La parte de Londres que no es mágica (o quizás sí)

Sirius se aburre.

Encerrado en su habitación del número doce de Grimmauld Place, se está aburriendo como nadie se ha aburrido nunca en toda la Historia. Refunfuña, mira por la ventana, da vueltas en la cama, gruñe. Es el tipo de aburrimiento que penetra en los huesos, que lo invade todo, cada rincón y cada esquina, que convierte cualquier actividad que en otro momento hubiera resultado fascinante en algo soporífero y hace que el tiempo pase lento. o. El tipo de aburrimiento que esconde un enorme nerviosismo.

Es la propia naturaleza de Sirius Black la que le hace aburrirse, quizás, durante más de la mitad del tiempo que pasa despierto. Siempre inquieto, siempre caminando, de un lado a otro, con el pelo negro - Demasiado largo, suele decir la señora Black, te hace parecer un sangre sucia - cayendo a ambos lados de la cara. La verdad es que a él no le importa lo más mínimo todo ese tema de la pureza de sangre que tanto le interesa a su madre, ni, qué demonios, le importa lo más mínimo su madre, como para sentirse ofendido por la comparación. Y sonríe. Sirius siempre sonríe. Sonríe en los largos banquetes familiares que tienen lugar en la mansión una vez cada medio año y que reúnen a incontables primos, tíos, tío-abuelos, primos segundos, etc. que ni conoce ni soporta. Sonríe cuando sufre desmesurados castigos por haber realizado alguna travesura (colocar bombas fétidas en la cocina que estallan cuando los elfos domésticos las encuentran se ha convertido en su favorita de los últimos meses), y cuando tiene que escuchar durante horas todos los logros y hazañas de su hermano Régulus, deberías parecerte a él, Sirius, sonríe tan fuerte que le duele la mandíbula. Sirius Black sonríe porque se siente odiado. Y nunca, jamás, va a dar la satisfacción de ser visto llorando, cabizbajo siquiera, por aquellos que consideran que su existencia es un estorbo.

Pronto cumplirá doce años.

Tiene la cabeza escondida bajo la almohada, y de vez en cuando, echa un vistazo al reloj de pulsera que lleva atado a la muñeca. Este maldito cachivache muggle que encontré en Londres tiene que estar roto, porque, rayos, es imposible que todavía sean las diez de la mañana si tengo la sensación de que, no sé, de que son como las nueve de la noche o algo así, y llevo unas cien horas aquí tirado.

Hay ruidos en el piso de abajo. Quizás hayan llegado ya las lechuzas con el correo. El correo. Sirius despierta, se pone en guardia. Arqueado sobre la cama, cualquiera podría decir que el joven Black se ha convertido repentinamente en un perro. Una voz atraviesa el silencio, proveniente de la parte inferior de la mansión.

- Régulus, una lechuza para ti. - La voz de su madre suena más desagradable que de costumbre.

Se desploma sobre la cama de nuevo. Pesado, cansado. Mientras escucha los rápidos pasos de su hermano menor bajando las escaleras de dos en dos, Sirius piensa que si supiese muchos idiomas distintos, le maldeciría en todos ellos. A él. A su madre. A su familia. A la pureza de la raza mágica. A aquella enorme casa en la que no encaja. Aquel lugar al que nunca ha pertenecido, y que le consume, poco a poco.

Al final, se resigna. Quizás es demasiado pronto aún. Vuelve a hundir la cabeza en el cojín, pero esta vez, solo por un segundo.

- No es para mí, madre. Es para mi hermano. - murmura Régulus, lo suficientemente alto como para que Sirius lo escuche.

Y ahora es él el que baja los escalones de madera de dos en dos, y de tres en tres, y cada pisada hace un ruido sordo y cada vez le late el corazón más fuerte, sortea los muebles de la sala de estar, y por una vez no está pensando en lo mucho que quiere salir de ese sitio, de esa casa, si no en la carta que sujeta su hermano entre las manos y que sin pensarlo trata de arrancar. Régulus, un año menor pero más alto que él, alza el brazo, trata de impedir que la alcance. El grito nace desde el fondo de la garganta.

- ¡DAME-MI-MALDITA-CARTA! - repite, más alto - ¡DAME MI MALDITA CARTA!

Pelean un rato. Discuten. Caen al suelo con un golpe seco y ruedan. Si Sirius no estuviese tan enormemente emocionado, hubiera pensado que se lo está pasando bien con su hermano. Que luchar así, de forma tan feroz pero sin ninguna intención de hacer daño en realidad, le hace sentirse cómodo. Liberar toda la - demasiada - energía que tiene dentro, siempre. Pero el caso es que Sirius está emocionado y quiere su carta, y si Sirius quiere su carta, posiblemente sea su carta lo único que es capaz de ver. La roza ya con la punta de los dedos, y Régulus claudica y se la entrega. "Pero el año que viene, tendré una de estas, y entonces, reiré yo", añade, y se levanta, y deja a su hermano sentado en el suelo, despeinado, alterado, intentando abrir el sobre con cuidado y finalmente desistiendo y rasgándolo con las uñas.

La carta está escrita con tinta verde y hasta Merlín sabe que a Sirius Black no le gusta leer pero aquella carta la devora, palabra por palabra y sin dejarse ninguna, como si fuese aquel "Estimado señor Black - incluso en su cabeza, el apellido de su familia suena despreciable, sucio, pero aquella vez, ah, qué más da -, tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería…" lo más importante que le ha sucedido en la vida.

La tiene.

Va a ir a Hogwarts.

Será libre.

Sirius podría jurar que es la persona más feliz del mundo en ese mismo instante si no fuese porque algo interrumpe sus infantiles pensamientos emocionados.

- Juro que, si no te ponen en Slytherin, te torturaré hasta que te arrepientas de haber deshonrado, una vez más, tu apellido y tu sangre. Te lo advierto. No me echaré atrás.

La señora Black salió de la habitación con un portazo.

Consuelo de helado de fresa y patadas poco coordinadas

Tierra. A Peter le gusta la tierra. Si hubiera alguien en el mundo interesado por su opinión y le preguntase por la cosa que más adora, su respuesta sería muy clara: jugar con la tierra.

El jardín de los Pettigrew no es muy grande, pero para un niño de diez años como Peter es más que suficiente. Le gusta arrastrarse por el suelo y mancharse mientras juega con el barro. Tal vez esa sea la razón por la que los chicos del barrio no le caen bien (o más bien él no les cae bien a ellos). Al principio Peter lloraba; la ausencia de amigos le hacía sentirse solo. Atrapado en una madriguera. Pero todo eso cambió. La Sra. Pettigrew cogió un día a su hijo de la mano y dijo: "no te aceptan porque eres especial, Pete."

Y esa frase se grabó a fuego en su cerebro de seis años.

Peter Pettigrew es especial. Cuando los niños muggles le llaman "sucio ratón" por pasar la mayor parte del tiempo a cuatro patas en el jardín, él sabe que lo hacen por envidia. Peter puede hacer cosas que los demás no pueden. Pero es un secreto. Peter puede hacer que las plantas crezcan más rápido de lo normal, puede hacer que ciertos objetos vuelen por la habitación e incluso una vez consiguió que un trozo de papel prendiese fuego sin tocarlo. Pero eso solo pasa a veces. El resto del tiempo es un chico normal. Un chico regordete, de pequeños ojos marrones y mechones de pelo largos pegados a la cabeza.

Hace calor. En sus manos manchadas sujeta un helado de fresa, que hace rato que ha empezado a gotear sobre su camisa verde. Delante de él hay un pergamino abierto.

"Señor Pettigrew" dice. Nunca nadie le ha tratado de usted. A él. Al niño raro. El niño con las palas demasiado grandes.

"Enhorabuena",murmura su padre cuando vuelve del taller mecánico. Peter sabe que no entiende lo que significa recibir esa carta. Al fin y al cabo, él es un muggle, ¿qué saben los muggles de magia? Tanto como él de esa cosa de la que hablan los chicos del barrio, "funbol" o algo así. Pegarle patadas a una pelota, ¡cómo si él tuviese el equilibrio suficiente como para correr y mantener una pelota entre los pies!

A veces su padre ve partidos, en campos verdes y grita. Grita mucho. Y a Peter le molesta. Siempre ha tenido un oído muy fino.

Peter se levanta de la mesa y coge la carta, la arruga y la presiona contra el pecho. Recorre el pasillo, nervioso, hasta su habitación y se tira sobre el colchón que cruje bajo su peso.

Amigos. Podrá por fin hacer amigos. Amigos de verdad.

Su nariz empieza a hacer ruido cuando se duerme y su cabeza se llena de bonitos sueños en los que excava en la tierra. Pero esta vez en compañía.

Lechuzas blancas y galletas recién horneadas

El Sr. y la Sra. Potter viven en el Valle de Godric. Es un pueblo pequeño, ubicado al oeste de Gran Bretaña, de no más de doscientos habitantes. Todos se conocen por el nombre. Nunca nadie de fuera ha prestado interés por las calles de Godric, pero la señora Potter está segura de que si tuviera que elegir algo que destacar, sería la preciosa iglesia, coronada con un cimborrio colorido y el cementerio, que aunque triste, alberga secretos y muchas historias con las que los niños del pueblo sueñan por las noches.

Ella misma solía contarle ese tipo de historias de fantasmas y maravillas a su hijo antes de ir a dormir. Recuerda tardes de invierno, con el pequeño intentando entrar en el cementerio, las manos cubiertas con manoplas y tirando de su abrigo para poder resolver misterios como dice él. James siempre justifica cualquier acción con un sencillo "estaba resolviendo misterios, mami". Y la señora Potter no se enfada.

Porque la señora Potter nunca se enfada. Suele recogerse el pelo en un alto moño y levantar la comisura derecha de los labios, en una mueca de descontento, pero el Sr. Potter la coge de la cintura, murmura "son cosas de niños" y ella sonríe. Y hace galletas.

Las galletas de la señora Potter son las mejores de todo el Valle, y algunos exagerados dicen que las mejores de Gran Bretaña.

Esa calurosa mañana de junio, las galletas toman forma en el horno. El olor impregna la casa de los Potter. No es nada del otro mundo; cuatro plantas.

El ático, al que James tiene prohibido subir, pero aun así lo hace. Noches largas bajo la luz de una vela que costó encender, dejándose los ojos en revistas de Quidditch tratando de averiguar cuál era su equipo favorito y por qué.

El sótano, oscuro y desordenado.

La principal, en la que el Sr. Potter suele escuchar la radio en el salón, los 40 magistrales inundan la casa los domingos y el pequeño James berrea con poco acierto las letras de las canciones. Ese día, I Just Want to Make Love to You sube por las escaleras hasta el dormitorio de James, que ocupa otra de las plantas, y este se revuelve en sueños. Sueña con volar. James se frota los ojos enrojecidos de más de doce horas de sueño veraniego y sonríe. Huele a galletas. Hay dos cosas en el mundo que harían a James Potter levantarse de la cama un día de fiesta: la primera las galletas de la Sra. Potter, y la segunda… La segunda está por venir. Salta de la cama y sigue el ritmo de la música mientras canta bajito una letra inventada. Finalmente, en pijama, entra en la cocina y se sienta en su silla. - Buenos díaaa - la palabra se pierde en un enorme bostezo. - ¿Cómo has dormido, cariño? - la señora Potter abraza a su hijo con un amor infinito. Siempre lo hace. Le pasa los brazos por los hombros y sus mejillas se juntan. La mejilla sonrosada y suave de James y la mejilla un poco arrugada de una madre que esperó demasiado para poder tenerle entre sus brazos por primera vez. - Volaba, mamá - James coge una cuchara y la mueve a modo de avión, ese aparatejo muggle parecido a un pájaro metálico que ha visto en sus cómics comprados en el quiosco de la esquina-. Volaba muy alto. - ¿Sí?- en las palabras de ella hay cierta diversión. Le sigue el juego al niño. - ¿Sabes a qué saben las nubes? - ¿A agua? - No, no - James niega con la cabeza -. Los muggles tienen unos dulces que son nubes, no sé qué clase de magia usan, pero el otro día vi a un niño por el barrio con una nube enorme de color rosa. Y se la comía. Olía a caramelo. Las nubes están hechas de caramelo… ¡Hay que ver! Los muggles parecen tontos con sus cachivaches y ropas tristes, pero creo que son listos, muy listos… La mira a su hijo y no puede evitar sonreír. Incluso ese pensamiento tan inocente demuestra que durante todo ese tiempo, su marido y ella no se han equivocado a la hora de educar a James. Es difícil crecer solo en una familia de magos y es aún más difícil crecer sintiendo que no eres mejor que los que no tienen las mismas habilidades que tú. Y James lo ha conseguido. -Mirad-los dos se vuelven hacia la voz masculina. Un señor alto, de gafas gruesas y pelo oscuro. Sus ojos marrones muestran seriedad. Demasiada seriedad. El Señor Potter lleva más de treinta años trabajando en el Ministerio de Magia; en concreto forma parte del personal de apoyo del Ministro de Magia. ¿Por qué no te haces tú Ministro, papá? preguntó James una vez. Porque el poder corrompe, James. Y James calla, aunque no lo entienda, porque lo que dice el Sr. Potter es ley-. Ha llegado esta pequeña por la ventana del salón. James deja escapar un grito ahogado cuando se lanza hacia la lechuza blanca como la nieve y le arranca de la pata una carta amarillenta. - ¡Es, es, es, es! - el chico salta en la cocina incapaz de vocalizar. - Pero, ¡ábrela! - masculla la señora Potter. - Q…Querido señor Potter-James tartamudea -. Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts de Magia. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios. Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio. Esa mañana la casa de los Potter es un auténtico caos. James abraza a su madre cuando saca las galletas del horno. Coge una y se la mete en la boca mientras corre al ritmo de la música por el vestíbulo. ¡James, te caerás! Grita la señora Potter. Y se cae. Pero no importa. En su habitación James se lanza a los cajones y saca varias bombas explosivas, unos cuantos sobres de polvos picantes que el vecino no digirió demasiado bien el verano pasado. Lo sujeta todo entre sus pequeñas manos y se pregunta cuántas cosas podrá hacer volar por los aires con todo ese material. Después considera que no es suficiente y se termina la galleta. Hogwarts, prepárate.

El lobo

El lobo aúlla. Araña. Corre. Tras un ciervo. Le persigue por el espeso bosque. Casi le alcanza. Por muy poco. El viento despeina el espeso pelaje negro. Las garras son pesadas, pero ágiles, y afiladas. El ciervo es grácil, pero él lo es más. Lo huele. Huele su sangre. Quiere morder. Ataca. Despedaza. Mata.

Es lo que sucedería, si Remus Lupin fuese un lobo de verdad. Pero, incluso cuando la luna le afecta y le transforma, bajo el pelaje, nunca deja de haber un pequeño atisbo de humanidad. El 7 de julio de 1971 la luna llena asoma por la noche, tras las enormes nubes. Antes de caer el sol, le encierran. En una pequeña habitación, oscura. Lleva siendo así desde que fue mordido, desde la primera vez que se transformó. Cuando se hizo demasiado fuerte para que la puerta pudiera retenerle, comenzaron a tener que encadenarle. A Remus nunca le gustó, pero tampoco se sintió en posición para quejarse. Simplemente asumía, en silencio, aquel castigo con el que debía vivir una noche al mes. Sería mentir decir que no le hacía sentirse sucio y desgraciado, pero la mayoría de veces, no pensaba en ello. Cada vez que se veía atado a aquellos cuatro grilletes en la desgastada pared, recordaba aquella primera noche. Aquel mordisco, la pequeña herida que se convirtió en dolor desgarrador.

Después, la luna salía, y ya nada, no pensaba en nada. Aquella noche es distinto, porque entonces Lupin piensa en ciervos y en salir, y en cazar, en arañar la puerta, echarla abajo, escapar de allí.

Una parte de él sabe que tiene la fuerza necesaria para ello. Que el metal que le aferra las extremidades, ahora convertidas en patas, aun encantado, no tiene la fuerza suficiente para detener a un hombre lobo. Mucho menos, a un hombre lobo bajo el influjo de la luna llena. El instinto animal es fuerte, le inunda, le hace querer huir. Y el hombre bajo el animal se resiste. Teme perder el control. Lucha contra sí mismo.

Y así, tras minutos que parecen horas, y horas que parecen siglos, Remus vuelve en sí. Y ahora ya no es grande, y ya no es fiero, ya no es aterrador, ni siquiera es fuerte.

Cualquiera que lo viese así, inconsciente, desnudo, delgado, desgarbado, con el pequeño cuerpo ni siquiera entrado en la pubertad lleno de cicatrices enormes, y muchas más que no se ven, en el alma, más grandes y profundas todavía, posiblemente sentiría lástima.

Y es por eso.

Es por eso, por lo que Remus Lupin está roto.

Es por eso por lo que el pequeño de once años, no se ilusiona, ni siquiera sonríe, cuando la carta de Hogwarts llega a su hogar, enredada en las patas de una lechuza blanca. Lee la tinta sobre el papel, despacio, como siempre. Despacio. Hay algo en él que desprende una melancolía y una solemnidad impropia para su edad. Tarda unos minutos en reaccionar. No esperaba aquello. No esperaba esta carta. Alguien como yo no puede ir a Hogwarts.

Alguien como yo.

Un hombre lobo.

"[…] Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.", dice.

Remus no espera. Busca un trozo de pergamino y contesta, al instante, casi sin pensar. La tinta es verde, su caligrafía se inclina levemente a la derecha, las heridas en las muñecas y el resto del cuerpo todavía están recientes, pero no le preocupan. Hay otras cosas. Otras heridas que, a diferencia de aquellas, no cierran tan fácilmente.

Piernas largas como autopistas

Charing Cross Road es famosa por sus librerías especializadas y de segunda mano. Es imposible caminar desde la estación de Leicester Square a Cambridge Circus sin detenerte en uno de esos limpios escaparates de cristal que seducen a los habitantes de Londres con tomos de una antigüedad de vértigo.

James ha caminado cientos de veces por esas calles, cogido de la mano de su madre, de la de su padre pero nunca como ahora, con el pecho henchido de orgullo y ligeramente más nervioso que la noche anterior. El chico salta, da tres pasos hacia delante y tres hacia atrás. Sabe que si tuviera rabo, lo movería a cien por hora. Ni siquiera se para delante del puesto de helados italianos que siempre le ha encandilado. Ya habrá tiempo para helados de chocolate, piensa, mientras se detiene delante de la puerta de un pub de aspecto mugroso, con las manos en los bolsillos para no llevárselas a la boca.

- Hijo, parece que tienes chinches. - Ríe la Sra. Potter.

¿Chinches? ¿Qué son chinches? James no lo sabe. Pero tampoco le importa.

El Sr. Potter estira el brazo y abre una puerta, que si James no supiera que es imposible, juraría que sólo la ven ellos tres.

Risas. ¡Una cerveza más! Y sólo son las nueve de la mañana. ¡Tom! Siéntate aquí y déjame verte mejor… ¡Otra ronda por aquí! Una habitación para cuatro. Tom, acabo de limpiar la trece.

El pub es grande, pero James tiene que intentar hacer que sus ojos sean más pequeños para ver en la oscuridad que lo envuelve todo. Junto a ellos, unos señores con sombreros púrpuras hablan en voz muy alta y fuman en pipa. Hablan de dinero. Me debes veinte galeones, Charles, veinte jodidos galeones. Un poco más al fondo, un par de chicas con faldas cortas conversan con bandejas en las manos. Son camareras. A James se le desvía la vista hacia esas piernas que parecen interminables, pero su madre le empuja para que siga a su padre hacia la barra.

Un señor, de estatura reducida, piel arrugada y cabeza en forma de nuez sonríe con un vaso vacío y sucio en la mano.

- ¡Señor Potter! - se quita un sombrero invisible - Y su señora y…

- James, señor, me llamo James Potter.

Un nombre corriente, pero por poco tiempo. James quiere que toda la comunidad mágica sepa quién es. No por ser hijo de quien es, si no por ser James Potter, el mago que…

- ¿Primer año en Hogwarts? - dice el hombrecillo - Han pasado ya unos cuantos muchachitos hacia el Callejón. Los ladrillos son los de siempre, Sr. Potter, ya sabe usted.

- Gracias, Tom.

James camina detrás de su padre como una sombra, porque de repente se siente muy pequeño rodeado de toda esa gente. Magos y brujas de verdad. Y él todavía no tiene varita… Pero… Pero por poco tiempo se dice a sí mismo.

Sorprendentemente, los tres salen por la puerta trasera. No cierra bien. El Sr. Potter saca su varita, rígida y gastada por los años de uso. A James le brillan los ojos. Tres horizontales, dos verticales… Pierde la cuenta y antes de poder enmendar su error, la pared se mueve y abre ante sus ojos marrones. Y James es feliz. Es feliz como no lo ha sido nunca. En sus pupilas se refleja el bullicio, los colores, la alegría, las compras, la magia… En definitiva, el Callejón Diagon.

- ¿Qué prefieres hacer primero?

- Varita.

El Sr. Potter asiente e indica que él irá a comprar todos los libros necesarios para el curso, en una tienda un poco más allá, mientras ellos dos se acercan a la destartalada Ollivander's, al sur del Callejón. Se trata de una tienda estrecha y de mal aspecto, se lee Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.

La campanita suena cuando James empuja la puerta con el codo y unos ojos plateados le miran a través de unas gafas de grueso cristal.

- Oh… - susurra el anciano mientras mueve los huesudos dedos sobre el mostrador.

- Hola. - saluda la señora Potter.

- Y tú eres…

- James Potter, señor. - James cree que se va a cansar de repetir su nombre.

- James Potter… - el señor Ollivander gira sobre sí mismo y alcanza una cajita de color vino, la abre y la deja sobre la mesa con una sonrisa amplia-¿Con qué mano coge la varita, señor Potter?

- ¿Mano? - James tartamudea - Soy zurdo… Con la izquierda.

No era una pregunta para contestar verbalmente, sino una orden para que sujete la bonita y corta varita que reposa tranquilamente en la caja de terciopelo. Con miedo la coge y la sujeta con firmeza.

- No, no…-Ollivander se la quita y la deja a un lado-Creía que… Pero no… No, no… Señor Potter, usted no…

James llama en silencio a su madre pero ella no dice nada. Su mirada está perdida en las estanterías, probablemente recordando el día en el que ella estuvo en su mismo lugar.

- Pruebe esta. Treinta centímetros y medio. Poco flexible. Un unicornio le dio su poder y… Perfecta para Encantamientos.

James la coge y la agita con nerviosismo. La varita sale volando de su mano y el anciano tiene que apartarse para que no se le clave en un ojo.

- P… Perdón.

- No pasa nada, no pasa nada… - Ollivander se muerde el labio y le vuelve a mirar. James cree que aquellos ojos de color antinatural saben más de él de lo que sabrá nadie. Eso le hace sentir incómodo.

- Tome. - El anciano deja una caja alargada, negra en el exterior y cubierta de terciopelo azul en el interior. La varita en su interior es alargada, completamente lisa y de madera clara.

James la coge con miedo, pero en el momento en que sus dedos la rozan, todo su cuerpo reacciona instintivamente y experimenta algo parecido a lo que siente una estrella de mar cuando su brazo se regenera.

Los ojos plateados sonríen.

- Varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Núcleo de corazón de dragón. Flexible. Excelente para Transformaciones. Buena elección Señor Potter, sí… Buena elección…

James la mueve entre los dedos con pericia y sonríe. Siempre sonríe.