto. Nada –suspiró Hermione mirando la piedra de nuevo.

-Pero el destino es conocernos… los tres. Eres la mejor en hechizos, sé que cuando llegue el momento nos volveremos a ver.

Ante sus palabras, Hermione no pudo contenerse de sollozar de nuevo. Si su plan funcionaba tal y como estaba pactado, tendrían que pasar años antes de que pudiera volver a verlo. Pero sabía que al final, la espera valdría la pena.

-Debo irme Hermione. Mi tiempo aquí no puede ser tan prolongado como quisiera.

Hermione solo logró asentir con la cabeza, y dejó que sus ojos encontraran los de Harry.

-Gracias. Gracias por haber puesto esas imágenes en mi cabeza antes de que yo... –Harry no pudo terminar aquella oración, y se quedó en silencio por un breve momento, hasta que pareció encontrar algo más qué decir.

-Lo del beso en la tienda… ¿fue real? –preguntó un tanto temeroso.

Hermione sonrió de oreja a oreja.

-Sí, fue real –respondió con tranquilidad y felicidad a la vez. –Quisiera poder repetirlo justo ahora.

Harry sonrió ampliamente y lentamente caminó hacia ella. Hermione no pudo apartar sus ojos de los de él, que conservaban la misma intensidad, la misma fuerza. Finalmente quedaron cara a cara, a una distancia demasiado corta. Harry miró sus labios y elevando una mano, acercó sus dedos a ellos, queriendo tocarlos. Hermione cerró los ojos y pudo sentir como si una leve brisa helada pasara sobre ellos, acariciándolos gentilmente.

-Siempre te querré Hermione. Aunque yo no lo recuerde, tú no lo olvides –escuchó el susurro de la voz de Harry en su oído. Aún con los ojos cerrados lágrimas rodaron por sus mejillas y un inmenso nudo se formó una vez más en su garganta.

-Siempre te querré también Harry. Siempre…

En ese instante dejó de sentir la sensación helada sobre sus labios, y manteniendo los ojos cerrados, supo que él finalmente se había ido.