Muchas, muchas hojas salieron en este capítulo que es especialmente triste pero no les quiero adelantar nada. Decirles solamente que me es muy díficil tener tiempo libre para poder escribir así que no les daré una fecha ni nada porque probablemente este mintiendo u-u Bueno, aparte de eso, este capítulo fue algo complicado ya que no habia escrito nunca algo así, es decir de ese ámbito, sabrán cuando lo lean. Desde ya muchas gracias a las personas que comentaron el capítulo pasado, me dan ánimos de no dejar esta historia que amo. Les diré que estaré subiendo capitulos de El Perdedor por lo menos una vez al mes, y de Anything Could Happen aún no hay noticias, estoy en un trance con ese fic, lo lamento. Bueno, nos los distraigo más y a leer.
Disclaimer: THG no me pertenece y la canción "Safe and Sound" de Taylor Swift que fue usada para este capítulo tampoco es mía.
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La semana que pasamos en el distrito 4 fue una de las más cortas de mi vida, pero a la vez, una de las más divertidas y estresantes, he de decir, de ella. Mi amistad con Finnick crece a pasos agigantados al igual que mi relación con Katniss, que pareciese fortalecerse con el paso de los días. Pese a eso, soy incapaz de evitar sentirme extraño y con una molestia en mi pecho que crece constantemente con el paso de los días que estamos aquí desde el día tres, y que no termina hasta una noche antes de irnos, cuando Finnick ya es capaz de enseñarme a montar una tabla de surf sin caerme por culpa de mi equilibrio o mi pierna. Es una sensación completamente nueva, que me aprieta los nervios y no los suelta desde entonces. Siento que mi pecho se contrae y espera soltarse sin ningún alivio. Con el paso de los días voy notando que la taciturnidad en la que me veo sumergido no se va, al contrario, aumenta.
Para Katniss cada vez es más díficil sacarme de mis letargos y por fin, mis pesadillas han sido capaces de despertarla cuando abro los ojos envuelto en una maraña de sábanas que me atrapan y el sudor helado corriendo por mi cuerpo y un grito a medio morir en mi garganta. Me gustaría decir que sé a lo que me enfrento, que de a poco mis noches sin pesadillas vuelven, pero no es así. El día en sí es una montaña de emociones en donde no tengo tiempo para preocuparme por los extraños y más que inquietantes sueños que acuden a mí cuando la luz del día se va, cuando la noche llega y no soy capaz de conciliar el sueño a pesar de que el cansancio es más fuerte que yo. Cierro los ojos y miles de imágenes de los Juegos se repiten y de a poco, las personas que mueren en la arena ya no son tributos, son mis padres, mis hermanos, Prim, la señora Everdeen. Es ahí cuando, con la manos bañadas en sangre de la gente a la que quiero, me despierto, cuando dientes de muto se clavan en mi corazón una y otra vez hasta que ya no soy capaz de sentir mis propios latidos.
La última noche en el distrito 4 no es distinta a todas las anteriores, al contrario, mis sueños parecen ser más vívidos y el corazón me late tan deprisa que tengo miedo de que se salga de mi pecho. Katniss está recostada sobre mi torso, con una de sus manos entrelazada a la mía. Con una de mis camisetas que le queda algo grande ya que no se siente cómoda con las prendas que eligió Cinna. Yo tomándola de la cintura y aferrándola a mi cuerpo con fuerza. Son cerca de las dos de la mañana cuando agotados después de hacer el amor, Katniss se queda dormida. Sus ojos plateados se rinden al cansancio y yo me quedo en vela, sabiendo lo que pasará si llego a cerrar los ojos y caer dormido. Me repito que es la última noche de todas, que luego estaremos en el distrito 12, que pese a todo es mi hogar. No soy capaz de durar mucho rato despierto de todas formas. Mis párpados caen y soy transportado a la inconciencia. Es ahí cuando comienza la pesadilla, pesadilla que no llegaría a conprender hasta un día después. Todo empieza de la misma manera que las veces anteriores. Mi familia, la de Katniss y amigos de la zona comercial en los Juegos y con la mínima posibilidad de salir de ellos. Veo como mis padres son asesinados, como Prim muere a manos de los mutos, como Connor es picado por las rastrevíspulas y hasta ahí, es igual al resto hasta que veo como Nathan es acribillado a balazos por Snow. Su cuerpo maseteado es derribado por inumerables balas y veo cómo la sangre crece a borbotones de su cuerpo lleno de agujeros. Sus ojos claros avellana se quedan sin luz y su cabello rubio se apaga. Su piel de a poco se va quemando en un fuego negro que lo deja a carne viva. Sus gritos me taladran los oídos, y su cuerpo quemado se acerca hasta mí en un abrazo que podría ser fraternal si no fuese porque mi cuerpo también se va quemando, y veo cómo me quedo sin piel y mis huesos de a poco se van entreviendo por la carne quemada. Cuando ya no soy capaz de soportar más dolor físico, cuando los gritos y lamentos de Nathan son insoportables es entonces cuando despierto.
Tiemblo, tanto que creo que la cama se mueve conmigo. Mis manos ya no están en la cintura de Katniss, están agarrotadas sobre el colchón, clavándome las uñas en las palmas que ahora sangran manchando las sábanas blancas. Un sudor frío cubre mi cuerpo desde la cabeza hasta la punta de los pies. Mis músculos están tan contraídos que me causan dolor cuando intento moverme para salir del enredo de telas que está en mi cuerpo. Esto se parece mucho a otras noches pasadas si no fuera porque ahora unas gruesas lágrimas surcan mi rostro y siento como una presión en mi pecho se queda ahí y no se marcha más. En la oscuridad soy capaz de ver los ojos felinos de Katniss, más preocupados que de costumbre y con sus manos sobre mi pecho, luchando para que mi cuerpo vuelva a relajarse y esté calmo. No funciona.
-Peeta, tranquilo, es sólo una pesadilla - las palabras de Katniss no parecen llegar hasta mí, es como si me atravesaran y no fueran capaces de ser procesadas por mi cerebro confundido. El llanto que parecía haber estado callado ahora es más fluído y las lágrimas salen a caudales que no soy capaz de controlar. Me siento en la cama pese a las protestas de Katniss de que permanezca tumbado, esperando a que me calme. Me paso las manos por el rostro empapado y la sangre de ellas queda en mi cara. Siento unas náuseas horribles y unas ganas de devolver todo lo que he ingerido en todo el día. Me llevo las manos a mi cabello el cual desordeno y me cubro los ojos cuando las manos suaves y tersas de Katniss se posan en mis hombros desnudos. A su tacto me estremezco. Es como si me hubieran colocado una de esas armas que usa el Capitolio para producir corrientes eléctricas. Me sacudo su contacto, asustado por la cercanía de una persona. Me paro de la cama revuelta, más que nada impulsado por el medio de vomitar en la habitación y corro hasta el baño, azotando la puerta cuando salgo. Llego dando tumbos hasta el baño, sintiendo los pasos de Katniss tras de mí.
Cuando me desplomo sobre el váter, mi estómago termina de aguantar y devuelve toda la comida que he ingerido durante el día. Siento un sudor helado recorrerme la espalda desnuda y la frente donde se me pega el cabello debido al líquido. La bilis se queda en mi garganta hasta que soy capaz de botarla, con fuertes espasmos que me sacuden y me obligan a permanecer con la cabeza en el escusado. Odio vomitar, sentir esa sensación de que se saldrá hasta mi alma si sigo devolviendo comida. Creo que estoy en la tercera tunda de vómitos, cuando Katniss llega a mi lado y pasa su mano suavemente por mi espalda empapada y va intentando calmarme con susurros y palabras amables.
-Tranquilo, tranquilo - es realmente algo extraño que sea Katniss quién me calme cuando ella no es de palabras. Pero sé que está a mi lado y espero que lo de la salud y la enfermedad esté presente en su cabeza y no sus ganas de huir cuando ve a alguien enfermo o herido. Suspiro cuando ya no soy capaz de sentir arcadas que vengan a mí, levantándome de a poco, tirando la cadena y sentándome cuando el mundo deja de girar a mi alrededor, cuando ya no veo doble cada cosa de la habitación. Siento mi rostro algo pegajoso y la cara de Katniss aparece en mi campo visual. Sus ojos están brillantes y su ceño está fruncido en una expresión que recuerdo a la perfección. Fue un par de días antes de nuestra boda y yo corrí al bosque luego de mi pelea con Gale. Ahora todo es distinto. -¿Ya estás mejor?- su voz me llega como un susurro y asiento cuando su cuerpo esta frente al mío. Paso mis brazos por su cintura, cuidando de no manchar su ropa con la sangre de mis manos rotas y recargo mi cabeza a la altura de su estómago plano y suspiro, manteniendo mis ojos cerrados.
-Ya no gira el mundo así que debería estar mejor - mi voz suena pastosa y suelto un gemido de frustración. Katniss parece no creerse mi pobre excusa ya que toma mi rostro entre sus manos y lo eleva hasta que nuestras miradas se cruzan.
-Me asustaste, jamás habías llegado a vomitar por una pesadilla - asiento cansadamente, porque no soy capaz de responder y vuelvo a esconder mi rostro en su vientre. - Peeta, mírame. ¿Qué pasa?- niego, apretando mis manos, en donde siento que la sangre ha vuelto a escurrir. La fuerza con la que me enterré las uñas debió haber sido mucha para que la sangre quiera seguir saliendo. Katniss ahora parece insistir más fuerte ya que mis oídos pitan por su voz que siempre me ha parecido melódica. -¿Qué soñaste Peeta?-
-No quiero hablar de ello, por favor, no ahora - Katniss suspira, algo más frustrada que antes y luego asiente, sabiendo que es mejor darme mi espacio personal mientras me recupero y yo elevo la mirada hasta que capto sus ojos grises, tan profundos y tan tempestosos como una tormenta. Toma mi mano entre las suyas y me obliga a pararme hasta quedar frente al espejo de cuerpo entero. Y la persona que se refleja en él, no soy yo.
Mi cuerpo esta cubierto por una capa de sudor frío, y algo de sangre que ha salido de mis manos. Mis pantalones grises están manchados y de mis palmas aún sale sangre que cae hasta perderse en el suelo de madera flotante. Mi rostro esta manchado de carmín y hay unos surcos que son los caminos de mis lágrimas descontroladas. Aparte de eso, estoy blanco como el papel, cabello con sangre seca y desordenado, y ojeras de muerte que evidencían mi mal dormir. Tiemblo ligeramente, no sé si por frío o por el terror pero soy consiente de que mi aspecto no es el mejor.
- Lo mejor es que te des una ducha con agua tibia y luego te vendaré las manos para que no se te infecten las heridas.- asiento taciturnamente y apoyo mi frente en las paredes heladas que logran que mi estómago se regularice. - Peeta - miro a Katniss, quien parece pensarse algo pero luego suspira y se guarda lo que sea que haya querido decir. Se pone en puntitas y me da un beso casto en la mejilla y se va cerrando la puerta tras de sí.
POV Katniss
Suspiro en cuanto cierro la puerta del baño y me recargo en ella, haciéndome cada vez más pequeña. Es la cuarta noche, desde que estamos aquí, que Peeta tiene pesadillas tan vividas que ya es capaz de despertarme cuando su agarre se hace más fuerte o su respiración se vuelve errática. Pese a todo, mantiene esa sonrisa que lo caracteriza durante el día, riendo y bromeando sin preocupaciones. Pero durante la noche no es capaz de descansar y dormir más de dos horas. Se despierta congelado de terror, con el rostro blanco y los ojos dilatados. Sus ojeras de a poco se fueron notando y su humor de a poco fue más susceptible, dejándose entristecer o enfadar por cosas simples, como que un dibujo no saliese, o que se cayera de la tabla de surf.
Escucho como la canilla del agua se abre y el rocío de la ducha empieza a caer contra el piso de cerámica. Me pongo de pie y camino hasta el baño de la habitación contigua, me pongo de cuclillas y busco en los muebles, encontrando en uno de ellos, un botiquín de primeros auxilios. Hay vendas, alcohol, desinfectante, yodo, suturas, etc. Vuelvo sobre mis pasos, lento, esperando a que Peeta salga.
La preocupación es más grande que yo. Siempre pensé que Peeta era más fuerte de lo que yo podía haber sido, soportando las pesadillas y el dolor de la arena. Siempre fue más resistente, mostrando una sonrisa en su rostro, no dejando que el dolor turbe sus ojos claros. Ahora es al contrario y estoy desesperada. No sé como reaccionar ya que normalmente es él quién carga con mis miedos, quién seca mis lágrimas y pelea contra mis demonios. Ahora es mi turno, estar a su lado y ser lo que él necesita, pero estoy aterrada, tengo miedo de defraudarlo, de no ser capaz de darle mi apoyo como Peeta lo ha hecho.
El paso de los minutos es veloz, y Peeta sale del baño con una toalla envuelta en su cadera, y con otra secándose el cabello. Su mirada cada vez es más cansada y veo como el brillo que caracteriza sus ojos es cada vez más escaso. Se sienta en la cama, dándome la espalda, mientras se seca el cabello rubio con una fuerza que yo considero innecesaria. Saca de un cajón unos bóxers blancos y unos pantalones azules que deja sobre la cama. De sus manos ya no sale sangre, pero están rojas y con medias lunas en sus palmas debido a la presión de las uñas. Me acerco a su lado y saco del botiquín alcohol y algodón. Lo rocío sobre la mota y tomo la mano de Peeta entre las mías, esparciendo el alcohol sobre las heridas. Mi chico del pan reprime un gemido y mira atento a sus manos dañadas, frunciendo el ceño cuando le duele.
-Es extraño verte intentando curar mis manos cuando eres la primera en huir cuando ves sangre - hay un tono divertido que percibo y me hace fruncir el ceño ante sus bromas. Pese a eso le sonrío de vuelta y envuelvo su mano en un guante de vendas y la dejo sobre mi regazo. Tomo la siguiente y hago el mismo proceso bajo la mirada azul de Peeta.
-Es sólo porque eres tú - mis mejillas toman un color rosa, que no se disipa hasta que Peeta toma mi rostro con su mano curada.
- Gracias Preciosa - miro sus ojos azules, levemente más brillosos que antes. Cierra la distancia en un beso suave que manda corrientes eléctricas a través de mi torrente sanguíneo, logrando que el fuego de siempre vuelva a nacer. Enredo mis dedos en su nuca y lo jalo hasta mí, hundiendo mi lengua en su boca, donde el sabor a menta del dentífrico no se ha ido. De su voz sale un ligero gemido y finaliza el beso con uno más suave, rozando nuestras narices y juntando las frentes.
-Vístete, tienes que dormir - Peeta ríe y me da un beso en los labios que no tengo problemas en responder. Se pone de pie y se coloca los bóxers y luego los pantalones, bajo mi atenta mirada que escanea su espalda musculosa y su cintura estrecha. Toma la toalla y se deja caer en la cama, con su cuerpo entre mis piernas, dándome la espalda, donde coloco mis manos cálidas pasándolas por sus hombros, tomando la toalla de sus manos. Comienzo a frotar su cabello rubio, cuidando de no pasarla muy fuerte, sacando el agua de sus mechones lacios. - Me encanta tu cabello - suelto en un susurro que no podría haber oído a menos que este a mi lado. Peeta suelta una risa y se gira, quedando su rostro frente al mío.
-Me encantas completa Kat - inflo los mofletes y Peeta gira, dando vuelta su cuerpo, quedando de frente, donde toma mi cintura y descansa su cabeza en mi cuello. Deslizo mis dedos por su nuca, enredando sus rizos rubios. No sé cuanto tiempo estamos así, acariciándonos el uno al otro, hasta que Peeta eleva el rostro y me mira expectante. - ¿Me cantas una canción?-
Enarco una ceja porque no he cantando desde la muerte de Rue, pero sé que quiere dormir y que una nana puede relajarlo y hacer que duerma unas horas antes de que nos vayamos mañana. Me deslizo en la cama y asiento. Peeta se recuesta sobre la almohada, descansando su cabeza cerca de mi mano que por inercia comienza a acariciarle la frente y el cabello. Cubrimos nuestros cuerpos con las colchas, y me acomodo entre sus brazos donde comienzo a cantar una melodía lenta y relajada.
I remembe tears streaming down your face
Recuerdo las lágrimas bajando por tu cara
When I said, I'll never let you go
cuando dije que nunca te dejaría marchar,
When all those shadows almost killed your light
cuando todas aquellas sombras casi matan tu luz.
Era una canción ciertamente triste que hablaba de la guerra. Era una nana que cantaba una madre a sus hijos antes de dormir mientras fuera se desata una batalla en la que ninguno es participe y mucho menos culpable. Mi padre la cantó un par de veces, cuando íbamos al bosque y los sinsajos se paraban a escuchar la armoniosa voz que tenía papá. Siento una alegría casi inaudita cuando me doy cuenta que no he olvidado esta canción a pesar de que hace muchos años no la canto. Peeta parece ido, distraído con mi voz y jugando como he visto a Buttercup con la punta de mi trenza. Sus ojos azules están cansados y puedo notar como se cristalizan cuando el cansancio le va ganando a Peeta.
I remember you said
Recuerdo que dijiste,
Don't leave me here alone
no me dejes aquí solo,
But all that's dead and gone and passed tonight
pero todo aquello está muerto y en el pasado esta noche.
Just close your eyes
Sólo cierra tus ojos,
The sun is going down
el sol se está poniendo,
You'll be alright
estarás bien,
No one can hurt you now
nadie puede ahora hacerte daño.
Come morning light
Cuando venga la luz de la mañana,
You and I'll be safe and sound
tú y yo estaremos sanos y salvos.
Ciertamente consideraba que la letra no venía al caso. Peeta y yo no estábamos a salvo de nada. Tal vez de las armas que podían herirnos físicamente pero estábamos expuestos desde el mismo día en que salimos con vida de la arena. Y aún antes de eso, siempre estuvimos en peligro debido a la Cosecha, a los Juegos, a todo. Pero quiero creer que algún día esta canción tendrá un sentido. Que algún día podré decirle a Peeta que estaremos a salvo, que el Capitolio no nos amenazara y que podremos ser capacez de vivir nuestra vida juntos, lo más tranquila que puede ser para un Vencedor de los Juegos del Hambre.
Don't you dare look out your window
No te atrevas a mirar por la ventana,
Darling everything's on fire
cariño, todo está ardiendo.
The war outside our door keeps raging on
La guerra fuera de nuestra puerta sigue rugiendo.
Hold on to this lullaby
Aférrate a esta canción de cuna,
Even when the music's gone, gone
incluso cuando la música se haya acabado, acabado.
Deslicé mis dedos suavemente por su mandíbula cuadrada, por sus pómulos redondos, por su nariz fina y respingada, por sus cejas rubias y luego sobre sus párpados, manteniendo sus ojos azules cerrados. Pasé mis manos por sus mechones rubios, por su frente pálida, por sus labios con sabor a canela. Labios que me habían llevado a la cima más de una vez. Detuve mis pensamientos cuando las noches con Peeta me asaltaron y lograran que sus labios rosados se vieran aún más apetecibles, rozando en lo perfecto. Y me sorprendí a mí misma queriendo que Peeta se despertara e hiciéramos el amor como hace unas horas, cuando nuestros cuerpos sudados brillaban a la luz de luna.
Just close your eyes
Sólo cierra tus ojos,
The sun is going down
el sol se está poniendo,
You'll be alright
estarás bien,
No one can hurt you now
nadie puede ahora hacerte daño.
Come morning light
Cuando venga la luz de la mañana,
You and I'll be safe and sound
tú y yo estaremos sanos y salvos
La respiración de Peeta era acompasada y tranquila, sus pestañas doradas revoloteaban cuando dormía y sus párpados escondían los ojos azules del chico del pan. Sus manos descansaban en torno a mi cintura, aferrándome a su cuerpo duro y musculoso. Descansé mi cabeza justo en el hueco que quedaba entre su cuello y su hombro. Su aliento a menta me llega en el rostro. Circula a través de su boca entreabierta y sus labios donde deposito un beso tímido que me pone los pelos de punta y me hace sonrojar. Cuando deslizo mis dedos por su pecho desnudo, Peeta se estremece y suspira algo rápido. Su sueño es mucho más relajado que el resto de los días, ya no suda cuando duerme ni tuerce su boca en un gesto de incomodidad cuando las pesadillas acuden a él. Me prometo a mí misma cantarle cada noche antes de dormir para evitar que tenga pesadillas durante su descanso.
De a poco siento que mis ojos se van cerrando, y me sumerjo en un sueño donde Peeta es el único protagonista.
-O-
Son cerca de las cinco de la tarde, el sol de a poco se va escondiendo entre las nubes que cubre el distrito doce mientras el tren va avanzando en dirección a mi hogar. Peeta está mucho mejor, sus ojos ya no están llenos de miedo y tampoco parece que su humor esté afectado, sólo algo más taciturno y callado, aunque eso se ha vuelto habitual en él. Pero eso no afecta nuestra dinámica de pareja a la cual de a poco me acostumbro. Miro sus pestañas rubias, tan invisibles a la luz de invierno que hay en el distrito minero. Sus manos vendadas descansan sobre mi cadera, y la otra sobre su abdomen marcado. Estamos recostados en nuestra habitación en el compartimiento del tren. Uno de los audífonos que Peeta suele usar está en mi oreja, enganchado, escuchando un grupo bastante antiguo de antes de los Días Oscuros, The Beatles. Los ojos del chico del pan están cerrados y su respiración es algo acompasada, logrando calmar la mía. Me acomodo entre sus brazos, más que nada porque la blusa manga corta hace que me de frío, así que intento que el calor corporal de él me ayude. Me remuevo y Peeta abre los ojos, enfocando sus mares azules en mí. Peeta usualmente tiene una temperatura corporal más alta que la mía, ya que está acostumbrado a dormir con las ventanas abiertas por las noches, excepto en el invierno, cuando el frío es excesivo y podría causarle alguna enfermedad. Pasa sus brazos, aferrándome por los hombros y luego toma las sábanas y nos cubre con ellas, logrando que a los pocos minutos entre en calor. Aún me sorprende la forma que tiene para leerme sin dificultad, cuando a mí me cuesta un montón saber que esta pensando, como ahora, cuando su vista azul se queda enganchada, mirando a la pared de metal del tren, sin ánimo de levantarla y cruzarla con la mía.
-¿Estás bien?- Peeta parece pensárselo un rato, como si las palabras se congelaran en su boca, y luego de unos momentos se calla y me da un beso cálido en la frente, que me llena de un cosquilleo intenso en el vientre y me hace tener hambre. Hambre que es aplacada cuando noto que Peeta esta triste y no sé por qué. Sé que hasta un punto, las tristezas de Peeta eran por mi culpa pero ahora no debe porque ser así. Tenemos una relación que podría ser considerada normal y no tenemos problemas pero pese a eso, aún hay temas que tratar, como la falta de comunicación que puede existir entre él y yo.
-Nada, sólo estoy cansado, eso es todo – frunzo el ceño y él ríe, como si fuera chistoso su falta de confianza en mí. Me toma por el mentón para elevar la mirada, azul y gris, y me da un beso ligero como una pluma en los labios. Mi ceño se frunce aún más y Peeta ríe echando la cabeza hacia atrás, logrando que me sienta por lo menos feliz de que una sonrisa brotara de sus labios. - ¿Qué? - su sonrisa burlona y sus ojos iluminados me hacen sentir feliz momentáneamente hasta que recuerdo todas las pesadillas y las lágrimas de anoche, sus manos ensangrentadas.
-Has estado muy raro últimamente, me preocupa - lo último parece salir algo forzado y Peeta baja la mirada, piensa unos segundos antes de volver a hablar.
-Es extraño pero tengo un presentimiento - dice Peeta mientras acaricia mi hombro con parsimonia.
-¿Eso es lo que ha provocado tus pesadillas? – Peeta asiente, casi sin querer darme la razón y me mira. Sus ojos están algo brillantes y llenos de preocupación que de momento a otro se encuentra abrazándome a su cuerpo con fuerza, sin ningún espacio libre. Siento su latir descontrolado y su respiración en mi frente. Nuestras piernas están enredadas y nuestros pechos juntos, y siento el descontrol y el miedo de Peeta en mi piel.
-No te quiero perder - su voz esta algo rota y me entra un miedo gigantesco a una separación, en donde los besos de Peeta no estén para mí, ni sus abrazos reconfortantes y sus sonrisas cálidas, todo lo que me hace querer a al hombre que está junto a mí. Diría que respondí y dije que jamás me perdería pero no sabía si eso era o no cierto. El odio del Capitolio aún estaba latente y nuestras vidas en peligro. Qué nos separaran no sería extraño y probablemente nos afectaría a ambos, aunque no sé cuanto. Aún no sé cuan dependiente me he hecho de Peeta así que no puedo simplemente pensar y asumir que no me afectaría su ida, porque sería falso. Porque quiero a este chico con mi vida, es una de las personas más importantes que tengo y perderlo me derrumbaría.
Me aferro más a él, sintiendo el mismo miedo que él siente. Peeta baja su cabeza y abraza mis labios en un beso desesperado pero tierno a la vez. Es una desesperación mutua porque también lo necesito, también necesito su calor, necesito al chico del pan. Su lengua hábil se desliza con ligereza por mis labios, dándole humedad y calor, sus labios se juntan y chocan contra los míos en una batalla exquisita. De a poco siento sus dientes, y deslizo mi lengua en su boca, sintiendo el sabor tan característico de Peeta, esa sensación a menta con canela que adoro. Mis manos se deslizan desde sus hombros hasta sus rizos rubios, jalándolo y haciendo que el espacio entre nuestros cuerpos desaparezca. Sus manos me toman por las caderas y me dejan sobre su regazo, y mis piernas los abrazan. Sus dientes toman mi labio inferior y lo jalan para después volver a besarlo, sintiendo como delinea mis dientes y su lengua recorre cada parte existente de mi boca. No sé como mantengo el aire, pero de un momento a otro, Peeta desliza su cabeza hasta mi cuello, mientras una de sus manos me aferra por la nuca, impidiendo que mueva el cuello cuando su aliento caliente se pega a él. Su lengua se desliza hacia abajo, pasando por mi pulso desenfrenado y por mi manzana de Adán. Su boca se queda un par de instantes y succiona con fuerza, haciendo que un gemido salga de mi garganta y muera cuando sus labios vuelven a encontrar los míos. Un chupón. Miro a Peeta y lo veo reír juguetonamente.
- Me gusta marcar territorio – entorno los ojos y muevo mis caderas buscando fricción, logrando que Peeta gruña y me tome más fuerte. - ¿Por qué tientas a la suerte, Kat? – sonrío y lo miro con una sonrisa algo malvada.
- Me gusta jugar – Peeta gruñe en respuesta y de un movimiento me encuentro entre la cama y su cuerpo fuerte, apretada y sintiendo su prominente erección en mi vientre. Mis mejillas están sonrojadas y sus ojos están brillantes y oscuros, en una mirada que amo. Las manos de Peeta toman mis muñecas y las colocan sobre mi cabeza, y con la restante comienza a trazar un camino placentero y doloroso entre mis pechos y luego llegando hasta mi vientre, y luego a mis caderas donde vuelve a subir. Su boca baja hasta mi ombligo que esta cubierto por la ropa, y le da un beso tierno para después subir la ropa con maestría, dando lengüetazos a mi piel descubierta con su aliento cálido. Me estremezco por las sensaciones y doy un grito cuando Peeta llega hasta mis pechos y sube por mi cuello, deteniéndose en mis labios.
- A mi también me encanta jugar –
-O-
Peeta juega con los mechones de cabello castaño desparramado sobre la almohada y sobre su pecho desnudo., mientras que su mano esta a la altura de mi cadera, aferrándome a su cuerpo caliente. Mis dedos juegan sin prisa sobre su pecho duro y firme, trazando líneas imaginarias por sus músculos definidos, y luego bajando hasta su vientre deteniéndome antes de llegar al camino de vellos que empieza bajo su ombligo. Su mirada esta perdida en algún punto de las paredes del tren pero sus ojos están brillantes y febriles como cada vez que terminamos de hacer el amor. Desliza su mano con suavidad por la curva de mi pecho y luego por mi cintura y mi cadera, repitiendo el mismo camino una y otra vez.
Cuando muevo la cabeza hacia arriba, Peeta me mira a los ojos y suspira, en un gesto que me roba la respiración. La luz de la luna le pega de lleno en el rostro, y sus ojos brillantes me desconciertan, su belleza excepcional me asombra. Porque esta más que claro que Peeta es guapo, con ese cabello rubio y esos ojos azules robaba miradas en la escuela. Ahora esta más alto, con los hombros anchos y la espalda marcada. Pese a eso, si estoy enamorada de él, no creo que sea por esto. Es por esa luz que a veces siento que se esta apagando por la maldad del Capitolio. Por mi propia oscuridad interna que me consume y a él de a poco. Y eso me entristece de una forma que ni yo misma comprendo.
-¿Qué pasa Preciosa? – miro el hoyuelo que se forma cuando sonríe de lado y niego cuando sus labios se posan en mi frente en un gesto de protección.
-¿Qué crees que pase cuando lleguemos al distrito? – Peeta desvía la mirada y la deja en la muralla otra vez, su mano viaja a mi hombro y lo frota con suavidad reconfortante. Suspira y regresa su vista a la mía, dándome un aliento que me ayuda a mostrar una sonrisa pequeña.
-Lo que sea que pase, lo afrontaremos juntos – asiento porque no hay una verdad más absoluta que esa. Estamos juntos, somos un equipo, una pareja que podrá salir a delante a pesar de todas las cosas malas que puedan ocurrir de aquí a mañana, cuando pisemos el distrito minero.
-Podríamos escapar – Peeta niega con la cabeza y responde, casi como una reprimenda.
-¿Sigues con esa idea en la cabeza? – desvío la mirada y de una forma u otra siento que entre ambos matamos el ambiente relajante y cálido que había. – Sería sencillo si fuésemos tú y yo contra el mundo Katniss, escapando del 12 pero no es así. Debo mantener a mi familia a salvo y tú debes proteger a Prim. – asiento porque no quiero rebatirle nada, porque mi idea de escapar cada vez esta más lejana ante las negativas de Peeta y de Gale. No puedo irme sin ellos, no seria capaz de perdonarme el dejar a Peeta o Gale. Pero el Capitolio esta molesto y algo me dice que nuestra boda no sirvió para acallar ningún grito de revolución o de protesta que pudiese existir en los distritos.
-No quiero vivir con miedo Peeta, esperando a que el nombre de Prim vuelva a salir y ya no ser capaz de ofrecerme de voluntaria. ¿Qué pasa si nos obligan a tener hijos? ¿Serías capaz de dejarlos ir a los Juegos? ¿Mandarías a nuestros hijos a morir? – mi voz sube un par de octavas de tono y me siento en la cama, cubriendo mi pecho desnudo. Peeta también se sienta y se pasa las manos en un gesto que conozco perfectamente bien. No quiere discutir pero también tiene mucho que rebatir.
-¿Por qué me colocas como el malo de esto Katniss? Sabes que no dejaría que les pasase nada malo pero no creo que irnos ahora sea lo mejor. Estamos en el ojo del huracán Katniss y nos descubrirían enseguida. No alcanzaríamos a recorrer medio bosque. – suspira y baja la mirada, derrotado. Me pongo de pie, demasiado ofuscada y molesta. Me coloco mis braguitas y luego tomo la camiseta que estaba usando Peeta. Me coloco todo ante la atenta mirada del chico del pan que se coloca de pie y agarra sus pantalones para colocárselos en un movimiento rápido. – Sabes que haría lo que fuese por ti pero no me pidas abandonar a mi familia. – se acerca a mí, tanteando terreno y abriendo sus brazos para mí. – Te prometo que llegado el momento huiremos, todos – sus ojos son sinceros y sé que sufre tanto como yo, que esta tan desesperado como yo, buscando una salida para mantenernos a salvo a pesar de todo. Asiento y me refugio en sus brazos cálidos, buscando un salvavidas para esta tempestad.
-O-
Peeta dijo que tenía presentimientos, que sentía que algo estaba mal. Y ahora esos presentimientos también los sentía yo cuando nos íbamos acercando a la estación del distrito 12. Normalmente las cámaras estaban por todas partes, intentando filmarnos, pero ahora la estación estaba casi vacía. Veía por la ventana y a parte de Haymitch y una cantidad algo escandalosa de Agentes de la Paz, la pequeña y precaria estación se encontraba desierta. Fruncí el ceño, bastante agitada y con un nudo en la garganta que no se me quitaba no importa cuantas veces tragara. Peeta a mi lado estaba igual, pasando las manos por su cabello y apretando los jeans oscuros que traía ese día de invierno. Cuando el tren detuvo su marcha, Peeta me tomó de la mano y la elevó hasta la altura de sus labios, besando la unión de ellas. Me sonrió levemente y me acercó hasta él, pasando sus manos calientes por mi cintura, dejando su cabeza sobre la mía. Deslicé mis brazos cubiertos por la gruesa casaca verde oscura que traía y los cerré en torno a su cintura estrecha, intentando por todos los medios de mantener mi pulso tranquilo. La puerta se abrió ante nuestras narices y pese a que no había cámaras cerca, tomé la mano de Peeta y entrelacé nuestros dedos. Bajamos a paso lento, tanteando la estación de llegada y evitando a toda costa hacer algún movimiento brusco que lograra que los Agentes de la Paz reaccionaran de mala forma.
Me fijé en cada uno de ellos, había 15 de ellos y no reconocía a ninguno de ellos. Ninguno era de los compradores habituales del Quemador. Los uniformes blancos y los cascos eran intimidantes y a lo lejos, pude ver a alguien con uniforme diferente. El uniforme que le correspondía al viejo Cray, nuestro Jefe de Agentes de la Paz.
Haymitch se acercó hasta nosotros, con un gesto en su rostro que no pude descifrar.
-¡Llegó la parejita del año! – Peeta entornó los ojos y le dio una palmada en el hombro que desconcertó a nuestro mentor. –Hola Chico –
-Hola, ¿Cómo has estado? – Haymitch torció el gesto y metió las manos en unos pantalones sucios y algo mugrientos.
-He tenido épocas mejores – bajo la mirada y luego de un gesto, tres agentes de la paz subieron al tren y en unos segundos, nuestras maletas estuvieron abajo. Haymitch tomó la de Peeta y mi ahora esposo tomó la mía, y salimos hasta afuera de la estación donde un auto negro nos esperaba estacionado. Peeta tiró las maletas en la cajuela y subimos en un tenso silencio que me puso los pelos de punta.
-Haymitch ¿Qué esta pasando? – mi voz sonó algo más enojada de lo que quería. Nuestro mentor me hizo un gesto de silencio con la mano que comprendí. El chofer era del Capitolio, es era más que obvio. Deje mis manos inquietas sobre mi regazo, mandando miradas a Haymitch que miraba a Peeta en un gesto triste, casi de compasión que no lograba descifrar. Peeta sintió la mirada de nuestro mentor porque se giro a verlo, enarcando una ceja, evitando que el mal humor de los últimos días se hiciese presente.
Cuando el auto se detuvo frente a nuestra casa sentí una corriente de frío que me recorrió por completo. Miré hacia mi casa, esperando ver a mi Patito en la puerta, a mi madre, pero me sorprendió ver que las luces estaban apagadas y no había señal de que alguien estuviese en casa. La conducta de Haymitch era más que extraña porque luego de que se fuera el carro, dejó las maletas frente a la casa de Peeta y caminó directo a la suya, haciéndonos un gesto para que lo siguiéramos. Tomé la mano de Peeta quien suspiró algo frustrado y caminamos entre la nieve hasta la casa de nuestro mentor.
No extrañaba el olor a inmundicia que desprende la casa de Haymitch, para nada. La ropa estaba tirada como de costumbre, había botellas de licor esparcidas por el suelo y el hedor era tan fuerte que me producía asco y el estómago se me retorcía.
-Haymitch, ¿Nos podrías decir que rayos esta pasando? – Peeta soltó mi mano y entró a la sala en donde nuestro mentor se sentó en un sofá sucio y sacó su botella de licor desde el bolsillo de su chaqueta. Me hice a un lado y me senté en una silla, mientras que Haymitch tomaba un buen sorbo y bajaba la mirada hasta sus zapatos cubiertos de nieve.
- Las cosas se pusieron peor, eso pasa – dio otro sorbo y fija su vista en Peeta, casi olvidando que estaba allí presente. Miró hacia los lados, la casa de Haymitch esta igual que siempre, pero me hace sentir incómoda. – El día de su boda llegaron nuevos Agentes de la Paz, el viejo Cray desapareció y la mayoría de los Agentes fueron trasladados a otros distritos. Se ha implementado la pena de muerte, y los azotes son pan de cada día – eso era, eso es lo que pasa. Snow esta torturando al distrito doce. Y ninguno de los dos lo sabía.
-¿Por qué no nos llamaste? – Haymitch bufa por lo bajo y suelta una risa que no tiene nada de cómica.
-Los teléfonos están pinchados Preciosa, eso es lógico, además… - vuelve la vista al piso y se atora con sus propias palabras, siendo incapaz de hacer algo más. Pienso en Haymitch, en la astucia que lo caracteriza, y en la habilidad que tiene de decirnos las cosas en la cara, de no ocultarnos la verdad por más dolorosa que sea. Y pienso en mi madre, en que no está en casa y tampoco Prim. Y un miedo me invade y me recorre el cuerpo por completo. Me pongo de pie, derribando la silla en la que estaba sentada y me acerco hasta mi borracho mentor, parándome frente a él.
-¿Dónde está Prim? – mi voz suena asustada y llena de pánico. Si decidieron hacerle algo a Prim y no estuve aquí para evitarlo no me lo perdonaré jamás. Haymitch vuelve a mirar a Peeta, y algo me dice que esta mal. Que algo no huele bien y de un momento a otro tengo a mi mentor contra la muralla, y mi brazo sobre su tráquea, cortándole el aire. Peeta jala mi brazo en cuanto ve que Haymitch pierde el color y no hace intento de moverse. ¡Prim! ¿Dónde esta Prim? – Haymitch dime, ¿Dónde esta mi familia? – Peeta comienza a jalar con más fuerza, usando sus brazos duros para comenzar a tirarme contra su cuerpo, evitando que mate a nuestro mentor.
-Están bien, tranquila Preciosa. Ellas y tus supuestos primos están bien – no me tranquilizo porque algo esta mal con todo esto y Peeta también lo sabe porque sus brazos ya no jalan tan fuerte y su mirada esta perdida en Haymitch. Sus ojos están brillantes y sus hombros se caen en un gesto de derrota que me corta el aliento.
-Haymitch, ¿Mi familia? – nuestro mentor mira a Peeta y lo entiendo, mi cabeza es capaz de procesar los hechos, las miradas y al parecer el chico del pan también, porque hace lo mismo que yo hice hace un momento. Toma a Haymitch de las solapas de su chaqueta y lo zarandea con fuerza. - ¡¿Mi familia Haymitch?! – nuestro mentor baja la cabeza y veo como el mundo de Peeta se derrumba en sus ojos azules.
-Peeta – es un susurro contenido que sé que no oirá. Peeta suelta a Haymitch y en dos zancadas esta en el pasillo que lleva a la puerta, salgo tras de él y luego sale en una carrera que lo hace desaparecer en menos de un minuto a pesar de la nieve que hay en el piso y su pierna. - ¡Peeta! – estoy a punto de salir tras él cuando siento el agarre de Haymitch en mi brazo. Intento a duras penas quitarme su mano y salir tras Peeta hasta que comienzo a gritar desesperada. - ¡Suéltame maldito borracho! – Haymitch parece hacer su agarre más fuerte ya que me deja dentro de la casa con un solo zarandeo. - ¡¿Por qué no nos dijiste?! –
-¿Quieres calmarte Preciosa? – su aliento con olor a alcohol me pega justo en el rostro al igual que su voz pastosa y algo triste. Triste, igual que lo esta Peeta. El señor Mellark, Connor, Nathan. Sus rostros pasan veloces frente a mis ojos. Sus sonrisas con ese sello Mellark y esa amabilidad que los caracterizaba a todos ellos. El amor incondicional que tenía el señor Mellark con cada uno de sus hijos. La lealtad y la bondad de Connor. La protección y el cariño de Nathan. Siento un nudo en la garganta cuando los recuerdo y pienso en Peeta, en lo que debe estar sufriendo, en como me sentiría si me arrebataran a mi familia, a mi hermana. Las lágrimas salen sin querer de mis ojos y caen sin control por mi rostro.
-Están muertos – susurro cuando soy capaz de procesar que ya no estarán en la panadería cada día cuando vamos a robar bollos de queso. Que Connor ya no molestara a Peeta cuando lo vea y que el señor Mellark no estará parado fuera de casa con una cesta de pan caliente. La noticia hace que me derrumbe y que mis rodillas se doblen y caiga en el piso.
-No todos ellos – miro a Haymitch que esta algo más hablador que hace unos minutos atrás. Suspira y vuelve a sentarse en la silla en que estaba antes y da un sorbo de licor cuando me quedo viéndolo desde el suelo. – El hermano mayor del Chico es el que esta muerto – Nathan. Nathan es el hermano mayor de Peeta y tiene 20 años. Ojos avellana y cabello castaño claro como el de la madre de Peeta. Era amable y tenía ese carisma que Peeta posee. Que hace que las personas lo rodeen y lo escuchen cuando habla. Nathan está muerto.
-¿Cómo? – nuestro mentor suspira y se agarra el cabello entre las manos y luego vuelve su mirada plateada a mí –
-Hace dos días hubo una revuelta. Cerraron las minas y el Quemador lo incendiaron. El hermano del Chico andaba cerca y ayudó a una mujer comerciante que estaba siendo golpeada por un Agente de la Paz. Se enfrentó a él, lo golpeó. Estuvo desaparecido todo el día hasta que ayer lo encontraron acribillado en el medio de la plaza – llevo mis manos a mi rostro y ahogo un gemido cuando las lágrimas caen sin control por mis mejillas. Lloro desconsolada. Nos están matando. Nos están atacando. Mataron al hermano de Peeta por los descontroles en los distritos, es una advertencia.
-Haymitch – mi mentor bufa y habla casi siendo monótono.
-Ve con el Chico, te necesitara en estos momentos. Tu familia está con la de Peeta en la panadería – asiento y me pongo de pie, dando tumbos mientras las lágrimas siguen cayendo, nublando mi visión. Intento volver a hablarle pero Haymitch vuelve a interrumpirme – Déjalo, después hablamos, ahora necesitas estar con él. Algo me dice que el muchacho ya no será el mismo nunca más –
Y nunca llegué a pensar que Haymitch estaría en lo correcto
POV Peeta
Mis piernas duelen un montón. La pierna ortopédica no esta por la labor y se traba por culpa de la nieve haciéndome tropezar cada cinco minutos. Mis pulmones están calientes y mi aliento sale en volutas de vapor que me tapan la vista mientras corro a todo lo que puede mi cuerpo hasta la zona comercial. Las lágrimas caen por mis mejillas pero ya no soy capaz de detenerlas cuando quiero enfocar para no caer por culpa de la nieve. La plaza esta a un par de cientos de metros pero siento que no avanzo. Que no estoy llegando a ninguna parte, que no importa cuanto corra no es suficiente. Nunca lo será porque llegué tarde. Porque no fui capaz de proteger a mi familia, no importa cuanto me haya esforzado, no importa cuanto haya intentado cambiar las cosas, el mundo no funciona así y no puedo detener la muerte. No soy nadie para interponerme. Soy un maldito y simple humano que tiene las mismas debilidades que el resto. Que sufre cuando ve a la mujer que ama con alguien más. Que si le entierran un cuchillo sangra. Que si le disparan lo matan. Así de débil soy y así quería proteger a mi familia. Quería ser ese que los mantuviera siempre únicos, quería sobrevivir por ellos porque a pesar delo que vivimos, a pesar de que los lazos de estaban cortando tan sencillamente, los amaba con mi alma. Amaba la risa de mi padre, sus consejos y esa sencillez que irradiaba cuando estaba presente. Amaba a Connor con esa fidelidad que lo hacia defender a sus amigos y a sus hermanos. Amaba esa amabilidad y cortesía que tenia Nathan. Esa sonrisa en la que se le marcaba el hoyuelo igual que a mí. Cuando me llevaba en sus hombros por la zona comercial. Cuando me defendía de mamá. E incluso a mi madre, a pesar de que jamás fui querido por ella, yo a ella si la amaba. Con cada uno de sus defectos la amaba.
Cuando ya soy capaz de ver la zona comercial, de ver la panadería a lo lejos, mis ojos se nublan aún más y mi pecho se comprime tanto que no soy capaz de respirar. Siento que en cualquier momento mi corazón se detendrá. Mis piernas fallan una vez más y me caigo de bruces sobre la nieve, logrando que mis manos heridas vuelvan a sangrar como aquella noche. ¿Acaso aquel sueño era un aviso? ¿Una premonición de que mi familia moriría?
Me pongo de pie, dando tumbos ante la atenta mirada de los comerciantes que me miran con una pena infinita. Ya no sé como soy capaz de llegar, tampoco como me hago a un lado entre las personas que están reunidas frente a la panadería. Lo primero que veo es a Delly llorando desconsolada con su hermano pequeño Travis. Como se acerca y me habla y a pesar de eso no soy capaz de escuchar ninguna de sus palabras porque es como si me atravesaran. Porque ya no hay un Peeta al cual hablarle.
Cuando veo a Connor, no soy capaz de sostenerme en mi mismo. Las lágrimas están en sus ojos avellanas, niega con la cabeza y en dos zancadas esta a mi lado, sosteniéndome porque no soy capaz de seguir de pie.
-Nathan, Peeta, Nathan está muerto – y sé que es mi culpa, que lo mataron por ser hermano de un Vencedor, porque sé que la muerte de mi hermano es el obsequio que nos tenía Snow. Es un mensaje a mí, a que no me una a esa revolución que le aterra y le quita el sueño. Mis brazos caen a mis costados y caigo de rodillas entre los brazos de Connor que me aferran y llora con fuerza en mi oído. Yo ya no lloro, ya no puedo, porque intentando protegerlos, los dañe más. Intentando salvar a mi hermano, lo maté.
Intentando ser esa persona fuerte que quería ser para Katniss. Quería ser alguien que no era. Quería no ser parte de los juegos del Capitolio, quería ser capaz de seguir siendo yo, pero mataron a mi hermano, me atacaron, me derribaron y ya no sé que tanto queda de esa tenacidad que alguna vez creí tener.
Ya no sé cuanto queda de Peeta Mellark
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Y eso es... Lamento, tenía que matar a alguien en este capítulo y aunque tal vez se pensaba que era la familia completa, no, era sólo Nathan al que me he dado cuenta que le cambie los nombres en algún capítulo, todo por culpa del corrector ortográfico. Pero sí, Nathan esta muerto y lamento que haya sido así, luego especificaré todo con detalles, ahora era un inicio de esto y de Peeta con un rol más activo en la revolución debido a la muerte de su hermano.
Momento de agradecimientos:
Gracias Tita, tranquila que la seguiré mientras haya alguien que siga leyendo esta historia
Vale97, no he podido actualizar Anything Could Happen por lo mismo, no he tenido tiempo y esta pausada aunque espero subir el próximo fin de semana ya que en Chile es feriado de 4 días así que tendría tiempo de escribir. Gracias por tu comentario y por seguir esta historia :)
Isabel, gracias, se hace lo que se puede u/u
SaraCullenMasen, Si, Peeta tiene un rol más activo ya que siento que Collins no le dio el protagonismo al chico del pan en Sinsajo. Aparte de eso, creo que Peeta hubiese sido muy bueno alentando a los distritos y más con un dolor latente en él.
Girl On Fire, Jajajaja, gracias, no te preocupes seguiré mientras tenga dedos para escribir e ideas en la cabeza, descuida, y lamento no haber actualizado ese domingo, pero fue el concierto de Imagine Dragons y lloré en cancha cuando se tiro al público TT-TT
Bueno, eso fue todo, agreguen a fav y comenten que se aprecia :D
Saludos, Blue
